La Malquerida

Part 4

Chapter 44,632 wordsPublic domain

Y cualquiera les concierta. Ayer, cuando supieron y que los hijos del tío Eusebio le habían salío al encuentro yendo con el amo, y le habían herío malamente, too eran llantos por el herío. Y hoy, cuando supieron y que no había sío pa tanto y que muy pronto estaría curao, los más amigos de Norberto ya dicen y que no había de haber sío tan poca cosa, que ya que le han herío tenía que haber sío algo más, pa que los hijos del tío Eusebio tuviean su castigo, que ahora si se cura tan pronto, too queará en un juicio, y nadie se conforma con tan poco.

JULIANA.

De modo que mucho quieren a Norberto, pero hubiean querío mejor y que los otros lo hubiean matao. ¡Serán de brutos!

BERNABÉ.

Así es. Pues ya les he dicho que den gracias a usted, que dio aviso al amo, y al amo, que se puso de por medio y hasta llegó a echarse la escopeta a la cara, pa estorbarles de que le mataran.

RAIMUNDA.

¿Les has dicho eso?

BERNABÉ.

A too el que se ha llegao a preguntarme. Y lo he dicho, lo uno, porque así es la verdad, y lo otro, porque no quiea usted saber lo que han levantao por el pueblo que aquí había habío.

RAIMUNDA.

No me digas naa. ¿Y el amo? ¿No ha acudío por allí? ¿No has sabío dél?

BERNABÉ.

Sé que le han visto esta mañana con el Rubio y con los cabreros del Encinar, en los Berrocales; que a la cuenta ha pasao allí la noche en algún mamparo. Y si valiera mi parecer, no había de andar así, como huido, que no están las cosas pa que nadie piense lo que no ha sío. Que el padre de Norberto anda diciendo lo que no debiera. Y esta mañana se ha avistao con el tío Eusebio pa imbuirle de que sus hijos no han tenío razón pa hacer lo que han hecho con su hijo.

RAIMUNDA.

¿Pero es que el tío Eusebio y está en el lugar?

BERNABÉ.

Con sus hijos ha ido, que esta mañana les pusieron presos. Atados codo con codo les trajeron del Encinar, y su padre ha venío tras ellos a pie too el camino, con el hijo chico de la mano, sin dejar de llorar, que no ha habío quien no haiga llorao de verle, hasta los más hombres.

RAIMUNDA.

¡Y aquella madre allí, y aquí yo! ¡Si supiean los hombres!

ESCENA III

Dichos y la ACACIA.

ACACIA.

¡Madre!...

RAIMUNDA.

¿Qué me quies, hija?

ACACIA.

Norberto la llama a usted. Se ha despertao y pide agua. Dice que se muere de sed. Yo no me he atrevío a dársela, no fuera caso que no le prestara.

RAIMUNDA.

Ha dicho el médico que pue beber agua de naranja toa la que quiera. Allí está una jarra. ¿Se queja mucho?

ACACIA.

No, ahora no.

RAIMUNDA.

(_A Bernabé_). ¿Te has traío lo que dijo el médico?

BERNABÉ.

En las alforjas está too. Voy a traerlo. (_Vase_).

ACACIA.

¿No oye usted, madre? Le está a usted llamando.

RAIMUNDA.

Allá voy, hijo, Norberto.

ESCENA IV

La JULIANA y la ACACIA.

ACACIA.

¿No ha vuelto ese hombre?

JULIANA.

No. Desde que sucedió lo que sucedió, cogió la escopeta y salió como un loco, y el Rubio tras él.

ACACIA.

¿No le han puesto preso?

JULIANA.

Que sepamos. Antes tendrá que declarar mucha gente.

ACACIA.

Pero ya lo saben toos, ¿verdad? Toos oyeron a mi madre.

JULIANA.

De aquí, quitao yo y Bernabé, que no dirá lo que no se quiea que diga, que es un buen hombre y tie mucha ley a esta casa, los demás no han podío darse cuenta. Oyeron que gritaba tu madre, pero toos se han creío que era tocante a Norberto, y a que los hijos del tío Eusebio venían a matarle. Aquí, si la Justicia nos pregunta, nadie diremos otra cosa que lo que tu madre nos diga que hayamos de decir.

