La nave de los locos

Part 8

Chapter 84,034 wordsPublic domain

Después de hablar largo rato, la mujer de papá Lacour preparó la cena y cenaron todos.

Luego, la Dominica llevó a Manón al mejor cuarto de la casa.

—Si no le importa a usted —dijo la muchacha—, yo preferiría que durmiera en este cuarto el joven que me acompaña, que está enfermo. Yo dormiré en cualquier otro lado.

—¿Es el novio de usted? —preguntó la Dominica.

—No; solo es pretendiente.

—¿No le importará a usted dormir en el suelo?

—A mí, nada.

—Pues sacaré el colchón de mi cama al suelo y dormiremos en el mismo cuarto; hoy Lacour está de guardia.

—Muy bien.

Se arreglaron todos para pasar la noche en buena armonía, y hasta Flin Flan y Chorua llegaron a hacer amistades.

A la mañana siguiente se levantó Manón y ayudó en sus quehaceres de la casa a la Dominica. Alvarito estaba un poco mejor de su catarro.

A media mañana se presentó papá Lacour de vuelta de la guardia. Vestía chaqueta gris, pantalón del mismo color, alpargatas, gorra de cuartel vieja, el sable y una bota.

Papá Lacour tenía dos asistentes: el uno francés, a quien llamaban Chandarma, y el otro navarro, Anthica. El oficial y sus ordenanzas eran amigos y se presentaban los tres al frente del enemigo llevando cada uno una bota grande llena de morapio de Navarra o de la Rioja, a la que llamaban el biberón.

Anthica y Chandarma iban todos los días a casa de Lacour a recibir órdenes de la Dominica. Los tres discutían cuestiones de cocina y pensaban la manera de surtir, fuese por la compra o por el robo, la casa del capitán francés.

Alvarito dijo a la mujer de papá Lacour que ellos tenían que participar en el gasto de la casa. La Dominica rechazó la idea, se negó repetidas veces; pero a lo último se arreglaron.

A los pocos días de vivir en Abárzuza, papá Lacour dijo a Alvarito:

—Adviertan ustedes a ese muchacho que han traído de criado que no haga tonterías; le van a tomar por un espía o por un merodeador y le van a fusilar.

Lacour se refería a Ollarra.

—¿Qué ha hecho Ollarra?

—Pues, nada; que como no encontraba pienso para las mulas, no se le ha ocurrido otra cosa que ir a un cobertizo que está de aquí más de dos leguas y ha cargado con un saco de cebada y dos fardos de paja y se los ha traído.

—¿Y no le han visto?

—Sí; le han visto y le han hecho fuego, primero los carlistas y luego los liberales.

—Sí, es un bárbaro.

—Pues adviértanle ustedes lo que le va a pasar.

—Es inútil. No hace caso. Cree que la guerra es una broma.

—¡Qué tipo! Ese sí que haría un buen guerrillero.

Ollarra, siempre independiente y salvaje, con su humor extraño y vagabundo, andaba de un lado a otro cazando y merodeando, y volvía de noche a casa a dormir, como un perro.

Ollarra se iba manifestando borracho y jugador, atrevido y pendenciero. Todo le parecía lícito; si no robaba a Alvarito y a Manón, era porque le gustaba ir con ellos y les profesaba afecto. Además, la confianza que tenían en él, y el dejarle el cuidado de los caballos, le halagaba mucho.

Manón se asustaba de los aspectos peligrosos que iba tomando el carácter de Ollarra.

Encontraba en Ollarra su tipo, o, por lo menos, uno de sus tipos. Aquel joven salvaje, guapo, fuerte, valiente, decidido, sin miedo a nada y a nadie, a quien cualquier empresa le parecía posible, le atraía. Le veía además desdeñoso para todo cuanto fuese sentimentalismo.

Ollarra sentía gran odio por lo establecido. Lo establecido le parecía que se hallaba vigente en contra de él.

Bueno para los animales y para los chicos, a los hombres, y principalmente a los viejos, les profesaba un odio profundo; para él, los viejos usurpaban un lugar en la tierra que no les pertenecía.

Ollarra no sabía nada de nada; pero tenía una idea de severidad y de rigidez curiosa. Todo lo que fuera algo así como inquietud, blandura, sentimentalismo o miedo, era despreciable. De ahí, sin duda, el nombre que había puesto a su perro Chorua (el loco), como reproche a su nerviosidad y a su afecto.

