Chapter 19
--Esta es la reina doña Isabel II--dije yo para mí--. Pues no, señor, no era la reina. ¿Saben ustedes quién era? ¡Ni más ni menos que _la Gaviota_, la malvada _Gaviota_, que andaba aquí descalza de pies y piernas! Lo primero que sucedió con el vergel, había sucedido con ella; _la Gaviota_ descalza de pies y piernas, se había llevado el demonio y en su lugar había puesto una _principesa_. Yo estaba cuajado. Cuando menos se pensaba, entra un señor mayor muy engalanado. Estaba que echaba bombas, ¡qué enojado!, ponía unos ojos..., ¡caramba!, dije yo para mi chaleco, no quisiera yo estar en el pellejo de esa _Gaviota_. A todo esto, lo que me tenía parado era que reñían cantando. ¡Vaya!, será la _moa_ por allá, entre la gente de fuste. Pero con eso no me enteraba yo bien de lo que platicaban: lo que vine a sacar en limpio fue que aquél sería el general de don Carlos, porque ella le decía _padre_, pero él no la quería reconocer por hija, por más que ella se lo pidió de rodillas.
--¡Bien hecho!--le grité--, duro a la embustera descarada.
--¿A qué te metiste en eso?--le dijo su abuela.
--¡Toma! como que yo la conocía y podía atestiguarlo; ¿no sabe usted que quien calla otorga? Pero parece que allá no se puede decir la verdad, porque mi vecino que era un celador de policía me dijo: «¿Quiere usted callar, amigo?»
--No me da la gana--le respondí--; y he de decir en voz y en grito, que ese hombre no es su padre.
--¿Está usted loco o viene de las Batuecas?--me dijo el polizonte.
--Ni uno ni otro, so desvergonzado--le respondí--; estoy más cuerdo que usted y vengo de Villamar, donde está su padre _legítimo_, tío Pedro Santaló.
--Es usted--me dijo el madrileñito--un pedazo de alcornoque muy basto; vaya usted a que lo descorchen.
Me amostacé y levanté el codo para darle una _guantáa_, cuando Nicolás me cogió por un brazo y me sacó fuera para ir a echar un trago.
--Ya he caído en la cuenta--le dije--; ese general es el que quiera esa renegada _Gaviota_ que sea su padre. De muchas iniquidades había yo oído hablar; de muertes, robos, hasta de piratas; pero eso de renegar de su padre, en mi vida he oído otra.
Nicolás se desternillaba de risa; por lo visto, esa _indiniá_ no les coge allá de susto.
Cuando volvimos a entrar, es de presumir el que le habría mandado el general a _la Gaviota_ que se quitase los arrumacos, porque salió toda vestida de blanco que parecía amortajada. Se puso a cantar y sacó una guitarra muy grande que puso en el suelo y tocó con las dos manos (¡qué no es capaz de inventar esa _Gaviota_!), y ahora viene lo gordo, pues de repente sale un moro.
--¿Un moro?
--¡Pero qué moro!, más negro y más feróstico que el mismísimo Mahoma; con un puñal en la mano, tamaño como un machete. Yo me quedé muerto.
--¡Jesús María!--exclamaron su madre y su abuela.
--Pregunté a Nicolás que quién era aquel Fierabrás, y me respondió que se llamaba _Telo_. Para acabar presto; el moro le dijo a _la Gaviota_ que la venía a matar.
--Virgen del Carmen--exclamó la tía María--, ¿era acaso el verdugo?
--No sé si era el verdugo ni sé si era un matador pagado--respondió Momo--; lo que sí sé es que la agarró por los cabellos y la dio de puñaladas; lo vi con estos ojos que ha de comer la tierra, y puedo dar testimonio.
Momo apoyaba sus dos dedos, debajo de sus ojos, con tal vigor de expresión, que aparecieron como queriendo salirse de sus órbitas.
Las dos buenas mujeres lanzaron un grito. La tía María sollozaba y se retorcía las manos de dolor.
--¿Pero qué hicieron tantos como presentes estaban?--preguntó Dolores llorando--, ¿no hubo nadie que prendiese a ese desalmado?
--Eso es lo que yo no sé--contestó Momo--, pues al ver aquello, cogí dos de luz y cuatro de traspón, no fuese que me llamasen a declarar. Y no paré de correr hasta no poner algunas leguas entre la villa de Madrid y el hijo de mi padre.
