La gaviota

Chapter 2

Chapter 24,134 wordsPublic domain

El campanario, despojado de su adorno legítimo, se alzaba como un gigante exánime, de cuyas vacías órbitas hubiese desaparecido la luz de la vida. Enfrente de la entrada duraba aún una cruz de mármol blanco, cuyo pedestal, medio destruido, la hacía tomar una postura inclinada, como de caimiento y dolor. La puerta, antes abierta a todos de par en par, estaba ahora cerrada.

Las fuerzas de Stein le abandonaron, y cayó medio exánime en un banco de piedra pegado a la pared cerca de la puerta. El delirio de la fiebre turbó su cerebro; parecíale que las olas del mar se le acercaban, cual enormes serpientes, retirándose de pronto y cubriéndole de blanca y venenosa baba; que la Luna le miraba con pálido y atónito semblante; que las estrellas daban vueltas en rededor de él, echándole miradas burlonas. Oía mugidos de toros, y uno de estos animales salía de detrás de la cruz y echaba a los pies del calenturiento su pobre perro, privado de la vida. La cruz misma se le acercaba vacilante, como si fuera a caer, y abrumarle bajo su peso. ¡Todo se movía y giraba en rededor del infeliz! Pero en medio de este caos, en que más y más se embrollaban sus ideas, oyó no ya rumores sordos y fantásticos, cual tambores lejanos, como le habían parecido los latidos precipitados de sus arterias, sino un ruido claro y distinto, y que con ningún otro podía confundirse: el canto de un gallo.

Como si este sonido campestre y doméstico le hubiese restituido de pronto la facultad de pensar y la de moverse, Stein se puso en pie, se encaminó con gran dificultad hacia la puerta, y la golpeó con una piedra; le respondió un ladrido. Hizo otro esfuerzo para repetir su llamada, y cayó al suelo desmayado.

Abrióse la puerta y aparecieron en ella dos personas.

Era una mujer joven, con un candil en la mano, la cual, dirigiendo la luz hacia el objeto que divisaba a sus pies, exclamó:

--¡Jesús María!, no es Manuel; es un desconocido... ¡y está muerto! ¡Dios nos asista!

--Socorrámosle--exclamó la otra, que era una mujer de edad, vestida con mucho aseo--. Hermano Gabriel, hermano Gabriel--gritó entrando en el patio--: venga usted pronto. Aquí hay un infeliz que se está muriendo.

Oyéronse pasos precipitados, aunque pesados. Eran los de un anciano, de no muy alta estatura, cuya faz apacible y cándida indicaba un alma pura y sencilla. Su grotesco vestido consistía en un pantalón y una holgada chupa de sayal pardo, hechos al parecer de un hábito de fraile; calzaba sandalias, y cubría su luciente calva un gorro negro de lana.

--Hermano Gabriel--dijo la anciana--, es preciso socorrer a este hombre.

--Es preciso socorrer a este hombre--contestó el hermano Gabriel.

--¡Por Dios, señora!--exclamó la del candil--. ¿Dónde va usted a poner aquí a un moribundo?

--Hija--respondió la anciana--, si no hay otro lugar en que ponerle, será en mi propia cama.

--¿Y va usted a meterle en casa--repuso la otra--, sin saber siquiera quién es?

--¿Qué importa?--dijo la anciana--. ¿No sabes el refrán: haz bien y no mires a quién? Vamos: ayúdame, y manos a la obra.

Dolores obedeció con celo y temor a un tiempo.

--Cuando venga Manuel--decía--, quiera Dios que no tengamos alguna desazón.

--¡Tendría que ver!--respondió la buena anciana--, ¡No faltaba más sino que un hijo tuviese que decir a lo que su madre dispone!

Entre los tres llevaron a Stein al cuarto del hermano Gabriel. Con paja fresca y una enorme y lanuda zalea se armó al instante una buena cama. La tía María sacó del arca un par de sábanas no muy finas, pero limpias, y una manta de lana.

Fray Gabriel quiso ceder su almohada, a lo que se opuso la tía María, diciendo que ella tenía dos, y podía muy bien dormir con una sola. Stein no tardó en ser desnudado y metido en la cama.

Entre tanto se oían golpes repetidos a la puerta.

