La lucha por la vida: La busca

Part 8

Chapter 83,996 wordsPublic domain

LA «KERMESSE» DE LA CALLE DE LA PASIÓN.--EL «LECHUGUINO».--UN CAFÉ CANTANTE.

LA _kermesse_ de la calle de la Pasión fué esperada por Leandro con ansiedad. Otros años había acompañado a la Milagros a la verbena de San Antonio y a las del Prado; bailó con ella, la convidó a buñuelos, la regaló un tiesto de albahaca; aquel verano la familia del _Corretor_ parecía tener empeño decidido de apartar a la Milagros de Leandro. Este se enteró de que su novia y su madre pensaban ir a la _kermesse_, y se agenció dos billetes, y anunció a Manuel que los dos se presentarían allá.

Efectivamente: fueron una noche de agosto, que hacía un calor horrible; un vaho denso y turbio llenaba las calles de las cercanías del Rastro, adornadas e iluminadas con farolillos a la veneciana.

Se celebraba la fiesta en un solar grande de la calle de la Pasión. Entraron Leandro y Manuel: la música del Hospicio tocaba una habanera. El solar, alumbrado con arcos voltaicos, estaba adornado con cintas, gasas y flores artificiales, que partían como radios de un poste del centro e iban hasta los extremos. Frente a la puerta de entrada había una caseta de tablas, recubierta con percalina roja y amarilla, y una porción de banderas españolas: era la tómbola.

Leandro y Manuel se sentaron en un rincón y esperaron. El corrector y su familia llegaron pasadas las diez; la Milagros estaba muy bonita: vestía traje claro con dibujos azules, pañuelo de crespón negro y zapato blanco. Iba un poco escotada hasta el nacimiento del cuello, terso y redondo.

En aquel momento la banda del Hospicio tocaba a trompetazos el scottish de _Los Cocineros_, y Leandro, emocionado, invitó a bailar a la Milagros. La muchacha hizo un gestillo de enfado.

--A ver si me manchas el traje nuevo--murmuró, y se puso el pañuelo en la cintura.

--Si bailas con otro también te manchará--contestó Leandro humildemente.

La Milagros no hizo caso: bailaba cogiéndose la falda con una mano, contestando de una manera displicente y por monosílabos.

Concluyó el scottish, y Leandro invitó a la familia a ir al ambigú. A la derecha de la puerta había dos escalinatas adornadas, que conducían a otro solar a un nivel de seis o siete metros más alto del sitio donde se celebraba el baile. En una de las escaleras, llenas de banderas españolas, había un letrero, sostenido por un poste, donde ponía: «Subida al ambigú»; en la otra: «Bajada del ambigú».

Subieron todos la escalera. El ambigú era un sitio espacioso, con árboles, alumbrado por globos eléctricos, que colgaban de gruesos cables. Sentados a las mesas, una multitud abigarrada hablaba a gritos, palmoteaba y reía.

Tuvieron que esperar muchísimo tiempo para que un mozo trajese cerveza; la Milagros pidió un helado, y, como no había, no quiso tomar nada. Estuvo así, sin hablar, considerándose profundamente ofendida, hasta que se encontró con dos muchachas de su taller, se reunió con ellas y se le marchó el enfado al momento. Leandro, a la primera ocasión, abandonó al corrector, se reunió con Manuel y fué a buscar a su novia. En el solar próximo de la entrada, en el sitio del baile, paseaban, dando vueltas, las parejas en los momentos de descanso; las dos amigas de la Milagros y ésta, las tres agarradas del brazo, paseaban muy alegres, seguidas muy de cerca por tres hombres. Uno de ellos era un señorito achulapado, alto, de bigote rubio; el otro, un hombre bajito, de facha ordinaria, con el bigote pintado, la pechera y los dedos llenos de brillantes, y el tercero, un chulapón, con patillas de hacha, mezcla de gitano y tratante en ganados, con las trazas del más abyecto truhán.

Leandro, al notar la maniobra de los tres compadres, se interpuso entre las muchachas y sus galanteadores, y, volviéndose hacia ellos con impertinencia, dijo:

--¿Qué hay?

Los tres se hicieron los distraídos y se rezagaron.

--¿Quiénes son?--preguntó Manuel.

--Uno es el _Lechuguino_--dijo Leandro en voz alta para que le oyera su novia--, un tío que tiene lo menos cincuenta años y anda por ahí echándoselas de pollo; el bajito, del bigote pintado, es _Pepe el Federal_, y el otro, _Eusebio el Carnicero_, un hombre que es dueño de unas cuantas casas de compromiso.

