Chapter 18
María no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse muy a sus anchas en medio de aquel gran círculo. No había cambiado en lo más pequeño su índole fría y altanera; pero había más elegancia en su talante y mejor gusto en su modo de vestir; adquisiciones maquinales y exteriores, que a los ojos de ciertas gentes, pueden suplir la falta de inteligencia, de tacto y de buenos modales. Por la noche, en las tablas, cuando el reflejo de las luces blanqueaba su palidez y aumentaba el realce de sus ojos grandes y negros, parecía realmente hermosa.
El duque estaba de tal modo fascinado por aquella mujer, en cuyos triunfos le tocaba alguna parte, pues cumplían sus pronósticos, y tal era el entusiasmo que su canto le inspiraba, que no tuvo inconveniente en pedirle que diese lecciones de música a su hija, no obstante que recordaba el pronóstico de su amable amiga de Sevilla y estremecía al reflexionar sobre el aplazamiento que le había dirigido la condesa. Entonces hacía propósito de respetar a la mujer inocente que él mismo había introducido en la escena resbaladiza y brillante que pisaba.
Digamos ahora algunas palabras de la duquesa:
Era esta señora virtuosa y bella. Aunque había entrado en los treinta años, la frescura de su tez y la expresión de candor de su semblante le daban un aspecto más joven. Pertenecía a una familia tan ilustre como la de su marido, con la cual estaba estrechamente emparentada. Leonor y Carlos se habían querido casi desde su infancia, con aquel afecto verdaderamente español, profundo y constante, que ni se cansa ni se enfría. Se habían casado muy jóvenes. A los dieciocho años, Leonor dio una niña a su marido, el cual tenía veintidós a la sazón.
La familia de la duquesa, como algunas de la grandeza, era sumamente devota; y en este espíritu había sido educada Leonor. Su reserva y su austeridad la alejaban de los placeres y ruidos del mundo, a los cuales, por otra parte, no tenía la menor inclinación. Leía poco y jamás tomó en sus manos una novela. Ignoraba enteramente los efectos dramáticos de las grandes pasiones. No había aprendido ni en los libros ni en el teatro, el gran interés que se ha dado al adulterio, que por consiguiente no era a sus ojos sino una abominación, como lo era el asesinato.
Jamás habría llegado a creer, si se lo hubiesen dicho, que estaba levantado en el mundo un estandarte, bajo el cual se proclamaba la emancipación de la mujer. Más es; aun creyéndolo, jamás lo hubiera comprendido; como no lo comprenden muchos, que ni viven tan retiradas, ni son tan estrictas como lo era la duquesa. Si se le hubiera dicho que había apologistas del divorcio, y hasta detractores de la santa institución del matrimonio, habría creído estar soñando, o que se acercaba el fin del mundo. Hija afectuosa y sumisa, amiga generosa y segura, madre tierna y abnegada, esposa exclusivamente consagrada a su marido, la duquesa de Almansa era el tipo de la mujer que Dios ama, que la poesía dibuja en sus cantos, que la sociedad venera y admira, y en cuyo lugar se quieren hoy ensalzar _esas amenazas_, que han perdido el bello y suave instinto femenino.
El duque pudo entregarse largo tiempo al atractivo que María ejercía en él, sin que la más pequeña nube empañase la paz sosegada, y, como el cielo, pura, del corazón de su mujer. Sin embargo, el duque, hasta entonces tan afectuoso, la descuidaba cada día más. La duquesa lloraba; pero callaba.
Después llegó a sus oídos que aquella cantatriz que alborotaba a todo Madrid, era protegida de su marido; que este pasaba la vida en casa de aquella mujer. La duquesa lloró; pero dudando todavía.
Después el duque llevó a Stein a su casa, para dar lecciones a su hijo, y luego quiso, como hemos dicho, que María las diese a su hija, preciosa criatura de once años de edad.
Leonor se opuso con vigor a esto último, alegando no poder permitir que una mujer de teatro tuviese el menor punto de contacto con aquella inocente. El duque, acostumbrado a las fáciles condescendencias de su mujer, vio en esta oposición un escrúpulo de devota, una falta de mundo y persistió en su idea. La duquesa cedió, siguiendo el dictamen de su confesor; pero lloró amargamente, impulsada por un doble motivo.