Ollarra tenía un aire paradójico y de doblez, como todo el que es puramente instintivo, no de la doblez maquiavélica pensada, sino de la doblez espontánea. Tan pronto parecía querer como odiar. Nunca se había tomado el trabajo de contrastar sus sentimientos ni de armonizarlos o de ver si alguno dominaba sobre los demás. Se entregaba a la pasión que sentía en el momento, sin pensar en un posible cambio de opinión.

Tipo voluntarioso y arrebatado, quería hacer siempre lo que le daba la gana. Cuando se encontraba con algún obstáculo, enrojecía de cólera, y si lo llegaba a vencer, le brillaban los ojos con aire de orgullo.

Ollarra no tenía ningún sentido social. Quitar el dinero al que lo posee. ¿Por qué no? Llevarse la hija de este o del otro. ¿Si se puede?, decía él. En último término, robar al vecino o destriparle le parecía también lícito. Vivía fuera de toda idea social y de consideración al prójimo, como un perfecto salvaje.

A Manón, en el fondo, le maravillaba. Era una naturaleza indisciplinada y rebelde como la suya, más pura en su salvajismo, menos contaminada por la civilización.

Ciertamente, por días iba tomando cariño a Alvarito, caballeresco y generoso, pero le quería como a un hermano pequeño; en cambio, a Ollarra le admiraba.

IV

LOS EXTRANJEROS

La sociedad de papá Lacour y su mujer era bastante mixta y turbulenta. Solían ir a su casa con frecuencia varios oficiales extranjeros a hablar, a beber una copa y a jugar a las cartas.

En Abárzuza y en las proximidades de Estella había por entonces, al mismo tiempo que compañías del Requeté, gentes extranjeras: austriacos, franceses, alemanes y polacos.

Más que legiones extranjeras, como los liberales, los carlistas tenían cuerpos de soldados de diversos países en sus batallones; de ahí que se reuniera en el Norte una extraña mescolanza de tipos de todas partes.

La mayoría de los soldados de otros países, principalmente los oficiales y sargentos, iban acompañados de mujeres, que les seguían. La suerte de estas no era siempre muy buena: algunas se vieron obligadas a pasar, del campamento liberal, al carlista, y viceversa; otras, consideradas como botín de guerra, fueron adjudicadas al mejor postor.

Entre los amigos del capitán Lacour había uno, un teniente inglés, procedente del cuerpo liberal de Lacy-Evans, hombre amable, hecho prisionero en la batalla de Oriamendi; otro era un polaco muy mentiroso, y el tercero, un sargento francés, a quien llamaban Gamelle, especialista en cazar gatos, guisarlos y comerlos.

Los soldados extranjeros no valían más que los españoles, ni por su cultura, ni por su energía, ni por su moralidad. Realmente, el hombre, acostumbrado a mandar y a obedecer, como soldado, tiene ya para toda su vida una tara mental. Será siempre un hombre inferior y sin recursos. Ningún filósofo ha salido del cuartel, casi tampoco ningún aventurero.

Del cuartel no pueden salir más que burócratas, estúpidos, de cerebro rapado. El soldado, cuanto más se acerca al militar burocrático, es más mezquino, menos inteligente, más ordenancista y más fantoche.

Cuando el soldado es guerrillero, o franco tirador u hombre de partida, entonces puede llegar a héroe y a hombre completo. El soldado moderno no pasa de militar y burócrata; de aquí su inferioridad y su carácter mediocre.

Los _argelinos_, que con la legión inglesa formaban los tercios extranjeros liberales, en la guerra carlista, eran grandes soldados, pero muy bárbaros y muy ladrones. Se les fusilaba por cualquier cosa. Les mandaba un francés, el coronel Bernelle, que marchaba a caballo en primera fila, con el sable desenvainado, cargando contra los carlistas, y que a veces le acompañaba su mujer, también a caballo, y con un látigo en la mano.

Los extranjeros de las filas carlistas, en su mayoría, no pasaban de ser gentuza de mala índole. Los franceses y los ingleses eran borrachos y pendencieros; los italianos, ladrones y traidores; los alemanes, bárbaros y crueles. Casi todos ellos, y principalmente los alemanes, desertaban con facilidad; la cuestión religiosa y dinástica que se debatía en España no la sentían.