ACACIA.

¿Pero es que mi madre os va a decir que os calléis? ¿Es que ella no va a decirlo too?

JULIANA.

¿Pero es que tú te alegrarías? ¿Es que no miras la vergüenza que va a caer sobre esta casa, y pa ti muy principalmente, que ca uno pensará lo que quiera y habrá y quien no puea creer que tú has sío consentiora, y habrá quien no lo crea así, y la honra de una mujer no es pa andar en boca de unos y de otros, que naa va ganando con ello?

ACACIA.

¡Mi honra! Pa mí soy bien honrá. Pa los demás, allá ca uno. Yo ya no he de casarme. Si me alegro de lo que ha sucedío es por no haberme casao. ¡Si me casaba solo era por desesperarle!

JULIANA.

Acacia, no quieo oírte, que eso es estar endemoniá.

ACACIA.

Y lo estoy, y lo he estao siempre, de tanto como le tengo aborrecío.

JULIANA.

¿Y quién te dice que ese no ha sío too el mal, que no has tenío razón pa aborrecerle? Y mía que nadie como yo le hizo los cargos a tu madre cuando determinó de volverse a casar. Pero yo le he visto cuando eras bien chica y tú no podías darte cuenta lo que ese hombre se tie desesperao contigo.

ACACIA.

Más me tengo yo desesperao de ver cómo le quería mi madre, que andaba siempre colgá de su cuello y yo les estorbaba siempre.

JULIANA.

No digas eso; pa tu madre has sío tú siempre lo primero en el mundo. Y pa él también lo hubieas sío.

ACACIA.

No; pa él sí lo he sío, pa él sí lo soy.

JULIANA.

Pero no como dices, que paece que te alegras. Como tenía que haber sío, que no te hubiea él querido tan mal si tú le hubieas querido bien.

ACACIA.

Pero ¿cómo había de quererle, si él ha hecho que yo no quiera a mi madre?

JULIANA.

Mujer, ¿qué dices? ¿Que no quies a tu madre?

ACACIA.

No, no la quiero como tenía que haberla querido, si ese hombre no hubiea entrao nunca en esta casa. Si me acuerdo de una vez, era yo muy chica y no he podido olvidarlo, que toa una noche tuve un cuchillo guardao ebajo la almohada, y toa la noche me estuve sin dormir, pensando naa más que en ir y clavárselo.

JULIANA.

¡Jesús! Muchacha, ¿qué estás diciendo? ¿Y hubieas tenío valor? ¿Y hubieas ido y lo hubieas matao?

ACACIA.

¡Que sé yo y a quién hubiea matao!

JULIANA.

¡Jesús! ¡Virgen! Calla esa boca. Tú estás dejá de la mano de Dios. ¿Y quies que te diga lo que pienso? Que no has tenío tú poca culpa de todo.

ACACIA.

¿Que yo he tenío culpa?

JULIANA.

¡Tú, sí, tú! Y más te digo. Que si lo hubieas odiao como dices, le hubieas odiao solo a él. ¡Ay, si tu madre supiera!

ACACIA.

¿Si supiera qué?

JULIANA.

Que toa esa envidia no era de él, era de ella. Que cualquiera diría que sin tú darte cuenta le estabas queriendo.

ACACIA.

¿Qué dices?

JULIANA.

Por odio naa más no se odia de ese modo. Pa odiar así tie que haber un querer muy grande.

ACACIA.

¿Que yo he querío nunca a ese hombre? ¿Tú sabes lo que estás diciendo?

JULIANA.

Si yo no digo naa.

ACACIA.

No, y serás capaz de ir y decírselo lo mismo a mi madre.

JULIANA.

Te da miedo, ¿verdad? ¿Lo ves cómo eres tú quien lo está diciendo too? Pero está descuidá. ¡Qué voy yo a decirle! ¡Bastante tie la pobre! ¡Dios nos valga!

