La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 23
Si, pues, las nubes que se forman enteramente de la tierra y que a ella caen en seguida, se elevan a lo alto, ¿qué pensáis sucederá a los cuerpos de estos demonios, cuya combinación es mucho más sutil? No están formados, como ellas, de esos vapores espesos, de esas nieblas impuras, sino del elemento más puro, de la serenidad misma del aire, y a causa de ello no aparecen fácilmente a los mortales, llegando solo a ser visibles por la voluntad de los dioses, porque carecen de esa solidez terrestre que intercepta la luz, que detiene la mirada y que concentra necesariamente la vista. Los tejidos de su cuerpo son raros, brillantes y separados, de suerte que su resplandor deslumbra nuestros ojos y engaña las miradas.
Preciso es poner en esta categoría la Minerva de Homero, cuando se aparece en medio de los griegos para apaciguar a Aquiles,
Visible para él solo; ningún otro la ve.
También debe ponerse la Juturna de Virgilio cuando avanza por entre las filas del ejército para socorrer a su hermano, y
Mezclada con soldados, permanece invisible.
No es, pues, como ese soldado de Plauto, que se vanagloria de su escudo,
Cuyo brillo deslumbra los ojos enemigos.
Y para no decir más, en esta especie de demonios es donde los poetas, no apartándose mucho de la verdad, escogen ordinariamente los dioses que suponen amigos o enemigos de ciertos hombres, aplicados aquellos a elevar y a sostener a sus protegidos, estos a perseguirlos y afligirlos, de suerte que participan de todas las pasiones humanas, la compasión, el odio, la alegría, el dolor, y, como nosotros, son agitados por los movimientos del corazón y los tumultuosos pensamientos del espíritu.
Los dioses supremos viven tranquilos, extraños a todas estas perturbaciones, a todas estas tempestades. Estos habitantes del cielo gozan de eterna calma de espíritu. No sienten dolor ni voluptuosidad que les arrebate, ni cambios súbitos ni violencias extrañas, porque nada hay tan omnipotente como un dios; ni modificaciones espontáneas, porque nada hay que les iguale en perfección.
¿Cómo creer que sea perfecto el que pasa de un primer estado a otro más irregular? Ninguno cambia si no se arrepiente de su primera posición, y el cambio es la condenación del estado precedente. Así, pues, un dios no puede sentir ningún afecto temporal, ni el amor ni el odio; es inaccesible a la cólera y a la piedad, a las angustias del dolor y a los transportes del placer; para él no hay pasiones, ni tristeza, ni alegría, ni deseos súbitos y contradictorios.
Todos estos movimientos y muchos otros convienen a la naturaleza media de los demonios, que, por el lugar que habitan y por la índole de su espíritu, son término medio entre dioses y hombres, teniendo la inmortalidad de aquellos y las pasiones de estos.
Se les puede definir así: los demonios son seres animados, razonables y sensibles, cuyo cuerpo es aéreo y la vida eterna. De estos cinco atributos les son comunes con los hombres los tres primeros, el cuarto les es propio, y el último lo comparten con los dioses inmortales, de quienes solo difieren por la sensibilidad.
Llámoles sensibles no sin razón, puesto que su alma está sujeta a las mismas agitaciones que la nuestra, y por ello debemos prestar fe a las diversas ceremonias de las religiones y a las diferentes súplicas empleadas en los sacrificios.
Algunos de estos demonios aman las ceremonias que se celebran de noche, otros las que se verifican de día; unos prefieren el culto público, otros el privado; unos exigen la alegría, otros que la tristeza presida a los sacrificios y solemnidades que se les consagran. Por ello los dioses de Egipto son honrados casi siempre con sollozos; los de Grecia, con bailes; los de los bárbaros, con el ruido de címbalos, tambores y flautas.
