La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 14
Ella, con la natural liviandad, luego obligó su pudicicia al maldito metal, y consintió por apañar el dinero.
Cuando Hormigón oyó esto, lleno de placer y gozo, deseaba ya de tocar aquel dinero, que en precio de su fidelidad había ganado, y fue luego a dar la nueva a Filesitero, pidiéndole lo que le había prometido. Y como Hormigón se vio con tanto dinero, habido de buen lance, estaba tan alegre, que luego a la noche tomó a Filesitero, y lo metió secretamente en la cámara de su señora.
Los nuevos enamorados, estando ya desnudos y a placer, tomando el primer fruto de sus amores, no pensaban ni sospechaban la venida de su marido.
De improviso súbitamente comienzan a dar grandes voces a la puerta de casa, y a querer quebrar la puerta con una piedra; y cuanto más tardaban en abrirla, tanto más sospecha le ponían de la que él tenía. Así que comenzó a amenazar a Hormigón que lo mataría. Hormigón, oyendo esto, y con la prisa que le daba, estaba turbado, y con la turbación no tenía consejo, ni sabía qué hacerse, sino decía que no tenía lumbre, y que no hallaba la llave de la puerta.
En tanto, Filesitero, como oyó el ruido, arrebató su ropa, y vistiose, mas con la turbación se le olvidaron las chinelas, y saliose de la cámara.
En esto Hormigón llegó con la llave y abrió las puertas a su señor, el cual entró bramando, y luego fue derecho a la cámara. Filesitero, en tanto, botó por la puerta fuera de casa, y Hormigón cerró las puertas.
El marido, desde que vio todo seguro, ya un poco manso, fuese a dormir.
Otro día luego de mañana, como el barbudo se levantó, vio junto a la cama unas chinelas que no eran de casa, las cuales había dejado Filesitero, y sospechando y sacando de allí lo que podía ser, y cómo alguno había dormido aquella noche con su mujer, que las había dejado, calló su dolor y congoja, que ni a su mujer ni a otro de casa dijo cosa alguna, y tomó las chinelas secretamente, y metióselas en el seno, y mandó a otros siervos que le trajesen a Hormigón atado hasta la plaza.
El barbudo, yendo todavía entregruñendo, andando aprisa hacia la plaza, tenía por cierto que por las chinelas había de hallar al adúltero que sospechaba haber estado con su mujer. Iba él en este pensamiento, la cara turbia, las cejas caídas y muy enojado, y detrás de él Hormigón atado, aunque no se sabía la culpa que él tuviese; pero él mismo bien lo sabía, por lo cual lloraba, de suerte que los que le veían habían gran duelo de él.
Acaso Filesitero, que iba a otro negocio, encontró con ellos, y como vio de la manera que llevaban a Hormigón, sin miedo ni turbación, y acordándose que se le habían olvidado las chinelas en la cámara, y sospechando que por aquello llevaban así atado a Hormigón, astutamente y con su esfuerzo acostumbrado, apartó a los otros siervos y arremetió con Hormigón, y con grandes voces comenzole a dar de puñadas, y decirle:
--¡Oh malvado, ladrón ahorcado; este tu señor, y todos los dioses del cielo a quien tú has perjurado, te hagan mal y te destruyan, que me hurtaste el otro día mis chinelas en el baño; bien mereces, por cierto, ser muy bien castigado!
Con este engaño que el esforzado Filesitero hizo, el barbudo, que iba determinado de matar a Hormigón, depuesto ya de toda crueldad, tornose a su casa y llamó a Hormigón, al cual dio las chinelas y perdonó de muy buena gana, y le mandó que luego las tornase a quien las había hurtado.
Acabado de decir esto la vejezuela, comenzó la mujer del tahonero:
--Bienaventurada ella que goza de la libertad de tan constante y recio enamorado; pero yo, mezquina de mí, que caí con uno que ha miedo del sonido de la muela y de la cara cubierta de aquel asno sarnoso que allí está.
Respondió la vieja:
--Pues si tú quieres, yo emplazaré a este alegre enamorado que venga delante de ti, y luego voy por él. Cuando sea noche, espérame, que yo tornaré.
