La lucha por la vida: La busca
Part 15
Con la libertad de palabras que le caracterizaba, la Justa tenía conversaciones escabrosas; contaba a Manuel lo que la decían en la calle, las proposiciones que los hombres deslizaban en su oído y hablaba con gran delectación de compañeras de taller que habían perdido su flor de azahar en la Bombilla o en las Ventas con cualquier Tenorio de mostrador que se pasaba la vida atusándose el bigote delante del espejo de alguna perfumería o tienda de sedas.
Las frases de la Justa tenían siempre un doble sentido y eran, a veces, alusiones candentes. Su malicia y su coquetería chulesca y desgarrada creaba en derredor suyo una atmósfera de deseo.
Manuel sentía por ella un anhelo doloroso de posesión, mezclado con una gran tristeza y hasta con odio, al ver que la Justa se reía de él.
Muchas veces, al verla llegar, Manuel se juraba a sí mismo no hablarla, ni mirarla, ni decirla nada y entonces ella le buscaba y le sonreía y le provocaba haciéndole señas y dándole con el pie.
Era la Justa de una desigualdad de carácter perturbadora. Unas veces, al verla asida por Manuel de la cintura y sentada en sus rodillas, se dejaba abrazar y besar; otras, en cambio, sólo porque se le acercaba y le tomaba la mano, le soltaba una bofetada que le dejaba aturdido.
--Y vuelve por otra--añadía, al parecer incomodada.
Manuel sentía ganas de llorar de ira y de rabia, y se tenía que contener para no preguntarle con una lógica infantil: «¿Por qué la otra tarde dejaste que te besara?» Pero luego pensaba en la ridiculez de una pregunta así hecha.
La Justa iba sintiendo cierto cariño por Manuel, pero un cariño de hermana o de amiga; como novio, como pretendiente, no le parecía bastante para tomarle en serio.
Aquel flirteo, que fué para la Justa como un simulacro de amor, constituyó para Manuel un doloroso despertar de la pubertad. Sentía vértigos de lujuria, que terminaban en una atonía y en un aplanamiento mortales. Y entonces echaba a andar de prisa con el paso irregular de un atáxico; muchas veces, al atravesar el pinar del Canal, le entraban deseos de dejarse ahogar en el río; pero el agua sucia y negra no invitaba a sumergirse en ella.
En estas rachas de lujuria era cuando le acometían con más fuerza los pensamientos negros y tristes, la idea de la inutilidad de su vida, de la seguridad de un destino adverso, y al pensar en la existencia de abandonado que se le preparaba, sentía su alma llena de amargura y los sollozos le subían a la garganta...
Un domingo de invierno, la Justa, que había tomado la costumbre de ir todos los días de fiesta a casa de sus padres, dejó de aparecer por allá; Manuel supuso si la causa de esto sería el mal tiempo, y pasó toda la semana intranquilo y nervioso, contando los días que faltaban para ver a la Justa.
Al domingo siguiente, Manuel se apostó en la esquina del paseo de los Pontones a esperar que pasara la muchacha, y al verla de lejos le dió un vuelco el corazón. Venía acompañada por un joven elegante, medio torero, medio señorito, con sombrero cordobés y capa azul llena de bordados. Al final del paseo se despidió la Justa del que la acompañaba.
Al otro domingo, la Justa se presentó en casa de su padre con una amiga y el joven de la capa bordada, y presentó a éste al señor Custodio. Dijo después que era hijo de un carnicero de la Corredera Alta y muy rico, hermano de una muchacha del taller, y a su madre la Justa le confesó, alborozada, que el muchacho le había pedido relaciones. Aquella frase de pedir relaciones, que lo dicen relamiéndose, desde la princesa altiva hasta la portera humilde, encantó a la mujer del trapero, mayormente tratándose de un muchacho rico.
El hijo del carnicero fué considerado en casa del señor Custodio como prototipo de todas las perfecciones y bellezas; Manuel únicamente protestaba y fulminaba sobre el _Carnicerín_, como le denominó desde el primer momento con desprecio, miradas asesinas.
Los sufrimientos de Manuel al comprender que la Justa admitía con entusiasmo como novio al hijo del carnicero fueron crueles; ya no la melancolía, la ira y la desesperación más rabiosa agitaban su alma.
Eran también demasiadas ventajas las de aquel mozo: alto, gallardo, esbelto, de naciente y rubio bigote, bien vestido, con los dedos llenos de sortijas, bailarín consumado y guitarrista hábil; tenía casi el derecho de estar tan satisfecho de su persona como lo estaba.
--¿Cómo no notará esa mujer--pensaba Manuel--que ese tipo no se quiere mas que a sí mismo? En cambio yo...
Solía haber los domingos baile en una explanada próxima a la ronda de Segovia, y el señor Custodio, con su mujer, la Justa y su novio, iban allí. A Manuel le dejaban guardando la casa, pero algunas veces se escapó para ver el baile.
Cuando vió a la Justa bailando con el _Carnicerín_ le dieron ganas de ahogarles a los dos.
Luego el novio era de una petulancia extraordinaria; cuando bailaba se contoneaba y parecía que iba jaleándose y piropeándose a sí mismo y que guardaba en el ritmo del baile algo tan precioso, que un movimiento de abandono podría echarlo todo a perder. Ni aun para decir misa, lo hubiera hecho con tanta ceremonia.
Como es natural, un conocimiento tan completo de la ciencia del baile, unido a la conciencia de su superioridad, le daban al _Carnicerín_ un admirable aplomo. Era él quien se dejaba conquistar indolentemente por la Justa, que estaba frenética. Al bailar se le echaba encima, sus ojos brillaban y le temblaban las alas de la nariz; parecía que le quería sujetar, tragar, devorar. No separaba la vista de él, y si le veía con otra mujer se alteraba su rostro rápidamente.
Una de las tardes, el _Carnicerín_ hablaba con un amigo suyo. Manuel se acercó a oír la conversación.
--¿Es aquélla?--le preguntaba el amigo.
--Sí.
--Gachó, como está de _colá_ contigo.
Y el _Carnicerín_, con una sonrisa petulante, añadió:
--La tengo _chalá_.
Manuel en aquel momento le hubiera arrancado el corazón.
La decepción amorosa hizo que Manuel pensara en abandonar la casa del señor Custodio.
Un día se encontró cerca del puente de Segovia con el _Bizco_ y otro golfo que le acompañaba.
Iban los dos desharrapados; el _Bizco_ tenía un aspecto más ceñudo y brutal que nunca; llevaba una chaqueta vieja, por entre cuyos agujeros se veía la piel negruzca; los dos marchaban, según le dijeron, al cruce del camino de Aravaca con la carretera de Extremadura, a un rincón que llamaban el Confesonario. Allí pensaban reunirse con el _Cura_ y el _Hospiciano_ para asaltar una casa.
--Anda, ¿vienes?--le dijo irónicamente el _Bizco_.
--Yo, no.
--¿Dónde estás ahora?
--En una casa... trabajando.
--¡Valiente panoli! Anda, vente con nosotros.
--No, no puede ser... Oye, ¿y Vidal? ¿No le has vuelto a ver?
El rostro del _Bizco_ quedó más ceñudo.
--Ya me las pagará ese charrán. No se escapa sin que yo le pinte un chirlo en la cara... Pero, ¿vienes o no?
--No.
Las ideas del señor Custodio habían influído en Manuel fuertemente; pero, como a pesar de esto sus instintos aventureros le persistían, pensaba marcharse a América, en hacerse marinero, en alguna cosa por el estilo.
CAPÍTULO VIII
LA PLAZA.--UNA BODA EN LA BOMBILLA.--LAS CALDERAS DEL ASFALTO.
EL noviazgo del _Carnicerín_ y de la Justa se formalizaba; el señor Custodio y su mujer se bañaban en agua de rosas, y únicamente Manuel creía que el matrimonio, al fin, no se realizaría.
El _Carnicerín_ era demasiado estirado y señorito para casarse con la hija de un trapero; Manuel pensaba que iba a ver si se aprovechaba de la ocasión; pero nada autorizaba por el momento estas malévolas suposiciones.
El _Carnicerín_ se mostraba generoso y tenía delicados obsequios para los padres de su novia.
Un día de verano convidó a toda la familia y a Manuel a una corrida de toros. La Justa se puso muy elegante y bonita para ir con su novio. El señor Custodio llevaba las prendas de toda gala: el sombrero hongo nuevo, nuevo aunque tenía más de treinta años; su chaqueta de pana forrada, excelente para las regiones boreales, y un bastón con puño de cuerno comprado en el Rastro; la mujer del trapero llevaba un traje antiguo y un pañuelo alfombrado, y Manuel estaba ridículo con un sombrero sacado del almacén, que le salía un palmo por delante de los ojos, un traje de invierno que le sofocaba y unas botas estrechas.
Detrás de la Justa y del _Carnicerín_, el señor Custodio, su mujer y Manuel llamaban la atención de la gente, que se reía al verlos.
La Justa se volvía a mirarlos y sonreía. Manuel iba furioso, sofocado; el sombrero le apretaba en la frente y le dolían los pies.
Salieron a la calle de Toledo y llegaron en el tranvía a la Puerta del Sol; allí subieron a un ómnibus, que los llevó a la plaza de toros.
Entraron, y, dirigidos por el _Carnicerín_, se colocaron cada uno en su sitio. Había empezado la corrida; la plaza estaba llena. Se veían todas las gradas y tendidos ocupados por una masa negra de gente.
Manuel miró al redondel; iban a matar al toro cerca de la barrera, a muy poca distancia de donde ellos estaban. El pobre animal, ya medio muerto, andaba despacio, seguido de tres o cuatro toreros y del matador, que, encorvado hacia adelante, con la muleta en una mano y la espada en la otra, marchaba tras de él. Tenía el matador un miedo horrible; se ponía enfrente del toro, tanteaba dónde le había de pinchar, y al menor movimiento de la bestia, se preparaba para correr. Luego, si el toro se quedaba quieto, le daba un pinchazo; después, otro pinchazo, y el animal bajaba la cabeza y, con la lengua fuera, chorreando sangre, miraba con ojos tristes de moribundo. Tras de mucho bregar el matador, le clavó la espada más, y lo mató.
Aplaudió la gente y comenzó a tocar la música. El lance le pareció bastante desagradable a Manuel; pero esperó con ansiedad. Salieron las mulillas y arrastraron al toro muerto.
Al poco rato cesó la música y salió otro toro. Los picadores se quedaron cerca de las vallas, los toreros se aventuraban un poco, daban un capotazo y echaban a correr en seguida.
No era aquello, ni mucho menos, lo que Manuel se figuraba, lo visto por él en los cromos de _La Lidia_. El creía que los toreros, a fuerza de arte, andarían jugando con el toro, y no había nada de aquello; encomendaban su salvación a las piernas, como todo el mundo.
Después de los capotazos de los toreros, dos monosabios empezaron a golpear con unas varas al caballo de un picador, hasta hacerle avanzar al medio. Manuel vió al caballo de cerca, era blanco, grande, huesudo, con un aspecto tristísimo. Los monosabios acercaron al caballo al toro. Este, de pronto, se acercó; el picador le aplicó la punta de su lanza, el toro embistió y levantó el caballo en el aire. Cayó el jinete al suelo, y lo cogieron en seguida; el caballo trató de levantarse, con todos los intestinos sangrientos fuera, pisó sus entrañas con los cascos y, agitando las piernas, cayó convulsivamente al suelo.
Manuel se levantó pálido.
Un monosabio se acercó al caballo, que seguía estremeciéndose; el animal levantó la cabeza como para pedir auxilio; entonces, el hombre le dió un cachetazo y lo dejó muerto.
--Yo me voy. Esto es una porquería--dijo Manuel al señor Custodio--; pero no era fácil salir de allí en aquel momento.
--Al muchacho--dijo el trapero a su mujer--no le gusta.
La Justa, que se enteró, se echó a reír.
Manuel esperó la muerte del toro mirando al suelo; volvieron a salir las mulillas, y al arrastrar el caballo quedaron todos los intestinos en el suelo, y un monosabio los llevó con un rastrillo.
--Mira, mira el mondongo--dijo, riendo, la Justa.
Manuel, sin decir nada ni hacer caso de observaciones, salió del tendido. Bajó a unas galerías grandes, llenas de urinarios que olían mal, y anduvo buscando la puerta, sin encontrarla.
Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.
Él suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que acababa de ver; pensaba que se advertiría siempre el dominio del hombre sobre la fiera, que las estocadas serían como rayos y que en todos los momentos de la lidia habría algo interesante y sugestivo; y en vez de un espectáculo como él soñaba, en vez de una apoteosis sangrienta del valor y de la fuerza, veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de intestinos; una fiesta en donde no se notaba mas que el miedo del torero y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de aquel miedo.
Aquello no podía gustar--pensó Manuel--mas que a gente como el _Carnicerín_, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes.
Al llegar a casa, Manuel arrojó de sí con rabia el sombrero y las botas y el traje con el cual había ido a la plaza tan ridículo...
Se comentó mucho por el señor Custodio y su mujer la indignación de Manuel, y a él mismo le produjo cierto asombro; comprendía que no le hubiera gustado; lo que le chocaba es que le produjese tanta ira y tanta rabia.
Pasó el verano; la Justa comenzó a hacer los preparativos para la boda, Manuel mientras tanto proyectaba marcharse de casa del señor Custodio y salir de Madrid, ¿Adónde? No lo sabía; cuanto más lejos, mejor, pensaba.
En el mes de noviembre se celebró la boda de una compañera del taller de la Justa, en la Bombilla. No podían ir el señor Custodio y su mujer, y Manuel acompañó a la Justa.
Vivía la novia en la ronda de Toledo, y su casa era el punto de partida de los invitados.
A la puerta esperaba un ómnibus grande, en donde cabían una infinidad de personas.
Subieron todos los invitados; la Justa y Manuel se acomodaron en la imperial del coche y esperaron un rato. Se presentaron los novios rodeados de una nube de chiquillos que gritaban; él tenía facha de hortera; ella, esmirriada y fea, parecía una mona; los padrinos iban detrás, y en el grupo de éstos, una vieja gorda, chata, bizca, de pelo blanco, con una rosa roja en la cabeza y una guitarra en la mano, avanzaba con aire flamenco.
--¡Viva la novia! ¡Vivan los padrinos!--gritó la bizca; contestaron todos sin gran entusiasmo y echó andar el coche en medio de la algarabía y las voces de unos y de otros. En el camino fueron todos chillando y cantando.
Manuel, al no ver al _Carnicerín_ allí, no se atrevía a alegrarse, pensando que estaría ya en los Viveros.
La mañana era hermosa, húmeda; los árboles, de color de cobre, iban desprendiéndose de sus hojas secas, a impulso de las ráfagas suaves de viento; surcaba el cielo pálido nubes blancas, la carretera brillaba por la humedad, a lo lejos en el campo ardían montones de hojas, y las humaredas espesas corrían rasando la tierra.
Se detuvo el coche en una de las fondas de los Viveros; bajaron todos del ómnibus, y se reprodujeron los gritos y el clamoreo. El _Carnicerín_ no estaba allí, pero se presentó poco después, y en la mesa se colocó al lado de la Justa.
A Manuel le pareció el día odioso; hubo momentos en que sintió ganas de llorar. Pasó toda la tarde desesperado en un rincón, viendo cómo bailaba la Justa con su novio al compás de las notas de un organillo.
Al anochecer, Manuel se acercó a la Justa y, con gravedad cómica, la dijo bruscamente:
--Vamos, tú--y viendo que no le hacía caso, añadió--. Oye, Justa, vamos a casa.
--Anda ¡Déjame a mí en paz!--replicó ella con malos modos.
--Es que tu padre ha dicho que para la noche estés en casa. Anda, vamos.
--Oye, niño--dijo el _Carnicerín_ con pausa--. ¿A ti quién te da vela en este entierro?
--A mí me han encargado...
--Bueno; pues tú te callas. ¿Sabes?
--No me da la gana.
--Te haré callar yo calentándote las orejas.
--¿Usted a mí?... Si usted lo que es es un morral, un ladrón--y Manuel se echó sobre el _Carnicerín_; pero uno de los amigos de éste le soltó un garrotazo en la cabeza que lo dejó atontado. Trató el muchacho de volver a acometer al hijo del carnicero; dos o tres invitados le empujaron y lo zarandearon hasta ponerle en la carretera a la puerta de la fonda.
--¡Hambrón!... Golfo--gritaba Manuel.
--Expresiones en casa--le dijo una de las amigas de la Justa con sorna--y _canalla novedá_.
Manuel, avergonzado y sediento de venganza, medio aturdido aún con el golpe, se tapó la cara con la boina y fué andando por el camino llorando de rabia. Al poco tiempo sintió alguien que se le acercaba corriendo tras él.
--Manuel, Manolillo--le dijo la Justa con voz cariñosa y burlona--, ¿qué tienes?
Manuel respiró fuerte y se le escapó un largo sollozo de dolor.
--¿Qué tienes? Anda; vuelve. Iremos juntos.
--No, no; déjame.
Luego no supo qué resolución tomar, y sin hablar más echó a correr camino de Madrid.
La carrera secó sus lágrimas y reanimó sus iras. Estaba dispuesto a no volver a casa del señor Custodio, aunque se muriera de hambre.
La ira le subía en oleadas a la garganta, sentía un furor negro, vagas ideas de acometer, de destruir todo, de echar todas las cosas al suelo y despanzurrar a todos los hombres.
El le prometía al _Carnicerín_ que, si alguna vez le encontraba a solas, le echaría las zarpas al cuello hasta estrangularle, le abriría en canal como a los cerdos y le colgaría con la cabeza para abajo y un palo entre las costillas y otro en las tripas, y le pondría, además, en la boca una taza de hoja de lata, para que gotease allí su maldita sangre de cochino.
Y luego generalizaba su odio y pensaba que la sociedad entera se ponía en contra de él y no trataba mas que de martirizarle y de negarle todo.
Pues bien; él se pondría en contra de la sociedad, se reuniría con el _Bizco_ y asesinaría a diestro y siniestro, y cuando, cansado de hacer crímenes, le llevaran al patíbulo, miraría desde allí al pueblo con desprecio y moriría con un supremo gesto de odio y de desdén.
Mientras barajaba en la cabeza todas estas ideas de exterminio, iba obscureciendo. Manuel subió a la plaza de Oriente, y de aquí siguió por la calle del Arenal.
Estaban asfaltando un trozo de la Puerta del Sol; diez o doce hornillos puestos en hilera vomitaban por sus chimeneas un humo espeso y acre. Todavía las luces blancas de los arcos voltaicos no habían iluminado la plaza; las siluetas de unos cuantos hombres que removían la masa de asfalto en las calderas con largos palos, se agitaban diabólicamente ante las bocas inflamadas de los hornillos.
Manuel se acercó a una de las calderas y oyó que le llamaban. Era el _Bizco_; se hallaba sentado sobre unos adoquines.
--¿Qué hacéis aquí?--le preguntó Manuel.
--Nos han derribado las cuevas de la Montaña--dijo el _Bizco_--, y hace frío. Y tú, ¿qué? ¿Has dejado la casa?
--Sí.
--Anda, siéntate.
Manuel se sentó y se recostó en una barrica de asfalto.
En los escaparates y en los balcones de las casas iban brillando luces; llegaban los tranvías suavemente, como si fueran barcos, con sus faroles amarillos, verdes y rojos; sonaban sus timbres, y corrían por la Puerta del Sol, trazando elegantes círculos. Cruzaban coches, caballos, carros, gritaban los vendedores ambulantes en las aceras, había una baraúnda ensordecedora... Al final de una calle, sobre el resplandor cobrizo del crepúsculo, se recortaba la silueta aguda de un campanario.
--Y a Vidal, ¿no lo ves?--preguntó Manuel.
--No. Oye: ¿tú tienes dinero?--dijo el _Bizco_.
--Veinte o treinta céntimos nada más.
--¿Vamos por una libreta?
--Bueno.
Compró Manuel un panecillo, que dió al _Bizco_, y los dos tomaron una copa de aguardiente en una taberna. Anduvieron después correteando por las calles, y a las once, próximamente, volvieron a la Puerta del Sol.
Alrededor de las calderas del asfalto se habían amontonado grupos de hombres y de chiquillos astrosos; dormían algunos con la cabeza apoyada en el hornillo, como si fueran a embestir contra él. Los chicos hablaban y gritaban, y se reían de los espectadores que se acercaban con curiosidad a mirarles.
--Dormimos como en campaña--decía uno de los golfos.
--Ahora no vendría mal--agregaba otro--pasarse a dar una vuelta por la Plaza Mayor, a ver si nos daban una libra de jamón.
--Tiene trichina.
--Cuidado con el colchón de muelles--vociferaba uno chato, que andaba con una varita dando en las piernas de los que dormían--. ¡Eh, tú, que estás estropeando las sábanas!
Al lado de Manuel, un chiquillo raquítico, de labios belfos y ojos ribeteados, con uno de los pies envuelto en trapos sucios, lloraba y gimoteaba; Manuel, absorto en sus ideas, no se había fijado en él.
--Pues no berreas tú poco--le dijo al enfermo un muchacho que estaba tendido en el suelo, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada en una piedra.
--Es que me duele mucho.
--Pues, amolarse. Ahórcate.
Manuel creyó oír la voz del _Carnicerín_, y miró al que hablaba. Con la gorra puesta sobre los ojos, no se le veía la cara.
--¿Quién es ése?--preguntó Manuel al _Bizco_.
--Es el capitán de los de la Montaña: el _Intérprete_.
--¿Y por qué le habla así a ese chico?
--El _Bizco_ se encogió de hombros con un ademán de indiferencia.
--¿Qué te pasa?--le preguntó Manuel al chiquillo.
--Tengo una llaga en un pie--contestó el otro, volviendo a llorar.
--Te callarás--interrumpió el _Intérprete_ soltando una patada al enfermo, el cual pudo esquivar el golpe--. Vete a contar eso a la perra de tu madre... ¡Moler! No se puede dormir aquí.
--Amolarse--gritó Manuel.
--Eso ¿a quién se lo dices?--preguntó el _Intérprete_, echando la gorra hacia atrás y mostrando su cara brutal de nariz chata y pómulos salientes.
--A ti te lo digo ¡ladrón! ¡cobarde!
El _Intérprete_ se levantó y marchó contra Manuel; éste, en un arrebato de ira, le agarró del cuello con las dos manos, le dió con el talón derecho un golpe en la pierna, le hizo perder el equilibrio y le tumbó en la tierra. Allí le golpeó violentamente. El _Intérprete_, más forzudo que Manuel, logró levantarse; pero había perdido la fuerza moral, y Manuel estaba enardecido y volvió a tumbarle, e iba a darle con un pedrusco en la cara, cuando una pareja de municipales los separó a puntapiés. El _Intérprete_ se marchó de allí avergonzado.
Se tranquilizó el corro, y fueron, unos tras otros, tendiéndose nuevamente alrededor de la caldera.
Manuel se sentó sobre unos adoquines; la lucha le había hecho olvidar el golpe recibido a la tarde; se sentía valiente y burlón, y encarándose con los curiosos que contemplaban el corro, unos con risas y otros con lástima, se puso a hablar con ellos.
--Se va a terminar la sesión--les dijo--. Ahora van a dar comienzo los grandes ejercicios de canto. Vamos a empezar a roncar, señores. ¡No se inquieten los señores del público! Tendremos cuidado con las sábanas. Mañana las enviaremos a lavar al río. Ahora es el momento. El que quiera--señalando una piedra--puede aprovecharse de estas almohadas. Son almohadas finas, como las gastan los marqueses del Archipipi. El que no quiera que se vaya y no moleste. ¡Ea!, señores: si no pagan, llamo a la criada y digo que cierre...
--Pero si a todos éstos les pasa lo mismo--dijo uno de los golfos--; cuando duermen van al mesón de la Cuerda. Si todos tienen cara de hambre.
Manuel sentía una verbosidad de charlatán. Cuando se cansó se apoyó en un montón de piedras y, con los brazos cruzados, se dispuso a dormir.
Poco después el grupo de curiosos se había dispersado; no quedaban mas que un municipal y un señor viejo, que hablaban de los golfos en tono de lástima.
El señor se lamentaba del abandono en que se les dejaba a los chicos, y decía que en otros países se creaban escuelas y asilos y mil cosas. El municipal movía la cabeza en señal de duda. Al último resumió la conversación, diciendo con un tono tranquilo de gallego:
--Créame usted a mí: éstos ya no son buenos.
--Manuel, al oír aquello, se estremeció; se levantó del suelo en donde estaba, salió de la Puerta del Sol y se puso a andar sin dirección ni rumbo.