La gaviota

Chapter 5

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Durante toda esta conversación, _Morrongo_ despertó, arqueó el lomo tanto como el de un camello, dio un gran bostezo, se relamió los bigotes y olfateando en el aire ciertas para él gratas emanaciones, fuese acercando poquito a poco a don Modesto, hasta colocarse detrás del perfumado paquete colgado de su bastón. Inmediatamente recibió en sus patas de terciopelo una piedrecilla lanzada por Momo, con la singular destreza que saben emplear los de su edad en el manejo de esa clase de armas arrojadizas. El gato se retiró con prontitud; pero no tardó en volver a ponerse en observación, haciéndose el dormido. Don Modesto cayó en la cuenta y perdió su tranquilidad de ánimo.

Mientras pasaban estas evoluciones, _Anís_ preguntaba al niño:

--Manolito, ¿cuántos dioses hay?

Y el chiquillo levantaba los tres dedos.

--No--decía _Anís_, levantando un dedo solo--: no hay más que uno, uno, uno.

Y el otro persistía en tener los tres dedos levantados.

--Mae--abuela--gritó _Anís_ ofuscado--. El niño dice que hay tres dioses.

--Simple--respondió esta--, ¿acaso tienes miedo de que le lleven a la Inquisición? ¿No ves que es demasiado chico para entender lo que le dicen y aprender lo que le enseñan?

--Otros hay más viejos--dijo Manuel--y que no por eso están más adelantados; como por ejemplo aquel ganso que fue a confesarse y habiéndole preguntado el confesor ¿cuántos dioses hay?, respondió muy en sí: «¡siete!» «¡Siete!--exclamó atónito el confesor--. ¿Y cómo ajustas esa cuenta?» «Muy fácilmente. Padre, Hijo y Espíritu Santo, son tres; tres personas distintas, son otros tres, y van seis; y un solo Dios verdadero, siete cabales.» «Palurdo--le contestó el padre--, ¿no sabes que las tres Personas no hacen más que un Dios?» «¡Uno no más!--dijo el penitente--. ¡Ay Jesús! ¡Y qué reducida se ha quedado la familia!»

--¡Vaya--prorrumpió la tía María--si tiene que ver cuánta chilindrina ha aprendido mi hijo mientras sirvió al rey! Pero hablando de otra cosa, no nos ha dicho usted, señor comandante, cómo está _Marisaladilla_.

--Mal, muy mal, tía María, desmejorándose por días. Lástima me da de ver al pobre padre, que está pasadito de pena. Esta mañana la muchacha tenía un buen calenturón; no toma alimento y la tos no la deja un instante.

--¿Qué está usted diciendo, señor?--exclamó la tía María--. ¡Don Federico!, usted que ha hecho tan buenas curas, que le ha sacado un lobanillo a fray Gabriel y enderezado la vista a Momo, ¿no podría usted hacer algo por esa pobre criatura?

--Con mucho gusto--respondió Stein. Haré lo que pueda por aliviarla.

--Y Dios se lo pagará a usted; mañana por la mañana iremos a verla. Hoy está usted cansado de su paseo.

--No le arriendo la ganancia--dijo Momo refunfuñando--. Muchacha más soberbia...

--No tiene nada de eso--repuso la abuela--; es un poco arisca, un poco huraña... ¡Ya se ve! Se ha criado sola, en un solo cabo: con un padre que es más blando que una paloma, a pesar de tener la corteza algo dura, como buen catalán y marinero. Pero Momo no puede sufrir a _Marisalada_ desde que dio en llamarle _romo_ a causa de serlo.

En este momento se oyó un estrépito: era el comandante que perseguía, dando grandes trancos, al pícaro de _Morrongo_, el cual, frustrando la vigilancia de su dueño, había cargado con la pescada.

--Mi comandante--le gritó Manuel riéndose--, sardina que lleva el gato, tarde o nunca vuelve al plato. Pero aquí hay una perdiz en cambio.

Don Modesto agarró la perdiz, dio gracias, se despidió y se fue echando pestes contra los gatos.

Durante toda esta escena, Dolores había dado de mamar al niño y procuraba dormirle, meciéndole en sus brazos y cantándole:

Allá arriba, en el monte Calvario, Matita de oliva, matita de olor, Arrullaban la muerte de Cristo Cuatro jilgueritos y un ruiseñor.

Difícil será a la persona que recoge al vuelo, como un muchacho las mariposas, estas emanaciones poéticas del pueblo, responder al que quisiese analizarlas, el porqué los ruiseñores y los jilgueros plañeron la muerte del Redentor; por qué la golondrina arrancó las espinas de su corona; por qué se mira con cierta veneración el romero, en la creencia de que la Virgen secaba los pañales del Niño Jesús en una mata de aquella planta; por qué, o más bien, cómo se sabe que el sauce es un árbol de mal agüero, desde que Judas se ahorcó de uno de ellos; por qué no sucede nada malo en una casa si se sahúma con romero la noche de Navidad; por qué se ven todos los instrumentos de la pasión en la flor que ha merecido aquel nombre. Y en verdad, no hay respuestas a semejantes preguntas. El pueblo no las tiene ni las pide: ha recogido esas especies como vagos sonidos de una música lejana, sin indagar su origen ni analizar su autenticidad. Los _sabios_ y los hombres _positivos_ honrarán con una sonrisa de desdeñosa compasión a la persona que estampa estas líneas. Pero a nosotros nos basta la esperanza de hallar alguna simpatía en el corazón de una madre, bajo el humilde techo del que sabe poco y siente mucho, o en el místico retiro de un claustro, cuando decimos que por nuestra parte creemos que siempre ha habido y hay para las almas piadosas y ascéticas, revelaciones misteriosas, que el mundo llama delirios de imaginaciones sobreexcitadas, y que las gentes de fe dócil y ferviente miran como favores especiales de la Divinidad.

Dice Henri Blaze, «¡cuántas ideas pone la tradición en el aire en estado del germen, a las que el poeta da vida con un soplo!» Esto mismo nos parece aplicable a estas cosas, que nada obliga a creer, pero que nada autoriza tampoco a condenar. Un origen misterioso puso el germen de ellas en el aire, y los corazones creyentes y piadosos le dan vida. Por más que talen los apóstoles del racionalismo el árbol de la fe, si tiene este sus raíces en buen terreno, esto es, en un corazón sano y ferviente, ha de echar eternamente ramas vigorosas y floridas que se alcen al cielo.

--Pero don Federico--dijo la tía María mientras este se entregaba a las reflexiones que preceden--, todavía a la hora esta no nos ha dicho usted qué tal le parece nuestro pueblo.

--No puedo decirlo--respondió Stein--, porque no lo he visto: me quedé afuera aguardando a Momo.

--¿Es posible que no haya usted visto la iglesia, ni el cuadro de Nuestra Señora de las Lágrimas, ni el San Cristóbal, tan hermoso y tan grande, con la gran palmera y el Niño Dios en los hombros, y una ciudad a sus pies, que si diera un paso, la aplastaba como un hongo? ¿Ni el cuadro en que está Santa Ana enseñando a leer a la Virgen? ¿Nada de eso ha visto usted?

--No he visto--repuso Stein--sino la capilla del Señor del Socorro.

--Yo no salgo del convento--dijo el hermano Gabriel--sino para ir todos los viernes a esa capilla, a pedir al Señor una buena muerte.

--¿Y ha reparado usted, don Federico--continuó la tía María--, en los milagros? ¡Ah, don Federico! No hay un Señor más milagroso en el mundo entero. En aquel Calvario empieza la _via crucis_. Desde allí hasta la última cruz hay el mismo número de pasos que desde la casa de Pilatos al Calvario. Una de aquellas cruces viene a caer frente por frente de mi casa, en la calle Real. ¿No ha reparado usted en ella? Es justamente la que forma la octava estación, donde el Salvador dijo a las mujeres de Jerusalén: «¡No lloréis sobre mí; llorad sobre vosotras y vuestros hijos!» Estos hijos--añadió la tía María dirigiéndose a fray Gabriel--son los perros judíos.

--¡Son los judíos!--repitió el hermano Gabriel.

--En esta estación--continuó la anciana--cantan los fieles:

Si a llorar Cristo te enseña y no tomas la lección, o no tienes corazón o será de bronce o peña.

--Junto a la casa de mi madre--dijo Dolores--está la novena cruz, que es donde se canta:

Considera cuán tirano serás con Jesús rendido, si en tres veces que ha caído no le das una la mano.

O también de esta manera:

¡Otra vez yace postrado! ¡Tres veces Jesús cayó! ¡Tanto pesa mi pecado! ¡Y tanto he pecado yo! Y ¡rompa el llanto y el gemir, porque es Dios quien va a morir!

--¡Oh, don Federico!--continuó la buena anciana--, ¡no hay cosa que tanto me parta el corazón como la Pasión del que vino a redimimos! El Señor ha revelado a los santos los tres mayores dolores que le angustiaron: primero, el poco fruto que produciría la tierra que regaba con su sangre; segundo, el dolor que sintió cuando extendieron y ataron su cuerpo para clavarlo en la cruz, descoyuntando todos sus huesos, como lo había profetizado David[12]. El tercero...--añadió la buena mujer fijando en su hijo sus ojos enternecidos--, el tercero, cuando presenció la angustia de su Madre. He aquí la única razón--prosiguió después de algunos instantes de silencio--, porque no estoy aquí tan gustosa como en el pueblo, porque aquí no puedo seguir mis devociones. Mi marido, sí, Manuel, tu padre, que no había sido soldado y que era mejor cristiano que tú, pensaba como yo. El pobre (en gloria esté) era hermano del Rosario de la Aurora, que sale después de la medianoche a rezar por las ánimas. Rendido de haber trabajado todo el día, se echaba a dormir, y a las doce en punto, venía un hermano a la puerta y, tocando una campanilla, cantaba:

A tu puerta está una campanilla; Ni te llama ella ni te llamo yo: que te llaman tu Padre y tu Madre, para que por ellos le ruegues a Dios.

[Nota 12: Dinumeraverunt omnia ossa mea.]

--Cuando tu padre oía esta copla, no sentía ni cansancio ni gana de dormir. En un abrir y cerrar de ojos se levantaba y echaba a correr detrás del hermano. Todavía me parece que estoy oyéndole cantar al alejarse:

La corona se quita María y a su propio Hijo se la presentó, y le dijo: «Ya yo no soy Reina, si tú no suspendes tu justo rigor.» Jesús respondió: «Si no fuera por tus ruegos, Madre, ya hubiera acabado con el pecador.»

Los chiquillos, que gustan tanto de imitar lo que ven hacer a los grandes, se pusieron a cantar en la lindísima tonada de las coplas de la Aurora:

¡Si supieras la entrada que tuvo el Rey de los Cielos en Jerusalén!... Que no quiso coche llevar, ni calesa, sino un jumentillo que prestado fue!

--Don Federico--dijo la tía María después de un rato de silencio--, ¿es verdad que hay por esos mundos de Dios hombres que no tienen fe?

Stein calló.

--¡Qué no pudiera usted hacer con los ojos del entendimiento de los tales, lo que ha hecho con los de la cara de Momo!--contestó con tristeza y quedándose pensativa la buena anciana.

Capítulo VIII

Al día siguiente, caminaba la tía María hacia la habitación de la enferma, en compañía de Stein y de Momo, escudero pedestre de su abuela, la cual iba montada en la formal _Golondrina_, que siempre servicial, mansa y dócil, caminaba derecha, con la cabeza caída y las orejas gachas, sin hacer un solo movimiento espontáneo, excepto si se encontraba con un cardo, su homónimo, al alcance de su hocico.

Llegados que fueron, se sorprendió Stein de hallar en medio de aquella uniforme comarca, de tan grave y seca naturaleza, un lugar frondoso y ameno, que era como un oasis en el desierto.

Abríase paso la mar por entre dos altas rocas, para formar una pequeña ensenada circular, en forma de herradura, que estaba rodeada de finísima arena y parecía un plato de cristal puesto sobre una mesa dorada. Algunas rocas se asomaban tímidamente entre la arena, como para brindar con asientos y descanso en aquella tranquila orilla. A una de estas rocas estaba amarrada la barca del pescador, balanceándose al empuje de la marea, cual se impacienta el corcel que han sujetado.

Sobre el peñasco del frente descollaba el fuerte de San Cristóbal, coronado por las copas de higueras silvestres, como lo está un viejo druida por hojas de encina.

A pocos pasos de allí descubrió Stein un objeto que le sorprendió mucho. Era una especie de jardín subterráneo, de los que llaman en Andalucía _navazos_. Fórmanse estos excavando la tierra hasta cierta profundidad y cultivando el fondo con esmero. Un cañaveral de espeso y fresco follaje circundaba aquel enterrado huerto, dando consistencia a los planos perpendiculares que le rodeaban con su fibrosa raigambre y preservándolo con sus copiosos y elevados tallos contra las irrupciones de la arena. En aquella hondura, no obstante la proximidad de la mar, la tierra produce sin necesidad de riego abundantes y bien sazonadas legumbres; porque el agua del mar, filtrándose por espesas capas de arenas, se despoja de su acritud y llega a las plantas adaptable para su alimentación. Las sandías de los navazos, en particular, son exquisitas, y algunas de ellas de tales dimensiones que bastan dos para la carga de una caballería mayor.

--¡Vaya si está hermoso el navazo del tío Pedro!--dijo la tía María--. No parece sino que lo riega con agua bendita. El pobrecito siempre está trabajando; pero bien le luce. Apuesto a que coge hogaño tomates como naranjas y sandías como ruedas de molino.

--Mejores han de ser--repuso Momo--las que acá cojamos en el cojumbral de la orilla del río.

Un _cojumbral_ es el plantío de melones, maíz y legumbres sembrado en un terreno húmedo, que el dueño del cortijo suele ceder gratuitamente a las gentes del campo pobres, que cultivándolo, lo benefician.

--A mí no me hacen gracia los cojumbrales--contestó la abuela meneando la cabeza.

--¿Pues acaso no sabe usted, señora--replicó Momo--, lo que dice el refrán, que «un cojumbral da dos mil reales, una capa, un cochino gordo y un chiquillo más a su dueño».

--Te se olvidó la cola--repuso la tía María--, que es «un año de tercianas», las cuales se tragan las otras ganancias, menos la del hijo.

El pescador había construido la cabaña con los despojos de su barca, que el mar había arrojado a la playa. Había apoyado el techo en la peña y cobijaba este una especie de gradería natural que formaba la roca, lo que hacía que la habitación tuviese tres pisos. El primero se componía de una pieza alta, bastante grande para servir de sala, cocina, gallinero y establo de invierno para la burra. El segundo, al cual se subía por unos escalones abiertos a pico en la roca, se componía de dos cuartitos. En el de la izquierda, sombrío y pegado a la peña, dormía el tío Pedro; el de la derecha era el de su hija, que gozaba del privilegio exclusivo de una ventanita que había servido en el barco y que daba vista a la ensenada. El tercer piso, al que conducía el pasadizo que separaba los cuartitos del padre y de su hija, lo formaba un oscuro y ahogado desván. El techo, que como hemos dicho se apoyaba en la roca, era horizontal y hecho de enea, cuya primera capa, podrida por las lluvias, producía una selva de yerbas y florecillas, de manera que cuando en otoño, con las aguas, resucitaba allí la naturaleza de los rigores del verano, la choza parecía techada con un pensil.

Cuando los recién venidos entraron en la cabaña, encontraron al pescador triste y abatido, sentado a la lumbre, frente de su hija, que con el cabello desordenado y colgando a ambos lados de su pálido rostro, encogida y tiritando, envolvía sus desordenados miembros en un toquillón de bayeta parda. No parecía tener arriba de trece años. La enferma fijó sus grandes y ariscos ojos negros en las personas que entraban, con una expresión poco benévola, volviendo en seguida a acurrucarse en el rincón del hogar.

--Tío Pedro--dijo la tía María--, usted se olvida de sus amigos; pero ellos no se olvidan de usted. ¿Me querrá usted decir para qué le dio el Señor la boca? ¿No hubiera usted podido venir a decirme que la niña estaba mala? Si antes me lo hubiese usted dicho, antes hubiese yo venido aquí con el señor, que es un médico de los pocos, y que en un dos por tres se la va a usted a poner buena.

Pedro Santaló se levantó bruscamente, se adelantó hacia Stein; quiso hablarle; pero de tal suerte estaba conmovido, que no pudo articular palabra y se cubrió el rostro con las manos.

Era un hombre de edad, de aspecto tosco y formas colosales. Su rostro tostado por el sol, estaba coronado por una espesa y bronca cabellera cana; su pecho, rojo como el de los indios del Ohio, estaba cubierto de vello.

--Vamos, tío Pedro--siguió la tía María, cuyas lágrimas corrían hilo a hilo por sus mejillas, al ver el desconsuelo del pobre padre--; ¡un hombre como usted, tamaño como un templo, con un aquel que parece que se va a comer los niños crudos, se amilana así sin razón! ¡Vaya! ¡Ya veo que es usted todo fachada!

--¡Tía María!--respondió en voz apagada el pescador--, ¡con esta serán cinco hijos enterrados!

--¡Señor!, ¿y por qué se ha de descorazonar usted de esta manera? Acuérdese usted del santo de su nombre, que se hundió en la mar cuando le faltó la fe que le sostenía. Le digo a usted que con el favor de Dios, don Federico curará a la niña en un decir Jesús.

El tío Pedro meneó tristemente la cabeza.

--¡Qué cabezones son estos catalanes!--dijo la tía María con viveza, y pasando por delante del pescador, se acercó a la enferma y añadió:

--Vamos, _Marisalada_, vamos, levántate, hija, para que este señor pueda examinarte.

_Marisalada_ no se movió.

--Vamos, criatura--repitió la buena mujer--; verás cómo te va a curar como por ensalmo.

Diciendo estas palabras, cogió por un brazo a la niña, procurando levantarla.

--¡No me da la gana!--dijo la enferma, desprendiéndose de la mano que la retenía, con una fuerte sacudida.

--Tan suavita es la hija como el padre; quien lo hereda no lo hurta--murmuró Momo, que se había asomado a la puerta.

--Como está mala, está impaciente--dijo su padre, tratando de disculparla.

_Marisalada_ tuvo un golpe de tos. El pescador se retorció las manos de angustia.

--Un resfriado--dijo la tía María--; vamos que eso no es cosa del otro jueves. Pero también, tío Pedro de mis pecados, ¿quién consiente en que esa niña, con el frío que hace, ande descalza de pies y piernas por esas rocas y esos ventisqueros?

--¡Quería!--respondió el tío Pedro.

--¿Y por qué no se le dan alimentos sanos, buenos caldos, leche, huevos? Y no que lo que come no son más que mariscos.

--¡No quiere!--respondió con desaliento el padre.

--Morirá de mal mandada--opinó Momo, que se había apoyado cruzado de brazos en el quicio de la puerta.

--¿Quieres meterte la lengua en la faltriquera?--le dijo impaciente su abuela; y volviéndose a Stein--; don Federico, procure usted examinarla sin que tenga que moverse, pues no lo hará aunque la maten.

Stein empezó por preguntar al padre algunos pormenores sobre la enfermedad de su hija; acercándose después a la paciente, que estaba amodorrada, observó que sus pulmones se hallaban oprimidos en la estrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de la opresión. El caso era grave. Tenía una gran debilidad por falta de alimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba en camino de la consunción.

--¿Y todavía le da por cantar?--preguntó la anciana durante el examen.

--Cantará crucificada como los _murciégalos_--dijo Momo, sacando la cabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suaves palabras y no las oyese su abuela.

--Lo primero que hay que hacer--dijo Stein--es impedir que esta niña se exponga a la intemperie.

--¿Lo estás oyendo?--dijo a la niña su angustiado padre.

--Es preciso--continuó Stein--que gaste calzado y ropa de abrigo.

--¡Si no quiere!--exclamó el pescador, levantándose precipitadamente y abriendo un arca de cedro, de la que sacó cantidad de prendas de vestir--. Nada le falta; ¡cuanto tengo y puedo juntar, es para ella! María, hija, ¿te pondrás estas ropas? ¡Hazlo por Dios, Mariquilla!, ya ves que lo manda el médico.

La muchacha, que se había despabilado con el ruido que había hecho su padre, lanzó una mirada díscola a Stein, diciendo con voz áspera:

--¿Quién me gobierna a mí?

--No me dieran a mí más trabajo que ese y una vara de acebuche--murmuró Momo.

--Es preciso--prosiguió Stein--alimentarla bien, y que tome caldos sustanciosos.

La tía María hizo un gesto expresivo de aprobación.

--Debe nutrirse con leche, pollos, huevos frescos y cosas análogas.

--¡Cuando yo le decía a usted--prorrumpió la abuelita encarándose con el tío Pedro--que el señor es el mejor médico del mundo entero!

--Cuidado que no cante--advirtió Stein.

--¡Que no vuelva yo a oírla!--exclamó con dolor el pobre tío Pedro.

--¡Pues mira qué desgracia!--contestó la tía María--. Deje usted que se ponga buena, y entonces podrá cantar de día y de noche como un reloj. Pero estoy pensando que lo mejor será que yo me la lleve a mi casa, porque aquí no hay quien la cuide ni quien haga un buen puchero, como lo sé yo hacer.

--Lo sé por experiencia--dijo Stein sonriéndose--; y puedo asegurar que el caldo hecho por manos de mi buena enfermera, se le puede presentar a un rey.

La tía María se esponjó tan satisfecha.

--Conque, tío Pedro, no hay más que hablar; me la llevo.

--¡Quedarme sin ella! ¡No, no puede ser!

--Tío Pedro, tío Pedro, no es esa la manera de querer a los hijos--replicó la tía María--; el amar a los hijos es anteponer a todo lo que a ellos conviene.

--Pues bien está--repuso el pescador levantándose de repente--; llévesela usted: en sus manos la pongo, al cuidado de ese señor la entrego y al amparo de Dios la encomiendo.

Diciendo esto, salió precipitadamente de la casa, como si temiese volverse atrás de su determinación; y fue a aparejar su burra.

--Don Federico--preguntó la tía María, cuando quedaron solos con la niña, que permanecía aletargada--, ¿no es verdad que la pondrá usted buena con la ayuda de Dios?

--Así lo espero--contestó Stein--, ¡no puedo expresar a usted cuánto me interesa ese pobre padre!

La tía María hizo un lío de ropa que el pescador había sacado, y este volvió trayendo del diestro la bestia. Entre todos colocaron encima a la enferma, la que, siguiendo amodorrada con la calentura, no opuso resistencia. Antes que la tía María se subiese en _Golondrina_, que parecía bastante satisfecha de volverse en compañía de _Urca_ (que tal era _la gracia_ de la burra del tío Pedro), este llamó aparte a la tía María, y le dijo dándole unas monedas de oro:

--Esto pude escapar de mi naufragio; tómelo usted y déselo al médico, que cuanto yo tengo es para quien salve la vida de mi hija.

--Guarde usted su dinero--respondió la tía María--y sepa que el doctor ha venido aquí en primer lugar por Dios, y en segundo..., por mí--la tía María dijo estas últimas palabras con un ligero tinte de fatuidad.

Con esto, se pusieron en camino.

--No ha de parar usted, madre abuela--dijo Momo, que caminaba detrás de _Golondrina_--, hasta llenar de gentes el convento, tan grande como es. Y qué, ¿no es bastante buena la choza para la principesa _Gaviota_?

--Momo--respondió su abuela--, métete en tus calzones: ¿estás?

--Pero ¿qué tiene usted que ver ni qué le toca esa gaviota montaraz para que asina la tome a su cargo, señora?

--Momo, dice el refrán, «¿quién es tu hermana?, la vecina más cercana»; y otro añade: «al hijo del vecino quitarle el moco y meterlo en casa», y la sentencia reza: «al prójimo como a ti mismo».

--Otro hay que dice, al prójimo contra una esquina--repuso Momo--. ¡Pero nada!, usted se ha encalabrinado en ganarle la palmeta a San Juan de Dios.

--No serás tú el ángel que me ayude--dijo con tristeza la tía María.

Dolores recibió a la enferma con los brazos abiertos, celebrando como muy acertada la determinación de su suegra.

Pedro Santaló, que había llevado a su hija, antes de volverse, llamó aparte a la caritativa enfermera y, poniéndole las monedas de oro en la mano, le dijo:

--Esto es para costear la asistencia y para que nada le falte. En cuanto a la caridad de usted, tía María, Dios será el premio.

La buena anciana vaciló un instante, tomó el dinero y dijo:

--Bien está; nada le faltará; vaya usted descuidado, tío Pedro, que su hija queda en buenas manos.

El pobre padre salió aceleradamente y no se detuvo hasta llegar a la playa. Allí se paró, volvió la cara hacia el convento y se echó a llorar amargamente.