La lucha por la vida: La busca
Part 6
Después, al caer de la tarde, el aire y la tierra quedaban grises, polvorientos; a lo lejos, cortando el horizontes, ondulaba la línea del campo árido, una línea ingenua, formada por la enarcadura suave de las lomas; una línea como la de los paisajes dibujados por los chicos, con sus casas aisladas y sus chimeneas humeantes. Sólo algunas arboledas verdes manchaban a trechos la llanura amarilla, tostada por el sol y bajo el cielo pálido, blanquecino, turbio por los vapores del calor; ni un grito, ni un leve ruido hendía el aire.
Transparentábase, al anochecer, la niebla, y el horizonte se alargaba hasta verse muy a lo lejos vagas siluetas de montañas no entrevistas de día, sobre el fondo rojo del crepúsculo.
Cuando en la zapatería dejaban el trabajo, solía ser ya de noche. Bajaban el señor Ignacio, Leandro, Manuel y Vidal a la ronda y volvían a casa.
Las luces de gas brillaban a largos trechos en el aire polvoriento; filas de carros pasaban con lentitud, y a lo largo de las rondas marchaban en cuadrillas los obreros de los talleres próximos.
Y constantemente, al ir y al venir, la conversación de Manuel y Vidal versaba sobre lo mismo: las mujeres, el dinero.
No tenía ninguno de los dos una idea romántica, ni mucho menos, de las mujeres. Para Manuel, una mujer era un animal magnífico, con la carne dura y el pecho turgente; Vidal no sentía este entusiasmo sexual; experimentaba por todas las mujeres un sentimiento confuso de desprecio, de curiosidad y preocupación.
En cuestión de dinero, los dos estaban conformes en que era lo más selecto y admirable; hablaba, sobre todo Vidal, del dinero con un entusiasmo feroz; pensar que pudiese haber algo, bueno o malo, que no se consiguiera con _jierro_, era para él el colmo de los absurdos. Manuel deseaba el dinero para correr el mundo y ver pueblos, y más pueblos, y andar en barco. Vidal soñaba con llevar la buena vida en Madrid.
A los dos o tres meses de estancia en el Corralón, Manuel se hallaba tan acostumbrado a su trabajo y a su vida, que no comprendía que pudiese hacer otra cosa. No le daban aquellas barriadas miserables la impresión de tristeza sombría y adusta que producen al que no está acostumbrado a vivir en ellas; al revés, se le antojaban llenas de atractivos. Conocía a casi toda la gente del barrio. Vidal y él se escapaban de casa con cualquier pretexto, y los domingos se reunían con el _Bizco_ en casa del Cabrero, y marchaban por los alrededores: a las Injurias, a las Cambroneras, a las ventas de Alcorcón, al Campamento y a los ventorros del camino de Andalucía, en donde se juntaban con merodeadores y randas, y jugaban con ellos al cané o a la rayuela.
A Manuel no le gustaba la compañía del _Bizco_; éste no quería reunirse mas que con ladrones. A Manuel y a Vidal constantemente los llevaba a sitios donde pululaban bandidos y tipos de mala traza, pero Manuel no se decidía a oponerse a lo que pensaba Vidal.
El lazo de unión entre Manuel y el _Bizco_ era Vidal. El _Bizco_ odiaba a Manuel y éste sentía odio y repugnancia por el _Bizco_ y no le ocultaba su repulsión. Era un bruto, una alimaña digna de exterminio. Lujurioso como un mono, había forzado algunas chiquillas de la casa del Cabrero a puñetazos; solía robar a su padre, un miserable tejedor de caña, dinero para ir a algún bajo prostíbulo de las Peñuelas o de la calle de la Chopa, en donde encontraba mujeronas pintarrajeadas, con la colilla en los labios, que a él le parecían princesas. Su cráneo estrecho, su mandíbula fuerte, su morro, la mirada torva, le daban un aspecto de brutalidad y animalidad repelentes. Hombre primitivo, afilaba su puñal, comprado en el Rastro, y lo guardaba como una cosa sagrada. Si cogía a algún gato o perro por su cuenta, lo mataba a pinchazos, gozando en martirizar al animal. Hablaba torpemente, rellenando sus frases con barbaridades y blasfemias.