Mostraban los alemanes, con frecuencia, un furor bestial; destructores sistemáticos, si entraban en una casa, en pocas horas la dejaban hecha polvo.

Tenía la suya los caracteres de una brutalidad cósmica, sin objetivo, de algo como una plaga o una peste, muy diferente a la crueldad bien definida y concreta del latino. No era fácil saber cuál de las dos formas de crueldad podía considerarse más repugnante y más odiosa.

Los alemanes se burlaban de la religión de los españoles; cantaban con frecuencia, en su lengua, canciones anticatólicas y sucias, que aseguraban ser sus himnos nacionales.

La gente de los pueblos odiaba a los oficiales extranjeros, y más que nada, a los polacos, orgullosos, fanfarrones, llenos de petulancia, y muy crueles cuando venía el caso.

La crueldad y la maldad de los polacos era proverbial. Así habían sido también en la guerra de la Independencia, cuando vinieron con Napoleón, y entonces, el nombre de polaco, producía horror en las aldeas españolas.

Alvarito y Manón conocieron a los oficiales amigos de papá Lacour. En el alojamiento del francés aparecían muchos tipos de soldados extranjeros, con uniforme raro, cubiertos de tricornios, quepis y chacós; de cara y nariz colorada, con la pipa en la boca. Algunos estaban medio inválidos; otros, enfermos de calenturas, de enteritis, de sífilis y de sarna.

En aquellas reuniones todos rivalizaban en contar mentiras y heroicidades de la guerra. Si no se elogiaban directamente a sí mismos, alababan al Cuerpo donde servían y a sus jefes.

Álvaro y Manón oyeron discutir entre ellos, varias veces, cuál sería el mejor general de don Carlos. Unos, la mayoría, decían que Zumalacárregui; otros, que Cabrera; quiénes afirmaban que Gómez; pero algunos refutaban esta opinión diciendo que la expedición de Gómez había salido relativamente bien por casualidad; también había partidarios de Maroto y de Villarreal. Nadie sabía una palabra de geografía del país en donde se operaba, ni se manejaba un mapa mediano.

Algunos de los extranjeros habían practicado la guerra en otros países, y, por lo que contaban, tenía los mismos caracteres de brutalidad y de maldad que en España.

Uno de los oficiales, aristócrata francés, guapo, bien vestido, de la familia de Brancas, joven realista, hacía la campaña como un vendeano, con la sonriente y amable estupidez del Antiguo Régimen. Brancas sonreía y saludaba como si estuviera en la corte de Luis XIV. Leía a Chateaubriand —este jorobado solemne, el más petulante de los grandes hombres de la época—, y parecía haberse amamantado con el _Qu’il mourût_, de Corneille.

Una de las veces, al francés se le ocurrió decir a Alvarito que en la guerra no se tenía miedo; papá Lacour, que oyó la frase, replicó vivamente, diciendo:

—Todo el mundo tiene miedo. No he conocido a nadie que no lo tenga, más que a los locos.

—¿Siempre se tiene miedo? —preguntó Alvarito.

—Siempre. Hay momentos en que se pierde el miedo: se distrae, se enfurece uno y se olvida; pero al oír silbar las balas otra vez, se tiene miedo, aunque se disimule.

—Y entonces, ¿cómo se tiene afición a ser militar?

—Ahí está, pues —contestó papá Lacour, con esta frase de vasco, que no quería decir nada—; a pesar del miedo, esto tiene atractivo.

En las reuniones de su casa, papá Lacour bebía con exceso, y después de beber, se dedicaba a cantar, porque creía poseer hermosa voz.

Lo mismo le daban a Lacour las canciones francesas legitimistas, que las republicanas. Cantaba igualmente _Partant pour la Syrie_ que la Carmañola. Naturalmente; no hubiese cantado La Marsellesa porque la hubieran conocido los compañeros.

Este eclecticismo lo extendía a las canciones españolas y a las vascas.

Le gustaba cantar cuando estaba alegre, lo que le ocurría a menudo, el _Ay, ay, mutillá_; y si pasaba de la alegría corriente a un grado más alto de excitación, entonaba la marcha del Requeté. Como los soldados de aquel batallón iban materialmente cubiertos de harapos, la canción tenía este estribillo:

Vamos andando; tápate, que te se ve el Requeté.

