La lucha por la vida: La busca

Part 13

Chapter 134,106 wordsPublic domain

En los alrededores de la plaza el gentío se amontonaba; de los tranvías bajaban grupos de gente que corrían hacia la puerta; los revendedores se abalanzaban sobre ellos voceando; brillaban entre la masa negra de la multitud los cascos de los guardias a caballo. Del interior de la plaza salía un vago rumor, como el de la marea.

Vidal el _Bizco_ y Manuel, lamentándose de no poder entrar allí, siguieron adelante, pasaron las Ventas y tomaron el camino de Vicálvaro. El viento sur, cálido, ardoroso, blanqueaba de polvo el campo; por la carretera pasaban y se cruzaban coches de muerto blancos y negros, de hombres y de niños, seguidos de tartanas llenas de gente.

Vidal mostró la casa: hallábase a un lado del camino; parecía abandonada; por delante la rodeaba un jardín con su verja; por la parte de atrás se extendía un huerto plantado de arbolillos sin hojas, con un molino para sacar agua. La tapia del huerto, baja, podía escalarse con relativa facilidad; ningún peligro amenazaba; ni vecinos curiosos ni perros; la casa más próxima, un taller de marmolista, distaba más de trescientos metros.

Desde las cercanías de la casa se divisaba el cementerio del Este, rodeado de campos áridos amarillos y lomas yermas; en dirección contraria se presentaba la Plaza de Toros, con su bandera flameante, y las primeras casas de Madrid; el camino del camposanto se tendía, polvoriento, por entre hondonadas y taludes verdes, por entre tejares abandonados y lomas con las entrañas de ocre rojo al descubierto.

Cuando examinaron bien las condiciones de la casa, volvieron los tres a las Ventas. De noche, se hallaban dispuestos a regresar a Madrid; pero Vidal aconsejó el quedarse allá para dar el golpe al amanecer del día siguiente. Decidieron esto, y se tendieron en un tejar, en el callejón constituído por dos murallas de ladrillos apilados.

El viento, frío, sopló durante toda la noche con violencia. El primero que se despertó fué Manuel, y llamó a los otros dos. Salieron del callejón formado por los dos muros de ladrillo. Aun era de noche; un trozo de luna asomaba de vez en cuando en el cielo por entre las nubes obscuras; a veces se ocultaba, a veces parecía descansar en el seno de uno de aquellos nubarrones, a los cuales plateaba débilmente.

A lo lejos, sobre Madrid, se cernía una gran claridad, irradiada de las luces del pueblo; en el camposanto blanqueaban algunas lápidas pálidamente.

El alba teñía con su claridad melancólica el cielo, cuando los tres socios se acercaron a la casa.

A Manuel le palpitaba el corazón con fuerza.

--¡Ah! Una advertencia--dijo Vidal--: Si por casualidad nos pescaran, no hay que echar a correr, sino quedarse dentro de la casa.

El _Bizco_ se echó a reír; Manuel, que comprendía que su primo no hablaba por hablar, preguntó:

--¿Y por qué?

--Porque si nos pescan en la casa es un robo frustrado, y tiene poco castigo; en cambio, si nos cogieran huyendo, sería un robo consumado, lo que tiene mucha pena. Esto me lo dijeron ayer.

--Pues yo escapo si puedo--dijo el _Bizco_.

--Haz lo que quieras.

Saltaron la cerca de la casa; Vidal quedó a caballo encima, agachado, espiando, por si venía alguno. Manuel y el _Bizco_, a horcajadas, se acercaron a la casa y, afianzando el pie en el tejadillo de un cobertizo, bajaron a una terraza con un emparrado un tanto más alto que la huerta.

A esta galería daban la puerta trasera y los balcones del piso bajo de la casa; pero estaban una y otros tan bien cerrados, que era imposible abrirlos.

--¿No se puede?--preguntó Vidal desde arriba.

--No.

--Ahí va mi navaja--y Vidal la tiró a la galería.

Manuel intentó con la navaja abrir los balcones; pero no había medio; el _Bizco_ se puso a empujar con el hombro la puerta, cedió algo, dejando un resquicio, y entonces Manuel introdujo por allí la hoja del cuchillo, e hizo correr la lengüeta de la cerradura hasta conseguir abrir la puerta. Al momento entraron el _Bizco_ y Manuel.

El piso bajo de la casa constaba de un vestíbulo, desde donde comenzaba la escalera de un corredor, y de dos gabinetes con balcón al huerto.

La primera idea de Manuel fué salir al vestíbulo y echar el cerrojo a la puerta que daba a la carretera.

--Ahora--le dijo al _Bizco_, que quedó admirado de aquel rasgo de prudencia--vamos a ver qué hay aquí.

Se pusieron a registrar la casa con tranquilidad, sin apurarse; no había nada que valiera tres ochavos. Estaban forzando el armario del comedor, cuando, de pronto, oyeron muy cerca los ladridos de un perro, y salieron asustados a la galería.

--¿Qué hay?--preguntaron a Vidal.

--Un condenado perro que se ha puesto a ladrar y va a llamar la atención de alguno.

--Tírale una piedra.

--¿De dónde?

--Asústale.

--Ladra más.

--Baja aquí, si no te van a ver.

--Vidal saltó al huerto. El perro, que debía ser un perro moral, defensor de la propiedad, siguió ladrando fuerte.

--Pero ¡leñe!--dijo Vidal a sus amigos--, ¿no habéis concluído?

--¡Si no hay nada!

Entraron los tres llenos de miedo, atortolados, cogieron una servilleta y metieron dentro lo que encontraron a mano, un reloj de cobre, un candelero de metal blanco, un timbre eléctrico roto, un barómetro de mercurio, un imán y un cañón de juguete.

Vidal se subió a la tapia con el lío.

--Ahí está--dijo asustado.

--¿Quién?

--El perro.

--Yo bajaré primero--murmuró Manuel--y se puso la navaja en los dientes y se dejó caer. El perro, en vez de acercarse, se alejó un poco; pero siguió ladrando.

Vidal no se atrevía a saltar la tapia con el lío en la mano y lo echó con cuidado sobre unas matas; en la caída no se rompió mas que el barómetro, lo demás estaba roto. Saltaron la tapia el _Bizco_ y Vidal, y los tres socios echaron a correr a campo traviesa, perseguidos por el perro defensor de la propiedad, que ladraba tras de ellos.

--¡Qué brutos somos!--exclamó Vidal deteniéndose--. Si nos ve un guardia correr así nos coge.

--Y si pasamos por el fielato reconocerán lo que llevamos en el lío y nos detendrán--añadió Manuel.

La Sociedad se detuvo a deliberar y a tomar acuerdos. Se dejó el botín al pie de una tapia. Se tendieron en el suelo.

--Por aquí--dijo Vidal--pasan muchos traperos y basureros a La Elipa. Al primero que veamos le ofrecemos esto.

--Si nos diese tres duros--murmuró el _Bizco_.

--Sí, hombre.

Esperaron un rato y no tardó en pasar un trapero con un saco vacío en dirección a Madrid. Le llamó Vidal y le propuso la venta.

--¿Cuánto nos da usted por estas cosas?

El trapero miró y remiró lo que había en el lío, y después en tono de chunga y manera de hablar achulapada preguntó:

--¿Dónde habéis _robao_ eso?

Protestaron los tres socios, pero el trapero no hizo caso de sus protestas.

--No os puedo dar por _to_ más que tres pesetas.

--No--contestó Vidal--; para eso nos llevamos el lío.

--Bueno. Al primer guardia que encuentre le daré vuestras señas y le diré que _sus_ lleváis unas cosas _robás_.

--Vengan las tres pesetas--dijo Vidal--; tome _usté_ el lío.

Tomó Vidal el dinero, y el trapero, riéndose, el envoltorio.

--Cuando veamos al primer guardia le diremos que lleva usted unas cosas _robás_--le gritó Vidal al trapero--. Alteróse éste y empezó a correr detrás de los tres.

--_¡Esperaisos! ¡Esperaisos!_--gritaba.

--¿Qué quiere _usté_?

--Dame mis tres pesetas y toma el lío.

--No; denos _usté_ un duro y no decimos nada.

--Un tiro.

--Denos _usté_ aunque no sea mas que dos pesetas.

--Ahí tienes una, bribón.

Cogió Vidal la moneda que tiró el trapero, y como no las tenían todas consigo, fueron andando de prisa. Cuando llegaron a la casa de la Dolores, en las Cambroneras, estaban rendidos, nadando en sudor.

Mandaron traer un frasco de vino de la taberna.

--Menuda chapuza hemos hecho, ¡moler!--dijo Vidal.

Después de pagado el frasco les quedaban diez reales; repartidos entre los tres les tocaron a ochenta céntimos cada uno. Vidal resumió la jornada diciendo que robar en despoblado tenía todos los inconvenientes y ninguna de las ventajas, pues, además de exponerse a ir a presidio para casi toda la vida y a recibir una paliza y a ser mordido por un perro moral, corría uno el riesgo de ser miserablemente engañado.

CAPÍTULO V

VESTALES DEL ARROYO.--LOS TROGLODITAS.

NADA. Tenemos que separarnos de ese bruto de _Bizco_. Cada vez le tengo más odio y más asco.

--¿Por qué?

--Porque es un bestia. Que se vaya con esa vieja zorra de la Dolores. Nosotros, tú y yo, vamos a ir al teatro todas las noches.

--¿Cómo?

--Con la _clac_. No tenemos que pagar; lo único que hay que hacer es aplaudir cuando nos den la señal.

La condición le pareció a Manuel tan fácil de cumplir, que le preguntó a su primo:

--Pero oye, ¿cómo no va todo el mundo así?

--Todos no conocen como yo al jefe de la _clac_.

Fueron, efectivamente, al teatro de Apolo. Manuel los primeros días no hizo mas que pensar en las funciones y en las actrices. Vidal, con la superioridad que tenía para todo, aprendió las canciones en seguida; Manuel, en secreto, le envidiaba.

En los entreactos iban los de la _clac_ a una taberna de la calle del Barquillo, y algunas veces a otra de la plaza del Rey. En esta última abundaban los alabarderos del circo de Price.

Casi todos los que formaban la legión de aplaudidores contaban pocos años; algunos, en corto número, trabajaban en algún taller; la mayoría, golfos y organilleros, terminaban después en comparsas, coristas o revendedores.

Había entre ellos tipos afeminados, afeitados, con cara de mujer y voz aguda.

A la puerta del teatro conocieron Vidal y Manuel una cuadrilla de muchachas, de trece a diez y ocho años, que merodeaban por la calle de Alcalá, acercándose a los buenos burgueses, fingiéndose vendedoras de periódicos y llevando constantemente un _Heraldo_ en la mano.

Vidal cultivó la amistad de las muchachas; casi todas eran feas, pero esto no estorbaba para sus planes, que consistían en ensanchar el radio de acción de sus conocimientos.

--Hay que dejar las afueras y meterse en el centro--decía Vidal.

Vidal quería que Manuel le secundase, pero éste no tenía aptitudes. Vidal llegó a ser el indispensable para cuatro muchachas que vivían juntas en Cuatro Caminos, que se llamaban la _Mellá_, la _Goya_, la _Rabanitos_ y la Engracia, y que habían formado con Vidal, el _Bizco_ y Manuel una Sociedad, aunque anónima.

Las pobres muchachas necesitaban alguna protección; las perseguían los polizontes más que a las demás mujeres de la vida porque no pagaban a los inspectores. Solían andar huyendo de los guardias y agentes, los cuales, cuando había recogida, las llevaban al Gobierno civil, y de aquí al convento de las Trinitarias.

La idea de quedar encerradas en el convento producía en ellas un verdadero terror.

--¡Eso de no ver la _caye_!--decían, como si fuera un tremendo castigo.

Y el abandono de noche, en las calles desamparadas, para otros un motivo de horror: el frío, el agua, la nieve, era para ellas la libertad y la vida.

Hablaban todas de una manera tosca; decían _veniría_, _saliría_, _quedría_; en ellas el lenguaje saltaba hacia atrás en una curiosa regresión atávica.

Adornaban sus dichos con una larga serie de frases y muletillas del teatro.

Llevaban las cuatro una vida terrible; pasaban la mañana y tarde durmiendo y se acostaban al amanecer.

--Nosotras somos como los gatos--decía la _Mellá_--, cazamos de noche y dormimos de día.

La _Mellá_, la _Goya_, la _Rabanitos_ y la Engracia, solían venir de noche al centro de Madrid, acompañadas por un mendigo de barba blanca, cara sonriente y boina a rayas.

El viejo venía a pedir limosna, era vecino de las muchachas y éstas le llamaban el _Tío Tarrillo_ y le daban broma por las borracheras que pescaba. Completamente chocho, le gustaba hablar de lo corrompido de las costumbres.

La _Mellá_ contaba que el _Tío Tarrillo_ la quiso forzar al volver a casa los dos solos una noche en los jardinillos del Depósito de Agua, y la dió a la muchacha tanta risa que no pudo ser.

El mendigo se indignaba al oír esto y perseguía a la indiscreta como un viejo fauno.

De las cuatro muchachas la más fea era la _Mellá_; con su cabeza gorda y disforme, los ojos negros, la boca grande con los dientes rotos, el cuerpo rechoncho, parecía la bufona de una antigua princesa. Había estado a punto de entrar de corista en un teatro; pero no pudo, porque, a pesar de su buena voz y oído, no pronunciaba con claridad por la falta de dientes.

Estaba la _Mellá_ siempre alegre, a todas horas cantando y riendo; llevaba una polvera pequeña en el bolsillo del delantal, que en el fondo de la tapa tenía un espejo, y mirándose en él a la luz de un farol, se enharinaba la cara a cada paso.

La _Mellá_ era cariñosa y de muy buen corazón; a Manuel se le atragantaba por demasiado fea; la muchacha quería captarse sus simpatías, pero Vidal aconsejó a su primo que no se quedara con ella; le convenía más la _Goya_, que sacaba más dinero.

A Manuel no le gustaba la _Mellá_, a pesar de sus arrumacos; pero la _Goya_ estaba comprometida con el _Soldadito_, un hombre con oficio, según decía ella, porque cuando se ponía a trabajar era pianista de manubrio.

Este organillero sacaba los cuartos a la _Goya_, que, como más bonita, tenía también más parroquia; el _Soldadito_ la vigilaba, y cuando se iba con alguno, la seguía y la esperaba a la salida de la casa de citas para sacarle el dinero.

Vidal, de las cuatro, se dignaba proteger a la _Rabanitos_ y a la Engracia; las dos se lo disputaban. La _Rabanitos_ parecía una mujer en miniatura: una carita blanca con manchas azules alrededor de la nariz y de la boca; un cuerpecillo raquítico y delgaducho; labios finos y ojos grandes de esclerótica azul; en el vestir una vieja, con su mantoncito obscuro y su falda negra: ésta era la _Rabanitos_. Echaba sangre por la boca con frecuencia; hablaba con unos remilgos de comadre, haciendo gestos y jeribeques, y todo su dinero lo gastaba en mojama, en caramelos y en golosinas.

La Engracia, la otra favorita de Vidal, era el tipo de la mujer de burdel: llevaba la cara blanca por los polvos de arroz; sus ojos, negros y brillantes, tenían una expresión de melancolía puramente animal; al hablar enseñaba los dientes azulados, que contrastaban con la blancura de su cara empolvada. Pasaba de la alegría al enfado sin transición. No sabía sonreír. En su cara aleteaba tan pronto la estupidez como una alegría canallesca, insultante y cínica.

La Engracia hablaba poco, y cuando hablaba era para decir algo muy bestial y muy sucio, algo de un cinismo y de una pornografía complicada. Tenía la imaginación monstruosa y fecunda.

Un imaginero macabro hubiese encontrado algo genial tallando en piedra los pensamientos de aquella muchacha en el infierno de una Danza de la Muerte.

La Engracia no sabía leer. Vestía blusas vistosas, azules y sonrosadas; pañuelo blanco en la cabeza y delantal de color; andaba siempre corriendo de un lado a otro, haciendo sonar las monedas del bolsillo. Llevaba ocho años de buscona y tenía diez y siete. Se lamentaba de haber crecido, porque decía que de niña ganaba más.

Las amistades de Manuel y Vidal con las muchachas duraron un par de meses; Manuel no se decidía por la _Mellá_, le resultaba demasiado fea; Vidal extendía su radio de acción, copeaba con unos cuantos chulos y se dedicaba a la conquista de una florera que vendía claveles.

La Engracia y la _Rabanitos_ tenían un odio feroz a la muchacha.

--Esa--decía la _Rabanitos_--, esa está ya tan _deshonrá_ como nosotras...

Una noche, Vidal no se presentó en Casa Blanca, y a los dos o tres días apareció en la Puerta del Sol con una mujerona alta, vestida de gris.

--¿Quién es?--le preguntó Manuel a su primo.

--Se llama Violeta; me he quedado con ella.

--¿Y la otra, la de Casa Blanca?

Vidal se encogió de hombros.

--Quédate tú con ella si quieres--dijo.

La antigua querida de Vidal dejó de aparecer también por Casa Blanca, y a las dos semanas de no pagar, el administrador puso a Manuel en la calle y vendió el mobiliario: unas cuantas botellas vacías, un puchero y una cama.

Manuel durmió durante algunos días en los bancos de la plaza de Oriente y en las sillas de la Castellana y Recoletos. Era al final del verano y todavía se podía dormir al raso. Algunos céntimos que ganó subiendo maletas de las estaciones le permitieron ir viviendo, aunque malamente, hasta octubre.

Hubo días en que no comió mas que tronchos de berza cogidos en el suelo de los mercados; otros, en cambio, se regaló con banquetes de setenta y ochenta céntimos en los figones.

Llegó octubre, y Manuel empezó a helarse por las noches; su hermana mayor le proporcionó un gabán raído y una bufanda; pero, a pesar de esto, cuando no encontraba sitio donde dormir bajo techado, se moría de frío en la calle.

Una noche, a principios de noviembre, Manuel se encontró a la puerta de un cafetín de la Cabecera del Rastro con el _Bizco_, que iba encorvado, casi desnudo, con los brazos cruzados por delante del pecho, y descalzo; tenía un aspecto imponente de miseria y de frío.

Dolores la _Escandalosa_ le había dejado por otro.

--¿Dónde podríamos ir a dormir?--le preguntó Manuel.

--Vamos a las cuevas de la Montaña--contestó el _Bizco_.

--Pero ¿allá se podrá entrar?

--Sí; si no hay mucha gente.

--Entonces, andando.

Salieron los dos, por Puerta de Moros y la calle de los Mancebos, al Viaducto; cruzaron la plaza de Oriente, siguieron la calle de Bailen y la de Ferraz, y, al llegar a la Montaña del Príncipe Pío, subieron por una vereda estrecha, entre pinos recién plantados.

A obscuras anduvieron el _Bizco_ y Manuel de un lado a otro, explorando los huecos de la Montaña, hasta que una línea de luz que brotaba de una rendija de la tierra les indicó una de las cuevas.

Se acercaron al agujero; salía del interior un murmullo interrumpido de voces roncas.

A la claridad vacilante de una bujía, sujeta en el suelo entre dos piedras, más de una docena de golfos, sentados unos, otros de rodillas, formaban un corro jugando a las cartas. En los rincones se esbozaban vagas siluetas de hombres tendidos en la arena.

Un vaho pestilente se exhalaba del interior del agujero.

Temblaba la llama, iluminando a ratos, ya un trozo de la cueva, ya la cara pálida de uno de los jugadores, y, al parpadear de la luz, las sombras de los hombres se alargaban y se achicaban en las paredes arenosas. De cuando en cuando se oía una maldición o una blasfemia.

Manuel pensó haber visto algo parecido en la pesadilla de una fiebre.

--Yo no entro--le dijo al _Bizco_.

--¿Por qué?--preguntó éste.

--Prefiero helarme.

--Haz lo que quieras. Yo conozco a uno de esos. Es el _Intérprete_.

--¿Y quién es el _Intérprete_?

--El capitán de los golfos de la Montaña.

A pesar de estas seguridades, Manuel no se decidió.

--¿Quién está ahí?--se oyó que preguntaban de dentro.

--Yo--contestó el _Bizco_.

Manuel se alejó de allá a todo correr. Cerca de la cueva había dos o tres casuchas reunidas, con un corral en medio, cercada por una tapia de pedruscos.

Era aquello, según el nombre irónico puesto por la golfería, el Palacio de Cristal, nido de palomas torcaces de bajo vuelo que garfaban en el cuartel de la montaña, y a las cuales, por la noche, acompañaban gavilanes y gerifaltes amigos.

El paso del corral estaba cerrado por una puerta de dos hojas.

Manuel la examinó por ver si cedía, pero era fuerte, y blindada con latas extendidas y claveteadas sobre esteras.

Pensó que allí no habría nadie, e intentó saltar la tapia; subió sobre el muro bajo de cascote y, al ir a pasar, se enredó en un alambre, cayó una piedra de la cerca al suelo, comenzó a ladrar un perro con furia y se oyó de dentro una maldición.

Manuel pudo convencerse de que el nido no estaba vacío, y huyó de allá. En un hueco, algo resguardado de la lluvia, se metió y se acurrucó a dormir.

Era de noche aún cuando se despertó tiritando de frío, temblando de la cabeza a los pies. Echó a correr para entrar en reacción; llegó al paseo de Rosales y dió varias vueltas arriba y abajo.

La noche se le hizo eterna.

Dejó de llover; a la mañana salió el sol; en un agujero abierto en la pendiente del terraplén, Manuel se guareció. El sol comenzaba a calentar de una manera deliciosa. Manuel soñó con una mujer muy blanca y muy hermosa, con unos cabellos de oro. Se acercó a la dama, muerto de frío, y ella le envolvió con sus hebras doradas y él se fué quedando en su regazo agazapado dulcemente, muy dulcemente...

CAPÍTULO VI

EL SEÑOR CUSTODIO Y SU HACIENDA.--A LA BUSCA.

... Y dormía con el más dulce de los sueños, cuando una voz áspera le trajo a las amargas e impuras realidades de la existencia.

--¿Qué haces ahí, golfo?--le dijeron.

--¡Yo!--murmuró Manuel, abriendo los ojos y contemplando a quien le hablaba--. Yo no hago nada.

--Sí; ya lo veo; ya lo veo.

Manuel se incorporó; tenía ante sí un viejo de barba entrecana y mirada adusta, con un saco al hombro y un gancho en la mano. Llevaba el viejo una gorra de piel, una especie de gabán amarillento y una bufanda rojiza arrollada al cuello.

--¿Es que no tienes casa?--preguntó el hombre.

--No, señor.

--¿Y duermes al aire libre?

--Como no tengo casa...

El trapero se puso a escarbar en el suelo, sacó algunos trapos y papeles, los guardó en el saco y, volviendo a mirar a Manuel, añadió:

--Más te valdría trabajar.

--Si tuviera trabajo, trabajaría; pero como no tengo... a ver...--y Manuel, harto de palabras inútiles, se acurrucó para seguir durmiendo.

--Mira...--dijo el trapero--ven conmigo. Yo necesito un chico... te dará de comer.

Manuel miró al viejo, sin contestar nada.

--Conque ¿quieres o no? Anda, decídete.

Manuel se levantó perezosamente. El trapero subió la cuesta del terraplén con el saco al hombro, hasta llegar a la calle de Rosales, en donde tenía un carrito, tirado por dos burros. Arreó el hombre a los animales, bajaron al paseo de la Florida, y después, por el de los Melancólicos, pasaron por delante de la Virgen del Puerto y siguieron la ronda de Segovia. El carro era viejo, compuesto con tiras de pleita, con su chapa y su número y estaba cargado con dos o tres sacos, cubos y espuertas.

El trapero, el señor Custodio, así dijo él que se llamaba, tenía facha de buena persona.

De cuando en cuando recogía algo en la calle y lo echaba en el carro.

Debajo del carro, sujeto por una cadena y andando despacio, iba un perro con unas lanas amarillas, largas y lustrosas, un perro simpático que, en su clase, le pareció a Manuel que debía ser tan buena persona como su amo.

* * * * *

Entre el puente de Segovia y el de Toledo, no muy lejos del comienzo del paseo Imperial, se abre una hondonada negra con dos o tres chozas sórdidas y miserables. Es un hoyo cuadrangular, ennegrecido por el humo y el polvo del carbón, limitado por murallas de cascote y montones de escombros.

Al llegar a los bordes de esta hondonada, el trapero se detuvo e indicó a Manuel una casucha próxima a un _Tío Vivo_ roto y a unos columpios, y le dijo:

--Esa es mi casa; lleva el carro ahí y vete descargando. ¿Podrás?

--Sí; creo que sí.

--¿Tienes hambre?

--Sí, señor.

--Bueno; pues dile a mi mujer que te dé de almorzar.

Bajó Manuel con el carro hasta la hondonada por una pendiente de escombros. La casa del trapero era la mayor de todas y tenía corral y un cobertizo adosado a ella.

Se detuvo Manuel en la puerta de la casucha; una vieja le salió al encuentro:

--¿Qué quieres tú, chaval?--le dijo--. ¿Quién te manda venir aquí?

--El señor Custodio. Me ha encargado que me diga usted dónde tengo que dejar lo que va en el carro.

La vieja le indicó el cobertizo.

--Me ha dicho también--agregó el muchacho--que me dé usted de almorzar.

--¡Te conozco, lebrel!--murmuró la vieja.

Y después de refunfuñar durante largo rato y de esperar a que Manuel descargara el carro, le dió un trozo de pan y de queso.