No se sabe quién indujo al _Bizco_ a tatuarse los brazos, o si la idea se le ocurrió a él; probablemente el tatuaje, visto en alguno de los bandidos con quien se juntaba, le induciría a él a hacer lo mismo. Vidal le imitó, y los dos se dedicaron en una época a tatuarse con entusiasmo. Se pinchaban con un alfiler hasta hacerse un poco de sangre y después mojaban las heridas con tinta.
El _Bizco_ se pintó cruces, estrellas y nombres en el pecho; Vidal, a quien no le gustaba pincharse, puso su nombre en un brazo y el de su novia en el otro; Manuel no quiso marcarse, primeramente, porque le daba miedo la sangre, y además porque la idea se le había ocurrido al _Bizco_.
Sentían los dos, uno para el otro, una hostilidad sorda.
Manuel, siempre en acecho, se encontraba dispuesto a hacerle frente; el _Bizco_, sin duda, notaba el desprecio y el odio en los ojos de Manuel, y esto le confundía.
Para Manuel, la superioridad de un hombre estaba en el talento y, sobre todo, en la maña; para el _Bizco_, el valor y la fuerza constituían las únicas cualidades envidiables: el mérito mayor para él era ser muy bruto, como decía con entusiasmo.
Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y jorobado, barbero de oficio, solía afeitar al sol en la Ronda, cerca del Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos; gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto; en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el pantalón, también negro, tiraba a rojo.
Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo. Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla y a su lado el rótulo, un anuncio humorístico, cuya gracia, probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así:
BARBERÍA MODERNISTA
_Barbería Antisética._
_Pasar cabayeros, Reboyedo afeita y da dinero._
Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles; tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible.
Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo:
--Ese enano--decían--tiene en la cabeza un arca de Noé.
Rebolledo padre había construído para su uso particular una dentadura postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro, logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que tuviera qué, como decía él.
El hijo del enano, Perico de nombre, prometía ser más avispado aun que el padre. Entre las hambres que pasaba y las tercianas pertinaces, estaba flaco y de color de limón. No era contrahecho, como el padre, sino esbelto, delgado, con los ojos brillantes y los movimientos vivos y desordenados. Parecía, como suele decirse, un ratón debajo de una escudilla.
Una de las pruebas de su ingenio era un apagavelas mecánico que había construído con una caja de betún para limpiar las botas.
Sentía Perico un gran entusiasmo por las paredes blancas, y allí donde encontraba alguna dibujaba con carbón procesiones de hombres, mujeres, caballos y perros, casas echando humo, soldados, barcos en el mar, la lucha de los hombres flacos con los hombres gordos, y otros pasos igualmente divertidos.
La obra maestra de Perico en dibujo era el tríptico de Don Tancredo, pintado al carbón en la callejuela de entrada de la Corrala. La obra produjo la admiración y el asombro de todos los habitantes de la casa. La primera parte del tríptico representaba al valiente sugestionador de toros marchando a la plaza a caballo, en medio de un gran golpe de jinetes; la leyenda decía: «Don Tancredo _ba_ a los toros». En la segunda parte del tríptico, el _rey del valor_ estaba con su sombrero de tres picos, cruzado de brazos frente a la fiera; la leyenda cantaba: «Don Tancredo en su pedestal». Debajo del tercer dibujo se leía: «El toro _uye_»; y la representación de esta última escena era admirable; se veía escapar al toro como alma que lleva el diablo, por entre los toreros, a los cuales se les veía la nariz de perfil y al mismo tiempo la boca y los dos ojos de frente.
A pesar de sus triunfos, Perico Rebolledo no se envanecía ni se consideraba superior a los hombres de su época; su mayor placer era sentarse a lado de su padre en el patio de la Corrala, entre máquinas de reloj viejas, manojos de llaves y otra porción de cosas negras y descabaladas, y pensar y cavilar las aplicaciones de un cristal de unas gafas, por ejemplo, o de un braguero, o del cuerpo de bomba de una lavativa, o de cualquier otro trasto roto o descompuesto.
Padre e hijo pasaban la vida soñando maquinarias; para ellos no había nada inservible: la llave que no abre puerta alguna; la cafetera de viejo sistema, estrafalaria como un instrumento de física; el quinqué de aceite con máquina, todo se guardaba, se descomponía y se utilizaba. Rebolledo, padre e hijo, gastaban más ingenio para vivir miserablemente que el que emplean un par de docenas de autores cómicos, de periodistas y de ministros para vivir con esplendidez.
Amigos de Perico Rebolledo eran los Aristas, que luego intimaron con Manuel.
Los Aristas, dos hermanos, hijos de una planchadora, estaban de aprendices en una fundición de metales de la Ronda. El más pequeño de los dos se pasaba la vida en una continua cabriola, dando saltos mortales, encaramándose por los árboles, andando con los pies para arriba y haciendo flexiones en todos los montantes de las puertas.
El hermano mayor, un muchacho zanquilargo y tartamudo, a quien llamaban en broma el Aristón, era el chico más fúnebre del planeta; tenía una necromanía aguda; todo lo relacionado con ataúdes, muertos, capillas ardientes y cirios le entusiasmaba. Hubiera querido ser enterrador, cura de una sacramental, guarda de un cementerio; pero su sueño, lo que más le encantaba, era una funeraria; pensaba, como en un bello ideal, en las conversaciones que debía de tener el amo de una tienda de pompas fúnebres con el padre o con la viuda inconsolable, al ofrecerle coronas de siemprevivas, al ir a tomar las medidas a un muerto, al pasearse entre los ataúdes. Hacer cajas mortuorias de hombres, mujeres y chicos, y acompañarles luego al cementerio. Para el Aristón, las cosas relacionadas con la muerte eran las más importantes de la vida.
Por estos contrastes del destino, que casi siempre pone las etiquetas cambiadas a las cosas y a los hombres, el Aristón estaba de comparsa en un teatro del género chico, por consideración a su padre, que fué tramoyista, y el tal oficio le disgustaba, porque en el teatro adonde iba no se moría nadie en la escena, ni salía gente de luto, ni se lloraba. Y mientras el Aristón no pensaba mas que en cosas fúnebres, el otro hermano soñaba con circos y trapecios y volatineros, y esperaba que alguna vez la suerte le proporcionaría el medio de cultivar sus facultades de gimnasta.
CAPÍTULO V
LA TABERNA DE LA «BLASA»
LAS disputas frecuentes entre Leandro y su novia, la hija del _Corretor_, servían muy a menudo de comidilla a los inquilinos de la Corrala. Leandro era malhumorado y camorrista; se le despertaban los instintos brutales rápidamente; a pesar de que casi todos los sábados, por la noche, iba a las tabernas y cafetines dispuesto a armar broncas con matones y gente cruda, no le había sucedido hasta entonces ningún accidente desagradable. A su novia, en parte, le gustaba este valor; pero a la madre de la Milagros le producía verdadera indignación, y recomendaba a todas horas a su hija que diera a Leandro una despedida terminante.
La muchacha despedía a su novio; pero luego, al verle volver humilde y dispuesto a aceptar toda condición, se mostraba menos rigurosa.
Esta confianza en su fuerza hacía a la muchacha ser despótica, caprichosa y voluble; se divertía dando celos a Leandro; había llegado a un estado especial, mezcla de cariño y de odio, en el cual el cariño quedaba dentro y el odio fuera, manifestándose en una crueldad sañuda, en la satisfacción de mortificar constantemente a su novio.
--Un día lo que tú debías hacer--dijo el señor Ignacio a Leandro, indignado con las coqueterías de la muchacha--es cogerla en un rincón y allá hartarte..., y después darla una paliza y dejarla el cuerpo hecho una breva...; al día siguiente te seguía como un perro.
Leandro, tan valiente con los matones, al lado de su novia resultaba un doctrino; algunas veces pensó en el consejo de su padre; pero nunca hubiese tenido ánimos para llevarlo a cabo.
Un sábado por la tarde, después de una agria disputa con la Milagros, Leandro invitó a Manuel a dar una vuelta de noche en su compañía.
--¿Adónde iremos?--le preguntó Manuel.
--Al café de Naranjeros, o al cafetín de la Esgrima.
--Donde te parezca.
--Daremos una vuelta por esos _chabisques_ e iremos luego a la taberna de la _Blasa_.
--¿Va por ahí gente del bronce?
--Claro que va, de lo más granado.
--Entonces avisaré a don Roberto, a aquel señorito que me vino a buscar para ir a la Doctrina.
--Bueno.
--Después del trabajo fué Manuel a la casa de huéspedes y habló con Roberto.
--Pasar por el café de San Millán a eso de las nueve de la noche--dijo Roberto--; allí estaré yo con una prima mía.
--¿La va usted a llevar allá?--preguntó asombrado Manuel.
--Sí; es una mujer original, una pintora.
Manuel cenó en la Corrala y contó a Leandro lo que le había dicho Roberto.
--¿Y esa pintora es guapa?--pregunto Leandro.
--No sé; no la conozco.
--¡Maldita sea la...! Daría cualquier cosa porque viniera, hombre.
--Y yo.
Fueron ambos al café de San Millán, se sentaron y esperaron con impaciencia. A la hora indicada apareció Roberto con su prima, a la que llamó Fanny. Era ésta una mujer de treinta a cuarenta años, muy delgada, de mal color y de tipo varonil y distinguido; tenía algo de la belleza desgarbada de un caballo de carrera; la nariz corva, la mandíbula larga, las mejillas hundidas y los ojos grises y fríos. Vestía una chaqueta de tafetán verde obscuro, falda negra y un sombrero pequeño.
Leandro y Manuel la saludaron con gran timidez y torpeza; dieron la mano a Roberto, y hablaron.
--Mi prima--dijo Roberto--tiene gana de ver algo de la vida de estos pobres barrios.
--Pues cuando ustedes quieran--contestó Leandro--. Eso sí, les advierto a ustedes que hay mala gente por allá.
--¡Oh, yo voy prevenida!--dijo la dama con ligero acento extranjero, mostrando un revólver de pequeño calibre.
Pagó Roberto, a pesar de las protestas de Leandro, y salieron todos del café. Desembocaron en la plaza del Rastro, bajaron por la Ribera de Curtidores hasta la ronda de Toledo.
--Si quiere ver la señora la casa donde vivimos nosotros, es ésta--dijo Leandro.
Pasaron al interior del Corralón; un grupo de chiquillos y de viejas se les acercó, asombrados de ver a aquellas horas a una mujer con tan extrañas trazas, y acosaron a preguntas a Manuel y a Leandro. Este quería que supiese la Milagros como había estado allí con una dama, y fué acompañando a Fanny y enseñándola los cuchitriles del corralón.
--Aquí miseria es lo único que se ve--decía Leandro.
--¡Oh, sí, sí!--contestaba la dama.
--Ahora, si ustedes quieren, vamos a la taberna de la _Blasa_.
Salieron del Corralón hasta tomar el arroyo de Embajadores, y siguieron a lo largo de la empalizada negra de un lavadero. Hacía una noche obscura; empezaba a lloviznar. Tropezaron con la vía de circunvalación.
--Tengan ustedes cuidado--dijo Leandro--, que hay un alambre.
Le puso el pie encima. Cruzaron todos la vía y pasaron por delante de unas casas blancas hasta entrar en el barrio de las Injurias.
Se acercaron a una casita baja con un zócalo obscuro; una puerta de cristales rotos, empañados, compuestos con tiras de papel, iluminados por una luz pálida, daba acceso a esta casa. En la opaca claridad de la vidriera se destacaba a veces la sombra de alguna persona.
Abrió la puerta Leandro, y entraron todos. Un vaho caliente y cargado de humo les dió en la cara. Un quinqué de petróleo, colgado del techo, con una pantalla blanca, iluminaba la taberna, pequeña y de techo bajo.
Al entrar los cuatro, todos los concurrentes se les quedaron mirando con expresión de extrañera; hablaron entre ellos y después siguieron unos jugando, otros viendo jugar.
Fanny, Roberto, Leandro y Manuel se sentaron a la derecha de la puerta.
--¿Qué van a tomar?--dijo la mujer del mostrador.
--Cuatro quinces--contestó Leandro.
Llevó la mujer vasos en una bandeja sucia y los colocó en la mesa, Leandro sacó sesenta céntimos.
--Son a diez--dijo la mujer en tono malhumorado.
--¿Por qué?
--Porque esto es el extrarradio.
--Bueno; cobre usted lo que sea.
La mujer dejó veinte céntimos en la mesa y volvió al mostrador. Era ancha, tetuda, de obesidad enorme, con la cabeza metida entre los hombros, con cinco o seis papadas en el cuello; despachaba de cuando en cuando una copa, que cobraba de antemano, y hablaba poco, con displicencia, con un gesto invariable del malhumor.
Tenía aquel hipopótamo malhumorado al lado derecho un depósito de hoja de lata con su grifo para el aguardiente, y al izquierdo un frasco de peleón y un jarro desportillado con un embudo negro encima, adonde echaba el sobrante de las copas de vino.
La prima de Roberto sacó un frasco de esencias, lo ocultó en la mano cerrada, y de vez en cuando aspiraba las sales.
Al otro lado de donde estaban Roberto, Fanny, Leandro y Manuel, un corro de unos veinte hombres se amontonaban alrededor de una mesa jugando al cané.
Cerca de ellos, acurrucadas en el suelo, junto a la estufa, recostadas en la pared, se veían unas cuantas mujeres feas, desgreñadas, vestidas con corpiños y faldas haraposas, sujetas a la cintura por cuerdas.
--¿Qué son estas mujeres?--preguntó la pintora.
--Son golfas viejas--contestó Leandro--de esas que van al Botánico y a los desmontes.
Dos o tres de aquellas infelices llevaban en sus brazos niños de otras mujeres que iban a pasar allí la noche; algunas dormitaban con la colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente, y en su lugar un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer la cabeza de los hombros.
--¿Tú has visto las tinajas que hay aquí?--preguntó Leandro a Manuel--, Ven a verlas.
Se levantaron los dos y se acercaron al grupo de los jugadores. Uno de éstos interrumpía el paso.
--¿Hace usted el favor?--le dijo Leandro con marcada impertinencia.
El hombre separó la silla malhumorado. Las tinajas no ofrecían nada de particular; eran grandes, empotradas en la pared, pintadas de minio; cada una de ellas llevaba un letrero de la clase de vino que contenía y un grifo.
--Y ¿qué tiene esto de raro?--preguntó Manuel.
Leandro sonrió; volvieron a pasar por el mismo sitio, a molestar al jugador y a sentarse en la mesa.
Roberto y Fanny hablaban en inglés.
--Ese a quien hemos hecho levantar--dijo Leandro--es el baratero de esta taberna.
--¿Cómo se llama?--preguntó Fanny.
--El _Valencia_.
El aludido, que oyó su apodo, se volvió y contempló a Leandro; la mirada de los dos se cruzó un momento desafiadora; el _Valencia_ desvió los ojos y siguió jugando. Era hombre fuerte, corpulento, de unos cuarenta años, de cara juanetuda, pelo rojizo y expresión de sarcasmo desagradable. De vez en cuando echaba una mirada severa al grupo formado por Fanny, Roberto y los otros dos.
--Y ese _Valencia_, ¿quién es?--preguntó la dama en voz baja.
--Es esterero de oficio--contestó Leandro alzando la voz--, un gandul que saca las perras a los chavalejos de mal vivir; antes fué de los del pote, de esos que van a las casas los domingos, llaman, y si ven que no hay nadie, meten la palanqueta en la cerradura y crac... Pero ni para eso tenía alma, porque es más blanco que el papel.
--Sería curioso averiguar--dijo Roberto--hasta qué punto la miseria ha servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres.
--¿Y ese viejo de barba blanca que está a su lado?--preguntó Fanny.
--Ese es un apóstol de los que curan con agua; dicen que sabe mucho... Tiene una cruz en la lengua; pero creo que se la ha pintado él mismo.
--¿Y esa otra?
--Esa es la _Paloma_, la _gamberra_ del _Valencia_.
--¿Prostituta?--preguntó la dama.
--Desde hace lo menos cuarenta años--contestó Leandro riendo.
Todos contemplaron a la _Paloma_ con atención; tenía una cara enorme, blanda, con bolsas de piel violácea, una mirada tímida, de animal; representaba cuarenta años lo menos de prostitución, con sus enfermedades consiguientes; cuarenta años de noches pasadas en claro, rondando los cuarteles, durmiendo en cobertizos de las afueras, en las más nauseabundas casas de dormir.
Entre las mujeres había también una gitana, que de cuando en cuando se levantaba y cruzaba la taberna con un jacarandoso contoneo.
Pidió Leandro unas copas de aguardiente; pero era tan malo, que nadie lo pudo beber.
--Tú--dijo Leandro a la gitana, ofreciéndole la copa--. ¿Quieres?
--No.
La gitana puso sus manos sobre la mesa, unas manos cortas, rugosas, incrustadas en negro.
--¿Quiénes son estos _payos_?--preguntó a Leandro.
--Son amigos. ¿Quieres o no?--Y le volvió a ofrecer la copa.
--No.
Luego, con una voz aguda, gritó:
--Apóstol, ¿quieres una copa?
Se levantó del grupo de los jugadores el Apóstol. Estaba borracho y no podía andar; tenía los ojos viscosos, de animal descompuesto; se acercó a Leandro y tomó la copa, que tembló entre sus dedos; la acercó a los labios y la vació.
--¿Quieres más?--le dijo la gitana.
--Sí, sí--murmuró.
Luego se puso a hablar, enseñando los raigones de los dientes amarillos, sin que se le entendiera nada; bebió las otras copas, apoyó la mano en la frente, y despacio fué a un rincón, se arrodilló y se tendió en el suelo.
--¿Quieres que te la diga, princesa?--preguntó la gitana a Fanny, agarrándole la mano.
--No--replicó secamente la dama.
--¿No me darás unas perrillas para los _churumbeles_?
--No.
--_Escarriá_, ¿por qué no me das unas perrillas para los _churumbeles_?
--¿Qué son _churumbeles_?--preguntó la dama.
--Los hijos--contestó, riendo, Leandro.
--¿Tienes hijos?--le dijo Fanny a la gitana.
--Sí.
--¿Cuántos?
--Dos. Míralos aquí.
Y la gitana vino con un chiquitín, rubio, y una niña de cinco a seis años.
La dama acarició al chiquitín; luego sacó un duro de un portamonedas, y le dió a la gitana.
Esta comenzó a hacer aspavientos y zalamerías y a mostrar el duro a todos los de la taberna.
--Vamos--dijo Leandro--, sacar aquí un machacante de esos es peligroso.
Salieron los cuatro de la taberna.
--¿Quieren ustedes que demos una vuelta por el barrio?--preguntó Leandro.
--Sí; vamos--dijo la dama.
Recorrieron juntos las callejuelas de las Injurias.
--Tengan ustedes cuidado, que en medio va la alcantarilla--advirtió Manuel.
Seguía lloviendo; se internaron los cuatro en patios angostos, en donde se hundían los pies en el lodo infecto. Sólo algún farol de petróleo, sujeto en la pared de alguna tapia medio caída, brillaba en toda la extensión de la hondonada, negra de cieno.
--¿Volvemos ya?--preguntó Roberto.
--Sí--respondió la dama.