Para los momentos que le parecían solemnes entonaba una canción de la Dama Blanca, que empezaba diciendo:

Chantez, chantez, joyeux menestrel; chantez refrain d’amour et de guerre.

Por la noche, mientras se hablaba, se bebía y se cantaba entre aquella gente, alegre, brutal y presuntuosa; Alvarito solía mirar desde la ventana el cielo estrellado del invierno y las hogueras de los vivacs.

V

PAREJAS DE SOLDADOS

Papá Lacour proporcionó la ocasión de ir a Estella con unos oficiales carlistas. Fue Alvarito solo y estuvo dos días. Preguntó en todas partes por Martín Trampa y encontró un posadero que le conocía. Este posadero le dijo que el tratante había dicho, al marcharse, que probablemente volvería a la siguiente semana. El posadero quedó de acuerdo con Álvaro en avisarle a Abárzuza si llegaba Martín.

Sin objeto en Estella, Álvaro volvió a casa de papá Lacour a esperar allí unos días.

Aunque, en general, las visitas de Lacour eran casi siempre de extranjeros, solían ir también oficiales carlistas, algunos casados, o, por lo menos, enredados con una mujer.

Alvarito y Manón conocieron a varios de estos.

Los oficiales no coincidían en sus opiniones con papá Lacour, por lo cual el francés los despreciaba. Los carlistas creían que el ejército liberal no valía nada. El _soldau scharra_ (el soldado viejo), que decían con desdén los vascos, era torpe, sin acometividad y sin brío. Los liberales, según ellos, habían ganado algunas batallas por casualidad o por traición.

A Lacour le parecía ridículo denigrar al enemigo, cuando el enemigo le pegaba a uno. Hasta entonces, el ejército liberal, salvo excepciones de tropas escogidas, parecía superior al carlista, y precisamente, cuando el entusiasmo decrecía entre los carlistas, empezaban a organizarse con regularidad algunos servicios en las tropas de don Carlos.

Papá Lacour, además de su manía musical, tenía la de la estrategia. Cuando no cantaba, hablaba de estrategia. Sus ideas, en arte militar, se condensaban en estas frases:

—Nadie ha inventado nada en la guerra. En la guerra, todo es posible y todo es imposible.

A pesar de que con la mayoría de los oficiales españoles carlistas papá Lacour no se entendía bien, distinguía por su amistad a algunos.

Uno de ellos era un riojano, subteniente, pequeño, vivo, hombre bastante bruto, alegre, aficionado a jugar, a quien llamaban de mote, por sus ojos brillantes y negros, el Ratón. El Ratón llevaba una pelliza de algún oficial extranjero, de pelos largos, aunque calva en muchas partes. Le bromeaban preguntándole si era aquella su propia piel.

Para el Ratón, los asuntos de la guerra eran perfectamente aburridos y no le interesaban.

—Hay que comer, hay que vivir, y esto lo explica todo. Los liberales, ¡pse! —añadía—, a mí no me han hecho ningún daño.

Y a poco de decir esto, sacaba del bolsillo los naipes e invitaba a echar una partida a cualquier juego, pues todos los dominaba. A pesar de su habilidad, a lo último perdía. Siempre andaba derrotado y tenía la paga empeñada.

El Ratón vivía con una muchacha inglesa, rubia, muy guapa, aunque muy sosa: Betty. Betty había venido a España con su marido, según ella; otros decían con un amante, oficial de la Legión inglesa mandada por Lacy-Evans. En la batalla de Oriamendi, su amante, o marido, murió a manos de los carlistas. Entonces los de la Legión le obligaron a Betty a tomar otro amante, cirujano del ejército. El cirujano, un metodista riguroso, aburría y fastidiaba tan profundamente a Betty, que la inglesa se alegró de caer prisionera en manos de los carlistas.

Al mismo tiempo que ella quedaron prisioneros unos cuantos músicos, algunos soldados y tres mujeres. A unos los incorporaron a las filas carlistas, a otros los fusilaron, a los músicos los llevaron a formar parte de una banda y a las mujeres las subastaron entre los oficiales.

El Ratón tenía dinero y le gustaba la inglesa, y se quedó con ella. Los dos hicieron, con el tiempo, muy buenas migas.

—¡Qué bruto eres y qué feo! —decía la inglesa, mirando al Ratón con entusiasmo.

—Pero te gusto a ti, ¡recontra! —gritaba él.