Obsérvase la misma diferencia, según las costumbres de cada país, en la marcha de las ceremonias, en el silencio de los misterios, en las funciones de los sacerdotes, en los ritos de los sacrificadores y hasta en las estatuas de los dioses, en los despojos que les son ofrecidos, en la consagración de los templos y en el lugar donde son edificados, en el color y sacrificios de las víctimas.
Todos estos usos son establecidos solemnemente, según los diversos países, y con frecuencia reconocemos en los sueños, en los presagios y en los oráculos, que los dioses se indignan si por ignorancia o por orgullo se descuida algún detalle de su culto.
Podría citar multitud de ejemplos de este género, pero son tan conocidos y en tanto número, que quien quisiera enumerarlos olvidaría muchos más que citaría. No me detendré, pues, a enumerar estos hechos, a los cuales podrán no dar fe algunos espíritus, pero que al menos son universalmente conocidos. Más vale discurrir acerca de las diferentes especies de genios citadas por filósofos, a fin de que podamos conocer claramente cuál era el presentimiento de Sócrates, y cuál el dios que tenía por amigo.
Porque en determinada acepción, el alma humana, aun encerrada en el cuerpo, es llamada demonio.
¿Este ardor nos proviene, Euríale, de los dioses Donde divinizamos nuestros deseos furiosos?
Así, pues, un buen deseo del alma es un dios bienhechor, y de ello proviene que muchos, como he dicho, llaman _feliz_ a aquel cuyo demonio es bueno, es decir, cuya alma está formada por la virtud.
En nuestro lenguaje puede llamarse a este demonio genio. No sé si la expresión es perfectamente justa, pero me atrevo a llamarlo así porque el dios que representa es el alma de cada hombre; dios inmortal y que, sin embargo, nace en cierto modo con el hombre. Así, pues, las preces en las cuales invocamos el _genio_ y _Genita_, me parece que explican la formación y el nudo de nuestro ser cuando designan con dos nombres el alma y el cuerpo, cuya unión constituye el hombre.
En otro sentido llámase también demonio al alma humana, que después de haber pagado su tributo a la vida, se separa del cuerpo. En la antigua lengua de los Latinos encuentro que se la llamaba _Lémure_. Entre estos _Lémures_ los hay divinidades pacíficas y bienhechoras de la familia, que eran encargadas del cuidado de la posteridad y toman el nombre de _Lares domésticos_. Otros, por lo contrario, privados de una estancia feliz, expían los crímenes de su vida en una especie de destierro, y siendo espanto de los buenos y plaga de los malvados, yerran al azar. Se les designa generalmente con el nombre de _Larvas_.
Pero cuando no se está seguro de la suerte de uno u otro, ni si un genio es lare o larva, se le llama _dios Mane_. Este título de dios es solo una señal de respeto; porque no se llaman verdaderamente dioses sino a aquellos cuya vida se acomodó a las leyes de la justicia y de la virtud, y que, divinizados en seguida por los hombres, se les edificaron templos y recibieron homenajes, como Anfiarao, en Beocia; Mopso, en África; Osiris, en Egipto; otros, en otras naciones, y Esculapio, en todas partes.
Esta división de los demonios solo se refiere a los que vivieron en cuerpo humano. Pero hay otra especie de demonios no menos numerosos, superiores en poder, de naturaleza más augusta y elevada, que jamás estuvieron sometidos a los lazos y a las cadenas del cuerpo, y que tienen un poder cierto y determinado. En este número están el Sueño y el Amor, que ejercen opuesta influencia: el Amor hace velar, y el Sueño dormir.
En este orden más elevado coloca Platón a los árbitros y testigos de nuestras acciones, guardianes invisibles de todos, siempre presentes, siempre instruidos de nuestros actos y pensamientos.
Cuando abandonamos la vida, este genio, que ha sido dado a cada uno de nosotros, coge al hombre confiado a su guarda y le lleva ante el Tribunal supremo, donde se encarga de su defensa. Allí rebate sus mentiras, confirma sus palabras si dice verdad, y por su testimonio se da la sentencia.