--Ahí está Manuel--dijo entonces su mujer--. Venga usted conmigo, madre, que no quiero estar sola con él, cuando vea que hemos dado entrada en casa a un hombre sin que él lo sepa.

La suegra siguió los pasos de la nuera.

--¡Alabado sea Dios! Buenas noches, madre; buenas noches, mujer--dijo al entrar un hombre alto y de buen talante, que parecía tener de treinta y ocho a cuarenta años, y a quien seguía un muchacho como de unos trece.

--Vamos, Momo[5]--añadió--, descarga la burra y llévala a la cuadra. La pobre _Golondrina_ no puede con el alma.

[Nota 5: Diminutivo de Gerónimo en Andalucía.]

Momo llevó a la cocina, punto de reunión de toda la familia, una buena provisión de panes grandes y blancos, unas alforjas y la manta de su padre. En seguida desapareció llevando del diestro a _Golondrina_.

Dolores volvió a cerrar la puerta, y se reunió en la cocina con su marido y con su madre.

--¿Me traes--le dijo--el jabón y el almidón?

--Aquí viene.

--¿Y mi lino?--preguntó la madre.

--Ganas tuve de no traerlo--respondió Manuel sonriéndose, y entregando a su madre unas madejas.

--¿Y por qué, hijo?

--Es que me acordaba de aquel que iba a la feria, y a quien daban encargos todos sus vecinos. Tráeme un sombrero; tráeme un par de polainas; una prima quería un peine; una tía, chocolate; y a todo esto, nadie le daba un cuarto. Cuando estaba ya montado en la mula, llegó un chiquillo y le dijo: «Aquí tengo dos cuartos para un pito, ¿me lo quiere usted traer?» Y diciendo y haciendo, le puso las monedas en la mano. El hombre se inclinó, tomó el dinero y le respondió: «¡Tú pitarás!» Y, en efecto, volvió de la feria, y de todos los encargos no trajo más que el pito.

--¡Pues está bueno!--repuso la madre--: ¿para quién me paso yo hilando los días y las noches? ¿No es para ti y para tus hijos? ¿Quieres que sea como el sastre del Campillo, que cosía de balde y ponía el hilo?

En este momento se presentó Momo a la puerta de la cocina. Era bajo de cuerpo y rechoncho, alto de hombros, y además tenía la mala maña de subirlos más, con un gesto de desprecio y de _qué se me da a mí_, hasta tocar con ellos sus enormes orejas, anchas como abanicos. Tenía la cabeza abultada, el cabello corto, los labios gruesos. Era además chato y horriblemente bizco.

--Padre--dijo con un gesto de malicia--, en el cuarto del hermano Gabriel hay un hombre acostado.

--¡Un hombre en mi casa!--gritó Manuel saltando de la silla--. Dolores, ¿qué es esto?

--Manuel, es un pobre enfermo. Tu madre ha querido recogerlo. Yo me opuse a ello, pero su merced quiso. ¿Qué había yo de hacer?

--¡Bueno está!, pero, aunque sea mi madre, no por eso ha de tener en casa al primero que se presenta.

--No; sino dejarle morir a la puerta, como si fuera un perro--dijo la anciana--. ¿No es eso?

--Pero madre--repuso Manuel--, ¿es mi casa algún hospital?

--No; pero es la casa de un cristiano; y si hubieras estado aquí, hubieras hecho lo mismo que yo.

--Que no--respondió Manuel--; le habría puesto encima de la burra, y le habría llevado al lugar, ya que se acabaron los conventos.

--Aquí no teníamos burra ni alma viviente que pudiera hacerse cargo de ese infeliz.

--¡Y si es un ladrón!

--Quien se está muriendo, no roba.

--Y si le da una enfermedad larga, ¿quién la costea?

--Ya han matado una gallina para el caldo--dijo Momo--; yo he visto las plumas en el corral.

--¿Madre, ha perdido usted el sentido?--exclamó Manuel colérico.

--Basta, basta--dijo la madre con voz severa y dignidad--. Caérsete debía la cara de vergüenza de haberte incomodado con tu madre, sólo por haber hecho lo que manda la ley de Dios. Si tu padre viviera, no podría creer que su hijo cerraba la puerta a un infeliz que llegase a ella muriéndose y sin amparo.

