La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 7
Venida la noche, que ya todos dormían, los ladrones despertaron con gran ímpetu y comenzaron a mudar su real, armados con sus espadas y lanzas que parecían diablos, y salieron por la puerta afuera muy aprisa. Pero ni solo esto ni aun el sueño, que bien me eran menester, pudo impedir el tragar y comer que yo hacía, y como quiera que cuando era Lucio con uno o dos panes me hartaba y levantaba harto de la mesa; mas entonces, contentando a un vientre de asno tan ancho y profundo, ya entraba rumiando por el tercero canastillo de pan, cuando estando atónito en esta obra me tomó el día claro.
Entonces yo, como asno empachado de vergüenza, salime de casa y fui a un arroyo a hartarme de agua; no tardó mucho que no viniesen los ladrones, los cuales traían una doncella muy linda hurtada, y según en su gesto y hábito mostraba, debía ser alguna hijadalgo, que cierto yo, aunque era asno, la deseaba. La triste venía llorando y mesando sus cabellos.
Después que la metieron en su cueva, comenzaron a consolarla, diciendo:
--Tú, pues, estás aquí segura de la vida, y ahora ten paciencia, porque la necesidad y pobreza nos hace seguir este trato; tu padre y madre, aunque sean avarientos, no dejarán de rescatarte.
Con estas palabras y otras la consolaban, pero no dejaba su llanto.
Entonces los ladrones mandaron a la vieja que se sentase a par de ella y la consolase con blandas palabras mientras ellos iban a hacer su oficio; la vieja, movida de piedad, le decía muchas cosas; mas todo no aprovechaba, porque lloraba y decía palabras lastimosas, y de cansada se durmió.
Ya que había dormido un poco, despertó con un sobresalto como mujer sin seso, y comenzó de nuevo a hacer mayores llantos; como la vieja vio que otra vez de nuevo comenzaba, le rogó con mucha instancia la contase por qué causa lloraba más fuertemente después de haber dormido.
La doncella, aunque llena de lágrimas, le dijo de esta manera:
--Pocos días ha que yo fui desposada con un mancebo muy rico y de buena disposición, con el cual desde niña me crié, y siempre nos tuvimos grande amor, como si fuéramos hermanos. Así que estando para velarnos, de consentimiento de nuestros padres, con la casa aderezada y enramada de laureles, con contares y otras cosas de bodas, estándome mi madre ataviando para semejante fiesta, he aquí do entra súbitamente un escuadrón de ladrones con gran ímpetu, con las espadas desnudas, y no curaron de robar alguna cosa ni matar a nadie, sino todos juntos, sin los familiares de casa podérselo estorbar, me arrebataron y trajeron aquí. Pero ahora soñaba que mi querido esposo venía por librarme y que cruelmente le mataban estos hombres espantables y temerarios, y por esta causa me afligía más que de antes.
Entonces la vieja, suspirando, le dijo:
--Hija, esfuérzate y ten buen corazón; no te espantes con unas ficciones de sueños, porque demás de tener por cierto que los sueños del día son falsos, aun los de la noche traen los fines y salidas al contrario: porque llorar, ser herido o muerto, traen el fin próspero y de mucha ganancia; y, por el contrario, reír, o comer cosas sabrosas, o hallarse en placeres, significa tristeza de corazón o enfermedad del cuerpo y otros daños y fatigas. Pero yo te quiero consolar y decir una novela muy linda, con que olvides esta pena y trabajo.
La cual luego comenzó en esta manera:
V.
Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la doncella un cuento muy elegante y lleno de doctrina.
--Había en una ciudad un rey y una reina que tenían tres hijas: las dos mayores eran muy hermosas y bien apuestas; pero la más pequeña, era tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poderlo decir. Muchos de otros reinos y ciudades, oyendo la fama de su gran beldad y hermosura, venían a verla, y luego, poniendo las manos en la boca y los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas adoraciones la honraban y adoraban.
