Chapter 9
--Todo lo dejo yo--respondió María--por venir a ver esa cara tuya, que me tiene hechizada, y esas orejas que te envidia _Golondrina_. Oyes, ¿sabes por qué tenéis vosotros las orejas tan largas? Cuando padre Adán se halló en el paraíso con tanto animal, les dio a cada cual su nombre; a los de tu especie los nombró borricos. Unos días después, los juntó y les fue preguntando a cada cual su nombre; todos respondieron, menos los de tu casta, que ni su nombre sabían. Dióle tal rabia a padre Adán, que cogiendo al desmemoriado por las orejas, se puso a gritar a la par que tiraba desaforadamente de ellas; te llamas borriicooo.
Diciendo y haciendo, había cogido María las orejas a Momo, ya se las tiraba de manera de arrancárselas.
Fue la suerte de María, que al primer berrido que dio Momo, con toda la fuerza de sus anchos pulmones, se le atravesó un bocado de pan y sardina, lo que le ocasionó tal golpe de tos, que ella, ligera como buena gaviota, pudo escaparse del buitre.
--Buenos días, mi ruiseñor--dijo Stein, que al oírla había salido al patio.
--Por vía del ruiseñor, ¡ehe, ehe, ehe, ehe!--gruñía y tosía Momo--, ¡ruiseñor y es la chicharra más cansada que ha criado el estío!, ¡ehe, ehe, ehe, ehe!
--Ven, María--prosiguió Stein--, ven a escribir y a leer los versos que traduje ayer. ¿No te gustaron?
--No me acuerdo de ellos--respondió María--; ¿eran aquellos del país donde florecen los naranjos? Esos no pegan aquí, donde se han secado por no bastar a su riego las lágrimas de fray Gabriel. Déjese usted de versos, don Federico, y tóqueme usted el _Nocturno_ de Weber cuyas palabras son: «¡Escucha, escucha, amada mía! ¡Se oye el canto del ruiseñor; en cada rama, florece una flor; antes que aquel calle y estas se ajen, escucha, escucha, amada mía!»
--¡Los terminachos que ha aprendido esa _Gaviota_!--murmuraba Momo--, y que le sientan como confites a un ajo molinero.
--Después que leas, tocaré la serenata de Carl de Weber--dijo Stein, que sólo a favor de esta recompensa podía obligar a María a aprender lo que quería enseñarle. María tomó con mal gesto el papel que le presentaba Stein, y leyó corrientemente, aunque de mala gana:
AL RETIRO
(_Traducido del poeta alemán Salis._)
En la suave sombra del retiro hallé la paz, la paz que a un mismo tiempo nos ablanda y fortalece, y que mira tranquila los golpes de la suerte como el santo mira los sepulcros.
¡Dulce olvido de la marcha del tiempo, suave alejamiento de los hombres, que llevas a amarlos más que su trato!, tú sacas blandamente de la herida el dardo que en el alma clavó la injusticia.
Aquel que _tolera y aprecia_, aquel que exige mucho de sí mismo y poco de los demás, para este brotan las más suaves hojas del olivo, con las que coronará la moderación su frente.
En cuanto a mí, corono a mis _Penates_ con _loto_[18], y los cuidados por el porvenir no se acercan a mis umbrales, pues el hombre cuerdo concreta su felicidad a un estrecho círculo.
[Nota 18: Loto, planta que simboliza el olvido.--Almez ó almezo.]
--María--dijo Stein cuando esta hubo acabado la lectura--, tú, que no conoces al mundo, no puedes graduar cuánta y qué profunda verdad hay en estos versos y cuánta filosofía. ¿Te acuerdas que te expliqué lo que era filosofía?
--Sí, señor--respondió María--, la ciencia de ser feliz. Pero en eso, señor, no hay reglas ni ciencia que valga; cada cual entiende el modo de serlo a su manera. Don Modesto, en que le pongan cañones a su fuerte, tan ruinoso como él. Fray Gabriel, en que le vuelvan su convento, su prior y sus campanas; tía María, en que usted no se vaya; mi padre en coger una corbina, y Momo, en hacer todo el mal que pueda.
Stein se echó a reír, y poniendo cariñosamente su mano sobre el hombro de María:
--¿Y tú--le dijo--en qué la haces consistir?