Manuel bajó la cabeza, y hubo un rato de silencio general.

--Vaya, madre--dijo en fin--; haga usted cuenta que no he dicho nada. Gobiérnese a su gusto. Ya se sabe que las mujeres se salen siempre con la suya.

Dolores respiró más libremente.

--¡Qué bueno es!--dijo gozosa a su suegra.

--Tú podías dudarlo--respondió ésta sonriendo a su nuera, a quien quería mucho, y levantándose para ir a ocupar su puesto a la cabecera del enfermo--. Yo, que lo he parido, no lo he dudado nunca.

Al pasar cerca de Momo, le dijo su abuela:

--Ya sabía yo que tenías malas entrañas; pero nunca lo has acreditado tanto como ahora. Anda con Dios; te compadezco: eres malo, y el que es malo, consigo lleva el castigo.

--Las viejas no sirven más que para sermonear--gruñó Momo, echando a su abuela una impaciente y torcida mirada.

Pero apenas había pronunciado la última palabra, cuando su madre, que lo había oído, se arrojó a él y le descargó una bofetada.

--Aprende--le dijo--a no ser insolente con la madre de tu padre, que es dos veces madre tuya.

Momo se refugió llorando a lo último del corral, y desahogó su coraje dando una paliza al perro.

Capítulo III

La tía María y el hermano Gabriel se esmeraban a cual más en cuidar al enfermo; pero discordaban en cuanto al método que debía emplearse en su curación. La tía María, sin haber leído a Brown, estaba por los caldos sustanciosos y los confortantes tónicos, porque decía que estaba muy débil y muy extenuado. Fray Gabriel, sin haber oído el nombre de Broussais, quería refrescos y temperantes, porque, en su opinión, había fiebre cerebral, la sangre estaba inflamada y la piel ardía.

Los dos tenían razón; y del doble sistema, compuesto de los caldos de la tía María y de las limonadas del hermano Gabriel, resultó que Stein recobró la vida y la salud el mismo día en que la buena mujer mató la última gallina, y el hermano cogía el último limón del árbol.

--Hermano Gabriel--dijo la tía María--, ¿qué casta de pájaro cree usted que será nuestro enfermo? ¿Militar?

--Bien podrá ser que sea militar--contestó fray Gabriel, el cual, excepto en puntos de medicina y de horticultura, estaba acostumbrado a mirar a la tía María como a un oráculo, y a no tener otra opinión que la suya, lo mismo que había hecho con el prior de su convento. Así que casi maquinalmente, repetía siempre lo que la buena anciana decía.

--No puede ser--prosiguió la tía María, meneando la cabeza--. Si fuera militar, tendría armas, y no las tiene. Es verdad que al doblar su levitón para quitarlo de en medio, hallé en el bolsillo una cosa a modo de pistola; pero al examinarla con el mayor cuidado, por si acaso, vine a caer en que no era pistola, sino flauta. Luego no es militar.

--No puede ser militar--repitió el hermano Gabriel.

--¿Si será un contrabandista?

--¡Puede ser que sea un contrabandista!--dijo el buen lego.

--Pero no--repuso la anciana--, porque para hacer el contrabando es preciso tener géneros o dineros, y él no tiene ni lo uno ni lo otro.

--Es verdad: ¡no puede ser contrabandista!--afirmó fray Gabriel.

--Hermano Gabriel, ¿a ver qué dicen los títulos de esos libros?, puede ser que por ahí saquemos cuál es su oficio.

El hermano se levantó, tomó sus espejuelos engarzados en cuerno, los colocó sobre la nariz, echó mano al paquete de libros, y aproximándose a la ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo rato examinándolos.

--Hermano Gabriel--dijo al cabo la tía María--. ¿Se le ha olvidado a usted el leer?

--No, pero no conozco estas letras; me parece que es hebreo.

--¡Hebreo!--exclamó la tía María--. ¡Virgen Santa! ¿Si será judío?

En aquel momento, Stein, que había estado largo tiempo aletargado, abrió los ojos y dijo en alemán:

--_Gott, wo bin ich?_ (Dios mío, ¿dónde estoy?)

La tía María se puso de un salto en medio del cuarto. El hermano Gabriel dejó caer los libros, y se quedó hecho una piedra, abriendo los ojos tan grandes como sus espejuelos.

