La gaviota

Chapter 20

Chapter 204,104 wordsPublic domain

Cuando la levantó vio en los ojos de María, fijos en la puerta de cristales de su alcoba, un vivo rayo, inmediatamente apagado. Volvió la cara hacia aquel lado, pero no vio nada.

El duque, en su distracción, había hecho un rollo del papel en que estaban escritos sus versos, que María no había reclamado.

--¿Vais a hacer un cigarro con el soneto?--preguntó María.

--Al menos, así serviría para algo--respondió el duque.

--Dádmelos y los guardaré--dijo María.

El duque puso en el papel enrollado una magnífica sortija de brillantes.

--¡Qué!--dijo María--, ¿la sortija también?

Y se la puso en el dedo, dejando caer al suelo el papel. «¡Ah!--pensó entonces el duque--, ¡no tiene corazón para el amor ni alma para la poesía!, ¡ni aun parece que tiene sangre para la vida! Y sin embargo, el cielo está en su sonrisa; el infierno, en sus ojos, y todo lo que el cielo y la tierra contienen, en los acentos de su soberana voz.»

El duque se levantó.

--Descansad, María--le dijo--. Reposad tranquila en la venturosa paz de vuestra alma, sin que la importune la idea de que otros velan y padecen.

Capítulo XXVII

Apenas cerró el duque la puerta, cuando Pepe Vera salió por la de la alcoba, riéndose a carcajadas.

--¿Quieres callar?--le dijo María haciendo reflejar los rayos de la luz en el solitario que el duque acababa de regalarle.

--No--respondió el torero--, porque me ahogaría la risa. Ya no estoy celoso, Mariquita. Tantos celos tengo como el sultán en su serrallo. ¡Pobre mujer! ¿Qué sería de ti, con un marido que te enamora con recetas y un cortejo que te obsequia con coplas, si no tuvieras quien supiera camelarte con zandunga? Ahora que el uno se ha ido a _soñar despierto_ y el otro a _velar dormido_, vámonos tú y yo a cenar con la gente alegre, que aguardándonos está.

--No, Pepe. No me siento buena. El sofocón que he tomado, el frío que hacía al salir del teatro, me han cortado el cuerpo. Tengo escalofríos.

--Tus dengues de princesa--dijo Pepe Vera--. Vente conmigo. Una buena cena te sentará mejor que no esa zonzona horchata, y un par de vasos de buen vino te harán más provecho que la asquerosa leche de burra; vamos, vamos.

--No voy, que hace un norte de Guadarrama, de esos que no apagan una luz y matan a un cristiano.

--Pues bien--dijo Pepe--, si esa es tu voluntad y quieres curarte en salud, buenas noches.

--¡Cómo!--exclamó María--. ¿Te vas a cenar y me dejas? ¿Me dejas sola y mala como lo estoy, por tu causa?

--¡Pues qué!--replicó el torero--, ¿quieres que yo también me ponga a dieta? Eso no, morena. Me aguardan y me largo. Buen rato te pierdes.

María se levantó con un movimiento de coraje, dejó caer una silla, salió del cuarto cerrando la puerta con estrépito y volvió en breve, vestida de negro, cubierta de una mantilla cuyo velo le ocultaba el rostro y envuelta en un pañolón, y salieron los dos juntos.

Muy entrada la noche, al volver Stein a su casa el criado le entregó una carta. Cuando estuvo en su cuarto, la abrió. Su contenido y su ortografía era como sigue:

«Señor dotor:

»No creha V. que esta es una carta nónima: yo hago las cosas claras; comienzo por decirle mi nombre, que es Lucía del Salto; me parece que es nombre bastante conocido.

»Señor marío de la Santaló, es menester ser tan bueno o tan bolo como usted lo es, para no caher en la qüenta de que su muger de usted esta mal entretenía por Pepe Vera, que era mi novio, que yo lo puedo decir, por que no soy casada y a nadie engaño. Si usted quiere que se le caigan las cataratas, vaya usted esta noche a la calle de *** número 13, y alli ará usted como santo Tomas.»

--¡Puede darse una infamia semejante!--exclamó Stein, dejando caer la carta al suelo--. Mi pobre María tiene envidiosos, y sin duda son mujeres de teatro. ¡Pobre María!, enferma y quizá durmiendo ahora sosegadamente. Pero veamos si su sueño es tranquilo. Anoche no estaba bien. Tenía el pulso agitado y la voz tomada. ¡Hay tantas pulmonías ahora en Madrid!