La buena mujer, con el ansia que tenía de ver aquel enamorado, aparejó muy bien de cenar, vinos excelentísimos de buenos, y la mesa puesta con todo lo demás, esperando su venida como de algún dios.
Acaso el marido cenaba aquella noche con un pelaire, un muy su amigo, y casi a mediodía, que nos soltaba de la tahona, para darnos de comer; yo no había tanto placer con la comida y descanso, cuanto porque me desataban los ojos, que libremente podía ver las artes y engaños de aquella mala mujer.
Ya el sol puesto, vino aquella vieja mala con el adúltero escondido a su lado, el cual era un mancebo gentilhombre que entonces le apuntaba la barba. Ella lo recibió con muchos besos, abrazándole, y sentáronse a la mesa.
En comenzando a cenar los primeros bocados, el marido llamó a la puerta, sin ser esperado, ni creyendo que viniera tan presto. Ella, cuando esto vio, comenzolo a maldecir, diciendo que las piernas tuviese quebradas y los ojos. Diciendo esto, y sobresaltada, metió el enamorado debajo de una artesa en que limpiaba el trigo, y sentose cerca de él, y con su malicia acostumbrada, disimulando tanta maldad, con su rostro sereno, preguntó a su marido qué era la causa por que venía tan presto, dejada la cena de su amigo.
Él le respondió con mucha tristeza, diciendo:
--Yo vine tan presto, porque acaeció allá una cosa bien bellaca. ¡Oh Dios, y que es posible que una mujer tan honrada haya de hacer tan gran fealdad! Juro por este pan, que aunque yo lo viera con mis ojos, que no lo creyera.
Ella le preguntó muy ahincadamente le contase aquel negocio, qué era y cómo pasara.
Él, importunado de ella, comenzó a contar duelos ajenos, no sabiendo el triste de los suyos, diciendo así:
--La mujer de este pelaire, mi vecino y amigo, cierto parecía mujer de vergüenza y casta, que no se podía pensar mal de ella; cuando íbamos a cenar ahora a su casa, ella parece que estaba holgando con su enamorado secretamente, y como llegamos, turbada con nuestra presencia, de súbito consejo proveída, tomó aquel su enamorado y metiolo debajo de un azufrador de mimbres, donde tenía azufrando sus tocas, que estaba junto con la mesa; pensando ella que ya estaba seguramente escondido, sentose a la mesa a cenar con nosotros sin ningún cuidado.
Entretanto, con el grave humo del azufre embarbascado el otro, no podía resollar debajo del perfumador; como es vivo y hediondo aquel humo, comenzó a estornudar de la parte donde estaba sentada la mujer.
El marido pensó que era ella, y díjole como se suele decir: «Dios te ayude.» Mas el desventurado dio otro estornudo, y otro; y estornudó tantas veces, que el marido sospechó lo que podía ser, y arrojó de sí la mesa, y alzó el perfumador, y halló debajo el gentilhombre, que con el gran humo estaba casi muerto, que no resollaba.
Cuando lo vio, inflamado de su injuria, echó mano a su espada, que lo quería degollar, pero porque yo estaba presente, y no me culpasen de la muerte de aquel hombre, lo defendía diciendo también que si no curase de él, que presto moriría sin cargarnos culpa, según estaba casi ahogado de la furia y violencia del azufre.
Él, como vio que le decía bien, más por necesidad suya que por mi persuasión, amansado del enojo, sacó al adúltero medio vivo, y lo echó en una calleja cerca de su casa. Yo, como vi la revuelta, dije a la mujer que huyese a casa de una vecina suya, en tanto que al marido se le pasaba el enojo y se le amansaba el calor de la ira y dolor del corazón; porque con la rabia no dudaba que de sí y de su mujer hiciese algún mal recado. Así que yo, enojado de lo que había acaecido en su convite, torneme a mi casa.
Diciendo esto el tahonero, su mujer reprendía con muy malas palabras a la mujer de aquel pelaire, diciendo que era una mala mujer, sin fe y sin vergüenza, deshonra de todas las mujeres; que pospuesta su honra y bondad, menospreciando la honra de su marido y casa, la había ensuciado y deshonrado, por donde había perdido nombre de casada, y tomado fama de burdelera; y aun añadía encima de esto, que tales hembras merecían ser quemadas. Pero ella, instigada y amonestada de la llaga que sentía, y de su mala y su sucia conciencia, queriendo librar a su enamorado de la pena que tenía debajo de la artesa, ahincaba mucho a su marido que se fuese a acostar temprano. Él, como le habían atajado la cena en casa de su amigo, por no irse a dormir ayuno y sin cenar, demandó a la mujer que le pusiese la mesa.