María vaciló un momento sobre lo que había de contestar, levantó sus grandes ojos, miró a Stein, los volvió a bajar, miró de soslayo a Momo, se sonrió en sus adentros al verle las orejas más coloradas que un tomate y contestó al fin.
--¿Y usted, don Federico, en qué la haría consistir?, ¿en irse a su tierra?
--No--respondió Stein.
--¿Pues en qué?--prosiguió preguntando María.
--Yo te lo diré, ruiseñor mío--respondió Stein--; pero antes dime tú en qué harías consistir la tuya.
--En oír siempre tocar a usted--respondió María con sinceridad.
En este momento, salió la tía María de la cocina con la buena intención de meter el palo en candela; sucediéndole lo que a muchos, que por un exceso de celo entorpecen las mismas cosas que desean.
--¿No ve usted, don Federico--le dijo--, qué guapa moza está _Marisalada_ y qué corpachón ha echado?
Momo, al oír a su abuela, murmuró guillotinando una sardina:
--¡Idéntica a la caña de pescar de su padre!, con unas piernas y brazos que le dan el garbo de un cigarrón, tan alta y tan seca, que haría buena tranca para mi puerta, ¡jui!
--Anda, desaborido, rechoncho, que pareces una col sin troncho--repuso _la Gaviota_ a media voz.
--Sí, sí--respondió Stein a la tía María--; es bella, sus ojos son el tipo de los tan nombrados de los árabes.
--Parecen dos erizos y cada mirada una púa--gruñó Momo.
--¿Y esta boca tan hermosa que canta como un serafín?--prosiguió la tía María, tomando la cara a su protegida.
--¡Vea usted!--dijo Momo--, una boca como una espuerta, que echa fuera sapos y culebras.
--¿Y tu jeta?--dijo María con una rabia, que esta vez no pudo contener--, ¿y tu jeta espantosa, que no ha llegado de oreja a oreja, porque tu cara es tan ancha que se cansó a medio camino?
Momo, en respuesta, cantó en tres tonos diferentes.
--_¡Gaviota! ¡Gaviota! ¡Gaviota!_
--_¡Romo! ¡Romo! ¡Romo!,_ chato, nariz de rabadilla de pato--cantó María con su magnífica voz.
--¿Es posible, Mariquita--le dijo Stein--, que hagas caso de lo que dice Momo sólo por molerte? Son sus bromas tontas y groseras, pero sin malicia.
--Alguna de la que a él le sobra, le hace falta a usted, don Federico--respondió María--. Y para que usted lo sepa, no me da la gana de aguantar a ese zopenco, más rudo que un canto, más bronco que un _escambrón_ y más áspero que un cuero sin curtir. Así, me voy.
Diciendo esto, se salió _la Gaviota_ y Stein la siguió.
--Eres un desvergonzado--dijo la tía María a su nieto--; tienes más hiel en tu corazón, que buena sangre en tus venas: ¡a las faldas se las respeta, ganso! Pero en todo el lugar hay otro más díscolo ni más desamoretado que tú.
--¡Como está usted hecha a la finura de esa pilla de playa--respondió Momo--, que me ha puesto las orejas como usted las ve, le parecen a usted los demás bastos! El demonio que acierte de qué hechizo se ha valido esa agua-mala[19] para cortarle a usted y a don Federico el ombligo. ¡Mire usted una gaviota _leía y escribía_!... ¿Quién ha visto eso? Así es que esa gran _jaragana_, que no se cuida de otra cosa en todo el día, sino de hacer gorgoritos como el agua al fuego, ni le guisa la comida a su padre, que tiene que guisársela él mismo, ni le cuida la ropa; de manera que tiene usted que cuidársela. Pero su padre, don Federico, y usted no saben dónde ponerla, y querían que Su Santidad la santificara. ¡Ella dará el pago!, ¡ella dará el pago!, y si no, ¡al tiempo! Cría cuervos...
Stein había alcanzado a _Marisalada_ y le decía:
[Nota 19: Agua-mala es el nombre vulgar de un pólipo marino, que vive rodeado de una materia glutinosa que flota en el mar y cuyo contacto produce un escozor en la piel, parecido al que causa el de la ortiga.]