Así, pues, todos vosotros los que escucháis esta divina sentencia de Platón, pronunciada por mi boca, arreglad a este principio vuestras pasiones, vuestros actos y vuestros pensamientos, y no olvidéis que para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más ocultos repliegues del corazón.
Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso; a quien debemos, como Sócrates, el homenaje de nuestra justicia y de nuestra inocencia. Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé por nosotros, en la duda nos aconseja, en el peligro nos protege, en la miseria nos socorre.
En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos; por su presencia visible a veces cuando es necesario alejar el infortunio, atraer el éxito, engrandecer o conservar nuestra fortuna, disipar las nubes de la vida, guiarnos en los días felices o corregir la adversidad.
Y ahora bien: ¿quién extrañara que Sócrates, hombre eminente perfecto, sabio por el dicho del mismo Apolo, conozca y honre su dios, su guardián, su _lare_ familiar (así puedo llamarlo) que aparta de él cuanto era preciso apartar, que le protege contra todos los peligros, que le da todos los consejos necesarios? Y cuando su saber desfallecía y sus consejos eran impotentes, siendo precisos los presagios, él era quien disipaba la duda en el corazón de Sócrates por medio de una revelación divina.
Hay, en efecto, en la vida muchas circunstancias en que los mismos sabios tienen que recurrir a los oráculos y a los adivinos.
¿No veis acaso en Homero, como en un gran espejo, esta distinción claramente fijada entre los consejos de la sabiduría y las advertencias del cielo? Cuando las dos columnas del ejército, Agamenón el poderoso rey, y Aquiles el formidable guerrero, se separan, siéntese la necesidad de un hombre sabio y elocuente que modere el orgullo del Átrida y el ardor del hijo de Peleo, y que, dominándoles por su autoridad, les instruya con sus ejemplos y les calme con sus discursos. ¿Quién se levanta en este momento? ¿Quién toma la palabra? El orador de Pilos, el respetable anciano cuya voz es tan dulce y tan persuasiva su sabiduría. Todos lo saben: la edad debilita su cuerpo, pero su alma está llena de sabiduría y de vigor, y sus palabras corren como la miel.
Pero en los reveses de la guerra, cuando precisa enviar emisarios que penetren en el campo enemigo en mitad de la noche, ¿a quién se escogerá? Ulises y Diomedes representan la prudencia y la fuerza, el espíritu humano, el pensamiento y la espada.
Ahora bien: si los griegos son detenidos en Áulida por los vientos contrarios, si se cansan de esperar y luchar contra los obstáculos, si para obtener una mar tranquila y una travesía feliz tienen que interrogar a las entrañas de las víctimas y al vuelo de las aves y a la comida de las serpientes, los dos sabios de Grecia, Ulises y Néstor, permanecen entonces silenciosos, y Calcas, el más hábil de los adivinos, dirige su vista a las aves y al altar, y de repente el profeta calma las tempestades, lanza los barcos al mar y predice un sitio de diez años.
Igualmente en el campo de los troyanos, cuando precisa recurrir a los augures, aquel sabio Senado permanece mudo, nadie se atreve a hablar, ni Hicetaón, ni Lampo, ni Clitio; todos escuchan en silencio, o las terribles predicciones de Heleno, o las profecías de Casandra, condenada a no ser jamás creída.
De igual manera Sócrates, cuando no bastaban los consejos de la sabiduría, seguía los presagios de su demonio, y su respetuosa obediencia le hacía agradable a su dios.
Si el genio detenía casi siempre a Sócrates en el momento de obrar, si jamás le excitaba, es por una razón que ya hemos dicho; porque Sócrates, hombre eminentemente perfecto, cumplía todos sus deberes con ardimiento, sin necesidad de ser excitado, sino retenido cuando sus actos podían producir algún peligro, y estas advertencias le obligaban a diferir por el momento empresas que reanudaba más tarde o por otros medios.
