La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 13
Un labrador de allí envió un presente al señor de aquella casa, que era un cuarto de ciervo muy grande y grueso, el cual recibió el cocinero y lo colgó negligentemente tras la puerta de la cocina, no muy alto del suelo. Un lebrel que allí estaba, sin que nadie lo viese, alcanzolo, y alegre con su presa, prestamente desapareció delante de los ojos de los que allí estaban. El cocinero, cuando conoció su daño y la gran negligencia en que había caído, llorando muy fieramente, y como casi desesperado que ya casi su señor demandaba de cenar, no sabiendo qué hacer, y con el temor que tenía, se quería ir de su amo. La mujer, que le quería bien, con palabras amorosas le ponía esfuerzos, diciendo:
--¿Cómo tan espantado y atemorizado te ha este presente mal, que determinas de dejar la casa de tu señor, adonde tanto tiempo ha que ganas tu vida? ¿Y no ves que me dejas sola llena de hijos? Por ende yo he hallado un buen remedio, el cual vino por providencia de los dioses, y es este: Toma este asno, que ahora es venido aquí, llévalo a algún lugar apartado, y degüéllalo, y una de sus piernas, que es semejante a la que se perdió, le cortas, y muy bien picada y guisada, o de otra manera que sea muy sabrosa, la pondrás delante de tu señor, en lugar del ciervo. Al bellaco pusilánime del cocinero plugo mucho el consejo que la sagaz y astuta de su mujer le había dado, y acordó hacer en mí aquella cruel carnicería, queriendo con mi muerte remediar su vida y la de su mujer e hijos, y para esto comenzó luego a aguzar sus cuchillos, no viendo la hora de tener guisada mi pobre pierna.
LIBRO IX.
ARGUMENTO.
Este noveno libro cuenta la astucia del asno cómo se escapó de la muerte, de donde se le siguió mayor peligro, que creyeron que rabiaba, y con el agua que bebió vieron que estaba sano. -- Cuenta una mujer que engañó a su marido por un sutil arte de un tonel. -- Ítem el engaño de las suertes que traían los echacuervos de la diosa Siria. -- Y cómo fueron tomados con un hurto, y fueron presos por ello. -- Y de cómo fue vendido a un tahonero, adonde cuenta de la maldad de su mujer y otras cosas de mucho gusto y pasatiempo. -- Y cómo después fue vendido a un hortelano, y de un caballero que quiso tomar el asno por fuerza, y lo que le aconteció.
I.
Cómo después que Lucio entendió que el cocinero le quería matar, buscó astucia para librarse de tan gran peligro, de donde se le siguió otro mayor, del cual también se libró.
Aquel cocinero traidor ya armaba contra mí sus crueles manos. Yo, con la presencia de tan gran peligro, no teniendo consejo ni aun tiempo para pensar en él, deliberé, huyendo, escapar de la muerte que sobre mí estaba, y prestamente, quebrando el cabestro con que estaba atado, eché a correr a cuatro pies cuanto pude, y metime sin empacho ni vergüenza en la sala donde estaba cenando aquel señor de casa sus manjares con los sacerdotes de aquella diosa Siria; y con mi ímpetu derramé y vertí todas aquellas comidas que allí estaban, mesas y candeleros y cosas semejantes, la cual disformidad y estrago, como vio el señor de la casa mandó a un siervo suyo que con diligencia me tomase y como asno importuno y garañón me tuviese encerrado en alguna parte, porque otra vez con mi poca vergüenza no desbaratase su convite placentero y alegre.
Entonces yo me alegré con aquel mandamiento de la guarda y cárcel saludable, viendo cómo con mi astucia y discreta invención había escapado de las crueles y pestilenciales manos de aquel carnicero.
Pero cuando la fortuna persigue a un hombre, ningún buen consejo le aprovecha, porque la invención que a mí me pareció haber hallado para mi salud, me fabricó otro mayor peligro, y fue que un muchacho entró en la sala donde estaban comiendo, y dijo a su señor cómo de una calleja de allí cerca había entrado poco antes un perro rabioso con gran ímpetu y ardiente furor, y había mordido a todos los perros de casa, y después había entrado en el establo y mordido con aquella rabia a muchos de los caballos que allí estaban, y que también había mordido a algunas personas de casa, lo cual asombró a todos, y pensando que por estar yo inficionado de aquella pestilencia hacía aquellas ferocidades, arrebataron lanzas y dardos y comenzáronse a amonestar unos a otros que echasen de sí un mal tan grande como era aquel. Y cierto, ellos me perseguían y rabiaban más que yo, por lo cual, sin duda, me mataran y despedazaran con aquellas lanzas y venablos y con hachas que traían; mas yo, viendo el ímpetu de tan gran peligro, luego me metí en la cámara donde posaban aquellos mis amos.
Entonces ellos, cerrándome luego las puertas, velaban hasta que aquella fuerte pestilencia y rabia se consumiese, para que ellos pudiesen estar sin peligro.
Como yo me vi así encerrado, libre de aquel infortunio, echeme encima de la cama, que estaba muy bien hecha, y descansé durmiendo como hombre, lo cual mucho tiempo había que no usaba. Y a otro día bien claro, habiendo yo muy bien descansado con la blandura de la cama, levanteme esforzado y aceché aquellos veladores que allí estaban guardándome, los cuales altercaban sobre mí de esta manera:
--Este mezquino asno creemos que está fatigado con su furor y rabia, y puede ser que estará ya muerto. Bueno será que veamos lo que hace.
Y abierta una pequeña parte de la puerta, viéronme estar sosegado y muy quieto; y como así me vieron, uno de aquellos que parece los dioses habían enviado para mi remedio, mostró a otro un remedio para conocer mi sanidad, diciendo que me pusiesen una caldera de agua para beber, y que si yo sin temor y como acostumbraba llegase al agua y bebiese, de buena voluntad supiesen que yo estaba sano y libre de toda enfermedad; y por el contrario, si vista el agua hubiese miedo, haciendo algunos meneos y diabluras, y no la quisiese tocar, tuviesen por muy cierto que aquella rabia mortal duraba en mí, y que esto tal se solía guardar según cuentan los libros antiguos.
Como esto les pluguiese a todos, tomaron luego una grande herrada de agua clara y limpia, y con algún temor me la pusieron delante; yo salí luego sin tardanza ninguna a recibir el agua con harta sed que tenía, y comencé a beber de aquella agua, que asaz era para mí verdaderamente saludable. Entonces yo sufrí cuanto ellos hacían, dándome golpes con las manos y tirarme de las orejas y trabarme del cabestro, y cualquier otra cosa que ellos querían hacer por experimentar mi salud; yo había placer de ello, hasta tanto que con su desvariada presunción yo probase claramente mi modestia y mansedumbre para que a todos fuese manifiesta.
II.
Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido en un pueblo, de cómo una mujer burló de su marido.
Luego otro día siguiente, habiendo yo escapado de tanto peligro, me cargaron otra vez de los divinos despojos, y ellos con sus panderos y campanillas comenzamos a caminar, y habiendo ya pasado algunas caserías, llegamos a un lugarejo, adonde aquella noche nos aposentamos.
Allí oí contar un gracioso cuento, el cual quiero que vosotros sepáis.
Era un hombre que se alquilaba por trabajador, y con aquello que ganaba se mantenía miserablemente; tenía una mujer galana y requebrada. Un día de mañana, como el marido se fuese a la plaza para buscar de trabajar, vino el enamorado de su mujer y metiose en casa.
Estando ellos así, el marido, que ninguna cosa sabía ni sospechaba, tornó de improviso a casa y batió a la puerta.
La mujer, que era astuta para tales sobresaltos, hizo meter a su enamorado en un tonel viejo que estaba en un rincón de casa, medio roto y vacío; y abierta la puerta a su marido, comenzó a reñir con él, diciendo:
--¿Cómo así venís vacío y muy despacio, metidas las manos en el seno? ¿No veis nuestra necesidad y pobreza? ¿Por qué no traéis alguna cosilla para comer? Yo, mezquina, que todo el día y la noche me estoy quebrando los dedos hilando, encerrada en casa, al menos que tenga para encender un candil. ¡Bienaventurada mi vecina Dafnes, que en amaneciendo come y bebe cuanto quiere, y todo el día está en placeres con sus enamorados!
