La gaviota

Chapter 4

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--Sí, señor--respondió este--; el alcalde tuvo que obedecer las órdenes de arriba. Bien ve usted que en un pueblo pequeño no era fácil proporcionarse una losa de mármol con letras de oro, como son las lápidas de Cádiz y de Sevilla. Fue preciso mandar hacer el letrero al maestro de escuela, que tiene una hermosa letra, y debía ponerse a cierta altura en la pared del Cabildo. El maestro preparó pintura negra con hollín y vinagre, y encaramado en una escalera de mano, empezó la obra, trazando unas letras de un pie de alto. Por desgracia, queriendo hacer un gracioso floreo, dio tan fuerte sacudida a la escalera, que esta se vino al suelo con el pobre maestro y el puchero de tinta, rodando los dos hasta el arroyo. Rosita, mi patrona, que observó la catástrofe desde su ventana y vio levantarse al caído, negro como el carbón, se asustó tanto, que estuvo tres días con flatos y de veras me dio cuidado. El alcalde, sin embargo, ordenó al magullado maestro que completase su obra, en vista de que el letrero no decía todavía más que _consti_; el pobre maestro tuvo que apechugar con la tarea; pero esta vez no quiso escalera de mano y fue preciso traer una carreta y poner encima una mesa, y atarla con cuerdas. Encaramado allí el pobre, estaba tan turulato acordándose de lo de marras, que no pensó sino en despachar pronto; y así es que las últimas letras, en lugar de un pie de alto como las otras, no tienen más que una pulgada; y no es esto lo peor, sino que con la prisa, se le quedó una letra en el tintero, y el letrero dice ahora: PLAZA DE LA CONSTITUCIN. El alcalde se puso furioso; pero el maestro se cerró a la banda y declaró que ni por Dios ni por sus santos volvía a las andadas, y que más bien quería montar en un toro de ocho años, que en aquel tablado de volatines. De modo que el letrero se ha quedado como estaba; pero a bien que no hay en el lugar quien lo lea. Y es lástima que el maestro no lo haya enmendado, porque era muy hermoso y hacía honor a Villamar.

Momo, que traía al hombro unas alforjas bien rellenas y tenía prisa, preguntó al comandante si iba al fuerte de San Cristóbal.

--Sí--respondió--, y de camino, a ver a la hija del tío Pedro Santaló, que está mala.

--¿Quién? _¿La Gaviota?_--preguntó Momo--. No lo crea usted. Si la he visto ayer encaramada en una peña y chillando como las otras gaviotas.

--¡Gaviota!--exclamó Stein.

--Es un mal nombre--dijo el comandante--que Momo le ha puesto a esa pobre muchacha.

--Porque tiene las piernas largas--respondió Momo--; porque tanto vive en el agua como en la tierra; porque canta y grita, y salta de roca en roca como las otras.

--Pues tu abuela--observó don Modesto--la quiere mucho y no la llama más que _Marisalada_, por sus graciosas travesuras y por la gracia con que canta y baila y remeda a los pájaros.

--No es eso--replicó Momo--; sino porque su padre es pescador y ella nos trae sal y pescado.

--¿Y vive cerca del fuerte?--preguntó Stein, a quien habían excitado la curiosidad aquellos pormenores.

--Muy cerca--respondió el comandante--. Pedro Santaló tenía una barca catalana que, habiendo dado a la vela para Cádiz, sufrió un temporal y naufragó en la costa. Todo se perdió, el buque y la gente, menos Pedro, que iba con su hija; como que a él le redobló las fuerzas el ansia de salvarla. Pudo llegar a tierra, pero arruinado; y quedó tan desanimado y triste, que no quiso volver a su tierra. Lo que fue labrar una choza entre esas rocas con los destrozos que habían quedado de la barca, y se metió a pescador. Él era el que proveía de pescado al convento, y los padres, en cambio, le daban pan, aceite y vinagre. Hace doce años que vive ahí en paz con todo el mundo.

Con esto llegaron al punto en que la vereda se dividía y se separaron.

--Pronto nos veremos--dijo el veterano. Dentro de un rato iré a ponerme a la disposición de usted y saludar a sus patronas.

--Dígale usted de mi parte a _la Gaviota_--gritó Momo--que me tiene sin cuidado su enfermedad, porque mala yerba nunca muere.

--¿Hace mucho tiempo que el comandante está en Villamar?--preguntó Stein a Momo.

--Toma..., ciento y un años, desde antes que mi padre naciera.

--¿Y quién es esa Rosita, su patrona?

--¡Quién, _señá Rosa Mística_!--respondió Momo con un gesto burlón--. Es la maestra de amiga. Es más fea que el hambre; tiene un ojo mirando a Poniente y otro a Levante; y unos hoyos de viruelas, en que puede retumbar un eco. Pero, don Federico, el cielo se encapota; las nubes van como si las corrieran galgos. Apretemos el paso.

Capítulo VI

Antes de seguir adelante, no será malo trabar conocimiento con este nuevo personaje.

Don Modesto Guerrero era hijo de un honrado labrador, que no dejaba de tener buenos papeles de nobleza, hasta que se los quemaron los franceses en la guerra de la Independencia, como quemaron también su casa, bajo el pretexto de que los hijos del dueño eran _brigantes_, esto es, reos del grave delito de defender a su patria. El buen hombre pudo reedificar su casa. Pero a los pergaminos no les cupo la suerte del fénix.

Modesto cayó soldado, y como su padre no tenía lo bastante para comprarle un sustituto, pasó a las filas de un regimiento de infantería, en calidad de distinguido.

Como era un bendito, y además de larga y seca catadura, pronto llegó a ser el objeto de las burlas y de las chanzas pesadas de sus compañeros. Estos, animados por su mansedumbre, llevaron al extremo sus bromas, hasta que Modesto les puso término del modo siguiente. Un día que había gran formación, con motivo de una revista, Modesto ocupaba su lugar al extremo de una fila. Allí cerca había una carreta: con gran destreza y prontitud sus compañeros le echaron a una pierna un lazo corredizo, atando la extremidad del cordel a una de las ruedas de la carreta. El coronel dio la voz de «marchen». Sonaron los tambores y todas las mitades se pusieron en marcha, menos Modesto, que se quedó parado con una pierna en el aire, como los escultores figuran a Céfiro.

Terminada la revista, Modesto volvió al cuartel tan sosegado como de él había salido y, sin alterar su paso, pidió una satisfacción a sus compañeros. Como ninguno quería cargar con la responsabilidad del chasco, declaró con la misma calma que mediría sus armas con las de todos y cada uno de ellos, uno después de otro. Entonces salió al frente el que había inventado y dirigido la burla: se batieron y de sus resultas perdió un ojo su adversario. Modesto le dijo, con su calma acostumbrada, que si quería perder el otro, él estaba a su disposición cuando gustase.

Entre tanto, Modesto, sin parientes ni protectores en la corte, sin miras ambiciosas, sin disposiciones para la intriga, hizo su carrera a paso de tortuga, hasta que en la época del sitio de Gaeta, en 1805, su regimiento recibió orden de juntarse como auxiliar con las tropas de Napoleón. Modesto se distinguió allí por su valor y serenidad, en términos que mereció una cruz y los mayores elogios de sus jefes.

Su nombre lució en La Gaceta como un meteoro, para hundirse después en la eterna oscuridad. Estos laureles fueron los primeros y los últimos que le ofreció su carrera militar; porque habiendo recibido una profunda herida en el brazo, quedó inutilizado para el servicio, y en recompensa, le nombraron comandante del fuertecillo abandonado de San Cristóbal. Hacía, pues, cuarenta años que tenía bajo sus órdenes el esqueleto de un castillo y una guarnición de lagartijas.

Al principio no podía nuestro Guerrero conformarse con aquel abandono. No pasaba año sin que dirigiese una representación al Gobierno, pidiendo los reparos necesarios y los cañones y tropa que aquel punto de defensa requería. Todas estas representaciones habían quedado sin respuesta, a pesar de que, según las circunstancias de la época, no había omitido hacer presente la posibilidad de un desembarco de ingleses, de insurgentes americanos, de franceses, de revolucionarios y de carlistas. Igual acogida habían recibido sus continuas plegarias para obtener algunas pagas. El Gobierno no hizo el menor caso de aquellas dos ruinas: el castillo y su comandante. Don Modesto era sufrido; conque acabó por someterse a su suerte sin acritud y sin despecho.

