Chapter 7
Paca sacó las castañas y se las dio; y en lugar de lágrimas se vieron tan luego brillar a la luz de la llama dos hileras de blancos dientecitos en el rostro de _Anís_.
--Hermano Gabriel--dijo la tía María, dirigiéndose a este--, ¿no me ha dicho usted que le duelen los ojos? ¿A qué trabaja usted de noche?
--Me dolían--contestó fray Gabriel--; pero don Federico me ha dado un remedio que me ha curado.
--Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero no sabe su merced el que no marra--dijo el pastor.
--Si usted lo sabe, le agradecería que me lo comunicase--le dijo Stein.
--No puedo decirlo--repuso el pastor--, porque aunque sé que lo hay, no lo conozco.
--¿Quién lo conoce, pues?--preguntó Stein.
--Las golondrinas--contestó el pastor[15].
--¿Las golondrinas?
[Nota 15: Las cosas que cree y refiere el pueblo, aunque adornadas por su rica y poética imaginación, tienen siempre algún origen. En la segunda parte de la obra intitulada Simples _incógnitos en la medicina_, escrita por fray Esteban de Villa, e impresa en Burgos en 1654, hallamos este párrafo, que coincide con lo que dice el pastor:
«La ibis (que quieren sea la cigüeña) enseñó el uso de las ayudas, que se echa a sí misma llenando de agua la boca, sirviéndole lo largo del pico para el efecto. El perro, el uso del vomitivo, comiendo la grama, que para él es de virtud vomitiva. El caballo marino la sangría, cuando se siente cargado de sangre, abriéndose la vena con punta de caña que le sirve de lanceta, y el barro de venda, revolcándose en él, con lo que cierra la cisura. La golondrina, el colirio en la Celidonia, con que da vista a sus pollos y nombre a esta planta, que se dijo _hirundinaria_, por su inventor la golondrina, etc.»]
--Pues sí, señor--prosiguió el pastor--; es una hierba que se llama _pito-real_, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se le sacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un _pito-real_, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene también la virtud de quebrar el hierro, no más que con tocarla; y así cuando a los segadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sin poder atinar por qué, es porque tocaron al _pito-real_. Pero por más que la han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que así sea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armaría en el mundo, puesto que no quedarían a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas, ni aldabas.
--¡Las cosazas que se engulle José, que tiene unas tragaderas como un tiburón!--dijo riéndose Manuel. Don Federico, ¿sabe usted otra que dice y que se cree como artículo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.
--Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca--repuso el pastor--. Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan a correr. Con los años se hacen serpientes; entonces, poco a poco, van criando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan al desierto. Pero tú, Manuel, nada quieres creer: ¿si querrás negar también que el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no lo quieres creer, pregúntaselo a tío Miguel.
--¿Ese lo sabe?
--¡Toma!, por lo que a él mismo le pasó.
--¿Y qué fue?--preguntó Stein.
--Estando durmiendo en el campo--contestó José--, se le vino acercando una culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en el vallado, salió a defender al tío Miguel y empezaron a pelearse la culebra y el lagarto, que era tamaño y tan grande. Pero como el tío Miguel, ni por esas despertaba, el lagarto le metió la punta del rabo por las narices. Con eso despertó el tío Miguel y echó a correr como si tuviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bien inclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredes y venir a besar la tierra.
Cuando había empezado esta conversación tratando de las golondrinas, Paca había dicho a _Anís_, que sentado en el suelo entre sus hermanas con las piernas cruzadas parecía el Gran Turco en miniatura.
--_Anís_, ¿sabes tú lo que dicen las golondrinas?
--Yo no; no me _jan jablao_.
--Pues atiende: dicen--remedando la niña el gorgeo de las golondrinas, se puso a decir con celeridad:
Comer y beber: buscar emprestado, y si te quieen prender[16] ¡por no haber pagado, huir, huir, huir, huiiiir, comadre Beatriiiiz.
[Nota 16: Este verso no se puede decir, sino con la manera de abreviar las palabras que el pueblo gasta pronunciando _quieen_ por _quieren_.]
--¿Por eso se van?--preguntó _Anís_.
--Por eso--afirmó su hermana.
--¡Yo las quiero más...!--dijo Pepa.
--¿Por qué?--preguntó _Anís_.
--Porque has de saber--respondió la niña:
Que en el monte Calvario las golondrinas le quitaron a Cristo las cinco espinas. En el monte Calvario los jilgueritos le quitaron a Cristo los tres clavitos.
--Y los gorriones, ¿qué hacían?--preguntó _Anís_.
--Los gorriones--respondió su hermana--, nunca he sabido que hicieran más que comer y pelearse.
Entre tanto, Dolores, llevando a su niño dormido en un brazo, había puesto con la mano que le quedaba libre, la mesa y colocado en medio las batatas, y distribuido a cada cual su parte. En su propio plato comían los niños; y Stein observó que Dolores ni aún probaba el manjar que con tanto esmero había confeccionado.
--Usted no come, Dolores--le dijo.
--¿No sabe usted--respondió esta riendo--el refrán «el que tiene hijos al lado, no morirá ahitado»? Don Federico, lo que ellos comen, me engorda a mí.
Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que no cayesen sus hermanos en tentación de pedirle de lo que contenía.
Su padre que lo notó, le dijo:
--No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio de villanos. Sabrás que una vez se cayó un avariento en un río. Un paisano que vio se le llevaba la corriente, alargó el brazo y le gritó: «_Deme la mano._» ¡Qué había de dar!, ¡dar!, antes de dar nada, dejó que se le llevase la corriente. Fue su suerte que le arrastró el agua cerca de un pescador, que le dijo: «Hombre, _tome_ usted esta mano.» Conforme se trató de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salvó.
--No es ese chascarrillo el que debías contar a tu hijo, Manuel--dijo la tía María--, sino ponerle por ejemplo lo que acaeció a aquel rico miserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con un pedazo de pan, ni con un trago de agua. «Permita Dios--le dijo el pobre que todo cuanto toquéis, se convierta en ese oro y esa plata a que tanto apegado estáis.» Y así fue. Todo cuando en la casa del avaro había, se convirtió en aquellos metales tan duros como su corazón. Atormentado por el hambre y la sed, salió al campo, y habiendo visto una fuente de agua cristalina, se arrojó con ansia a ella; pero al tocarla con los labios, el agua se cuajó y convirtió en plata. Fue a tomar una naranja del árbol, y al tocarla se convirtió en oro; y así murió rabiando y maldiciendo aquello mismo por lo que ansiado había.
Manuel, _el espíritu fuerte_ de aquel círculo, meneó la cabeza.
--¡Lo ve usted, tía María--dijo José--; Manuel no lo quiere creer! Tampoco cree que el día de la Asunción, en el momento de alzar en la misa mayor, todas las hojas de los árboles se unen de dos en dos para formar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que ni una sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, día del martirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavando la tierra, se halla carbón por todas partes.
--Cuando llegue ese día--dijo Manuel--, he de cavar un hoyo delante de ti, José, y veremos si te convenzo de que no hay tal.
--¿Y qué pica en Flandes habrás puesto, si no hallas carbón?--le dijo su madre--. ¿Acaso crees que lo hallarás si lo buscas sin creerlo? Pero Manuel, tú te has figurado que todo lo que no sea artículo de fe, no se ha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijo mío, sino cosa de sanos.
--Pero madre--repuso Manuel--, entre correr y estar parado, hay un medio.
--¿Y para qué--dijo la buena anciana--escatimar tanto la fe, que al fin es la primera de las virtudes? ¿Qué te parecería, hijo de mis entrañas, si yo te dijese: te parí, te crié, te puse en camino; cumplí pues, con mi obligación?, ¿si sólo como obligación mirase al amor de madre?
--Que no era usted buena madre, señora.
--Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por _obligación_, y sólo aquello que no puede dejar de creer, sin ser renegado, es mal cristiano: como sería yo mala madre si sólo te quisiese por obligación.
--Hermano Gabriel--dijo Dolores--, ¿cómo es que no quiere usted probar mis batatas?
--Es día de ayuno para nosotros--respondió fray Gabriel.
--¡Qué!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos--dijo campechanamente Manuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalo general--. Además, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta años; con que así, fuera escrúpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenar usted por eso.
--Usted me ha de perdonar--repuso fray Gabriel--; pero yo no dejo de ayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.
--Bien hecho, hermano Gabriel--dijo la tía María--. Manuel, no te metas a diablo tentador, con su espíritu de rebeldía y sus incitativos a la gula.
Con esto, la buena anciana se levantó y guardó en una alacena el plato que Dolores había servido al lego, diciéndole:
--Aquí se lo guardo a usted para mañana, hermano Gabriel.
Concluida la cena dieron gracias, quitándose los hombres los sombreros que siempre conservan puestos dentro de casa.
Después del padrenuestro, dijo la tía María:
Bendito sea el Señor, que nos da de comer sin merecerlo. Amén. Como nos da sus bienes, nos dé su gloria. Amén. Dios se lo dé al pobrecito que no lo tiene. Amén.
_Anís_, al acabar, dio un salto a pie juntillas tan espontáneo, derecho y repentino, como lo dan los peces en el agua.
Capítulo X
_Marisalada_ estaba ya en convalecencia; como si la naturaleza hubiera querido recompensar el acertado método curativo de Stein y el caritativo esmero de la buena tía María.
Habíase vestido decentemente, sus cabellos, bien peinados y recogidos en una _castaña_, acreditaban el celo de Dolores, que era quien se había encargado de su tocado.
Un día en que Stein estaba leyendo en su cuarto, cuya ventanilla daba al patio grande, donde a la sazón se hallaban los niños jugando con _Marisalada_, oyó que esta se puso a imitar el canto de diversos pájaros con tan rara perfección, que aquel suspendió su lectura para admirar una habilidad tan extraordinaria. Poco después, los muchachos entablaron uno de esos juegos tan comunes en España, en que se canta al mismo tiempo. _Marisalada_ hacía el papel de madre; Pepa, el de un caballero que venía a pedirle la mano de su hija. La madre se la niega; el caballero quiere apoderarse de la novia por fuerza, y todo este diálogo se compone de copias cantadas en una tonada cuya melodía es sumamente agradable.
El libro se cayó de las manos de Stein, que como buen alemán tenía gran afición a la música. Jamás había llegado a sus oídos una voz tan hermosa. Era un metal puro y fuerte como el cristal, suave y flexible como la seda. Apenas se atrevía a respirar Stein, temeroso de perder la menor nota.
--Se quisiera usted volver todo orejas--dijo la tía María, que había entrado en el cuarto sin que él lo hubiese echado de ver--. ¿No le he dicho a usted que es un canario sin jaula? Ya verá usted.
Y con esto se salió al patio y dijo a _Marisalada_ que cantase una canción.
Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se negó a ello.
En este momento entró Momo mal engestado, precedido de _Golondrina_ cargada de _picón_.
Traía las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.
--¡El rey Melchor!--gritó al verlo _Marisalada_.
--¡El rey Melchor!--repitieron los niños.
--Si yo no tuviera más que hacer--respondió Momo rabioso--que cantar y brincar como tú, grandísima holgazana, no estaría tiznado de pies a cabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto no me mortificarás las orejas.
La respuesta de _Marisalada_ fue entonar a trapo tendido una canción.
El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleras ya tristes, ya alegres; el olé, el fandango, la caña, tan linda como difícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el _romance_. La tonada del romance es monótona y no nos atrevemos a asegurar que puesta en música, pudiese satisfacer a los _dilettanti_, ni a los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir encanto), es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la manera con que algunas notas se ciernen, por decirlo así, y mecen suavemente, bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que el romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien y genuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que sólo a esas gentes, y de entre ellas a pocos, se lo hemos oído cantar a la perfección: parécenos que los que lo hacen, lo hacen como por intuición. Cuando a la caída de la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario, que sólo podemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta de los postillones, cuando tan melancólicamente vibran suavemente repetidos por los ecos, entre aquellos magníficos bosques y sobre aquellos deliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntos moriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.
Este famoso y antiguo romance que ha llegado hasta nosotros, de padres a hijos, como una tradición de melodía, ha sido más estable sobre sus pocas notas confiadas al oído, que las grandezas de España, apoyadas con cañones y sostenidas por las minas del Perú.
Tiene, además, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonada es compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con las arriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad de coplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.
María cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aquí con toda su sencillez y energía popular.
Estando un caballerito En la isla de León, se enamoró de una dama y ella le correspondió. Que con el aretín, que con el aretón.
--Señor, quédese una noche, quédese una noche o dos, que mi marido está fuera por esos montes de Dios. Que con el aretín, que con el aretón.
Estándola enamorando, el marido que llegó: --Ábreme la puerta, cielo, ábreme la puerta, sol. Que con el aretín, que con el aretón.
Ha bajado la escalera quebradita de color. --¿Has tenido calentura? ¿O has tenido nuevo amor? Que con el aretín, que con el aretón.
--Ni he tenido calentura ni he tenido nuevo amor. Me se ha perdido la llave de tu rico tocador. Que con el aretín, que con el aretón.
--Si las tuyas son de acero, de oro las tengo yo. ¿De quién es aquel caballo que en la cuadra relinchó? Que con el aretín, que con el aretón.
--Tuyo, tuyo, dueño mío, que mi padre lo mandó, porque vayas a la boda de mi hermana la mayor. Que con el aretín, que con el aretón.
--Viva tu padre mil años, que caballos tengo yo. ¿De quién es aquel trabuco que en aquel clavo colgó? Que con el aretín, que con el aretón.
--Tuyo, tuyo, dueño mío, que mi padre lo mandó, para llevarte a la boda de mi hermana la mayor. Que con el aretín, que con el aretón.
--Viva tu padre mil años, que trabucos tengo yo. ¿Quién ha sido el atrevido que en mi casa se acostó? Que con el aretín, que con el aretón. --Es una hermanita mía, que mi padre la mandó para llevarme a la boda de mi hermana la mayor. Que con el aretín, que con el aretón.
La ha agarrado de la mano, al padre se la llevó: toma allá, padre, tu hija, que me ha jugado traición. Que con el aretín, que con el aretón.
--Llévatela tú, mi yerno, que la iglesia te la dio; la ha agarrado de la mano, al campo se la llevó. Que con el aretín, que con el aretón.
Le tiró tres puñaladas y allí muerta la dejó, la dama murió a la una, y el galán murió a las dos. Que con el aretín, que con el aretón[17].
[Nota 17: El ilustre literato, el estudioso recopilador, el sabio bibliófilo don Juan Nicolás Böhl de Faber, a quien debe la literatura española el _Teatro anterior a Lope de Vega_, y la _Floresta de rimas castellanas_, trae en el primer tomo de esta colección, página 255, el siguiente romance antiguo, de autor no conocido. Nos ha parecido curioso el reproducirlo aquí por tratar el mismo asunto que trata esta canción. No somos competentes para juzgar si habrá sido que el canto popular subió del pueblo al poeta culto que lo rehizo, o si bajaría del poeta culto al popular que lo simplificó y trató a su manera, o si bien sería el suceso un hecho cierto, que simultáneamente cantaron, aunque parece el lenguaje de la canción del pueblo más moderno.]
--Blanca sois, señora mía, más que no el rayo del sol, si la dormiré esta noche desarmado y sin pavor, que siete años había, siete, que no me desarmó, no; más negras tengo mis carnes que un tiznado carbón. --Dormidla, señor, dormidla, desarmado y sin temor, que el conde es ido a la caza a los montes de León. Rabia, le mate los perros y águilas el su halcón, y del monte hasta casa a él lo arrastre el morón. Ellos en aquesto estando, su marido que llegó: --¿Qué hacéis, la blanca niña, hija de padre traidor? --Señor, peino mis cabellos péinolos con gran dolor, que me dejéis a mí sola y a los montes os vais vos. --Esa palabra, la niña no era sino traición. ¿Cuyo es aquel caballo que allá bajo relinchó? --Señor, era de mi padre, y enviáralo para vos. --¿Cuyas son aquellas armas que están en el corredor? --Señor, eran de mi hermano, y hoy os las envió. --¿Cuya es aquella lanza, desde aquí la veo yo? --Tomadla, conde, tomadla matadme con ella vos, que aquesta muerte buen conde, bien os la merezco yo.
Pudiéramos además dar otra versión de este mismo tema recogida en otro pueblo del campo de Andalucía; pero nos abstenemos por considerar que la poesía popular no tiene par todo el mundo el interés y el encanto que para nosotros.]
Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tenía un excelente oído, tomó la flauta y repitió nota por nota la canción de _Marisalada_. Entonces fue cuando esta a su vez quedó pasmada y absorta, volviendo a todas partes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco, tan exacto y tan fiel.
--No es eco--clamaron las niñas--; es don Federico que está soplando en una caña agujereada.
María entró precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y se puso a escucharle con la mayor atención, inclinando el cuerpo hacia adelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.
Desde aquel instante, la tosca aspereza de María se convirtió, con respecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que causó la mayor extrañeza a toda la familia. Llena de gozo la tía María aconsejó a Stein que se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, para inducirla a que se enseñase a emplear bien su tiempo aprendiendo la ley de Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razón, nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Añadió la buena anciana, que para conseguir el fin deseado, así como para domeñar el genio soberbio de María y sus hábitos bravíos, lo mejor sería suplicar a _señá_ Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto que era dicha maestra mujer de razón y temerosa de Dios y muy diestra en labores de mano.
Stein aprobó mucho la propuesta y alcanzó de _Marisalada_ que se prestase a ponerla en ejecución, prometiéndole en cambio ir a verla todos los días y divertirla con la flauta.
Las disposiciones que aquella criatura tenía para la música, despertaron en ella una afición extraordinaria a su cultivo, y la habilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.
Cuando llegó a noticia de Momo que _Marisalada_ iba a ponerse bajo la tutela de _Rosa Mística_, para aprender allí a coser, barrer y guisar, y sobre todo, como él decía, a tener juicio, y que el doctor era quien la había decidido a este paso, dijo que ya caía en cuenta de lo que don Federico le había contado de allá en su tierra, que había ciertos hombres, detrás de los cuales echaban a correr todas las ratas del pueblo, cuando se ponían a tocar un pito.
Desde la muerte de su madre, _señá_ Rosa había establecido una escuela de niñas, a que en los pueblos se da el nombre de amiga, y en las ciudades, el más a la moda, de academia. Asisten a ella las niñas en los pueblos, desde por la mañana hasta mediodía, y sólo se enseña la doctrina cristiana y la costura. En las ciudades aprenden a leer, escribir, el bordado y el dibujo. Claro es que estas casas no pueden crear pozos de ciencia, ni ser semilleros de artistas, ni modelos de educación cual corresponde a la _mujer emancipada_. Pero en cambio suelen salir de ellas mujeres hacendosas y excelentes madres de familia, lo cual vale algo más.
Una vez restablecida la enferma, Stein exigió de su padre que la confiase por algún tiempo a la buena mujer que debía suplir con aquella indómita criatura a la madre que había perdido y adoctrinarla en las obligaciones propias de su sexo.
Cuando se propuso a _señá_ Rosa que admitiese en su casa a la _bravía_ hija del pescador, su primera respuesta fue una terminante negativa, como suelen hacer en tales casos las personas de su temple; pero acabó por ceder cuando se le dieron a entender los buenos efectos que podría tener aquella obra de caridad; como hacen en iguales circunstancias todas las personas religiosas, para las cuales la obligación no es cosa convencional, sino una línea recta trazada con mano firme.
No es ponderable lo que padeció la infeliz mujer, mientras estuvo a su cargo _Marisalada_. Por parte de esta no cesaron las burlas ni las rebeldías, ni por parte de la maestra los sermones sin provecho y las exhortaciones sin fruto.
Dos ocurrencias agotaron la paciencia de _señá_ Rosa, con tanta más razón, cuanto que no era en ella virtud innata, sino trabajosamente adquirida.
_Marisalada_ había logrado formar una especie de conspiración en las filas del batallón que _señá_ Rosa capitaneaba. Esta conspiración llegó por fin a estallar un día, tímida y vacilante a los principios, mas después osada y con el cuello erguido; y fue en los términos siguientes:
--No me gustan las rosas de a libra--dijo de repente _Marisalada_.
--¡Silencio!--mandó la maestra, cuya severa disciplina no permitía que se hablase en las horas de clase.
Se restableció el silencio.
Cinco minutos después, se oyó una voz muy aguda, y no poco insolente, que decía:
--No me gustan las rosas lunarias.
--Nadie te lo pregunta--dijo _señá_ Rosa, creyendo que esta intempestiva declaración había sido provocada por la de _Marisalada_.
Cinco minutos después, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo el dedal que se le había caído:
--A mí no me gustan las rosas blancas.
--¿Qué significa esto?--gritó entonces _Rosa Mística_, cuyo ojillo negro brillaba como un fanal--. ¿Se están ustedes burlando de mí?
--No me gustan las rosas del pitiminí--dijo una de las más chicas, ocultándose inmediatamente debajo de la mesa.
--Ni a mí las rosas de Pasión.
--Ni a mí las rosas de Jericó.
--Ni a mí las rosas amarillas.
La voz clara y fuerte de _Marisalada_ oscureció todas las otras gritando:
--A las rosas secas no las puedo ver.