Chapter 21
--¡Lo que yo sé--dijo Pepe Vera--es que me tienes miedo!, ¡y haces bien, por vida mía! Pero Dios sabe lo que puede suceder, quedándote sola y segura de que no puedo sorprenderte. No me fío de ninguna mujer; ni de mi madre.
--¡Miedo yo!--replicó María--¡Yo!
Pero sin dejarla hablar, Pepe Vera continuó:
--¿Me crees tan ciego que no vea lo que pasa? ¿No sé yo que le estás haciendo buena cara, porque se te ha puesto en el testuz que ese desaborido de tu marido tenga los honores de cirujano de la reina, como acabo de saberlo de buena tinta?
--¡Mentira!--gritó María con toda su ronquera.
--¡María! ¡María! No es Pepe Vera hombre a quien se da gato por liebre. Sábete que yo conozco las mañas de los toros bravos como las de los toros marrajos.
María se echó a llorar.
--Sí--dijo Pepe--, suelta el trapo, que ese es el _Refugium peccatorum_ de las mujeres. Tú te fías del refrán «mujer, llora y vencerás». No, morena; hay otro que dice «en cojera de perro y lágrimas de mujer, no hay que creer». Guarda tus lágrimas para el teatro, que aquí no estamos representando comedias. Mira lo que haces: si juegas falso, peligra la vida de un hombre. Conque, cuenta con lo que haces. Mi amor no es cosa de recetas ni de décimas. Yo no me pago de hipíos, sino de hechos. En una palabra, si no vas esta tarde a los toros, te ha de pesar.
Diciendo esto, Pepe Vera se salió de la habitación.
Estaba a la sazón combatido por dos sentimientos de una naturaleza tan poderosa, que se necesitaba un temple de hierro para ocultarlos, como él lo estaba haciendo, bajo la exterioridad más tranquila, el rostro más sereno y la más natural indiferencia. Había examinado los toros que debían correrse aquella tarde; jamás había visto animales más feroces. Había concebido preocupación extraordinaria hacia uno de ellos, achaque que suele ser común entre los de su profesión, que se creen salvos y seguros si de aquel libran bien, sin cuidarse de los demás de la corrida.
Además, estaba celoso; ¡celoso él, que no sabía más que vencer y recibir aplausos! Le habían dicho que le estaban burlando, y dentro de pocas horas iba a verse entre la vida y la muerte, entre el amor y la traición. Así lo creía al menos.
Cuando salió Pepe Vera de la alcoba de María, esta desgarró las guarniciones bordadas de las sábanas; riñó ásperamente a Marina, lloró; después se vistió, mandó recado a una compañera de teatro y se fue con ella a los toros.
María, temblando con la fiebre y con la agitación, se colocó en el asiento que Pepe Vera le había reservado.
El ruido, el calor y la confusión aumentaron la desazón que sentía María. Sus mejillas siempre pálidas, estaban encendidas; un ardor febril animaba sus negros ojos. La rabia, la indignación, los celos, el orgullo lastimado, la ansiedad, el terror y el dolor físico se esforzaban en vano por arrancar una queja, un suspiro, de aquella boca tan cerrada y apretada como el sepulcro.
Pepe Vera la vio. En su rostro se bosquejó una sonrisa, que no hizo en María la menor impresión, como si resbalase en su aspecto glacial, debajo del cual su vanidad herida juraba venganza.
El traje de Pepe Vera era semejante al que sacó en la corrida de que en otra parte hemos hecho mención, con la diferencia de ser el raso verde y las guarniciones de oro.
Ya se había lidiado un toro, y lo había despachado otro primer espada. Había sido _bueno_, pero no tan bravo como habían creído los inteligentes.
Sonó la trompeta; abrió el toril su ancha y sombría boca, y salió un toro negro a la plaza.
--¡Ese es _Medianoche_!--gritaba el gentío--. _Medianoche_ es el toro de la corrida; como si dijéramos, el rey de la función.
_Medianoche_, sin embargo, no salió de carrera, cual salen todos, como si fuesen a buscar su libertad, sus pastos, sus desiertos. Él quería, antes de todo, vengarse; quería acreditar que no sería juguete de enemigos despreciables; quería castigar. Al oír la acostumbrada gritería que lo circundaba, se quedó parado.