El arranque fanfarrón de Leandro gustó a una de las muchachas, que se volvió a mirar al mozo y sonrió; pero a la Milagros no le hizo gracia ninguna, y, mirando hacia atrás, buscó repetidas veces con la mirada al grupo de los tres hombres.

En esto apareció el que Leandro había designado con el mote de _Lechuguino_, acompañando al corrector y a su mujer. Las tres muchachas se acercaron a ellos, y el _Lechuguino_ invitó a bailar a la Milagros. Leandro miró a su novia angustiosamente; ella, sin hacerle caso, se puso a bailar. Tocaban el paso doble de _El tambor de granaderos_. El _Lechuguino_ era un bailarín consumado; llevaba a su pareja como una pluma y le hablaba tan de cerca, que parecía que le estaba besando.

Leandro no sabía qué cara poner, sufría horriblemente; no se decidía a marcharse. Concluyó aquel baile, y el _Lechuguino_ acompañó a Milagros adonde estaba su madre.

--¡Vámonos! ¡Vámonos!--dijo Leandro a Manuel--. Si no, voy a hacer un disparate.

Salieron de allí escapados y entraron en un café cantante de la calle de la Encomienda. Estaba desierto. Dos chiquillas bailaron en un tablado: una vestida de maja, y otra de manolo.

Leandro, pensativo, no hablaba una palabra; Manuel sentía sueño.

--Vamos de aquí--murmuró Leandro, después de breve rato--. Esto está muy triste.

Salieron a la plaza del Progreso; Leandro, siempre cabizbajo y pensativo; Manuel, muerto de sueño.

--En el café de la Marina--dijo Leandro--habrá holgorio.

Más nos vale ir a casa--contestó Manuel.

Leandro, sin atenderle, bajó a la Puerta del Sol; entraron los dos muy silenciosos por la calle de la Montera y volvieron la esquina de la de Jardines. Era más de la una. Al paso las busconas, apostadas en los portales, con sus trajes claros, les detenían, y al ver el aspecto torvo de Leandro y la facha pobre de Manuel, les dejaban pasar, dándoles alguna broma por su seriedad.

A la mitad de la calle, estrecha y obscura, brillaba un farol rojo, que iluminaba la portada sórdida del café de la Marina.

Empujó la puerta Leandro y pasaron adentro. Enfrente, el tablado con cuatro o cinco espejos, relucía lleno de luz; en el local, angosto, la fila de mesas arrinconadas a una y otra pared no dejaban en medio mas que un pasillo.

Se sentaron Leandro y Manuel. Este apoyó la frente en la mano y quedó dormido; Leandro hizo una seña a dos _cantaoras_, vestidas con trajes vistosos, que hablaban con unas mujeres gordas, y las dos fueron a sentarse a la mesa.

--¿Qué vais a tomar?--las preguntó Leandro.

--Yo alpiste--contestó una de ellas, que era delgadita, nerviosa, con los ojos pequeños y pintados.

--¿Tú cómo te llamas?

--Yo, _María la Chivato_.

--¿Y ésta?

--_La Tarugo._

La _Tarugo_, que era una malagueña gorda y agitanada, se sentó al lado de Leandro, y se pusieron los dos a hablar bajo.

Se acercó el mozo a la mesa.

--Tráenos cuatro medias de aguardiente--dijo la _Chivato_--, porque éste beberá--añadió dirigiéndose a Manuel y agarrándole del brazo--. ¡Tú, chaval!

--¡Eh!--exclamó el muchacho, despertándose, sin tener idea de dónde estaba--. ¿Qué quiere usted?

La _Chivato_ se echó a reír.

--¡Despiértate, hombre, que se te va el tren! ¿Has venido en el mixto de esta tarde?

--He venido en la...--y Manuel soltó un rosario de barbaridades.

Luego, de muy malhumor, se puso a mirar a todos lados, haciendo esfuerzos para no dormirse.

En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca del cante y del baile flamenco con un bizco de cara de asesino.

--Ya no hay artistas--decía el chalán--; antes venía uno aquí a ver al _Pinto_, al _Canito_, a los _Feos_, a las _Macarronas_... Ahora, ¿qué? Ahora, _na_; pollos en vinagre.

--Me parece--decía muy serio el bizco.

--Ese es el _tocaor_--dijo, señalando a este último la _Chivato_.

