La nave de los locos

Part 7

Chapter 74,079 wordsPublic domain

—Mina era un viejo escuálido, con patillas grises y cara de muerto; por eso le llamaban el Esqueleto. Iba con levita larga, capote y sombrero de copa, forrado de hule, encima de un pañuelo de colores liado a la cabeza. Montaba en una mula.

—¿Y Zumalacárregui? —preguntó Alvarito.

—Zumalacárregui —contestó el viejo— era hombre triste, flaco, de aire enfermo y de mal color, también con patillas y vestido de negro.

—¡Cuánto mejor hubiera sido que esos dos viejos arrugados hubieran estado en la cama que no matándose en estos vericuetos! —dijo Manón.

—Hay que defender las ideas —replicó Alvarito.

—¡Las ideas! ¡A cualquier tontería llaman los hombres ideas! —repuso Manón.

—¿Y cuánto duró la batalla? —preguntó el muchacho al viejo.

—Casi todo el día. Se batían con rabia. Los negros tenían buenos jefes: Narváez, Ros, y sobre todo Oráa, el Lobo Cano, un navarro de por aquí, duro como la piedra.

—¿Y los carlistas?

—¿Los carlistas? Tenían también buena gente: uno de ellos era José Miguel Sagastibelza, coronel del quinto batallón de Navarra, nacido en Dona María. La noche anterior a la batalla durmió en nuestra venta.

—¿Y qué tipo era?

—Así, pequeño de talla, esbelto y muy fuerte. Hablaba el vascuence bajo, con suavidad y con amabilidad; pero cuando gritaba en castellano para dar órdenes sacaba una voz como de metal. Era hombre guapo, de cara viva y muy morena, por el sol y el aire. Llevaba levitón azul, boina blanca y una cruz en el pecho.

—¿Vive aún?

—No; lo mató un inglés, un casaca gorri (casaca roja) de los de Lacy Evans, delante de San Sebastián.

—¿Y quién había más de los carlistas?

—Estaba también Guibelalde.

—¿Otro navarro?

—No; don Bartolomé de Guibelalde era guipuzcoano, de Lizarza, y había comenzado a pelear en la guerra de la Independencia con Mina. Tenía facha de buen hombre, tipo de militar, usaba bigote y perilla y hablaba muy bien el vasco.

Esto, sin duda, para el dueño de la venta debía tener mucha importancia.

—¿Y cómo acabó la batalla?

—El tío Tomás iba comiéndose a los negros, pero dejaba para lo último lo principal.

—¿Y qué era lo principal?

—¿Lo principal? Que tenía la columna de Elío preparada para cortar la retirada a las tropas de Mina. Si llega a conseguirlo, no queda un negro para contarlo.

—¿Y usted se hubiera alegrado? —preguntó Manón.

—Ahora... ya... no sé —dijo el viejo, encogiéndose de hombros.

—¿Y no pudo cortar la retirada a Mina? —preguntó Alvarito.

—No, porque el Esqueleto era un viejo lleno de marrullerías, y al saber que Elío se le acercaba a retaguardia, le escribió un despacho falsificado, como si fuera de Zumalacárregui, mandándole que inmediatamente dejara el camino de Pamplona al Baztán y se acercara a Larrainzar. Elío obedeció, dejando libre el paso del Baztán, y el Esqueleto se corrió por allí, llevándose sus heridos, que eran más de doscientos.

—Si no llega a pasar eso hay una catástrofe.

—Hubieran muerto todos los liberales. Mina perdió su tienda de campaña y dos burras de leche que le seguían. Tenía, según decían, una tos fuerte, y los médicos le habían recomendado ese remedio.

—¿Y no quedaron heridos en el monte?

—Muchos.

—¿Y los recogieron?

—¿Quién iba a recogerlos? La mayoría murieron.

—¡Qué barbaridad!

—Al terminar la tarde, por toda la extensión de campo que se extendía ante los ojos se vio un gran número de hombres muertos y de caballos y regueros negros como caminos en todas direcciones, hechos por el paso de los soldados. De noche se oyeron lamentos y gritos en medio del campo. ¿Pero quién se aventuraba entre los barrancos, llenos de nieve? Al día siguiente volvió a nevar y no se vio ni se oyó nada.

—¡Qué asco de guerra! —murmuró Manón—. ¡Parece mentira que los hombres sean tan brutos!