No hay la menor duda de que el toro es un animal estúpido. Pero con todo, sea que la rabia sea poderosa a aguzar la más torpe inteligencia, o que tenga la pasión la facultad de convertir el más rudo instinto en perspicacia, ello es, que hay toros que adivinan y se burlan de las suertes más astutas de la tauromaquia.
Los primeros que llamaron la atención del terrible animal fueron los picadores. Embistió al primero y le tiró al suelo. Hizo lo mismo con el segundo sin detenerse y sin que la pica bastase a contenerle ni hiciese más que herirle ligeramente. El tercer picador tuvo la misma suerte que los otros.
Entonces el toro, con las astas y la frente teñidas en sangre, se plantó en medio de la plaza, alzando la cabeza hacia el tendido, de donde salía una gritería espantosa, excitada por la admiración de tanta bravura.
Los chulos sacaron a los picadores a la barrera. Uno tenía una pierna rota y se le llevaron a la enfermería. Los otros dos fueron en busca de otros caballos. También montó el sobresaliente; y mientras que los chulos llamaban la atención del animal con las capas, los tres picadores ocuparon sus puestos respectivos, con las garrochas en ristre.
Dos minutos después de haberlos divisado el toro, yacían los tres en la arena. El uno tenía la cabeza ensangrentada y había perdido el sentido. El toro se encarnizó en el caballo, cuyo destrozado cuerpo servía de escudo al malparado jinete.
Entonces hubo un momento de lúgubre terror.
Los chulillos procuraban en vano, y exponiendo sus personas, distraer la atención de la fiera; mas ella parecía tener sed de sangre y querer saciarla en su víctima. En aquel momento terrible un chulo corrió hacia el animal y le echó la capa a la cabeza para cegarle. Lo consiguió por algún instante; pero el toro sacó la cabeza, se desembarazó de aquel estorbo, vio al agresor huyendo, se precipitó en su alcance, y en su ciego furor, pasó delante, habiéndole arrojado al suelo. Cuando se volvió, porque no sabía abandonar su presa, el ágil lidiador se había puesto en pie y saltado la barrera, aplaudido por el concurso con alegres aclamaciones. Todo esto había pasado con la celeridad del relámpago.
El heroico desprendimiento con que los toreros se auxilian y defienden unos a otros, es lo único verdaderamente bello y noble en estas fiestas crueles, inhumanas, inmorales, que son un anacronismo en el siglo que se precia de ilustrado. Sabemos que los aficionados españoles y los exóticos como el vizconde de Fadièse, montados siempre medio tono más alto que los primeros, ahogarán nuestra opinión con sus gritos de anatema. Por esto nos guardamos muy bien de imponerla a otros y nos limitamos a mantenernos en ella. No la discutimos ni sostenemos, porque ya lo dijo San Pablo con su inmenso talento: «Nunca disputéis con palabras, porque para nada sirve el disputar»; y Mr. Joubert afirma también «que el trabajo de la disputa excede con mucho a su utilidad».
El toro estaba todavía enseñoreándose solo, como dueño de la plaza. En la concurrencia dominaba un sentimiento de terror. Pronunciábanse diversas opiniones: los unos querían que los cabestros entrasen en la plaza y se llevasen al formidable animal, tanto para evitar nuevas desgracias, como a fin de que sirviese para propagar su valiente casta. A veces se toma esta medida; pero lo común es que los toros indultados no sobrevivan a la inflamación de sangre que adquirieron en el combate. Otros querían que se le desjarretase para poder matarle sin peligro. Por desgracia, la gran mayoría gritaba que era lástima, y que un toro tan bravo debía morir con todas las reglas del arte.
El presidente no sabía qué partido tomar. Dirigir y mandar una corrida de toros no es tan fácil como parece. Más fácil a veces es presidir un cuerpo legislativo. En fin, lo que acontece muchas veces en estos, sucedió en la ocasión presente. Los que más gritaban, pudieron más; y quedó decidido que aquel poderoso y terrible animal muriese en regla y dejándole todos sus medios de defensa.
Pepe Vera salió entonces armado a la lucha. Después de haber saludado a la autoridad, se plantó delante de María y la brindó el toro.
Él estaba pálido; María, encendida, y los ojos saltándosele de las órbitas. Su aliento salía del pecho agitado, como el ronco resuello del que agoniza. Echaba el cuerpo adelante, apoyándose en la barandilla y clavando en ella las uñas. María amaba a aquel hombre joven y hermoso, a quien veía tan sereno delante de la muerte. Se complacía en un amor que la subyugaba, que la hacía temblar, que le arrancaba lágrimas, porque ese amor brutal y tiránico, ese cambio de afectos profundos, apasionados y exclusivos, era el amor que ella necesitaba; como ciertos hombres de organización especial, en lugar de licores dulces y vinos delicados, necesitan el poderoso estimulante de las bebidas alcohólicas.
Todo quedó en el más profundo silencio. Como si un horrible presentimiento se hubiese apoderado de las almas de todos los presentes, oscureciendo el brillo de la fiesta, como la nube oscurece el del sol.
Mucha gente se levantó y se salió de la plaza.
El toro, entre tanto, se mantenía en medio de la arena con la tranquilidad de un hombre valiente que, con los brazos cruzados y la frente erguida, desafía arrogantemente a sus adversarios.
Pepe Vera escogió el lugar que le convenía, con su calma y desgaire acostumbrados y señalándoselo con el dedo a los chulos:
--¡Aquí!--les dijo.
Los chulos partieron volando, como los cohetes de un castillo de pólvora. El animal no vaciló un instante en perseguirlos. Los chulos desaparecieron. El toro se encontró frente a frente con el matador.
Esta formidable situación no duró mucho. El toro partió instantáneamente y con tal rapidez, que Pepe Verano pudo prepararse. Lo más que pudo hacer, fue separarse para eludir el primer impulso de su adversario. Pero aquel animal no seguía, como lo hacen comúnmente los de su especie, el empuje que les da su furioso ímpetu. Volvióse de repente, se lanzó sobre el matador como el rayo y le recogió ensartado en las astas: sacudió furioso la cabeza y lanzó a cuatro pasos el cuerpo de Pepe Vera, que cayó como una masa inerte.
Millares de voces humanas lanzaron entonces un grito, como sólo hubiera podido concebirlo la imaginación de Dante; un grito que desgarraba las entrañas: hondo, lúgubre, prolongado.
Los picadores se echaron con sus caballos y garrochas sobre el toro, para impedir que recogiese a su víctima.
Los chulos, como bandada de pájaros, le circundaron también.
--¡Las medialunas!, ¡las medialunas!--gritó la concurrencia entera. El alcalde repitió el grito.
Salieron aquellas armas terribles y el toro quedó en breve desajarretado; el dolor y la rabia le arrancaban espantosos bramidos. Cayó por fin muerto, al golpe del puñal que le clavó en la nuca el innoble cachetero.
Los chulos levantaron a Pepe Vera.
--¡Está muerto!--tal fue el grito que exhaló unánime el brillante grupo que rodeaba al desventurado joven, y que de boca en boca subió hasta las últimas gradas, cerniéndose sobre la plaza a manera de fúnebre bandera.
* * *
Transcurrieron quince días después de aquella funesta corrida.
En una alcoba, en que se veían todavía algunos muebles decentes, aunque habían desaparecido los de lujo; en una cama elegante, pero cuyas guarniciones estaban marchitas y manchadas, yacía una joven pálida, demacrada y abatida. Estaba sola.
Esta mujer pareció despertar de un largo y profundo sueño. Incorporóse en la cama, recorriendo el cuarto con miradas atónitas. Apoyó su mano en la frente, como si quisiese fijar sus ideas, y con voz débil y ronca dijo:
--¡Marina!--entró entonces no Marina, sino otra mujer, trayendo una bebida que había estado preparando.
La enferma la miró.
--¡Yo conozco esa cara!--dijo con sorpresa.
--Puede ser, hermana--respondió la que había entrado, con mucha dulzura--. Nosotras vamos a las casas de los pobres como a las de los ricos.
--Pero ¿dónde está Marina? ¿Dónde está?--dijo la enferma.
--Se ha huido con el criado, robando cuanto han podido haber a las manos.
--¿Y mi marido?
--Se ha ausentado sin saberse adónde.
--¡Jesús!--exclamó la enferma, aplicándose las manos a la frente.
--¿Y el duque?--preguntó después de algunos instantes de silencio--. Debéis conocerle, pues en su casa fue donde creo haberos visto.