Recibió, pues, a María con excesiva circunspección; con una reserva fría, pero urbana.
Leonor, que vivía según sus propensiones tranquilas, muy retirada, no recibía, sino pocas visitas, la mayor parte de parientes; los demás eran sacerdotes y algunas otras personas de confianza. Así pues, asistía con no desmentida perseverancia a las lecciones de su hija; y tanto empeño puso en no alejarla de sus miradas maternas, que este sistema no pudo menos de ofender a María. Las personas que iban a ver a la duquesa no hacían más que saludar fríamente a la maestra, sin volver a dirigirle la palabra. De este modo, llegaba a ser en extremo humillante la posición que ocupaba en aquella noble y austera residencia la mujer que el público de Madrid adoraba de rodillas. María lo conocía y su orgullo se indignaba, pero como la exquisita cortesía de la duquesa no se desmintió jamás; como en su grave, modesto y hermoso rostro no se había manifestado nunca una sonrisa de desdén ni una mirada de altanería, María no podía quejarse. Por otra parte, el duque, que era tan digno y tan delicado, ¿cómo había de permitir que nadie se le quejase de su mujer? María tenía bastante penetración para conocer que debía callar y no perder la amistad del duque, que la lisonjeaba, su protección que le era necesaria y sus regalos que le eran muy gratos. Tuvo, pues, que tascar el freno, hasta que ocurriese algún suceso que pusiese término a tan tirante situación.
Un día en que, vestida de seda, y deslumbrando a todos con sus joyas, cubierta con una magnífica mantilla de encajes, entraba en casa de la duquesa, se encontró allí con el padre de esta, el marqués de Elda, y con el obispo de...
El marqués era un anciano grave, de los más chapados a la antigua. Era por los cuatro costados español, católico y realista neto. Vivía retirado de la corte desde la muerte del rey, a quien había servido en la guerra de la Independencia.
Había un poco de tibieza entre el marqués y su yerno, a quien el primero acusaba de condescender demasiado con las ideas del siglo. Esta tibieza subió de punto cuando llegaron a oídos del severo y virtuoso anciano los rumores ya públicos de la protección que el duque daba a una cantatriz de teatro.
Cuando María entró en la sala, la duquesa se levantó, con intención de darle gracias y despedirla por aquel día, en vista del respeto debido a las personas presentes. Pero el obispo, que ignoraba todo lo que pasaba, manifestó deseos de oír cantar a la niña, que era su ahijada. La duquesa se volvió a sentar; saludó a María con su urbanidad acostumbrada y mandó llamar a su hija, quien no tardó en presentarse.
Apenas terminaba la niña los últimos compases de la plegaria de Desdémona, cuando se oyeron tres golpes suaves en la puerta.
--Adelante, adelante--dijo la duquesa, dando a entender que conocía a la persona en su modo de llamar, y con una viveza nueva a los ojos de María, se puso en pie y salió obsequiosamente al encuentro de aquella visita.
Pero María se sorprendió todavía más al ver este nuevo personaje. Era una mujer fea, de unos cincuenta años de edad y de aspecto común. Su traje era tan basto como desairado y extraño.
La duquesa la recibió con grandes muestras de consideración y una cordialidad tanto más notable, cuanto más contrastaba con la reserva glacial que con la maestra había usado; la tomó de la mano y la presentó al obispo.
María no sabía qué pensar. Jamás había visto un vestido semejante ni una persona que le pareciese menos en armonía con la posición que parecía ocupaba cerca de gentes tan distinguidas y elevadas.
Después de un cuarto de hora de una conversación animada, aquella mujer se levantó. Estaba lloviendo. El marqués la ofreció su coche, con grandes instancias; pero la duquesa le dijo:
--Padre, ya he mandado que pongan el mío.
Dijo estas palabras acompañando a la recién venida, que ya se retiraba y que se negó tenazmente a hacer uso del carruaje.
--Ven, hija mía--dijo la duquesa a su hija--, ven, con permiso de tu maestra, a saludar a tu buena amiga.
María no sabía qué pensar de lo que estaba viendo y oyendo. La niña abrazó a aquella que la duquesa llamaba su buena amiga.