--Preciso es--dijo entre sollozos la tía María--ocultarle esta desdicha al pobre tío Pedro. ¡Ay!, ¡qué dolor!, ¡qué dolor!
--¿Y quién había de tener valor para decírselo!--repuso Dolores--. ¡Pobre María! Hizo lo del español, que estando bien quiso estar mejor; y cate usted ahí las resultas.
--Cada uno lleva su merecido--dijo Momo--; esa embrollona descastada había de parar en mal: no podía eso marrar. Si no estuviese cansado, iba sobre la marcha a contárselo a _Ratón Pérez_.
Capítulo XXV
No tardó en esparcirse por todo el lugar la voz de que la hija del pescador había sido asesinada.
Así pues, el egoísta, torpe y díscolo Momo, que ayudado de su espíritu hostil e instintos egoístas creyó realidad lo que vio en el teatro, no sólo había hecho un viaje inútil, por no haber cumplido su comisión, sino que indujo en el terror, en que su torpeza indócil le hizo caer, a todas aquellas buenas gentes.
La cara de don Modesto se le alargó dos pulgadas.
El cura dijo una misa por el alma de María.
Ramón Pérez ató un lazo negro a su guitarra.
_Rosa Mística_ dijo a don Modesto:
--¡Dios la haya perdonado! Bien dije yo que acabaría mal. Usted recordará que por más que procuraba yo guiarla a la derecha, ella siempre tiraba a la izquierda.
La tía María, calculando que en vista de la catástrofe no le sería posible a don Federico venir por entonces, se decidió a confiar la cura del tío Pedro a un médico joven que había reemplazado a Stein en Villamar.
--No fío de su ciencia--le decía a don Modesto, que se le recomendaba--; no sabe recetar más que aguas cocidas, y no hay cosa que debilite más el estómago. Por alimento manda caldo de pollo; ahora ¿me querrá usted decir las fuerzas que podrá reponer semejante bebistrajo? Todo está trastornado, mi comandante; pero deje usted que pase un poco de tiempo y, desengañados, se volverán a lo que la experiencia de muchos siglos ha acreditado de bueno; que al cabo de los años mil, vuelven las aguas por donde solían ir. Lo que atrevidas manos echaron abajo, el tiempo lo levantará; pero después de haber echado algunas almas a su perdición y enviado muchos cuerpos al hoyo.
El médico halló al tío Pedro tan grave, que declaró ser necesario el prepararlo.
_Prepararse a la muerte_ es, en el lenguaje católico, ponerse en estado de gracia, esto es, zanjar sus cuentas en la tierra, haciendo el bien y deshaciendo el mal, en cuanto a nuestro alcance esté, tanto en el orden de las cosas eternas, como en el de las temporales, y granjear así, con la oración y el arrepentimiento, la clemencia de Dios en favor de nuestras almas.
Si damos esta definición de una cosa tan sabida y cotidiana, es no sólo porque es factible que caiga esta relación en manos de algunos que no pertenezcan al gremio de nuestra santa religión católica, sino porque hemos visto muchos que no consideran esta santa práctica bajo todas sus grandes y magníficas fases.
La tía María se echó a llorar amargamente al oír aquel fallo; llamó a Manuel y le encargó que fuese a notificárselo al enfermo, con todas las precauciones debidas, pues ella no se sentía con ánimo para hacerlo.
Manuel entró en el cuarto del paciente.
--¡Hola, tío Pedro!--le dijo--, ¿cómo vamos?
--Vamos para abajo, Manuel--contestó el enfermo--; ¿quieres algo para el otro mundo?, dilo pronto, que estoy levando el ancla, hijo.
--¡Qué!, tío Pedro, no está usted en ese caso. Ha de vivir. Usted más que yo. Pero... como dice el refrán que hacienda hecha no estorba..., quiere decir...
--No digas más, Manuel--repuso el tío Pedro sin alterarse. Dile a tu madre que dispuesto estoy. Ya ha tiempo que veo venir este trance y no pienso más que en eso--añadió en voz baja y fatigada--¡y en ella!
Manuel salió conmovido enjugándose los ojos, a pesar de haber visto tanta sangre y tantas agonías en su carrera militar; ¡tan cierto es, que el alma más estoica se ablanda a vista de la muerte, cuando no se fuerza al hombre a considerarla como un átomo lanzado en el insondable abismo, que abren a tantos miles el orgullo y la ambición de los que sin autoridad, sin derecho ni razón, han querido imponer al mundo su personalidad o sus ideas!
