La lucha por la vida: La busca
Part 9
Leandro, despreciativo e insolente, quedó parado en medio de la taberna, y tirando del muelle de su navaja la cerró. Un murmullo de admiración salió de los espectadores.
El _Valencia_ lanzó un grito de dolor, como si le hubieran herido; su honra, su fama de valiente, quedaba por los suelos; desesperado se acercó a la puerta de la trastienda y miró a la tabernera anhelante. Esta debió de entenderle, porque le dió una llave y el _Valencia_ se escabulló. Pero de pronto volvió a abrirse con rapidez la puerta de la trastienda, y apareció en ella el matón de nuevo, y blandiendo su largo cuchillo por la punta, lo lanzó furioso a la cara de Leandro. Pasó el arma zumbando por el aire como una terrible flecha y quedó temblando clavado en la pared.
Leandro se levantó al momento, pero el _Valencia_ había desaparecido. Entonces, repuesto el mozo de la impresión, desclavó la navaja con calma, la cerró y se la entregó a la tabernera.
--Cuando no se sabe hacer uso de estas cosas--la dijo con petulancia--, no se deben emplear. Adviértaselo usted así a ese señor cuando le vea.
La tabernera contestó con un gruñido, y Leandro se sentó a recibir felicitaciones por su valor y sangre fría; todos querían obsequiarle.
--El _Valencia_ empezaba a molestar demasiado--dijo uno--. Daba el pego todas las noches; y se lo pasaban por ser quien era; pero ya estaba molestando.
--Claro--repuso otro de los jugadores, un viejo sombrío escapado de Ceuta, que tenía un aire de zorro--. Porque un hombre, cuando _tie_ lado izquierdo, echa los negros a la manta--e hizo ademán de coger con los dedos las monedas de encima de la mesa--y se _naja_.
Pero si ese _Valencia_ es un blanco--dijo el _Pastiri_ con su voz estropajosa--. Un boceras, que no _tie_ media _bofetá_.
--Pues él se había _empalmao_ en seguida. ¡Por si acaso!--repuso el _Besuguito_ con su voz extraña, imitando la actitud del que va a atacar con una navaja.
--¿Y qué? ¿Y qué?--repuso el _Pastiri_--. Yo te digo que es un _pipi_ y que no _pue_ con la _jinda_ que tiene.
--Bueno; pero él se rascaba y echaba cada derrote...--añadió el cordonero.
--¡Que se rascaba! Pero, ¡qué cacho de primo! ¿Tú lo has visto?
--Y bien.
--Pero, ¡qué vas a ver tú, si estás _cheo_!
--Ya quisieras estar tan fresco como yo, ¡bah!
--¡Pero si no puedes con la tajada que llevas!
--Calla, calla, tú sí que no puedes con la curda; yo te digo que si se descuida aquí--y el _Besuguito_ señaló a Leandro--, con los viajes que le ha tirado malamente, le moja.
--¡Magras!
--Es una opinión, hombre.
--Tú no opinas aquí ni _na_--exclamó Leandro--. Tú te vas a tomar el fresco y te callas. El _Valencia_ es más blanco que el papel; lo que dice el _Pastiri_, eso. Muy valiente para explotar a los _sarasas_ como tú y a los chavalejos de mal vivir...; pero cuando se encuentra con un tío que los tiene bien puestos, ¿qué? _Na_, que es un ganguero más blanco que el papel.
--Es verdad--asintieron todos.
Y _menúo abucheo_ que le vamos a dar a ese gachó--dijo el presidiario cumplido--, si viene aquí a cobrar el barato.
--¡La pértiga!--exclamó el _Pastiri_.
--Bueno, señores; ahora yo convido--dijo Leandro--, porque tengo dinero, y porque sí--y sacó unas monedas del bolsillo y dió con ellas en la mesa--. Tabernera, unas tintas.
--Ya van.
--¡Manuel! ¡Manuel!--gritó después Leandro varias veces--. Pero, ¿dónde está ese chaval?...