Ella, aunque contra su voluntad, porque estaba para otro guisada, púsosela delante muy de prisa y de mala gana. A mí se me quería arrancar el corazón y las entrañas, habiendo visto la maldad pasada que hizo, y la traición presente de tan mala mujer; y pensaba entre mí cómo, descubriendo aquel engaño y maldad, podría ayudar a mi señor, y aquel que estaba como galápago debajo de la artesa, para que todos lo viesen.
Estando con pena en esto, la fortuna lo hubo de proveer, porque un viejo, cojo, que tenía cargo de dar pienso a las bestias, siendo la hora de llevarnos a beber, saconos a todos juntos; lo cual me dio causa muy oportuna para vengar aquella injuria. Así que, pasando cerca de la artesa, vi como era angosta y tenía de fuera los dedos de la mano, y púsele el pie encima, apretando tan reciamente, que le desmenucé los dedos.
El adúltero, con gran dolor, dio grandes voces, y echó de sí la artesa, de manera que quedó descubierto a todos, y fue entendida la maldad que aquella mala mujer hacía.
El tahonero, cuando esto vio, no se curó mucho por el daño de la honestidad de su mujer, antes con el gesto sereno y alegre, comenzó a hablar al mozo, que estaba amarillo y temeroso de la muerte, de esta manera:
--No temas, hijo, que de mí te venga mal ninguno, ni tampoco te acusaré para que te degüellen por el rigor de la ley de los adúlteros, pues eres tan lindo y hermoso mancebo. Mas, cierto, yo te trataré igualmente con mi mujer, no te apartaré de mi heredad, mas comúnmente partiré contigo; y sin ninguna división, todos tres moraremos en uno; porque siempre yo viví con mi mujer en tanta concordia, que, según sentencia de los sabios, siempre una cosa agradó a entrambos. Por tanto, yo te quiero hacer muy bien curar de la mano que tienes maltratada.
Con estos halagos burlando, llevó al mozo a su cámara, aunque él no quiso, y a la buena de su mujer encerrola en otro aposento.
Otro día de mañana llamó a dos valientes mancebos sus criados, y mandó tomar al mozo y azotarlo muy bien en las nalgas con un azote, diciéndole:
--Pues que tú eres tan blando y tierno, y tan muchacho; ¿por qué engañas a las mujeres y andas tras las casadas, rompiendo los matrimonios, y tomando para ti, muy temprano, nombre de adúltero?
Diciéndole estas palabras y otras muchas, y habiéndolo muy bien azotado, echolo fuera de casa. Aquel valiente y esforzado enamorado, cuando se vio en libertad que él no esperaba, aunque llevaba las nalgas blandas, bien azotadas, llorando de noche y de día, huyó.
El tahonero dio carta de quita a la mujer, y luego la echó de casa.
Ella, cuando se vio desechaba del marido y fuera de su casa, y que no comía ni bebía de lo puro, como solía, ni tenía qué dar ni mandar, viéndose afrentada y maltratada, con vida triste y amarga, con su malicia y natural inclinación, tornose al marido con sus maldades, y armose de las artes que comúnmente usan las mujeres, y con mucha diligencia buscó una mala vieja hechicera, que con sus maleficios y hechizos se creía que haría todo lo que quisiese. A esta vieja dio muchas dádivas, prometiéndole otras mayores, y le rogó mucho que hiciese por ella una de dos cosas: o que amansase a su marido y se reconciliase con él, o si aquello no pudiese acabar, que enviase algún fantasma o algún diablo que le atormentase el espíritu.
Entonces aquella hechicera comenzó a invocar los demonios, y hacer cuanto pudo por tornar el corazón del marido al amor de su mujer; mas esto no sucedió como ella quería, por lo cual se enojó contra los diablos, porque demás de hacerle perder la ganancia que ya le habían prometido, parecía que la menospreciaban, y comenzó a hacer su arte contra la cabeza del mezquino del marido, para lo cual llamó el espíritu de una mujer muerta a hierro, que le viniese a asombrar o matar.
