Chapter 6
Entre tanto, la tía María decía a Momo:
--Menéate, ves al lugar y tráeme un jamón de en casa del Serrano, que me hará el favor de dártelo añejo, en sabiendo que es para un enfermo; tráete una libra de azúcar y una cuarta de almendras.
--¡Eche usted y no se derrame!--exclamó Momo--, y eso, ¿piensa usted que me lo den fiado, o por mi buena cara?
--Aquí tienes con que pagar--repuso la abuela, poniéndole en la mano una moneda de oro de cuatro duros.
--¡Oro!--exclamó estupefacto Momo, que por primera vez en su vida veía ese metal acuñado--. ¿De dónde demonios ha sacado usted esa moneda?
--¿Qué te importa?--repuso la tía María--; no te metas en camisa de once varas. Corre, vuela, ¿estás de vuelta?
--¡Pues sólo faltaba--repuso Momo--el que sirviese yo de criado a esa pilla de playa, a esa condenada _Gaviota_! No voy, ni por los catalanes.
--Muchacho, ponte en camino, y _liberal_[13].
[Nota 13: Es decir: pronto, ve de prisa.]
--Que no voy ni hecho trizas--recalcó Momo.
--José--dijo la tía María al ver salir al pastor--, ¿vas al lugar?
--Sí, señora, ¿qué me tiene usted que mandar?
Hízole la buena mujer sus encargos y añadió:
--Ese Momo, ese mal alma, no quiere ir, y yo no se lo quiero decir a su padre, que le haría ir de cabeza, porque llevaría una soba tal, que no le había de quedar en su cuerpo hueso sano.
--Sí, sí, esmérese usted en cuidar a esa cuerva, que le sacará los ojos--dijo Momo--. ¡Ya verá el pago que le da!, y si no..., al tiempo.
Capítulo IX
Un mes después de las escenas que acabamos de referir, _Marisalada_ se hallaba con notable alivio y no demostraba el menor deseo de volverse con su padre.
Stein estaba completamente restablecido. Su índole benévola, sus modestas inclinaciones, sus naturales simpatías le apegaban cada día más al pacífico círculo de gentes buenas, sencillas y generosas en que vivía. Disipábase gradualmente su amargo desaliento y su alma revivía y se reconciliaba cordialmente con la existencia y con los hombres.
Una tarde, apoyado en el ángulo del convento que hacía frente al mar, observaba el grandioso espectáculo de uno de los temporales que suelen inaugurar el invierno. Una triple capa de nubes pasaba por cima de él, rápidamente impelida por el vendaval. Las más bajas, negras y pesadas parecían la vetusta cúpula de una ruinosa catedral que amenazase desplomarse. Cuando caían al suelo desgajándose en agua, veíase la segunda capa, menos sombría y más ligera, que era la que desafiaba en rapidez al viento que la desgarraba, descubriéndose por sus aberturas otras nubes más altas y más blancas que corrían aún más deprisa, como si temiesen mancillar su albo ropaje al rozarse con las otras. Daban paso estos intersticios a unas súbitas ráfagas de claridad, que unas veces caían sobre las olas y otras sobre el campo, desapareciendo en breve, reemplazadas por la sombra de otras mustias nubes, cuyas alternativas de luz y de sombra daban extraordinaria animación al paisaje. Todo ser viviente había buscado un refugio contra el furor de los elementos y no se oía sino el lúgubre dúo del mugir de las olas y del bramido del huracán. Las plantas de la dehesa doblaban sus ásperas cimas a la violencia del viento, que después de azotarlas, iba a perderse a lo lejos con sordas amenazas. La mar agitada formaba esas enormes olas, que gradualmente, se «hinchan, vacilan y revientan mugientes y espumosas», según la expresión de Goethe, cuando las compara en su _Torcuato Tasso_ con la ira en el pecho del hombre. La reventazón rompía con tal furor en las rocas del fuerte de San Cristóbal, que salpicaba de copos de blanca espuma las hojas secas y amarillentas de las higueras, árbol del estío, que no se place sino a los rayos de un sol ardiente, y cuyas hojas, a pesar de su tosco exterior, no resisten al primer golpe frío que las hiere.
--¿Es usted un aljibe, don Federico, para querer recoger toda el agua que cae del cielo?--preguntó a Stein el pastor José--; colemos adentro, que los tejados se hicieron para estas noches. Algo darían mis pobres ovejas por el amparo de unas tejas.
Entraron ambos, en efecto, hallando a la familia de Alerza reunida a la lumbre.
A la izquierda de la chimenea, Dolores, sentada en una silla baja, sostenía en el brazo al niño de pecho, el cual, vuelto de espaldas a su madre, se apoyaba en el brazo que le rodeaba y sostenía, como en el barandal de un balcón, moviendo sin cesar sus piernecitas y sus bracitos desnudos, con risas y chillidos de alegría, dirigidos a su hermano _Anís_; este, muy gravemente sentado en el borde de una maceta vacía, frente al fuego, se mantenía tieso e inmóvil, temeroso de que su parte posterior perdiese el equilibrio y se hundiese en el tiesto, percance que su madre le había vaticinado.
La tía María estaba hilando al lado derecho de la chimenea; sus dos nietecitas, sentadas sobre troncos de pita secos, que son excelentes asientos, ligeros, sólidos y seguros. Casi debajo de la campana de la chimenea, dormían el fornido _Palomo_ y el grave _Morrongo_, tolerándose por necesidad, pero manteniéndose ambos recíprocamente a respetuosa distancia.
En medio de la habitación había una mesa pequeña y baja, en la que ardía un velón de cuatro mecheros; junto a la mesa estaban sentados el hermano Gabriel, haciendo sus espuertas de palma; Momo, que remendaba el aparejo de la buena _Golondrina_, y Manuel, que picaba tabaco. Hervía al fuego un perol lleno de batatas de Málaga, vino blanco, miel, canela y clavos; y la familia menuda aguardaba con impaciencia que la perfumada compota acabase de cocer.
--¡Adelante, adelante!--gritó la tía María al ver llegar a su huésped y al pastor--; ¿qué hacen ustedes ahí fuera, con un temporal como este, que parece se quiere tragar el mundo? Don Federico, aquí, aquí; junto al fuego, que está convidando. Sepa usted que la enferma ha cenado como una princesa y ahora está durmiendo como una reina. Va como la espuma su cura, ¿no es verdad, don Federico?
--Su mejoría sobrepuja mis esperanzas.
--Mis caldos--opinó con orgullo la tía María
--Y la leche de burra--añadió por lo bajo fray Gabriel.
--No hay duda--repuso Stein--, y debe seguir tomándola.
--No me opongo--dijo--la tía María--, porque la tal leche de burra es como el _redaño_; si no hace bien, no hace daño.
--¡Ah!, ¡qué bien se está aquí!--dijo Stein acariciando a los niños--; ¡si se pudiese vivir pensando sólo en el día de hoy, sin acordarse del de mañana!...
--Sí, sí, don Federico--exclamó alegremente Manuel--, «media vida es la candela; pan y vino, la otra media».
--¿Y qué necesidad tiene usted de pensar en ese mañana?--repuso la tía María--. ¿Es regular que el día de mañana nos amargue el de hoy? De lo que tenemos que cuidar es del hoy, para que no nos amargue el de mañana.
--El hombre es un viajero--dijo Stein--y tiene que mirar al camino.
--Cierto--dijo la tía María--que el hombre es un viajero; pero si llega a un lugar donde se encuentra bien, debe decir como Elías o como San Pedro, que no estoy cierta: «bien estamos aquí: armemos las tiendas».
--Si va usted a echarnos a perder la noche--dijo Dolores--con hablar de viaje, creeremos que le hemos ofendido o que no está aquí a gusto.
--¿Quién habla de viajes en mitad de diciembre?--preguntó Manuel--. ¿No ve usted, santo señor, los humos que tiene la mar? Escuche usted las seguidillas que está cantando el viento. Embárquese usted con este tiempo, como se embarcó en la guerra de Navarra, y saldrá con las manos en la cabeza, como salió entonces.
--Además--añadió la tía María--, que todavía no está enteramente curada la enferma.
--Madre--dijo Dolores, sitiada por los niños--, si no llama usted a esas criaturas, no se cocerán las batatas de aquí al día del juicio.
La abuela arrimó la rueca a un rincón y llamó a sus nietos.
--No vamos--respondieron a una voz--si no nos cuenta usted un cuento.
--Vamos, lo contaré--dijo la buena anciana.
Entonces los muchachos se le acercaron; _Anís_ recobró su posición en el tiesto y ella tomó la palabra en los términos siguientes:
MEDIO-POLLITO
CUENTO
--Érase vez y vez una hermosa gallina, que vivía muy holgadamente en un cortijo, rodeada de su numerosa familia, entre la cual se distinguía un pollo deforme y estropeado. Pues este era justamente el que la madre quería más; que así hacen siempre las madres. El tal aborto había nacido de un huevo muy _rechiquetetillo_. No era más que un pollo a medias; y no parecía sino que la espada de Salomón había ejecutado en él la sentencia que en cierta ocasión pronunció aquel rey tan sabio. No tenía más que un ojo, un ala y una pata, y con todo eso, tenía más humos que su padre, el cual era el gallo más gallardo, más valiente y más galán que había en todos los corrales de veinte leguas a la redonda. Creíase el polluelo el fénix de su casa. Si los demás pollos se burlaban de él, pensaba que era por envidia; y si lo hacían las pollas, decía que era de rabia, por el poco caso que de ellas hacía.
Un día le dijo a su madre: «Oiga usted, madre. El campo me fastidia. Me he propuesto ir a la corte; quiero ver al rey y a la reina.»
La pobre madre se echó a temblar al oír aquellas palabras.
«Hijo--exclamó--, ¿quién te ha metido en la cabeza semejante desatino? Tu padre no salió jamás de su tierra, y ha sido la honra de su casta. ¿Dónde encontrarás un corral como el que tienes? ¿Dónde un montón de estiércol más soberbio? ¿Un alimento más sano y abundante, un gallinero tan abrigado cerca del andén, una familia que más te quiera?»
«_Nego_--dijo Medio--pollito en latín, pues la echaba de leído y escribido--, mis hermanos y mis primos son unos ignorantes y unos palurdos.»
«Pero hijo mío--repuso la madre--, ¿no te has mirado al espejo? ¿No te ves con una pata y con un ojo de menos?»
«Ya que me sale usted por ese registro--replicó Medio--pollito--, diré que debía usted caerse muerta de vergüenza al verme en este estado. Usted tiene la culpa, y nadie más. ¿De qué huevo he salido yo al mundo? ¿A que fue del de un gallo viejo?[14]»
[Nota 14: Es común en el pueblo la superstición de que los gallos viejos ponen un huevo, del que sale a los siete años un basilisco. Añaden que este mata con la vista a la primera persona que ve; pero que muere él si la persona le ve a él primero.]
«No, hijo mío--dijo la madre--; de esos huevos no salen más que basiliscos. Naciste del último huevo que yo puse; y saliste débil e imperfecto, porque aquel era el último de la overa. No ha sido, por cierto, culpa mía.»
«Puede ser--dijo Medio--pollito con la cresta encendida como la grama--, puede ser que encuentre un cirujano diestro que me ponga los miembros que me faltan. Conque, no hay remedio; me marcho.»
--Cuando la pobre madre vio que no había forma de disuadirle de su intento, le dijo:
«Escucha a lo menos, hijo mío, los consejos prudentes de una buena madre. Procura no pasar por las iglesias donde está la imagen de San Pedro: el santo no es muy aficionado a gallos, y mucho menos a su canto. Huye también de ciertos hombres que hay en el mundo, llamados _cocineros_, los cuales son enemigos mortales nuestros y nos tuercen el cuello en un _santiamén_. Y ahora, hijo mío, Dios te guíe y San Rafael Bendito, que es abogado de los caminantes. Anda y pídele a tu padre su bendición.»
--Medio--pollito se acercó al respetable autor de sus días, bajó la cabeza para besarle la pata y le pidió la bendición. El venerable pollo se la dio con más dignidad que ternura, porque no le quería, en vista de su carácter díscolo. La madre se enterneció, en términos de tener que enjugarse las lágrimas con una hoja seca.
Medio--pollito tomó el portante, batió el ala, y cantó tres veces, en señal de despedida. Al llegar a las orillas de un arroyo casi seco, porque era verano, se encontró con que el escaso hilo de agua se hallaba detenido por unas ramas. El arroyo al ver al caminante, le dijo:
«Ya ves, amigo, qué débil estoy: apenas puedo dar un paso ni tengo fuerzas bastantes para empujar esas ramillas incómodas que embarazan mi senda. Tampoco puedo dar un rodeo para evitarlas, porque me fatigaría demasiado. Tú puedes fácilmente sacarme de este apuro, apartándolas con tu pico. En cambio, no sólo puedes apaciguar tu sed en mi corriente, sino contar con mis servicios cuando el agua del cielo haya restablecido mis fuerzas.»
--El pollito le respondió:
«Puedo, pero no quiero. ¿Acaso tengo yo cara de criado de arroyos pobres y sucios?»
«¡Ya te acordarás de mí cuando menos lo pienses!», murmuró con voz debilitada el arroyo.
«¡Pues no faltaba más que la echaras de buche!--dijo Medio--pollito con socarronería--. No parece sino que te has sacado un terno a la lotería, o que cuentas de seguro con las aguas del diluvio.»
--Un poco más lejos encontró al viento, que estaba tendido y casi exánime en el suelo:
«Querido Medio--pollito--le dijo--, en este mundo todos tenemos necesidad unos de otros. Acércate y mírame. ¿Ves cómo me ha puesto el calor del estío; a mí, tan fuerte, tan poderoso; a mí, que levanto las olas, que arraso los campos, que no hallo resistencia a mi empuje? Este día de canícula me ha matado; me dormí embriagado con la fragancia de las flores con que jugaba, y aquí me tienes desfallecido. Si tú quisieras levantarme dos dedos del suelo con el pico y abanicarme con tu ala, con esto tendría bastante para tomar vuelo y dirigirme a mi caverna, donde mi madre y mis hermanas, las tormentas, se emplean en remendar unas nubes viejas que yo desgarré. Allí me darán unas sopitas y cobraré nuevos bríos.»
«Caballero--respondió el malvado pollito--: hartas veces se ha divertido usted conmigo, empujándome por detrás y abriéndome la cola, a guisa de abanico, para que se mofaran de mí todos los que me veían. No, amigo; a cada puerco le llega su San Martín; y a más ver, señor farsante.»
--Esto dijo, cantó tres veces con voz clara, y pavoneándose muy hueco, siguió su camino.
En medio de un campo segado, al que habían pegado fuego los labradores, se alzaba una columnita de humo. Medio--pollito se acercó y vio una chispa diminuta, que se iba apagando por instantes entre las cenizas.
«Amado Medio--pollito--le dijo la chispa al verle--: a buena hora vienes para salvarme la vida. Por falta de alimento estoy en el último trance. No sé dónde se ha metido mi primo el viento, que es quien siempre me socorre en estos lances. Tráeme unas pajitas para reanimarme.»
«¿Qué tengo yo que ver con la jura del rey?--le contestó el pollito--. Revienta si te da gana, que maldita la falta que me haces.»
«¿Quién sabe si te haré falta algún día?--repuso la chispa--. Nadie puede decir de este agua no beberé.»
«¡Hola!--dijo el perverso animal--. ¿Con que todavía echas plantas? Pues tómate esa.»
--Y diciendo esto, le cubrió de cenizas; tras lo cual, se puso a cantar, según su costumbre, como si hubiera hecho una gran hazaña.
«Medio--pollito llegó a la capital; pasó por delante de una iglesia, que le dijeron era la de San Pedro; se puso enfrente de la puerta y allí se desgañitó cantando, no más que por hacer rabiar al santo y tener el gusto de desobedecer a su madre.
»Al acercarse a palacio, donde quiso entrar para ver al rey y a la reina, los centinelas le gritaron: «¡Atrás!» Entonces dio la vuelta y penetró por una puerta trasera en una pieza muy grande, donde vio entrar y salir mucha gente. Preguntó quiénes eran y supo que eran los cocineros de su majestad. En lugar de huir, como se lo había prevenido su madre, entró muy erguido de cresta y cola; pero uno de los _galopines_ le echó el guante y le torció el pescuezo en un abrir y cerrar de ojos.
«Vamos--dijo--, venga agua para desplumar a este penitente.»
«¡Agua, mi querida doña Cristalina!--dijo el pollito--, hazme el favor de no escaldarme. ¡Ten piedad de mí!»
«¿La tuviste tú de mí, cuando te pedí socorro, mal engendro?», le respondió el agua, hirviendo de cólera; y le inundó de arriba abajo, mientras los galopines le dejaban sin una pluma para un remedio.
Paca, que estaba arrodillada junto a su abuela, se puso colorada y muy triste.
--El cocinero entonces--continuó la tía María--, agarró a Medio--pollito y le puso en el asador.
«¡Fuego, brillante fuego!--gritó el infeliz--, tú, que eres tan poderoso y tan resplandeciente, duélete de mi situación; reprime tu ardor, apaga tus llamas, no me quemes.»
«¡Bribonazo!--respondió el fuego--; ¿cómo tienes valor para acudir a mí, después de haberme ahogado, bajo el pretexto de no necesitar nunca de mis auxilios? Acércate y verás lo que es bueno.»
--Y en efecto, no se contentó con dorarle, sino que le abrasó hasta ponerle como un carbón.
Al oír esto, los ojos de Paca se llenaron de lágrimas.
--Cuando el cocinero le vio en tal estado--continuó la abuela--, le agarró por la pata y le tiró por la ventana. Entonces el viento se apoderó de él.
«Viento--gritó Medio--pollito--, mi querido, mi venerable viento, tú, que reinas sobre todo y a nadie obedeces, poderoso entre los poderosos, ten compasión de mí, déjame tranquilo en ese montón de estiércol.»
«¡Dejarte!--rugió el viento arrebatándole en un torbellino y volteándole en el aire como un trompo--; no en mis días.»
Las lágrimas que se asomaron a los ojos de Paca, corrían ya por sus mejillas.
--El viento--siguió la abuela--depositó a Medio--pollito en lo alto de un campanario. San Pedro extendió la mano y lo clavó allí de firme. Desde entonces ocupa aquel puesto, negro, flaco y desplumado, azotado por la lluvia y empujado por el viento, del que guarda siempre la cola. Ya no se llama Medio--pollito, sino veleta; pero sépanse ustedes que allí está pagando sus culpas y pecados; su desobediencia, su orgullo y su maldad.
--Madre abuela--dijo Pepa--, vea usted a Paca que está llorando por Medio--pollito. ¿No es verdad que todo lo que usted nos ha contado no es mas que un cuento?
--Por supuesto--saltó Momo--que nada de esto es verdad; pero aunque lo fuera, ¿no es una tontería llorar por un bribón que llevó el castigo merecido?
--Cuando yo estuve en Cádiz hace treinta años--contestó la tía María--, vi una cosa que se me ha quedado bien impresa. Voy a referírtela, Momo, y quiera Dios que no se te borre de la memoria, como no se ha borrado de la mía. Era un letrero dorado, que está sobre la puerta de la cárcel, y dice así:
ODIA EL DELITO Y COMPADECE AL DELINCUENTE.
--¿No es verdad, don Federico, que parece una sentencia del Evangelio?
--Si no son las mismas palabras--respondió Stein--, el espíritu es el mismo.
--Pero es que Paca tiene siempre las lágrimas pegadas a los ojos--dijo Momo.
--¿Acaso es malo llorar?--preguntó la niña a su abuela.
--No, hija, al contrario; con lágrimas de compasión y de arrepentimiento, hace su diadema la Reina de los ángeles.
--Momo--dijo el pastor--, si dices una palabra más que pueda incomodar a mi ahijada, te retuerzo el pescuezo, como hizo el cocinero con Medio--pollito.
--Mira si es bueno tener padrino--dijo Momo dirigiéndose a Paca.
--No es malo tampoco tener una ahijada--repuso Paca muy oronda.
--¿De veras?--preguntó el pastor--. ¿Y por qué lo dices?
Entonces Paca se acercó a su padrino, el cual la sentó en sus rodillas con grandes muestras de cariño, y ella empezó la siguiente relación, torciendo su cabecita para mirarle.
--Érase una vez un pobre, tan pobre, que no tenía con qué vestir al octavo hijo, que iba a traerle la cigüeña, ni que dar de comer a los otros siete. Un día se salió de su casa, porque le partía el corazón oírlos llorar y pedirle pan. Echó a andar, sin saber adónde, y después de haber estado andando, andando, todo el día, se encontró por la noche..., ¿a que no acierta usted dónde, padrino? Pues se encontró a la entrada de una cueva de ladrones. El capitán salió a la puerta; ¡más feróstico era! «¿Quién eres? ¿Qué quieres?», le preguntó con una voz de trueno. «Señor--respondió el pobrecillo hincándose de rodillas--; soy un infeliz que no hago mal a nadie y me he salido de mi casa por no oír a mis pobres hijos pidiéndome pan, que no puedo darles.» El capitán tuvo compasión del pobrecito; y habiéndole dado de comer, y regalándole una bolsa de dinero y un caballo, «vete--le dijo--, y cuando la cigüeña te traiga el otro hijo, avísame y seré su padrino».
--Ahora viene lo bueno--dijo el pastor.
--Aguarde usted, aguarde usted--continuó la niña y verá lo que sucedió. Pues señor, el hombre se volvió a su casa tan contento, que no le cabía el corazón en el pecho. «¡Qué holgorio van a tener mis hijos!», decía.
--Cuando llegó, ya la cigüeña había traído al niño, el cual estaba en la cama con su madre. Entonces se fue a la cueva y le dijo al bandolero lo que había sucedido, y el capitán le prometió que aquella noche estaría en la iglesia y cumpliría su palabra. Así lo hizo, y tuvo al niño en la pila y le regaló un saco lleno de oro.
«Pero a poco tiempo el niño se murió y se fue al cielo. San Pedro, que estaba a la puerta, le dijo que colara; pero él respondió: «Yo no entro si no entra mi padrino conmigo.»
«¿Y quién es tu padrino?», preguntó el santo.
«Un capitán de bandoleros», respondió el niño.
«Pues, hijo--continuó San Pedro--, tú puedes entrar; pero tu padrino, no.»
--El niño se sentó a la puerta, muy triste y con la mano puesta en la mejilla. Acertó a pasar por allí la Virgen y le dijo:
«¿Por qué no entras, hijo mío?»
--El niño respondió que no quería entrar si no entraba su padrino, y San Pedro dijo que eso era pedir imposibles. Pero el niño se puso de rodillas, cruzó sus manecitas y lloró tanto que la Virgen, que es Madre de la misericordia, se compadeció de su dolor. La Virgen se fue y volvió con una copita de oro en las manos; se la dio al niño y le dijo:
«Ve a buscar a tu padrino y dile que llene esta copa de lágrimas de contrición, y entonces podrá entrar contigo en el cielo. Toma estas alas de plata y echa a volar.»
--El ladrón estaba durmiendo en una peña, con el trabuco en una mano y un puñal en la otra. Al despertar, vio enfrente de sí, sentado en una mata de alhucema, a un hermoso niño desnudo, con unas alas de plata que relumbraban al sol y una copa de oro en la mano.
»El ladrón se refregó los ojos creyendo que estaba soñando; pero el niño le dijo: «No, no creas que estás soñando. Yo soy tu ahijado.» Y le contó todo lo que había ocurrido. Entonces el corazón del ladrón se abrió como una granada y sus ojos vertían agua como una fuente. Su dolor fue tan agudo, y tan vivo su arrepentimiento, que le penetraron el pecho como dos puñales y se murió. Entonces el niño tomó la copa llena de lágrimas y voló con el alma de su padrino al cielo, donde entraron y donde quiera Dios que entremos todos.
--Y ahora, padrino--continuó la niña torciendo su cabecita y mirando de frente al pastor--, ya ve usted lo bueno que es tener ahijados.
Apenas acababa la niña de referir su ejemplo, cuando se oyó un gran estrépito: el perro se levantó, aguzó las orejas, apercibido a la defensa; el gato, erizado el pelo, asombrados los ojos, se aprestó a la fuga, pero bien pronto al susto sucedieron alegres risas. Era el caso que _Anís_ se había quedado dormido durante la narración que había hecho su hermana; de lo que resultó que perdiendo el equilibrio, cumplió el vaticinio de su madre, cayendo en lo interior del tiesto, en el que quedó hundida toda su diminuta persona, a excepción de sus pies y piernas, que se alzaban del interior de la maceta, como una planta de nueva especie. Impaciente su madre, le agarró con una mano por el cuello de la chaqueta, le sacó de aquella profundidad y, a pesar de su resistencia, le tuvo algún tiempo suspenso en el aire, de manera que parecía uno de esos muñecos de cartón que cuelgan de un hilo, y que tirándoles de otro, mueven desaforadamente brazos y piernas.
Como su madre le regañaba y todos se reían, _Anís_, que tenía el genio fuerte, como dicen que lo tienen todos los chicos (lo que no quita que lo tengan también los altos), reventó en un estrepitoso llanto de coraje.
--No llores, _Anís_--le dijo Paca--, no llores y te daré dos castañas que tengo en la faltriquera.
--¿De verdad?--preguntó _Anís_.