—Es verdad; parece mentira —suspiraba ella.

Vivían en tan buena armonía, que cuando acabara la guerra habían pensado en casarse y establecerse en el campo, porque el Ratón poseía haciendas en Labastida y en San Vicente de la Sonsierra.

Con sus ojos azules, su cabello rubio y su aire distinguido, a Alvarito le pareció la inglesa completamente estúpida.

Otra pareja curiosa era la de un militar austriaco, alto, pálido, muy fino en sus modales, y una guipuzcoana blanca, rubia, alborotada, muy chillona, que había vivido la vida aventurera de la guerra, hoy con uno y mañana con otro. La Prudencia, o Prudenschi, era una mujer nacida para reír; nada tomaba en serio, no le importaba ni le preocupaba nada.

La Prudenschi ceceaba al hablar; pronunciaba algunas palabras con cierta dificultad y reía siempre. De ella se podía decir que su gracia consistía en no tenerla. Así como su amante se mostraba siempre muy atildado y ceremonioso, ella era todo lo contrario.

—Yo soy muy _zarpalla_ —exclamaba en su dialecto donostiarra, con lo que quería decir su afición a lo vulgar, a lo ordinario y a lo chabacano.

Su gracia favorita, muy oída y ramplona, era decir, refiriéndose a su amante:

—Este es barón. ¿Barón con b o varón con v? —le suelen preguntar—. Varón con todo —replicaba ella.

Tal simpleza bastaba a la Prudenschi para reír de manera tan escandalosa que a todos contagiaba.

La Prudenschi cantaba y bailaba muy ligera de ropa. Una de sus canciones predilectas era el _Ay, ay, ay, mutillá_, con esta letra:

Azpeitico nescachac camisan zuloa; andic aguerizayo labe zomorrua. Ay, ay, ay, mutillá, labe zomorrua.

(Las chicas de Azpeitia tienen un agujero en la camisa; desde allí se les ve la cucaracha. Ay, ay, muchacho, la cucaracha.)

Al cantar, danzaba moviendo el pecho y las caderas y riendo. A veces, a papá Lacour se le ocurría hacer la pareja con la Prudenschi, bailando el fandango, castañeteando los dedos, y lo hacía con cierta gracia francesa.

—¡Qué viejo loco! —decía Ollarra con algo de risa y admiración.

El amante de la Prudenschi, el austriaco, la contemplaba con el mayor asombro. Ella se crecía y se manifestaba más petulante y más estrepitosa. Entonces el Ratón lanzaba alguna de sus reflexiones de riojano chiquito y duro o sentenciaba algún refrán, como este, por ejemplo:

—La mujer y la gaviota, cuanto más vieja más loca.

—Cállate tú —gritaba ella—, que eres más bruto que un cerrojo.

—Si _vivirías_ conmigo, ya verías tú cómo yo te domaba —decía el Ratón.

—¿Tú domarme a mí? ¡Ah, ja, ja, ja! A los ratones yo les trato con la zapatilla.

Y la Prudenschi cantaba algo o marcaba una figura coreográfica.

La Prudenschi bailaba también un baile andaluz, especie de tango, que producía gran entusiasmo en los oficiales de la casa de papá Lacour. Su falta de gracia hacía a la guipuzcoana más incitante. Su cuerpo, sin picardía natural, daba a su desvergüenza y a su cinismo aire de juego sin profundidad. Con gran frecuencia, algún oficial, si podía, la daba algún tiento.

—Tú, ¡bruto!, ¡animal!, ¡tócate las narices! —gritaba ella.

La Prudenschi, a pesar de sus locuras, era mujer de buen corazón.

Su amante tenía un amigo, otro oficial austriaco, a quien le cortaron una pierna y se le gangrenaba el muñón. La Prudenschi le cuidaba y le mimaba y hasta bailaba en el cuarto del enfermo para entretenerle.

Manón, Alvarito y Ollarra fueron a visitar al amputado; se encontraba muy débil, con la cara como espiritualizada por el dolor. El pobre hombre tenía un silbato para llamar cuando necesitaba algo; pero era tan sufrido, que no llamaba más que cuando no podía menos.

—¿Qué tal, cómo estás hoy? —le preguntó la Prudenschi.

—Bien, estoy muy bien. La pierna cortada me duele un poco.

Alvarito y Manón hablaron largo rato con el austriaco para distraerle.