Aquí, por ventura, tú, lector escrupuloso, reprenderás lo que yo digo, y dirás así: Tú, asno malicioso, ¿dónde pudiste saber lo que afirmas y cuentas que hablaban aquellas mujeres en secreto, estando tú ligado a la piedra de la tahona y tapados los ojos?
A esto respondo: Oye ahora, hombre curioso, en qué manera, teniendo yo forma de asno, conocí y vi todo lo que se hacía en daño de mi amo:
Un día casi a mediodía, súbitamente, cerca de la tahona, pareció una mujer muy fea y disforme, vestida de muy sucio y vilísimo hábito, los pies descalzos, flaca y muy amarilla, los cabellos medio canos, llenos de ceniza y desgreñada, colgando las greñas ante los ojos. Esta mujer diablo echó mano del tahonero, como que le quería hablar secreto, y llevolo a su cámara, y cerrada la puerta, tardaba mucho, y como ya se acababa de moler todo el trigo que estaba en las tolvas, los mozos tenían necesidad de pedir más, y fueron a la puerta del palacio, que estaba cerrada por dentro, y llamaron a su señor, que viniese a dar trigo, y como nadie les respondía, comenzaron a dar golpes a la puerta recio, y como estaba fuertemente cerrada, sospechando algún mal, con una palanca arrancaron la puerta.
Cuando entraron dentro, la mujer no pareció; pero hallaron a su señor ahorcado de una viga del aposento, el cual descolgaron con muchos llantos. Hechas sus obsequias, lleváronlo a enterrar.
Otro día vino una su hija de otro lugar, donde era casada, mesándose y dándose puñadas en los pechos, la cual sabía de la desdicha que había acontecido a su padre, sin que persona se lo hubiese dicho; mas en sueños le había aparecido el espíritu de su padre muy lloroso, atada la soga a la garganta, y le contó toda la maldad y traición de su madrastra, del adulterio que le acometía, de los hechizos, y de cómo lo hizo descender a los infiernos, endemoniado; la cual, como se fatigaba mucho llorando y gimiendo, los familiares de casa la consolaron e hicieron que diesen espacio a su corazón y al dolor.
Después, pasados los nueve días, hechos todos los oficios al difunto, sacaron a vender en almoneda toda la ropa y bestias como bienes de herencia.
V.
Cómo Lucio cuenta que lo vendieron a un hortelano, y de sus miserias, y lo que acaeció con un caballero.
A mí, desventurado y mezquino, me compró en aquella almoneda un hortelano por cincuenta dineros, el cual decía que era gran precio; mas que me había comprado tan caro por buscar de comer para sí y para mí.
El tiempo y razón demandan que yo cuente la manera de mi servicio, la cual era esta. Aquel mi amo que me había comprado, acostumbraba bien de mañana, cargado de coles y hortaliza, ir a la ciudad que allí cerca estaba, y después que había vendido su mercadería, cabalgaba encima de mí y tornábase a su huerta. Entretanto que él, corcovado, andaba cavando y regando su huerta, yo me recreaba a todo mi placer y descansaba callando, que en otra cosa no entendía.
Así pasaba mi triste vida, contentándome con la alegre vista de la huerta, porque como era verano era cosa placentera.
Mas no quiso mi cruel fortuna que en esta huerta hubiese rosas para tornar a ser hombre con ellas, por ser parte donde muy bien lo pudiera hacer. Viniendo el invierno, tempestuoso y revuelto el signo de Capricornio, llovía continuamente y nevaba, y yo, triste, estaba encerrado en un establo sin techo y debajo del cielo, atormentado con el continuo frío. Pero ¿cómo no estaría yo así, pues que mi señor era tan pobre que no solamente no me podía dar alguna enjalma, o siquiera un poco de tejado, mas aun para sí no lo tenía, que con la sombra de ramas de una choza, donde moraba, era contento?