Al día siguiente reinaba uno de aquellos violentos, ruidosos y animados temporales que consigo trae el equinoccio. Oíase el viento soplar en diferentes tonos, como una hidra cuyas siete cabezas estuviesen silbando a un tiempo.
Estrellábase contra la cabaña, que crujía siniestramente: oíase este invisible elemento, lúgubre entre las bóvedas sonoras de las altas ruinas del fuerte; violento entre las agitadas ramas de los pinos; plañidero entre las atormentadas cañas del navazo; y se desvanecía gimiendo en la dehesa, como se disipa la sombra gradualmente en un paisaje.
La mar agitaba las olas de su seno, con la ira y violencia con que sacude una furia las sierpes de su cabellera. Las nubes, cual las Danaides, se relevaban sin cesar, vertiendo cada cual su contingente, que caía a raudales sobre las ramas, que se tronchaban, abriendo sus corrientes hondos surcos en la tierra. Todo se estremecía, temblaba o se quejaba. El sol había huido y el triste color del día era uniforme y sombrío como el de una mortaja.
Aunque la cabaña estaba resguardada por la peña, la tempestad había arrebatado parte de su techo durante la noche. Para impedir su total destrucción, Manuel, ayudado por Momo, lo había sujetado con el peso de algunos cantos traídos de las ruinas. «Ya que no quieras albergar más a tu dueño--le decía Manuel--, aguarda al menos a que muera, para hundirte.»
Si alguna otra mirada que la de Dios hubiera podido llegar a aquel desierto, cruzando la tempestad que lo azotaba, habría descubierto una cuadrilla de hombres que caminaba en dirección paralela al mar, arrostrando los furores del temporal, envueltos en sus capas, en actitud recogida y silenciosa, los cuerpos inclinados hacia adelante y las cabezas bajas. Seguíalos grave y mesuradamente un anciano, cruzados los brazos sobre el pecho a la manera de los orientales, precedido por un muchacho que agitaba de cuando en cuando una campanilla. Se oía por intervalos, y a pesar de las ráfagas del huracán, la voz tranquila y sonora del anciano, que decía: _Miserere mei Deus, secundum magnam misericordian tuam._ El coro de hombres respondía: _Et secundum multitudinent miserationum tuarum, de iniquitatem meam._
Penetrábalos la lluvia, azotábalos el viento y ellos seguían impávidos en su marcha grave y uniforme.
Esta comitiva se componía del cura y de algunos católicos piadosos, hermanos de la cofradía del Santísimo Sacramento, que presididos por Manuel, iban a llevar a un cristiano moribundo, con los últimos Sacramentos, los últimos consuelos del cristiano.
Nada podía, como lo que acabamos de describir, dar realce y vida a esta verdad moral: que en medio del tumulto y de las borrascas de las malas pasiones, la voz de la religión se deja oír por intervalos, grave y poderosa, suave y firme, aun a aquellos mismos que la olvidan y la reniegan.
El cura entró en el cuarto del enfermo.
Los niños que habían acudido, recitaban estos versos, que aprendieron al mismo tiempo que aprendieron a hablar.
Jesucristo va a salir, yo por Dios quiero morir, porque Dios murió por mí.
Los ángeles cantan, todo el mundo adora al Dios tan piadoso que sale a estas horas.
Jesucristo va a salir, etc.
Aquella pobre morada se había aseado y dispuesto con esmero y decencia, gracias a los cuidados de la tía María y del hermano Gabriel. Sobre una mesa se había colocado un crucifijo con luces y flores, porque las luces y los perfumes son los homenajes externos que se tributan a Dios. La cama estaba limpia y primorosa.
Concluida la ceremonia, nadie quedó con el enfermo, sino el cura, la buena tía María y fray Gabriel. Tío Pedro yacía tranquilo. Al cabo de algún tiempo abrió los ojos, y dijo:
--¿No ha venido?
--Tío Pedro--respondió la tía María, mientras corrían por sus arrugadas mejillas dos lágrimas que no alcanzaba a ver el enfermo--, hay mucho trecho de aquí a Madrid. Ha escrito que iba a ponerse en camino y pronto la veremos llegar.