En estas ocasiones decía oír _una cierta voz divina_ (es la expresión de Platón), y no es de creer que aceptara los presagios de boca del primero que llegara.
Un día que estaba fuera de la ciudad solo con Fedro, a la sombra de frondoso árbol, oyó esta voz que le advertía no atravesara el arroyo de Iliso antes de calmar con una retractación al Amor, que había ofendido. De haber acudido a los presagios, hubiera encontrado alguno que le excitara a obrar, como con frecuencia sucede a los hombres supersticiosos que se dejan guiar, no por su corazón, sino por la palabra de otro; que van por las calles recogiendo consejos de todo el mundo, y que, por decirlo de una vez no piensan con su entendimiento sino con sus oídos. Lo cierto es que los que escuchan la palabra de los intérpretes, palabra que con frecuencia han oído, no pueden dudar de que salga de boca humana. Pero Sócrates no dice que llega a sus oídos _una voz_, sino _una cierta voz_, y esta adición demuestra que no es una voz ordinaria, una voz humana, porque en tal caso hubiera añadido inútilmente la palabra _cierta_, siendo más exacto decir _una voz_ o _la voz de alguno_, como la cortesana de Terencio:
Paréceme que oigo la voz de mi soldado.
Cuando se dice _una cierta voz_, es porque se ignora de dónde viene, porque se duda hasta de que exista; dase a entender que hay algo en ella de extraordinario, de misterioso, como la que a Sócrates le hablaba de una manera divina y tan oportuna.
Creo, además, que no conocía solo su genio por audición, sino también por signos visibles, porque con frecuencia decía que un signo divino y no una voz se había ofrecido a él. Este signo era quizá la figura del mismo demonio que Sócrates solo veía, como en Homero Aquiles ve a Minerva.
Persuadido estoy de que la mayoría de vosotros vacila en creer lo que acabo de decir y se admira de que la forma de un demonio haya aparecido a Sócrates; pero Aristóteles refiere (y es testigo importantísimo) que a los pitagóricos causaba extrañeza que alguno asegurara no haber visto jamás demonios. Si, pues, cada uno puede ver su divina imagen, ¿por qué no la había de ver Sócrates, cuya sabiduría lo elevó a rango de los dioses supremos? Porque lo que hay más semejante y más agradable a un dios, es un hombre de perfecta virtud, un hombre tan superior a los demás mortales, como es inferior a los dioses inmortales.
¿Por qué no nos estimula el ejemplo y el recuerdo de Sócrates? ¿Por qué el temor de estos dioses no nos induce al estudio de la filosofía? No sé lo que lo impide, y sobre todo me admira que deseando todos la felicidad y sabiendo que no reside sino en el alma, y que para vivir dichoso es preciso cultivar nuestra alma, no la cultivemos. Quien quiere tener penetrante vista, necesita cuidar sus ojos, por cuyo medio ve; a quien quiere correr con rapidez, le es preciso cuidar sus pies, que le sirven para correr, y quien quiere luchar al pugilato, debe fortificar sus brazos, con los cuales lucha; en fin, todos los demás miembros exigen un cuidado en relación con sus funciones.
Esto es claro para todo el mundo, y por ello me extraña y no comprendo que el hombre deje de cultivar su alma con el auxilio de su razón; porque al fin todos necesitamos saber vivir, no sucediendo en esto como en la pintura o en la música, artes que un hombre bueno puede ignorar sin incurrir por ello en nota de infamia. Yo no sé tocar la flauta como Ismenias, sin que esto me avergüence; no soy pintor como Apeles, ni escultor como Lisipo, y no me ruboriza el no serlo. En una palabra, es permitido ignorar sin desdoro todos los conocimientos de esta índole; pero decid, si os atrevéis: No sé vivir como Sócrates, como Platón, como Pitágoras, y no me sonrojo. No osaréis jamás decirlo.