No pararon mucho tiempo las dos _cantaoras_ en la mesa de Leandro y Manuel. El bizco estaba ya en el tablado; empezó a puntear la guitarra, se sentaron seis mujeres en fila y comenzaron a palmotear rítmicamente; la _Tarugo_ se levantó de su asiento y se arrancó a bailar de costado, luego zarandeó las caderas de una manera convulsiva; el _cantaor_ comenzó a gargarizar suavemente; a intervalos callaba y no se oía entonces más que el castañeteo de los dedos de la _Tarugo_ y los golpes de sus tacones, que llevaban el contrapunto.

Cuando concluyó la _cantaora_ malagueña, se levantó un gitano de piel achocolatada, y bailó un tango, un danzón de negro; se retorcía, echaba el abdomen para adelante y los brazos atrás. Terminó con movimientos de caderas afeminados y un trenzado complicadísimo de brazos y de piernas.

--Eso es trabajar--dijo el chalán.

--Mira, yo me voy--murmuró Manuel.

--Espera; vamos a tomar otra copa.

--No; me marcho.

-Bueno; vámonos. ¡Es lástima!

En aquel momento un _cantaor_ gordo, con una cerviz poderosa, y el guitarrista bizco de cara de asesino, se adelantaron al público, y mientras el uno rasgueaba la guitarra, poniendo de repente la mano sobre las cuerdas para detener el sonido, el otro, con la cara inyectada, las venas del cuello tensas y los ojos fuera de las órbitas, lanzaba una queja gutural, sin duda muy dificultosa, porque le hacía enrojecer hasta la frente.

CAPÍTULO VIII

LAS VACILACIONES DE LEANDRO.--EN LA TABERNA DE LA «BLASA».--EL DE LAS TRES CARTAS.--LUCHA CON EL «VALENCIA».

ALGUNAS noches Manuel oía a Leandro en su cuarto que se revolvía en la cama y suspiraba con unos suspiros tan profundos como los mugidos de un toro.

--Las cosas le van mal--pensaba Manuel.

La ruptura entre la Milagros y Leandro era definitiva. El _Lechuguino_, en cambio, ganaba terreno: había conquistado a la madre de la muchacha, convidaba al corrector y esperaba y acompañaba a la Milagros.

Un día, al anochecer, los vió Manuel a los dos, calle de Embajadores abajo: él iba contoneándose, con la capa terciada; ella, arrebujada en el mantón; el la hablaba y ella se reía.

--¿Qué va a hacer Leandro cuando lo sepa?--preguntó Manuel--. No, pues yo no se lo digo; ya se encargará alguna bruja de la vecindad de darle la noticia.

Efectivamente, así pasó; y antes de un mes nadie ignoraba en la casa que la Milagros era la novia del _Lechuguino_; que éste había abandonado la vida de juerga y de garito, y pensaba seguir con el negocio de su padre: la venta de materiales para construcciones, y establecerse y hacer la vida de una persona formal.

Mientras que Leandro trabajaba en la zapatería, el _Lechuguino_ solía visitar a la familia del corrector, y hablaba con la Milagros ya con el consentimiento de los padres.

Leandro era o aparentaba ser el único no enterado de las nuevas relaciones de la Milagros. Algunas mañanas, al pasar el mozo por delante de la casa del señor Zurro, para bajar al patio, solía encontrar a la Encarna, y ésta, al verle, le preguntaba con sorna por la Milagros, cuando no solía cantarle un tango, que empezaba diciendo:

De las grandes locuras que el hombre hace, no comete ninguna como casarse,

y especificando la locura y entrando en detalles, añadía a voz en grito:

Y por la mañana él va a la oficina, y ella queda en casa con algún vecino que es persona fina.

Leandro sentía el amargor que se deslizaba hasta el fondo de su alma, y por más que se revolvía para dominar sus instintos, no lograba tranquilizarse. Un sábado por la noche, mientras volvían por la Ronda hacia casa, Leandro se acercó a Manuel.

--¿Tú sabes si la Milagros habla con el _Lechuguino_?--le preguntó.

-¿Yo?

--¿No has oído decir que se van a casar?

--Sí; eso se ha dicho.

--¿Tú que harías en mi caso?

--Yo... me enteraría.

--¿Y si resultaba verdad?

Manuel se calló. Fueron andando juntos sin hablarse. De pronto Leandro se paró bruscamente, y puso la mano en el hombro de Manuel.

--¿Tú crees--dijo--que si una mujer le engaña a un hombre no tiene uno el derecho de matarla?