Demás de esto, en las mañanas hollaba aquel lodo frío y aquellos carámbanos helados, con los pies descalzos, y aun no podía henchir su vientre siquiera de los manjares acostumbrados, porque igual era la cena a mí y a mi amo, que cierto no había diferencia; pero eran bien pocas hojas de lechugas viejas sin sabor, o aquellas que de mucha vejez están espigadas de la simiente, tan altas como escobas, que ya el zumo de ellas se había tornado como carcoma desabrida y amarga.
Viniendo un día mi amo de la ciudad de vender unas coles, encima de mí, he aquí un hombre de buena disposición, y según mostraba su hábito y gesto, debía de ser hombre de armas de alguna hueste, nos encontró en el camino y preguntó con una palabra muy soberbia y arrogante:
--¿A dónde llevas aquel asno vacío?
Mi amo no entendió su lenguaje, que era romano o latino, y bajada la cabeza, pasó adelante.
El caballero, cuando esto vio, no pudo sufrir su acostumbrada soberbia, y enojado por su callar, como si le hubiera hecho una grande injuria, diole de palos con un sarmiento que en la mano traía, y juntamente le echó de encima de mí, dando con él en tierra.
Entonces el pobre hortelano le respondió humildemente, diciendo que por no saber la lengua no podía saber ni entender lo que había dicho.
El caballero, con enojo, tornole a decir:
--Pues dime, ¿dónde llevas este asno?
El hortelano respondió que iba a aquella ciudad que allí cerca estaba.
El caballero dijo:
--Pues yo he menester este asno, porque ha de traer, con otras acémilas, unas cargas de nuestro capitán, que aquí cerca esté.
Y luego echó la mano y arrebatome por el cabestro, y comenzome a llevar.
El hortelano, estando limpiando la sangre que de su cabeza le corría de una descalabradura que le había hecho con el sarmiento, rogábale otra vez que tratase bien y mansamente al compañero, lo cual le pedía diciendo que así Dios le prosperase e hiciese victorioso; y asimismo decía que aquel asnillo era perezoso, y demás de esto tenía una abominable enfermedad, que era gota coral, y que a mala vez acostumbraba traer de cerca de allí unos pocos de manojos de berzas, y cuando llegaba con ellos, ya no podía resollar; cuanto más para gran carga, que en ninguna manera pertenecía para ello.
Pero desde que el hortelano vio que por ningún ruego se amansaba el caballero, antes veía que se ensoberbecía más, y algunas veces alzaba la mano para darle, buscó un último remedio: fingiendo de quererle besar las rodillas para conmoverle a misericordia, y estando así bajado y encorvado, arrebatolo por entrambos los pies, y alzándolo arriba, dio con él un gran golpe en tierra, y luego saltó encima y diole muchas puñadas, y con una piedra que allí halló le sacudió muy bien en la cabeza y en las manos y brazos, de manera que lo aturdió y descalabró en muchas partes.
El caballero, con la súbita caída y mucha presteza del hortelano, no tuvo lugar de pelear; solamente gritando amenazaba al hortelano que lo había de matar, lo cual, oído por él, de nuevo le tornó a dar más crueles heridas.
Estando el pobre caballero así maltratado y tendido en tierra, no hallando ningún remedio a su salud y vida, determinó de hacerse el muerto, y así lo hizo.
Entonces el hortelano, que así lo vio, tomándole la espada, cabalgó encima de mí cuanto más aprisa pudo, y acogiose a la ciudad, no curando de ir a ver su huerta, y fuese a casa de un amigo suyo, al cual, contándole todo como había pasado, le rogó que le ayudase en aquel peligro en que estaba y que lo escondiese a él y a su asno hasta que pasase el ímpetu de la pesquisa que la justicia había de hacer.
Aquel su amigo, no olvidando la ley de la amistad, recibiolo de buena gana, y a mí, atados los pies y manos, subiéronme por una escalera y metiéronme en un aposento. Al hortelano metiéronlo en una canasta con su tapadera encima.
El caballero, según que después supe, como quien se levanta de una gran embriaguez, medio trompicado, como mejor pudo llegó a la ciudad, y confuso de su poco poder y fuerza, no osó decir cosa alguna a la justicia; pero callando y tragando su injuria, halló a ciertos compañeros suyos y contoles esta su fatiga y pena, a los cuales pareció que él se debía esconder y no descubrirse a nadie, porque demás de la injuria que había recibido, que era infame y baja, había de temer el juramento que había hecho de la caballería, que le fuese acusado por haber perdido su espada, y que ellos, como ya tenían señas de nosotros, pondrían mucha diligencia en buscarnos para su venganza.