Indudablemente pensó Alvarito era cosa brutal de animal carnicero morir y matar así sin piedad en medio de la naturaleza inclemente; pero también tenía su belleza el acabar con entusiasmo por una idea más o menos abstracta. Al menos, en el campo de batalla, el ambiente era limpio; no había la peste de la ciudad, formada por todas las vilezas del vivir amontonado de las gentes sedentarias.

Había salido el sol. Su claridad iluminaba las cimas de los montes y el fondo de los barrancos, llenos de nieve. En aquellas laderas de blancura inmaculada, la luz se descomponía en colores de arco iris. Las sombras de las nubes parecían como encajes negros dibujados en lo blanco. Las sombras azuladas de las personas y de los caballos se extendían largas con el sol bajo del crepúsculo. Los árboles y las chozas parecían negros.

Alvarito podía darse cuenta clara del terreno donde se había desarrollado la batalla entre Larrainzar, Ilarregui y las Ventas de Ulzama.

El viejo les mostró la piedra donde antes de comenzar la acción se celebró la misa y el sitio en donde el tío Tomás estuvo arrodillado oyéndola.

Al llegar a Ilarregui, el viejo de Venta Quemada se despidió, para volverse a su casa.

Álvaro y Manón decidieron descansar un momento. Desde aquellos altos se veía la llanura de Pamplona, verde, a la que bajaban caminos y senderos. Como marco a los campos de sembradura, ya brotados, aparecían los montes blancos, cubiertos de nieve. Alvarito comenzaba a tener la cabeza pesada y los ojos hinchados.

—¿Te has acatarrado? —le dijo Manón.

—Sí; creo que sí.

—Es la nieve —advirtió Ollarra—; no haciendo caso de esos catarros, se pasan en seguida.

Manón recomendó a Álvaro que montara a caballo, envuelto en dos mantas.

Siguieron el camino, pasaron por una aldea y se encontraron con un pelotón de lanceros cristinos, que abrevaban sus caballos. En las ventanas de algunas casas se asomaban los soldados con gorras de cuartel. Un cabo les salió al encuentro y les preguntó adónde iban.

—A Irurzun —respondieron, y les dejaron pasar.

Ya comenzaban a tomar el aire de la gente del país, envueltos en sus mantas, jinetes en sus caballejos.

Llegaron por la tarde a Irurzun. Preguntaron, al entrar en el pueblo, por la posada a un herrador y él mismo les acompañó. El herrador, hombre enorme, redondo, sonriente, con sonrisa cómicamente maliciosa, en medio del ir y venir de carlistas y de liberales, y en la lucha de los unos con los otros, vivía tranquilo, sin preocuparse de lo que pasaba fuera de su casa, dándole al martillo y encogiéndose de hombros ante los acontecimientos.

En la posada no había más que una cama libre y Manón decidió que se acostara en ella Alvarito. Este no quiso y protestó; pero a lo último se acomodó a ello.

El muchacho pasó la noche febril estornudando y tosiendo. A cada instante tenía un sueño, que a penas le duraba un minuto, y en este tiempo imaginaba una serie de cosas confusas entre montes cubiertos de nieve y trozos de hielo.

Cuando despertaba comenzaba a pensar en la batalla contada por el viejo de la Venta Quemada. No podía apartar de su imaginación a los heridos y moribundos, gritando de noche, en medio de la nieve, y recordó varias veces la frase de Chipiteguy de que la guerra era una suciedad abominable. Y todo aquello, ¿para qué?

De las marchas y contramarchas, de las emboscadas y asechanzas, de los muertos en los rincones, de los gritos de los fusilados, de los incendios, de los planes de los generales, no había quedado nada. ¡Nada! Cosa terrible.

Sí; la guerra era una porquería abominable y una de las más grandes locuras de la humanidad, la más digna de figurar en La Nave de los Locos... pero aun así, a él le producía una gran curiosidad y una gran admiración.

II

EL VALLE DE ARAQUIL

Al tomar al día siguiente la carretera de Irurzun a Echarri Aranaz, el aire de país devastado se fue acentuando. La impresión de los pueblos era triste: no brotaba humo por las chimeneas de las casas, no se asomaba gente a las ventanas y portales, nadie trabajaba en las huertas.

Para Alvarito, que iba marchando febril, montado en su caballejo, con la cabeza pesada y dolorida, el campo y los pueblos tomaban las más extrañas perspectivas.