--¿Qué ha hablado?--preguntó la tía María.

--Será hebreo como sus libros--respondió fray Gabriel--. Quizá será judío como usted ha dicho, tía María.

--¡Dios nos asista!--exclamó la anciana--; pero no. Si fuera judío, ¿no le habríamos visto el rabo cuando lo desnudábamos?

--Tía María--repuso el lego--, el padre prior decía que eso del rabo de los judíos es una patraña, una tontería, y que los judíos no tienen tal cosa.

--Hermano Gabriel--replicó la tía María--, desde la bendita Constitución todo se vuelve cambios y mudanzas. Esa gente que gobierna en lugar del rey no quiere que haya nada de lo que antes hubo; y por esto no han querido que los judíos tengan rabo, y toda la vida lo han tenido como el diablo. Si el padre prior dijo lo contrario, le obligaron a ello, como lo obligaron a decir en la misa rey _constitucional_.

--¡Bien podrá ser!--dijo el hermano.

--No será judío--prosiguió la anciana--, pero será un moro o un turco que habrá naufragado en estas costas.

--Un pirata de Marruecos--repuso el buen fraile--; ¡puede ser!

--Pero entonces llevaría turbante y chinelas amarillas, como el moro que yo vi hace treinta años cuando fui a Cádiz: se llama el moro Seylan. ¡Qué hermoso era! Pero para mí, toda su hermosura se le quitaba con no ser cristiano. Pero más que sea judío o moro, no importa: socorrámosle.

--Socorrámosle aunque sea judío o moro--repitió el hermano.

Y los dos se acercaron a la cama.

Stein se había incorporado y miraba con extrañeza todos los objetos que le rodeaban.

--No entenderá lo que le digamos--dijo la tía María--, pero hagamos la prueba.

--Hagamos la prueba--repitió el hermano Gabriel.

La gente del pueblo en España cree generalmente que el mejor medio de hacerse entender es hablar a gritos. La tía María y fray Gabriel, muy convencidos de ello, gritaron a la vez, ella: «¿quiere usted caldo?», y él: «¿quiere usted limonada?»

Stein, que iba saliendo poco a poco del caos de sus ideas, preguntó en español:

--¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

--El señor--respondió la anciana--es el hermano Gabriel, y yo soy la tía María, para lo que usted quiera mandar.

--¡Ah!--dijo Stein--, el Santo Arcángel y la bendita Virgen, cuyos nombres lleváis, aquella que es la salud de los enfermos, la consoladora de los afligidos, y el socorro de los cristianos, os pague el bien que me habéis hecho.

--¡Habla español--exclamó alborozada la tía María--, y es cristiano, y sabe las letanías!

Y llena de júbilo, se arrojó a Stein, le estrechó en sus brazos y le estampó un beso en la frente.

--Y a todo esto, ¿quién es usted?--dijo la tía María, después de haberle dado una taza de caldo--. ¿Cómo ha venido usted a parar enfermo y muriéndose a este despoblado?

--Me llamo Stein, y soy cirujano. He estado en la guerra de Navarra, y volvía por Extremadura a buscar un puerto donde embarcarme para Cádiz, y de allí a mi tierra, que es Alemania. Perdí el camino, y he estado largo tiempo dando rodeos, hasta que por fin he llegado aquí enfermo, exánime y moribundo.

--Ya ve usted--dijo la tía María al hermano Gabriel--, que sus libros no están en hebreo, sino en la lengua de los cirujanos.

--Eso es, están escritos en la lengua de los cirujanos--repitió fray Gabriel.

--¿Y de qué partido era usted?--preguntó la anciana--: ¿de don Carlos o de los otros?

--Servía en las tropas de la reina--respondió Stein.

La tía María se volvió a su compañero, y con un gesto expresivo, le dijo en voz baja:

--Este no es de los buenos.

--¡No es de los buenos!--repitió fray Gabriel, bajando la cabeza.

--Pero ¿dónde estoy?--volvió a preguntar Stein.

