La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 8
--Hermana Psique, ya nos parece que estás preñada. ¡Oh, cuán bienaventuradas somos nosotras, pues tenemos hermana que posee tantas riquezas, y más bienandante serás tú cuando te naciere el hijo, porque si él te pareciere, será el segundo dios Cupido!
Con estas palabras maliciosas ganaban la voluntad de su hermana.
Ella las mandó lavar en el rico baño, y después de lavadas sentáronse a la mesa, donde les fueron dados manjares reales en abundancia, y luego vino la música y comenzaron a cantar y tañer muy suavemente, que parecía celestial. Pero con todo esto no se amansaba la maldad de las falsas mujeres, antes procuraban de armar su lazo de engaños que traían pensado. Y comenzaron disimuladamente a meter palabras, preguntándole qué tal era su marido, de qué nación y ley venía.
Psique, habiendo olvidado lo que su marido le encomendara, comenzó a fingir una nueva razón, diciendo que su marido era de una gran provincia, y que era mercader de muy gruesa mercadería, y que era hombre de media edad.
No tardó mucho en esta habla, que luego las cargó de joyas y ricos dones, y mandó al viento que las llevase.
Después que fueron idas, entre sí iban hablando de esta manera:
--¿Qué diremos de esta loca? La otra vez nos dijo que era su marido mancebo desbarbado, y ahora nos dice que es de media edad. ¿Quién será este que tan presto se hizo viejo?
--Cierto, hermana; o esta mala hembra nos miente, o ella no conoce a su marido, y cualquier cosa de estas que sea, nos conviene que la echemos de estas riquezas. Ahora volvámonos a casa de nuestros padres y callémonos esto, encubriéndolo con el mejor modo que pudiéremos.
IV.
Cómo vinieron las hermanas tercera vez a Psique, y del mal consejo que le dieron y lo que acaeció a Psique.
Al otro día, sin poder tomar reposo, luego las dos hermanas fueron al risco o peñasco, de donde, con la ayuda del viento acostumbrado, volaron hasta casa de Psique, y con unas pocas lágrimas que por fuerza y apretando los ojos sacaron, comenzaron a hablar a su hermana de esta manera:
--Tú piensas que eres bienaventurada y estás segura y sin ningún cuidado, no sabiendo cuánto mal y peligro tienes; pero nosotras, que con grandísimo cuidado velamos sobre lo que te cumple, mucho somos fatigadas con tu daño, porque has de saber que hemos hallado por verdad que este tu marido que se echa contigo es una serpiente grande y venenosa; lo cual, con el dolor y pena que de tu mal tenemos, no te podemos encubrir, y ahora se nos recuerda de lo que el dios Apolo dijo cuando le consultaron sobre tu casamiento, que tú eras señalada para casarte con una cruel bestia. Y muchos de los vecinos de estos lugares, que andan a cazar por estas montañas, dicen que han visto este dragón por aquí cerca, y que se echa a nadar por este río para pasar acá, y todos afirman que te quiere engordar con estos regalos y manjares que te da; y cuando esta tu preñez estuviere más crecida, y tú estuvieres bien llena, por gozar de más hartura, que te ha de tragar. Tú ahora, hermana, mira bien lo que te decimos, porque mejor será que vivas entre los tuyos, que no estar aquí solitaria en peligro tan grande.
Psique, como era muchacha y de noble condición, creyó lo que le dijeron, y con palabras tan espantables, salió casi de seso, por lo cual olvidó las amonestaciones de su marido; y así, turbada, les dijo:
--Vosotras, hermanas, hacéis lo que debéis a virtud, y eso que decís trae camino, porque yo hasta hoy nunca pude ver la cara de mi marido; solamente le oigo hablar de noche, y así paso con marido incierto que huye de la luz, y siempre me amenaza que me vendrá gran mal si porfío ver su cara.