Muchas casas de aquellas aldeas se veían quemadas, los techos hundidos, las paredes sucias y negras, algunas ventanas cerradas, otras tapiadas con maderas, con ladrillos o hierba. Al asomarse al interior se advertían las cocinas ahumadas, sin blanquear; si quedaba en ellas alguna mesa o banco, salvados del incendio, aparecía negro de grasa o de vetustez.

En los campos no se araba con bueyes, y los aldeanos labraban la tierra con el azadón o la laya, mirando siempre hacia el camino, con recelo, por si aparecía alguna columna, que carlista o cristina era siempre enemiga. Los árboles se hallaban destrozados y desmochados; a cada paso se abrían zanjas y se cruzaban parapetos.

En todas partes era el mismo espectáculo: las calles sucias, las iglesias cerradas, los cementerios abandonados, llenos de zarzas y de cardos; en ninguna parte gente, todo silencioso, sombrío. Solo se oían de cuando en cuando las campanadas del reloj de la torre y los sonidos de los tambores y de las cornetas.

A mitad del camino de Echarri Aranaz se detuvieron Alvarito y Manón en una aldea, pueblecillo por donde había pasado toda la barbarie y toda la estupidez de la guerra. No era solo la necesidad estratégica de ataque o de defensa la que produjo el montón desordenado y confuso de tejados abiertos, paredes agujereadas, ventanas desvencijadas y caídas, con los cristales rotos; era más bien aquello la consecuencia de la brutalidad, del rencor y de los malos instintos de la fiera humana.

Entre el agrupamiento de construcciones derruidas encontraron una casa convertida en venta, en donde entraron a comer. La casa, grande, con señales de incendio, tenía paredes de ladrillo negras, muy altas, sostenidas por extraño equilibrio.

Por dentro, la venta era un gran hueco; desde la cuadra se veía el tejado. En un ángulo de aquel anchurón ruinoso, vacío como la nave de una iglesia, había una cocina grande, negra por el humo; la chimenea ocupaba casi la mitad de la cocina con su gran hogar; en medio colgaba un caldero por una cadena y alrededor hervían varios pucheros de barro.

Entraron Alvarito, Manón y Ollarra y se instalaron junto al fuego. El posadero se lamentó de que se marchara una media compañía de soldados de la aldea. Ya muchos de aquellos pueblos se hallaban en situación tan miserable que veían al soldado, no como a gente rapaz y dañina, sino como alguien a quien podían explotar.

La posadera preparó la comida a nuestros viajeros. Álvaro, con su catarro, tenía poco apetito.

Mientras comían entró un sargento, que les preguntó si tenían papeles. Se los mostraron.

—¿Adónde vais? —les preguntó luego.

—A Echarri Aranaz.

El sargento Zamarra, así se llamaba el recién llegado, era hombre todavía joven, con los ojos brillantes, la tez muy morena y los dientes de gran blancura. Zamarra hablaba con acento aragonés, aunque dijo había nacido en un pueblo navarro próximo a Tudela.

Alvarito le convidó a tomar con ellos un bocado; el sargento aceptó y se sentó a la mesa. El sargento formaba en el 5.º Batallón de Navarra, que se encontraba entonces entre Irurzun y Echarri Aranaz.

En su cabeza, un poco confusa, Alvarito encontró lejano parecido a Zamarra con el tipo del Patibulario del grupo de los Asesinos, de las figuras de cera de Chipiteguy.

Alvarito y Zamarra hablaron largo rato de la campaña. Zamarra no hizo más que contar barbaridades de los liberales y de los carlistas.

—Ya no se _afusila_ —decía Zamarra, al parecer, con cierto sentimiento—. Al principio a todos los prisioneros los _afusilábamos_.

No solo se _afusilaba_, como decía el sargento, al principio, sino que se robaba, se violaba y se incendiaba. Esto era la guerra, la porquería abominable que decía Chipiteguy.

—¿Y los otros, los liberales —preguntó Alvarito—, fusilaban lo mismo que ustedes?

—Igual; quizá algo menos. Tenían más disciplina. Era el ejército regular. A nosotros no nos mandaba nadie. Hacíamos lo que queríamos.