--Está usted--respondió la anciana--en un convento, que ya no es convento; es un cuerpo sin alma. Ya no le quedan más que las paredes, la cruz blanca y fray Gabriel. Todo lo demás se lo llevaron los otros. Cuando ya no quedó nada que sacar, unos señores que se llaman _crédito público_ buscaron un hombre de bien para guardar el convento, es decir, el caparazón. Oyeron hablar de mi hijo, y vinimos a establecernos aquí, donde yo vivo con ese hijo, que es el único que me ha quedado. Cuando entramos en el convento, salían de él los padres. Unos iban a América, otros a las misiones de la China, otros se quedaron con sus familias, y otros se fueron a buscar la vida trabajando o pidiendo limosna. Vimos a un hermano lego, viejo y apesadumbrado que, sentado en las gradas de la cruz blanca, lloraba unas veces por sus hermanos que se iban, y otras por el convento que se quedaba solo. «¿No viene su merced?», le preguntó un corista. «¿Y adónde he de ir?--respondió--Jamás he salido de estos muros, donde fui recogido niño y huérfano, por los padres. No conozco a nadie en el mundo ni sé más que cuidar la huerta del convento. ¿Adónde he de ir? ¿Qué he de hacer? ¡Yo no puedo vivir sino aquí!» «Pues quédese usted con nosotros», le dije yo entonces. «Bien dicho, madre--repuso mi hijo--. Siete somos los que nos sentamos a la mesa; nos sentaremos ocho; comeremos más, y comeremos menos, como suele decirse.»

--Y gracias a esta caridad--añadió fray Gabriel--, cáteme usted aquí cuidando la huerta; pero desde que se vendió la noria, no puedo regar ni un palmo de tierra; de modo que se están secando los naranjos y los limones.

--Fray Gabriel--continuó la tía María--se quedó en estas paredes, a las cuales está pegado como la yedra; pero, como iba diciendo, ya no hay más que paredes. ¡Habrá picardía! Nada, lo que ellos dicen: «Destruyamos el nido, para que no vuelvan los pájaros.»

--Sin embargo--dijo Stein--, yo he oído decir que había demasiados conventos en España.

La tía María fijó en el alemán sus ojos negros vivos y espantados; después, volviéndose al lego, le dijo en voz baja:

--¿Serán ciertas nuestras primeras sospechas?

--¡Puede ser que sean ciertas!--respondió el hermano.

Capítulo IV

Stein, cuya convalecencia adelantaba rápidamente, pudo en breve, con ayuda del hermano Gabriel, salir de su cuarto y examinar menudamente aquella noble estructura, tan suntuosa, tan magnífica, tan llena de primores y de riquezas artísticas, la cual, lejos de las miradas de los hombres, colocada entre el cielo y el desierto, había sido una digna morada de muchos varones ricos e ilustres, que vivieron en el convento, realzando su nobleza y suntuosidad con las virtudes y grandes prendas de que Dios los había dotado, sin otro testigo que su Criador, ni más fin que glorificarle; porque se engañan mucho los que creen que la modestia y la humildad se ocultan siempre bajo la librea de la pobreza. No: los remiendos y las casuchas abrigan a veces más orgullo que los palacios.

El gran portal embovedado, por donde había sido introducido Stein, daba a un gran patio cuadrado. Desde la puerta hasta el fondo del patio, se extendía una calle de enormes cipreses. Allí se alzaba una vasta reja de hierro, que dividía el patio grande, de otro largo y estrecho, en que continuaba la calle de cipreses, pareciendo entrar en ella con paso majestuoso, y formando una guardia de honor al magnífico portal de la iglesia, que se hallaba en el fondo de este segundo y estrecho patio.

Cuando la puerta exterior y la reja estaban abiertas de par en par, como las iglesias de los conventos no están obstruidas por el coro, desde las gradas de la cruz de mármol blanco, que estaba situada a distancia fuera del edificio, se divisaba perfectamente el soberbio altar mayor, todo dorado desde el suelo hasta el techo, y que cubría la pared de la cabecera del templo. Cuando reverberaban centenares de luces en aquellas refulgentes molduras, y en las innumerables cabezas de los ángeles que formaban parte de su adorno; cuando los sonidos del órgano, armonizando con la grandeza del sitio, y con la solemnidad del culto católico estallaban en la bóveda de la iglesia, demasiado estrecha para contenerlos, y se iban a perder en las del cielo; cuando se ofrecía esta grandiosa escena, sin más espectadores que el desierto, la mar y el firmamento, no parecía sino que para ellos solos se había levantado aquel edificio y se celebraban los oficios divinos.