El marido, convencido con esto, dijo:
--¿Pues qué es ahora esto? Aunque mi amo está ocupado en un pleito y no nos ha llevado a trabajar, yo he proveído a lo que hemos de comer, porque he vendido aquel tonel, que nunca nos sirve de nada, por cinco dineros a un hombre que aquí viene; por tanto, ayúdame a sacarlo de aquí, y entregarlo hemos a quien me lo compró.
Cuando esto oyó la mujer, sacó el engaño de lo que el marido decía, y fingiendo una gran risa, le dijo:
--¡Oh qué hombre y buen negociador he hallado, que la cosa que yo, siendo mujer necesitada, tengo vendida por siete dineros, vendió él en la calle por menos!
El marido, alegre con esto, le dijo:
--¿Quién es este que tanto te dio por él?
La mujer respondió:
--Vos no sabéis nada; ahora entró uno dentro de él para ver qué tal estaba.
No faltó astucia al enamorado, que luego saltó de dentro, diciendo:
--Buena mujer, este tonel me parece que está abierto por muchas partes.
Y disimuladamente volviose al marido, como que no le conocía, y díjole:
--Tú, hombrecillo, quien quiera que eres, ¿por qué no me traes un candil para ver bien de dentro este tonel? ¿Por ventura piensas que he de dar mis dineros sin mirarlo muy bien?
El buen hombre, no sospechando mal, no tardó en encender el candil, y dijo al enamorado:
--Apártate, hermano, y huelga, que yo entraré a ver las heces, y verás si es hendido y mal tratado.
Diciendo esto, tomó la mujer el candil, y él entró en el tonel y comenzó a raer aquellas costras.
El adúltero, como vio que la mujer estaba bajada alumbrando a su marido, dolábala por detrás; y ella, con astucia metida la cabeza en el tonel, burlaba del marido, diciendo: «trae aquí y allí, y quita esto y esto otro», hasta que la obra de entrambos fue acabada.
Entonces salió del tonel, y tomando sus siete dineros el mezquino del marido cargó el tonel a cuestas, y llevolo a casa del adúltero.
Aquí estuvimos algunos días, donde por la liberalidad de los moradores de aquella ciudad fuimos muy bien tratados, y mis amos cargados de dones por su adivinar.
III.
Cómo Lucio recuenta una astuta manera de suerte que los echacuervos usaban para sacar dineros; y cómo fueron presos y él vendido a un tahonero.
Bien sabían engañar al pueblo aquellos limpios y buenos de mis amos, porque para sacar dineros inventaron una suerte sola; la cual aplicaban y referían a muchas cosas, y en cada pueblo de aquellos la sacaban para responder y engañar a los que les preguntaban, y consultaban sobre cosas varias; y la suerte decía de esta manera:
--Por ende, los bueyes juntos aran la tierra, porque para el tiempo venidero nazcan los trigos alegres.
Con esta suerte burlaban a todos; porque si algunos deseaban casarse, y les preguntaban cómo sucedería, decían que la suerte respondía que era muy buena para juntarse por matrimonio y para tener buenos hijos. Si alguno quería comprar una heredad, respondían que era muy bien, porque los bueyes y el yugo significaban los campos floridos y llenos de fruto. Si alguno quería ir camino y preguntaba a aquellos buenos sacerdotes de su viaje, decían que sería muy bueno, porque venían en la suerte los más mansos animales que hay en el mundo y más provechosos. Si alguno de aquellos quería ir a la guerra o a perseguir ladrones, y preguntaba si sería su ida provechosa, respondían que la victoria tenían muy cierta, según la demostración de la suerte; porque sojuzgarían al yugo las cervices de los enemigos, y habrían de lo que robasen muy abundante y provechosa presa.
Con esta manera de adivinar y con su grande astucia, no pocos dineros apañaban. Pero ya cansados de recibir dineros, aparejáronse para caminar, llevándome muy bien cargado por un camino muy bellaco de muchos lodos y lagunas, que a cada paso resbalaba y tenía gran miedo de dar con la diosa en tierra.
Saliendo de este mal camino llegamos a unos espaciosos y hermosos campos, y he aquí súbitamente a nuestras espaldas una manada de gente de a caballo, corriendo con gran ímpetu, y pegaron muy recio a los sacerdotes, llamándoles sacrílegos y regulares y grandes ladrones, engañadores y falsarios; dándoles buenas puñadas echaron a todos esposas a las manos, y con palabras muy recias les comenzaron a apretar, para que descubriesen dónde llevaban un vaso de oro que habían hurtado, y que dijesen la verdad, porque fingiendo ellos de sacrificar secretamente a la madre de los dioses que allí iba, de su estrado lo hurtaron escondidamente; y pensando escapar de la pena de tan gran traición, se partieron calladamente, antes que amaneciese, de la ciudad.
Diciendo esto, no faltó uno de aquellos caballeros que por encima de mis espaldas metió la mano debajo de las faldas de la que yo traía, y buscando bien halló el vaso de oro, el cual sacó delante de todos.
Pero con este tan gran crimen no se avergonzaron aquellos sucios bellacos, mas antes fingiendo un mentiroso reír, dijeron:
--¡Oh, qué crueldad y sinrazón! Por un vasillo que la madre de los dioses presentó a su hermana Siria, en don de haberla tenido por huésped en su casa, lleváis vosotros a sus sacerdotes presos como a homicidas.
Estas y otras tales mentiras y excusas gritando daban, mas aquellos caballeros, no curando de sus palabras, los tornaron para atrás y los metieron en la cárcel, y el vaso de oro y la diosa que yo llevaba pusieron en el templo de la madre de los dioses.
Al otro día sacáronme a la plaza, y otra vez me pusieron en almoneda, pregonando el pregonero: «¿Quién da más por él?» y un tahonero de un lugar allí cerca me compró por siete dineros más caro que el echacuervos me había comprado; el cual molinero luego me cargó muy bien de trigo, y por un camino lleno de piedras y cuestas me llevó a su tahona. Allí vi muchos caballos y acémilas que traían aquellas muelas en derredor dando vueltas siempre por un camino. Y no solamente de día, pero toda la noche hacían harina, volviendo continuamente aquellas tahonas. Pero como venía de nuevo, porque no me espantase de la novedad de aquel servicio, aposentome el nuevo señor en lugar ancho donde estuviese; aquel primer día que llegué me dejó holgar, dándome muy bien de comer.
Pero aquella bienaventuranza de holgar y comer no duró más adelante, porque al otro día siguiente bien de mañana yo fui ligado a un ingenio de aquellos, que parecía ser el mayor de todos, y cubierta mi cara fui compelido a caminar por aquel espacio redondo de canal torcida de manera que yo retornando y rehollando mis pasos en la redondez de aquel término triste y sin esperanza, y no olvidando mi sagacidad y prudencia, fácilmente me di a la novedad de mi servicio; y también cuando yo era hombre, muchas veces había visto semejantes ingenios.
Mas hallando este oficio muy trabajoso, propuse en mí de hacerme espantadizo y andar para atrás, pensando que como a asno bobo y sin provecho para aquel oficio, me enviarían a otro lugar donde tuviese más liviano trabajo, o por ventura me dejarían holgar.
Pero en balde pensé yo esta astucia dañosa, porque luego muchos de aquellos que allí estaban se pusieron alrededor de mí con varas en las manos; y como yo estaba seguro por tener los ojos tapados, súbitamente con grandes voces me dieron muchos palos, y en tal manera que con aquel ruido me espantaron, que luego dejado todo mi consejo, muy sabiamente, así como estaba ligado con aquellas cinchas de esparto, hice mis discursos y vueltas, alegre, aunque me daban harto trabajo; y con esta súbita mudanza de un extremo a otro, los que allí estaban se finaban de risa.
Ya gran parte del día había muy bien molido, y aun andaba harto desmayado y cansado, cuando me quitaron las cinchas de esparto con que andaba ligado, y lleváronme al pesebre. Pero yo, aunque había bien menester descansar, que casi estaba muerto de hambre, dejando todo refrigerio aparte, me puse a mirar la familia y gente de aquella casa. ¡Oh Dios, y qué hombrecitos había allí, pintados de las señales de los azotes que les daban, las espaldas negras de los palos, con unos enjalmillos más para cobertura que vestidura; otros solamente con paños menores cubiertas sus vergüenzas, y tan rotos, que casi todo se les parecía, herrados en la frente[4] y argollas de hierro en los pies, las cabezas trasquiladas, los ojos pelados y comidas las pestañas del humo y hollín de la casa; por lo cual todos tenían los ojos muy malos y blanqueaban con el polvo de la harina, como luchadores que se polvorean cuando quieren luchar!
Pues de mis compañeros, los otros asnos y acémilas que molían, ¿qué podría decir? ¡Cuán cansados, aquellos machos y jacones flacos, cerca de los pesebres royendo granzones de paja, los pescuezos desollados y llenos de llagas podridas, las narices abiertas para tomar más huelgo, los pechos, del muermo, tosiendo, y de los antepechos que les ponían para moler, todos pelados y llagados, que casi les parecían los huesos, las uñas de pies y manos alzadas hacia arriba de no herrarse, y mancos de andar alderredor, todo el pellejo sarnoso de magrez y flaqueza!
Mirando yo esto, temía de venir en otro tanto, y recordándome de cuando era hombre, y que había venido en tanta desventura, bajada la cabeza, lloraba, y no tenía otro solaz de mi pena, sino que con mi natural ingenio que tenía, me recreaba algo, porque no curando de mi presencia, libremente hacía y hablaba cada uno, delante de mí, lo que quería, por donde yo conocí que, no sin causa, aquel divino autor de la primera poesía[5], deseando mostrar un varón de gran prudencia entre los griegos, celebró y alabó a Ulises haber alcanzado las soberanas virtudes, por haber andado muchas ciudades y conocido diversos pueblos. Así que yo, recordándome de esto, hacía muchas gracias a mi asno, porque me traía encubierto con su figura, ejercitándome por muchos y diversos casos y fortunas, por lo cual si yo no fui prudente, al menos me hizo sabedor de muchas cosas.
IV.
Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, en el cual la mujer del tahonero (su amo) gozó un enamorado; y tomándolos juntos los castigó, en la cual venganza le ahorcó por arte de encantamento.
Finalmente, que yo deliberé de traer a vuestras orejas una buena historia, suavemente compuesta, mejor que las que he dicho, la cual comienza:
Aquel molinero que me compró, era hombre de bien y de buena conversación, y tenía una mujer la más pésima y mala que jamás se vio, con la cual él pasaba mucha pena y enojo en su casa, que por cierto yo había mancilla de aquel buen hombre, porque ningún vicio faltaba en aquella mala mujer, que todos se habían lanzado en su cuerpo, como en sucia sentina; soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara en robar donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de honra. Menospreciaba los dioses, y mentía jurando por ellos, y con juramentos engañaba a todos, y al mezquino del marido. Embeodábase luego de mañana, y todo el día gastaba con sus enamorados.
Esta mala mujer, con grande odio me perseguía, que en amaneciendo, antes que ella se levantase, llamaba a los mozos y mandábales que echasen a moler al asno novicio. Y como ella salía del palacio cuando se levantaba, allí, en su presencia, me mandaba dar de palos, y cuando soltaban las otras bestias temprano, mandaba que a mí dejasen hasta más tarde, que no me diesen a comer.
Y esta crueldad suya fue causa que yo más en sus costumbres mirase; de manera que yo veía a menudo entrar un mancebo en su aposento, la cara del cual yo deseaba ver, mas no podía, por los anteojos que traía; verdad es que no me faltaba astucia para descubrir, en cualquier manera, la maldad que aquella mala mujer hacía a su marido, mas una vieja que sabía toda la ruindad, y era mensajera entre ella y su amigo, nunca se partía de allí, las cuales, en amaneciendo, almorzaban, y entre sí altercaban quién bebería más del vino puro. La mala de la vieja, alcahueta, hacía estos aparatos públicos y engañosos en gran daño del triste del marido. Y aunque yo muchas veces, entre mí, me enojaba contra Andria, que por hacerme ave me tornase asno; todavía, en esta triste deformidad mía, había placer, porque como tenía las orejas largas, cualquier cosa que decían, aunque estuviese lejos, luego la oía.