Santaló volvió a caer en su letargo. Una hora después recobró el sentido, y fijando sus miradas en la tía María, le dijo:
--Tía María, he pedido a mi divino Salvador, que se ha dignado venir a mí, que me perdone, que la haga feliz y que le pague a usted cuanto por nosotros ha hecho.
Después se desmayó; volvió en sí, abrió los ojos que ya cristalizaba la muerte y pronunció con acento ininteligible estas palabras:
--¡No ha venido!
En seguida dejó caer la cabeza en la almohada y exclamó en voz alta y firme:
--Misericordia, Señor.
--Rezad el credo--dijo el cura tomando entre sus manos las del moribundo y acercándose a su oído para hacer llegar a su inteligencia algunas palabras de fe, esperanza y caridad, en medio del entorpecimiento creciente de sus sentidos.
La tía María y el hermano Gabriel se postraron.
Los católicos conservan a la muerte todo el respeto solemne que Dios le ha dado, adoptándola él mismo como sacrificio de expiación.
Reinaban un silencio y una calma llena de majestad, en aquel humilde recinto donde acababa de penetrar la muerte.
Fuera, seguía desencadenada y rugiente la tempestad.
Adentro todo era reposo y paz. Porque Dios despoja a la muerte de sus horrores y de sus inquietudes cuando el alma se exhala hacia el cielo al grito de ¡misericordia!, rodeada de corazones fervorosos, que repiten en la tierra: «¡Misericordia, misericordia!»
Capítulo XXVI
El mundo es un compuesto de contrastes. No es muy nueva ni muy original esta observación; pero cada día se nos presentan a la vista la aurora y el ocaso, y cada vez nos sorprenden y admiran, a pesar de su repetición.
Así es que mientras el pobre pescador ofrecía a sus humildes y piadosos amigos el grande y augusto espectáculo de la santa muerte del cristiano, su hija daba al público de Madrid, frenéticamente entusiasmado, el de una _prima donna_ sin una gota de sangre italiana en las venas, y que eclipsaba ya en el ejercicio de su arte al mismo gran Tenorini. Había lo bastante con esto para restablecer el antiguo y noble orgullo de los tiempos de Carlos III, para libertarnos por siempre jamás amén de la rabia y comezón de imitar, recobrando nuestra inmaculada y pura nacionalidad; en fin, había lo bastante para decir al monumento del Dos de Mayo, a la estatua de Felipe IV y a la de Cervantes: «Humillaos, sombras ilustres, que aquí viene quien sobrepuja vuestra grandeza y vuestra gloria.» No faltaron entusiastas que pensasen acudir a la reina, para que se dignase ennoblecer a María, dándole un escudo de armas, cuyo lema, imitando el de los duques de Veragua, en lugar de: «A CASTILLA Y A LEÓN, NUEVO MUNDO DIO COLÓN», dijese: «A ALTA Y BAJA ANDALUCÍA, NUEVA GLORIA DIO MARÍA.» En fin, tal era la impresión hecha por la cantatriz en el público de Madrid, que ya no se escribía en las oficinas ni se estudiaba en los colegios: hasta los fumadores se olvidaban de acudir al estanco. La fábrica de tabacos se estremeció con indignación en sus cimientos, a pesar de que, como es público y notorio, son tan profundos que llegan hasta América.
Todo el entusiasmo que hemos procurado bosquejar sin haberlo conseguido, se manifestaba una noche a la puerta del teatro, en un grupo de jóvenes que se esforzaban en comunicárselo a dos extranjeros recién venidos. Aquellos inteligentes no sólo encomiaron, examinaron y analizaron la calidad del órgano, la flexibilidad de garganta y todo lo que hacía tan sobresaliente el canto de María, sino que también pasaron revista de inspección a sus prendas personales. Otro joven, embozado hasta los ojos en su capa, estaba cerca de aquel grupo y se mantenía inmóvil y callado; pero cuando se trató de las dotes físicas, dio colérico con el pie un golpe en el suelo.
--Apuesto cien guineas, vizconde de Fadièse _(fa sostenido)_--decía nuestro amigo sir John Burnwood (que no habiendo obtenido licencia para llevarse el Alcázar, pensaba en renovar la misma demanda con respecto a El Escorial)--, apuesto a que esta mujer hará más ruido en Francia que madame Laffarge; en Inglaterra, que Tom Pouce, y en Italia, que Rossini.
--No lo dudo, sir John--respondió el vizconde.
--¡Qué ojos tan árabes!--añadió el joven don Celestino Armonía--. ¡Qué cintura tan esbelta! En cuanto a los pies, no se ven, pero se sospechan; en cuanto al cabello, la Magdalena se lo envidiaría.
--Estoy impaciente por ver y oír ese portento--exclamó con exaltación el vizconde, el cual siempre estaba, como lo indicaba su nombre, montado medio tono más alto que todos los demás vizcondes--. Preparemos los anteojos y entremos.
Entre tanto el joven embozado había desaparecido.
María, en traje de Semíramis, estaba preparada para salir a escena. Rodeábanla algunas personas.
El embozado, que no era otro que Pepe Vera, entró a la sazón, se aproximó a ella y sin que nadie lo oyese, le dijo al oído:
--No quiero que cantes--y siguió adelante con impasible aire de indiferencia.
María se puso pálida de sorpresa y enrojeció de indignación en seguida.
--Vamos--dijo a su doncella--; Marina, ajusta bien los pliegues del vestido. Van a empezar--y añadió en voz alta para que lo oyese Pepe Vera, que se iba alejando--; con el público no se juega.
--Señora--le dijo uno de los empleados--, ¿puedo mandar que alcen el telón?
--Estoy lista--respondió.
Pero no bien hubo pronunciado estas palabras, cuando lanzó un grito agudo.
Pepe Vera había pasado por detrás, y cogiéndole el brazo con fuerza brutal, había repetido:
--No quiero que cantes.
Vencida por el dolor, María se había arrojado en una silla llorando. Pepe Vera había desaparecido.
--¿Qué tiene? ¿Qué ha sucedido?--preguntaban todos los presentes.
--Me ha dado un dolor--respondió María llorando.
--¿Qué tenéis, señora?--preguntó el director, a quien habían dado aviso de lo que pasaba.
--No es nada--contestó María, levantándose y enjugándose las lágrimas--. Ya pasó; estoy pronta. Vamos.
En este momento, Pepe Vera, pálido como un cadáver, y ardiéndole los ojos como dos hornillos, vino a interponerse entre el director y María.
--Es una crueldad--dijo con mucha calma--sacar a las tablas a una criatura que no puede tenerse en pie.
--¡Pero qué!, señora--exclamó el director--, ¿estáis enferma? ¿Desde cuándo? ¡Hace un momento que os he visto tan rozagante, tan alegre, tan animada!
María iba a responder, pero bajó los ojos y no despegó los labios. Las miradas terribles de Pepe Vera la fascinaban, como fascinan al ave las de la serpiente.
--¿Por qué no ha de decirse la verdad?--continuó Pepe Vera sin alterarse--¿Por qué no habéis de confesar que no os halláis en estado de cantar? ¿Es pecado por ventura? ¿Sois esclava, para que os arrastren a hacer lo que no podéis?
Entre tanto, el público se impacientaba. El director no sabía qué hacer. La autoridad envió a saber la causa de aquel retardo; y mientras el director explicaba lo ocurrido, Pepe Vera se llevaba a María, bajo el pretexto de necesitar asistencia, agarrándola por el puño con tanta fuerza que parecía romperle los huesos, y diciéndola con voz ahogada, pero firme:
--¡Caramba! ¿No basta decir que no quiero?
Cuando estuvieron solos en el cuarto que servía de vestuario a María, estalló la cólera de esta.
--Eres un insolente, un infame--exclamó con voz sofocada por la ira--¿Qué derecho tienes para tratarme de esta suerte?
--El quererte--respondió Pepe Vera con flema.
--Maldito sea tu querer--dijo María.
Pepe Vera se echó a reír.
--¡Lo dices eso como si pudieras vivir sin él!--dijo volviendo a reír.
--¡Vete, vete!--exclamó María--, y no vuelvas jamás a ponérteme delante.
--Hasta que me llames.
--¡Yo a ti! Antes llamaría al demonio.
--Eso puedes hacer, que no tendré celos.
--¡Vete, marcha al instante, déjame!
--Concedido--dijo el torero--; de hilo me voy en casa de Lucía del Salto.--María estaba celosísima de aquella mujer, que era una bailarina a quien Pepe Vera cortejaba antes de conocer a María.
--¡Pepe! ¡Pepe!--gritó María--, ¡villano! ¡La perfidia después de la insolencia!