--¿Quién es esa mujer?--le preguntó María, cuando volvió a su puesto.
--Es una hermana de la caridad--respondió la niña.
María quedó anonadada. Su orgullo, que luchaba con la frente erguida contra toda superioridad; que desafiaba la dignidad de la nobleza, la rivalidad de los artistas, el poder de la autoridad y aun la prerrogativas del genio, se dobló como un junco ante la grandeza y la elevación de la virtud.
Poco después se levantó para irse; seguía lloviendo.
--Tiene usted un coche a su disposición--le dijo la duquesa al despedirla.
Al bajar al patio, María observó que estaban quitando los caballos del de la duquesa. Un lacayo bajó con aire respetuoso el estribo de un coche simón. María entró en él henchido el corazón de impotente rabia.
Al día siguiente declaró resueltamente al duque que no continuaría dando lecciones a su hija. Tuvo buen cuidado de ocultarle el verdadero motivo y la astucia de dar a esta reserva todo el aspecto de un acto de prudencia. El duque, alucinado, tanto por el entusiasmo que María le inspiraba, como por los amaños de que ella supo valerse, supuso que su mujer habría dado motivo para aquella determinación, y se mostró aún más frío con ella.
Capítulo XXIV
La llegada a Madrid del célebre cantor Tenorini puso cima a la gloria de María, por la admiración con que la encomiaba aquel coloso y por el empeño que manifestó en cantar acompañado de una voz digna de unirse a la suya. Tonino Tenorini, alias el _Magno_, había salido no se sabe de dónde; algunos decían que había venido al mundo, como Castor y Pollux, dentro de un huevo, no de cisne, sino de ruiseñor. Su espléndida y ruidosa carrera empezó en Nápoles, donde había eclipsado enteramente al Vesubio. Después pasó a Milán y de allí sucesivamente a Florencia, San Petersburgo y Constantinopla. A la sazón llegaba de Nueva York pasando por La Habana, con ánimo de dirigirse a París, cuyos habitantes, furiosos por no haber dado todavía su voto decisivo sobre tan gigantesca reputación, habían hecho un motín para desahogar su bilis. De allí Tenorini se dignaría ir a Londres, cuyos filarmónicos tenían un terrible _spleen_ de pura envidia, y de donde la _season_[30] corría riesgo de suicidarse si la gran _notabilidad_ no se compadecía de los males que su ausencia originaba.
[Nota 30: Estación, época de la apertura de los Parlamentos, en la cual se reúne la gente del buen tono en Londres.]
¡Cosa extraña, y que dejó sorprendidos a todos los Polos y a todas las Eloísas! Este sublime artista no llegaba en las alas del genio. Los delfines malcriados del océano no le habían cargado en sus filarmónicas espaldas, como hicieron los del Mediterráneo con Arión en tiempos más felices. Tenorini había llegado en la diligencia... ¡Qué horror!...
¡Y--lo que es más--traía un saco de noche!
Hubo proyectos de celebrar su llegada tocando un repique general de campanas, de iluminar las casas y de erigir un arco de triunfo con todos los instrumentos de la orquesta del Circo. El alcalde no consintió en ello y poco faltó para que este _cangrejo_ reaccionario fuese obsequiado con una cencerrada.
Mientras María participaba con el _gran cantante_ de la desaforada ovación que le ofrecía un público, que de rodillas los veneraba humildemente, se representaba una escena de diferente carácter en la pobre choza de que ella saliera poco más de un año antes.
Pedro Santaló yacía postrado en su lecho. Desde la separación de su hija no había levantado cabeza. Tenía los ojos cerrados y no los abría sino para fijar sus miradas en el cuartito que había ocupado María y que no estaba separado del suyo sino por el estrecho pasadizo que subía al desván. Todo allí permanecía en el mismo estado en que su hija lo había dejado; colgaba de la pared su guitarra, con un lazo de cinta que había sido color de rosa y que ahora pendía sin forma, como una promesa que se olvida, y descolorido como un recuerdo que se disipa. Sobre la cama había un pañuelo de seda de la India, y unos zapatos pequeños se veían aún debajo de una silla. La tía María estaba sentada a la cabecera del enfermo.
--Vamos, vamos, tío Pedro--le decía la buena anciana--, olvídese de que es catalán y no sea tan testarudo; déjese usted gobernar siquiera una vez en su vida y véngase con nosotros al convento, que ya ve usted que allí no falta lugar. Así podré asistirle mejor y no estará aquí aislado y solo en un solo cabo como el espárrago.
El pescador no respondía.
--Tío Pedro--continuó la tía María--, don Modesto ya ha escrito dos cartas, y se han puesto en el correo, que dicen es la manera de que lleguen más presto y con más seguridad.
--¡No vendrá!--murmuró el enfermo.
--Pero vendrá su marido, y por ahora eso es lo que importa--repuso la tía María.
--¡Ella! ¡Ella!--exclamó el pobre padre.
Una hora después de esta conversación, la tía María caminaba de vuelta al convento, sin haber logrado que el huraño y obstinado catalán accediese a trasladarse a él. Cabalgaba la buena anciana en la insigne _Golondrina_, decana apacible del gremio borrical de la comarca. No hemos averiguado, en vista de lo remoto de la fecha en que fue bautizada, el porqué mereció el nombre de _Golondrina_, pues nos consta que jamás hizo el menor esfuerzo, no ya para volar, pero ni aun para correr; ni nunca se le notó en otoño la más mínima inclinación a trasladarse a las regiones del África.
Momo, hecho ya un hombrón, sin haber perdido un ápice de su fealdad nativa, iba arreando la burra.
--Oiga usted, madre abuela--dijo--; ¿y van a durar mucho estos paseítos de recreo cotidianos para venir a ver a este lobo marino?
--Por descontado--respondió su abuela--, ya que no se quiere venir al convento. Me temo que se muera si no ve a su hija.
--No me he de morir yo de esa enfermedad--dijo Momo, soltando una carcajada de grueso calibre.
--Mira, hijo--prosiguió la tía María--, yo no me fío mucho del correo, por más que digan que es seguro. Tampoco don Modesto se fía de él; así para que don Federico y Marisalada lleguen a saber lo malo que está el tío Pedro, no queda medio seguro sino el que tú mismo vayas a Madrid a decírselo, porque al fin no podemos estar así, cruzados de brazos, viendo morir a un padre que clama por su hija, sin hacer por traérsela.
--¡Yo!, ¡yo ir a Madrid, y para buscar a _la Gaviota_!--exclamó Momo horripilado--. ¿Está usted en su juicio, señora?
--Tan en mi juicio y tan en ello, que si tú no quieres ir, iré yo. A Cádiz fui y no me perdí ni me sucedió nada; lo mismo será si voy a Madrid. Parte el corazón oír a ese pobrecito padre clamar por su hija. Pero tú, Momo, tienes malas entrañas; con harta pena lo digo. Yo no sé de dónde las has sacado, pues ni son de la casta de tu padre ni de la de tu madre; pero en cada familia hay un Judas.
«¡Ni al mismísimo demonio que no piensa sino en el modo de condenar a un cristiano--murmuraba Momo--, se le ocurre otra! Y no es eso lo peor, sino que si se le mete a su merced semejante chochera en la cabeza, lo ha de llevar a cabo. ¡Que no me diera un aire, que me dejase baldado de pies y piernas, siquiera por un mes!»
Así pensando, desahogó Momo su coraje, descargando un cruel varazo sobre las ancas de la pobre _Golondrina_.
--¡Bárbaro!--exclamó la abuela--, ¿a qué la pagas con ese pobre animal?
--¡Toma!--repuso Momo--; para llevar palos ha nacido.
--¿De dónde has sacado semejante herejía?, ¿de dónde, alma de Herodes? Nadie sabe lo que compadezco yo a los pobres animales, que padecen sin quejarse y sin poder valerse; sin consuelo y sin premio.
--La lástima de usted, madre, es como la capa del cielo, que todo lo cobija.
--Sí, hijo, sí; ni permita Dios que vea yo un dolor sin compadecerlo, ni que sea como esos desalmados que oyen un ay como quien oye llover.
--Que diga usted eso, tocante al prójimo, ¡anda con Dios! Pero los animales, ¿qué demonio?...
--¿Y acaso no padecen? ¿Y acaso no son criaturas de Dios? Acá, nosotros, estamos cargados con la maldición y el castigo que mereció el pecado del primer hombre; pero ¿qué pecado cometieron el Adán y Eva de los burros, para que estos pobres animales tengan la vida mortificada? ¡Eso me pasma!
--Se comerían la peladura de la manzana--dijo Momo con una carcajada como un redoble de bombo.
Encontraron entonces a Manuel y a José, que iban de vuelta al convento.
--Madre, ¿cómo está el tío Pedro?--preguntó el primero.
--Mal, hijo, mal. Se me parte el corazón de verle tan malo, tan triste y tan solo. Le dije que se viniese al convento; pero ¡qué!, más fácil era traerse al fuerte de San Cristóbal que no a ese cabezudo. Ni un cañón de a veinticuatro lo menea. Preciso es que el hermano Gabriel se mude allá con él, y también que Momo vaya a Madrid a traerse a su hija y a don Federico.
--Que vaya--dijo Manuel--; así verá mundo.
--¡Yo!--exclamó Momo--, ¿cómo he de ir yo, señor?
--Con un pie tras otro--respondió su padre--; ¿tienes miedo de perderte, o de que te coma el cancón?
--Lo que es que no tengo ganas de ir--replicó Momo, exasperado.
--Pues yo te las daré con una vara de acebuche, ¿estás, mal mandado?--dijo su padre.
Momo, renegando del tío Pedro y de su casta emprendió su viaje, y uniéndose a los arrieros de la sierra de Aracena que venían a Villamar por pescado, llegó a Valverde, y de allí pasando por Aracena, la Oliva y Barcarrota, a Badajoz, por el cual pasa la antigua carretera de Madrid a Andalucía. De allí, sin detenerse siguió a Madrid. Don Modesto había copiado con letras tamañas como nueces, las señas de la casa en que vivía Stein y que este había enviado cuando llegaron a Madrid con el duque. Con esta papeleta en la mano, salió Momo para la corte, entonando unas nuevas letanías de imprecaciones contra _la Gaviota_.
Una tarde salía la tía María más desazonada que nunca, de en casa del pobre pescador.
--Dolores--dijo a su nuera--, el tío Pedro se nos va. Esta mañana enrollaba las sábanas de su cama, y eso es que está liando el hato para el viaje de que no se vuelve. _Palomo_, que fue conmigo, se puso a aullar. ¡Y esa gente no viene!, estoy que no se me calienta la camisa en el cuerpo. Me parece que Momo debería ya estar de vuelta; diez días lleva de viaje.
--Madre--contestó Dolores--, hay mucha tierra que pisar hasta Madrid. Manuel dice que no puede estar de vuelta sino de aquí a cuatro o cinco días.
Pero ¡cuál no sería el asombro de ambas, cuando de repente vieron ante sí con aire azorado y mal gesto al mismísimo Momo en persona!
--¡Momo!--exclamaron las dos a un tiempo.
--El mismo en cuerpo y alma--contestó este.
--¿Y _Marisalada_?--preguntó ansiosa la tía María.
--¿Y don Federico?--preguntó Dolores.
--Ya los pueden ustedes aguardar hasta el día del juicio--respondió Momo--, ¡vaya que ha estado bueno mi viaje!, gracias a madre abuela, que me he visto metido en un berenjenal, que ya...
--¿Pero qué es lo que hay?, ¿qué te ha sucedido?--preguntaron su abuela y su madre.
--Lo que van ustedes a oír, para que admiren los juicios de Dios y le bendigan por verme aquí salvo y libre; gracias a que tengo buenas piernas.
La abuela y la madre se quedaron sobresaltadas al oír aquellas palabras que anunciaban graves acontecimientos.
--Cuenta, hombre, di, ¿qué ha sucedido?--volvieron ambas a exclamar--; mira que tenemos el alma en un hilo.