--Yo creo que no--contestó Manuel, mirando a Leandro a los ojos.

--Pues cuando un hombre tiene riñones lo hace con derecho o sin él.

--Pero ¡moler! ¿A ti te ha engañado la Milagros? ¿Estabas casado con ella? Habéis reñido, y nada más.

--Yo voy a concluir haciendo una barbaridad. Créelo--murmuró Leandro.

Se callaron los dos. Cruzaron el portal de la Corrala; subieron las escaleras y entraron en casa. Sacaron la cena; pero Leandro no comió, bebió tres vasos de agua seguidos y salió a la galería.

Iba a salir Manuel después de cenar, cuando oyó que Leandro le llamaba repetidas veces.

--¿Qué quieres?

--Anda, vamos.

Manuel salió al balcón corrido; la Milagros y su madre, desde la puerta de su casa, insultaban a Leandro violentamente.

--¡Golfo! ¡Granuja!--decía la mujer del corrector--. Si estuviera aquí su padre no hablarías de ese modo.

--Y si estuviera su abuelo lo mismo--exclamó Leandro, riéndose de un modo salvaje--. Anda, vámonos, tú--añadió dirigiéndose a Manuel--. Ya está uno harto de estas zorras.

Salieron los dos de la galería, y después del Corralón.

--Pero, ¿qué ha pasado?--preguntó Manuel.

--Nada, que esto se ha concluído--contestó Leandro--. La he dicho de buena manera: Oye, Milagros, ¿es verdad que te vas a casar con el _Lechuguino_? «Sí, es verdad, ¿te importa algo?» «Sí, la he contestado, porque ya sabes que yo te quiero. ¿Es porque es más rico que yo?» «Aunque fuera más pobre que una rata me casaba con él». «¡Bah!» «¿Es que no lo crees?» «Bueno». Al último me ha indignado, y la he dicho que me daba lo mismo que se casara con un perro, y que era una tía zorra indecente... Luego la madre ha salido a insultarme... Esto ya se ha concluído. Mejor. Los cosas claras. ¿Adónde vamos? ¿Vamos otra vez a las Injurias?

--¿Para qué?

--A ver si ese _Valencia_ se sigue poniendo moños conmigo.

Cruzaron la vía de circunvalación. Leandro, dando zancadas, se plantó en un momento en las Injurias. Manuel apenas podía seguirle.

Entraron en la taberna de la _Blasa_; los mismos hombres de la noche anterior jugaban al cané cerca de la estufa. De las mujeres, sólo estaban la _Paloma_ y la _Muerte_. Esta, completamente borracha, dormía sobre la mesa. La luz daba en su cara erisipelatosa y llena de costras; de la boca entreabierta, de labios hinchados, le fluía la saliva; la melena estoposa, gris, sucia y enmarañada le salía en mechones por debajo del pañuelo negro, verdoso y lleno de caspa; a pesar de los gritos y riñas de los jugadores, no pestañeaba; sólo de cuando en cuando lanzaba un ronquido prolongado, que, al comenzar, era sibilante, y que terminaba con un estertor ronco. A su lado la _Paloma_, acurrucada en el sucio al lado del _Valencia_, tenía un niño de tres o cuatro años en los brazos, un chiquillo delgaducho y pálido, que parpadeaba sin cesar, a quien daba a beber una copa de aguardiente.

Por delante del mostrador un hombre alto y flaco, con una gorrilla con un número dorado en la cabeza y una blusa azul, se paseaba melancólico; los brazos, a lo largo del cuerpo, como si no fueran suyos; las piernas, dobladas. Echaba un sorbo de una copa cuando se le ocurría; se limpiaba los labios con el dorso de la mano, y volvía a pasearse con indolencia. Era hermano de la mujer de la taberna.

Se sentaron Leandro y Manuel en la misma mesa donde estaban los jugadores. Leandro pidió vino, vació un vaso grande de un trago y suspiró varias veces.

--¡Cristo!--murmuró sordamente Leandro--. Que no se te ocurra entusiasmarte con una mujer. La más buena es tan venenosa como un sapo.

Después pareció calmarse; contempló los dibujos del tablero de la mesa: corazones heridos por una flecha, nombres de mujeres; sacó una navaja del bolsillo y se puso a grabar letras en la tabla.

Cuando se cansó convidó a uno de los jugadores a beber con él.

--Hombre, muchas gracias--replicó el otro--, estoy jugando.

--Bueno; pues deja usted el juego, y si no quiere usted no se le obliga. ¿Nadie quiere tomar una copa? Yo le convido.