Cuando las malas mujeres hallaron el corazón de su hermana descubierto, dejados los engaños secretos, comenzaron con las espadas desenvainadas públicamente a combatir el pensamiento temeroso de la simple mujer, y la una de ellas dijo de esta manera:
--El mejor camino que yo veo en este negocio es que has de esconder secretamente en la cama donde te sueles acostar, una navaja bien aguda, y pondrás un candil lleno de aceite, encendido, debajo de alguna cobertura al canto de la cámara, y con este aparejo, disimuladamente, cuando viniere aquel serpiente a acostarse como suele, desde que ya tú veas que él duerme, salta de la cama, y muy pasico, saca el candil de debajo de donde está escondido, y con la navaja en la mano, con el mayor esfuerzo que pudieres, dale en el nudo de la cerviz de aquel serpiente venenoso, y córtale la cabeza; y no pienses que te faltará nuestra ayuda y favor, porque después de esto hecho te llevaremos en nuestra compañía con todas estas riquezas, y te casaremos con quien mereces.
Con estas palabras encendieron tanto las hermanas a Psique, que la dejaron ardiendo, y ellas, temiendo del mal consejo que le daban no les viniese algún gran mal por ello, se partieron luego; y con el viento acostumbrado, se fueron hasta encima del risco, de donde se fueron lo más presto que pudieron, y entráronse en sus naos, y fuéronse a sus tierras.
Psique quedó sola, y llorando pensaba cómo había de hacer aquel negocio; por una parte osaba, y por otra temía. En fin, lo que más le fatigaba era que en un mismo cuerpo aborrecía la serpiente y amaba a su marido.
Ya que la noche venía, comenzó a aparejar el candil y navaja, para su mal. Siendo de noche, vino el marido a la cama, el cual, desde que hubo burlado con ella, comenzó a dormir suavemente. Entonces Psique se levantó de la cama, y sacado el candil debajo de donde estaba, tomó la navaja en la mano, y como alumbrase con el candil, y descubriese todo el secreto de la cama, vio una bestia la más mansa y dulce de todas las fieras; digo que era aquel dios del amor, que se llama Cupido, el cual estaba acostado muy hermosamente, y con su vista alegrándose, la lumbre del candil creció, y la aguda y sacrílega navaja resplandeció.
Cuando Psique vio tal cosa, espantada y fuera de sí, se cortó y cayó sobre las rodillas, y la navaja se le cayó de las manos. Estando así fatigada y desfallecida, cuanto más miraba la cara divina de Cupido, tanto más se recreaba con su hermosura. Ella le vio los cabellos como hebras de oro, llenos de olor divino; el cuello blanco como la leche; la cara blanca y roja, como rosas coloradas, y los cabellos de oro colgando por todas partes que resplandecían como el sol, y vencían la lumbre del candil. Tenía en los hombros péñolas de color de rosas y flores; y todo lo demás del cuerpo estaba hermoso, como convenía a hijo de la diosa Venus, que lo parió sin arrepentirse por ello.
Estaban ante los pies de la cama el arco y saetas; que son armas del dios de amor; lo cual todo estando mirando Psique, no se hartaba de mirarlo; maravillándose de las armas de su marido, saca del carcax una saeta, y estándola tentando con el dedo, a ver si era tan aguda como decían, hincósele un poquito de la saeta, de manera que tiró sangre de color de rosas, y de esta manera Psique, no sabiéndolo, cayó y fue presa en amor del dios de amor. Entonces con mayor ardor de amor se abajó sobre él y lo comenzó a besar con tan gran placer, que temía no despertase tan presto.
Estando ella en este placer herida del amor, el candil que tenía en la mano, o por no serle fiel, o de envidia mortal, o por ventura que él también quiso tocar el cuerpo de Cupido, echó de sí una gota de aceite hirviendo, y cayó sobre el hombro derecho de Cupido.
De esta manera el dios Cupido, quemado, saltó de la cama, y conociendo que su secreto era descubierto, callando, desapareció y huyó de los ojos de Psique, la cual se pegó a una de sus piernas cuando se levantaba, y así fue colgando de sus pies por las nubes del cielo, hasta tanto que, cansada, cayó en el suelo. Pero el dios de amor no la quiso desamparar en la caída, y vino volando a sentarse en un ciprés que allí estaba, de donde la empezó a reprender, diciendo:
--¡Oh, Psique, mujer simple! Yo, no recordándome de los mandamientos de mi madre Venus, la cual me había mandado que te hiciese ser enamorada del más miserable hombre del mundo, te quise bien y fui tu enamorado; pero esto que hice, bien sé que fue hecho livianamente, y yo mismo, que tiro a los otros con mis saetas, me herí a mí, y te tomé por mi mujer, y tú querías cortar mi cabeza. ¿No sabes tú cuántas veces te decía que te guardases de querer ver mi cara? Pero aquellas malas y envidiosas de tus hermanas presto me pagarán el consejo que te dieron.