En esto, sin motivo aparente, Ollarra se incomodó y dijo que le iba a dar dos bofetadas al sargento carlista, que le estaba molestando con su petulancia y su majadería. Afortunadamente, como no sabía bien el castellano, Ollarra se embrolló en sus explicaciones, y Manón intervino con tal habilidad, que el sargento no se enteró de las intenciones agresivas del joven salvaje.

Manón le dijo a Ollarra que el dueño de la venta le quería convidar a una copa y el muchacho se fue al mostrador.

Álvaro siguió hablando con el sargento. Le preguntó si en el 5.º de Navarra conocía al subteniente Bertache, y el sargento Zamarra le dijo que sí.

—Ese es de los más atravesados que hay en el 5.º Batallón.

—Sí, ¿eh?

—Mucho; tiene muy mala sangre.

—¿Dónde estará ahora?

—¿Bertache? Me figuro que estará en Echarri Aranaz. ¿Lo queréis ver?

—Sí; sobre todo, quisiéramos hablar con su hermano.

—A su hermano no le conozco. Si veis a Bertache, decidle que vais de parte del sargento Zamarra.

—Muy bien; ya se lo diremos.

Se marchó el sargento, y Manón, Alvarito y Ollarra tomaron por el camino de Echarri Aranaz, a donde llegaron al caer de la tarde.

Buscaron alojamiento, lo que les costó mucho tiempo, y al fin instalados, Álvaro y Manón marcharon en busca del subteniente Bertache y lo encontraron en la taberna de una cantinera, en el portal de una casa vieja, punto de reunión de la soldadesca carlista.

La taberna estaba atestada de soldados, la mayoría sucios, andrajosos y malolientes, con uniformes zurcidos, remendados con torpeza y con hilos de distintos colores y con las botas rotas, que dejaban salir los dedos de los pies. Algunos usaban alpargatas o abarcas. Muchos se componían la chaqueta o las medias con aguja e hilo, otros fumaban o jugaban a las cartas. Había dos muchachas entre los soldados, una de ellas claramente sifilítica, con granos en la cara y la nariz medio carcomida.

En un grupo se hablaba de la marcha de la guerra; se quejaban todos de que no se cobraban las pagas y se abominaba de los generales y de los hojalateros.

Bertache recibió muy ásperamente a Alvarito y a Manón, manifestando por su actitud su poca gana de charla; pero se humanizó cuando le convidaron a tomar café y una copa de aguardiente. Al olor del alcohol se desarrugó el ceño del oficial y mandó a la moza de la taberna que pusiera en la mesa una botella de caña.

Cuando le explicaron detalladamente a lo que iban y lo que buscaban, Bertache dijo que no sabía dónde estaba su hermano. Alvarito y Manón insistieron y Álvaro indicó que don Eugenio de Aviraneta le había recomendado a él.

Álvaro contó su viaje a Almandoz, su entrevista con la madre y la hermana de Bertache y cómo no pudo verse con Martín ni enterarse del paradero de Chipiteguy.

Ellos deseaban hablar con Martín y resolver la cuestión del rescate.

—¿Y vosotros lleváis ahí el dinero para el rescate? —preguntó Bertache con un resplandor en la mirada.

—Aquí, no —respondió Manón—; pero está depositado en Bayona.

—¿Cuánto es?

—Treinta mil francos.

—¡Demonio! Es buena cantidad. ¿Y la darían en seguida?

—Al momento.

—Es lástima; el caso es que yo no sé dónde está Martín.

Después Bertache se puso a hablar de los asuntos carlistas, que, según él, iban de mal en peor.

Bertache se manifestó irritado contra todo el mundo. El subteniente temía haber trabajado para otros; no sabía para quién, y esto le ponía frenético y fuera de tino. La idea de ser instrumento en manos ajenas le indignaba.

—Están jugando con nosotros —gritó varias veces con furor.

Por encima de su avidez de dinero, una sorda irritación contra la humanidad, un fondo de exasperación y de rabia le hacía desear a Bertache las mayores catástrofes. No sabía si odiaba más a los carlistas que a los liberales, a los españoles que a los franceses, a los vascos que a los castellanos. Se consideraba con motivo para desear el mal a todo el mundo. Hubiera querido ser una plaga, un azote, una calamidad pública.

Volviendo a la cuestión de Chipiteguy, Bertache suponía que su hermano y Malhombre habrían tomado muchas precauciones para que el viejo no se les escapara.

—Me parece que Martín debe estar en Estella —concluyó diciendo Bertache.

—¿Y cree usted que andará por allí también Chipiteguy?