Manuel, siguiendo el camino del matón, se había escapado por la puerta de la trastienda.
CAPÍTULO IX
UNA HISTORIA INVEROSÍMIL.--LAS HERMANAS DE MANUEL.--LO INCOMPRENSIBLE DE LA VIDA.
ERA ya a principios de otoño; Leandro, por consejo del señor Ignacio, vivía con su abuela en la calle del Aguila; la Milagros seguía en relaciones con el _Lechuguino_. Manuel abandonaba a Vidal y al _Bizco_ en sus escaramuzas y se juntaba con Rebolledo y los dos Aristas.
El mayor, el _Aristón_, le entretenía y le aterrorizaba contándole cosas lúgubres de cementerios y aparecidos; el Aristas pequeño seguía en sus ejercicios gimnásticos; había hecho un trampolín con una tabla puesta sobre un montón de arena, y allí aprendía a dar saltos mortales.
Un día apareció en el Corralón don Alonso, el ayudante del _Tabuenca_, acompañado de una mujer y de una niña.
La mujer parecía vieja y cansada; la niña era larguirucha pálida. Don Alonso las acomodó en un chiscón del patio pequeño.
Traían un fardelillo de ropa, un perro de lanas sucio con una mirada muy inteligente y un mono atado a una cadena; al poco tiempo tuvieron que vender el mono a unos gitanos que vivían en la Quinta de Goya.
Don Alonso llamó a Manuel y le dijo:
--Vete a buscar a don Roberto y dile que hay aquí una mujer que se llama Rosa, y que es o ha sido volatinera; debe ser la que el busca.
Manuel fué inmediatamente a la casa; Roberto se había marchado de allí y no sabía su paradero.
Don Alonso iba por el Corralón con mucha frecuencia y hablaba con la mujer y la niña. En el marco de la ventana de su casa tenían madre e hija una cajita con una mata de hierbabuena, que, aunque la regaban todas las mañanas, como no le daba el sol, apenas crecía. Un día las mujeres desaparecieron con su hermoso perro de aguas; no dejaron en la casa mas que una pandereta usada y rota...
* * * * *
Don Alonso tomó la costumbre de aparecer por el Corralón; solía echar un párrafo con Rebolledo, el de la barbería modernista, que hablaba por los codos, y presenciaba las habilidades gimnásticas del Aristas. Una tarde la madre de éste le preguntó al antiguo _Hombre-Boa_ si el chico tenía verdaderas disposiciones.
Don Alonso se puso serio y examinó detenidamente los trabajos del muchacho para darse cuenta de sus facultades, y le dió algunos útiles consejos.
Era verdaderamente curioso ver al viejo titiritero dando órdenes; lo hacía con una seriedad augusta.
--Una, dos, tres... _O pla_... De nuevo. En posición. Las rodillas cerca de la cabeza..., uñas para abajo..., una, dos..., una, dos... _O pla_.
Don Alonso no quedó descontento del Aristas, pero afirmó la necesidad ineludible del trabajo constante.
--Quien algo quiere, algo le cuesta, chiquillo--dijo--, y el ser gimnasta no está a la altura de cualquiera.
A la madre, confidencialmente, le aseguró que su hijo podría ser un buen artista de circo.
Después don Alonso, viéndose ante un público numeroso, comenzó a hablar con volubilidad de los Estados Unidos, de Méjico y de las Repúblicas sudamericanas.
--¿Por qué no nos cuenta usted cosas de esos países que ha visto?--le preguntó Perico Rebolledo.
--No, ahora no; tengo que salir con la torre _Infiel_.
--¡Ah!... Cuente usted--dijeron todos.
--Don Alonso aparentó que le molestaba la petición; pero, cuando tomó el hilo, contó, una tras otra, historias y anécdotas en tal cantidad, que casi le tuvieron que pedir que se callara.
--¿Y en esas tierras no ha visto usted hombres muertos por los leones?--preguntó Aristón.
--No.
--¿Es que no hay leones?
--Leones en jaulas... muchos.
--Pero yo digo en el campo.