Ya la fama corría por todas las ciudades y tierras cercanas, que esta era la diosa Venus, que por influjo de las estrellas del cielo había nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con todas las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su fama crecía más cada día, y de muchas partes venían por mar y tierra, por ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo. Y nadie quería ir a ver a la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Pafo, ni a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde solían sacrificar. Sus templos eran ya destruidos, sus ceremonias menospreciadas, sus estatuas sin honra. Todos a esta doncella suplicaban, y siendo humana la adoraban por tan gran diosa; y cuando de mañana se levantaban, todos le sacrificaban con manjares y otras cosas; cuando iba por la calle, todo el pueblo, con flores y guirnaldas de rosas, le suplicaban y honraban.
Esta honra que se daba a esta doncella encendió mucho en ira a la propia diosa Venus, y riñendo entre sí, dijo:
--Yo, que soy madre de todas las cosas criadas; yo, que soy principio y nacimiento de los elementos; yo, que soy Venus poderosa, ¿he de sufrir que se dé la honra debida a mi majestad a una moza mortal, y que mi nombre, puesto en el cielo, se haya de profanar en la tierra, y que en cada parte tengan duda si me han de sacrificar y adorar a mí o a esta doncella, y que tenga tal gesto que piensen que soy yo? Según esto, por demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me prefirió a tales diosas, cuyo juicio aprobó aquel gran Júpiter. Mas a esta que mi honra ha robado, yo haré que se arrepienta de esto y de su hermosura.
Luego llamó a su hijo Cupido, al cual, con sus palabras encendido mucho, le llevó a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se llamaba Psique, y mostrósela, diciendo con mucho enojo y casi llorando toda la historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole de esta manera:
--¡Oh hijo, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre y por las dulces llagas de tus saetas y por los sabrosos fuegos de tus amores, que des cumplida venganza a tu madre contra la hermosura rebelde y contumaz de esta mujer; y sobre todo te ruego que esta doncella sea enamorada de muy ardiente amor del más bajo y vil hombre que en todo el mundo se halle!
Después que Venus hubo dicho esto, besó y abrazó a su hijo, y fuese a la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus hermosos pies holló el rocío de las ondas de aquel río, y de allí se fue a la mar, a donde todas las ninfas le vinieron a servir.
Allí vinieron las hijas de Nereo cantando, y el dios Neptuno con su áspera barba del agua de la mar y con su mujer Salicia, y Palemón, que es guiador del Delfín, y las compañas de los tritones, saltando por la mar, unos tocando trompetas, otros traían un palio de seda, porque el sol no le tocase; otros llevan el espejo delante de la diosa. De esta manera, nadando con sus carros por la mar, todo este ejército acompañó a Venus hasta el Océano.
Entretanto, la doncella Psique, con su hermosura para sí, ningún fruto recibía de ella. Todos la miraban y alababan, pero ningún rey, ni otro alguno, la pedía por mujer. Maravillábanse de ver su divina hermosura, pero era como quien ve una estatua de una diosa pulidamente fabricada.
Las dos hermanas mayores, como eran medianamente hermosas, no eran tanto divulgadas por los pueblos, y habían sido casadas con dos reyes que las pidieron: ya estaba cada una en su casa, reina y señora. Mas esta doncella Psique estaba en casa de su padre, llorando su soledad, y siendo virgen era viuda, por la cual causa estaba enferma en el cuerpo y llagada en el corazón. Aborrecía su hermosura, porque todos pasmaban de verla.
El mezquino padre, sospechando que alguna ira y odio tuviesen los dioses contra su desventurada hija, acordó de ir a consultar el oráculo antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Mileto, y con sus sacrificios y ofrendas suplicó a aquel dios que diese casa y marido a la triste de su hija. Apolo le respondió en esta manera:
--Pondrás esta moza, adornada del aparato delante, en el más alto peñasco que hallares, y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido de linaje mortal, mas espéralo fiero y cruel y venenoso como serpiente, el cual, volando, fatiga con sus saetas a todos.