Stein tomó una luz, salió de su cuarto, pasó a la sala, por la cual comunicaba con la alcoba de su mujer, entró en ella, pisando con las puntas de los pies, se acercó a la cama, entreabrió las cortinas... ¡No había nadie!

En un ser tan íntegro, tan confiado como Stein, no era fácil que penetrase de pronto y sin combate la convicción de tan infame engaño.

--No--dijo después de algunos instantes de reflexión--. ¡No es posible! Debe haber alguna causa, algún motivo imprevisto. Sin embargo--continuó después de otra pausa--; es preciso que no me quede nada sobre el corazón. Es preciso que yo pueda responder a la calumnia no sólo con el desprecio, sino con un solemne mentís y con pruebas positivas.

Con el auxilio de los serenos, Stein pudo hallar fácilmente el lugar indicado en la carta.

La casa indicada no tenía portero: la puerta de la calle estaba abierta. Stein entró, subió un tramo de la escalera, y al llegar al primer descanso, no supo dónde dirigirse.

Debilitado el primer ímpetu de su resolución, empezó a avergonzarse de lo que hacía. «Espiar--decía--es una bajeza. Si María supiera lo que estoy haciendo, se resentiría amargamente, y tendría razón. ¡Dios mío!, ¿sospechar a la persona que amamos, no es crear la primera nube en el puro cielo del amor?, ¡yo espiar!, ¿a esto me ha rebajado el despreciable escrito de una mujer más despreciable aún?

»Vuélvome. Mañana le preguntaré a María cuanto saber deseo, que este medio es el debido, el natural y el honrado. Alto allá, corazón mío; limpia mi pensamiento de sospechas, como limpia el sol la atmósfera de negras sombras.»

Stein lanzó un profundo suspiro, que parecía estarle ahogando, y pasó su pañuelo por su húmeda frente. «¡Oh!--exclamó--, ¡la sospecha, que crea la idea de la posibilidad del engaño que no existía en nuestra alma!, ¡oh!, la infame sospecha, hija de malos instintos o de peores insinuaciones, por un momento este monstruo ha envilecido mi alma y ya para siempre tendré que sonrojarme ante María!»

En aquel instante se abrió una puerta que daba al descanso en que se había parado Stein y dio salida a un rumor de vasos, de cantos y de risas: una criada que salía de adentro sacando botellas vacías, se hizo atrás, para dejar pasar a Stein, cuyo aspecto y traje le inspiraron respeto.

--Pasad adelante--le dijo--; aunque venís tarde, porque ya han cenado--y siguió su camino.

Stein se hallaba en una pequeña antesala. Estaba abierta una puerta que daba a una sala contigua. Stein se acercó a ella. Apenas habían echado sus ojos una mirada a lo interior de aquella pieza, cuando quedó inmóvil y como petrificado.

Si todos los sentimientos que elevan y ennoblecen el alma cegaban al duque, todos los impulsos buenos y puros del corazón cegaban a Stein con respecto a María. ¡Cuál sería, pues, su asombro al verla sin mantilla, sentada a la mesa en un taburete, teniendo a sus pies una silla baja, en que estaba Pepe Vera, que tenía una guitarra en la mano y cantaba:

Una mujer andaluza tiene en sus ojos el sol; una aurora en su sonrisa, y el paraíso en su amor.

--¡Bien, bien, Pepe!--gritaron los otros comensales--. Ahora le toca cantar a _Marisalada_. Que cante _Marisalada_. Nosotros no somos gente de levita ni de paletós; pero tenemos oídos como los tienen ellos; que en punto a orejas, no hay pobres ni ricos. Ande usted, Mariquita, cante usted para sus paisanos que lo entienden; que las gentes de bandas y cruces no saben jalear en francés.

María tomó la guitarra que Pepe Vera le presentó de rodillas, y cantó:

Más quiero un jaleo pobre, y unos pimientos asados, que no tener un usía desaborío a mi lado.

A esta copla respondió un torbellino de aplausos, vivas y requiebros, que hicieron retemblar las vidrieras.

Stein se puso rojo como la grana, menos de indignación que de vergüenza.

--Sobre que ese Pepe Vera nació de pie--dijo uno de sus compañeros.

--¡Tiene más suerte que quiere!

--Como que hoy por hoy, no la cambio por un imperio--repuso el torero.