Un día, estando la vieja hablando con ella, decía estas palabras:
--Hija mía, mira bien lo que te cumple acerca de este mancebo que ahora amas, porque es negligente y temeroso, y tiene miedo del gesto arrugado de tu marido, y tal enamorado no pertenece para ti, que quieres holgar y llevar buena vida en cuanto tienes tiempo; igual es Filesitero, un mancebo hermoso, gentilhombre, liberal, magnífico, y contra los celos de estos maridos muy esforzado, el cual es digno de ser enamorado de todas las mujeres del mundo, y merecedor de traer una corona de oro, por sola una cosa que hizo el otro día a un casado celoso.
Óyeme ahora, y verás cuánta diferencia hay de un enamorado a otro. Bien conoces un barbudo que es alcaide de esta villa, que tiene una mujer muy hermosa, y es muy celoso; este, pues, habiendo de ir fuera de la ciudad, dejó encomendada la guarda de su mujer a Hormigón, su esclavo, por ser más fiel y diligente. A este cometió secretamente toda la guarda de su mujer, diciéndole que si no guardaba bien a su señora, de manera que ninguno, pasando cerca de ella, solamente le tocase con el dedo o con la falda, que le echaría hierros y en cárcel perpetuamente, donde muriese de hambre, lo cual juró y perjuró muchas veces por todos los dioses. Así que con esta seguridad se partió, dejando por recio guardián a Hormigón, y bien amedrentado, el cual guardaba a su señora con tanta diligencia, que a ninguna parte la dejaba ir, y de continuo estaba sentado cerca de ella, estando hilando o haciendo otras cosas que las mujeres hacen en su casa, y si alguna vez, por grande necesidad, iba a lavarse al baño, Hormigón iba tan pegado a ella, que las faldas llevaba en la mano, y de esta manera, con mucha sagacidad cumplía lo que su señor le había mandado.
Pero no se pudo esconder a Filesitero la hermosura de esta gentil mujer, porque la bondad y castidad de ella le inflamó y puso más codicia para hacer todo lo que pudiese, y ponerse a cualquier peligro que le viniese, y con esta gana propuso de combatir y expugnar la fortaleza o casa bien guardada de la dueña, confiando y siendo cierto que la flaqueza humana, con el dinero, al cual toda dificultad es llana, se puede fácilmente derribar, que el oro por donde quiera halla entrada, aunque las puertas sean diamantes muy fuertes.
Un día, andando en este pensamiento, Filesitero halló solo a Hormigón, y díjole abiertamente toda su pena y amor, rogándole, con mucha cortesía, que diese remedio a su tormento, porque si presto no alcanzaba lo que deseaba, su muerte era muy cierta, y que en esto no temiese, porque él iría, secreto, de noche, que nadie lo sintiese, y en un momento de hora se tornaría. Estas y otras persuasiones tales diciendo, añadió un grandísimo aguijón, el cual rompió y pervirtió a Hormigón por su codicia. Echó mano a la escarcela, y sacó treinta ducados, nuevos, resplandecientes, de los cuales dijo a Hormigón que diese veinte a su señora, y tomase diez para sí.
Cuando esto oyó Hormigón, espantose de tan abominable pecado, y tapadas las orejas echó a huir; pero el resplandor y codicia que tenía del oro no le pudo huir de los ojos y del corazón, mas apartado lejos, yéndose apriesa hacia casa, representábasele la hermosura de la moneda ante los ojos, y deseaba apañar lo que ya tenía arraigado en el corazón. Con este pensamiento, el mezquino navegaba como en las ondas de la mar, ya en una cosa ya en otra. De la una parte se le representaba la fidelidad, de la otra la ganancia. De la otra la pena con que le amenazó su señor, de la otra el deleite y provecho del oro. Finalmente, que el oro venció al miedo de la muerte, y apartada de sí toda tardanza, llegose a su señora, y secretamente le dijo todo el negocio como pasaba.