El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó esto, triste y de mala gana se tornó para su casa. Y dijo a su mujer el mandamiento que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual lloraron y gimieron algunos días.
En esto ya se llegaba el tiempo en que había de poner en efecto lo que Apolo mandaba; de manera que comenzaron a aparejar todo lo que la doncella tenía menester para sus mortales bodas. Encendieron las lumbres de las hachas negras con hollín, y los alegres instrumentos músicos se mudaron en lloro y amargura, los cantares en luto y lloro. De manera que el triste hado de esta casa hacía entristecer a toda la ciudad. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que Apolo había mandado, procuraba de llevar a la mezquina de Psique a la pena que le estaba profetizada; mas por otra parte, movido de piedad, detenía el negocio, llorando amargamente.
Entonces la hija dijo al padre y madre de esta manera:
--¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu con tantos aullidos? ¿Por qué ensuciáis esas caras con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué apuñeáis vuestros pechos con tanta fuerza? ¿Este será el premio y galardón de mi hermosura? Vosotros estáis heridos mortalmente de la envidia, y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos nos honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una voz me llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y llorar, entonces me habíais ya de tener por muerta. Ahora veo y siento que solo este nombre de Venus ha sido causa de mi muerte: llevadme ya en aquel risco donde Apolo manda, porque ya querría ver acabadas estas tristes bodas.
Acabado de hablar esto la doncella, cayó en tierra, y como ya venía todo el pueblo para acompañarla, metiose en medio de ellos y fueron su camino a un lugar donde estaba un risco muy alto sobre un monte, encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, poniendo en su compañía las hachas negras que delante de sí llevaban ardiendo. El pueblo, lleno de lágrimas, bajando sus cabezas, volvieron a sus casas, acompañando al rey y a la reina, los cuales, cubiertos de luto y cerrando las ventanas del palacio, se pusieron en perpetuo llanto.
Psique, estando temerosa en aquella peña, vino un manso viento y muy quietamente la puso en un delicioso prado, donde la dejó.
LIBRO V.
ARGUMENTO.
En este libro se contienen los palacios que Psique halló, y los amores secretos que con ella tuvo el dios Cupido, y de cómo vinieron a visitar a Psique sus mismas hermanas, y la envidia que de ella tuvieron; por cuya causa, creyendo Psique lo que le aconsejaban, quiso herir a su marido Cupido; por lo cual cayó de la cumbre de su felicidad y fue puesta en tribulación. -- Y cómo las hermanas hubieron el castigo que merecían por tan mal consejo como a su hermana dieron. -- Y cómo Venus persigue a Psique, buscándola por todas partes.
I.
Cómo la vieja cuenta a la doncella cómo Psique fue llevada a unos palacios muy poderosos, a donde holgó con su nuevo marido.
--Hallándose Psique en aquel prado hermoso y florido, aliviose algún tanto de la pena que en su corazón tenía. Y mirando a todas partes vio una floresta con muy grande arboleda, y una fuente muy clara y apacible, y allí junto estaba una casa real, la cual no parecía edificada por mano de hombres, sino por los dioses. A la entrada de la casa estaba un palacio tan rico y hermoso, que parecía morada de algún dios, porque el zaquizamí y cobertura de madera era de cedro y marfil maravillosamente labrado. Las columnas eran de oro, y todas las paredes eran de plata. Y todos los aposentos y cámaras relucían con el oro, y daban tanta claridad, que era cosa más celestial que humana.
Psique, convidada con la hermosura de tal lugar, llegose cerca, y con osadía entró dentro, maravillándose de lo que veía. Y dentro en la casa vio muchos palacios y salas tan perfectamente adornados y aderezados, que ninguna cosa había en el mundo que allí no hubiese; pero sobre todo, de lo que más se maravilló fue de ver los aposentos tan llenos de oro y riquezas, y sin cerradura ni guarda.