ESCENA V

Dichas y BERNABÉ.

BERNABÉ.

Ahí está el amo.

JULIANA.

¿Le has visto tú?

BERNABÉ.

Sí; viene como rendío.

ACACIA.

Vamos de aquí nosotras.

JULIANA.

Sí, vamos, y no digas naa, que no sepa tu madre que te has podío encontrar con él. (_Salen las mujeres_).

ESCENA VI

BERNABÉ; ESTEBAN y el RUBIO, con escopetas.

BERNABÉ.

¿Manda usted algo?

ESTEBAN.

Nada, Bernabé.

BERNABÉ.

¿Quie usted que le diga al ama...?

ESTEBAN.

No le digas naa. Ya me verán.

RUBIO.

¿Cómo está el herío?

BERNABÉ.

Va mejorcito. Allá voy con too esto de la botica, si no manda usted otra cosa. (_Vase_).

ESCENA VII

ESTEBAN y el RUBIO.

ESTEBAN.

Ya me ties aquí. Tú dirás ahora.

RUBIO.

¿Qué voy yo a decirle a usted? Que aquí es ande tie usted que estar. Que está usted en su casa y aquí pue usted hacerse fuerte; que eso de andar huíos y no dar la cara no es más que declararse y perdernos...

ESTEBAN.

Ya me ties aquí, te digo; ya me has traío, como querías... Y ahora tú dirás, cuando venga esa mujer y vuelva a acusarme, y les llame a toos y venga la Justicia y el tío Eusebio con ellos... Tú dirás...

RUBIO.

Si hubiea usted dejao que los del tío Eusebio se las hubiesen entendío solos con el que está ahí... naa más que herío, ya estaría too acabao... Pero ahora hablará ese; hablará su padre dél, hablarán las mujeres... Y esas son las que no tien que hablar. Lo de Faustino naide puede probárnoslo. Usted iba junto con su padre, a mí nadie pudo verme; tengo buenas piernas y me habían visto casi a la misma hora a dos leguas de allí. Yo adelanté el reló en la casa ande estaba, y al despedirme traje la conversación pa que reparasen bien la hora que era.

ESTEBAN.

Bueno estaría too eso si después no hubieas sío tú el que ha ido descubriéndose y pregonándolo.

RUBIO.

Tie usted razón, y aquel día debió usted haberme matao; pero es que aquel día es la primera vez que he tenío miedo. Yo no esperaba que saliea libre Norberto. Usted no quiso hacer caso e mí cuando yo le decía a usted: «Hay que apretar con la Justicia, que declare la Acacia y diga que Norberto le tenía jurao de matar a Faustino...». ¿Va usted a decirme que no podía usted obligarla a que hubiea declarao..., y como ella ya hubiéamos tenío otros que hubiean declarao de haberle entendío decir lo mismo?... Y otra cosa hubiea sío; veríamos si la Justicia le había soltao así como así. Pues como iba diciendo, que no es que quiea negar lo malo que hice aquel día, como vi libre a Norberto y pensé que la Justicia y el tío Eusebio que había de apretar con ella, y toos habían de echarse a buscar por otra parte, como digo, por primera vez me entró miedo y quise atolondrarme y bebí, que no tengo costumbre, y me fui de la lengua, que ya digo, aquel día me hubiea usted matao y razón tenía usted de sobra... Por más de que el runrún andaba ya por el pueblo, y eso fue lo que me acobardó, principalmente en oír la copla, que too el mal está de esa parte, créamelo usted, de que Norberto y su padre, por lo que había pasao entre usted y Norberto, ya tenían sus sospechas de que usted andaba tras la Acacia... Y esa es la voz que hay que callar, sea como sea, que eso es lo que pue perdernos, que el delito por la causa se saca; por lo demás... que no supiean por qué había muerto, y a ver de ande iban a saber quién lo había matao.

ESTEBAN.

Eso me digo yo ahora... ¿Por qué ha muerto nadie? ¿Por qué ha matao nadie?

RUBIO.