--¿De qué sirve, Mariquita, cuanto he procurado ilustrar tu entendimiento, si no has llegado siquiera a adquirir la poca superioridad necesaria para sobreponerte a necedades sin valor ni importancia?
--Oiga usted, don Federico--contestó María--, yo entiendo que la superioridad me ha de valer para que por ella me tengan en más, y no en menos.
--Válgame Dios, María, ¿es posible que así trueques los frenos? La superioridad enseña cabalmente a no engreírse con lauros y a no rebelarse contra injusticias. Pero esas son--añadió riéndose--cosas de tu edad casi infantil y de tu efervescente sangre meridional. Tú habrás aprendido, cuando tengas canas como yo, el poco valor de esas cosas. ¿Has notado que tengo canas, María?
--Sí--respondió esta.
--Pues mira, bien joven soy; pero el sufrir madura pronto la cabeza. Mi corazón ha quedado joven, María; y te ofrecería flores de primavera si no temiese te asustasen las tristes señales de invierno que ciñen mi frente.
--Verdad es--respondió María (que no pudo contener su natural impulso)--que un novio con canas, no pega.
--¡Bien lo pensé así!--dijo Stein con tristeza--; mi corazón es leal y la tía María se engañó cuando al asegurarme posible la felicidad, hizo nacer en él esperanzas, como nace la flor del aire, sin raíces y sólo al soplo de la brisa.
María, que echó de ver que había rechazado con su aspereza a un alma demasiado delicada para insistir y a un hombre bastante modesto para persuadirse de que aquella sola objeción bastaba para anular sus demás ventajas, dijo precipitadamente:
--Si un novio con canas no pega, un marido con canas no asusta.
Stein quedó sumamente sorprendido de esta brusca salida, y aún más, de la decisión e impasibilidad con que se hacía. Luego, se sonrió y la dijo:
--¿Te casarías, pues, conmigo, bella hija de la naturaleza?
--¿Por qué no?--respondió _la Gaviota_.
--María--dijo conmovido Stein--, la que admite a un hombre para marido y se aviene a unirse a él para toda la vida, o mejor dicho, a hacer de dos vidas una, como en una antorcha dos pábilos forman una misma llama, le favorece más, que la que le acoge por amante.
--¿Y para qué sirven--dijo María con mezcla de inocencia y de indiferencia--los peladeros de pava en la reja?, ¿a qué sirven los guitarreos, si tocan y cantan mal, sino para ahuyentar los gatos?
Habían llegado a la playa y Stein suplicó a María se sentase a su lado, sobre unas rocas. Callaron largo rato: Stein estaba profundamente conmovido; María, aburrida, había tomado una varita y dibujaba con ella figuras en la arena.
--¡Cómo habla la naturaleza al corazón del hombre!--dijo al fin Stein--; ¡qué simpatía une a todo lo que Dios ha creado! Una vida pura es como un día sereno; una vida de pasiones desenfrenadas es como un día de tormenta. Mira esas nubes, que llegan lentas y oscuras, a interponerse entre el sol y la tierra: son como el deber, que se interpone entre el corazón y un amor ilícito, dejando caer sobre el primero sus frías pero claras y puras emanaciones. ¡Dichoso el terreno sobre el que no resbalan! Pero nuestra felicidad será inalterable como el cielo de mayo, porque tú me querrás siempre, ¿no es verdad, María?
María, en cuya alma tosca y áspera no experimentaba la poesía ni hacia los sentimientos ascéticos de Stein, no tenía ganas de responder; pero como tampoco podía dejar de hacerlo, escribió en la arena con la varita, con que distraía su ocio, la palabra _«¡Siempre!»_
Stein tomó el fastidio por modestia y prosiguió conmovido:
--Mira la mar: ¿oyes cómo murmuran sus olas con una voz tan llena de encanto y de terror? Parecen murmurar graves secretos en una lengua desconocida. Las olas son, María, aquellas sirenas seductoras y terribles, en cuya creación fantástica las personificó la florida imaginación de los griegos: seres bellos y sin corazón, tan seductores como terribles, que atraían al hombre con tan dulces voces para perderle. Pero tú, María, no atraes con tu dulce voz, para pagar con ingratitud; no: tú serás la sirena en la atracción, pero no en la perfidia. ¿No es verdad, María, que nunca serás ingrata?
_«¡Nunca!»,_ escribió María en la arena; y las olas se divertían en borrar las palabras que escribía María, como para parodiar el poder de los días, olas del tiempo, que van borrando en el corazón, cual ellas en la arena, lo que se asegura tener grabado en él para siempre.
--¿Por qué no me respondes con tu dulce voz?--dijo Stein a María.
--¿Qué quiere usted, don Federico?--contestó esta--. Se me anuda la garganta para decirle a un hombre que lo quiero. Soy seca y descastada, como dice la tía María, que no por eso deja de quererme; cada uno es como Dios lo ha hecho. Soy como mi padre; palabras, pocas.
--Pues si eres como tu padre, nada más deseo, porque el buen tío Pedro--diré mi padre, María--tiene el corazón más amante que abrigó pecho humano. Corazones como el suyo sólo laten en los diáfanos pechos de los ángeles y en los de los hombres selectos.
«¡Selecto mi padre!--dijo para sí María, pudiendo apenas contener una sonrisa burlona--. ¡Anda con Dios!, más vale que así le parezca.»
--Mira, María--dijo Stein acercándose a ella--; ofrezcamos a Dios nuestro amor puro y santo; prometámosle hacerlo grato con la fidelidad en el cumplimiento de todos los deberes que impone, cuando está consagrado en sus aras; y deja que te abrace como a mi mujer y a mi compañera.
--¡Eso no!--dijo María dando un rápido salto atrás y arrugando el entrecejo--, ¡a mí no me toca nadie!
--Bien está, mi bella esquiva--repuso Stein con dulzura--; respeto todas las delicadezas y me someto a todas tus voluntades. ¿No es acaso, como dice uno de vuestros antiguos y divinos poetas, la mayor de las felicidades la de _obedecer amando_?
Capítulo XIII
El agradecimiento que sentía el pescador hacia el que había salvado a su hija, se había convertido al verle tan interesado por ella en una amistad exaltada, que sólo podía compararse a la admiración que excitaban en él las grandes prendas que adornaban a Stein. Grande fue igualmente el regocijo que causó la noticia del casamiento de Stein en todas las personas que le conocían y le amaban.
Así fue que cuando se le ofreció por yerno, el buen padre enmudeció, profundamente conmovido por el gozo que sintió en su corazón, y sólo suplicó a Stein cogiéndole la mano, que por Dios se quedasen a vivir en la choza; en lo que consintió Stein de mil amores. Entonces el pescador pareció recobrar las fuerzas y la agilidad de su juventud, para emplearlas en mejorar, asear y primorear su habitación. Despejó el pequeño desván, al que se retiró, dejando los cuartitos del segundo piso para sus hijos. Enlució las paredes, las enjalbegó, aplanó el suelo y le cubrió después con una primorosa estera de palma, que al efecto tejió, encargando a la tía María el sencillo ajuar correspondiente.
Desde que se conocieron el tosco marinero y el ilustrado estudiante, habían congeniado, porque las personas de buenos y análogos sentimientos sienten tal atracción cuando se ponen en contacto, que venciendo las distancias, desde luego se saludan hermanas.
De puro gozo, la tía María no pudo dormir en tres noches seguidas. Pronosticó, que puesto que don Federico iba a residir en aquel país, ninguno de sus habitantes moriría sino de viejo.
Fray Gabriel se manifestó tan contento de aquella resolución, y sobre todo de ver a la tía María tan alegre, que abundando en los sentimientos de esta, se aventuró a soltar un gracejo, que fue el primero y el último de su vida. En voz baja dijo que el señor cura iba a olvidarse del _De profundis_.
Tanto agradó este chiste a la tía María, que por espacio de quince días no habló con alma viviente a quien después de los buenos días no se lo refiriese, en honra y gloria de su protegido. Y a él le causó tal embarazo el asombroso éxito de su chiste, que hizo voto de no caer en semejante tentación en todo el resto de su vida.
Don Modesto fue de opinión que _la Gaviota_ había ganado el premio grande de la lotería y la gente del lugar el segundo; porque él no se hallaría manco si se hubiese encontrado en el sitio de Gaeta un cirujano tan hábil como Stein.
La opinión de Dolores fue que si el pescador había dado dos veces la vida a su hija, la voluntad de Dios le había dado dos veces la felicidad, proporcionándole tal padre y tal marido.
Manuel observó que había una torta en el cielo reservada para los maridos que no se arrepintiesen de serlo; y que hasta ahora nadie le había metido el diente. Su mujer le respondió que eso era porque los maridos no entraban allí, habiéndolo prometido así San Pedro a Santa Genoveva.
En cuanto a Momo, sostuvo que una vez que _la Gaviota_ había encontrado marido, bien podía la epidemia no perder las esperanzas.
_Rosa Mística_ lo tomó por otro estilo. María había aumentado el catálogo de sus agravios con uno de fecha reciente. Había llegado el mes de María, y en el culto que se le tributaba, algunas devotas se reunían a cantar coplas en honor de la Virgen, acompañadas por un mal clavicordio que tocaba el viejo y ciego organista. Rosita presidía esta sociedad filarmónica y religiosa. Algunas voces puras y agradables se unían en este concierto a la suya, que no dejaba de ser áspera y chillona. Rosa, que no podía desconocer la admirable aptitud de _Marisalada_, impuso silencio a sus antiguos resentimientos, en obsequio del mes de María, y pensó en aprovecharse de la mediación de don Modesto, para que la hija del pescador tomase parte en aquel coro virginal.
Don Modesto agarró el bastón y se puso en marcha.
_Marisalada_, que no la echaba de devota, y que no se cuidaba mucho de ejercer su habilidad bajo aquel maestro _al cembalo_, respondió al veterano con un _no_ pelado, sin preámbulo y sin epílogo.
Este monosílabo aterró a don Modesto más que una descarga de artillería; y no supo qué hacer.
Era don Modesto uno de aquellos hombres que tienen bastante buen corazón para desear sinceramente el bien de sus amigos, pero no poseen el valor necesario para contribuir a su logro ni imaginación bastante fecunda para hallar los medios de conseguirlo.
--Tío Pedro--dijo al pescador después de aquel perentorio rechazo--: ¿sabe usted que me tiemblan las carnes? ¿Qué dirá Rosita? ¿Qué dirá el padre cura? ¿Qué dirá todo el pueblo? ¿No podría usted hallar medio de convencerla?
--¡Si no quiere!, ¿qué le hago?--respondió el pescador.
De modo que el pobre don Modesto tuvo que resignarse a ser el portador de tan triste embajada, la cual no sólo debía ofender, sino escandalizar a su mística patrona.
--Mil veces más quisiera--decía volviendo a Villamar--presentarme delante de todas las baterías de Gaeta, que delante de Rosita, con este _no_ en la boca. ¡Jesús, cómo se va a poner!
Y tenía razón, porque en vano adornó don Modesto su mensaje con un exordio modificador; en vano lo comentó con notas explicativas; en vano lo exornó con verbosas paráfrasis. No por esto dejó de ofender mucho a Rosita, la cual exclamó en tono sentencioso:
--Quien recibe dones del cielo y no los emplea en su servicio, merece perderlos.
Así fue, que cuando supo el proyectado casamiento, dijo, dando un suspiro y alzando los _ojos_ al cielo:
--¡Pobre don Federico! ¡Tan bueno, tan piadoso, tan bendito! Dios los haga felices, como hacerlo puede, ya que nada es imposible a su omnipotencia.
Momo, con su acostumbrada mala intención, tuvo el gusto de dar la noticia del casamiento a Ramón Pérez.
--Oye, _Ratón Pérez_--le dijo--, ya puedes comer cebolla hasta hartarte, que a don Federico le ha tentado el diablo y se casa con _la Gaviota_.
--¿De veras?--exclamó consternado el barbero.
--¿Te asombras? Más me asombré yo; ¡sobre que hay gustos que merecen palos! ¡Mire usted, prendarse de esa descastada, que parece una culebra en pie, echando centellas por los ojos y veneno por la boca! Pero en don Federico se cumplió aquello de que _quien tarde casa, mal casa_.
--No me asombro--repuso Ramón Pérez--de que don Federico la quiera, sino de que _Marisalada_ quiera a ese _desgavilado_, que tiene pelo de lino, cara de manzana y ojos de pescado. Que no haya tenido presente esa ingrata de que _¡quien lejos se va a casar, o va engañado, o va a engañar_!
--A fe que no será lo primero, porque lo que es él es un hombre de los buenos; no hay que decir. Pero esa mariparda lo ha engatusado con su canto, que dura desde que echa el sol sus luces hasta que las recoge, pues no hace _naíta_ más. Ya se lo dije yo: don Federico, dice el refrán, _toma casa con hogar y mujer que sepa hilar_; y no ha hecho caso; es un Juan Lanas. En cuanto a ti, _Ratón Pérez_, te has quedado con más narices que un pez espada.
--Siempre se ha visto--contestó el barbero dando tan brusca vuelta a la clavija de su guitarra que saltó la prima--que de fuera vendrá quien de casa nos echará. Pero has de saber tú, _Romo_, que a mí se me da tres pitos. Tal día hará un año; a rey muerto, rey puesto.
Y poniéndose a rasguear furiosamente la guitarra, cantó con voz arrogante:
Dicen que tú no me quieres, No me da pena maldita; Que la mancha de la mora Con otra verde se quita. Si no me quieres a mí, Se me da tres caracoles; Con ese mismo dinero Compro yo nuevos amores.
Capítulo XIV
El casamiento de Stein y _la_ _Gaviota_ se celebró en la iglesia de Villamar. El pescador llevaba, en lugar de su camisa de bayeta colorada, una blanca muy almidonada, y una chaqueta nueva de paño azul basto, con cuyas galas estaba tan embarazado que apenas podía moverse.
Don Modesto, que era uno de los testigos, se presentó con toda la pompa de un uniforme viejo y raído a fuerza de cepillazos, el que, habiendo su dueño enflaquecido, le estaba anchísimo. El pantalón de mahón, que _Rosa Mística_ había lavado por milésima vez, pasándolo por agua de paja que, por desgracia, no era el agua de Juvencio, se había encogido de tal modo que apenas le llegaba a media pierna. Las charreteras se habían puesto de color de cobre. El tricornio, cuyo erguido aspecto no habían podido alterar ocho lustros de duración, ocupaba dignamente su elevado puesto. Pero al mismo tiempo brillaba sobre el honrado pecho del pobre inválido la cruz de honor ganada valientemente en el campo de batalla, como un diamante puro en un engaste deteriorado.
Las mujeres, según el uso, asistieron de negro a la ceremonia; pero mudaron de traje para la fiesta. _Marisalada_ iba de blanco. Tía María y Dolores llevaban vestidos que Stein les había regalado para aquella ocasión. Eran de tejido de algodón, traído de Gibraltar, de contrabando; el dibujo, el que entonces estaba de moda, y se llamaba _Arco Iris_, por ser una reunión de los colores más opuestos y menos capaces de armonizar entre sí. No parecía sino que el fabricante había querido burlarse de sus consumidores andaluces. En fin, todos se compusieron y engalanaron, excepto Momo, que no quiso molestarse en una ocasión como aquella, lo que dio motivo a que _la Gaviota_ le dijese:
--Has hecho bien, gaznápiro; por aquello de que «aunque la mona se vista de seda, mona se queda». La misma falta haces tú en mi boda, que los perros en misa.
--¿Si te habrás figurado tú, que por ser _méica_ dejas de ser _Gaviota_--repuso Momo--, y que por estar recompuesta estás bonita? Sí, ¡bonita estás con ese vestido blanco! Si te pusieras un gorro colorado, parecerías un fósforo.
Y en seguida se puso a cantar con destemplada voz:
Eres blanca como el cuervo, y bonita como el hambre, _coloráa_ como la cera, y gorda como el alambre.
_Marisalada_ repostó en el acto:
Tienes la boca, que parece un canasto de colar ropa. Con unos dientes, que parecen zarcillos de tres pendientes.
y le volvió la espalda.
Momo, que no era hombre que se quedase atrás, en tratándose de insolencias y denuestos, replicó con coraje:
--Anda, anda, a que te echen la bendición; que será la primera que te hayan echado en tu vida, y que estoy para mí que será la última.