--¿Pero qué dice a eso el marido?--preguntó un picador, que contaba más años que todos los demás de la cuadrilla.

--¿El marido?--respondió el torero--. No conozco a su mercé sino para servirlo. Pepe Vera no se las aviene sino con toros bravos.

Stein había desaparecido.

Capítulo XXVIII

El día siguiente al de los sucesos referidos en el capítulo que precede, el duque estaba sentado en su librería enfrente de su carpeta. Tenía en la mano la pluma inmóvil y derecha, semejante a un soldado de ordenanza que no aguarda más que una orden para ponerse en movimiento.

Abrióse lentamente la puerta, por la que se vio aparecer la hermosa cabeza de un niño de seis años, casi sumergida en una profusión de rizos negros.

--Papá Carlos--dijo--, ¿estáis solo? ¿Puedo entrar?

--¿Desde cuándo, ángel mío--respondió el padre--, necesitas tú licencia para entrar en mi cuarto?

--Desde que no me queréis tanto como antes--respondió el niño apoyándose en las rodillas de su padre--. Y eso que soy bueno: estudio bien con don Federico, como me lo habéis mandado, y en prueba de ello voy a hablar en alemán.

--¿De veras?--dijo el duque tomando a su hijo en brazos.

--De veras; escucha, _Gott segne meinen guten Vater_ que quiere decir: Dios bendiga a mi buen padre.

El duque estrechó entre sus brazos a la hermosa criatura, la cual poniendo sus manecitas en los hombros de su padre y echándose atrás añadió:

--_Und meine liebe mutter_, que quiere decir: y a mi querida madre. Ahora, dadme un beso--prosiguió el niño echándose al cuello del duque.

--Pero--dijo de repente--se me olvidaba que traigo un recado de don Federico.

--¿De don Federico?--preguntó el duque con extrañeza.

--Dice que quisiera hablaros.

--Que entre, que entre. Ve a decírselo, hijo mío. Su tiempo es precioso y no debe perderlo.

El duque guardó el papel en que había trazado algunos renglones y Stein entró.

--Señor duque--le dijo--, voy a causaros una gran sorpresa, porque vengo a tomar vuestras órdenes, a daros gracias por tantas bondades y a anunciaros mi inmediata partida.

--¡Partir!--exclamó el duque, con la expresión de la más viva sorpresa.

--Sí, señor, sin demora.

--¿Sin demora? ¿Y María?

--María no viene conmigo.

--Vamos, don Federico, os chanceáis. No puede ser.

--Lo que no puede ser, señor duque, es que yo permanezca aquí.

--¿La razón?

--¡Ah!, no me la preguntéis, porque no puedo decirla.

--No puedo concebir una sola--dijo el duque--que sea bastante a justificar semejante locura.

--Bien imperiosa debe de ser--respondió Stein--la que me pone en el caso de tomar este partido extremo.

--Pero... amigo Stein, ¿qué razón es esa?

--Debo callarla, señor.

--¿Qué debéis callarla?--exclamó el duque, cada vez más atónito.

--Así lo creo--dijo Stein--; y este deber me priva del único consuelo que me quedaba, el de poder desahogar mi corazón en el del noble y generoso mortal que me abrió su manos poderosas y se dignó llamarme su amigo.

--¿Y adónde vais?

--A América.

--Eso es imposible, Stein; lo repito, ¡es imposible!--exclamó el duque, levantándose en un estado de agitación que crecía por momentos--. Nada puede haber en el mundo que os obligue a abandonar vuestra mujer, a separaros de vuestros amigos, a desertar de vuestro empleo y a dejar plantada vuestra clientela, como podría hacerlo un tarambana. ¿Tenéis ambición? ¿Os han prometido mayores ventajas en América?

Stein sonrió amargamente.

--¡Ventajas, señor duque! ¿No ha sobrepujado la fortuna todas las esperanzas que pudo haber soñado vuestro pobre compañero de viaje?

--Me confundís--dijo el duque--. ¿Es capricho? ¿Es un rapto de locura?

Stein callaba.

--De todos modos--añadió el duque--, es una ingratitud.

Al oír esta palabra cruel y tierna al mismo tiempo, Stein se cubrió el rostro con las manos y su dolor largo rato comprimido estalló en hondos sollozos.

El duque se acercó a él, le tomó la mano y le dijo:

--No hay indiscreción en desahogar sus penas en el corazón de un amigo, ni puede existir deber alguno que prohíba a un hombre recibir los consejos de las personas que se interesan en su bienestar, particularmente en las circunstancias graves de la vida. Hablad, Stein. Abridme vuestro corazón. Estáis harto agitado para obrar a sangre fría; vuestra razón está demasiado ofuscada para poder aconsejar cuerdamente. Sentémonos en este diván. Abandonaos a mis consejos en una circunstancia que parece de trascendencia, como yo me abandonaría a los vuestros, si me hallara en el mismo caso.

Stein se dio por vencido; sentóse cerca del duque y los dos quedaron por algún tiempo en silencio. Stein parecía ocupado en buscar el modo de hacer la declaración que exigía la amistad del duque. Por fin, levantando pausadamente la cabeza.

--Señor duque--le dijo--, ¿qué haríais si la señora duquesa os prefiriese a otro hombre?..., ¿si os fuera infiel?

El duque se puso en pie de un salto, erguida la frente y mirando severamente a su interlocutor.

--Señor doctor, esa pregunta...

--Respondedme, respondedme--dijo Stein, cruzando las manos en actitud de un hombre profundamente angustiado.

--¡Por Cristo Santo!--dijo el duque--, ¡ambos morirían a mis manos!

Stein bajó la cabeza.

--Yo no los mataré--dijo--; ¡pero me dejaré morir!

El duque empezó entonces a columbrar la verdad, y un temblor que no pudo contener recorrió sus miembros.

--¡María!...--exclamó al fin.

--María--respondió Stein sin levantar la frente, como si la infamia de su mujer fuese un peso que se la oprimiera.

--¡Y la habéis sorprendido!--dijo el duque, pudiendo apenas pronunciar estas palabras, con una voz que la indignación ahogaba.

--En una verdadera orgía--respondió Stein--, tan licenciosa como grosera, en que el vino y el tabaco servían de perfume y en que el torero Pepe Vera se jactaba de ser su amante. ¡Ah María, María!--prosiguió, cubriéndose el rostro con las manos.

El duque, que como todos los hombres serenos tenía un gran imperio sobre sí mismo, dio algunas vueltas por el aposento. Parándose después delante de su pobre amigo, le dijo:

--Partid, Stein.

Stein se levantó, apretó entre sus manos las del duque; ¡quiso hablar, y no pudo!

El duque le abrió sus brazos.

--Valor, Stein--le dijo--; y hasta la vista.

--¡Adiós, y... para siempre!--murmuró Stein, arrojándose fuera del cuarto.

Cuando el duque estuvo solo, se paseó largo rato. A medida que se calmaba la agitación producida por la terrible sorpresa que se había apoderado de su alma al oír la revelación de Stein, se iba asomando a sus labios la sonrisa del desprecio. El duque no era uno de esos hombres de torpes inclinaciones, estragados y vulgares, para los cuales los desórdenes de la mujer, lejos de ser motivo de desvío y repugnancia, sirven de estimulante a sus toscos apetitos. En su temple elevado, altivo, recto y noble, no podían albergarse juntos el amor y el desprecio; los sentimientos más delicados, al lado de los más abyectos.

El desprecio iba, pues, sofocando en su corazón todo afecto, como la nieve apaga la llama del holocausto en el altar en que arde. Ya no existía para él la mujer a quien había cantado en sus versos y que en sus sueños le había seducido.

«¡Y yo--decía--, yo que la adoraba como se adora a un ser ideal; que la honraba como se honra a la virtud; que la respetaba como debe respetarse a la mujer de un amigo!... ¡Y yo, que enteramente absorto en ella, me alejaba de la noble mujer, que fue mi primero, mi único amor!... ¡La casta, la pura madre de mis hijos! ¡Mi Leonor, que todo lo ha sobrellevado en silencio y sin quejarse!»

Por un movimiento repentino, y cediendo al influjo poderoso de sus últimas reflexiones, el duque salió de su gabinete y se encaminó a las habitaciones de su mujer. Entró en ellas por una puerta secreta. Al aproximarse a la pieza en que la duquesa solía a pasar el día, oyó hablar y pronunciar su nombre. Entonces se detuvo.

--¿Conque se ha hecho invisible el duque?--decía una voz agridulce--. Hace quince días que he llegado a Madrid y no sólo no se ha dignado venir a verme mi querido sobrino, sino que no le he visto en ninguna parte.

--Tía--respondió la duquesa--, puede ser que no sepa vuestra llegada.

--¡No saber que la marquesa de Gutibamba ha llegado a Madrid! No es posible, sobrina. Sería la única persona de la corte que lo ignorase. Además, me parece que has tenido sobrado tiempo para decírselo.

--Es verdad, tía; soy culpable de ese olvido.

--Pero no hay que extrañarlo--continuó la voz agridulce--. ¿Cómo ha de gustar de mi sociedad, ni de las personas de su clase, cuando todo el mundo dice que no trata más que con cómicas?

--Es falso--respondió con sequedad la duquesa.

--O eres ciega--dijo la marquesa exasperada--o eres consentidora.

--Lo que no consentiré jamás--dijo la duquesa--, es que la calumnia venga a hostilizar a mi marido aquí, en su misma casa y a los oídos de su mujer.

--Mejor harías--continuó la voz--perdiendo mucho en lo dulce y ganando mucho en lo agrio, en impedir que tu marido diese lugar a lo mucho que se habla en Madrid sobre su conducta, que en defenderlo, alejando de aquí a todos tus amigos, con esas asperezas y repulsivas sentencias que sin duda tienes prevenidas por orden de tu confesor.

--Tía--respondió la duquesa--, mejor haríais en consultar al vuestro, sobre el lenguaje que ha de usarse con una mujer casada, sobrina vuestra.

--Bien está--dijo la Gutibamba--; tu carácter austero, reservado y metido en ti, te priva ya del corazón de tu marido y acabará por alejar de ti a todos tus amigos.

Y la marquesa salió muy satisfecha de su peroración.

Leonor se quedó sentada en su sofá, inclinada la cabeza y humedecido su hermoso y pálido rostro con las lágrimas que por largo tiempo había logrado contener.

De repente se volvió dando un grito. Estaba en los brazos de su marido. Entonces estallaron sus sollozos; pero sus lágrimas eran dulces. Leonor conocía que aquel hombre, siempre franco y leal, al volver a ella le restituía un corazón y un amor sincero que ya nadie le disputaba.

--¡Leonor mía! ¿Querrás y podrás perdonarme?--dijo, dejándose caer de rodillas ante su mujer.

Esta selló con sus lindas manos los labios de su marido.

--¿Vas a echar a perder lo presente con el recuerdo de lo pasado?--le dijo.

--Quiero--dijo el duque--que sepas mis faltas, juzgadas por el mundo con demasiada severidad, mi justificación y mi arrepentimiento.

--Hagamos un pacto--dijo la duquesa interrumpiéndole--. No me hables nunca de tus faltas y yo no te hablaré nunca de mis penas.

En este momento entró Ángel corriendo. El duque y la duquesa se separaron por un movimiento pronto y simultáneo, porque en España, en donde el lenguaje es libre por demás, delante de los niños y los jóvenes hay una extremada reserva en las acciones.

--¿Llora mamá?, ¿llora mamá?--gritó el niño, poniéndose colorado y llenándosele los ojos de lágrimas--. ¿La habéis reñido, papá Carlos?

--No, hijo mío--respondió la duquesa--. Lloro de alegría.

--¿Y por qué?--preguntó el niño, en cuyo rostro la sonrisa había sucedido inmediatamente a las lágrimas.

--Porque mañana sin falta--respondió el duque, tomándole en brazos y acercándose a su mujer--salimos todos para nuestras posesiones de Andalucía, que tu madre desea ver, y allí seremos felices como los ángeles en el cielo.

El niño lanzó un grito de alegría, enlazó con un abrazo el cuello de su padre y con el otro el de su madre, acercando sus cabezas y cubriéndolas sucesivamente de besos.

En aquel instante se abrió la puerta y dio entrada al marqués de Elda.

--Papá marqués--gritó su nieto--, mañana nos vamos todos.

--¿De veras?--preguntó el marqués a su hija.

--Sí, padre--respondió la duquesa--; y una sola cosa falta a mi contento, y es que queráis acompañarnos.

--Padre--dijo el duque--, ¿podéis negar algo a vuestra hija, que sería una santa si no fuera un ángel?

El marqués miró a su hija, en cuyo rostro brillaba un gozo intenso; después al duque, que ostentaba la más pura satisfacción. Entonces una tierna sonrisa suavizó la austeridad natural de su semblante, y acercándose a su yerno:

--¡Venga acá esa mano--le dijo--; y cuenta conmigo!

