La gaviota

Chapter 16

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--No podré explicarme bien--dijo la condesa--sino por medio de una comparación, porque no soy elocuente como Eloísa. Hace algún tiempo que vino a vemos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que traté de enseñarles fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos pegó, sin que pudiésemos deshacernos de él, otro jerezano, hombre muy ordinario, pero riquísimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alzó la cabeza, cruzó las manos, atravesó con paso acelerado la nave y se arrodilló bañada en lágrimas a los pies del altar mayor. Su marido quedó como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho exclamó: «¡Buena posesión!, ¡y qué buena bodega haría!» ¿Habéis comprendido mi idea?

--Sin duda--respondió el coronel riéndose--, que un necio elogio es peor que una crítica; ya lo dice la fábula de Iriarte:

Si el sabio no aprueba, ¡malo! Si el necio aplaude, ¡peor!

Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.--Lo sentiría mucho--dijo la condesa--. Es un recuerdo que he tenido al oír hacer la apología de las obras de Dumas. ¡Tantas exclamaciones vacías y ni siquiera una palabra de elogio para esa historia de la Magdalena y de Lázaro, de la que no puedo leer un renglón sin derramar lágrimas!

--Condesa--dijo el coronel--, si alguna vez viene Dumas a España, me obligo a traerle a vuestros pies para que os dé gracias por el modo que tenéis de juzgar sus obras.

--¿No tendríais gusto en conocerle?

--En general no deja de tener inconvenientes el conocer a escritores de gran mérito.

--¿Y por qué, condesa?

--Porque lo común es que desprestigia al autor. Un amigo mío, persona de mucho talento, decía que los grandes hombres son al revés de las estatuas, porque estas parecen mayores, y aquellos más pequeños, a medida que uno se les acerca.

En cuanto a mí, si alguna vez me meto a autora (lo cual podrá suceder, por aquello de que de poeta y loco todos tenemos un poco), a lo menos tendré la ventaja de que me oirán sin verme, gracias a mi pequeñez, a la escasa brillantez de mi pluma y a la distancia.

--¿Creéis, pues, que el autor ha de ser uno de los héroes de sus ficciones?

--No; pero temería verle desmentir las ideas y los sentimientos que expresa, y entonces se disiparía el encanto, porque al leer lo que me habría arrebatado, no podría apartar de mí la idea de que el hombre lo había escrito con la cabeza y no con el corazón.

--¡Cómo escriben esos franceses!--decía entre tanto Eloísa, resumiendo el mencionado certamen literario.

--¿Qué es lo que no hacen bien esos hijos de la libertad?--repuso Polo.

--Pero señorita--dijo el general--, ¿por qué no leéis libros españoles?

--Porque todo lo español lleva el sello de una estupidez chabacana--respondió Eloísa--. Estamos en todos los ramos y conceptos en un atraso deplorable.

--¿Qué queréis que escriba un escritor culto en este detestable país--añadió Polo algo picado--, si no estamos a la altura de nada y sólo podemos imitar? ¿Cómo hemos de pintar nuestro país y nuestras costumbres, si nada de elegante, de característico ni de bueno hallamos en él?

--A no ser--dijo Eloísa, con remilgada sonrisa--que celebréis con los alemanes el azahar y las naranjas; con los franceses, el bolero, y con los ingleses, el vino de Jerez.

--¡Ah! Eloisita--exclamó entusiasmado Polo--, ese chiste es tan _espiritual_, que si no es francés, merece serlo.

En lo que decía, plagiaba Polo, según su costumbre, un conocido dicho francés.

Afortunadamente acababan de _dar un codillo_ al general, lo que hizo que no oyese este precioso diálogo.

En este momento entró Rafael con el príncipe: le presentó a la condesa, la cual le recibió con su acostumbrada amabilidad, pero sin levantarse, según el uso español.

El príncipe era alto, delgado; representaba cuarenta y cinco años, y, aunque príncipe, no de muy distinguida persona ni maneras. Con esto se hallaba ya reunida toda la tertulia y todos aguardaban con impaciencia a la cantatriz anunciada, no sin grandes dudas acerca de su mérito.

El mayor Fly se contoneaba en su silla, cerca de las jóvenes, distribuyéndolas miradas tan homicidas como los botonazos de su florete. Sir John tenía fijo su lente en Rita, la cual no lo notaba. El barón, sentado cerca de un oidor viejo, le preguntaba si los moros blanqueaban sus casas con cal.

--Carezco de datos para responderos--contestó el magistrado--. Es punto que no ha merecido llamar la atención de Zúñiga, Ponz, don Antonio Morales ni Rodrigo Caro.

«¡Qué ignorante!», pensaba el barón.

«¡Qué pregunta tan tonta!», pensaba el oidor.

--Tenéis una prima lindísima--dijo el príncipe a Rafael.

--Sí--respondió este--, es una Ondina de agua de rosa, a quien si el amor no dio un alma, en cambio se la dio un ángel[27].

[Nota 27: Alusión a la novelita fantástica del autor alemán _La Motte Fouquét_, nombrada _Ondine_. Está traducida al francés.]

--¿Y ese general que está jugando y que tiene un aspecto tan distinguido?

--Es el Néstor retirado del Ejército. No tenéis en Pompeya una antigüedad mejor conservada.

--¿Y la señora con quien juega?

--Su hermana, la marquesa de Guadalcanal, una especie de Escorial; es un sólido compuesto de sentimientos monárquicos y monacales, con un corazón, panteón de reyes sin trono.

En esto se oyó un gran ruido. Era el mayor, que al levantarse para ir a reunirse con Rafael, había echado a rodar una maceta.

--El mayor--dijo Rafael--anuncia su llegada. Sin duda viene a suspirar como un órgano, por el poco caso que de él hacen las damas.

--Serán delicadas de gusto--repuso el príncipe--, pues el mayor tiene una hermosa figura.

--No digo que no--dijo Rafael--; es el más bello Sansón del mundo; pero, en primer lugar, tiene una Dalila que va a ser muy en breve legítima (gracias a los millones que ha ganado su padre con el té y con el opio). Ella le aguarda entre las nieblas de su isla, mientras que él se recrea bajo el hermoso cielo andaluz. Además, príncipe, los extranjeros que vienen a España, tienen la preocupación de contar entre los goces que se proponen disfrutar, esto es, el buen clima, los toros, las naranjas y el bolero, _las conquistas amorosas_; y muchas veces se llevan chasco. ¡Cuántas quejas he oído yo de los que entraron como Césares y salieron como Daríos!

Entre tanto, el barón se había acercado a las mesas y veía jugar.

--La señora--dijo, hablando con la marquesa--es la madre...

--De mi hija, sí, señor--respondió la marquesa.

Rita lanzó una de sus carcajadas repentinas.

--Barón--dijo la condesa, cuyo sofá estaba cerca de la mesa del juego--, ¿sois aficionado a la música?

--Sí, señora--respondió el barón--. La admiro y la venero; es decir, la música profunda, sabia, seria; la música filosófica, como la han entendido Haydn, Mozart y Beethoven.

--¿Qué está diciendo?--preguntó el general a Rafael, que se había acercado para saludar a Rita--¡Música seria y sabia! ¡La filosofía del taralá! ¿Cómo pueden decirse tamaños desatinos delante de gentes sensatas? Yo creía que los franceses no gustaban más que de romances y de contradanzas.

--¿Qué queréis, tío?--respondió Arias--. Los silfos de los jardines de Lutecia se han convertido en gnomos teutónicos de la Selva Negra.

--No por eso son más amables--añadió la marquesa.

Rafael, huyendo del mayor, se intercaló en los grupos que formaban los tertulianos. Llegó al de las jóvenes, algunas de las cuales eran sus parientas. Entre ellas tenía gran partido, pero viendo que no les hacía caso por atender a sus recomendados, se habían conjurado contra él y querían vengarse. Apenas se les acercó, cuando todas quedaron de repente graves y silenciosas.

--¿Si me habré convertido yo, sin saberlo, en cabeza de Medusa?--dijo Arias.

--¡Ah!, ¿eres tú?--dijo una de las conspiradoras.

--Me parece que sí, Clarita--respondió Rafael.

--Es que hace tanto tiempo que no te veo, que ya te desconocía. Me parece que estás avejentado. ¿Cómo has podido separarte de tus extranjeros?

--¡Míos!--repuso Arias--, renuncio la propiedad, Y en cuanto a haber envejecido, cuando yo nací, Clarita, era ya el siglo mayor de edad; por consiguiente, ajusta la cuenta.

--Serán los afanes y fatigas que te dan tus recomendados los que te han puesto viejo.

--Hay quien dice--añadió otra muchacha--que los extranjeros están haciendo una suscripción para levantarte una estatua.

--Y que la reina te va a crear MARQUÉS DE ITÁLICA[28]--dijo otra.

[Nota 28: Santi-Ponce, la Itálica romana, donde se ven muchas antigüedades, que visitan los extranjeros que van á Sevilla.]

--Y que están gastadas las losas del Alcázar con tus botas.

--Y que el San Félix de Murillo te conoce de vista, y te da la bendición cuando te ve llegar con un nuevo admirador.

--Señoritas--exclamó Rafael--, ¿es esta una declaración de guerra, una conspiración? ¿En qué quedamos?

Entonces siguieron todas interpelándole como un fuego graneado.

--¡Jesús, Arias, oléis a carbón de piedra! Rafael, mira que cuando hablas, tienes dejo. Arias, se os ha pegado el _desgavilo_. Arias, te vas volviendo rubio. Rafael, cántale al barón:

Cuando el rey de Francia toca el violín, dicen los franceses Uí, uí, Uí, Uí, uí.

--Arias--dijo Polo--, parecéis un oso en medio de un enjambre de abejas.

--La comparación--respondió Arias--no es muy poética, para ser de un discípulo de las nueve solteronas. Apolo recusará ser tocayo vuestro. Pero quedaos como la rosa entre estas abejas, prodigándoles los raudales de vuestra miel hiblea, mientras yo voy por un paraguas que me preserve del aguacero.

En este momento, los tertulianos, que estaban reunidos junto a la puerta del patio, hicieron calle para dejar entrar a María, a quien el duque conducía por la mano; Stein los seguía.

Capítulo XXI

María, dirigida en su tocador por los consejos de su patrona, se presentó malísimamente pergeñada. Un vestido de _foulard_ demasiado corto, y matizado de los más extravagantes colores; un peinado sin gracia, adornado con cintas encarnadas muy tiesas; una mantilla de tul blanco y azulado guarnecida de encaje catalán, que la hacía parecer más morena: tal era el adorno de su persona, que necesariamente debía causar, y causó, mal efecto.

La condesa dio algunos pasos para salir a su encuentro. Al pasar junto a Rafael, este le dijo al oído, aplicando las palabras de la fábula del cuervo de De la Fontaine:

--Si el gorjeo es como la pluma, es el fénix de estas selvas.

--¡Cuánto tenemos que agradeceros--dijo la condesa a María--vuestra bondad en venir a satisfacer el deseo que teníamos de oíros! ¡El duque os ha celebrado tanto!

María, sin responder una palabra, se dejó conducir por la condesa a un sillón colocado entre el piano y el sofá.

Rita, para estar más cerca de ella, había dejado su puesto ordinario y colocádose junto a Eloísa.

--¡Jesús!--dijo al ver a María--, si es más negra que una morcilla extremeña.

--No parece--añadió Eloísa--sino que la ha vestido el mismísimo enemigo. Parece un Judas de Sábado Santo. ¿Qué os parece, Rafael?

--Aquella arruga que tiene en el entrecejo--respondió Arias--le da todo el aspecto de un unicornio.

Entre tanto, María no descubrió el menor síntoma de cortedad ni de encogimiento en presencia de una reunión tan numerosa y tan lucida; ni se desmintieron un solo instante su inalterable calma y aplomo. Con la ojeada investigadora y penetrante, con la comprensión viva y con el tino exacto de las españolas, diez minutos le bastaron para observar y juzgarlo todo.

«Ya estoy--decía en sus adentros y dándose cuenta de sus observaciones--. La condesa es buena y desea que me luzca. Las jóvenes elegantes se burlan de mí y de mi compostura, que debe ser espantosa. Para los extranjeros, que me están echando el lente con desdén, soy una Doña Simplicia de aldea; para los viejos, soy cero. Los otros se quedan neutrales, tanto por consideración al duque que es mi patrón, y lo entiende, como para lanzarse después a la alabanza o la censura, según la opinión se pronuncie en pro o en contra.»

Durante todo este tiempo, la buena y amable condesa, hacía cuantos esfuerzos le eran posibles para ligar conversación con María; pero el laconismo de sus respuestas frustraba sus buenas intenciones.

--¿Os gusta mucho Sevilla?--le preguntó la condesa.

--Bastante--respondió María.

--¿Y qué os parece la catedral?

--Demasiado grande.

--¿Y nuestros hermosos paseos?

--Demasiado chicos.

--Entonces, ¿qué es lo que más os ha gustado?

--Los toros.

Aquí se paró la conversación.

Al cabo de diez minutos de silencio, la condesa le dijo:

--¿Me permitís que ruegue a vuestro marido que se ponga al piano?

--Cuando gustéis--respondió María.

Stein se sentó al piano. María se puso en pie a su lado, habiéndola llevado por la mano el duque.

--¿Tiemblas, María?--le preguntó Stein.

--¿Y por qué he de temblar yo?--contestó María.

Todos callaron.

Observábanse diversas impresiones en las fisonomías de los concurrentes. En la mayor parte, la curiosidad y la sorpresa; en la condesa, un interés bondadoso; en las mesas de juego, o, como decía Rafael, en la cámara alta, la más completa indiferencia.

El príncipe se sonreía con desdén.

El mayor abría los ojos, como si pudiera oír por ellos.

El barón cerraba los suyos.

El coronel bostezaba.

Sir John se aprovechó de aquel intervalo para quitarse el lente y frotarlo con el pañuelo.

Rafael se escapó al jardín para echar un cigarro.

Stein tocó sin floreos ni afectación el ritornelo de _Casta Diva_. Pero apenas se alzó la voz de María, pura, tranquila, suave y poderosa, cuando pareció que la vara de un conjurador había tocado a todos los concurrentes. En todos los rostros se pintó y se fijó una expresión de admiración y de sorpresa.

El príncipe lanzó involuntariamente una exclamación.

Cuando acabó de cantar, una borrasca de aplausos estalló unánimemente en toda la tertulia. La condesa dio el ejemplo, palmoteando con sus delicadas manos.

--¡Válgame Dios!--exclamó el general, tapándose los oídos--. No parece sino que estamos en la plaza de toros.

--Déjalos, León--dijo la marquesa--; déjalos que se diviertan. Peor fuera que estuvieran murmurando del prójimo.

Stein hacía cortesías hacia todos lados. María volvió a su asiento, tan fría, tan impasible como de él se había levantado.

Cantó después unas variaciones verdaderamente diabólicas, en que la melodía quedaba oscurecida en medio de una intrincada y difícil complicación de floreos, trinos y _volatas_. Las desempeñó con admirable facilidad, sin esfuerzo, sin violencia, y causando cada vez más admiración.

--Condesa--dijo el duque--, el príncipe desea oír algunas canciones españolas, que le han celebrado mucho. María sobresale en este género. ¿Queréis proporcionarle una guitarra?

--Con mucho gusto--respondió la condesa.

Al punto fue satisfecho su deseo.

Rafael se había colocado junto a Rita, habiendo instalado al mayor al lado de Eloísa. Esta procuraba persuadir al inglés de que las españolas se iban poniendo al nivel de las extranjeras, en cuanto a tierna afectación y artificio, porque ya se sabe que los que imitan servilmente, lo que copian siempre mejor son los defectos.

--¡Qué ojos tiene!--decía Rafael a su prima--. ¡Qué bien guarnecidos de grandes y negras pestañas! Tienen el color y el atractivo del imán.

--Tú sí que eres un imán para los extranjeros--respondió Rita--. ¿Por qué has colocado al mayor cerca de Eloísa? Escucha las simplezas que le está diciendo. Te advierto, primo, que vas adquiriendo la facha y el garbo de un _Diccionario_.

--¡Dale y más dale!--exclamó Rafael, descargando un golpe a puño cerrado en el brazo del sillón--. No se trata de eso, Rita; se trata del amor que te tengo y que durará eternamente. Ningún hombre ama en toda su vida más que a una mujer, en _efectivo_. Las otras se aman en _papel_.

--Ya lo sé--dijo Rita--. Bastantes veces me lo ha repetido Luis. Pero ¿sabes lo que digo? Que te vas volviendo un cansadísimo reloj de repetición.

--¿Qué significa esto?--gritó Eloísa, viendo que traían la guitarra.

--Parece que vamos a tener canciones españolas--dijo Rita--, y me alegro infinito. Esas sí que animan y divierten.

--¡Canciones españolas!--clamó Eloísa, indignada--. ¡Qué horror! Eso es bueno para el pueblo; no para una sociedad de buen tono. ¿En qué está pensando Gracia? Ved por qué los extranjeros dicen con tanta razón que estamos atrasados: porque no queremos amoldar nuestros modales y nuestras aficiones a las suyas; porque nos hemos empestillado en comer a las tres y no queremos persuadirnos, que todo lo español es ganso _a nativitate_.

--Pero--dijo el mayor en mal español--, creo que hacen muy bien, _indeed_, en ser lo que son.

--Si es esto un cumplimiento--respondió enfáticamente Eloísa--, es tan exagerado que más bien parece burla.

--Ese señor italiano--dijo Rita--es el que ha pedido canciones españolas. Es aficionado y lo entiende; conque es prueba de que merecen ser oídas.

--Eloísa--añadió Rafael--, las barcarolas, las tirolesas, el _ranz des vaches_, son canciones populares de otros países. ¿Por qué no han de tener nuestras boleras y otras tonadas del país el privilegio de entrar en la sociedad de la gente decente?

--Porque son más vulgares--contestó Eloísa.

Rafael se encogió de hombros; Rita soltó una de sus carcajadas; el mayor se quedó en ayunas.

Eloísa se levantó, pretextó una jaqueca y se salió acompañada de su madre, a quien iba diciendo:

--Sépase a lo menos que hay señoritas en España bastante finas y delicadas para huir de semejantes chocarrerías.

--¡Qué desgraciado será el Abelardo de esa Eloísa!--dijo Rafael al verla salir.

María, además de su hermosa voz y de su excelente método, tenía, como hija del pueblo, la ciencia infusa de los cantos andaluces, y aquella gracia que no puede comprender y de que no puede gozar un extranjero, sino después de una larga residencia en España y sólo identificándose, por decirlo así, con la índole nacional. En esta música, así como en los bailes, hay una abundancia de inspiración, un atractivo tan poderoso, tal serie de sorpresas, quejas, estallidos de gozo, desfallecimientos, muestras de despego y atracción; una cierta cosa que se entiende y no se explica; y todo esto tan determinado, tan arreglado al compás, tan arrullado, si es lícito decirlo así, por la voz en el canto y por los movimientos en el baile; la exaltación y la languidez se suceden tan rápidamente, que suspenden, embriagan y cautivan al auditorio.

Así es que, cuando María tomó la guitarra y se puso a cantar:

Si me pierdo, que me busquen al lado del Mediodía, Donde nacen las morenas, y donde la sal se cría,

la admiración se convirtió en entusiasmo. La gente joven llevaba el compás con palmadas, repitiendo _bien, bien,_ como para animar a la _cantaora_. Los naipes se cayeron de las manos de los formales jugadores; el mayor quiso imitar el ejemplo general, y se puso también a palmotear sin ton ni son. Sir John afirmó que aquello era mejor que el _God save the Queen_. Pero el gran triunfo de la música nacional fue que el entrecejo del general se desarrugó.

--¿Te acuerdas, hermano--le preguntó la marquesa sonriéndose--, cuando cantábamos el zorongo y el trípoli?

--¿Qué cosas son zorongo y trípoli?--preguntó el barón a Rafael.

--Son--respondió--los progenitores del _sereni_, de la _cachucha_, y abuelos de la _jaca_ _de terciopelo_, del _vito_ y de otras canciones del día.

Esas peculiaridades del canto y del baile nacional de que hemos hablado, podrían parecer de mal gusto y lo serían ciertamente en otros países. Para entregarse sin reserva a las impresiones que llevan consigo nuestras tonadas y nuestros bailes, es preciso un carácter como el nuestro; es preciso que la grosería y la vulgaridad sean, como lo son en este país, dos cosas desconocidas; dos cosas que no existen. Un español puede ser insolente; pero rara vez grosero, porque es contra su natural. Vive siempre a sus anchas, siguiendo su inspiración, que suele ser acertada y fina. He aquí lo que da al español, aunque su educación se haya descuidado, esa naturalidad fina, esa elegante franqueza que hace tan agradable su trato.

María salió de casa de la condesa tan pálida e impasible como en ella había entrado.

Cuando la condesa quedó sola con los suyos, dijo con aire de triunfo a Rafael:

--Y ahora, ¿qué dices, mi querido primo?

--Digo--contestó Rafael--que el gorjeo es mejor que la pluma.

--¡Qué ojos!--exclamó la condesa.

--Parecen--dijo Rafael--dos brillantes negros en un estuche de cuero de Rusia.

--Es grave--dijo la condesa--; pero no engreída.

--Y tímida--siguió Rafael--, como una manola de Lavapies.

--Pero ¡qué voz!--añadió la condesa--. ¡Qué divina voz!

--Será preciso--dijo Rafael--grabar en su tumba el epitafio que los portugueses hicieron para su célebre cantor Madureira.

Aqui yaz ó senhor de Madureira, o melhor cantor do mundo: que morreu porque Deus quiseira, que si non quiseira naon morreira; e por que lo necesitó nasua capella, díjole Deus: canta. ¡Cantou cosa bella! Dijo Deus á os anjos: id vos á pradeira, Que melhor canta ó senhor de Madureira.

--Rafael--dijo la condesa--, mofador eterno, ¿quién se escapa de tus tijeras? Voy a mandar hacer tu retrato en figura de pájaro burlón, como se ha hecho el de Paul de Kock en forma de gallo.

--De esa suerte--repuso Rafael al irse--haré una Arpía masculina, lo cual tendrá la ventaja de que se pueda propagar la casta.

Capítulo XXII

Había pasado el verano y era llegado septiembre; los días conservaban aún el calor del verano, pero las noches eran ya largas y frescas. Serían las nueve y aún no había en la tertulia de la condesa sino las personas más allegadas y de mayor confianza, cuando entró Eloísa.

--Toma asiento en el sofá, a mi lado--le dijo la dueña de la casa.

--Te lo agradezco, Gracia; pero vuestros sofás de aquí, son muebles rellenos de estopas o crin: son de lo más duro e _inconfortable_ que darse puede.

--Así son más frescos, hija mía--dijo Rita, a cuyo lado se había sentado Eloísa en una estudiada postura.

--¿Sabéis lo que se dice?--dijo a esta última el poeta Polo, jugando con su guante amarillo y extendiendo la pierna para lucir un lindo calzado de charol--. Se dice que nombran a Arias mayor de la plaza; pero lo creo un solemne _puff_.

--Cosas de lugarón, de poblachón, de villorro como es este--repuso remilgadamente Eloísa--. Rafael merece mejor. Es un hombre muy _espiritual_, un joven muy _Fashionable_ y un bravo militar.

--¿Qué estáis diciendo, señorita?--preguntó el general, que absorto escuchaba la conversación de los dos jóvenes de buen tono.

--Digo, señor, que vuestro sobrino es un bravo oficial.

--¿Y qué queréis decir con eso?

--Señor, lo que dice su hoja de servicio y repiten todos los que lo conocen; que se ha distinguido en la guerra como un hombre de honor.

--Pues... si lo habéis querido decir, ¿por qué no lo habéis dicho?, según la célebre expresión de don Juan Nicasio Gallego, el cual, así como el duque de Rivas, Quintana, Bretón, Martínez de la Rosa, Hartzenbusch y otros muchos, han cometido la pifia de ser hombres eminentes y poetas de primer rango sin dejar de ser españoles en la forma ni en la esencia. ¿Habéis por ventura querido decir valiente?

--Pues es claro, general, ¿acaso no lo he dicho?

--No, señorita--dijo impaciente el general--, lo que habéis dicho es _bravo_, epíteto que sólo he oído aplicar a los toros montaraces y a los indios salvajes para ponderar su brutal fiereza. No usáis a fe mía, tal palabra, por falta de voces adecuadas al caso, pues además de _valiente_, tenéis puestas en uso otras muchas, como son: bizarro, valeroso, denodado.

--Jesús, señor, esas son voces anticuadas, muy vulgares y muy gansas; es preciso admitir las que introduce la elegancia y el buen tono, pésele al _Diccionario_ y a sus ramplones compiladores y secuaces.