La lucha por la vida: La busca

Part 12

Chapter 124,069 wordsPublic domain

Quise volver hacia arriba a abandonar mi disfraz; pero había tanta gente, que tuve que seguir con la marea. No sé si te habrás fijado en lo solo que se encuentra uno esos días de Carnaval entre las oleadas de la multitud. Esa soledad entre la muchedumbre es mucho mayor que la soledad en el bosque. Esto me hizo pensar en las mil torpezas que uno comete: en la esterilidad de mi vida.--Me voy a consumir--me dije--en una actividad de ratoncillo; voy a terminar en ser un profesor, una especie de institutriz inglesa. No; eso nunca. Hay que buscar una ocasión y un fin para emanciparse de esta existencia mezquina, y si no lanzarse a la vida trágica. Pensé también en que era muy posible que la ocasión hubiese pasado ante mí sin que yo supiese aprovecharme de ella, y de pronto recordé la conversación con el encuadernador. Me decidí a enterarme, hasta ver la cosa claramente, sin esperanza ninguna, sólo como una gimnasia de la voluntad.--Se necesita más voluntad--me dije--para vencer los detalles que aparecen a cada instante que no para hacer un gran sacrificio o para tener un momento de abnegación. Los momentos sublimes, los actos heroicos, son más bien actos de exaltación de la inteligencia que de voluntad; yo me he sentido siempre capaz de hacer una gran cosa, de tomar una trinchera, de defender una barricada, de ir al Polo Norte; pero ¿sería capaz de llevar a cabo una obra diaria, de pequeñas molestias y de fastidios cotidianos? Sí, me dije a mí mismo, y decidido me metí entre las máscaras, y volví a Madrid mientras los demás alborotaban.

--¿Y desde entonces trabajó usted?

--Desde entonces, con una constancia rabiosa. El encuadernador no quería darme ningún dato; me instalé en la Casa de Canónigos, pedí el libro de Turnos, y allí un día y otro estuve revisando listas y listas, hasta que encontré la fecha del proceso; de aquí me fuí a las Salesas, di con el archivo, y un mes entero pasé allá en una guardilla abriendo legajos, hasta que pude ver los autos. Luego tuve que sacar fes de bautismo, buscar recomendaciones para un obispo, andar, correr, intrigar, ir de un lado a otro, hasta que la cuestión comenzó a aclararse, y con mis documentos en regla hice mi reclamación en Londres. He plantado durante estos dos años los cimientos para levantar la torre a la que he de subir.

--¿Y está usted seguro que los cimientos son sólidos?

--¡Oh, son los hechos! Aquí están--y Roberto sacó un papel doblado del bolsillo--. Es el árbol genealógico de mi familia. Este círculo rojo es don Fermín Núñez de Letona, cura de Labraz, que va a Venezuela, a fines del siglo XVIII. Hace, no se sabe cómo, una inmensa fortuna, y vuelve a España en la época de Trafalgar. En la travesía, un barco inglés aborda al español en donde viene el cura, y a éste y a los demás pasajeros los apresan y los llevan a Inglaterra. Don Fermín reclama su fortuna al Gobierno inglés, se la devuelven, y la coloca en el Banco de Londres, y viene a España en la época de la guerra de la Independencia. Como en aquellos tiempos el dinero no estaba muy seguro en España, don Fermín deja su fortuna en el Banco de Londres, y una de las veces que trata de retirar una cantidad grande para comprar propiedades, va a Inglaterra con la sobrina de un primo suyo y único pariente, llamado Juan Antonio. Esta sobrina--y Roberto señaló un círculo en el papel--se casa con un señorito irlandés, Bandon, y muere a los tres años de casada. El cura don Fermín decide volver a España, y manda girar su fortuna al Banco de San Fernando, y antes de que se haga el giro don Fermín muere. Bandon, el irlandés, presenta un testamento en que el cura deja como heredera universal a su sobrina, y además prueba que tuvo un hijo de su mujer, que murió después de bautizado. El primo de don Fermín, Juan Antonio, el de Labraz, le pone pleito a Bandon, y el pleito dura cerca de veinte años, y muere Juan Antonio, y el irlandés puede recoger una parte de la herencia.

La otra hija de Juan Antonio se casa con un primo suyo, comerciante de Haro, y tiene tres hijos, dos varones y una hembra. Esta se mete monja, uno de los varones muere en la guerra carlista y el otro entra en un comercio y se va a América.

Este, Juan Manuel Núñez, hace una fortuna regular, se casa con una criolla y tiene dos hijas: Augusta y Margarita. Augusta, la menor, se casa con mi padre, Ricardo Hasting, que era un calavera que se escapó de su casa, y Margarita, con un militar, el coronel Buenavida. Vienen todos a España en muy buena posición, mi padre se mete en negocios ruinosos, y ya arruinado, no sé por dónde averigua que la fortuna del cura Núñez de Letona está a disposición de los herederos; va a Inglaterra, hace su reclamación, le exigen documentos, saca las fes de bautismo de los antepasados de su mujer y se encuentra con que la partida de nacimiento del cura don Fermín no se encuentra por ningún lado. De pronto, mi padre deja de escribir y pasan años y años, y al cabo de más de diez recibimos una carta participándonos que ha muerto en Australia.

Margarita, la hermana de mi madre, queda viuda con una hija, se vuelve a casar, y el segundo marido resulta un bribón de marca mayor, que la deja sin un céntimo. La hija del primer matrimonio, Rosa, sin poder sufrir al padrastro, se escapa de casa con un cómico, y no sabe más de ella.

Si has seguido--añadió Roberto--mis explicaciones, habrás visto que no quedan más parientes de don Fermín Núñez de Letona que mis hermanas y yo, porque la hija de Margarita, Rosa Núñez, ha muerto.

Ahora, la cuestión está en probar este parentesco, y ese parentesco está probado; tengo las partidas de bautismo que acreditan que descendemos en línea directa de Juan Antonio, el hermano de Fermín. Pero ¿por qué no aparece el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial de Labraz? Eso es lo que a mí me preocupó y eso es lo que he resuelto. Bandon el irlandés, cuando murió su contrincante Juan Antonio, envió a España un agente llamado Shaphter, y éste hizo desaparecer la fe de bautismo de don Fermín. ¿Cómo? Aun no lo sé. Mientras tanto, yo sigo en Londres la reclamación, sólo para mantener la causa en estado de litigio, y los Hasting son los que llevan el proceso.

--¿Y a cuánto asciende esa fortuna?--preguntó Manuel.

--Entre el capital y los intereses, a un millón de libras esterlinas.

--¿Y es mucho eso?

--Sin el cambio, unos cien millones de reales; con el cambio, ciento treinta.

Manuel se echó a reír.

--¿Para usted solo?

--Para mí y para mis hermanas. Figúrate tú, cuando yo coja esa cantidad, lo que van a ser para mí estos cochecitos y estas cosas. Nada.

--Y ahora, mientras tanto, no tiene usted una perra.

--Así es la vida, hay que esperar, no hay más remedio. Ahora que nadie me cree, gozo yo más con el reconocimiento de mi fuerza que gozaré después con el éxito. He construído una montaña entera; una niebla profunda impide verla; mañana se desgarrará la niebla y el monte aparecerá erguido, con las cumbres cubiertas de nieve.

Manuel encontraba necio estar hablando de tanta grandeza cuando ni uno ni otro tenían para comer, y, pretextando una ocupación, se despidió de Roberto.

CAPÍTULO IV

DOLORES LA «ESCANDALOSA».--LAS ENGAÑIFAS DEL «PASTIRI».--DULCE SALVAJISMO.--UN MODESTO ROBO EN DESPOBLADO.

DESPUÉS de una semana pasada al sereno, un día Manuel se decidió a reunirse con Vidal y el _Bizco_ y a lanzarse a la vida maleante.

Preguntó por sus amigos en los ventorros de la carretera de Andalucía, en la Llorosa, en las Injurias, y un compinche del _Bizco_, que se llamaba el _Chungui_, le dijo que el _Bizco_ paraba en las Cambroneras, en casa de una mujer ladrona de fama, conocida por Dolores la _Escandalosa_.

Fué Manuel a las Cambroneras, preguntó por la Dolores y le indicaron una puerta en un patio habitado por gitanos.

Llamó Manuel, pero la Dolores no quiso abrir la puerta; luego, con las explicaciones que le dió el muchacho, le dejó entrar.

La casa de la _Escandalosa_ consistía en un cuarto de unos tres metros en cuadro; en el fondo se veía una cama, donde dormía vestido el _Bizco_; a un lado, una especie de hornacina con su chimenea y un fogón pequeño. Además, ocupaban el cuarto una mesa, un baúl, un vasar blanco con platos y pucheros de barro y una palomilla de pino con un quinqué de petróleo encima.

La Dolores era una mujer de cincuenta años próximamente; vestía traje negro, un pañuelo rojo atado como una venda a la frente, y otro, de color obscuro, por encima.

Llamó Manuel al _Bizco_, y, cuando éste se despertó, le preguntó por Vidal.

--Ahora vendrá--dijo el _Bizco_; luego, dirigiéndose a la vieja, gritó--: Tráeme las botas, tú.

La Dolores no hizo pronto el mandado, y el _Bizco_, por alarde, para demostrar el dominio que tenía sobre ella, le dió una bofetada.

La mujer no chistó; Manuel miró al _Bizco_ fríamente, con disgusto; el otro desvió la vista de un modo huraño.

--¿Quieres almorzar?--le preguntó el _Bizco_ a Manuel cuando se hubo levantado.

--Si das algo bueno...

La Dolores sacó la sartén del fuego llena de pedazos de carne y de patatas.

--No os tratáis poco bien--murmuró Manuel, a quien el hambre hacía profundamente cínico.

--Nos dan fiado en la casquería--dijo la Dolores, para explicar la abundancia de carne.

--¡Si tú y yo no afanáramos por ahí--saltó el _Bizco_, dirigiéndose a la vieja--, lo que comiéramos nosotros!

La mujer sonrió modestamente. Acabaron con el almuerzo, y la Dolores sacó una botella de vino.

--Esta mujer--dijo el _Bizco_--, ahí donde la ves, no hay otra como ella. Enséñale lo que tenemos en el rincón.

--Ahora, no, hombre.

--¿Por qué no?

--¿Si viene alguno?

--Echo el cerrojo.

--Bueno.

Cerró la puerta el _Bizco_, la Dolores empujó la cama al centro del cuarto, se acercó a la pared, despegó un trozo de tela rebozado de cal, de una vara en cuadro, y apareció un boquete lleno de cintas, cordones, puntillas y otros objetos de pasamanería.

--¿Eh?--dijo el _Bizco_--; pues todo esto lo ha afanado ella.

--Aquí debéis tener mucho dinero.

--Sí; algo hay--contestó la Dolores--. Luego, dejó caer el trozo de tela que tapaba la excavación de la pared, lo sujetó y colocó delante la cama. El _Bizco_ descorrió el cerrojo. Al poco rato llamaban en la puerta.

--Debe ser Vidal--dijo el _Bizco_, y añadió en voz baja, dirigiéndose a Manuel--: Oye, tú, a éste no le digas nada.

Entró Vidal con su aire desenvuelto, celebró la llegada de Manuel, y los tres camaradas salieron a la calle.

--¿Vais a barbear por ahí?--preguntó la vieja.

--Sí.

--A ver si no vienes tarde, ¿eh?--añadió la Dolores, dirigiéndose al _Bizco_.

Este no se dignó contestar a la recomendación.

Salieron los tres a la glorieta del puente de Toledo; allí cerca tomaron una copa, en el cajón del _Garatusa_, un licenciado de presidio, protector de descuideros, no sin interés y su cuenta, y luego, por el paseo de los Ocho Hilos, salieron a la ronda de Toledo.

Como domingo, los alrededores del Rastro rebosaban gente.

A lo largo de la tapia de las grandiosas Américas, en el espacio comprendido entre el Matadero y la Escuela de Veterinaria, una larga fila de vendedores ambulantes establecía sus reales.

Había algunos de éstos con trazas de mendigos, inmóviles, somnolientos, apoyados en la pared, contemplando con indiferencia sus géneros: cuadros viejos, cromos nuevos, libros, cosas inútiles, desportilladas, sucias, convencidos de que nadie mercaría lo que ellos mostraban al público. Otros gesticulaban, discutían con los compradores; algunas viejas horribles y atezadas, con sombreros de paja grandes en la cabeza, las manos negras, los brazos en jarra, la desvergüenza pronta a surgir del labio, chillaban como cotorras.

Las gitanas de trajes abigarrados peinaban al sol a las gitanillas morenuchas y a los _churumbeles_ de pelo negro y ojos grandes; una porción de vagos discurría gravemente; pordioseros envueltos en harapos, lisiados, lacrosos, clamaban, cantaban, se lamentaban, y el público dominguero, buscador de gangas, iba y venía, deteniéndose en este puesto, preguntando, husmeando, y la gente pasaba, con el rostro inyectado por el calor del sol, un sol de primavera que cegaba al reflejar la blancura de creta de la tierra polvorienta, y brillaba y centelleaba con reflejos mil en los espejos rotos y en los cachivaches de metal, tirados y amontonados en el suelo. Y para aumentar aquella baraúnda turbadora de voces y de gritos, dos organillos llenaban el aire con el campanilleo alegre de sus notas, mezcladas y entrecruzadas.

Manuel, el _Bizco_ y Vidal subieron a la cabecera del Rastro y volvieron a bajar. En la puerta de las Américas se encontraron con el _Pastiri_, que andaba husmeando por allí.

Al ver a Manuel y a los otros dos, el de las tres cartas se les acercó y les dijo:

--¿Vamos a tomar unas tintas?

--Vamos.

Entraron en una tasca de la Ronda. El _Pastiri_ aquel día estaba solo, porque su compañero se había marchado a El Escorial, y como no tenía quien le hiciera el paripé en el juego, no sacaba una perra. Si ellos tomaban el papel de ganchos, para decidir a los curiosos a jugar, les daría una parte en las ganancias.

--Pregúntale cuánto--dijo el _Bizco_ a Vidal.

--No seas tonto.

El _Pastiri_ explicó la cosa para que la entendiera el _Bizco_; la cuestión era apostar y decir en voz alta que ganaban, que él se encargaría de meter en ganas de jugar a los espectadores.

--Ya, ya sabemos lo que hay que hacer--dijo Vidal.

--¿Y aceptáis la _combi_?

--Sí, hombre.

Repartió el _Pastiri_ tres pesetas por barba, y salieron los cuatro de la taberna, atravesaron la Ronda y se metieron en el Rastro.

A veces se paraba el _Pastiri_, creyendo tener algún tonto a la vista; el _Bizco_ o Manuel apuntaban; pero el que parecía tonto sonreía al notar la celada, o pasaba indiferente, acostumbrado a presenciar aquella clase de timos.

De pronto vió venir el _Pastiri_ un grupo de paletos con sombrero ancho y calzón corto.

--_Aluspiar_, que ahí vienen unos pardillos, y puede caer algo--dijo, y se plantó delante de los paletos con su tablita y sus cartas, y comenzó el juego.

El _Bizco_ apuntó dos pesetas y ganó; Manuel hizo lo mismo, y ganó también.

--Este hombre es un primo--dijo Vidal, en voz alta, y dirigiéndose al grupo de los campesinos--. Pero ¿han visto ustedes el dinero que está perdiendo?--añadió--. Aquel militar le ha ganado seis duros.

Uno de los paletos se acercó al oír esto, y viendo que Manuel y el _Bizco_ ganaban, apostó una peseta y ganó. Los compañeros del paleto le aconsejaron que se retirara con su ganancia; pero la codicia pudo más en él, y, volviendo, apostó dos pesetas y las perdió.

Vidal puso entonces un duro.

--Un machacante--dijo, dando con la moneda en el suelo--. Acertó la carta y ganó.

El _Pastiri_ hizo un gesto de fastidio.

Apostó el paleto otro duro y lo perdió; miró angustiado a sus paisanos, sacó otro duro y lo volvió a perder.

En aquel momento se acercó un guardia y se disolvió el grupo; al ver el movimiento de fuga del _Pastiri_, el paleto quiso sujetarle, agarrándole de la americana; pero el hombre dió un tirón y se escabulló por entre la gente.

Manuel, Vidal y el _Bizco_ salieron por la plaza del Rastro a la calle de Embajadores.

El _Bizco_ tenía cuatro pesetas, Manuel seis y Vidal catorce.

--¿Y qué le vamos a devolver a ése?--preguntó el _Bizco_.

--¿Devolver? Nada--contestó Vidal.

--Le vamos a _apandar_ la ganancia del año--dijo Manuel.

--Bueno; que lo maten--replicó Vidal--. _Pa_ chasco que nos fuéramos nosotros de rositas.

Era hora de almorzar, discutieron adónde irían, y Vidal dispuso que ya que se encontraban en la calle de Embajadores, la Sociedad de los Tres en pleno siguiera hacia abajo hasta el merendero de la Manigua.

Se tuvo en cuenta la indicación, y los socios pasaron toda la tarde del domingo hechos unos príncipes; Vidal estuvo espléndido, gastando el dinero del _Pastiri_, convidando a unas chicas y bailando a lo chulo.

A Manuel no le pareció tan mal el comienzo de la vida de golfería. De noche, los tres socios, un poco cargados de vino, subieron por la calle de Embajadores, tomando después por la vía de circunvalación.

--¿Adónde iré yo a dormir?--preguntó Manuel.

--Ven a mi casa--le contestó Vidal.

Al acercarse a Casa Blanca, se separó el _Bizco_.

--Gracias a Dios que se va ese tío--murmuró Vidal.

--¿Estás reñido con él?

--Es un tío bestia. Vive con la _Escandalosa_, que es una vieja zorra; es verdad que tiene lo menos sesenta años y gasta lo que roba con sus queridos; pero bueno, le alimenta y él debía considerarla; pues nada, anda siempre con ella a puntapiés y a puñetazos y la pincha con el puñal, y hasta una vez ha calentado un hierro y la ha querido quemar. Bueno que la quite el dinero; pero eso de quemarla, ¿para qué?

Llegaron a Casa Blanca, que era como una aldea pobre, de una calle sola; Vidal abrió con su llave una puerta, encendió un fósforo y subieron los dos a un cuarto estrecho con un colchón puesto sobre los ladrillos.

--Te tendrás que echar en el suelo--dijo Vidal--. Esta cama es la de mi chica.

--Bueno.

--Toma esto para la cabeza--y le arrojó una falda de mujer arrebuñada.

Manuel apoyó allí la cabeza y quedó dormido. Se despertó a la madrugada. Se incorporó y se sentó en el suelo sin darse cuenta de dónde podía encontrarse. Entraba pálida claridad de un ventanuco. Vidal, tendido en el colchón, roncaba: a su lado dormía una muchacha, respirando con la boca abierta; grandes chafarrinones de pintura le surcaban las mejillas.

Manuel sentía el malestar de haber bebido demasiado el día anterior y un profundo abatimiento. Pensó seriamente en su vida:

--Yo no sirvo para esto--se dijo--; ni soy un salvaje como el _Bizco_, ni un desahogado como Vidal. ¿Y qué hacer?

Ideó mil cosas, la mayoría irrealizables; imaginó proyectos complicados. En el interior luchaban obscuramente la tendencia de su madre, de respeto a todo lo establecido, con su instinto antisocial de vagabundo, aumentado por su clase de vida.

--Vidal y el _Bizco_--se dijo--son más afortunados que yo; no tienen vacilaciones ni reparos; se han lanzado...

Pensó que al final podían encontrar el palo o el presidio; pero mientras tanto no sufrían; el uno por bestialidad, el otro por pereza, se abandonaban con tranquilidad a la corriente...

* * * * *

A pesar de sus escrúpulos y remordimientos, el verano lo pasó Manuel protegido por el _Bizco_ y Vidal, viviendo en Casa Blanca con su primo y la querida de éste, una muchachuela vendedora de periódicos y buscona al mismo tiempo.

La Sociedad de los Tres funcionó por las afueras y las Ventas, la Prosperidad y el barrio de Doña Carlota, el puente de Vallecas y los Cuatro Caminos; y si la existencia de esa Sociedad no llegó a sospecharse ni a pasar a los anales del crimen, fué porque sus fechorías se redujeron a modestos robos de los llamados por los profesionales al descuido.

No se contentaban los tres socios con espigar en las afueras de Madrid: extendían su radio de acción a los pueblos próximos y a todos los sitios en general en donde se reuniera alguna gente.

Los mercados y las plazuelas eran lugares de prueba, porque el _descuido_ podía ser de mayor cantidad, pero, en cambio, la policía andaba ojo avizor.

En general, los puntos más explotados por ellos eran los lavaderos.

Vidal, con su genuina listeza, convenció al _Bizco_ de que él era quien poseía más condiciones para el afano; el otro, por vanidad, se lanzaba siempre a lo más peligroso, el coger la prenda, mientras Vidal y Manuel estaban a la husma.

Solía decir Vidal a Manuel, en el momento mismo del robo, cuando el _Bizco_ se guardaba debajo de la chaqueta la sábana o la camisa:

--Si viene alguno no hagas una seña ni nada. Que lo cojan; nosotros callados, hechos unos _púas_, sin movernos; nos preguntan algo, nosotros no sabemos nada, ¿eh?

--Convenido.

Sábanas, camisas, mantas y otra porción de ropas robadas por ellos las pulían en la ropavejería de la Ribera de Curtidores, adonde solía ir de visita don Telmo. El amo, encargado o lo que fuese, de la tienda, compraba todo lo que le llevaban los randas, a bajo precio.

Vigilaba esta ropavejería de peristas, de las asechanzas de algún polizonte torpe (los listos no se ocupaban de estas cosas), un hombre a quien llamaban el _Tío Pérquique_. Este hombre se pasaba la vida paseándose por delante del establecimiento. Para disimular la guardia vendía cordones para las botas y géneros de saldo que le entregaban en la ropavejería.

En la primavera este hombre se ponía un gorro blanco de cocinero y pregonaba unos pastelillos con una palabra que apenas pronunciaba y que se entretenía en cambiar constantemente. Unas veces la palabra parecía ser ¡Pérquique! ¡Pérquique!; pero inmediatamente cambiaba el sonido, se transformaba en ¡Pérqueque! o en ¡Párquique!, y estas evoluciones fonéticas se alargaban hasta el infinito.

El origen de esta palabra Pérquique, que no se encuentra en el diccionario, era el siguiente: Los pastelillos rellenos de crema que vendía el del gorro blanco los daba al precio de cinco céntimos y los voceaba: ¡A perra chica! ¡A perra chica! De vocearlos perezosamente suprimió la A primera y convirtió en e las otras dos, transformando su grito en ¡Perre chique! ¡Perre chique! Después Perre chique se convirtió en Pérquique.

El guardián de la ropavejería, hombre de carácter jovial, tenía la especialidad en los pregones, los matizaba artísticamente; iba de las notas agudas a las más graves, o al contrario. Comenzaba, por ejemplo, en un tono muy alto, gritando:

--¡Miren, a real! ¡Miren, a real! ¡Calcetines y medias a real! ¡Miren, a real!--Luego bajaba el diapasón, y decía gravemente--: ¡Chalequito de Bayona muy bonito!--Y, por último, en voz de bajo profundo, añadía--: ¡A cuatro perra _orda_!

El _Tío Pérquique_ conocía la Sociedad de los Tres, y daba al _Bizco_ y a Vidal algunos consejos.

Más seguro y mucho más productivo que el trato con los peristas de la ropavejería era el procedimiento de Dolores la _Escandalosa_, la cual vendía las cintas y encajes robados por ella a buhoneros que pagaban bien; pero los socios de la Sociedad de los Tres querían cobrar sus dividendos pronto.

Hecha la venta se iban los tres a una taberna del final del paseo de Embajadores, esquina al de las Delicias, que llamaban del Pico del Pañuelo.

Tenían los socios especial cuidado de no robar en el mismo sitio y de no presentarse juntos por aquellos parajes de donde había temor de una vigilancia molesta.

Algunos días, muy pocos, que la rapiña no dió resultado, se vieron los tres socios obligados a trabajar en el Campillo del Mundo Nuevo, esparciendo montones de lana y recogiéndola, después de aireada y seca, con unos rastrillos.

Otro de los medios de subsistencia de la Sociedad era la caza del gato. El _Bizco_, que no atesoraba ningún talento, su cabeza, según frase de Vidal, era un melón salado, poseía, en cambio, uno grandísimo para coger gatos. Con un saco y una vara se las arreglaba admirablemente. Bicho que veía, a los pocos instantes había caído.

Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada; todos los que caían se devoraban con idéntico apetito. Se vendían las pieles en el Rastro; el tabernero del Pico del Pañuelo fiaba el vino y el pan, cuando no había fondos con qué pagarlos, y la Sociedad se entregaba al sardanapalesco festín...

Una tarde de agosto, Vidal, que había estado merendando en las Ventas con su prójima el día anterior, expuso ante sus socios y compañeros el proyecto de asaltar una casa abandonada del camino del Este.

Se discutió el proyecto con seriedad, y al día siguiente, por la tarde, fueron los tres a estudiar el terreno.

Era domingo; había novillos en la plaza; pasaban por la calle de Alcalá ómnibus y tranvías llenos de bote en bote, manuelas ocupadas por mujeronas con mantones de Manila y hombres de aspecto rufianesco.