--Se acepta--dijo un hombre alto, encorvado, de aire enfermizo, a quien llamaban el _Pastiri_--, levantándose y acercándose a Leandro.

Este pidió más vino, y se entretuvo en reír alto cuando alguno perdía y en apostar contra el _Valencia_.

El _Pastiri_ se aprovechaba, vaciando un vaso tras otro. Era el tal un borrachín, compadre del _Tabuenca_, que se dedicaba también a engañar a los incautos con juegos de ballestilla. Manuel le conocía de verle en la Ribera de Curtidores, Solía ejercer su arte en las afueras, jugando a las tres cartas. Colocaba tres naipes sobre una tablita; uno de éstos lo mostraba; luego cambiaba de lugar los otros dos muy despacio, dejando quieta la carta que había enseñado, y ponía encima de los tres naipes un palito, y apostaba a que no se indicaba cuál era la que había enseñado. Y no se daba con la carta nunca; tan bien preparado estaba el juego.

Una operación parecida a ésta solía realizar el _Pastiri_ con tres fichas de juego de damas, debajo de una de las cuales ponía una bolita de papel o miga de pan; apostaba a que no se decía debajo de cuál de las tres estaba la bolita, y si por casualidad alguno acertaba, la escamoteaba con la uña.

El _Pastiri_ aquella noche estaba repleto de alcohol y completamente afónico.

Manuel, que había bebido algo de más, sintió el principio del mareo, pensó en el modo de huir disimuladamente; pero, cuando se decidió, el hermano de la tabernera cerraba la puerta de la taberna.

Antes de que concluyese de hacerlo entró, por la media puerta que aun quedaba abierta, un hombre bajito, afeitado, vestido de negro, con una boina de visera, el pelo rizado y un aspecto de andrógino repugnante. Saludó afectuosamente a Leandro. Era un cordonero de la casa del tío Rilo, de fama sospechosa, a quien llamaban el _Besuguito_, por su cara de pez, y por mal mote, la _Tragabatallones_.

Bebió el cordonero un sorbo de una copa, de pie, y se puso a hablar con una voz gruesa, pero de mujer, una voz untuosa, desagradable, recalcando sus palabras con una porción de aspavientos y dengues.

No atajaba nadie su verbosidad. El mejor día--dijo--iban a quedar enterrados todos los que vivían en las Injurias, entre los escombros de la Fábrica del Gas.

--_Pa_ mí--añadió--que se debía terraplenar toda esta hondonada; en parte yo lo sentiría, porque tengo buenas amistades en este barrio.

--¡Ay!... Zape--dijo uno de los jugadores

--Sí, lo sentiría--siguió diciendo el _Besuguito_, sin hacer caso de la interrupción--; pero la verdad es que poco se iba a perder, porque, como dice Angelillo, el sereno del barrio, aquí no viven mas que los de la busca, randas y prostitutas.

--¡Cállate tú, _sarasa_! _¡Tragabatallones!_--gritó la tabernera--; este barrio es tan bueno como el tuyo.

--Y en eso no dejas de tener razón--replicó el _Besuguito_--; porque mira que el Portillo de Embajadores y las Peñuelas hay que verlos. _Na_, allí el sereno no ha conseguido que se cierren las puertas de noche. El las cierra, y las abren los vecinos. Porque como todos son de la busca... A mí me dan cada susto...

Se celebró entre algazara el susto del _Besuguito_, que siguió impertérrito con su charla insubstancial y redicha, adornada de consideraciones y recovecos. Manuel apoyó un brazo encima de la mesa, y con una mejilla sobre él quedó dormido.

--Pero tú, ¿por qué no bebes, _Pastiri_?--preguntó Leandro--. ¿Es que me desairas? ¿A mí?

--No, hombre; es que ya no puede pasar--contestó el de las tres cartas, con su voz desgarrada, llevando la mano abierta a la garganta. Luego, con una voz que parecía venir de un órgano roto, gritó:

--_¡Paloma!_

--¿Quién llama a esta mujer?--contestó inmediatamente el _Valencia_, levantando la mirada por entre el grupo de jugadores.

--Yo--contestó el _Pastiri_--. Que venga la _Paloma_.

--¡Ah!... ¿Eres tú? Pues no _pue_ ser--replicó el _Valencia_.

--He dicho que venga la _Paloma_--repuso el _Pastiri_, sin mirar al matón.