Eso usted lo sabrá. Pero cuando se confiaba usted de mí, cuando me decía usted un día y otro: «Si esa mujer es pa otro hombre, no miraré naa». Y cuando me decía usted: «Va a casarse, y esta vez no pueo espantar al que se la lleva; se casa, se la llevan de aquí, y ca vez que lo pienso...». ¿No se acuerda usted cuántas mañanas, apenas si había amanecío, venía usted a despertarme: «Anda, Rubio, levántate, que no he podío pegar los ojos en toa la noche; vámonos al campo; quieo andar, quieo cansarme...»? Y ca uno con nuestra escopeta, cogíamos y nos íbamos por ahí aelante, los dos mano a mano, sin hablar palabra, horas y horas... Allá, cuando caíamos en la cuenta, pa que no dijesen los que nos vían que salíamos de caza y no cazábamos, tirábamos unos tiros al aire: pa espantar la caza, que decía yo, pa espantar pensamientos, que decía usted; y al cabo de andar y andar nos dejábamos caer, y tumbaos sobre algún ribazo, usted siempre callao, hasta que al cabo soltaba usted como un bramío, como si se quitara usted un peso muy grande de encima, y me echaba usted un brazo por el cuello y se soltaba usted a hablar y a hablar, que usted mismo, si hubiea usted querío recordarse, no hubiea usted sabío decir lo que había hablao; pero too ello venía a parar en lo mismo: «Que estoy loco, que no pueo vivir así, que me muero, que no sé lo que me pasa, que esto es un castigo, que esto es un infierno...». Y vuelta a barajar las mismas palabras; pero con tanto barajar, siempre pintaba la misma: la de la muerte... Y pintó tanto, que un día..., el cómo se acordó, ya usted lo sabe, pa qué voy a decirlo.

ESTEBAN.

¿No quies callar?

RUBIO.

Cuidao, señor amo, cuidao con ponerme la mano encima. Y no vaya usted a creerse que antes, cuando veníamos, no le he visto a usted la intención, que más de cuatro veces se ha quedao usted como rezagao, y ha querío usted echarse la escopeta a la cara. Pa eso no hay razón, señor amo, no hay razón. Nosotros tenemos ya siempre que estar muy uníos... Yo bien sé que usted está ya pesaroso de too y que si pudiea usted, no quisiea usted verme más en su vida. Si con eso se quedaba usted en paz, ya me había quitao de elante. Lo que ha de saber usted es que a mí no me ha llevao interés nenguno; lo que usted me haiga dao, por su voluntad ha sío. A mí me sobra too; yo no bebo, no fumo, toos mis gustos no han sío siempre más que andar por esos campos a mi albedrío, lo único que me ha gustao siempre, eso sí, es tener yo mando... Yo quisiea que usted y yo fuéramos como dos hermanos mismamente; yo hice lo que he hecho porque usted hizo confianza de mí, como pue usted hacerla siempre, sépalo usted. Cuando los dos nos viéamos perdidos, me perdería yo solo, que ya tengo pensao lo que he de decir. De usted ni palabra, antes me hacen peazos; por mí, ni la tierra sabrá nunca naa. Diré que he sío yo solo, yo solo, por... lo que fuea, que a nadie le importa... Yo no sé lo que podrá salirme: diez años, quince. Usted tie poder pa que no sean muchos; luego, con empeños, vienen los indultos; más han hecho otros, y con cuatro o cinco años han cumplío. Lo que yo quieo es que usted no se olvide de mí, y cuando vuelva, que yo sea pa usted, ya lo he dicho, como un hermano, que no hay hombre sin hombre, y uníos los dos podremos lo que queramos. Yo no quieo naa más que tener mando, eso sí, mucho mando; pero pa usted, usted me manda siempre... ¡El ama! (_Viendo llegar a Raimunda_).

ESCENA VIII

Dichos y RAIMUNDA. Raimunda sale con una jarra; al ver a Esteban y al Rubio se detiene asustada. Después de titubear un momento, llena la jarra en un cántaro.

RUBIO.

Con licencia, señora ama.

RAIMUNDA.