No faltó un traidor vecino suyo que luego descubrió que estábamos allí escondidos.
Entonces aquellos sus compañeros fuéronse a la justicia, y mintiendo, dijeron que habían perdido en el camino una capa rica y de mucho precio de su capitán, y que la había hallado un hortelano, el cual no se la quería restituir, por lo cual estaba escondido en casa de un su amigo.
Entonces los alcaldes, viendo la querella y el robo que le decían ser hecho al capitán, vinieron a las puertas de nuestra posada, y dijeron a nuestro huésped que aquel que tenía escondido dentro en su casa, pues sabían que era ladrón, que luego le entregase antes que incurriese en pena de su propia cabeza; pero el amigo no se espantó, antes procurando la salud de aquel que había recibido en su protección y amparo, no dijo cosa de nosotros, sino que había muchos días que a tal hombre no había visto.
Los escuderos porfiaban lo contrario, jurando por vida del Emperador que allí estaba escondido, y no en otro lugar alguno.
Finalmente, que los alcaldes acordaron de mandar buscarlo, y dijeron a un alguacil que entrase a buscarlo, el cual brevemente revolvió la casa y dijo a los alcaldes que no hallaba tal hombre.
Entonces fue mayor la porfía entre los escuderos, diciendo que sabían por muy cierto que nosotros estábamos allí, y protestaban por el ayuda y favor del Emperador.
El amigo nuestro negaba, jurando por los dioses que tal hombre no estaba en su casa.
Yo, cuando oí la porfía y voces que daban, como era asno curioso, deseé saber lo que pasaba; como bajé la cabeza por una ventanilla que allí estaba, por ver qué cosa era aquel tumulto y voces que daban, uno de aquellos escuderos acaso alzó los ojos a mi sombra, que daba abajo, y como me vio, díjolo a todos, y luego levantaron un gran clamor y vocería, riéndose de cómo me vieron arriba en la ventana, y luego me hicieron bajar y tomáronme por perdido, como esclavo cautivo. Y luego, buscando bien la casa, hallaron el mezquino hortelano metido en la cesta, al cual llevaron a la cárcel para darle la pena que merecía. Y en todo esto nunca dejaron de burlar con gran risa de mi asomada a la ventana, de donde nació aquel muy usado refrán de «la mirada y sombra del asno».
LIBRO X.
ARGUMENTO.
En este libro se contiene cómo el caballero llevó al asno a una ciudad, adonde aconteció una notable cosa de una mujer que requirió de amores a un su entenado. -- Y de cómo fue vendido el asno a dos hermanos, uno cocinero y otro pastelero de un señor, a los cuales él comía los manjares, y de la buena vida que tuvo con el señor, adonde cuenta muchas cosas graciosas y de pasatiempo, y de un teatro que se hizo, en que se representó el _Juicio de Paris_ con las tres diosas, y finalmente cómo el asno huyó.
I.
Cómo el asno fue llevado por el caballero a una ciudad, y de un extraño caso que allí aconteció.
Otro día siguiente, no sé qué fue ni qué hicieron de mi amo el hortelano; pero aquel caballero que por su gran soberbia y tiranía fue muy bien aporreado, quitome de la casa y llevome a la suya sin que nadie se lo contradijese. Después me cargó de sus alhajas, que eran cosas de soldados.
Yo iba alegre y galán, porque resplandecía con un yelmo muy luciente y un escudo grande y hermoso y una pica muy fuerte y aguda, la cual había puesto con mucha diligencia encima de la carga, de la manera que los soldados la llevan enristrada, lo cual él no hacía tanto por causa que fuese bien puesta, cuanto por espantar a los pobres caminantes que encontrase.
Después que pasamos aquellos campos, no con mucho trabajo, por el camino llano llegamos a una ciudad pequeña, adonde fuimos a posar a casa de un capitán de peones, su amigo, y luego, como llegamos, encomendome a una esclava, y él se fue a visitar a su capitán.