Part 5
No, no, Esteban. Pa qué atormentarnos más. Ahora lo que importa es acallar a toos los que hablan. Después ya pensaremos. Mandaré a la Acacia unos días con las monjas del Encinar, que la quieren mucho y siempre están preguntando por ella, y después escribiré a mi cuñada Eugenia, la de la Adrada, que siempre ha querío mucho a mi hija, y se la mandaré con ella. Y quién sabe. Allí pue casarse, que hay mozos de muy buenas familias y bien acomodás, y ella es el mejor partío de por aquí y pue volver casada, y luego tendrá hijos que nos llamarán abuelos, y ya iremos pa viejos y entoavía pue haber alegría en esta casa. Si no fuea...
ESTEBAN.
¿Qué?
RAIMUNDA.
Si no fuea...
ESTEBAN.
Sí. El muerto.
RAIMUNDA.
Ese, que estará ya aquí siempre entre nosotros.
ESTEBAN.
Ties razón. ¡Pa siempre! Too pue borrarse menos eso. (_Sale_).
ESCENA X
RAIMUNDA y la ACACIA.
RAIMUNDA.
¡Acacia! ¿Estabas ahí, hija?
ACACIA.
Ya lo ve usted. Aquí estaba. Ahí está el padre de Norberto con sus criaos.
RAIMUNDA.
¿Qué dice?
ACACIA.
Paece más conforme. Como le ha visto tan mejorao... Esperan al forense, que ha de venir a reconocerle. Ha ido al Sotillo a otra diligencia y luego vendrá.
RAIMUNDA.
Pues vamos allá nosotras.
ACACIA.
Es que antes quisiea yo hablar con usted, madre.
RAIMUNDA.
¿Hablar tú? ¡Ya me ties asustá! ¡Que hablas tan pocas veces! ¿Asunto de qué?
ACACIA.
De que he entendío lo que tie usted determinao de hacer conmigo.
RAIMUNDA.
¿Andabas a la escucha?
ACACIA.
Nunca he tenío esa costumbre. Pero ponga usted que hoy he andao. Es que me importaba lo que había usted de tratar con ese hombre. Quie decirse que en esta casa la que estorba soy yo. Que los que no tenemos culpa ninguna hemos de pagar por los que tien tanta. Y too pa quedarse usted tan ricamente con su marío. A él se lo perdona usted too, pero a mí se me echa de esta casa, naa más que pa quedarse ustedes muy descansaos.
RAIMUNDA.
¿Qué estás diciendo? ¿Quién pue echarte a ti de esta casa? ¿Quién ha tratao semejante cosa?
ACACIA.
Usted sabrá lo que ha dicho. Que me llevará usted al convento del Encinar, y pue que quisiea usted encerrarme allí pa toa mi vida.
RAIMUNDA.
No sé cómo pueas decir eso. ¿Pues no has sío tú muchas veces la que me ties dicho que te gustaría pasar allí algunos días con las monjas? ¿Y no he sío yo la que nunca te ha consentío, por miedo no quisieas quedarte allí? Y con la tía Eugenia, ¿cuántas veces no me has pedío tú misma de dejarte allí con ella? Y ahora que se dispone en bien de toos, en bien de esta casa, que es tuya y naa más que tuya, y a toos importa poder salir de ella con la frente muy alta..., ¿qué quisieas tú, que yo delatase al que has debío tú mirar como a un padre?
ACACIA.
¿Si querrá usted decir, como la Juliana, que yo he tenío la culpa de todo?
RAIMUNDA.
No digo naa. Lo que yo sé es que él no ha podío mirarte como hija porque tú no lo has sío nunca pa él.
ACACIA.
¿Si habré sío yo la que se habrá ido a poner elante e sus ojos? ¿Si habré sío yo la que habrá hecho matar a Faustino?
RAIMUNDA.
¡Calla, hija, calla! ¡Si te entienden de allí!
ACACIA.
Pues no se saldrá usted con la suya. Si usted quie salvar a ese hombre y callar too lo que aquí ha pasao, yo lo diré too a la Justicia y a toos. Yo no tengo que mirar más que por mi honra. No por la de quien no la tiene, ni la ha tenío nunca, porque es un criminal.
RAIMUNDA.
¡Calla, hija, calla! ¡Frío me da de oírte! ¡Que tú le odies, cuando yo casi le he perdonao!
ACACIA.
Sí; le odio, le he odiado siempre, y él también lo sabe. Y si no quiere verse delatao por mí, ya pue venir y matarme. ¡Sí, eso quisiea yo, que me matase! ¡Sí, que me mate, pa ver si de una vez dejaba usted de quererle!
RAIMUNDA.
¡Calla, hija, calla!
ESCENA XI
Dichas y ESTEBAN.
RAIMUNDA.
¡Esteban!...
ESTEBAN.