Andando ella con gran placer mirando estas cosas, oyó una sola voz que le decía: «¿Por qué, señora, te espantas de tantas riquezas? Tuyo es todo esto que aquí ves; por tanto, entra en la cámara y descansa en la rica cama, y cuando quisieres pide agua para bañarte, que nosotras, cuyas voces oyes, somos tus siervas, y en todo lo que mandares te serviremos, y luego vendrá la comida, que bien aparejada está para esforzar tu cuerpo.»
Cuando esto oyó Psique, entendió que aquello era ordenado por algún dios, y descansando de su fatiga, durmió un poco, y después que despertó levantose y lavose, y viendo que la mesa estaba puesta y aparejada, se fue a sentar a ella; luego vinieron muchos manjares y un vino que se llama néctar, del que los dioses beben, lo cual todo no parecía quién lo traía, solamente parecía que venía en el aire, ni tampoco la señora podía ver a nadie, mas solamente oía las voces que la hablaban. Después que hubo comido le vinieron a cantar y tañer muy suavísimamente sin ser vistos los músicos.
Acabado este placer ya que era noche, Psique se fue a dormir, temiendo la guarda de su virginidad. Y estando con este miedo vino el marido no conocido, y acostándose junto a ella se confirmó el matrimonio; y antes que fuese de día se partió de allí, y luego aquellas voces fueron oídas en la cámara y comenzaron a curar de la novia.
De esta manera pasó algún tiempo sin ver a su marido; ella, por la mucha continuación de las voces y del servicio que le hacían, lo tenía ya por deleite y pasatiempo.
Entretanto su padre y madre se envejecían en llanto y luto continuo, y la fama de este negocio cómo había pasado, llegó adonde estaban las hermanas mayores casadas, las cuales con mucha tristeza, cargadas de luto, dejaron sus casas y vinieron a ver a sus padres para hablarles y consolarles.
Aquella misma noche el marido habló a su mujer Psique, que aunque no lo veía, bien lo oía y con sus manos palpaba, y la dijo de esta manera:
--¡Oh, señora mía y muy amada mujer, la fortuna cruel te amenaza con un peligro de muerte, del cual yo querría que te guardases; con mucha cautela tus hermanas, turbadas pensando que tú eres muerta, han de venir a aquel risco en donde tú aquí viniste; si tú, por ventura, oyeres sus voces y llantos, no les respondas en ningún modo, porque si lo haces, darásme gran dolor y para ti causarás un grandísimo mal que te será casi la muerte!
Ella prometió de hacer todo lo que el marido le mandase; pero como la noche fue pasada y el marido de ella partido, todo aquel día la doncella consumió en llantos y en lágrimas, diciendo que estaba en una hermosa cárcel apartada de toda conversación humana, y que no podía ver a sus hermanas, ni aun responderlas. De esta manera, aquel día ni quiso lavarse, ni comer, ni holgarse con cosa alguna, sino llorando con muchas lágrimas, se fue a dormir.
Luego vino el marido, y acostándose en la cama la comenzó a reprender de esta manera:
--¡Oh, mi señora Psique! ¿Esto es lo que tú me prometiste? ¿Qué te puedo yo aconsejar siendo tu marido, que no sea tu provecho? Anda ya, y haz lo que te pareciere. Porque cuando te viniere el mal, te acordarás de lo que te he amonestado.
Entonces ella, con muchos ruegos, le hizo conceder que ella hable a sus hermanas y les dé todas las piezas de oro y joyas que quisiere. Pero muchas veces le amonestó que no curase de sus palabras ni curase de saber la cara y figura de su marido, porque si esto pretendiese, que caería de tanta felicidad como tenía.
Ella le dijo que todo lo cumpliría, y con muchos besos y abrazos que le daba, juntamente le pidió que mandase al viento que trajese allí a sus hermanas, así como a ella había traído, todo lo cual él le otorgó, y viniendo la mañana se partió del lecho.