Este pareció no oír la frase. El de las tres cartas se levantó molestado por la descortesía, y dando en la manga al _Valencia_ con el revés de la mano, repitió su frase, recalcando palabra por palabra:

--He dicho que venga la _Paloma_, que esos amigos _quien_ hablar con esa señora.

--Pues yo te digo que no _pue_ ser--contestó el otro.

--Es que esos _cabayeros quien_ hablar con _eya_.

--Bueno... pues que me pidan a mí permiso.

El _Pastiri_ acercó su cara a la del matón, y mirándole a los ojos, gritó:

--¿Sabes, _Valencia_, que te estás poniendo más patoso que Dios?

--¡Mentira!--replicó el aludido, continuando tranquilamente su juego.

--¿Sabes que te voy a dar dos _trompás_?

--¡Mentira!

El _Pastiri_ se retiró un poco, con la torpeza de un borracho, y comenzó a buscar la navaja en el bolsillo interior de su chaqueta, entre las risas burlonas de todos. Entonces, de pronto, con una decisión repentina, Leandro se levantó con la cara inyectada de sangre, agarró al _Valencia_ por las solapas de la chaqueta, y lo zarandeó y le golpeó contra la pared rudamente.

Todos los jugadores se interpusieron: cayó la mesa y se armó un estrépito infernal de gritos y vociferaciones. Manuel se despertó despavorido. Se encontró en medio de una trapatiesta horrorosa; la mayoría de los jugadores, con el hermano de la tabernera a la cabeza, quería echar fuera a Leandro; pero éste apoyado en el mostrador, recibía a patadas a todo el que se le acercaba.

--Dejadnos solos--gritaba el _Valencia_ con los labios llenos de saliva y tratando de desasirse de los que lo sujetaban.

--Sí; dejadlos solos--dijo uno de los jugadores.

--Al que me agarre lo mato--exclamó el _Valencia_, y apareció armado con un cuchillo largo de cachas negras.

--Eso es--dijo Leandro con sorna--, que se vean los hombres.

--¡Ole!--gritó el _Pastiri_, entusiasmado con su voz ronca.

Leandro sacó del bolsillo interior de la americana una navaja larga y estrecha; todo el mundo se acercó a las paredes para dejar sitio a los contendientes. La _Paloma_ se desgañitaba gritando:

--¡Que te pierdes! ¡Que te pierdes!

--Llevad a esa mujer--gritó el _Valencia_ con voz trágica--. ¡Ea!--añadió, haciendo un molinete con su navaja--. Ahora veremos los hombres de riñones.

Avanzaron los dos rivales hasta el centro de la taberna, lanzándose furiosas miradas. El interés y el espanto sobrecogió a los espectadores.

El primero que atacó fué el _Valencia_, se inclinó hacia adelante, como si quisiera saber dónde le hería al contrario, se agachó, apuntó a la ingle y se lanzó sobre Leandro; pero viendo que éste le esperaba sin retroceder, tranquilo, dió un rápido salto hacia atrás. Luego volvió a los mismos ataques en falso, intentando sorprender al adversario con sus fintas, amagando al vientre y tratando de herirle en la cara; pero ante el brazo inmóvil de Leandro, que parecía querer ahorrar movimiento hasta tener el golpe seguro, el matón se desconcertó y retrocedió. Entonces avanzó Leandro. Se adelantaba el mozo con una sangre fría que daba miedo; se veía en su cara la resolución de clavar al _Valencia_. En la taberna reinaba un silencio angustioso, y sólo se oía el hipo de la _Paloma_ en el cuarto de al lado.

El _Valencia_ palideció de tal modo al comprender la decisión de Leandro, que su cara quedó azulada, los ojos se le dilataron y le castañetearon los dientes. Al primer envite retrocedió, pero quedó en guardia; luego el miedo pudo más que él y huyó, sin pensar ya en atacar, derribando los bancos, y Leandro, ciego, con una sonrisa de crueldad en los labios, le persiguió implacablemente.

El espectáculo era triste y penoso; todos los partidarios del matón comenzaban a mirarle con sorna.

--_Menúo_ canguelo _ties_, gachó--gritó el _Pastiri_--. Pareces un saltamontes. ¡Anda ahí, barbián! ¡Que te la _diñan_! Si no te retiras pronto te meten un palmo _jierro_ en el cuerpo.

Una de los golpes de Leandro rasgó la chaqueta del matón.

Entonces éste, poseído del mayor pánico, se refugió detrás del mostrador; los ojos desencajados reflejaban un terror espantoso.