¡Tie razón, tie razón! ¡No es ella la que tie que salir de esta casa! Pero yo no quieo que sea ella quien me entregue a la Justicia. Me entregaré yo mismo. ¡Descuida! Y antes de que puean entrar aquí, les saldré yo al encuentro. ¡Déjame tú, Raimunda! Te queda tu hija. Ya sé que tú me hubieas perdonao. ¡Ella no! ¡Ella me ha aborrecío siempre, Raimunda!
RAIMUNDA.
No, Esteban. ¡Esteban de mi alma!
ESTEBAN.
¡Déjame, déjame, o llamo al padre de Norberto y se lo confieso too aquí mismo!
RAIMUNDA.
Hija, ya lo ves. Y ha sío por ti. ¡Esteban, Esteban!
ACACIA.
¡No le deje usted salir, madre!
RAIMUNDA.
¡Ah!...
ESTEBAN.
¿Quies ser tú quien me delate? ¿Por qué me has odiao tanto? ¡Si yo te hubiea oído tan siquiera una vez llamarme padre! ¡Si tú pudieas saber cómo te he querío yo siempre!
ACACIA.
¡Madre, madre!...
ESTEBAN.
Malquerida habrás sío sin yo quererlo. Pero antes, ¡cómo te había yo querío!
RAIMUNDA.
¿No le llamarás nunca padre, hija?
ESTEBAN.
No me perdonará nunca.
RAIMUNDA.
Sí, hija, abrázale. Que te oiga llamarle padre. ¡Y hasta los muertos han de perdonarnos y han de alegrarse con nosotros!
ESTEBAN.
¡Hija!..
ACACIA.
¡Esteban!... ¡Dios mío, Esteban!...
ESTEBAN.
¡Ah!...
RAIMUNDA.
¿Aún no le dices padre? ¡Qué!, ¿ha perdío el sentío? ¡Ah! ¿Boca con boca y tú abrazao con ella? ¡Quita, aparta, que ahora veo por qué no querías llamarle padre! ¡Que ahora veo que has sío tú quien ha tenío la culpa de too, maldecía!
ACACIA.
Sí, sí. ¡Máteme usted! Es verdad, es la verdad. ¡Ha sío el único hombre a quien he querío!
ESTEBAN.
¡Ah!...
RAIMUNDA.
¿Qué dice, qué dice? ¡Te mato, maldecía!
ESTEBAN.
¡No te acerques!
ACACIA.
¡Defiéndame usted!
ESTEBAN.
¡No te acerques, te digo!
RAIMUNDA.
¡Ah!... ¡Así! ¡Ya estáis descubiertos! ¡Más vale así! ¡Ya no podrá pesar sobre mí una muerte! ¡Que vengan toos! ¡Aquí! ¡Acudid toa la gente! ¡Prended al asesino! ¡Y a esa mala mujer, que no es hija mía!
ACACIA.
¡Huya usted, huya usted!
ESTEBAN.
¡Contigo! ¡Junto a ti siempre! ¡Hasta el infierno! ¡Si he de condenarme por haberte querío! ¡Vamos los dos! ¡Que nos den caza si puen entre esos riscos! ¡Pa quererte y pa guardarte seré como las fieras, que no conocen padres ni hermanos!
RAIMUNDA.
¡Aquí, aquí! ¡Ahí está el asesino! ¡Prendedle! ¡El asesino! (_Han llegado por diferentes puertas el Rubio, Bernabé, la Juliana y gente del pueblo_).
ESTEBAN.
¡Abrid paso, que no miraré naa!
RAIMUNDA.
¡No saldrás! ¡Al asesino!
ESTEBAN.
¡Abrid paso, digo!
RAIMUNDA.
¡Cuando me haigas matao!
ESTEBAN.
¡Pues así! (_Dispara la escopeta y hiere a Raimunda_).
RAIMUNDA.
¡Ah!...
JULIANA.
¡Jesús! ¡Raimunda! ¡Hija!
RUBIO.
¿Qué ha hecho usted, qué ha hecho usted?
UNO.
¡Matadle!
ESTEBAN.
¡Matadme si queréis; no me defiendo!
BERNABÉ.
¡No; entregarle vivo a la Justicia!
JULIANA.
¡Ese hombre ha sío, ese mal hombre! ¡Raimunda! ¡La ha matao! ¡Raimunda! ¿No me oyes?
RAIMUNDA.
¡Sí, Juliana, sí! ¡No quisiea morir sin confesión! ¡Y me muero! ¡Mía cuánta sangre! ¡Pero no importa! ¡Ha sío por mi hija! ¡Mi hija!
JULIANA.
¡Acacia! ¿Ande estás?
ACACIA.
¡Madre, madre!
RAIMUNDA.
¡Ah!... ¡Menos mal, que creí que aún fuea por él por quien llorases!
ACACIA.
¡No, madre, no! ¡Usted es mi madre!
JULIANA.
¡Se muere, se muere! ¡Raimunda! ¡Hija!
ACACIA.
¡Madre, madre mía!
RAIMUNDA.
¡Ese hombre ya no podrá naa contra ti! ¡Estás salva! ¡Bendita esta sangre que salva, como la sangre de Nuestro Señor!
FIN DEL DRAMA