Las hermanas preguntaron por aquel risco o lugar donde habían dejado a Psique, y luego se fueron para allá, donde comenzaron a llorar y dar grandes voces, hiriéndose en los pechos, tanto, que a las voces que daban acudió Psique, diciéndoles: «¿Por qué os afligís con tantas lágrimas y tristes voces? Dejad, hermanas, el llanto, y venid a ver y abrazar a quien lloráis.»
Entonces llamó al viento cierzo, y mandole que hiciese lo que su marido le había mandado. Él, sin más tardar, obedeciendo a su mandamiento, trajo luego a sus hermanas muy mansamente, sin fatiga ni peligro alguno, y como llegaron, comenzáronse a abrazar y a besar unas a otras con grandísimo contentamiento. Y Psique les dijo que entrasen en su casa alegremente y descansasen con ella de su pena y fatiga, deleitándose en ver tan suntuoso y rico palacio y frescos jardines.
II.
Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice cómo las dos hermanas de Psique la vinieron a ver y le tuvieron envidia.
--Después que así les hubo hablado, mostroles la casa y las grandes riquezas de ella, y la mucha familia de los que le servían, oyéndolos solamente. Después las mandó a un baño muy rico y hermoso, y luego vinieron a comer, donde había muchos manjares abundantemente. En tal manera, que la hartura y abundancia de tantas comidas y riquezas (más de los dioses que humanas), criaron envidia en sus corazones contra ella. Finalmente, que le comenzaron a preguntar curiosamente les dijese quién era el señor de aquellas riquezas celestiales. Pero Psique, disimulando, les dijo que su marido era un mozo hermoso que le apuntaba la barba, el cual andaba ocupado en la caza de montería. Y por no tratar más en este negocio, les dio mucho oro y piedras preciosas, y mandó al viento que las tornase a llevar de donde las había traído.
Lo cual hecho, las hermanas, tornándose a casa, iban ardiendo con la hiel de la envidia que les crecía, y una otra hablaban sobre ello muchas cosas, entre las cuales la una dijo esto:
--Mirad ahora qué escasa es la fortuna, ciega malvada; ¿parécete bien que seamos todas hijas de un padre y madre, y que tengamos diversos estados; nosotras que somos mayores que ella, seamos esclavas de maridos advenedizos, y que vivamos como desterradas fuera de nuestra tierra, y apartadas muy lejos de la casa y reino de nuestros padres, y esta nuestra hermana, última de todas, que haya de poseer tantas riquezas, y tener un dios por marido, y aun cierto ella no sabe bien usar de tanta muchedumbre de riquezas como tiene? ¿No viste tú, hermana, cuántas cosas están en aquella casa, cuántos collares de oro, cuántas vestiduras resplandecientes, y cuántas piedras preciosas relumbran por ella? Por cierto, si ella tiene el marido hermoso mancebo como nos dijo, ninguna más bienaventurada que ella. Y demás de esto, manda a los vientos, y tiene por servidoras las voces. Yo, mezquina, lo primero que puedo decir es que fui casada con un marido más viejo que mi padre y más calvo que una calabaza, y más flaco que un niño, guardando de continuo la casa.
La otra dice:
--Pues yo sufro a otro marido gotoso y aun corcovado, por lo cual nunca tengo placer con él, fregándole de continuo sus dedos, endurecidos como piedras, con medicinas hediondas, que ya estoy harta de tantos trabajos como paso con él; pero tú, hermana, paréceme que sufres esto con ánimo paciente, mas yo en ninguna manera puedo sufrir que tanta riqueza y bienaventuranza tenga esta melindrosilla. ¿No te recuerdas cuán soberbiamente y con cuánta arrogancia se hubo con nosotras, las piezas que nos mostró con tanta vanidad, y de tantas riquezas como allí había no nos dio más de esto poquito, y luego mandó al viento que nos llevase luego fuera? Pues no me tendría yo por mujer si no la echase de tantas riquezas. Tomemos yo y tú algún buen consejo para esto que digo, y estas cosas que llevamos que ella nos dio, no las mostremos a nuestros padres ni digamos cosa alguna de su salud y vida, ni publiquemos las muchas riquezas que vimos, porque no so pueden llamar bienaventurados aquellos cuyas riquezas no son sabidas: ahora dejemos esto y tornemos a nuestros maridos, y después, instruidas con mayor acuerdo y consejo, tornaremos más fuertes para castigar su soberbia.