Diciendo esto, levantose con sus alas y voló en alto hacia el cielo; Psique quedó echada en tierra, y cuanto podía con la vista, miraba cómo su marido iba volando, y afligía su corazón con muchos lloros y gemidos.
Después que su marido desapareció, desesperada se echó en un río que allí cerca estaba; pero el río, por honra del dios de amor, cuya mujer ella era, tomola encima de sus ondas sin hacerle algún mal, y púsola sobre las flores y hierbas del campo.
Acaso el dios Pan, que es dios de las montañas, estaba asentado en un otero cerca del río, enseñando a tañer una flauta a la ninfa Caña, y viendo a Psique tan desmayada y llena de dolor, llamola, y halagándola con buenas palabras, le dijo:
--Doncella hermosa, bien veo que andas fatigada de dolor; mas no se puede resistir a los crueles hados, por tanto, ten paciencia, y no vuelvas a echarte en el río ni te mates con ningún otro género de muerte. Antes procura aplacar con plegarias al dios Cupido, que es el mayor de los dioses, y trabaja por merecer su amor, con servicios y halagos, porque es mancebo delicado y muy regalado.
V.
Cómo Psique fue a sus hermanas a quejarse de su desdicha mala, y del castigo que sus hermanas recibieron.
Hablando de esta manera el dios Pan a Psique, ella, sin responderle palabra, comenzó a caminar por una senda que allí vio, y tanto anduvo, hasta que llegó a una ciudad, adonde era el reino de una de sus hermanas. La cual hermana, como supo que estaba allí Psique, mandola entrar. Y después que se hubieron abrazado ambas a dos, preguntole qué era la causa de su venida. Psique le respondió:
--¿No te recuerdas tú, señora hermana, el consejo que me disteis ambas a dos, que matase aquella grande bestia que conmigo se acostaba, antes que me tragase, para lo cual me diste una navaja? Y como yo quisiese poner por obra vuestro consejo, saqué el candil, y luego que miré su gesto y cara, veo una cosa divina y maravillosa, al hijo de la diosa Venus, digo al dios Cupido, aquel dios de amor que estaba hermosamente durmiendo, y como yo estaba pasmada de ver un dios tan hermoso y tan resplandeciente, acaso cayó una gota de aceite hirviendo del candil sobre su hombro, y con el dolor despertó; y como me vio armada con hierro y fuego, díjome:
--¿Cómo has hecho tan gran maldad y traición? Anda, vete luego de mi casa, que yo casaré con una de tus hermanas, y la dotaré de más ricas piezas que a ti.
Y diciendo esto, mandó al viento cierzo que me pusiese muy lejos de su casa.
No había acabado Psique de hablar estas palabras, cuando la hermana, incitada de envidia inmortal, compuesta una mentira para engañar a su marido, diciendo que había sabido de cómo su padre estaba a la muerte metiose en una nao, y fue navegando hasta que llegó a aquel risco, en el cual subida, dijo:
--¡Oh, Cupido! Recíbeme, que soy perteneciente para ser tu mujer, y tú, viento cierzo, recibe a tu señora.
Con estas palabras dio un salto grande del risco abajo, pero ella ni viva ni muerta pudo llegar al lugar que deseaba, porque se hizo por aquellas peñas pedazos, como merecía.
Tras de esta no tardó mucho la pena y venganza de la otra hermana, porque yendo Psique por su camino más adelante llegó a otra ciudad, en la cual moraba la otra su hermana, a la cual asimismo engañó con decirle lo que había dicho a la otra. Y queriendo el casamiento que no le cumplía, fuese a aquel risco, de donde fue despeñada.
Entretanto Psique andaba muy congojosa en busca de su marido Cupido por todos los pueblos y ciudades; pero él, herido de la llaga que le hizo la gota de aceite del candil, estaba echado enfermo, gimiendo, en la cámara de su madre.