--¿En casa de la duquesa de Almansa? Sí, en efecto, esa señora me encargaba de la distribución de algunas limosnas. Se ha ido a Andalucía con su marido y toda su familia.
--¡Conque estoy sola y abandonada!--exclamó entonces la enferma, cuyos recuerdos se agolpaban a su memoria, siendo los primeros los más lejanos, como suele suceder al volver en sí de un letargo.
--¿Y qué? ¿No soy yo nadie?--dijo la buena hermana de la caridad, circundando con sus brazos a María--. Si antes me hubieran avisado, no os hallaríais en el estado en que os halláis.
De repente salió un ronco grito del dolorido pecho de la enferma.
--¡Pepe!..., ¡el toro!... ¡Pepe!..., ¡muerto!..., ah!
Y cayó sin sentido en la almohada.
Capítulo XXX
Seis meses después de los sucesos referidos en el último capítulo, la condesa de Algar estaba un día en su sala en compañía de su madre. Ocupábase en adornar con cintas y en probar a su hijo un sombrero de paja.
Entró el general Santa María.
--Ved, tío--dijo--, qué bien le sienta el sombrero de paja a este ángel de Dios.
--Le estás mimando que es un contento--repuso el general.
--No importa--intervino la marquesa--. Todas mimamos a nuestros hijos, que no por eso dejan de ser hombres de provecho. No te mimó poco nuestra madre, hermano, lo cual no te ha impedido ser lo que eres.
--Mamá, dame un bizcocho--dijo con media lengua el niño.
--¿Qué significa eso de tutear a su madre, señor renacuajo?--dijo el general--. No se dice así; se dice: «Madre, ¿quiere usted hacerme el favor de darme un bizcocho?»
El niño se echó a llorar, al oír la voz áspera de su tío. La madre le dio un bizcocho a hurtadillas y sin que el general lo viese.
--Es tan chico--observó la marquesa--que todavía no sabe distinguir entre el tú y el usted.
--Si no lo sabe--replicó el general--, se le enseña.
--Pero tío--dijo la condesa--, yo quiero que mis hijos me tuteen.
--¡Cómo, sobrina!--exclamó el general--. ¿También quieres tú entrar en esa moda que nos ha venido de Francia, como todas las que corrompen las costumbres?
--Conque ¿el tuteo entre padres e hijos corrompe las costumbres?
--Sí, sobrina; como todo lo que contribuye a disminuir el respeto, sea lo que fuere. Por esto me gustaba la antigua costumbre de los grandes de España, que exigían el tratamiento de excelencia a sus hijos.
--El tuteo, que pone en un pie de igualdad, que no debe existir entre padres e hijos, no hay duda que disminuye el respeto--dijo la marquesa--. Dicen que aumenta el cariño; no lo creo. ¿Acaso, hija mía, me habrías amado más si me hubieras tuteado?
--No, madre--dijo la condesa, abrazándola con ternura--, pero tampoco os hubiera respetado menos.
--Siempre has sido tú una hija buena y dócil--dijo el general--, y las excepciones no prueban nada. Pero vamos a otra cosa. Traigo a ustedes una noticia que no podrá menos de serles grata. La hermosa corbeta «Iberia», procedente de La Habana, acaba de llegar a Cádiz; conque mañana es probable que demos un abrazo a Rafael. ¡Qué afortunado es ese muchacho! Apenas nos escribe que tenía ganas de volver a la Península, cuando se le presenta la ocasión que deseaba y el capitán general le envía de vuelta con pliegos importantes.
Aún estaban la marquesa y la condesa expresando la alegría que esta noticia les causaba, cuando se abrió la puerta y Rafael Arias se precipitó en los brazos de sus parientas, estrechándolas repetidas veces entre los suyos, y la mano al general.
--¡Cuánto me alegro de verte, mi bueno, mi querido Rafael!--decía la condesa.
--¡Jesús!--añadió la marquesa--; ¡gracias a Nuestra Señora del Carmen que estás de vuelta! Pero ¿qué necesidad tenías, con un buen patrimonio, de ir a pasar la mar, como si fuera un charco? Apuesto a que te has mareado.
--Eso es lo de menos, porque es mal pasajero--respondió Rafael--; pero tuve otro mal que empeoraba de día en día, y era el ansia por mi patria y por las personas de mi cariño. No sé si es porque España es una excelente madre o porque nosotros los españoles somos buenos hijos, lo cierto es que no podemos vivir sino en su seno.
--Es por lo uno y por lo otro, mi querido sobrino; por lo uno y por lo otro--repitió con una sonrisa de gran satisfacción el general.
--¡Es La Habana país muy rico!, ¿no es verdad, Rafael?--preguntó la condesa.
--Sí, prima--respondió Rafael--; y sabe serlo, como una gran señora que es. Su riqueza no es como la del que se enriqueció ayer, que a manera de torrentes, corre, se precipita y pasa, haciendo gran estrépito. Allí la opulencia mana blandamente y sin ruido, como un río profundo y copioso, que deriva sus aguas de manantiales permanentes. Allí la riqueza está en todas partes, y sin necesidad de anunciarse con ostentación, todo el mundo la ve y la siente.
--Y las mujeres, ¿te han gustado?--preguntó la condesa.
--Regla general--contestó Rafael--: todas las mujeres me gustan en todas partes. Las jóvenes porque lo son; las viejas porque lo han sido; las niñas porque lo serán.
--No generalices tanto la cuestión, Rafael; precísala.
--Pues bien, prima; las habaneras son unos preciosos _lazzaronis_ femeninos, cubiertas de olán y de encajes cuyos zapatos de raso son adornos inútiles de los pequeñísimos miembros a que están destinados, puesto que jamás he visto a una habanera en pie. Cantan hablando como los ruiseñores, viven de azúcar como las abejas y fuman como las chimeneas de vapor. Sus ojos negros son poemas dramáticos, y su corazón, un espejo sin azogar. El drama lúgubre y horripilante no se hizo para aquel gran vergel, en donde pasan las mujeres la vida recostadas en sus hamacas, meciéndose entre flores, aireadas por sus esclavas con abanicos de plumas.
--¿Sabes--dijo la condesa--que la voz pública anunció que te ibas a casar?
--Esa señora doña _Voz pública_, mi querida Gracia, se arroga hoy el lugar que ocupaban antes los bufones en las cortes de los reyes. Como ellos, dice todo lo que se le antoja, sin cuidarse de que sea cierto; así pues, doña _Voz pública_ ha mentido, prima.
--Pues decía más--añadió la condesa riéndose--. Le daba a tu futura dos millones de duros de dote.
Rafael se echó a reír.
--Ya caigo en la cuenta--dijo--; en efecto, el capitán general tuvo la idea de endosarme esa letra de cambio.
--¿Y qué tal era mi presunta prima?
--Fea como el pecado mortal. Su espaldilla izquierda se inclinaba decididamente hacia la oreja del mismo lado, y la derecha, por el contrario, demostraba el mayor alejamiento por la oreja su vecina.
--¿Y qué respondiste?
--Que no me gustaban las píldoras ni aun doradas.
--Mal hecho--dijo el general.
--Mal hecho era su torso, señor.
--Y más sabiendo--dijo la condesa--que...--No acabó la frase al notar que una expresión penosa, como de amargo recuerdo, se había esparcido en la abierta y franca fisonomía de su primo.
--¿Es feliz?--preguntó.
--Cuanto es posible serlo en este mundo--respondió la condesa--. Vive muy retirada, sobre todo desde que se han presentado síntomas de hallarse en estado de _buena esperanza_, según la expresión alemana de que servía don Federico, expresión harto más sentida, y menos meliflua que la inglesa de _estado interesante_, a la cual hemos dados carta de connaturalización...
--Con el ridículo espíritu de extranjerismo y de imitación que vive y reina--añadió el general--, y el pésimo gusto que los inspira y dirige. ¿Por qué no ha de decirse clara y castizamente embarazo o preñez, en lugar de esas ridículas y afectadas frases traducidas? Lo mismo hacéis que hacían los franceses en el siglo pasado cuando representaban con polvos y tontillos a las diosas del paganismo.
--¿Y él?--preguntó Arias.
--Cambiado enteramente, desde que se casó y se reconcilió con su cuñado. Este es el que le dirige en todo. Ahora labra por sí sus haciendas, aconsejado por mi marido, con el que pasa semanas enteras en el campo. En fin, es el niño mimado de la familia, donde ha sido recibido como el hijo pródigo.
--He aquí por qué--observó el general--nuestro sensato proverbio dice: «Más vale malo conocido, que bueno por conocer.»
--¿Y Eloísa?--tornó a preguntar Arias.
--Esa es una historia _lamentable_--dijo la condesa--. Se casó en secreto con un aventurero francés que se decía primo del príncipe de Rohan, colaborador de Dumas, enviado por el barón Taylor para comprar curiosidades artísticas, y que por desgracia se llamaba Abelardo. Ella encontró en su nombre y en el de su amante la indicación de su unión marcada por el destino. En él vio un hombre que era al mismo tiempo literato, artista y de familia de príncipes, y creyó haber encontrado el ser ideal que había visto en sus dorados ensueños. A sus padres, que se oponían a aquella unión, los miraba como tiranos de melodrama, de ideas atrasadas y sumisos en el oscurantismo...
--Y en el _españolismo_--añadió el general en tono de ironía--. Y la señorita ilustrada, _nutrida_ de novelas y de poesías lloronas, se unió con aquel gran bribón, casado ya dos veces, como después lo supimos. Pasados algunos meses, y después de haber gastado todo el dinero que ella le llevó, la abandonó en Valencia, adonde fue a buscarla su desventurado padre, para traerla deshonrada, ni casada, ni viuda, ni soltera. Ved ahí, sobrinos míos, adónde conduce el extranjerismo exagerado y falso.
--Rafael, tú habrías podido ahorrarle sus desgracias--dijo la condesa.
--¡Yo!--exclamó su primo.
--Sí, tú--continuó Gracia--. Tú sabes muy bien cuánto te estimaba y cuánto precio daba a tu opinión.
--Sí--dijo el general--, porque merecías la de los extranjeros.
--Hablando de otra cosa, ¿qué es de nuestro punto de admiración, el insigne A. Polo de Mármol de los Cementerios?--preguntó Arias.
--Se ha metido a _hombre político_--respondió Gracia.
--Ya lo sé--dijo Rafael--; ya sé que ha escrito una oda contra el trono bajo el seudónimo de la Tiranía.
--¡Pobre tiranía!--dijo el general--; de árbol caído todos hacen leña: ¡ya recibió la coz del asno!
--Ya sé--prosiguió Rafael--que escribió otro poema contra las preocupaciones, contando entre ellas el presagio fatal que se atribuye al número 13, la infalibilidad del papa, el vuelco de un salero y la fidelidad conyugal.
--¡Vaya, Rafael!--exclamó la condesa riéndose--, que no ha dicho nada de eso.
--Si no son las mismas palabras--dijo Rafael--, tal es poco más o menos el espíritu de aquella obra maestra, la cual será clasificada por la opinión...
--Entre las polillas que están carcomiendo esta sociedad--dijo el general--. ¡Cuando esté destruida veremos con qué la reemplazan!
--Además--prosiguió Rafael--, ya sé que nuestro A. Polo ha compuesto una sátira (se sentía inclinado a este género, y hace mucho tiempo que sintió brotar en su cabeza los cuernos de Marsías), una sátira, digo, contra la hipocresía, en la cual dice que es un rasgo de hipocresía reclamar el pago de la asignación del clero, de los exclaustrados y de las monjas.
--Pues bien, sobrino--dijo el general--, con esas bellas composiciones hizo bastantes méritos para que le recibiesen de colaborador en un periódico de oposición.
--Ya caigo--dijo Rafael--, y adivino lo que sucedió, porque es una farsa que se representa todos los días. Cortó la pluma a guisa de mandíbula asnal y, armado con ella, atacó a los filisteos del poder.
--Lo has acertado como un profeta--dijo el general--. No sé cómo se ha ingeniado; lo cierto es que en el día le tienes hecho un personaje: con dinero, rebosando _buen tono_ y reventando _da forte_.
--Estoy seguro--dijo Rafael--que va a ponerse otro nombre más, A. POLO DE MÁRMOL DE CARRARA; y que, sin dejar de escribir contra la nobleza y las distinciones, solicita y obtiene algún cargo honorífico de la corte, como, por ejemplo, CABALLERIZO MAYOR DEL PARNASO. Y al duque, ¿le encontraré en Madrid?