--En el campo, no.
Don Alonso pareció bastante contrariado al hacer estas confesiones.
--¿Ni otras fieras tampoco?
--Ya no hay fieras en los países civilizados--dijo el barbero.
--Pues mire usted, si, allá hay fieras--y don Alonso hizo una mueca burlona y una señal de inteligencia a Rebolledo--. Una vez me sucedió una cosa terrible; pasábamos cerca de una isla y oímos cañonazos. Era la guarnición que tiraba salvas.
--Pero, ¿por qué se ríe usted?--preguntó el Aristón.
--Es nervioso... Pues sí, me acerqué al capitán del barco y le pedí permiso para que me dejase desembarcar en la isla. Bueno--me dijo--; llévese usted la _Golondrina_, si quiere--la _Golondrina_ era el nombre de la piragua--; pero dentro de un par de horas esté usted de vuelta.
Me embarco en mi bote, y ¡hala!, ¡hala!..., llego a la isla, que estaba poblada de plátanos y cocoteros, y desembarco en una playa, en donde se hundió la proa de la _Golondrina_.
Aquí, don Alonso hizo una mueca del hombre que no puede contener la risa, y lanzó después al barbero una mirada, acompañada de un guiño confidencial.
--Salto a tierra--siguió diciendo don Alonso--; echo a andar, y de pronto, paf... en la cara, un mosquito enorme, y luego, paf... otro mosquito, hasta que me rodeó una nube de aquellos animales tan grandes como murciélagos. Con la cara martirizada echo a correr a la playa, a embarcarme, cuando veo a un cangrejo que estaba junto a la _Golondrina_; pero ¡qué cangrejo! Sería como un oso de grande; era negro, reluciente y hacía fa... fa... fa..., como un automóvil. Verme el bicho y echarse a correr sobre mí, gritando, todo fué uno; yo corría hacia un cocotero, y tras... tras... tras..., subí por él hasta arriba. El cangrejo se acerca al árbol, se detiene pensativo y se decide y empieza a subir también.
--Terrible situación--dijo el barbero.
--Figúrese usted--replicó don Alonso guiñando los ojos--, yo no tenía en la mano mas que un palito, y me defendí del cangrejo dándole golpes en los nudillos; pero él, bramando de rabia y con los ojos brillantes, seguía subiendo. Yo no podía ir más lejos, y pensé en bajar; pero al hacer un movimiento, ¡tras!... me agarra el granuja del bicho con una de sus muchas patas de la levita y se queda colgando de mí. El condenado pesaba de una manera atroz; ya estaba levantando otra de las zarpas para agarrarme, cuando me acorde que llevaba en el bolsillo del chaleco un limpiadientes que había comprado en Chicago y que tenía una navajita; abrí esta, y en un momento corté los faldones de mi levita, y ¡cataplún! desde una altura, lo menos de cuarenta metros, el cangrejo se cayó al suelo. Yo no sé cómo no se mató. Allá empezó a llorar, y a berrear, y a dar vueltas al cocotero, en donde yo estaba, mirándome con ojos terribles. Yo entonces, para algo le tenía que servir a uno el ser gimnasta, fuí saltando de una rama a otra, de cocotero en cocotero y de plátano en plátano, y el cangrejo siguiéndome, berreando, con los faldones de la levita en la boca.
Al llegar cerca de la playa me encuentro con que había bajado la marea y que la _Golondrina_ andaba a más de cincuenta metros por encima de las olas. Esperaré--me dije--; pero en esto veo asomar en la copa del árbol donde estaba la cabeza de una serpiente; me agarro a una rama, me balanceo para caer lo más lejos posible del cangrejo y se me rompe la rama y me falta el sostén.
--¿Y qué hizo usted entonces?--preguntó el barbero.
--Di dos saltos mortales en el aire, por si acaso.
--Fué una precaución útil.
--Ciertamente, creí que estaba perdido. Todo lo contrario: estaba salvado.
--Pero, ¿cómo?--preguntó el Aristón.