Entonces un ave blanca que se llama gaviota, zambullose dentro en la mar, y halló allí a la diosa Venus, que se estaba lavando, nadando y holgando, a la cual se llegó y le dijo cómo su hijo Cupido estaba malo de una llaga de fuego que le daba mucho dolor: diciéndole más: que él se había estado apartado de las gentes, metido en una sierra con una doncella muy hermosa, la cual le había hecho la llaga, y que en el mundo ya no había amor ni policía alguna, ni nadie se casaba, ni se amaban los casados, sino todo andaba al contrario, feo y enojoso para todos.
Cuando aquella ave parlera dijo estas cosas a Venus, llena de ira y enojo contra su hijo Cupido, exclamó diciendo estas palabras:
--Paréceme que ya aquel bueno de mi hijo tiene alguna amiga; hazme tanto placer tú, que me sirves con más amor que ninguna, que me digas el nombre de aquella que engañó a este muchacho sin barbas y de poca edad, ahora sea alguna de las ninfas o del número de las diosas, ahora sea del coro de las musas o del ministerio de mis gracias.
Aquella ave parlera no calló lo que sabía, diciendo:
--Por cierto, señora, no sé bien cómo se llama, mas pienso, si bien me recuerdo, que la que tu hijo ama se llama Psique.
Entonces Venus, indignada, comenzó a dar voces, diciendo:
--Ciertamente, él debe amar a aquella Psique, que pensaba tener mi gesto y era envidiosa de mi nombre; de lo que más tengo enojo en este negocio, es que me hizo a mí alcahueta, porque yo le mostré y enseñé por dónde conociese a aquella moza.
De esta manera, riñendo y gritando, prestamente se salió de la mar y fuese luego a su cámara, a donde halló a su hijo malo, según lo había oído, y desde la puerta comenzó a dar voces, diciendo de esta manera:
--Honesta cosa es, y que cumple mucho a nuestra honra y fama, lo que tú has hecho parecerte buena cosa, menospreciar y tener en poco los mandamientos de tu madre, dándome pena con los amores de mi enemiga que tenía robada en el mundo mi honra y honor. ¿Piensas tú que tengo yo de sufrir, por amor de ti, nuera que sea mi enemiga? Pero tú, mentiroso y corrompedor de costumbres, presumes que tú solo eres engendrado para los amores, y que yo no podré parir otro Cupido; pues quiero ahora que sepas que yo podré engendrar otro hijo mucho mejor que tú; y aun porque más sientas la injuria, adoptaré por hijo a alguno de mis esclavos y servidores, y darle he alas y llamas de amores, con el arco y las saetas y todo lo otro que a ti di.
Después que Venus hubo dicho esto, saliose fuera muy enojada diciendo palabras de enojo; pero la diosa Ceres y Juno, como la vieron enojada, la fueron a acompañar, y la preguntaron qué era la causa por que traía el gesto tan turbado, y los ojos, que resplandecían (de tanta hermosura), traía tan revueltos mostrando su enojo.
Ella respondió:
--A buen tiempo venís para preguntarme la causa de este enojo que traigo, aunque no por mi voluntad, sino porque otro me lo ha dado; por ende, yo os ruego que con todas vuestras fuerzas busquéis a aquella huidora de Psique doquier que la hallareis, porque yo bien sé que vosotras sabéis toda la historia de lo que ha acontecido en mi casa con este hijo que no oso decir que es mío.
Ellas, sabiendo las cosas que habían pasado, deseando amansar la ira de Venus, comenzáronle a hablar de esta manera:
--Qué, ¿tan gran delito pudo hacer tu hijo, que tú, señora, estés contra él enojada con tan gran pertinacia y melancolía, y que a aquella que él mucho ama tú la desees destruir? Rogámoste que mires bien si es crimen para tu hijo que le pareciese bien una doncella; ¿no sabes tú que es hombre? ¿Hásete ya olvidado cuántos años tiene tu hijo, o porque es mancebo y hermoso tú piensas que es todavía muchacho? Tú eres su madre y mujer de seso, y siempre has experimentado los placeres y juegos de tu hijo, ¿y tú culpas en él y reprendes sus artes y amores, y quieres cerrar la tienda pública de los placeres de las mujeres?
De esta manera ellas querían satisfacer por el dios Cupido, por miedo de sus amorosas saetas. Mas Venus, viendo que burlaban de ella, las dejó con la palabra en la boca y se volvió a la mar, de donde había salido.
LIBRO VI.
ARGUMENTO.
Después de haber Psique con mucha fatiga buscado a Cupido, se ofreció a Venus, y con cuánta soberbia fue tratada de ella; mandole hacer cosas imposibles; conviene a saber: que apartase de un montón grande todas las simientes, cada linaje de granos por su parte, y que le trajese el fleco del vellocino de oro, y del agua Estigia infernal le trajese un jarro lleno. -- Asimismo le trajese una bujeta llena de la hermosura de Proserpina. -- Todas las cuales cosas hechas por ayuda de los Dioses, Psique casó con su marido Cupido en el Concilio de los Dioses, y sus bodas fueron celebradas en el cielo, del cual matrimonio nació el deleite.
I.
Cómo Psique fue al templo de la diosa Ceres y al de Juno a demandarles socorro y ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio por no enojar más a Venus, que estaba enojada.
La desdichada Psique andaba por diversas partes y caminos buscando a su marido, y tanto más le crecía el deseo de hallarlo, cuanta era la pena que traía en buscarle. Y deliberaba entre sí que si no le pudiese con sus halagos como mujer amansar, que a lo menos con sus ruegos y oraciones lo aplacara.
Yendo así pensando en esto, vio un templo encima de un alto monte, y dijo:
--¿Qué sé yo ahora si por ventura mora mi señor en este templo? Y luego se fue hacia allá; y habiendo subido a aquel monte, llegó al templo y entró, donde vio muchas espigas de trigo y cebada derramadas por el suelo sin ningún orden ni concierto. Psique, como vio estas cosas derramadas, comenzó a apartar cada cosa por su parte, y a componerlo y a ataviarlo todo.
Estando en esta obra, entró la diosa Ceres, y como la viese, comenzole a decir.
--¡Oh Psique desventurada, la diosa Venus anda por todo el mundo con grandísima ansia buscándote, y pretende traerte a la muerte, y tú ahora estás aquí teniendo cuidado de mis cosas!
Entonces Psique echose a sus pies y comenzolos a regar con sus lágrimas, suplicándole y pidiéndole perdón, diciendo:
--Ruégote, señora, por la tu diestra mano, sembradora de los panes, y por las ceremonias alegres de las sementeras, y por las aradas y barbechos de Sicilia, y por los sacrificios que se hacen en la ciudad Eleusina, que tú socorras a la triste ánima de tu sierva Psique, y consiente que entre estos montones de espigas me pueda esconder algunos pocos días hasta que pase la cruel y vengativa ira de tan gran diosa como es Venus.
Ceres le respondió:
--Ciertamente yo me he conmovido a compasión por ver tus lágrimas y lo que me ruegas, y deséote ayudar, pero no quiero incurrir en desgracia de mi cuñada, con la cual tengo antigua amistad. Así que tú parte luego de mi casa, y recibe en gracia que no fuiste presa por mí ni retenida.
Cuando Psique esto oyó, llena de mayor dolor, tomó su camino adelante, y habiendo andado un gran rato, vio un hermoso templo que estaba en una selva de mucha arboleda, edificado muy pulidamente, en el cual entró y vio en él muy ricos dones de ropas y vestiduras colgadas de los troncos y ramas de los árboles con letras de oro que decían la causa por que eran allí ofrecidas, y el nombre de la diosa a quien se daban.
Entonces Psique, hincando las rodillas en el suelo y con las manos tocando el altar y limpiándolas con lágrimas de sus ojos, comenzó a decir de esta manera:
--¡Oh tú, Juno, mujer y hermana del gran Júpiter, o estés en el antiguo templo de la isla de Samos, la cual se glorifica porque tú naciste y te criaste allí; o estés en la silla de la alta ciudad de Cartago, la cual te adoró como doncella que fuiste llevada al cielo encima de un león; o estés en la ribera del río Ínaco, el cual hace memoria de ti, que eres casada con Júpiter y reina de las diosas; o estés en las ciudades de los griegos, adonde todos te honran como a diosa de los casamientos; donde quiera que estés, te ruego que socorras mis extremas necesidades y peligros!
Acabado de decir esto, luego le pareció la diosa Juno, y díjole:
--Yo te quisiera remediar con mi ayuda y favor; pero contra la voluntad de Venus, mi nuera, la cual siempre tuve en lugar de hija, no lo puedo hacer, porque la vergüenza me resiste. Demás de esto, las leyes prohíben que nadie pueda recibir los esclavos fugitivos contra la voluntad de sus señores; por tanto, vete luego de aquí.
II.
Cómo Psique se fue a presentar ante Venus por demandarle perdón, y los trabajos que con ella hubo.
De esta manera espantada Psique, viéndose desechada del favor de las diosas, determinó presentarse ante la diosa Venus, pensando que con esta humildad y obediencia la aplacaría. En este medio tiempo, Venus, enojada de andar a buscar a Psique por la tierra, determinó subir al cielo, y mandó aparejar su carro, el cual, Vulcano, su marido, muy sutil y pulidamente había fabricado y se lo había dado en arras de su casamiento, y luego a la hora salieron de su cámara cuatro palomas muy blancas, pusiéronse en orden para llevar el carro, y como Venus subió encima, comenzaron a volar alegremente, y tras el carro comenzaron a volar muchos pajaritos y aves que cantaban muy dulcemente, haciendo saber como Venus venía.
En esta manera llegó al palacio real de Júpiter, y con mucha osadía pidió que le mandase al dios Mercurio le ayudase con su voz, que había menester para cierto negocio.
Júpiter se lo otorgó, y mandó que así se hiciese.
Entonces ella, alegremente, acompañándola Mercurio, se partió del cielo y de esta manera habló a Mercurio:
--Hermano de Arcadia, tú sabes bien que tu hermana Venus nunca hizo cosa alguna sin tu ayuda y presencia, y ahora tú no ignoras cuánto tiempo ha que yo no puedo hallar a aquella mi sierva que se anda escondiendo de mí; así que ya no tengo otro remedio sino que públicamente tú pregones que le será dado gran premio a quien la descubriere. Por ende te ruego que hagas prestamente lo que te digo, y en tu pregón da las señas e indicios por donde manifiestamente se pueda conocer.
Diciendo esto, se fue a su casa.
No olvidó Mercurio lo que Venus le mandó hacer, y luego se fue por todos los lugares y ciudades pregonando que si alguno mostrare o prendiere a Psique, hija del rey y sierva de Venus, que anda huida, que le dará por ello muy grande premio.
De esta manera pregonando Mercurio, todos buscaban a Psique por ganar el hallazgo, la cual cosa oída por ella, luego a mucha prisa se fue a presentar al templo de Venus, y como llegó a las puertas del templo, salió a ella una doncella de Venus, que había nombre Costumbre, y como la vio, comenzó a dar grandes voces diciendo:
--Vos dueña, mala esclava, ya sentís que tenéis señora; no sabéis cuánto trabajo nos habéis dado, que andamos por todas las partes a buscaros. Pero bien está pues caísteis en mis manos; haced cuenta que caísteis en la cárcel del infierno, adonde para siempre jamás nunca podréis salir, y muy prestamente recibiréis la pena de vuestra gran contumacia y fiera rebeldía.
Diciendo esto arremetió a ella, y tomándola por los cabellos, la llevó ante Venus, la cual, como la vio, comenzose a reír, y meneando la cabeza, rascándose en la oreja, comenzó a decir:
--Basta, que ya fuiste contenta de hablar a tu suegra; mas antes creo que lo hiciste por ver a tu marido, que está a la muerte de la llaga que tú le causaste; pero está segura que yo te recibiré como conviene a buena nuera.
Y como esto dijo, llamó a sus criadas la Costumbre y la Tristeza, a las cuales mandó que azotasen cruelmente a Psique. Ellas, obedeciendo el mandamiento de su señora, dieron tantos azotes a la mezquina Psique, que la atormentaron muy malamente, y luego la tornaron a presentar otra vez ante su señora. Venus, como la vio, se comenzó otra vez a reír, y dijo: