La lucha por la vida: La busca
Part 3
Luego, como acontecía casi siempre en las francachelas de la casa de huéspedes, un chusco se puso a darle a la caja de música del pasillo, y el «Gentil pastor» de _La Mascota_ y el vals de _La Diva_ brotaron confusos; el Superhombre y Celia dieron unas vueltas de vals y concluyeron cantando todos una habanera, hasta que se cansaron y se marchó cada mochuelo a su olivo.
CAPÍTULO IV
¡OH, EL AMOR, EL AMOR!--¿QUÉ HACE DON TELMO? ¿QUIÉN ES DON TELMO?--EN EL CUAL EL ESTUDIANTE Y DON TELMO TOMAN CIERTAS PROPORCIONES NOVELESCAS.
A la Baronesa apenas se la veía en casa, excepto en las primeras horas de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la patrona, era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía varios meses en el cuartucho infecto de una casa de pupilos barata.
La hija de la Baronesa, una niña de unos doce a catorce años, no se presentaba nunca en el comedor ni en el pasillo; su madre la prohibía toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el estudiante Roberto hablaba con ella algunas veces en inglés.
El muchacho miraba a la chiquilla con entusiasmo.
Aquel verano debió de terminar la mala racha de la Baronesa, porque comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa.
Durante unas semanas iban todos los días una costurera y una aprendiza con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate.
Manuel, una noche, vió pasar a la aprendiza de la costurera con una caja grande en la mano, y se sintió enamorado.
La siguió de lejos con gran miedo de que lo viera. Mientras iba tras ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una muchacha así, al acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer que estaba a su lado y torturaba su imaginación ideando frases y giros, y no se le ocurrían mas que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su caja se perdieron entre la gente y no volvió a verlas.
Fué para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una música encantadora, una fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína. En tanto que Manuel lamentaba los rigores del destino, Roberto, el estudiante rubio, se dedicaba también a la melancolía, pensando en la hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante, sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle de su habitual frialdad; pero Roberto no se ocupaba de ella.
Días después, un motivo de curiosidad agitó la casa.
Al volver de la calle los huéspedes, se saludaban en broma unos a otros, diciéndose, a manera de santo y seña: ¿Quién es don Telmo? ¿Qué hace don Telmo?
Un día estuvo el delegado de policía del distrito hablando en la casa con don Telmo, y alguien oyó o inventó que se ocuparon los dos del célebre crimen de la calle de Malasaña. La expectación entre los huéspedes al conocerse la noticia fué grande, y todos, entre burlas y veras, se pusieron de acuerdo para espiar al misterioso señor.
Don Telmo se llamaba el viejo cadavérico que limpiaba con la servilleta las copas y las cucharas, y su reserva predisponía a observarle. Callado, indiferente, sin terciar en las conversaciones, hombre de muy pocas palabras, que no se quejaba nunca, llamaba la atención por lo mismo que parecía empeñado en no llamarla.
Su única ocupación visible era dar cuerda a los siete u ocho relojes de la casa y arreglarlos cuando se descomponían, cosa que ocurría a cada paso.
Don Telmo tenía las trazas de un hombre profundamente entristecido, de un ser desgraciado; en su cara lívida se leía un abatimiento profundo. La barba y el pelo blancos los llevaba muy recortados; sus cejas caían como pinceles sobre los ojos grises.
En casa andaba envuelto en un gabán verdoso, con un gorro griego y zapatillas de paño. A la calle salía con una levita larga y un sombrero de copa muy alto, y sólo algunos días de verano sacaba un jipijapa habanero.
Durante más de un mes don Telmo fué el motivo de las conversaciones de la casa de huéspedes.
En el famoso proceso de la calle de Malasaña, una criada declaró que una tarde vió al hijo de doña Celsa en un aguaducho de la plaza de Oriente hablando con un viejo cojo. Para los huéspedes el tal hombre no podía ser otro que don Telmo. Con esta sospecha se dedicaron a espiar al viejo; pero él tenía buena nariz y lo notó al momento; viendo los huéspedes lo infructuoso de sus tentativas, trataron de registrarle el cuarto; ensayaron una porción de llaves hasta abrir la puerta, y se encontraron dentro con que no había mas que un armario con un cerrojo de seguridad formidable.
La vizcaína y Roberto, el estudiante rubio, rechazaron aquella campaña de espionaje. El Superhombre, el cura, los comisionistas y las mujeres de la casa inventaron que la vizcaína y el estudiante eran aliados de don Telmo, y, probablemente, cómplices en el crimen de la calle de Malasaña.
--Indudablemente--dijo el Superhombre--, don Telmo mató a doña Celsa Nebot; la vizcaína fué la que regó el cadáver con petróleo y le pegó fuego, y Roberto el que guardó las alhajas en la casa de la calle de Amaniel.
--¡Ese pájaro frito!--replicaba la Celia--. ¿Qué va hacer ése?
--Nada, nada; hay que seguirles la pista--dijo el cura.
--Y pedirle dinero al viejo Shylock--añadió el Superhombre.
Aquel espionaje, llevado entre bromas y veras, terminó en discusiones y disputas, y, a consecuencia de ellas, se formaron dos grupos en la casa: el de los sensatos, constituído por los tres criminales y la patrona, y el de los insensatos, en donde se alistaban todos los demás.
Esta limitación de campos hizo que Roberto y don Telmo intimaran, y que el estudiante cambiara de sitio en la mesa y se sentara junto al viejo.
Una noche, después de comer, mientras Manuel recogía de la mesa los cubiertos, los platos y copas, hablaban don Telmo y Roberto.
El estudiante era un razonador dogmático, seco, rectilíneo, que no se desviaba de su punto de vista nunca; hablaba poco, pero cuando lo hacía, era de un modo sentencioso.
Un día, discutiendo si los jóvenes debían o no ser ambiciosos y preocuparse del porvenir, Roberto aseguró que era lo primero que debía hacer uno.
--Pues usted no lo hace--dijo el Superhombre.
--Tengo el convencimiento absoluto--contestó Roberto--de que he de llegar a ser millonario. Estoy construyendo la máquina que me llenará de dinero.
El Superhombre, que se las echaba de mundano y de corrido, se permitió, al oír esto, una broma desdeñosa acerca de las facultades de Roberto, y éste le replicó de una manera tan violenta y tan agresiva, que el periodista se descompuso y balbuceó una porción de excusas.
Luego, cuando quedaron solos don Telmo y Roberto en la mesa, siguieron hablando, y del tema general de si los jóvenes debían o no ser ambiciosos, pasaron a tratar de las esperanzas que el estudiante tenía de llegar a ser millonario.
--Yo estoy convencido de que lo seré--dijo el muchacho--. En mi familia han abundado las personas de gran suerte.
--Eso está muy bien, Roberto--murmuró el viejo--; pero hay que saber cómo se hace uno rico.
--No crea usted que mi esperanza es ilusoria; yo tengo que heredar, y no poca cosa; tengo que heredar muchísimo... millones...; los cimientos de mi obra y el andamiaje están hechos; ahora el caso es que necesito dinero.
En el rostro de don Telmo se pintó una expresión de sorpresa desagradable.
--No tenga usted cuidado--replicó Roberto--, no se lo voy a pedir.
--Hijo mío, si yo tuviera se lo daría con mucho gusto y sin interés. A mí se me cree millonario.
--No; ya le digo a usted que no trato de sacarle ni un céntimo; lo único que le pediría a usted sería un consejo.
--Hable usted, hable usted; le escucho con verdadera atención--repuso el viejo, apoyando un codo en la mesa.
Manuel, que recogía el mantel, aguzó los oídos.
En aquel instante entró en el comedor uno de los comisionistas, y Roberto, que se preparaba a contar algo, se calló y contempló al intruso con impertinencia. Era un tipo aristocrático el del estudiante, de pelo rubio, espeso y peinado para arriba, bigote blanco, como si fuera de plata; la piel, algo curtida por el sol.
--¿No sigue usted?--le dijo don Telmo.
--No--replicó el estudiante, mirando al comisionista--, porque no quiero que nadie se entere de lo que yo hablo.
--Venga usted a mi cuarto--repuso don Telmo--; allí hablaremos tranquilamente. Tomaremos café en mi habitación. ¡Manuel!--dijo después--, vete por dos cafés.
Manuel, que tenía un gran interés en oír lo que contaba el estudiante, salió a la calle disparado. Tardó en volver con las cafeteras más de un cuarto de hora, con lo que supuso que Roberto habría terminado su narración.
Llamó en el cuarto de don Telmo y se preparó a tardar el mayor tiempo posible allí, para oír todo lo que pudiese de la conversación. Limpió el velador del cuarto de don Telmo con un paño.
--¿Y cómo averiguó usted eso--preguntaba don Telmo--si no lo sabía su familia?
--Pues de una manera casual--replicó el estudiante--. Hará dos años por esta época quise yo hacer un regalillo a una hermana, que es ahijada mía, y a quien le gusta mucho tocar el piano, y se me ocurrió, tres días antes de su santo, comprar dos óperas, encuadernarlas y enviárselas. Yo quería que encuadernasen el libro en seguida, pero en las tiendas donde entré me dijeron que no había tiempo; iba con mis óperas bajo el brazo por cerca de la plaza de las Descalzas, cuando veo en la pared trasera de un convento una tiendecilla muy pequeña de encuadernador, como una covachuela, con escaleras para bajar. Pregunto al hombre, un viejo encorvado, si quiere encuadernarme el libro en dos días, y me dice que sí. Bueno--le digo--, pues yo vendré dentro de dos días.--Se lo enviaré a usted; deme usted sus señas--. Le doy mis señas y me pregunta el nombre. Roberto Hasting y Núñez de Letona.--¿Es usted Núñez de Letona?--me pregunta, mirándome con curiosidad.--Sí, señor.--¿Es usted oriundo de la Rioja?--Sí, ¿y qué?--le digo yo, fastidiado con tanta pregunta--. Y el encuadernador, cuya mujer es Núñez de Letona y oriunda de la Rioja, me cuenta la historia ésta que le he dicho a usted. Yo, al principio, lo tomé a broma; luego, al cabo de algún tiempo, escribí a mi madre, y me contestó que sí, que recordaba algo de todo esto.
Don Telmo paró la vista en Manuel.
--¿Qué haces tú aquí?--le preguntó--. Anda fuera; no quiero que vayas contando después...
--Yo no cuento nada.
--Bueno, pues márchate.
Salió Manuel, y don Telmo y Roberto siguieron hablando. Los huéspedes interrogaron a Manuel, pero éste no quiso decir nada. Se había decidido por el bando de los sensatos.
Con esta amistad del viejo y el estudiante el servicio de espías siguió funcionando. Uno de los comisionistas averiguó que don Telmo celebraba contratos de retroventa y se dedicaba a prestar dinero sobre casas y muebles y a otros negocios usurarios.
Alguien le vió en una ropavejería del Rastro, que probablemente sería suya, y se inventó que en su cuarto guardaba monedas de oro y que de noche jugaba con ellas encima de la cama.
Se supo también que don Telmo iba a visitar con alguna frecuencia a una muchacha muy elegante y guapa, según unos querida suya, y, según otros, su sobrina.
Al siguiente domingo, Manuel sorprendió una conversación entre el viejo y el estudiante. En un cuarto obscuro había un montante que daba a la habitación de don Telmo, y desde allí se puso a oír.
--¿De manera que se niega a dar más datos?--preguntaba don Telmo.
--Se niega en absoluto--decía el estudiante--; y él me aseguró que el que no apareciera el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial era consecuencia de una falsificación; que esto lo mandó hacer un tal Shapfer, agente de Bandon, y que luego los curas se aprovecharon para apoderarse de unas capellanías. Yo tengo la certidumbre de que el pueblo en donde nació Fermín Núñez fué Arnedo o Autol.
Don Telmo contemplaba atentamente un pliego de papel grande: el árbol genealógico de la familia de Roberto.
--¿Qué camino cree usted que debía seguir?--preguntó el estudiante.
--Necesita usted dinero; pero ¡es tan difícil encontrarlo!--murmuró el viejo--. ¿Por qué no se casa usted?
--¿Y qué adelantaría?
--Con una mujer rica es lo que digo...
Aquí don Telmo se puso a hablar en voz baja, y tras breves palabras se despidieron los dos.
El espionaje de los huéspedes se hizo tan fastidioso para los espiados, que la vizcaína y don Telmo advirtieron a la patrona que se marchaban. La desolación de doña Casiana al saber su decisión fué grandísima; tuvo que recurrir varias veces al armario y dedicarse a los consuelos del líquido fabricado por ella.
Los huéspedes, con la fuga de la vizcaína y don Telmo, se encontraron tan chasqueados, que ni los líos de la Irene y la Celia, ni los cuentos del cura don Jacinto, que exageró la nota soez, bastaron para sacar de su mutismo a la gente.
El tenedor de libros, un hombre ictérico, de cara chupada y barba de judío de monumento, muy silencioso y tímido, que había roto a hablar intrigado por las cábalas ideadas y fantaseadas sobre la vida de don Telmo, se fué poniendo cada vez más amarillo de hipocondría.
La marcha de don Telmo la pagaron el estudiante y Manuel. Con el estudiante no se atrevían mas que a darle bromas acerca de su complicidad con el viejo y la vizcaína; a Manuel le chillaba todo el mundo, cuando no le daban algún puntapié.
Uno de los comisionistas, el enfermo del estómago, exasperado por el aburrimiento, el calor y las malas digestiones, no encontró otra distracción mas que insultar y reñir a Manuel mientras éste servía la mesa, viniera o no a cuento.
--¡Anda, ganguero!--le decía--. ¡Lástima de la comida que te dan! ¡Calamidad!
Esta cantinela, unida a otras del mismo género, comenzaba a fastidiar a Manuel. Un día el comisionista cargó la mano de insultos y de improperios sobre Manuel. Le habían enviado al chico por dos cafés, y tardaba mucho en venir con el servicio; precisamente aquel día no era suya la culpa de la tardanza, pues le hicieron esperar mucho.
--Te debían poner una albarda, ¡imbécil!--gritó el comisionista al verle entrar.
--No será usted el que me la ponga--le contestó de mala manera Manuel, colocando las tazas en la mesa.
--¿Que no? ¿Quieres verlo?
--Sí.
El comisionista se levantó y le pegó un puntapié a Manuel en una canilla, que le hizo ver las estrellas. Dió el muchacho un grito de dolor, y, furioso, agarrando un plato, se lo tiró a la cabeza del comisionista; éste se agachó; cruzó el proyectil el comedor, rompió un cristal de la ventana y cayó al patio, rompiéndose allí con estrépito. El comisionista cogió una de las cafeteras llenas de café con leche y se la tiró a Manuel, con tanto acierto, que le dió en la cara; bramó el chico, cegado por la ira y el café con leche, se lanzó sobre su enemigo, lo arrinconó, y se vengó de sus insultos y de sus golpes con una serie inacabable de puñetazos y patadas.
--¡Que me mata! ¡Que me mata!--chillaba el comisionista con unos gritos de mujer.
--¡Ladrón! ¡Morral!--vociferaba Manuel empleando el repertorio de insultos más escogido de la calle.
El Superhombre y el cura sujetaron por los brazos a Manuel, dejándole a merced del comisionista; éste trató de vengarse viendo al chico acorralado; pero cuando se disponía a pegarle, Manuel le dió una patada en el estómago que le hizo vomitar toda la comida.
Todos se pusieron en contra de Manuel; pero Roberto le defendió. El comisionista se marchó a su cuarto, llamó a la patrona y le dijo que no permanecería un momento en la casa mientras estuviera allí el hijo de la Petra.
La patrona, cuyo interés mayor era conservar el huésped, comunicó la decisión a su criada.
--Ya ves lo que has conseguido: ya no puedes estar aquí--dijo la Petra a su hijo.
--Bueno. Ese morral me las pagará--replicó el muchacho apretándose los chichones de la frente--. Le digo a usted que si le encuentro le voy a machacar los sesos.
--Te guardarás muy bien de decirle nada.
En este momento entró el estudiante en la cocina.
--Has hecho bien, Manuel--exclamó dirigiéndose a la Petra--. ¿A qué le insultaba ese mamarracho? Aquí todo dios tiene derecho a meterse con uno si no hace lo que los demás quieren. ¡Gentuza cobarde!
Al decir esto, Roberto se puso pálido de ira; luego se calmó y preguntó a la Petra:
--¿Adónde va usted a llevar ahora a Manuel?
--A una zapatería de un primo mío de la calle del Aguila.
--¿Está por barrios bajos?
--Sí.
--Algún día iré a verle.
Antes de acostarse Manuel, volvió a aparecer Roberto en la cocina.
--Oye--le dijo a Manuel--, si conoces algún sitio raro por barrios bajos donde haya mala gente, avísame: iré contigo.
--Le avisaré a usted, no tenga usted cuidado. Bueno. Hasta la vista. ¡Adiós!
Roberto le dió la mano a Manuel, y éste la estrechó muy agradecido.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
LA REGENERACIÓN DEL CALZADO Y EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA.--EL PRIMER DOMINGO.--UNA ESCAPATORIA. EL «BIZCO» Y SU CUADRILLA.
EL madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra obscura; vida refinada, casi europea, en el centro vida africana, de aduar, en los suburbios. Hace unos años, no muchos, cerca de la ronda de Segovia y del Campillo de Gil Imón, existía una casa de sospechoso aspecto y de no muy buena fama, a juzgar por el rumor público. El observador...
En este y otros párrafos de la misma calaña tenía yo alguna esperanza, porque daban a mi novela cierto aspecto fantasmagórico y misterioso; pero mis amigos me han convencido de que suprima los tales párrafos, porque dicen que en una novela parisiense estarán bien, pero en una madrileña, no; y añaden, además, que aquí nadie extravía, ni aun queriendo; ni hay observadores, ni casas de sospechoso aspecto, ni nada. Yo, resignado, he suprimido esos párrafos, por los cuales esperaba llegar algún día a la Academia Española, y sigo con mi cuento en un lenguaje más chabacano.
Sucedió, pues, que al día siguiente de la bronca en el comedor de la casa de huéspedes, la Petra, muy de mañana, despertó a Manuel y le mandó vestirse.
Recordó el muchacho la escena del día anterior; la comprobó, llevándose la mano a la frente, pues aun le dolían los chichones, y por el tono de su madre comprendió que persistía en su resolución de llevarle a la zapatería.
Luego que se hubo vestido Manuel salieron madre e hijo de casa y entraron en la buñolería a tomar una taza de café con leche. Bajaron después a la calle del Arenal, cruzaron la plaza de Oriente, y por el Viaducto, y luego por la calle del Rosario, siguiendo a lo largo de la pared de un cuartel, llegaron a unas alturas a cuyo pie pasaba la ronda de Segovia. Veíase desde allá arriba el campo amarillento que se extendía hasta Getafe y Villaverde, y los cementerios de San Isidro con sus tapias grises y sus cipreses negros.
De la ronda de Segovia, que recorrieron en corto trecho, subieron por la escalinata de la calle del Aguila, y en una casa que hacía esquina al Campillo de Gil Imón se detuvieron.
Había dos zapaterías, ambas cerradas, una enfrente de la otra; y la madre de Manuel, que no recordaba cuál de las dos era la de su pariente, preguntó en una taberna.
--La del señor Ignacio es la de la casa grande--contestó el tabernero--. Creo que el zapatero vino ya, pero aun no ha abierto el almacén.
Madre e hijo tuvieron que esperar a que abrieran. No era la casa aquélla pequeña ni de mal aspecto; pero parecía que tenía unas ganas atroces de caerse, porque ostentaba, aquí sí y allí también, desconchaduras, agujeros y toda clase de cicatrices. Tenía piso bajo y principal, balcones grandes y anchos con los barandados de hierro carcomidos por el orín, y los cristales, pequeños y verdes, sujetos con, listas de plomo.
En el piso bajo de la casa, en la parte que daba a la calle del Aguila, había una cochera, una carpintería, una taberna y la zapatería del pariente de la Petra. Este establecimiento tenía sobre la puerta de entrada un rótulo que decía:
«A LA REGENERACIÓN DEL CALZADO»
El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una prueba de lo extendida que estuvo en algunas épocas cierta idea de regeneración nacional, y no le asombrará que esa idea, que comenzó por querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española, concluyera en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios bajos, en donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el calzado.
Nosotros no negaremos la influencia de esa teoría regeneradora en el dueño del establecimiento _A la regeneración del calzado_; pero tenemos que señalar que este rótulo presuntuoso fué puesto en señal de desafío a la zapatería de enfrente, y también tenemos que dar fe de que había sido contestado por otro aun más presuntuoso.
Una mañana los de _A la regeneración del calzado_ se encontraron anonadados al ver el rótulo de la zapatería rival. Se trataba de una hermosa muestra de dos metros de larga, con este letrero:
«EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA»
Esto aun era tolerable; pero lo terrible, lo aniquilador, era la pintura que en medio ostentaba la muestra. Un hermoso león amarillo con cara de hombre y melena encrespada, puesto de pie, tenía entre las garras delanteras una bota, al parecer, de charol. Debajo de la pintura se leía lo siguiente: _La romperás, pero no la descoserás_.
Era un lema abrumador: ¡Un león (fiera) tratando de descoser la bota hecha por el León (zapatería), y sin poderlo conseguir! ¡Qué humillación para la fiera! ¡Qué triunfo para la zapatería! La fiera, en este caso, era _A la regeneración de calzado_, que había quedado, como suele decirse, a la altura del betún.
Además del rótulo de la tienda del señor Ignacio, en uno de los balcones de la casa grande había un busto de mujer, de cartón probablemente, y un letrero debajo: _Perfecta Ruiz; se peinan señoras_; a los lados del portal, en la pared, colgaban varios anuncios, indignos de llamar la atención del historiógrafo antes mencionado, y en los cuales se ofrecían cuartos baratos con cama y sin cama, memorialistas y costureras. Sólo un cartel, en donde estaban pegados horizontal, vertical y oblicuamente una porción de figurines recortados, merecía pasar a la historia por su laconismo; decía:
«MODA PARISIÉN. ESCORIHUELA, SASTRE»
Manuel, que no se había tomado el trabajo de leer todos estos rótulos, entró en la casa por una puertecilla que había al lado del portalón de la cochera, y siguió por un corredor hasta un patio muy sucio.
Cuando salió a la calle habían abierto la zapatería. La Petra y el chico entraron.
--¿No está el señor Ignacio?--preguntó ella.
--Ahora viene--contestó un muchacho que amontonaba zapatos viejos en el centro de la tienda.
--Dígale usted que está aquí su prima, la Petra.
Salió el señor Ignacio. Era un hombre de unos cuarenta a cincuenta años, seco y enjuto. Comenzaron a hablar la Petra y él, mientras el muchacho y un chiquillo seguían amontonando los zapatos viejos. Manuel les miraba, cuando el mozo le dijo:
--¡Anda, tú, ayuda!
Manuel hizo lo que ellos, y cuando terminaron los tres, esperaron a que cesaran de hablar la Petra y el señor Ignacio. La Petra contaba a su primo la última hazaña de Manuel, y el zapatero escuchaba sonriendo. El hombre no tenía trazas de mala persona; era rubio e imberbe; en su labio superior sólo nacían unos cuantos pelos azafranados. La tez amarilla, rugosa, los surcos profundos de su cara, el aire cansado, le daban aspecto de hombre débil. Hablaba con cierta vaguedad irónica.
--Te vas a quedar aquí--le dijo la Petra a Manuel.
--Bueno.
Este es un barbián--exclamó el señor Ignacio, riendo--; se conforma pronto.