Capítulo XXIX

María, indispuesta desde antes de ir a la cena, había empeorado y tenía calentura a la mañana siguiente.

--Marina--dijo a su criada, después de un inquieto y breve sueño--, llama a mi marido, que me siento mala.

--El amo no ha vuelto--respondió Marina.

--Habrá estado velando algún enfermo--dijo María ¡Tanto mejor! Me recetaría una cáfila de cosas y de remedios y yo los aborrezco.

--Estáis muy ronca--dijo Marina.

--Mucho--respondió María--, y es preciso cuidarme. Me quedaré hoy en cama y tomaré un sudorífico. Si viene el duque, le dirás que estoy dormida. No quiero ver a nadie. Tengo la cabeza loca.

--¿Y si viene alguien por la puerta falsa?

--Si es Pepe Vera, déjale entrar, que tengo que decirle. Echa las persianas y vete.

Salió la criada y a los pocos pasos volvió atrás, dándose un golpe en la frente.

--Aquí--dijo--hay una carta que el amo ha dejado a Nicolás para entregárosla.

--Vete a paseo con tu carta--dijo María--; aquí no se ve y además quiero dormir. ¿Qué me dirá? Me indicará el sitio donde le _llama el deber. _¿Qué se me da a mí de eso? Deja la carta sobre la cómoda y vete de una vez.

Algunos minutos después volvió a entrar Marina.

--¡Otra te pego!--gritó su ama.

--Es que el señor Pepe Vera quiere veros.

--Que entre--dijo María, volviéndose con prontitud.

Entró Pepe Vera, abrió las persianas para que entrase la luz, se echó sobre una silla sin dejar de fumar, y mirando a María, cuyas mejillas encendidas y cuyos ojos hinchados indicaban una seria indisposición.

--¡Buena estás!--le dijo--. ¿Qué dirá Poncio Pilatos?

--No está en casa--respondió María cada vez más ronca.

--Tanto mejor; y quiera Dios que siga andando, como el judío errante, hasta el día del juicio. Ahora vengo de ver los toros de la corrida de esta tarde. ¡Ya nos darán que hacer los tales bichos! Hay uno negro que se llama _Medianoche_, que ya ha matado un hombre en el encierro.

--¿Quieres asustarme y ponerme peor de lo que estoy?--dijo María--. Cierra las persianas, que no puedo aguantar el resplandor.

--¡Tonterías!--replicó Pepe Vera--. ¡Puros remilgos! No está aquí el duque para temer que te ofenda la luz, ni el _matasanos_ de tu marido, para temer que entre un soplo de aire y te mate. Aquí huele a pachulí, a algalia, a almizcle, a cuantos potingues hay en la botica. Esas porquerías son las que te hacen daño. Deja que entre el aire y que se oree el cuarto, que esto te hará provecho. Dime, prenda, ¿irás esta tarde a la corrida?

--¿Acaso estoy capaz de ir?--respondió María--. Cierra esa ventana, Pepe. No puedo soportar esa luz tan viva ni ese aire tan frío.

Al decir estas palabras, se levantó él, y abrió de par en par la ventana.

--Y yo--dijo Pepe--no puedo soportar tus dengues.

Lo que tienes es poco mal y bien quejado. ¡Adiós, no parece sino que vas a echar el alma! Pues _señá_ de la media almendra, voy a mandar hacer el ataúd y después a matar a _Medianoche_, brindándoselo a Lucía del Salto, que se pondrá poco hueca en gracia de Dios.

--¡Dale con esa mujer!--exclamó María, incorporándose con un gesto de rabia--. ¿No dicen que se iba con un inglés?

--¿Qué se había de ir a aquellas tierras, donde no se ve el sol sino por entre cortinas y donde se duerme la gente en pie?--dijo el torero.

--Pepe, no eres capaz de hacer lo que dices. ¡Sería una infamia!

--La infamia sería--dijo Pepe Vera, plantándose delante de María con los brazos cruzados--que cuando yo voy a exponer mi vida, en lugar de estar tú allí para animarme con tu presencia, te quedases en tu casa, para recibir al duque con toda libertad, bajo el pretexto de estar resfriada.

--¡Siempre el mismo tema!--dijo María--. ¿Note basta haber estado espiando oculto en mi cuarto, para convencerte por tus mismos ojos de que entre el duque y yo no hay nada? Sabes que lo que le gusta en mí es la voz, no mi persona. En cuanto a mí, bien sabes...