Al salir de la casa, Ollarra dijo:

—Este me recuerda al sepulturero de Vera.

—¿Pues por qué?

—El sepulturero de Vera era un viejo en cuya casa estuve yo de criado, ayudándole a enterrar y a limpiar las tumbas. Estaba muy enfermo y no tenía fuerza para andar; pero él decía que se encontraba muy bien. «¿Qué tal?», le preguntaban. «Muy bien, muy bonitamente, _Ederqui_», contestaba él. El último día estaba el hombre sobre una tumba fumando su pipa. «¿Qué tal?», le preguntó el médico. «Muy bien, muy bien», dijo, y no se había alejado el médico veinte pasos cuando el enterrador se había muerto.

La Prudenschi, al oír a Ollarra y al verlo con su perro, sintió gran admiración por él, y hasta parece que le dijo que se quedara allí; pero él rechazó la idea desdeñosamente. Manón presenció la tentativa de conquista de la guipuzcoana y se alegró mucho de la actitud de Ollarra.

Manón se mostraba en casa de papá Lacour petulante, atrevida y llena de animación. El traje de chico la transformaba. La Dominica le arregló un dolmán de húsar, con el cual estaba encantadora. Era un verdadero diablillo. Hablaba con gran atrevimiento, se burlaba de los curas y de las monjas, elogiaba a los republicanos, cantaba la Marsellesa y bailaba con la Prudenschi.

—Manón, mi querida —decía papá Lacour, con ironía afectuosa, manifestándose desolado, aunque rebosando de satisfacción por tener una sobrina tan brillante—, vas a hacer que nos fusilen a todos por jacobinos.

Manón coqueteaba con unos y con otros. Aunque ya los amigos de papá Lacour sabían que era una muchacha, seguía vestida de chico.

A veces, en medio de sus coqueterías, pensaba en Alvarito y volvía a él a hablarle y a consultarle sobre cualquier cosa.

Manón veía a Álvaro demasiado seguro y debía pensar que con él no necesitaba emplear, más que rara vez, las armas de la coquetería; en cambio, para los demás la coquetería sí debía ser, según ella, indispensable. Mientras bailaba con unos y con otros, miraba con el rabillo del ojo a Alvarito, como diciéndole: Nada de esto tiene importancia y nuestra amistad es lo principal.

Alvarito se ilusionaba y se desilusionaba fácilmente; muchas veces pensaba que odiaba a Manón y otras que la quería más que nunca y que sería capaz por ella de hacer cualquier sacrificio.

Manón, con respecto a Alvarito, tenía sentimientos menos variables; por lo mismo quizá que su entusiasmo era más pequeño.

Solamente la presencia de Ollarra le quitaba el buen humor a Manón. El salvajismo de su compañero de viaje le maravillaba. Aquella despreocupación del muchacho por los demás le llenaba de asombro. Para Ollarra, indudablemente, no había centinelas, ni líneas estratégicas, ni santo y seña. Todo ello no pasaba de ser una broma que se continuaba por que sí. Eran maniobras, simulacros, sandeces hechas por pura pedantería.

Mientras sonaban los tiros, él buscaba nidos en los árboles, pescaba en los arroyos o cogía leña, como si los disparos nada tuviesen que ver con él...

Aquella Prudenschi, tan loca, tan ingenua y, al mismo tiempo, tan desvergonzada; papá Lacour, con sus extravagancias; Manón, coqueteando con todo el mundo; el austriaco, quejándose de los dolores en la pierna ya cortada, y Ollarra, tan salvaje, tan independiente y tan sombrío, daban a Alvarito la impresión de que seguía viviendo en pleno carnaval grotesco y zarrapastroso, cuyas figuras eran dignas de ocupar un lugar dentro de La Nave de los Locos.

VI

BELASCOÁIN

Las gestiones hechas por papá Lacour y por el posadero de Estella para averiguar el paradero de Martín Trampa, no dieron resultado. Se dijo que el tratante había estado en Belascoáin y que quizá después marchara a Almandoz, su pueblo natal.

Alvarito y Manón decidieron ir a Pamplona, pasando por Belascoáin.

El día de la marcha, papá Lacour les obsequió con una cena espléndida en su casa y a la mañana siguiente el capitán francés y su mujer besaron a Manón y estrecharon efusivamente la mano a Alvarito.