Chapter 15
--Es lindísima--prosiguió Rafael--, pero decir que es la única, me parece un disparatón de tomo y lomo. El mayor está furioso, y va a ponerle pleito como calumniador, con plenos poderes de la Giralda, que se tiene y se califica por la mejor moza de toda Sevilla.
--Eso es ser más realista que el rey--dijo Rita, con un gracioso desdén--; y bien puedes asegurar al mayor, en nombre de todas las sevillanas, que tanto nos da que ese lord nos encuentre feas como bonitas. Pero sigue con tu historia, Rafael; te quedaste en los preliminares del casamiento del tío.
--Antes que Rafael tome la ampolleta--interrumpió la marquesa--diré a usted, don Federico, que la nobleza de nuestra familia estaba ya reconocida en el año 737, porque uno de nuestros abuelos fue el que mató al oso que quitó la vida al rey godo don Favila, y por eso tenemos un oso en nuestro escudo de armas.
Rafael se echó a reír con tan estrepitosa carcajada que cortó el hilo a la narración de su tía.
--Vaya--dijo--, aquí tenemos la segunda parte de _Prima y Señora mía_. La marquesa tiene una colección de datos genealógicos, tan verídicos unos como otros. Sabe de memoria la de los duques de Alba, que vale un Perú.
--Si quisierais tener la bondad, señora marquesa, de referírmela--dijo Stein--, os lo agradecería infinito.
--Con mucho gusto--respondió la marquesa--; y espero que daréis más crédito a mis palabras que ese niño, tan preciado de saber más que los que nacieron antes que él. Sabéis que nada ennoblece tanto al hombre como los rasgos de valor.
--Por esa cuenta--dijo Rita--, José María podía ser noble y algo más, grande de España de primera clase.
--¡Qué amigos de contradecir son mis sobrinos!--exclamó la marquesa con alguna impaciencia. Pues bien: sí, señorita. José María podía ser noble si no fuera ladrón.
--Ya que se trata de José María--dijo Rafael--, voy a contar a don Federico un rasgo de valor de aquel personaje. Lo sé de buena tinta.
--No queremos saber las hazañas de los héroes del trabuco--dijo la marquesa--. Rafael, tú hablas sin punto ni coma...
--Escuchad mi aventura de José María--continuó Rafael--. Un ladrón héroe, caballeroso, elegante, galán y distinguido, es fruta que no nace sino en nuestro suelo. Vosotros los extranjeros podréis tener muchos duques de Alba, pero seguramente no tendréis un José María.
--¿Qué dices tú?--dijo la marquesa--, ¿que los extranjeros podrán tener muchos duques de Alba? ¡Pues ya!, ¡fácil era! Escuchad, don Federico: cuando el santo rey don Fernando estaba delante de los muros de Sevilla, viendo que el sitio se prolongaba, propuso al rey moro...
--Que se llamaba Axataf por más señas--interrumpió Rafael.
--Poco importa el nombre--continuó la marquesa--; propúsole, pues, como iba diciendo, que se decidiese la suerte de la ciudad sitiada en combate singular, cuerpo a cuerpo, entre los dos monarcas. El moro tuvo vergüenza de rehusar el reto. El rey Fernando ocultó a todo el mundo su designio, y cuando llegó la hora convenida, salió solo y de noche de sus reales, encaminándose al puesto señalado. Un soldado de su guardia que le vio salir, tuvo algunas sospechas de su intento y temeroso de que el rey cayese en alguna asechanza, se armó y le siguió de lejos. Llegado que hubo el monarca al sitio que todavía se llama la _Fuente del Rey_, y que era entonces un lugar muy agreste, se detuvo aguardando a que se presentase el moro.
Pero por más que aguardaba, el otro en lo menos que pensaba era en acudir a la cita. Así pasó la noche, y al clarear el alba, convencido de que su contrario no vendría, iba a retirarse cuando oyó ruido en la enramada y mandó que saliese al frente, quienquiera que fuese.
Era el soldado y obedeció.
«¿Qué haces ahí?», preguntó el rey.
«Señor--respondió el soldado--, he visto a vuestra majestad salir solo del campo, e inferí su intento; he temido algún lazo y he venido a defender a su persona.»
«¿Solo?», preguntó el rey.
«Señor--continuó el soldado--, ¿vuestra majestad y yo, acaso no bastamos para doscientos moros?»
«Saliste de mis reales soldado--dijo el rey--y entras en ellos duque de Alba.»
--Ya veis, don Federico--dijo Rafael--, que esa leyenda popular arregla desafíos a medianoche y crea duques a pedir de boca.
--Calla por Dios, Rafael--dijo la condesa--, y déjanos esta creencia, pues me gusta esa etimología.
--Sí--respondió Rafael--; pero el duque de Alba no le agradecerá a tu madre la _ilustración_ que quiere darle. Ahora veréis lo que hay en el asunto.