Quita, quítateme de delante. No te me acerques. ¿Qué haces tú aquí? No quiero verte.

RUBIO.

Pues tiene usted que verme y oírme.

RAIMUNDA.

¡A lo que he llegao en mi casa! A mí, ¿qué ties tú que decirme?

RUBIO.

Usted verá. Más tarde o más temprano nos ha de llamar a toos la Justicia. En bien de toos, bueno sera que estemos toos acordes. Usted dirá si por habladurías de unos y otros puede consentirse de echar un hombre a presidio.

RAIMUNDA.

No iría uno solo. ¿Piensas tú que ibas a escapar?

RUBIO.

No he querío decir lo que usted se piensa. Iría uno solo, pero ese no sería ningún otro más que yo.

RAIMUNDA.

¿Qué dices?

RUBIO.

Pero tampoco es razón que yo me calle pa que los demás hablen. Usted verá. A más de que las cosas no han sío como usted se piensa. Todas esas habladurías que andan por el pueblo han sío cosa de Norberto y de su padre. Y esa copla tan indecente que a usted le ha soliviantao, haciéndole creer lo que no ha sío...

RAIMUNDA.

¡Ah, os habéis concertado en too este tiempo! Yo no tengo que creerme de naa. Ni de coplas ni de habladurías. Me creo de lo que es la verdad, de lo que yo sé. Tan bien lo sé, que casi no han tenío que decírmelo. Lo he adivinao yo, lo he visto yo. Pero ni siquiera... Tú no. ¿Cómo vas a tener tú esa nobleza? Pero él sería más noble que me lo confesara a mí too. Si bien pue saber que yo no he de ir a delatar a nadie... No por vosotros, por esta casa que es la de mis padres, por mi hija, por mí. ¿Pero qué vale que yo no lo diga, si lo dicen toos, si hasta las piedras lo cantan y lo pregonan por too el contorno?

RUBIO.

Deje usted que pregonen; usted es la que tie que callar.

RAIMUNDA.

Porque tú lo quieres. Pues mira que solo de oírtelo a ti, ya me entran ganas de gritarlo ande más puedan escucharme.

RUBIO.

No se ponga usted así, que no hay razón pa ello.

RAIMUNDA.

No hay razón, y habéis dao muerte a un hombre. Y ahí tenéis a otro que han podío matar por causa vuestra.

RUBIO.

Y ha sío lo menos malo que ha podío suceder.

RAIMUNDA.

¡Calla, calla! ¡Asesino, cobarde!

RUBIO.

A usted le dicen, señor amo.

ESTEBAN.

¡Rubio!...

RUBIO.

¡Qué!...

RAIMUNDA.

Así ties que bajar la cabeza delante de este hombre. ¡Qué más castigo! ¡Qué más caena que andar atao con él pa toa la vida! Ya tie amo esta casa. ¡Gracias a Dios! ¡Pue que mire más por su honra de lo que has mirao tú!

ESTEBAN.

¡Raimunda!...

RAIMUNDA.

¡Qué!, también digo yo. ¡Pue que conmigo sí te atrevas!

ESTEBAN.

Ties razón, ties razón, que no he sío hombre pa meterme una onza de plomo en la cabeza y acabar de una vez.

RUBIO.

¡Señor amo!...

ESTEBAN.

¡Quita, quita! ¡Vete de aquí, vete! ¿Cómo quies que te lo pida? ¿De rodillas quies que te lo pida?

RAIMUNDA.

¡Ah!

RUBIO.

No, señor amo. Conmigo no tie usted que ponerse así. Ya me voy. (_A Raimunda_). Si no hubiea sío por mí no habría muerto un hombre, pero quizá que se hubiea perdío su hija. Ahora, ahí le tie usted, acobardao como una criatura. Ya se ha pasao too; fue una ventolera, un golpe de sangre. ¡Ya está curao! Y pue que yo haiga sío el médico. ¡Eso tie usted que agradecerme, pa que usted lo sepa!

ESCENA IX

RAIMUNDA y ESTEBAN.

ESTEBAN.

No llores más, no quieo verte llorar. No valgo yo pa esos llantos. Yo no hubiea vuelto aquí nunca, me hubiea dejao morir entre esas breñas, si antes no me cazaban como a un lobo, que yo no había de defenderme. Pero no quiero tampoco que tú me digas naa. Too lo que puedas decirme me lo he dicho yo antes. Más veces que tú pueas decírmelo, me he dicho yo criminal y asesino. Déjame, déjame; ya no soy de esta casa. Déjame, que aquí aguardo a la Justicia, y no voy yo a buscarla y a entregarme a ella porque no pueo más, porque no podría tirar de mí pa llevarme. Pero si no quieres tenerme aquí, me saldré en medio del camino pa dejarme caer en mitá de una de esas herrenes, como si hubiean tirao una carroña fuera.

RAIMUNDA.

¡Entregarte a la Justicia, pa arruinar esta casa, pa que la honra de mi hija anduviea en dichos de unos y otros! Pa ti no tenía que haber habío más Justicia que yo. En mí solo que hubieas pensao. ¿Crees que voy a creerme ahora de esos llantos porque no te haya visto nunca llorar? El día que se te puso ese mal pensamiento tenías que haber llorao hasta secársete los ojos, pa no haberlos puesto y ande menos debías. Si lloras tú, ¿qué tenía que hacer yo entonces? Y aquí me ties, que quien me viera no podría creerse de too lo que a mí me ha pasao, y no sé yo qué más podía pasarme, y no quieo recordarme de naa, no quieo pensar otra cosa que en ver de esconder de toos la vergüenza que ha caío sobre toos nosotros. Estorbar que de esta casa puea decirse que ha salío un hombre pa ir a un presidio, y que ese hombre sea el que yo traje pa que fuea como otro padre pa mi hija. A esta casa, que ha sío la de mis padres y mis hermanos; ande toos ellos han vivío con la honra del mundo; ande los hombres que han salío de ella pa servir al rey, o pa casarse, o pa trabajar otras tierras, cuando han vuelto a entrar por esas puertas han vuelto con tanta honra como habían salío. No llores, no escondas la cara, que ties que levantarla como yo cuando vengan a preguntarnos a toos. Que no se vea el humo, aunque se arda la casa. Límpiate esos ojos. ¡Sangre tenían que haber llorao! Bebe una poca agua. ¡Veneno había de ser! No bebas tan aprisa, que estás too sudao. ¡Mira cómo vienes, arañao de las zarzas! ¡Cuchillos habían de haber sío! ¡Trae aquí que te lave, que da miedo verte!

ESTEBAN.

¡Raimunda, mujer! ¡Ten lástima de mí! ¡Si tú supieras! Yo no quiero que tú me digas naa. Pero yo sí quiero decírtelo too. Confesarme a ti, como me confesaría a la hora de mi muerte. ¡Si tú supieras lo que yo tengo pasao entre mí en too este tiempo! ¡Como si hubiea estao porfiando día y noche con algún otro que hubiea tenío más fuerzas que yo y se hubiea empeñao en llevarme ande yo no quería ir!

RAIMUNDA.

¿Pero cómo te acudió ese mal pensamiento y en qué hora maldecía?

ESTEBAN.