A los dos lados de la reja, fuera de la calle de cipreses, había dos grandes puertas. La de la izquierda, que era el lado del mar, daba a un patio interior, de gigantescas dimensiones. Reinaba en torno de él un anchuroso claustro, sostenido en cada lado por veinte columnas de mármol blanco. Su pavimento se componía de losas de mármol azul y blanco. En medio se alzaba una fuente, alimentada por una noria que estaba siempre en movimiento. Representaba una de las obras de misericordia, figurada por una mujer dando de beber a un peregrino que, postrado a sus pies, recibía el agua, que en una concha ella le presentaba. La parte inferior de las paredes, hasta una altura de diez pies, estaba revestida de pequeños azulejos, cuyos brillantes colores se enlazaban en artificiosos mosaicos. Enfrente de la entrada se abría una anchísima escalera de mármol, construcción aérea, sin más apoyo ni sostén que la sabia proporción de su masa enorme. Estas admirables obras maestras de arquitectura eran muy poco comunes en nuestros conventos. Los grandes artistas, autores de tantas maravillas, estaban animados de un santo celo religioso y por el noble deseo y la creencia de que trabajaban para la más remota posteridad. Sabido es que el primero y el más popular de ellos no trabajaba en ningún asunto religioso sin haber comulgado antes[6].

[Nota 6: Bartolomé Esteban Murillo.]

El claustro alto estaba sostenido por veinte columnas más pequeñas que las del bajo. Reinaba en torno a una balaustrada de mármol blanco, calada y de un trabajo exquisito. Caían a estos claustros las puertas de las celdas, hechas de caoba, pequeñas pero cubiertas de adornos de talla. Las celdas se componían de una pequeña antecámara, que daba paso a una sala también chica, con su correspondiente alcoba. El ajuar lo formaban en la pieza principal, algunas sillas de pino, una mesa y un estante, y en la alcoba, una cama que consistía en cuatro tablas sin colchón y dos sillas.

Detrás de este patio había otro por el mismo estilo: allí estaban el noviciado, la enfermería, la cocina y los refectorios. Consistían estos en unas mesas largas, de mármol, y una especie de púlpito para el que leía durante las comidas.

El departamento situado a la derecha de la calle de cipreses contenía un patio semejante a la del lado opuesto. Allí estaba la hospedería, donde eran recibidos los forasteros, ya fuesen legos o religiosos. Estaban también la librería, las sacristías, los guardamuebles y otras oficinas. En el segundo patio, al que se entraba por una puerta exterior, se hallaban abajo los almacenes para el aceite y arriba los graneros. Estos cuatro patios, en medio de los cuales, precedida de la calle de cipreses, se erguía la iglesia con su campanario, como un enorme ciprés de piedra, formaban el conjunto de aquel majestuoso edificio. El techo se componía de un millón de tejas, sujeta cada una con un gran clavo de hierro, para evitar que las arrancasen los huracanes en aquel sitio elevado y próximo al mar.

A razón de real por clavo, esta sola parte del material había costado cincuenta mil duros.

Rodeaba el convento por delante el patio grande, de que ya hemos hablado, y en él, a izquierda y derecha de la puerta de entrada, había cuartos pequeños de un solo piso, para alojar a los jornaleros, cuando los religiosos cultivaban sus tierras: allí habitaba en la época en que pasa nuestra historia, el guarda Manuel Alerza con su familia. A la izquierda, hacia el lado del mar, se extendía una gran huerta, ostentando bajo las ventanas de las celdas, su fresco verdor, sus árboles, sus flores, el murmullo de sus acequias, el canto de los pájaros y la esquila del buey que tiraba de la noria. Formaba todo esto un pequeño oasis, en medio de un desierto seco y uniforme, cerca de esa mar que se complace en el estrago y en la destrucción y que se detiene delante de un límite de arena. Pero lo que abundaba en este lugar solitario y silencioso, eran los cipreses y las palmeras, árboles de los conventos, los unos de brote derecho y austero, que aspiran a las alturas; los otros no menos elevados, pero que inclinan sus brazos a la tierra, como para atraer a las plantas débiles que vegetan en ella.