—Me figuro que no. Supongo que al viejo, Martín lo habrá llevado hacia Elizondo o hacia Urdax y lo habrá metido en algún rincón seguro.

Se despidieron Alvarito y Manón de Bertache y al volver a la posada decidieron ir a Estella. Allí decían que se encontraba el Batallón del Requeté, en el que era oficial René Lacour, el pariente de Max Castegnaux.

Alvarito, que seguía febril, se acostó temprano. Durmió mal. Soñó que se hallaba en la cocina negra de una casa ruinosa. Se veían en ella, con toda clase de detalles, distintos utensilios de cobre, de hojadelata y de loza. La cocina se hallaba iluminada por una ventana y desde esta se veía batirse a soldados rígidos, como si fueran de plomo, que caían en largas filas y se desplomaban como muñecos.

Dentro de la cocina, unos aldeanos desharrapados e insinuantes indicaban a Alvarito que saliera al campo. Pero, ¿cómo salir? Custodiaba la puerta una guardia enemiga. Era indispensable presentar documentos para pasar y él no los tenía.

—Tome usted —decían los aldeanos—. Esto le servirá de documento. Y le daban un papel cualquiera, un pedazo de periódico viejo, lo que a Álvaro le indignaba profundamente.

De pronto, por la ventana comenzaba a penetrar una columna de humo denso e irritante que le hacía toser. Sentía necesidad de salir a respirar. Se presentaba a la guardia enemiga y pasaba por un arco como el de una puerta de las murallas de Pamplona.

Los centinelas le detenían y perezosamente le decían con voz suave y baja:

—No se puede avanzar. Hay esa orden.

Entonces él daba media vuelta, cruzaba un campo con árboles, agitados locamente por el viento sobre un fondo de montañas nevadas, veía una calle estrecha de ciudad y avanzaba por ella jadeante, hasta meterse en un portal. Luego comenzaba a subir unas escaleras que no terminaban nunca; hala, hala, y llegaba a la taberna de la cantinera, donde Bertache le miraba con aire amenazador.

Después Bertache, ayudado por el sargento Zamarra, con un hacha iba cortando la cabeza a unos cuantos muñecos...

III

PAPÁ LACOUR

Al día siguiente, Alvarito, tirando mal que bien de su cuerpo, Manón y Ollarra salieron de Echarri Aranaz por el túnel de Lizárraga y comenzaron a acercarse a los pueblos del valle de Yerri. Cruzaron varias veces una antigua calzada romana, sin comprender qué podrían ser aquellos trozos de caminos abandonados.

En todas las aldeas del paso, y a medida que avanzaban hacia Estella, la miseria producida por la guerra iba acentuándose. Había lugares quemados y saqueados repetidas veces por carlistas y liberales.

Era un peligro entrar dentro de las casas, estaban plagadas de chinches, pulgas y piojos; la tiña y la sarna, cuando no la viruela y el tifus, abundaban por allí que era una bendición de Dios.

Siguieron por el camino que serpenteaba por las estribaciones de la sierra de Andía y cruzaron varias posiciones ocupadas por fuerzas carlistas, entre las cuales figuraban cuerpos extranjeros, de alemanes, ingleses, franceses, austriacos y polacos.

En las proximidades de Lezáun se encontraron con tropas del Requeté. Preguntaron a unos soldados harapientos por el oficial francés René Lacour.

—Sí, hombre, sí —contestó uno—. ¡Lacour!, ¿quién no le conoce? Aquí le llaman papá Lacour. ¿Es vuestro padre?

—No.

—¡Como dicen que tiene tantos hijos naturales!

—¿Y tu madre, cuántos hijos naturales tiene? —preguntó Ollarra al soldado.

La pregunta hubiera producido una riña a no ser porque muchos la tomaron a broma.

—Si buscáis a papá Lacour —dijo un cabo—, preguntad cerca de Abárzuza y allá os darán razón.

Efectivamente, antes de llegar a Abárzuza se encontraron con un grupo de carlistas, entre los que andaba un fraile gordo y pesado, con los ojos brillantes, que pretendía sacar dinero a aquellos soldados harapientos.

Preguntaron a un oficial por Lacour.

—Ahora voy a verle. ¿Qué hay que decirle? —indicó.

—Dígale usted —contestó Álvaro— que aquí hay un pariente suyo francés.

—Muy bien; se lo diré.