Este mal consejo parecía bueno a las dos malas hermanas; y escondidas las joyas y dones que Psique les había dado, tornáronse desgreñadas como que venían llorando, y rascándose las caras, fingiendo de nuevo grandes llantos. En esta manera dejaron sus padres, refrescándoles su pena y dolor, y fuéronse a sus casas.
III.
Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna manera oiga a sus hermanas, porque la quieren echar a perder.
Viendo Cupido los engaños y maldades que las hermanas ordenaban, habló a Psique de esta manera:
--¿No ves cuánto peligro te está aparejado de la cruel e inconstante fortuna, por medio de tus hermanas? Por eso, si tú de lejos no te apercibes, yo creo que te derrocará y hará mucho mal. Aquellas lobas tejen una desleal y mala tela para tu perdición. Ellas te quieren persuadir que tú veas mi cara, la cual, como muchas veces te he dicho, tú no verás; mas si intentares verla, ya aquellas malas brujas vienen armadas con sus malignos corazones encendidos de envidia por echarte a perder: tú no hables con ellas ni las admitas a que te vengan a ver. Y si por tu liviandad y amor que les tienes no te pudieres sufrir sin hablarles, no les respondas ni les des oídos a todo lo que hablaren acerca de tu marido, porque haciéndolo de esta manera acrecentaremos nuestro linaje, que este tu vientre un niño trae ya, y si tú encubres y guardas lo que te digo, ese niño que parieres será inmortal; haciéndolo de otra manera, yo te digo que será mortal.
Psique, cuando esto oyó, alegrose mucho con la divina generación, y prometió a su marido hacer lo que él decía. Pero aquellas furias espantables de sus hermanas ya deseaban echar de sí el veneno de serpientes: y con este deseo aceleraban su camino por la mar cuanto podían.
En esto el marido de Psique de nuevo la tornó a amonestar diciéndole las mismas palabras que de antes le había dicho.
Ella entonces, llorando, le dijo:
--Bien sabes tú, señor, que yo no soy parlera; ya el otro día me enseñaste la fe que te había de guardar y lo que había de callar; así, que ahora tú no verás que yo mude la constancia y firmeza de mi ánimo; solamente te ruego que mandes al viento que haga su oficio y que sirva en lo que le mandare, y en lugar de tu vista, pues me la niegas, a lo menos consiente que yo goce de la vista de mis hermanas. Esto, señor, te suplico por estos tus cabellos lindos y olorosos y por el amor que te tengo, aunque no te conozco de vista. Así conozca tu cara en este niño que traigo en el vientre, que concedas a mis ruegos, haciendo que yo goce de ver y hablar a mis hermanas. Y de aquí adelante no curaré más de querer conocer tu cara, y no me curo que las tinieblas de la noche me quiten tu vista, pues yo tengo a ti, que eres mi lumbre.
Con estas palabras, abrazando a su marido y llorando, limpiaba las lágrimas con sus cabellos, tanto que él fue vencido y prometió de hacer todo lo que ella quería, y luego, antes que amaneciese, se partió de ella, como acostumbraba.
Las hermanas, con su mal propósito, en llegando no curaron de ver a sus padres, sino en saliendo de las naos, derechas se fueron a aquel risco, a donde con el ansia que tenían no esperaron que el viento les ayudase, antes con temeridad y osadía se echaron de allí abajo; pero el viento, recordándose de lo que su señor le había mandado, recibiolas en sus alas y púsolas muy mansamente en el suelo.
Ellas se metieron luego en casa, y van a abrazar a la que querían perder, y comenzáronla a lisonjear de esta manera: