La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 22
Vosotros, los que habéis querido que hablase abundantemente, aceptad este ensayo. Más tarde lo acabaré. No creo correr ningún riesgo atreviéndome a improvisar delante de vosotros, puesto que ya habéis aplaudido mis discursos preparados; ni temo desagradar en las cosas frívolas, habiéndoos satisfecho en las más graves. Preciso es que me conozcáis bajo todos los aspectos. Por este boceto informe, como dice Lucilio, podréis juzgar si soy el mismo en mis improvisaciones que en mis asuntos meditados, si algunos de vosotros desconocen esta facultad mía de hablar de improviso.
Espero que vuestros oídos no sean más severos que mi pluma; en cambio seréis con la obra más indulgentes que su mismo autor. Esto es, por lo demás, costumbre de hombres de gusto, que muestran tanta severidad y desconfianza con las obras larga y detenidamente elaboradas, como benevolencia con las espontáneas. Jueces rigurosos, críticos severos, sin restricción para las obras escritas, deseáis conocer las improvisaciones para no juzgarlas. Esto es justo. Nuestros escritos quedan como están después que hemos terminado su lectura; pero en lo que decimos de repente, en lo cual en cierto modo sois partícipes, el único mérito es la acogida que le hagáis. Cuanto mayor desenfado haya hoy en mi estilo, tanto más me elevaré a vuestros ojos. Pero ya veo que me escucháis con gusto. Mi suerte está en vuestras manos, a vosotros toca desplegar y hacer que floten nuestras velas, a vosotros impedir que lánguidamente cuelguen o que permanezcan crispadas en las vergas. Por mi parte, aplicaré la frase de Aristipo, el jefe de la escuela cirenaica, o dándole el nombre que él prefiere, el discípulo de Sócrates.
Preguntándole un tirano para qué le había servido el largo y penoso estudio de la filosofía, Aristipo respondió: «Para poder hablar a todos los hombres sin temor ni embarazo.»
En este asunto, improvisada la expresión, será espontánea como muralla construida a escape, donde es preciso colocar las piedras al azar y sin simetría, sin apoyarlas en sólida base, sin alinearlas en planos regulares, sin medirlas conforme a las leyes geométricas.
Construcción de palabras, las piedras que para ello traeré de mi montaña no están labradas en ángulos rectos, perfectamente iguales en todas sus caras y pulidas en las proporciones más exactas. Acopiaré los materiales para la obra y emplearé indiferentemente las piedras desiguales y esquinadas como las pulimentadas y brillantes. Unas serán angulosas, de aristas vivas; otras redondas o de bordes desgastados, sin alineación ni regularidad de escuadra ni rectitud de nivel. La celeridad y la corrección en una misma cosa, son imposibles, y nada hay que a la vez reúna el mérito de la prontitud y la belleza de la perfección.
He cedido al deseo de algunas personas que absolutamente deseaban fuese improvisado mi discurso; pero temo me suceda lo que aconteció, según Esopo, al cuervo de la fábula, esto es, que buscando nueva gloria, pierda algo del mérito que antes me concedíais.
Veo que tenéis curiosidad de conocer este apólogo, y no me molesta recitároslo.
El cuervo y el zorro vieron al mismo tiempo una presa, y con igual ardor se lanzaron a cogerla; pero no con igual prontitud, porque el zorro corría y el cuervo volaba, de modo que el ave adelantó muy pronto a su rival. Desplegadas las alas atravesó el aire con rápido vuelo, cayó sobre la presa, se apoderó de ella, y orgulloso de la victoria, emprendió de nuevo el vuelo y fue a posarse seguro sobre la cima de una próxima encina. Entonces el zorro, no pudiendo valerse de sus patas, apeló a la astucia, y parándose debajo del cuervo, vanidoso de su conquista, empezó a alabarle hipócritamente, diciendo:
«¡Cuán loco era yo en pretender rivalizar con el ave de Apolo! ¿Viose nunca cuerpo más gracioso? Ni pequeño ni grande, todo es en él útil y agradable; plumaje lustroso, cabeza elegante, pico sólido. ¡Qué miradas tan penetrantes! ¡Qué uñas tan vigorosas! ¿Y qué decir del color? Solo hay dos colores primordiales, el negro y el blanco, que son entre sí el día y la noche. Ambos los dio Apolo a sus aves queridas, el blanco al cisne y el negro al cuervo. Pero al conceder el canto a aquel, ¿por qué no dio voz a este? Tan hermosa ave, el fénix de los huéspedes de la selva, el favorito del armonioso Apolo, ¿verase obligado a vivir mudo y silencioso?»
Al oír estas palabras el cuervo, queriendo demostrar que no carecía de esta cualidad, quiso dar enorme graznido por probar que en nada cedía al cisne, y olvidando la presa que tenía cogida, abrió el ancho pico, y perdió con el canto lo que había ganado con el vuelo, ganando el zorro con la astucia lo que había perdido en la carrera.
Resumamos esta fábula en pocas palabras, si es posible.
El cuervo, para mostrar su bella voz, único mérito que le faltaba, al decir del engañoso zorro, se puso a graznar, y la presa que tenía fue el premio del adulador.
XXIV.
De antemano sé lo que significan estas demostraciones. Pedís que diga en latín el resto de mi discurso, porque recuerdo que, al empezar, las opiniones estaban divididas, y prometí que si alguno de vosotros se inclinara en favor de la una o de la otra lengua, no se retiraría sin haber oído lo que prefiriese.
Por eso, si queréis, dejaremos ahora la lengua del Ática, que ya es tiempo de abandonar a Grecia por el Lacio. Estamos próximamente a la mitad del discurso, y por lo que puedo juzgar, esta última parte no será inferior a la que he pronunciado en griego, ni por el vigor de los pensamientos, ni por la abundancia de las ideas, ni por la riqueza de los ejemplos, ni por la elegancia de la expresión.
EL DEMONIO DE SÓCRATES POR LUCIO APULEYO
EL DEMONIO DE SÓCRATES.
ARGUMENTO.
Los dioses supremos habitan en las alturas del mundo sin contacto alguno con los animales que viven en la tierra; pero entre el hombre y la Divinidad hay poderes intermediarios.
Los genios o demonios son a la vez los intérpretes de nuestros votos y los mensajeros de los beneficios celestes, participando de doble naturaleza; como nosotros, son apasionados; como los dioses, inmortales. Su morada es ese intervalo aéreo que existe entre el cielo y la tierra. Su cuerpo es más ligero que el de los animales terrestres, y menos sutil que el de los seres superiores. Son visibles e invisibles según su voluntad, o mejor dicho, según sus diversas atribuciones.
Deben ser contados entre ellos los manes y demás genios familiares, y otros de superior esencia, como el Sueño y el Amor. Todos tienen un culto especial, todos agradecen las ofrendas, y a todos irrita la indiferencia o el desprecio.
Sin embargo, cada hombre tiene un demonio que debe honrar particularmente, un genio cuyos consejos debe escuchar y cuyas inspiraciones seguir. La sabiduría consiste en el culto tributado al genio especial de cada uno, y Sócrates fue el hombre más sabio por su obediencia a los mandamientos de su genio. En todas ocasiones escuchaba con respeto la divina voz que le hablaba. Este demonio fue quien le enseñó a distinguir los verdaderos de los falsos bienes, a despreciar los favores de la fortuna, y a buscar solo la virtud.
Imitemos a Sócrates: dejando de un lado las cosas exteriores, cultivemos nuestro genio; no deseemos más que los verdaderos bienes, y seremos felices, y mereciendo, como Ulises, elogios que solo se dirijan a nuestra virtud.
* * * * *
Examinando Platón la naturaleza de todas las cosas, y principalmente la de los seres animados, los dividió en tres clases. Creyó que había dioses superiores, dioses intermedios y dioses inferiores, distinguiéndoles no solo por sus moradas, sino también por la perfección de su naturaleza, y fundó esta diferencia en numerosas consideraciones.
Estableció primero, para mayor claridad, la distinción de las moradas y, cual su majestad lo exigía, asignó el cielo a los dioses inmortales.
Entre estos dioses celestiales unos aparecen a nuestros ojos, otros los descubre la inteligencia. Vemos, pues, con nuestros ojos
... esos astros brillantes Que arreglan en los cielos el curso de los años.
Pero nuestros ojos no ven solo esos astros principales: el sol, creador del día; la luna, rival del sol, esplendor de la noche, que, alternativamente figura un arco o aparece la mitad, o se muestra en la plenitud de su forma, antorcha variable, que luce con mayor brillo conforme se aleja más del sol, midiendo los meses en sus períodos regulares, períodos que se componen de crecientes y menguantes iguales. ¿Brilla la luna, como creen los Caldeos, con luz propia, luminosa de un lado y oscura de otro; debe a la revolución de su globo los cambios de su color, forma y extensión, o es cuerpo oscuro y falto de luz, que absorbe como espejo los rayos oblicuos u opuestos del sol? O sirviéndome de la frase de Lucrecio: «La luz que en ella brilla ¿es prestada?»
Después veremos cuál de ambas opiniones es verdadera, pero lo cierto es que ni griegos ni bárbaros han negado o puesto en duda la divinidad del sol y de la luna.
No son estos astros, según he dicho, los únicos dioses superiores. Hay además cinco estrellas que el ignorante vulgo llama errantes, aunque tienen un movimiento eterno, regular y cierto: si bien siguen distinta ruta, conservan siempre una velocidad igual y semejante, una progresión y una vuelta admirablemente determinadas por su situación y por la oblicuidad de su curva. Este orden maravilloso lo han advertido los que estudian la salida y ocultación de los astros.
Los partidarios del sistema de Platón deben contar en el número de los dioses visibles a Arturo, las pluviosas Híades y las dos _Osas_, como también las demás constelaciones luminosas, coro admirable que en un cielo puro vemos brillar con severo resplandor; majestuosas bellezas de la noche sembrada de estrellas, luces deslumbradoras que reflejan, como dice Ennio, multitud de figuras en el magnífico escudo del mundo.
Hay también otra especie de dioses que la naturaleza ha negado a nuestras miradas, pero que advertimos en las contemplaciones de la inteligencia, cuando con los ojos del alma los consideramos atentamente; entre ellos están los doce siguientes, cuyos nombres reunió Ennio en dos versos,
Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Diana, Venus, Marte, Mercurio, Júpiter, Neptuno, Vulcano, Apolo,
y otros de igual naturaleza, cuyos nombres desde hace largo tiempo son familiares a nuestros oídos, y cuyo poder comprende nuestro espíritu por los distintos beneficios que nos prodigan en la vida, según sus diversas atribuciones.
Pero el vulgo profano, ignorante de la filosofía y de las cosas santas, privado de razón y de creencias, y extraño a la verdad; el vulgo crédulo e insolente desconoce a los dioses, y con un culto ridículo o con insolentes desdenes, unos son supersticiosos y otros despreciadores, aquellos por debilidad, y estos por orgullo. En efecto, el mayor número reverencia a todos los dioses que habitan en las altas regiones del aire y que están muy alejados de las debilidades humanas; pero los honores que les tributan son indignos de ellos. Todo el mundo teme los dioses, pero sin saber la razón. Pocos los niegan, y estos por impiedad.
Los dioses, según Platón, son naturalezas incorpóreas, animadas, sin principio ni fin, eternas en lo porvenir y en lo pasado, sin contacto alguno con los cuerpos perfectos y destinadas a la felicidad suprema. Buenos por sí mismos, no participan de ningún bien exterior y alcanzan el objeto de su deseo por un movimiento fácil, sencillo, libre y sin obstáculos.
¿Hablaré yo del padre de los dioses, del que crea y gobierna todas las cosas y que no está obligado a ningún acto, a ningún especial deber? ¿Qué diré de él cuando Platón, filósofo dotado de divina elocuencia y de penetración igual a la de los inmortales, ha repetido frecuentemente que la majestad de este ser, solo e infinito, está por encima de los términos y de las expresiones, y que ninguna palabra humana puede dar la menor idea de su perfección; que los mismos sabios, después de elevarse cuanto pueden sobre el nivel de los sentidos, apenas llegan a comprender este dios, y que lo entreven de ordinario como rapidísimo relámpago que brilla en densa oscuridad?
No me detendré en este punto; la fuerza me faltaría, puesto que mi maestro Platón no ha encontrado ninguna expresión digna de tan gran asunto: ante una materia que excede al alcance de mi débil genio, tengo que batirme en retirada, y del cielo bajo mi discurso a la tierra, donde el hombre es el primero de los animales.
En verdad, la mayoría de los hombres, depravados por el abandono de toda moral, entregados a los errores y a los crímenes, de dulces que eran naturalmente, han llegado a ser de tal modo feroces, que el ser humano podría ser considerado como el último de los animales de la tierra. Pero no tratamos ahora de discutir sobre sus extravíos, sino de poner de manifiesto la división de la naturaleza.
Los hombres están dotados de razón y de palabra, su alma es inmortal, su cuerpo perdurable, su espíritu activo e inquieto, sus sentidos groseros y falibles. Difieren entre sí por sus costumbres, y se parecen por sus extravíos, por su audacia, por la terquedad de sus esperanzas, por sus vanos trabajos, por su frágil fortuna. Cada hombre, aisladamente, es mortal, pero el género humano existe, se reproduce y se renueva perpetuamente. Su vida es rápida, su saber tardío, su muerte pronta y la tierra es la morada donde pasa su dolorosa existencia.
Tenéis, pues, dos clases de seres animados: los hombres y los dioses; mas estos difieren de aquellos en que habitan en lugares sublimes, en la perpetuidad de su vida, en la perfección de su naturaleza. Nada de común tienen con nosotros, porque la inmensidad separa sus moradas de las nuestras, porque en ellos la juventud es eterna e inalterable, y nuestra vida es frágil y rápida, y porque ellos están destinados a la felicidad, y nosotros oprimidos por el peso de las miserias.
Pero qué, ¿la naturaleza no está unida en sí misma por ningún lazo, sino que, dividida en parte divina y en parte humana, se hace impotente por esta escisión? Porque como Platón ha dicho, ningún dios se mezcla con los hombres, y la señal más evidente de su sublimidad es que jamás se manchan con nuestro contacto.
Algunos solamente, como los astros, aparecen a nuestra débil vista, y con todo eso, aun no estamos de acuerdo acerca de su tamaño y color. Los otros solo son comprendidos por los esfuerzos de nuestra inteligencia. Y no debe admirar que los dioses inmortales no estén al alcance de nuestra vista, porque aun entre los hombres, el que la fortuna eleva al trono, silla movible y frágil, se aparta lejos de todos, y, huyendo el contacto del vulgo, se oculta, por decirlo así, dentro de su propia dignidad, porque, así como la familiaridad produce el desprecio, la rareza de las relaciones inspira respetuosa admiración.
Dirase, sin embargo, ¿qué ha de hacerse, según esta opinión, quizá sublime, pero casi inhumana? ¿Qué ha de hacerse, si los hombres, rechazados por los Inmortales, relegados en el Tártaro de esta vida, privados de toda comunicación con los dioses, no tienen ninguna divinidad que vele por ellos como pastor por sus ovejas, si ningún poder celestial modera el furor de los malos, cura las enfermedades, consuela a los indigentes? Decís que ningún dios se ocupa de las cosas humanas. ¿A quién, pues, debo dirigir mis ruegos? ¿A quién ofreceré mis votos? ¿A quién inmolaré víctimas? ¿A quién podré invocar como protector de los desgraciados, defensor de los inocentes y enemigo de los perversos? ¿A quién, finalmente, apelaré como juez de mis juramentos? ¿Diré yo como el Ascanio de Virgilio:
«Juro por esta cabeza, por la cual mi padre antes juraba»?
Sin duda, Julio, tu padre podía invocar esta prenda sagrada entre los troyanos nacidos de la misma raza que él, y acaso entre los griegos que lo habían conocido en los combates; pero entre los Rútulos que recientemente has conocido, si nadie quiere fiar en dicha cabeza, ¿qué dios responderá por ti? ¿Apelarás, como el feroz Mecencio, a tu brazo y a tu lanza? Porque este tirano solo respetaba sus armas:
Mi dios es esta mano y este dardo que lanzo.
Apartad esos dioses tan crueles, esa mano fatigada de homicidios, ese dardo enmohecido por la sangre; ni aquella ni este tienen nada en sí que merezca que se les invoque o que por ellos se jure. Este honor solo corresponde al dios de los dioses, porque jurar es poner a Júpiter por testigo, como ha dicho Ennio.
¿Qué hacer? ¿Juraremos por Júpiter en piedra, según antigua costumbre de los romanos? Si la opinión de Platón es cierta, si los dioses no tienen ninguna comunicación con los hombres, la piedra no ha de oírnos con más facilidad que Júpiter. No, os responderá Platón por mi boca; no, los dioses no son tan distintos ni viven tan separados de los hombres, que no puedan oír vuestros votos. Son, en verdad, extraños al contacto, pero no al cuidado de las cosas humanas. Existen divinidades intermedias que habitan entre las alturas del cielo y el elemento terrestre, en ese medio que ocupa el aire, divinidades que transmiten a los dioses nuestros deseos y los méritos de nuestras acciones. Los griegos las llaman _demonios_.
Mensajeros de ruegos y de beneficios entre los hombres y los dioses, estos demonios llevan y traen de unos a otros, de una parte las demandas, y de otra los socorros; intérpretes con unos, genios bienhechores con otros, como lo dice Platón en su _Banquete_, presiden también en las revelaciones, en los encantos de los magos y en todos los presagios.
Cada cual de ellos tiene sus atributos especiales. Componen los sueños, despedazan las víctimas, arreglan el vuelo y el canto de los pájaros, inspiran a los adivinos, lanzan el rayo, hacen brillar los relámpagos y se ocupan, en fin, de cuanto nos revela el porvenir: cosas todas que debemos creer mandadas por la voluntad, la providencia y las órdenes de los dioses, y ejecutadas por el cuidado, la obediencia y el ministerio de los demonios.
Por ellos, por su intervención, fue Aníbal amenazado en sueños de la pérdida de un ojo; Flaminio, al ver las entrañas de la víctima, temió una derrota; los augures descubrieron a Navio Atto la maravillosa propiedad de la piedra de afilar; algunos hombres ven brillar los signos precursores del reinado que les espera; un águila corona a Tarquinio Prisco; una llama ilumina la cabeza de Servio Tulio; en fin, son las divinidades mediadoras entre los hombres y los dioses, que inspiran los presagios de los augures, los sacrificios toscanos, los versos de las Sibilas, y que indican los lugares donde ha de herir el rayo. Tales son las atribuciones de estos poderes intermedios entre los hombres y los dioses. Ciertamente sería impropio de la majestad de los dioses supremos, que alguno de ellos infundiera un sueño a Aníbal, o despedazara la víctima de Flaminio, o hiciera volar un ave junto a Atto Navio, o pusiera en verso las predicciones de la Sibila, o le quitara el bonete de flamen a Tarquinio, para devolvérselo, o hiciera aparecer envuelta en fuego la cabeza de Servio sin quemarla.
Las divinidades del cielo no descienden a estos detalles que corresponden a los poderes intermedios, cuya morada está en el espacio de aire contiguo a la tierra y a los cielos, y que habitan en él como cada especie animada en el elemento que le es propio: en el aire lo que vuela, y en la tierra lo que anda.
Y como hay cuatro elementos bien conocidos, que son, por decirlo así, las cuatro grandes divisiones de la naturaleza, y la tierra, el agua y el fuego, tienen cada uno sus animales peculiares (Aristóteles asegura que en las abrasadoras hornazas hay unos animales alados que revolotean y pasan su vida en el fuego, con el cual nacen, y sin él perecen), como tantos brillantes astros giran, según antes he dicho, en el éter, donde está el más vivo y puro origen del fuego, ¿por qué el aire, este cuarto elemento que ocupa tanto espacio, ha de estar vacío de toda cosa, y ser el único de los cuatro condenado por la naturaleza a no tener habitantes? ¿Por qué no ha de hacer que nazcan en el aire animales aéreos, como los produce inflamados en el fuego, fluidos en el agua y terrestres en la tierra? Porque los que asignan el aire como morada a las aves, cometen un error evidente. En primer lugar, ningún ave remonta su vuelo por encima del Olimpo, el monte más elevado del globo, cuya altura, según la medida de los geómetras, no llega a diez estadios. A partir de este monte, se extiende un inmenso espacio de aire hasta el primer círculo de la luna, donde verdaderamente empieza el éter. ¿Qué diréis, pues, de esta grande extensión de aire que se encuentra entre la cima del Olimpo y el círculo más próximo a la luna? ¿Estará despoblada de animales que le sean propios, y esta parte de la naturaleza quedará muerta e impotente? Porque, observad que el ave es más bien un animal terrestre que aéreo; su alimento está en la tierra; en ella nace y en ella descansa, y cuando vuela, solo atraviesa el aire más próximo a la tierra; en fin, cuando las alas que le sirven de remos están fatigadas, la tierra es el puerto que la recibe.
Puesto que la fuerza del razonamiento obliga a admitir la existencia de animales propios del aire, resta solo, tratar de su naturaleza y de sus propiedades. No serán terrestres, porque les arrastraría su peso: no estarán formados de fuego, porque la fuerza del calor les llevaría fuera del elemento en que viven. Preciso es, pues, combinar una naturaleza intermedia, como el sitio en que se encuentran, para que la constitución de los habitantes esté en armonía con la región que ocupan.
Formemos con el pensamiento, creemos una especie de animales hechos de suerte que no sean ni tan pesados como los de la tierra, ni tan ligeros como los del éter. Que difieran de unos y otros en algunas propiedades, o que las tengan de ambos, sea que se admita o que se rechace la participación de las dos naturalezas, advirtiendo de paso que la formación que admite la mezcla es más inteligible que la que la excluye.
Así, pues, los cuerpos de estos demonios tendrán algún peso para que no sean elevados a las regiones superiores, y alguna ligereza para que no sean precipitados a la tierra.
Ante todo, para que no me acuséis de presentaros creaciones increíbles, como hacen los poetas, os daré un ejemplo de este equilibrio.
Las nubes tienen alguna relación con los cuerpos de que os hablo: si fueran tan ligeras como las cosas que carecen de peso, jamás bajarían, como frecuentemente las vemos descender, hasta la cima de las montañas que parece coronan; y si, por otra parte, fueran tan densas y pesadas que ningún principio de ligereza las levantara, caerían por su propio peso como masa de plomo o como piedra, destrozándose contra la tierra. Pero permanecen en suspensión y son movibles, corren acá y allá en el océano y en los aires, como barco que gobierna el viento; cambian de forma según se acercan o se alejan de la tierra. Cuando están preñadas de aguas celestes, descienden como para parir, y cuanto mayor es su peso, más bajan negras y amenazadoras y más lenta es su marcha. Por el contrario, cuanto menos cargadas, se elevan en el espacio más rápidas y transparentes, y huyen como guedejas de ligera lana.
Ya sabéis los admirables versos de Lucrecio sobre el trueno:
El trueno que desgarra la cima de los cielos, Formado está por nubes aéreas que entrechocan Arrastradas a impulsos de fiero vendaval.