Cuando vino a Villamar, se alojó en casa de la viuda del sacristán, la cual vivía entregada a la devoción, en compañía de su hija, todavía joven. Eran excelentes mujeres: algo remilgadas y secas, con sus ribetes de intolerantes; pero buenas, caritativas, morigeradas y de esmerado aseo.

Los vecinos del pueblo, que miraban con afición al comandante, o más bien al _comendante_, que era como le llamaban, y que al mismo tiempo conocían sus apuros, hacían cuanto podía para aliviarlos. No se hacía matanza en casa alguna sin que se le enviase su provisión de tocino y morcillas. En tiempo de la recolección, un labrador le enviaba trigo, otro garbanzos; otros le contribuían con su porción de miel o de aceite. Las mujeres le regalaban los frutos del corral; de modo que su beata patrona tenía siempre la despensa bien provista, gracias a la benevolencia general que inspiraba don Modesto; el cual, de índole correspondiente a su nombre, lejos de envanecerse de tantos favores, solía decir que la Providencia estaba en todas partes, pero que su cuartel general era Villamar. Bien es verdad que él sabía corresponder a tantos favores, siendo con todos por extremo servicial y complaciente. Levantábase con el sol, y lo primero que hacía era ayudar a misa al cura. Una vecina le hacía un encargo, otra le pedía una carta para un hijo soldado; otra, que le cuidase los chiquillos, mientras salía a una diligencia. Él velaba a los enfermos, rezaba con sus patronas; en fin, procuraba ser útil a todo el mundo, en todo lo que no pudiese ofender su honradez y su decoro. No es esto nada raro en España, gracias a la inagotable caridad de los españoles, unida a su noble carácter, el cual no les permite atesorar, sino dar cuanto tienen al que lo necesita: díganlo los exclaustrados, las monjas, los artesanos, las viudas de los militares y los empleados cesantes.

Murió la viuda del sacristán, dejando a su hija Rosa con cuarenta y cinco años bien contados y una fealdad que se veía de lejos. Lo que más contribuía a esta desgracia, eran las funestas consecuencias de las viruelas. El mal se había concentrado en un ojo, y sobre todo en el párpado, que no podía levantarse sino a medias; de lo que resultaba que la pupila, medio apagada, daba a toda la fisonomía cierto aspecto poco inteligente y vivo, contrastando notablemente el ojo entornado con su compañero, del cual salían llamas, como de una hoguera de sarmientos, al menor motivo de escándalo, y en verdad que los solía encontrar con harta frecuencia.

Después del entierro, y pasados los nueve días de duelo, la señora Rosa dijo un día a don Modesto:

--Don Modesto, siento mucho tener que decir a usted que es preciso separarnos.

--¡Separarnos!--exclamó el buen hombre abriendo tantos ojos y poniendo la jícara de chocolate sobre el mantel, en lugar de ponerla en el plato--. ¿Y por qué, Rosita?

Don Modesto se había acostumbrado por espacio de treinta años a emplear este diminutivo cuando dirigía la palabra a la hija de su antigua patrona.

--Me parece--respondió ella arqueando las cejas que no debía usted preguntarlo. Conocerá usted que no parece bien que vivan juntas, y solas, dos personas de estado honesto. Sería dar pábulo a las malas lenguas.

--Y ¿qué pueden decir de usted las malas lenguas?--repuso don Modesto--; ¡usted, que es la más ejemplar del pueblo!

--¿Acaso hay nada seguro de ellas? ¿Qué dirá usted cuando sepa que usted con todos sus años y su uniforme y su cruz, y yo, pobre mujer que no pienso más que en servir a Dios, estamos sirviendo de diversión a estos deslenguados?

--¿Qué dice usted, Rosita?--exclamó don Modesto asombrado.

--Lo que está usted oyendo. Ya nadie nos conoce sino por el mal nombre que nos han puesto esos condenados monacillos.

--¡Estoy atónito, Rosita! No puedo creer...

--Mejor para usted si no lo cree--dijo la devota--; pero yo le aseguro que esos inicuos (Dios los perdone), cuando nos ven llegar a la iglesia todas las mañanas a misa de alba, se dicen unos a otros: «Llama a misa, que ahí viene _Rosa Mística y Turris Davídica_, en amor y compaña como en las letanías.» A usted le han puesto ese mote por ser tan alto y tan derecho.

Don Modesto se quedó con la boca abierta y los ojos fijos en el suelo.

--Sí, señor--continuó _Rosa Mística_--; la vecina es quien me lo ha dicho, escandalizada, y aconsejándome que vaya a quejarme al señor cura. Yo la he respondido que mejor quiero sufrir y callar. Más padeció nuestro Señor sin quejarse.

--Pues yo--dijo don Modesto--no aguanto que nadie se burle de mí y mucho menos de usted.

--Lo mejor será--continuó Rosa--acreditar con nuestra paciencia que somos buenos cristianos, y con nuestra indiferencia, el poco caso que hacemos de los juicios del mundo. Por otra parte, si castigan a esos irreverentes, lo harían peor; créame usted, don Modesto.

--Tiene usted razón, como siempre, Rosita--dijo don Modesto--. Yo sé lo que son los guasones; si les cortasen las lenguas, hablarían con las narices. Pero si en otro tiempo alguno de mis camaradas se hubiese atrevido a llamarme _Turris Davídica_, bien hubiera podido añadir: _Ora pro nobis._ Mas ¿es posible que siendo usted una santa bendita les tenga miedo a los maldicientes?

--Ya sabe usted, don Modesto, lo que vulgarmente dicen los que piensan mal de todo: entre santa y santo, pared de cal y canto.

--Pero entre usted y yo--dijo el comandante--no hay necesidad de poner ni tabique. Yo, con tantos años a cuestas: yo, que en toda mi vida no he estado enamorado más que una vez... y por más señas que lo estuve de una buena moza, con quien me habría casado a no haberla sorprendido en chicoleos con el tambor mayor, que...

--Don Modesto, don Modesto--gritó Rosa poniéndose erguida--. Honre usted su nombre y mi estado y déjese de recuerdos amorosos.

--No ha sido mi intención escandalizar a usted--dijo don Modesto en tono contrito--: basta que usted sepa y yo le jure que jamás ha cabido ni cabrá en mí un mal pensamiento.

--Don Modesto--dijo _Rosa Mística_ con impaciencia (mirándole con un ojo encendido, mientras el otro hacía vanos esfuerzos por imitarlo)--, ¿me cree usted tan simple que pueda pensar que dos personas como usted y yo, sensatas y temerosas de Dios, se conduzcan como los casquivanos, que no tienen pudor ni miedo al pecado? Pero en este mundo no basta obrar bien; es preciso no dar que decir, guardando en todo las apariencias.

--¡Esta es otra!--repuso el comandante--. ¿Qué apariencias puede haber entre nosotros? ¿No sabe usted que el que se excusa se acusa?

--Dígole a usted--respondió la devota--que no faltará quien murmure.

--¿Y qué voy yo a hacer sin usted?--preguntó afligido don Modesto--. ¿Qué será de usted sin mí, sola en este mundo?

--El que da de comer a los pajaritos--dijo solemnemente Rosa--cuidará de los que en él confían.

Don Modesto, desconcertado y no sabiendo dónde dar de cabeza, pasó a ver a su amigo el cura, que lo era también de Rosita, y le contó cuanto pasaba.

El cura hizo patente a Rosita que sus escrúpulos eran exagerados e infundados sus temores; que, por el contrario, la proyectada separación daría lugar a ridículos comentarios.

Siguieron, pues, viviendo juntos como antes, en paz y gracia de Dios. El comandante, siempre bondadoso y servicial; Rosa, siempre cuidadosa, atenta y desinteresada; porque don Modesto no se hallaba en el caso de remunerar pecuniariamente sus servicios, puesto que si la empuñadura de su espada de gala no hubiera sido de plata, bien podría haber olvidado de qué color era aquel metal.

Capítulo VII

Cuando Stein llegó al convento, toda la familia estaba reunida, tomando el sol en el patio.

Dolores, sentada en una silla, remendaba una camisa de su marido. Sus dos niñas, Pepa y Paca, jugaban cerca de la madre. Eran dos lindas criaturas, de seis y ocho años de edad. El niño de pecho, encanastado en su andador, era el objeto de la diversión de otro chico de cinco años, hermano suyo, que se entretenía en enseñarle gracias que son muy a propósito para desarrollar la inteligencia, tan precoz en aquel país. Este muchacho era muy bonito, pero demasiado pequeño; con lo que Momo le hacía rabiar frecuentemente llamándolo Francisco de _Anís_, en lugar de Francisco de Asís, que era su verdadero nombre. Vestía un diminuto pantalón de tosco paño con chaqueta de lo mismo, cuyas reducidas dimensiones permitían a la camisa formar en torno de su cintura un pomposo buche, como que los pantalones estaban mal sostenidos por un solo tirante de orillo.

--Haz una vieja, Manolillo--decía _Anís_.

Y el chiquillo hacía un gracioso mohín, cerrando a medias los ojos, frunciendo los labios y bajando la cabeza.

--Manolillo, mata un morito.

Y el chiquillo abría tantos ojos, arrugaba las cejas, cerraba los puños y se ponía como una grana a fuerza de fincharse en actitud belicosa. Después _Anís_ le tomaba las manos y las volvía y revolvía cantando:

¡Qué lindas manitas que tengo yo! ¡Qué chicas! ¡Qué blancas! ¡Qué monas que son!

La tía María hilaba y el hermano Gabriel estaba haciendo espuertas con hojas secas de palmito[10].

[Nota 10: Palmera enana: el _Camerops_ de los botánicos.]

Un enorme y lanudo perro blanco, llamado _Palomo_, de la hermosa casta del perro pastor de Extremadura, dormía tendido cuan largo era, ocupando un gran espacio con sus membrudas patas y bien poblada cola, mientras que _Morrongo_, corpulento gato amarillo, privado desde su juventud de orejas y de rabo, dormía en el suelo, sobre un pedazo de la enagua de la tía María.

Stein, Momo y Manuel llegaron al mismo tiempo por diversos puntos. El último venía de rondar la hacienda, en ejercicio de sus funciones de guarda; traía en una mano la escopeta y en otra tres perdices y dos conejos.

Los muchachos corrieron hacia Momo, quien de un golpe vació las alforjas, y de ellas salieron, como de un cuerno de la Abundancia, largas cáfilas de frutas de invierno, con las que se suele festejar en España la víspera de Todos Santos: nueces, castañas, granadas, batatas, etc.

--Si _Marisalada_ nos trajera mañana algún pescado--dijo la mayor de las muchachas--, tendríamos jolgorio.

--Mañana--repuso la abuela--es día de Todos Santos; seguramente no saldrá a pescar el tío Pedro.

--Pues bien--dijo la chiquilla--, será pasado mañana.

--Tampoco se pesca el día de los Difuntos.

--¿Y por qué?--preguntó la niña.

--Porque sería profanar un día que la Iglesia consagra a las ánimas benditas: la prueba es que unos pescadores que fueron a pescar tal día como pasado mañana, cuando fueron a sacar las redes, se alegraron al sentir que pesaban mucho; pero en lugar de pescado, no había dentro más que calaveras. ¿No es verdad lo que digo, hermano Gabriel?

--¡Por supuesto! Yo no lo he visto; pero como si lo hubiera visto--dijo el hermano.

--¿Y por eso nos hacéis rezar tanto el día de Difuntos a la hora del Rosario?--preguntó la niña.

--Por eso mismo--respondió la abuela--. Es una costumbre santa, y Dios no quiere que la descuidemos. En prueba de ello, voy a contaros un ejemplo: Érase una vez un obispo, que no tenía mucho empeño en esta piadosa práctica y no exhortaba a los fieles a ella. Una noche soñó que veía un abismo espantoso, y en su orilla había un ángel que con una cadena de rosas blancas y encarnadas sacaba de adentro a una mujer hermosa, desgreñada y llorosa. Cuando se vio fuera de aquellas tinieblas, la mujer, cubierta de resplandor, echó a volar hacia el cielo. Al día siguiente el obispo quiso tener una explicación del sueño y pidió a Dios que le iluminase. Fuese a la iglesia y lo primero que vieron sus ojos fue un niño hincado de rodillas y rezando el rosario sobre la sepultura de su madre.

--¿Acaso no sabías eso, chiquilla?--decía Pepa a su hermana--. Pues mira tú que había un zagalillo que era un bendito y muy amigo de rezar: había también en el Purgatorio un alma más deseosa de ver a Dios que ninguna. Y viendo al zagalillo rezar tan de corazón, se fue a él y le dijo: «¿Me das lo que has rezado?» «Tómalo», dijo el muchacho; y el alma se lo presentó a Dios y entró en la gloria de sopetón. ¡Mira tú si sirve el rezo para con Dios!

--Ciertamente--dijo Manuel--, no hay cosa más justa que pedir a Dios por los difuntos; y yo me acuerdo de un cofrade de las ánimas, que estaba una vez pidiendo por ellas a la puerta de una capilla y diciendo a gritos: «El que eche una peseta en esta bandeja, saca un alma del Purgatorio.» Pasó un chusco y, habiendo echado la peseta, preguntó: «Diga usted, hermano, ¿cree usted que ya está el alma fuera?» «Qué duda tiene», repuso el hermano. «Pues entonces--dijo el otro--, recojo mi peseta, que no será tan boba ella que se vuelva a entrar.»

--Bien puede usted asegurar, don Federico--dijo la tía María--, que no hay asunto para el cual no tenga mi hijo, venga a pelo o no venga, un cuento, chascarrillo o cuchufleta.

En este momento se entraba don Modesto por el patio, tan erguido, tan grave, como cuando se presentó a Stein en la salida del pueblo, sin más diferencia que llevar colgada de su bastón una gran _pescada_[11] envuelta en hojas de col.

[Nota 11: Una merluza.]

--¡El comendante!, ¡el comendante!--gritaron todos los presentes.

--¿Viene usted de su castillo de San Cristóbal?--preguntó Manuel a don Modesto, después de los primeros cumplidos y de haberle convidado a sentarse en el apoyo, que también servía de asiento a Stein--. Bien podía usted empeñarse con mi madre, que es tan buena cristiana, para que rogase al Santo Bendito que reedificase las paredes del fuerte, al revés de lo que hizo Josué con las del otro.

--Otras cosas de más entidad tengo que pedirle al santo--respondió la abuela.

--Por cierto--dijo fray Gabriel--, que la tía María tiene que pedir al santo cosas de más entidad que reedificar las paredes del castillo. Mejor sería pedirle que rehabilitase el convento.

Don Modesto, al oír estas palabras, se volvió con gesto severo hacia el hermano, el cual, visto este movimiento, se metió detrás de la tía María, encogiéndose de tal manera que casi desapareció de la vista de los concurrentes.

--Por lo que veo--prosiguió el veterano--, el hermano Gabriel no pertenece a la Iglesia militante. ¿No se acuerda usted de que los judíos, antes de edificar el templo, habían conquistado la tierra prometida, espada en mano? ¿Habría iglesias y sacerdotes en la Tierra Santa si los cruzados no se hubieran apoderado de ella lanza en ristre?

--Pero ¿por qué?--dijo entonces Stein, con la sana intención de distraer de aquel asunto al Comandante, cuya bilis empezaba a exaltarse.

--Eso no importa--contestó Manuel--, ni reparan en ello las ancianas, sino aquella que le pedía a Dios sacar la lotería, y habiéndole preguntado uno si había echado, respondió: «¿Pues si hubiese echado, dónde estaría el milagro?»

--Lo cierto es--opinó Modesto--que yo quedaría muy agradecido al santo si tuviese a bien inspirar al Gobierno el pensamiento laudable de rehabilitar el fuerte.

--De reedificarlo, querrá usted decir--repuso Manuel--; pero cuidado con arrepentirse después, como le sucedió a una devota del santo, la cual tenía una hija tan fea, tan tonta y tan para nada, que no pudo hallar un desesperado que quisiese cargar con ella. Apurada la pobre mujer, pasaba los días hincada delante del Santo Bendito, pidiéndole un novio para su hija: en fin, se presentó uno, y no es ponderable la alegría de la madre; pero no duró mucho, porque salió tan malo, y trataba tan mal a su mujer y a su suegra, que esta se fue a la iglesia, y puesta delante del santo, le dijo:

San C i-tobalón, Patazas, manazas, cara de cuerno, Tan judío eres tú como mi yerno.