Y ¡cosa extraña! lo que no se quiere ignorar se descuida el aprenderlo, retrocediendo a la vez ante el estudio y ante la ignorancia de este arte. Haced la cuenta de los gastos diarios, y encontraréis muchos cuantiosos e inútiles, y nada empleado para vos, es decir, para el culto de vuestro demonio, culto que no es otra cosa sino la santa práctica de la filosofía.
Construyen los hombres magníficas casas de campo, adornan espléndidamente sus palacios, aumentan el número de sus esclavos; pero en medio de toda esta abundancia hay alguna cosa que avergüenza, y es el dueño; y con razón, porque los dueños reúnen las riquezas, les dedican culto y permanecen ellos ignorantes, groseros y sin cultura.
Ved esos edificios en los que han gastado todo su patrimonio; nada hay más risueño y espléndido: posesiones tan grandes como ciudades, casas adornadas como templos, numerosos sirvientes cuidadosamente peinados, muebles soberbios, lujo deslumbrador. Todo es suntuoso, magnífico, excepto el dueño. Él solo, como Tántalo, es pobre. En medio de sus riquezas todo le falta; no desea un fruto que no tenga, pero tiene hambre y sed de verdadera felicidad, es decir, de una vida tranquila y de una dichosa filosofía. Ignora que las riquezas son examinadas como los caballos que él quiere comprar, pues cuando esto sucede no se para la atención en los arneses, ni en la silla, ni en los adornos que brillan en la cabeza, ni en las bridas bordadas con oro, plata o piedras preciosas, ni en la riqueza y arte de los objetos que rodean su cuello, ni en el cincelado del freno, ni en el brillo y dorado de la cincha; déjase todo esto aparte y se mira el caballo desnudo, se examina su cuerpo, su genio, la nobleza de su andar, la rapidez de su carrera y la resistencia. Mírase ante todo si tiene
El vientre corto, la cabeza fina, Redonda grupa y musculoso pecho.
Después, si la espina dorsal es doble, porque queremos que el movimiento sea rápido y suave.
Por igual modo, en la apreciación del hombre, apartad cuanto le es extraño; examinad al hombre solo, reducido a sí mismo, pobre como mi Sócrates; y llamo extraño al hombre, cuanto debe a sus padres y a la fortuna, porque nada de esto entra en mi admiración a Sócrates. La nobleza, los abuelos, la genealogía, las envidiadas riquezas, todo esto, lo repito, es extraño. La gloria del nacimiento procede de un abuelo cuya conducta no ruborice al nieto, e igual sucede con las demás ventajas que podéis enumerar. Tal hombre es noble; pues alabáis a sus antecesores; es rico, pues no creo en la fortuna y de lo demás no hago caso; es vigoroso, pues la enfermedad puede debilitarle; es ágil, pues llegará a ser viejo; es bello, esperad un poco y dejará de serlo. Pero si decís: ha estudiado las bellas artes, es muy instruido, es tan sabio como puede serlo un hombre, es prudente, entonces elogiáis al hombre en sí mismo. Nada de esto es herencia de sus padres, ni regalo de azar, ni resultado efímero del sufragio, ni cosa que se altera con el cuerpo o cambia con la edad. Estas son las únicas ventajas de mi Sócrates, y por eso desdeñaba la posesión de las otras.
Si todo esto os excita al estudio de la filosofía, no oiréis mezclar a nuestras alabanzas nada que os sea extraño, y quien quiera elogiaros tendrá que decir de vosotros lo que Aecio al principio de su _Filoctetes_ ha dicho de Ulises:
«Héroe glorioso, salido de patria oscura; tu nombre es célebre, tu alma está llena de sabiduría, tú guías a los griegos y sabes vengarles de Ilión, hijo de Laertes...»