Si no sabré decirlo. Fue como un mal que le entra a uno de pronto. Toos pensamos alguna vez algo malo, pero se va el mal pensamiento y no vuelve uno a pensar más en ello. Siendo yo muy chico, un día que mi padre me riñó y me pegó malamente, con la rabia que yo tenía, me recuerdo de haber pensao así en un pronto: «¡Mía si se muriese!». Pero fue naa más que pensarlo, y en seguía de haberlo pensao entrarme una angustia muy grande y mucho miedo de que Dios me le llevara. Y ende aquel día me apliqué más a respetarle. Y cuando murió, años después, que ya era yo muy hombre, tanto como su muerte tengo llorao por aquel mal pensamiento, y así me creía yo que sería de este otro. Pero este no se iba. Más fijo estaba cuanto más quería espantarle. Y tú lo has visto, que no podrás decir que yo haiga dejao de quererte, que te he querío más cada día. No podrás decir que yo haiga mirao nunca a ninguna otra mujer con mala intención. Y a ella no hubiea querido mirarla nunca. Pero solo de sentirla andar cerca de mí se me ardía la sangre. Cuando nos sentábamos a comer no quería mirarla, y ande quiea que volvía los ojos la estaba viendo elante de mí siempre. Y las noches, cuando más te tenía junto a mí, en medio del silencio de la casa, yo no sentía más que a ella, la sentía dormir como si estuviea respirando a mi oído. Y tengo llorao de coraje. Y le tengo pedío a Dios. Y me tengo dao de golpes. Y me hubiea matao y la hubiea matao a ella. Si yo no sabré decir cómo ha sío. Las pocas veces que no he podío por menos de encontrarme a solas con ella, he tenío que escapar como un loco. Y no sabré decir lo que hubiea sío de no escapar: si la hubiea dao de besos o la hubiea dao de puñaladas.

RAIMUNDA.

Es que sin tú saberlo has estao como loco, y alguien tenía que morir de esa locura. Si antes se hubiea casao, si tú no hubieas estorbao que se casase con Norberto...

ESTEBAN.

Si no era el casarse, era el salir de aquí. Era que yo no podía vivir sin sentirla junto a mí un día y otro. Que too aquel aborrecimiento suyo, y aquel no mirarme a la cara, y aquel desprecio de mí que ha hecho siempre, too eso que tanto había de dolerme, lo necesitaba yo pa vivir como algo mío. ¡Ya lo sabes too! Y casi pue decirse que ahora es cuando yo me he dao cuenta. Que hasta ahora que me he confesao a ti, too me parecía que no había sío. Pero así ha sío, ha sío pa no perdonármelo nunca, aunque tú quisieas perdonarme.

RAIMUNDA.

No está ya el mal en que yo te perdone o deje de perdonarte. A lo primero de saberlo, sí, no había castigo que me pareciera bastante pa ti. Ahora ya no sé. Si yo creyera que eras tan malo pa haber tú querío hacer tanto mal como has hecho... Pero si has sío siempre tan bueno, si lo he visto yo, un día y otro, pa mí, pa esa hija misma, cuando viniste a esta casa y era ella una criatura, pa los criaos, pa toos los que a ti se llegaban, y tan trabajador y tan de tu casa. Y no se pue ser bueno tanto tiempo pa ser tan criminal en un día. Too esto ha sío, qué sé yo, miedo me da pensarlo. Mi madre, en gloria esté, nos lo decía muchas veces, y nos reíamos con ella, sin querer creernos de lo que nos decía. Pero ello es que a muchos les tie pronosticao cosas que después les han sucedío. Que los muertos no se van de con nosotros cuando paece que se van pa siempre al llevarlos pa enterrar en el campo santo, que andan día y noche alrededor de los que han querío y de los que han odiao en vida. Y sin nosotros verlos, hablan con nosotros. ¡Que de ahí proviene que muchas veces pensamos lo que no hubiéamos creído de haber pensao nunca!

ESTEBAN.

¿Y tú crees...?

RAIMUNDA.

Que too esto ha sío pa castigarnos, que el padre de mi hija no me ha perdonao que yo hubiea dao otro padre a su hija. Que hay cosas que no puen explicarse en este mundo. Que un hombre bueno como tú puea dejar de serlo. Porque tú has sío muy bueno.

ESTEBAN.

Lo he sío siempre, lo he sío siempre; y de oírtelo decir a ti, ¡qué consuelo y qué alegría tan grande!

RAIMUNDA.

¡Calla, escucha! Me paece que ha entrao gente de la otra parte de la casa. A la cuenta será el padre de Norberto y los que vienen con él pa llevársele. No deben de haber venío los de Justicia, que hubiean entrao de esta parte. Voy a ver. Tú anda allá dentro, a lavarte y mudarte de camisa, que no te vean así, que paeces...

ESTEBAN.

No te pares en decirlo. Un malhechor, ¿verdad?

RAIMUNDA.