Media hora más tarde apareció un militar grueso, rojo, canoso, de cabeza gorda, con bigote y perilla y uniforme remendado de capitán. Era papá Lacour. Lacour preguntó con voz ronca:

—¿Quién me llama? ¿Quién es ese pariente mío que pregunta por mí?

Alvarito saludó al militar y le explicó cómo Chipiteguy había desaparecido, cómo se creía que un hermano del teniente Bertache le tenía secuestrado y cómo él, con el nieto de Chipiteguy, iba buscándole, para ver de rescatar al viejo.

—¿Pero dice usted nieto? —exclamó Lacour—. Chipiteguy no tiene nieto; tiene una nieta, por cierto una chica muy mona y muy simpática.

Alvarito se acercó a papá Lacour, y como le pareció un buen hombre, hablándole en francés, dijo:

—Este muchachito que viene conmigo es la nieta de Chipiteguy.

—¿De verdad? ¿Manón?

—La misma. Viene disfrazada de chico. Creo que no conviene que esta gente lo sepa.

—No, no lo sabrá. Vayan ustedes a Abárzuza y pregunten por el alojamiento del capitán Lacour. Yo ahora no les puedo acompañar, porque tengo que hacer.

Siguieron las indicaciones del militar. Se acercaron al pueblo y llegaron a una casa muy limpia y muy arreglada. Una mujer salió a preguntarles qué deseaban, y al saber que buscaban a Lacour, les hizo pasar y sentarse.

Ollarra dejó en la cuadra las caballerías. Hubo un ligero conflicto, porque Chorua, que seguía a Ollarra, se vio amenazado por un perro de lanas muy feo, que le ladró hasta ahuyentarlo.

—Basta, Flin Flan, basta —dijo la mujer—. Sin duda el perro de la casa se llamaba así y estaba indignado al ver la intromisión de un extraño.

Poco después vino papá Lacour, que abrazó a Manón con entusiasmo.

—Eh, Dominica —gritó luego el militar, dirigiéndose a la mujer que había recibido a Manón y a Alvarito—, ven.

La mujer que vivía con papá Lacour era una paleta castellana que el francés había conocido en un pueblo de Guadalajara cuando la Expedición Real a Madrid. Era una matrona gruesa, de cara ancha y juanetuda, ojos azules y voz un poco chillona, de tónica muy alta.

—Esta es mi mujer, y esta es mi sobrina; abrazaos.

Las dos se abrazaron.

—Ahora, Dominica, en la calle no hay que decir a nadie que este muchacho es una muchacha.

—No diré nada, Lacour; no tengas cuidado —contestó ella.

—No dirá nada —advirtió papá Lacour en confianza a Alvarito—; es una mujer que vale lo que pesa y pesa bastante.

Papá Lacour estaba entusiasmado con su Dominica, y, efectivamente, a pesar de que la primera impresión era de mujer ordinaria y basta, se veía en ella, además de muy buen fondo, gran delicadeza de sentimientos.

—Bueno; ahora, querida sobrina, cuenta con detalles lo que ha pasado en tu casa.

Manón contó lo ocurrido con su abuelo.

Papá Lacour escuchó con atención, llamando de cuando en cuando a la muchacha mi pequeño amor, mi encanto y otras frases galantes por el estilo.

—Así son las chicas de mi país —dijo con entusiasmo Lacour—. Capaces de todo: de meterse en la guerra disfrazadas de hombres, de enamorarse y de mandarle a cualquiera a paseo.

Papá Lacour era todo un tipo; su cara parecía incendiada por el sol y el aire, los bigotes erizados como los de un gato, la perilla larga, rubia y entrecana. En su mano velluda aparecía un tatuaje complicado.

Lacour, gran charlatán, gran espadachín y gran borracho, había peleado con Zumalacárregui y con Iturralde al principio de la guerra, y fue él quien preparó la mina que hizo saltar las defensas de Echarri Aranaz, construidas por los liberales. Esta empresa le dio en el campo carlista fama de buen ingeniero. Se dijo después que trató de pasarse a los argelinos liberales del coronel Bernelle, por lo cual no ascendía en las filas de don Carlos.

Papá Lacour hablaba el castellano como un francés con giros vascos.

—Preguntaremos en Estella por el hermano del subteniente Bertache —dijo Lacour a Manón—, y si está en el pueblo nos entenderemos con él.