--Aquella--dijo Pepe Vera--no hace más que lo que yo quiero. Tú eres demasiado señorona para mí. Conque... si quieres que hagamos buenas migas, se han de hacer las cosas a mi modo. Para mandar tú y no obedecer, ahí tienes a tus duques, a tus embajadores, a tus desaboridas y achacosas excelencias.
Dijo y echó a andar hacia la puerta.
--¡Pepe! ¡Pepe!--gritó María, desgarrando su pañuelo entre sus dedos agarrotados.
--Llama al demonio--le respondió irónicamente Pepe Vera.
--¡Pepe! ¡Pepe!, ten presente lo que voy a decirte. Si te vas con la Lucía, me dejo enamorar por el duque.
--¿A que no te atreves?--respondió Pepe, dando algunos pasos atrás.
--¡A todo me atrevo yo por vengarme!
Pepe se quedó plantado delante de María, con los brazos cruzados y los ojos fijos en ella.
María sostuvo sin alterarse aquellas miradas penetrantes como dardos.
Aquellos amores parecían más bien de tigres que de seres humanos. ¡Y tales son, sin embargo, los que la literatura moderna suele atribuir a distinguidos caballeros y a damas elegantes!
En aquel corto instante, aquellas dos naturalezas se sondearon recíprocamente y conocieron que eran del mismo temple y fuerza. Era preciso romper o suspender la lucha. Por mutuo consentimiento, cada cual renunció al triunfo.
--Vamos, Maruja--dijo Pepe Vera, que era realmente el culpable--. Seamos amigos y pelillos a la mar. No iré en casa de Lucía; pero en cambio, y para estar seguros uno de otro, me vas a esconder esta noche en tu casa, de modo que pueda ser testigo de la visita del duque y convencerme por mí mismo de que no me engañas.
--No puede ser--respondió altiva María.
--Pues bien--dijo Pepe--, ya sabes dónde voy en saliendo de aquí.
--¡Infame!--contestó María apretando los puños con rabia--, me pones entre la espada y la pared.
Una hora después de esta escena, María estaba medio recostada en un sofá; el duque, sentado cerca de ella; Stein en pie, tenía en sus manos las de su mujer, observando el estado del pulso.
--No es nada, María--dijo Stein--. No es nada, señor duque: un ataque de nervios que ya ha pasado. El pulso está perfectamente tranquilo. Reposo, María, reposo. Te matas a fuerza de trabajo. Hace algún tiempo que tus nervios se irritan de un modo extraordinario. Tu sistema nervioso se resiente del impulso que das a los papeles. No tengo la menor inquietud, y así me voy a velar un enfermo grave. Toma el calmante que voy a recetar; cuando te acuestes, una horchata, y por la mañana, leche de burra--y dirigiéndose al duque--: mi obligación me fuerza, mal que me pese, a ausentarme, señor duque.
Y volviendo a recomendar a su mujer el sosiego y el reposo, Stein se retiró, haciendo al duque un profundo saludo.
El duque, sentado enfrente de María, la miró largo tiempo.
Ella parecía extraordinariamente aburrida.
--¿Estáis cansada, María?--dijo aquel con la suavidad que sólo el amor puede dar a la voz humana.
--Estoy descansando--respondió.
--¿Queréis que me vaya?
--Si os acomoda...
--Al contrario, me disgustaría mucho.
--Pues entonces, quedaos.
--María--dijo el duque después de algunos instantes de silencio y sacando un papel del bolsillo--, cuando no puedo hablaros, canto vuestras alabanzas. He aquí unos versos que he compuesto anoche, porque de noche, María, sueño sin dormir. El sueño ha huido de mis ojos desde que la paz ha huido de mi corazón. Perdón, perdón, María, si estas palabras que rebosan de mi corazón ofenden la inocencia de vuestros sentimientos, tan puros como vuestra voz. También he padecido yo cuando padecíais vos.
--Ya veis--repuso ella bostezando--que no ha sido cosa de cuidado.
--¿Queréis, María--le preguntó el duque--, que os lea los versos?
--Bien--respondió fríamente María.
El duque leyó una linda composición.
--Son muy hermosos--dijo María algo más animada--; ¿van a salir en _El Heraldo_?
--¿Lo deseáis?--preguntó el duque suspirando.
--Creo que lo merecen--contestó María.
El duque calló, apoyando su cabeza en sus manos.