--Nada, que al caer, con la rama que llevaba en la mano di sobre el cangrejo, y como llevaba tanta fuerza, lo atravesé de parte a parte y le dejé clavado en la playa. El animal bramaba como un toro; yo me metí en la _Golondrina_ y me escapé; pero el barco mío se había marchado. Me puse a remar, no había una vela a la vista. Estoy perdido--dije--; pero gracias al cangrejo me salvé...
--¿Al cangrejo?--preguntaron todos extrañados.
--Sí; un vapor que pasó a muchas millas, al oír los lamentos del cangrejo pensó si sería la señal de alarma de algún barco náufrago, se acercó a la isla, me recogió, y a los pocos días ya estaba con mi compañía.
Don Alonso, al concluir su narración, hizo una mueca más expresiva, y con su torre _Infiel_ se marchó a la calle. El Aristas, Rebolledo y Manuel celebraron las historias del titiritero, y el aprendiz de gimnasta se afianzó más en su idea de seguir trabajando en el trapecio y en el trampolín, para ver aquellas lejanas tierras de las cuales hablaba don Alonso.
Un par de semanas después ocurrió una de las cosas que más impresionaron a Manuel en toda su vida. Era domingo; el muchacho fué a casa de su madre, la ayudó, como solía hacer siempre, a secar platos. Vinieron después las hijas de la Petra, y, por cuestión de unas faldas o de unas enaguas que la menor había comprado con el dinero de la mayor, se pasaron las dos toda la tarde riñendo.
Manuel, aburrido de la charla, se fué, pretextando una ocupación.
Estaba lloviendo a cántaros; Manuel llegó a la Puerta del Sol, entró en el café de Levante y se sentó cerca de la ventana. Huía la gente endomingada corriendo a refugiarse en los portales de la ancha plaza; los coches pasaban de prisa en medio de aquel diluvio; los paraguas iban y venían y se entrecruzaban con sus convexidades negras, brillantes por el agua, como un rebaño de tortugas. A la hora escampó, y Manuel salió del café; era todavía temprano para ir a casa; Manuel pasó por la plaza de Oriente y quedó en el Viaducto mirando desde allá a la gente que pasaba por la calle de Segovia.
En el cielo, ya despejado, nadaban nubes obscuras, blancas en los bordes, como montañas coronadas de nieve; a impulsos del viento corrían y desplegaban sus alas; el sol claro alumbraba con rayos de oro el campo, resplandeciente en las nubes, las enrojecía como brasas; algunos celajes corrían por el espacio, blancos jirones de espuma. Aun no manchaba la hierba verde las lomas y las hondonadas de los alrededores madrileños; los árboles del Campo del Moro aparecían rojizos, esqueléticos, entre el follaje de los de hoja perenne; humaredas negruzcas salían rasando la tierra para ser pronto barridas por el viento. Al paso de las nubes la llanura cambiaba de color; era sucesivamente morada, plomiza, amarilla, de cobre; la carretera de Extremadura trazaba una línea quebrada, con sus dos filas de casas grises y sucias. Aquel severo, aquel triste paisaje de los alrededores madrileños con su hosquedad torva y fría le llegaba a Manuel al alma.
Abandonó el balcón del Viaducto, cruzó por unas cuantas callejuelas, hasta llegar a la calle de Toledo; bajó a la Ronda y se dirigió a su casa Llegaba cerca del paseo de las Acacias cuando oyó a dos viejas que hablaban de un crimen cometido hacía un instante en la esquina de la calle del Amparo.
--Cuando le iban a coger, él mismo se ha matado--dijo una.
Manuel apresuró el paso por curiosidad y se acercó a un grupo de personas que había a la puerta del Corralón.
--¿De dónde era ese que se ha matado?--preguntó Manuel a Aristas.
--¡Pero si es Leandro!
--¡Leandro!
--Sí; Leandro, que ha matado a la Milagros, y luego se ha matado él.
--Pero... ¿es verdad?
--Sí, hombre. Hace un momento.
--¿Aquí, en casa?
--Aquí mismo.
Manuel, despavorido, subió la escalera hasta la galería. Aun quedaba el charco de sangre en el suelo. El señor Zurro, el único espectador del drama, contaba lo ocurrido a un grupo de vecinos.
--Estaba yo aquí, leyendo el periódico--dijo el ropavejero--, y la Milagros, con su madre, hablaba con el _Lechuguino_. Estaban los novios de broma, cuando subió Leandro a la galería; fué a abrir la puerta de su casa y, antes de entrar, volviéndose de repente, le dice a la Milagros: «¿Es ese tu novio?» Me pareció que él estaba pálido como un muerto. «Si», contestó ella. «Bueno; pues yo vengo aquí a concluir de una vez», gritó. «¿A cuál de los dos quieres, a él o a mí?» «A él», chilló la Milagros. «Entonces se acabó todo», gritó Leandro con una voz ronca. «Voy a matarte.» Luego, ya no me pude dar cuenta de nada; fué todo rápido como un rayo; cuando me acerqué, la muchacha echaba un caño de sangre por la boca, la mujer del _Corretor_ gritaba y Leandro seguía al _Lechuguino_ con la navaja abierta.
--Yo le vi salir de casa--añadió una vieja--; llevaba en la mano la navaja manchada de sangre; mi marido quiso detenerle, pero él paró como un toro, le echó un derrote y por poco le mata.
--Y mis tíos, ¿dónde están?--preguntó Manuel.
--En la Casa de Socorro. Han ido detrás de la camilla.
Bajó Manuel al patio.
--¿Adónde vas?--le preguntó el _Aristón_.
--Voy a la Casa de Socorro.
--Yo iré contigo.
Se reunió a los dos muchachos un aprendiz de un taller de máquinas que vivía en la Corrala.
--Yo le vi cuando se mató--dijo el aprendiz--; íbamos corriendo todos detrás de él, gritando: «¡A ése! ¡A ése!», cuando aparecieron por la calle del Amparo dos guardias, sacaron el sable y se pusieron delante de él; entonces Leandro dió un bote hacia atrás, abrió paso entre la gente y volvió otra vez para aquí; iba a bajar por el paseo de las Acacias, cuando tropezó con la _Muerte_, que le empezó a insultar. Leandro se paró, miró a todos lados; nadie se atrevía a acercarse; le echaban fuego los ojos. De pronto se metió la navaja por el costado izquierdo, yo no sé cuántas veces. Cuando uno de los guardias le agarró del brazo, se cayó como un saco.
Los comentarios del _Aristón_ y del aprendiz eran inacabables; llegaron los muchachos a la Casa de Socorro, y allí les dijeron que los dos cadáveres, el de la Milagros y el de Leandro, los habían llevado al Depósito. Bajaron los tres chicos al Canal, a la casita próxima al río, que tantas veces Manuel y los de su cuadrilla miraban con curiosidad desde las ventanas. En la puerta se agrupaban varias personas.
--Vamos a mirar--dijo el _Aristón_.
Había una ventana abierta de par en par y se asomaron a ella. Tendido sobre una mesa de mármol estaba Leandro; tenía un color de cera, y en su rostro se leía una expresión de soberbia y de desafío. A su lado, la señora Leandra gritaba y vociferaba; el señor Ignacio, con la mano de su hijo entre las suyas, lloraba en silencio. En otra mesa rodeaban el cadáver de la Milagros un grupo de personas. El empleado del Depósito hizo salir a todos. Al encontrarse el _Corretor_ y el señor Ignacio en la puerta, se vieron y desviaron la vista: las dos madres, en cambio, se lanzaron una mirada de odio terrible.
El señor Ignacio dispuso que no fueran a dormir al Corralón, sino a la calle del Aguila. Allí, en casa de la señora Jacoba, hubo una algarabía horrorosa de lloros y de imprecaciones. Las tres mujeres echaban la culpa de todo a la Milagros, que era una golfa, una mala hembra descastada, egoísta y miserable.
Un vecino de la Corrala señaló un detalle raro; al reconocer el médico forense a la Milagros y al quitarle el corsé para apreciar la herida, entre unos escapularios encontró un medallón chiquito con un retrato de Leandro.
--¿De quién es este retrato?--dicen que preguntó.
--Del que la ha matado--le contestaron.
Era una cosa rara que intrigaba a Manuel; muchas veces había pensado que la Milagros quería a Leandro; aquello casi lo confirmaba.
Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.
Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser muy triste; algo muy incomprensible y extraño.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
EL DRAMA DEL TÍO PATAS.--LA TAHONA.--KARL EL HORNERO.--LA SOCIEDAD DE LOS TRES.
LA impresión por la muerte de su hijo en el señor Ignacio fué tan profunda, que cayó enfermo. Se dejó de trabajar en el almacén, y al cabo de dos o tres semanas, como el señor Ignacio no se ponía bueno, la Leandra le dijo a Manuel:
--Mira: vete a casa de tu madre, porque aquí yo no te puedo tener.
Volvió Manuel a la casa de huéspedes, y la Petra, por mediación de la patrona, llevó al muchacho de mozo a un puesto de pan y verduras situado en la plaza del Carmen.
Allá Manuel tuvo que sujetarse más que en la casa del señor Ignacio. El tío _Patas_, el dueño del puesto, un gallegazo pesadote como un buey, puso al corriente a Manuel de sus obligaciones.
Tenía que levantarse el muchacho al amanecer, abrir el puesto, soltar los fardos de verdura que subía un mozo de la plaza de la Cebada, e ir tomando el pan que traían los repartidores. Después, barrer la tienda y esperar a que se levantara el tío _Patas_, su mujer o su cuñada. Al llegar alguno de ellos, Manuel abandonaba el mostrador, y con una cesta pequeña a la cabeza iba con el pan a las casas de los parroquianos de la vecindad. En ir y venir se pasaba toda la mañana. Por la tarde era más pesado el trabajo: Manuel tenía que estarse quieto detrás del mostrador, aburriéndose, vigilado por el ama y su cuñada.
Acostumbrado a los paseos diarios por las rondas, le desesperaba tal inmovilidad.
La tienda del tío _Patas_, pequeña y mal oliente, tenía un papel amarillo, que se despegaba de puro viejo, con unas cenefas verdes. Un mostrador de madera, unos cuantos vasares sucios, un quinqué de petróleo en el techo y dos bancos constituían todo el mobiliario.
La trastienda, a la cual se llegaba por una puerta del fondo, era un cuarto sin más luz que la que entraba por un montante que daba al portal. En este cuarto se comía; de él se pasaba a la cocina y de ésta a un patio estrecho, muy sucio, con una fuente. Al otro lado del patio estaban las alcobas del tío _Patas_, de su mujer y de la cuñada.
A Manuel le ponían un jergón y unas mantas detrás del mostrador. Allí dentro, de noche sobre todo, olía a berza podrida; pero más que esto aun molestaba a Manuel el levantarse de madrugada, cuando el sereno daba dos o tres golpes con el chuzo a la puerta de la tienda.
En el puesto se vendía algo, lo bastante para vivir, nada más. En aquel tabuco había reunido el tío Patas una fortuna, ahorrando céntimo a céntimo.
La historia del tío _Patas_ era verdaderamente interesante. Manuel la averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos de los otros puestos.
El tío _Patas_ había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del tío _Patas_, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan estéril fué para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos, con una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al matrimonio, mas que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos del tío _Patas_ trataron de convencerle de que era una barbaridad el casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus trece, y se casó.
A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío _Patas_ se entendía con su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día, y vió salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar tiempo, y poco a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío _Patas_ trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el hijo del tío _Patas_ se la empujaron al viejo, y éste concluyó amontonándose con su cuñada. Desde entonces los cuatro vivieron con una tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.
A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que le indignaba era la tacañería del tío _Patas_ y de su gente.
Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío _Patas_ en otras cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbraba a sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas, y no se le escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo».