La lucha por la vida: La busca

Part 11

Chapter 114,076 wordsPublic domain

Ya había confesado a la Petra el cura de la casa una porción de veces. Las hermanas de Manuel iban de vez en cuando por allí, pero ninguna de las dos traía el dinero necesario para comprar las medicinas y los alimentos que recomendaba el médico.

El Domingo de Piñata, por la noche, la Petra se puso peor; por la tarde había estado hablando animadamente con su hijo: pero esta animación fué desapareciendo, hasta que quedó presa de un aniquilamiento mortal.

Aquella noche del Domingo de Piñata tenían los huéspedes de doña Casiana una cena más suculenta que de ordinario, y después de la cena unas rosquillas de postre, regadas con el más puro amílico de las destilerías prusianas.

A las doce de la noche seguía la juerga. La Petra le dijo a Manuel:

--Llámale a don Jacinto y dile que estoy peor.

Manuel entró en el comedor. En la atmósfera, espesa por el humo del tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Al entrar Manuel, uno dijo:

--Callad un poco, que hay un enfermo.

Manuel dió el recado al cura.

--Tu madre no tiene mas que aprensión. Luego iré--repuso don Jacinto.

Manuel volvió al cuarto.

--¿No viene?--preguntó la enferma.

--Ahora vendrá; dice que no tiene usted mas que aprensión.

--¡Sí; buena aprensión!--murmuró ella tristemente--. Estate aquí.

Manuel se sentó sobre un baúl; tenía un sueño que no veía.

Iba a dormirse cuando le llamó su madre.

--Mira--le dijo--, trae el cuadro de la Virgen de los Dolores que hay en la sala.

Manuel descolgó el cuadro, un cromo barato, y lo llevó a la alcoba.

--Ponlo a los pies de la cama, que lo pueda ver yo.

Hizo el muchacho lo que le mandaban, y volvió a sentarse. Seguía el jaleo de canciones, palmadas y castañuelas en el comedor.

De pronto, Manuel, que estaba medio dormido, oyó un estertor fuerte, que salía del pecho de su madre, y al mismo tiempo vió que su cara, más pálida, tenía extrañas contracciones.

--¿Que le pasa a usted?

La enferma no contestó. Entonces Manuel volvió a avisar al cura. Este abandonó el comedor refunfuñando, miró a la enferma y le dijo al muchacho:

--Tu madre se muere. Estate aquí, que yo vengo en seguida con la Unción.

Mandó el cura callar a los que alborotaban en el comedor, y enmudeció la casa entera.

No se oyó entonces mas que un ruido de pasos, abrir y cerrar de puertas y luego el estertor de la moribunda y el tic-tac de un reloj del pasillo.

Llegó el cura con otro que traía una estola e hizo todas las ceremonias de la Unción. Cuando el vicario y sacristán salían, Manuel miró a su madre y la vió lívida, con la mandíbula desencajada. Estaba muerta.

El muchacho se quedó solo en el cuarto, iluminado por la luz de aceite, sentado en un baúl, temblando de frío y de miedo.

Toda la noche la pasó así; de vez en cuando entraba la patrona en paños menores y preguntaba algo a Manuel, o le hacía alguna recomendación, que este, en general, no comprendía.

Manuel aquella noche pensó y sufrió lo que, quizá nunca pensara ni sufriera: reflexionó acerca de la utilidad de la vida y acerca de la muerte con una lucidez que nunca había tenido. Por más esfuerzos que hacía, no podía detener aquel flujo de pensamientos que se enlazaban unos con otros.

A las cuatro de la mañana estaba toda la casa en silencio, cuando se oyó el ruido del picaporte en la puerta de la escalera; después, pasos en el corredor, y luego, el sonido quejumbroso de la caja de música colocada en la mesa del vestíbulo, que tocaba la Mandolinata.

Manuel se despertó sobresaltado, como de un sueño; no se pudo dar cuenta de lo que era aquella música; hasta pensó si se le había trastornado la cabeza. El organillo, después de unas cuantas paradas y asmáticos hipos, abandonó la Mandolinata y comenzó a tocar atropelladamente el dúo de Bettina y de Pippo, de _La Mascota_:

Me olvidarás, gentil pastor, con ese traje tan señor.

Manuel salió de la alcoba y preguntó en la obscuridad:

--¿Quién es?

Al mismo tiempo se oyeron voces que salían de todos los cuartos. El organillo interrumpió el aire de _La Mascota_ para emprender con brío el himno de Garibaldi. De repente cesaron las notas de la caja de música y una voz ronca gritó:

--¡Paco! ¡Paco!

La patrona se levantó y preguntó quiénes alborotaban así; uno de los que habían entrado en la casa, con voz aguardentosa, dijo que eran estudiantes de la casa de huéspedes del piso tercero, que venían del baile en busca de Paco, uno de los comisionistas. La patrona les dijo que había un muerto en la casa, y uno de los borrachos, que era estudiante de Medicina, dijo que deseaba verle. Se le pudo disuadir de su idea y todos se marcharon. Al otro día se avisó a las hermanas de Manuel y se enterró a la Petra...

Al día siguiente del entierro, Manuel salió de la casa de huéspedes y se despidió de doña Casiana.

--¿Qué vas a hacer?--le dijo ésta.

--No sé; ya veremos.

--Yo no te puedo tener, pero no quiero que pases hambre. Alguna que otra vez ven por aquí.

Después de callejear toda la mañana, Manuel se encontró al mediodía en la ronda de Toledo, recostado en la tapia de las Américas y sin saber qué hacer. A un lado, sentado también en el suelo, había un chiquillo astroso, horriblemente feo y chato, con un ojo nublado, los pies desnudos y un chaquetón roto, por cuyos agujeros se veía la piel negra, curtida por el sol y la intemperie. Colgando del cuello llevaba un bote para coger colillas.

¿Dónde vives tú?--le preguntó Manuel.

--Yo no tengo padre ni madre--contestó indirectamente el muchacho.

--¿Cómo te llamas?

--El _Expósito_.

--¿Y por qué te llaman _Expósito_?

--¡Toma! Porque soy inclusero.

--Y tú ¿no has tenido nunca casa?

--Yo no.

--¿Y dónde sueles dormir?

--Pues en el verano, en las cuevas y en los corrales, y en el invierno, en las calderas del asfalto.

--¿Y cuando no hay asfalto?

--En algún asilo.

--Pero bueno, ¿qué comes?

--Lo que me dan.

--¿Y se vive bien así?

El inclusero no debió de entender la pregunta o le pareció muy necia, porque se encogió de hombros. Manuel siguió interrogándole con curiosidad.

--¿No tienes frío en los pies?

--No.

--¿Y no haces nada?

--¡Psch...!, lo que se tercia: cojo colillas, vendo arena, y cuando no gano nada voy al cuartel de María Cristina.

--¿A qué?

--Toma, por rancho.

--¿Y dónde está ese cuartel?

--Cerca de la estación de Atocha. ¿Qué? ¿También quieres ir tú allí?

--Sí; también.

--Pues vamos, no se vaya a pasar la hora del cocido.

Se levantaron los dos y echaron a andar por las rondas. El _Expósito_ entró en las tiendas del camino a pedir, y le dieron dos pedazos de pan y una perra chica.

--¿Quieres, _ninchi_?--dijo ofreciendo uno de los pedazos a Manuel.

--Venga.

Llegaron los dos por la ronda de Atocha frente a la estación del Mediodía.

--¿Tú conoces la hora?--preguntó el _Expósito_.

--Sí, son las once.

--Entonces aun es temprano para ir al cuartel.

Frente a la estación, una señora, subida en un coche rojo, peroraba y ofrecía un ungüento para las heridas y un específico para quitar el dolor de muelas.

El _Expósito_, mordiendo el pedazo de pan, interrumpió el discurso de la señora del coche, gritando irónicamente:

--¡Deme usted una tajada para que se me quite el dolor de muelas!

--Y a mí otra--dijo Manuel.

--El marido de la señora del coche, un viejo con un ranglán muy largo, que, en el grupo de los oyentes, escuchaba con el mayor respeto lo que decía su costilla, se indignó y, hablando medio en castellano, dijo:

--Ahora sí que os van a _dolert_ de _veres_.

--Este señor ha venido del Archipipi--interrumpió el _Expósito_.

El señor trató de coger a uno de los chicos. Manuel y el _Expósito_ se alejaban corriendo, le daban un quiebro al del ranglán y se plantaban frente a él.

_Sinvergüenses_--gritaba el señor--os voy a _dart_ una _guantade_, que _entonses_ si que os van a _dolert_ de _verdat_.

--Si ya nos duelen--le replicaban ellos.

El hombre, en el último grado de exasperación, comenzó a perseguir frenético a los chicos; un grupo de golfos y de vendedores de periódicos le achucharon irónicamente, y el viejo, sudando, secándose la cara con el pañuelo, fué en busca de un guardia municipal.

--¡Golfolaire! ¡Frachute! _¡Méndigo!_--le gritó el _Expósito_.

Luego, riéndose de la guasa, se acercaron al cuartel y se pusieron a la cola de una fila de pobres y de vagos que esperaban la comida. Una vieja, que ya había comido, les prestó una lata para recoger el rancho.

Comieron, y después, en unión de otros chiquillos andrajosos, subieron por los altos arenosos del cerrillo de San Blas, a ver desde allá el ejercicio de los soldados en el paseo de Atocha.

Manuel se tendió perezosamente al sol; sentía el bienestar de hallarse libre por completo de preocupaciones, de ver el cielo azul extendiéndose hasta el infinito. Aquel bienestar le llevó a un sueño profundo.

Cuando se despertó era ya media tarde; el viento arrastraba nubes obscuras por el cielo. Manuel se sentó; había un grupo de golfos junto él, pero entre ellos no estaba el _Expósito_.

Un nubarrón negro vino avanzando hasta ocultar el sol; poco después empezó a llover.

--¿Vamos a la cueva del _Cojo_?--dijo uno de los muchachos.

--Vamos.

Echó toda la golfería a correr, y Manuel con ella, en la dirección del Retiro. Caían las gruesas gotas de lluvia en líneas oblicuas de color de acero; en el cielo, algunos rayos de sol pasaban brillantes por entre las violáceas nubes obscuras y alargadas, como grandes peces inmóviles.

Delante de los golfos, a bastante distancia, corrían dos mujeres y dos hombres.

Son la _Rubia_ y la _Chata_, que van con dos paletos--dijo uno.

--Van a la cueva--añadió otro.

Llegaron los muchachos a la parte alta del cerrillo; en la entrada de la cueva, un agujero hecho en la arena; sentado en el suelo, un hombre, a quien le faltaba una pierna, fumaba en una pipa.

--Vamos a entrar--advirtió uno de los golfos al _Cojo_.

--No se puede--replicó él.

--¿Por qué?

--Porque no.

--¡Hombre! Déjenos usted entrar hasta que pase la lluvia.

--No puede ser.

--¿Es que están la _Rubia_ y la _Chata_ ahí?

--A vosotros ¿qué os importa?

--¿Vamos a darles un susto a esos paletos?--propuso uno de los golfos, que llevaba largos tufos negros por encima de las orejas.

--Ven y verás--masculló el _Cojo_, agarrando una piedra.

--Vamos al Observatorio--dijo otro--. Allá no nos mojaremos.

Los de la cuadrilla volvieron hacia atrás, saltaron una tapia que les salió al paso, y se guarecieron en el pórtico del Observatorio, del lado de Atocha. Venía el viento del Guadarrama, y allá quedaban al socaire.

La tarde y parte de la noche estuvo lloviendo, y la pasaron hablando de mujeres, de robos y de crímenes. Dos o tres de aquellos chicos tenían casa, pero no querían ir. Uno, que se llamaba el _Mariané_, contó una porción de timos y de estafas notables; algunos, que demostraban un ingenio y habilidad portentosos, entusiasmaron a la concurrencia. Agotado este tema, unos cuantos se pusieron a jugar al cané, y el de los tufos negros, a quien llamaban el _Canco_, cantó por lo bajo canciones flamencas con voz de mujer.

De noche, como hacía frío, se tendieron muy juntos en el suelo y siguieron hablando. A Manuel le chocaba la mala intención de todos; uno explicó cómo a un viejo de ochenta años, que dormía furtivamente en un cuchitril formado por cuatro esteras en el lavadero del Manzanares el Arco Iris, le abrieron una noche que corría un viento helado dos de las esteras, y al día siguiente lo encontraron muerto de frío; el _Mariané_ contó que había estado con un primo suyo, que era sargento de caballería, en una casa pública, y el sargento se montó sobre la espalda de una mujer desnuda y con las espuelas le desgarró los muslos.

--Es que para tener contentas a las mujeres no hay como hacerlas sufrir--terminó diciendo el _Mariané_.

Manuel oyó esta sentencia asombrado; pensó en aquella costurerita que iba a casa de la patrona, y después en la Salomé, y en que no le hubiese gustado hacerse querer de ellas martirizándolas; y barajando estas ideas quedó dormido.

Cuando despertó sintió el frío, que le penetraba hasta los huesos. Alboreaba la mañana, ya no llovía; el cielo, aun obscuro, se llenaba de nubes negruzcas. Por encima de un seto de evónimos brillaba una estrella, en medio de la pálida franja del horizonte, y sobre aquella claridad de ópalo se destacaban entrecruzadas las ramas de los árboles, todavía sin hojas.

Se oían silbidos de las locomotoras en la estación próxima; hacia Carabanchel palidecían las luces de los faroles en el campo obscuro entrevisto a la vaga luminosidad del día naciente.

Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo; sus torrecillas, sus altas chimeneas de fábrica y, en el silencio del amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenían algo de lo irreal y de lo inmóvil de una pintura.

Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construídas, los ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc.

Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer; serpenteaba el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo de los Ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid, el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas blanqueadas por la nieve.

En pleno silencio el esquilón de una iglesia comenzó a sonar alegre, olvidado en la ciudad dormida.

Manuel sentía mucho frío y comenzó a pasearse de un lado a otro, golpeándose con las manos en los hombros y en las piernas. Entretenido en esta operación, no vió a un hombre de boina, con una linterna en la mano, que se acercó y le dijo:

--¿Qué haces ahí?

Manuel, sin contestar, echó a correr para abajo; poco después comenzaron a bajar los demás, despertados a puntapiés por el hombre de la boina.

Al llegar junto al Museo Velasco, el _Mariané_ dijo:

--Vamos a ver si hacemos la Pascua a ese morral del _Cojo_.

--Sí; vamos.

Volvieron a subir por una vereda al sitio en donde habían estado la tarde anterior. De las cuevas del cerrillo de San Blas salían gateando algunos golfos miserables que, asustados al oír ruido de voces, y pensando sin duda en alguna batida de la policía, echaban a correr desnudos, con los harapos debajo del brazo.

Se acercaron a la cueva del _Cojo_; el _Mariané_ propuso que en castigo a no haberles dejado entrar el día anterior, debían hacer un montón de hierbas en la entrada de la cueva y pegarle fuego.

--No, hombre, eso es una barbaridad--dijo el _Canco_--. El hombre alquila su cueva a la _Rubia_ y a la _Chata_, que andan por ahí y tienen su parroquia en el cuartel, y no puede menos de respetar sus contratos.

--Pues hay que amolarle--repuso el _Mariané_--. Ya veréis. El muchacho entró a gatas en la cueva y salió poco después con la pierna de palo del _Cojo_ en una mano y en la otra un puchero.

--_¡Cojo! ¡Cojo!_--gritó.

A los gritos se presentó el lisiado en la boca de la cueva, apoyándose en las manos, andando a rastras, vociferando y blasfemando con furia.

--_¡Cojo! ¡Cojo!_--le volvió a gritar el _Mariané_ como quien azuza a un perro--. ¡Que se te va la pierna! ¡Que se te escapa el _piri_!--y cogiendo la pata de palo y el puchero los tiró por el desmonte abajo.

Echaron todos a correr hacia la ronda de Vallecas. Por encima de los altos y hondonadas del barrio del Pacífico, el disco rojo enorme del sol brotaba de la tierra y ascendía lento y majestuoso por detrás de unas casuchas negras.

CAPÍTULO III

ENCUENTRO CON ROBERTO.--ROBERTO CUENTA EL ORIGEN DE UNA FORTUNA FANTÁSTICA.

TUVO Manuel que volver a la tahona a pedir trabajo, y allí, gracias a que Karl le habló al amo, pasó el muchacho algún tiempo substituyendo a un repartidor.

Manuel comprendía que aquello no era definitivo, ni llevaba a ninguna parte; pero no sabía qué hacer, ni qué camino seguir.

Cuando se quedó sin jornal, mientras no le faltó para comer, en un figón fué viviendo; llegó un día en que se quedó sin un céntimo y recurrió al cuartel de María Cristina.

Dos o tres días aguardaba entre la fila de mendigos a que sacasen el rancho, cuando vió a Roberto que entraba en el cuartel. Por no perder la vez no se acercó, pero, después de comer, le esperó hasta que le vió salir.

--¡Don Roberto!--gritó Manuel.

El estudiante se puso muy pálido; luego se tranquilizó al ver a Manuel.

--¿Qué haces aquí?--dijo.

--Pues, ya ve usted, aquí vengo a comer; no encuentro trabajo.

--¡Ah! ¿Vienes a comer aquí?

--Sí, señor.

--Pues yo vengo a lo mismo--murmuró Roberto, riéndose.

--¿Usted?

--Sí; el destino que tenía me lo quitaron.

--¿Y qué hace usted ahora?

--Estoy en un periódico trabajando y esperando a que haya una plaza vacante. En el cuartel me he hecho amigo de un escultor que viene a comer también aquí y vivimos los dos en una guardilla. Yo me río de estas cosas, porque tengo el convencimiento de que he de ser rico, y, cuando lo sea, recordaré con gusto mis apuros.

--Ya empieza a desbarrar--pensó Manuel.

--¿Es que tú no estás convencido de que yo voy a ser rico?

--Sí; ¡ya lo creo!

--¿Adónde vas?--preguntó Roberto.

--A ninguna parte.

--Pasearemos.

--Vamos.

Bajaron a la calle de Alfonso XII y entraron en el Retiro; llegaron hasta el final del paseo de coches, y allí se sentaron en un banco.

--Por aquí andaremos nosotros en carruaje cuando yo sea millonario--dijo Roberto.

--Usted...; lo que es yo--replicó Manuel.

--Tú también. ¿Te crees tú que te voy a dejar comer en el cuartel cuando tenga millones?

--La verdad es que estará chiflado, pero tiene buen corazón--pensó Manuel--; luego añadió:--¿Han adelantado mucho sus cosas?

--No, mucho, no; todavía la cuestión está embrollada; pero ya se aclarará.

--¿Sabe usted que el titiritero aquel del fonógrafo--dijo Manuel--vino con una mujer que se llamaba Rosa? Yo fuí a buscarle a usted para ver si era la que usted decía.

--No. Esta que yo buscaba ha muerto

--¿Entonces el asunto de usted se habrá aclarado?

--Sí; pero me falta dinero. Don Telmo me prestaba diez mil duros, a condición de cederle, en el caso de ganar, la mitad de la fortuna al entrar en posesión de ella, y no he aceptado.

--Qué disparate.

--Quería, además, que me casase con su sobrina.

--¿Y usted no ha querido?

--No.

--Pues es guapa.

--Sí; pero no me gusta.

--¿Qué? ¿Se acuerda usted todavía de la chica de la Baronesa?

--¡No me he de acordar! La he visto. Está preciosa.

--Sí; es bonita.

--¡Bonita sólo! No blasfemes. Desde que la vi, me he decidido. O va uno al fondo o arriba.

--Se expone usted a quedarse sin nada.

--Ya lo sé; no me importa. O todo o nada.

Los Hasting han tenido siempre voluntad y decisión para las cosas. El ejemplo de un pariente mío me alienta. Es un caso de terquedad, tonificador. Verás.

Mi tío, el hermano de mi abuelo, estuvo en Londres en una casa de comercio; supo por un marino que en una isla del Pacífico habían sacado una vez una caja llena de plata, que suponían sería de un barco que había salido del Perú para Filipinas. Mi tío logró saber el punto fijo en donde había naufragado el barco, e, inmediatamente, dejó su empleo y se fué a Filipinas. Fletó un barquito, llegó al punto señalado, un peñón del archipiélago de Magallanes, sondaron en distintas partes y no llegaron a sacar, después de grandes trabajos, mas que unas cuantas cajas rotas, en donde no quedaban huellas de nada. Cuando los víveres se acabaron tuvieron que volver, y mi tío llegó sin un cuarto a Manila, y se metió de empleado en una casa de comercio. Al año de esto, un yanqui le propuso buscar el tesoro juntos, y mi tío aceptó, con la condición de que partirían entre los dos las ganancias. En este segundo viaje sacaron dos cajas pesadísimas y grandes, una llena de lingotes de plata, la otra con onzas mejicanas. El yanqui y mi tío se repartieron el dinero, y a cada uno le tocó más de cien mil duros; pero mi tío, que era terco, volvió al lugar del naufragio, y entonces ya debió de encontrar el tesoro, porque llegó a Inglaterra con una fortuna colosal. Hoy los Hasting, que viven en Inglaterra, siguen siendo millonarios. ¿No te acuerdas de Fanny, la que vino a la taberna de las Injurias con nosotros?

--Sí.

--Pues es de los Hasting ricos de Inglaterra.

--¿Y usted por qué no les pide algún dinero?--preguntó Manuel.

--No, nunca, aunque me muriera de hambre, y eso que ellos se han prestado muchas veces a favorecerme. Antes de venir a Madrid estuve viajando por casi todas partes del mundo en un yate del hermano de Fanny.

--¿Y esa fortuna que usted piensa encontrar está también en alguna isla?--dijo Manuel.

--Me parece que eres de los que no tienen fe--contestó Roberto--. Antes de que cantara el gallo me negarías tres veces.

--No; yo no conozco sus asuntos; pero si usted me necesitara a mí, yo le serviría con mucho gusto.

--Pero dudas de mi estrella, y haces mal; te figuras que estoy chiflado.

--No, no, señor.

--¡Bah! Tú te crees que esa fortuna que yo tengo que heredar es una filfa.

--Yo no sé.

--Pues, no; la fortuna existe. ¿Tú te acuerdas una vez que hablaba con don Telmo delante de ti de cómo había estado en casa de un encuadernador, y la conversación que tuve con él?

--Sí, señor; me acuerdo.

Pues bien; aquella conversación fué para mí la base de las indagaciones que he hecho después; no te contaré yo cómo he ido recogiendo datos y más datos, poco a poco, porque esto te resultaría pesado; te mostraré escuetamente la cuestión.

Al concluir esto, Roberto se levantó del banco en donde estaban sentados, y dijo a Manuel:

--Vamos de aquí. Aquel señor anda rondándonos; trata de oír nuestra conversación.

Manuel se levantó convencido de la chifladura de Roberto; pasaron por delante del Ángel Caído, llegaron cerca del Observatorio Meteorológico, y de allí salieron a unos cerrillos que están frente al Pacífico y al barrio de Doña Carlota.

--Aquí se puede hablar--murmuró Roberto--. Si viene alguno, avísame.

--No tenga usted cuidado--respondió Manuel.

--Pues como te decía, esa conversación fué la base de una fortuna que pronto me pertenecerá; pero mira si será uno torpe y lo mal que se ven las cosas cuando están al lado de uno. Hasta pasado lo menos un año de la conversación no empecé yo a hacer gestiones. Las primeras las hice hace dos años. Un día de Carnaval se me ocurrió la idea. Yo daba lecciones de inglés y estudiaba en la Universidad; con el poco dinero que ganaba tenía que enviar parte a mi madre, y parte me servía para vivir y para las matrículas. Este día de Carnaval, un martes, lo recuerdo, no tenía mas que tres pesetas en el bolsillo; llevaba tanto tiempo trabajando sin distraerme un momento, que dije:--Nada, hoy voy a hacer una calaverada; me voy a disfrazar. Efectivamente, en la calle de San Marcos alquilé un dominó y un antifaz por tres pesetas, y me eché a la calle, sin un céntimo en el bolsillo. Comencé a bajar hacia la Castellana, y al llegar a la Cibeles me pregunté a mí mismo, extrañado: ¿Para qué habré hecho yo la necedad de gastar el poco dinero que tenía en disfrazarme cuando no conozco a nadie?