Solo en último caso habla de su padre, y solo oís alabanzas que le son personales. Ninguna de ella llega a Laertes, ni a Anticlea, ni a Arcesio; todo el elogio corresponde a Ulises.
Homero, hablando de este héroe, dice lo mismo; le da por compañera la prudencia, designada, según costumbre de los poetas, con el nombre de Minerva. Con ella vence todos los obstáculos y evita todos los peligros; penetra en el antro del Cíclope, y sale de él; ve los bueyes del sol, y no los toca; desciende a los infiernos, y vuelve a la tierra. Con la sabiduría pasa Escila sin ser arrastrado, salva los remolinos del Caribdis sin ser sumergido; bebe la copa de Circe sin ser metamorfoseado; llega a la tierra de los Lotófagos sin permanecer allí, y oye a las Sirenas sin acercarse a ellas.
NOTAS
[1] Chassang, _Histoire du roman dans l’antiquité grecque et latine_.
[2] Nicolás Maquiavelo.
[3] Este rey era Diomedes. Hércules le venció y castigó con el mismo suplicio que hacía sufrir a sus huéspedes, entregándole a la voracidad de sus caballos.
[4] Cuando los esclavos habían cometido algún delito o se les capturaba por haber huido, sus dueños los hacían marcar en la frente con un hierro candente, imprimiéndoles así letras, y a veces palabras enteras indicando la clase del delito. Por ejemplo, si habían robado, la frase _Cave a fure_. Guárdate del ladrón. Estos caracteres los ennegrecían con una especie de tinta para que fuesen más perceptibles.
[5] Homero.
[6] Se refiere indudablemente a Cartago.
[7] Este poeta es desconocido. Hay, sin embargo, en las poesías de Ausonio el elogio de un poeta de este nombre.
[8] Es el mismo Hipias de quien habla Platón en sus diálogos.
[9] Estas aguas son hoy desconocidas.
[10] Véase el juicio que de este poeta hace Quintiliano.
ÍNDICE.
Páginas.
PRÓLOGO. VII
Introducción. XXXI
LIBRO I.
I. Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros, los cuales iban contando admirables acaecimientos de hechiceras. 1
II. Cómo prosiguiendo Aristómenes (que así se llamaba el compañero) su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo dos hechiceras, Meroes y Pancia, degollaron aquella noche a Sócrates. 8
III. Cómo Lucio Apuleyo llegó a la ciudad de Hipata y fue a posar en casa de Milón, y lo que con Pitias le aconteció. 14
LIBRO II.
I. Cómo andando Lucio Apuleyo por la ciudad, se conoció con una su tía, que le dio algunos avisos. 19
II. Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón, y lo que pasó con ella. 22
III. Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un cuento muy gracioso que uno contó. 28
LIBRO III.
I. Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres. 38
II. Cómo estando Apuleyo para recibir sentencia, llega al teatro una vieja que de nuevo lo acusó, y el donoso cuento en que esto paró. 43
III. Cómo Andria descubrió a Lucio Apuleyo que su ama Pánfila fue causa de ser afrentado en la fiesta de la risa. 45
IV. Cómo Andria mostró a Lucio Apuleyo a su ama Pánfila cuando se untaba para convertirse en búho, y él, queriéndose untar por experimentar el arte, fue, por yerro de la bujeta del ungüento, convertido en asno. 49
V. Cómo estando Lucio Apuleyo convertido en asno, vinieron súbitamente ladrones a robar la casa de Milón, y cargado el robo en el caballo y asno, cargaron también a él y se partieron para la posada de los ladrones, que era una cueva, y lo que más pasó. 53
LIBRO IV.
I. Lucio Apuleyo cuenta lo que pasaron los ladrones desde la ciudad de Hipata hasta llegar a la cueva de su morada. 56
II. Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio de ella. Y otras cosas de gusto. 60
III. Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un hombre rico con una graciosa industria de una osa. 65
IV. Cómo los ladrones trajeron una doncella robada, la cual llora su desdicha. 70