--Cuando llegué a Madrid--dijo Momo--y me vi solo en aquel _cotarro_, se me abrieron las carnes. Cada calle me parecía un soldado; cada plaza, una patrulla; con la papeleta que me dio el comandante, que era un papel que hablaba, fui a dar en una taberna, donde topé con un achispado, amigo de complacer, que me llevó a la casa que rezaba el papel. Allí me dijeron los criados que sus amos no estaban en casa; y con eso, iban a darme con la puerta en los hocicos; pero no sabían esas almas de cántaro con quién se las tenían que haber. «¡He!--les dije--; miren ustedes con quién hablan, que yo no soy criado de nadie ni nada vengo a pedir; aunque pudiera hacerlo, porque en mi casa fue donde recogimos a don Federico, cuando se estaba muriendo y no tenía ni sobre qué caerse muerto.»
--¿Eso dijiste, Momo?--exclamó su abuela--; ¡quita allá!, ¡esas cosas no se dicen!, ¡qué bochorno!, ¿qué habrán pensado de nosotros?, ¡echar en cara un favor!, ¿quién ha visto eso?
--¿Pues qué; no se lo diría?, ¡vaya! Y dije más; para que ustedes se enteren, dije que mi abuela había sido quien se había traído a su casa a su ama, cuando se puso mala de puro correr y desgañitarse sobre las rocas, como una _Gaviota_ que era. Los mostrencos aquellos se miraban unos a otros riéndose y haciendo burla de mí, y me dijeron que venía equivocado, que era hija de un general de las tropas de don Carlos. ¡Hija de un general, ¿se entera usted? ¡Por _vía_ de los moros! ¿Puede darse más descarada embustera?, ¡decir que el tío Pedro es un general, ¡el tío Pedro, que ni ha servido al rey! Al avío, les dije; que la razón que traigo, urge, y lo que quiero yo es largarme presto y perder a ustedes, a sus amos y a Madrid de vista.
--Nicolás--dijo entonces una moza que tenía trazas de ser tan _Farota_ como su ama--, lleva ese ganso al _treato_: allí podrá ver a la señora.»
--Noten ustedes que cuando hablaba de mí, decía la muy deslenguada _ganso,_ y cuando hablaba de la tuna de _la Gaviota,_ decía _señora_; ¿podría eso creerse?, ¡cosas de Madrid!, ¡confundío se vea!
--Pues, señor, el criado se puso el sombrero y me llevó a una casa muy grandísima y muy alta, que era a _moo_ de iglesia, sólo que en el lugar de cirios, tenía unas lámparas que alumbraban como soles. En rededor había como unos asientos, en que estaban sentadas, más tiesas que husos, más de diez mil mujeres, puestas en feria, como redomas en botica. Abajo había tanto hombre que parecía un hormiguero. ¡Cristianos!, ¡yo no sé de dónde salió tanta criatura! Pues no es nada, dije para mi chaleco, ¡las hogazas de pan que se amasarán en la villa de Madrid!... Pero asómbrense ustedes; toda esa gente había ido allí, ¿a qué?... ¡a oír cantar a _la Gaviota_!
Momo hizo una pausa, teniendo las manos extendidas y abiertas a la altura de su cara.
La tía María bajó y levantó la cabeza en señal de satisfacción.
--En todo esto no veo motivo para que te hayas vuelto tan deprisa y tan azorado--dijo Dolores.
--Ya voy, ya voy, que no soy escopeta--repuso Momo--. Cuento las cosas como pasaron.
»Pues cate usted ahí, que de repente, y sin que nadie se lo mandase, suenan a la par más de mil instrumentos, trompetas, pitos y unos violines tamaños como confesonarios, que se tocaban para abajo. ¡María Santísima, y qué atolondro!, yo di una encogida que fue floja en gracia de Dios.
--Pero ¿de dónde salió tanto músico?--preguntó su madre.
--¿Qué sé yo?, habría leva de ciegos por toda España. Pero no es esto lo mejor, sino que cate usted ahí, que sin saber ni cómo ni por dónde desaparece un a _moo_ de jardín que había al frente. No parecía sino que el demonio había cargado con él.
--¿Qué estás diciendo, Momo?--dijo Dolores.
--_Naica_ más que la purísima verdad. En lugar de la arboleda, había al frente un a _moo_ de estrado con redondeles de trapo[31] que sería de un palacio. Allí se presenta una mujer más _ajicarada_, con más terciopelos, bordaduras de oro y más dijes que la Virgen del Rosario.
[Nota 31: Alfombra.]