Diciendo estas palabras y echando a correr Rafael, volvió muy pronto con un libro en folio y en pergamino, que sacó de la librería del conde.
--He aquí--dijo--la creación, privilegios y antigüedad de los títulos de Castilla, por don José Berni y Catalá, abogado de los Reales Consejos. Página 140. «Conde de Alba, hoy día duque. El primer fue don Fernando Álvarez de Toledo, creado conde de Alba por Juan II, 1439. Don Enrique IV lo hizo duque en 1469. Esta ilustre y excelsa familia es de sangre real y ha tenido los primeros empleos de España en guerra y en política. El duque mandó todo el ejército en la conquista de Flandes y en la de Portugal, donde hizo maravillas. Esta ilustrísima familia tiene tanto lustre y tantos méritos, que para enumerarlos sería necesario escribir volúmenes.» Ya veis, tía, que la historia que nos habéis contado, aunque muy propagada, es apócrifa.
--No sé lo que quiere decir--continuó la marquesa--, esa palabra griega o francesa; pero volviendo a los Santas Marías, este nombre les fue dado con motivo de...
--Tía, tía--exclamó Rita--, hacednos el favor de dispensarnos de oír nuestra historia genealógica. ¿No tenemos bastante con la de los Cabezas de Vaca y los Albas? Cuando penséis contraer segundas nupcias, entonces podréis lucir estas galas genealógicas a los ojos del favorecido.
--El apellido de los duques de Alba--dijo Stein--es Álvarez, y así se llama también mi patrón, que es un buen hombre, lleno de honradez y tendero retirado. Me causa mucha extrañeza ver que en este país los nombres más ilustres son comunes a las clases más elevadas y a las más ínfimas. ¿Será cierto lo que se dice en mi país, que todos los españoles se creen de noble sangre?
--Esa es una confusión de ideas--contestó Rafael--, como todas las que generalmente tienen los extranjeros sobre las cosas de España; y así no hay ninguno que no crea a puño cerrado que cada gañán arando, lleva colgada a su lado la espada distintiva de caballero. Hay muchos apellidos generales y como _mancomunes_ en España, no hay duda; pero esto nace en gran parte de que, en tiempos pasados, los señores que tenían esclavos les daban sus apellidos al emanciparlos. Estos nombres, usados por los moros ya libres, debieron multiplicarse, en particular los de los magnates, a medida que más esclavos tenían. Algunas de esas nuevas familias se ilustraron y fueron ennoblecidas, porque muchas descendían de moros nobles. Pero los grandes de España, que tienen aquellos mismos nombres, llevan tan a mal ser confundidos con estas familias, como con las de los artesanos que se hallan en el mismo caso. También hay que observar que muchos han tomado los nombres de las localidades de donde provienen, y así tenemos centenares de Medinas, Castillas, Navarros, Toledos, Burgos, Aragonés, etc. En cuanto a esas aspiraciones a sangre noble que están tan propagadas entre los españoles, es observación que no carece de fundamento, porque es cierto que este pueblo tiene orgullo y propensiones delicadas y distinguidas; pero no deben confundirse estos rasgos de carácter nacional con las ridículas afectaciones nobiliarias que hemos visto en tiempos modernos. El pueblo español no aspira a engalanarse con colgajos ni a salir de la esfera en que le ha colocado la providencia; pero da tanta importancia a la pureza de su sangre, como a su honra; sobre todo en las provincias del Norte, cuyos habitantes se jactan de no tener mezcla de sangre morisca. Esta pureza se pierde por un nacimiento ilegítimo; por la menor y más dudosa alianza con sangre mulata o judía, así como por los oficios de verdugo y pregonero, o por castigos infamantes.
--¡Válgame Dios--dijo Rita--, qué fastidiosos están ustedes con su nobleza! ¿Quieres, Rafael, hacernos el favor de continuar la historia del tío?
--¡Dale!--exclamó la marquesa.
--Tía--respondió Rafael--, no hay cuento desgraciado, como el que lo cuente sea porfiado. Conque, don Federico, Santa María y Cabeza de Vaca se unieron como dos palomos. Muchas veces he oído decir que mi tía, que está aquí presente, lloró de placer y de ternura al ver tan bien concertada unión. Mi tío tranquilizó los recelos que hubiese podido inspirarle el nombre de su cara mitad sólo con verla.
--¡Rafael, Rafael!--exclamó la marquesa.
--Pero quien quedó asombrado--prosiguió Rafael fue todo el mundo, y más que nadie, mi tío, cuando al cabo de nueve meses la Cabeza de Vaca dio a luz un pequeño Santa María, tamaño como un abanico, y que parecía engendrado por una X y una Z, La Cabeza de Vaca se puso más oronda que la de Júpiter cuando produjo a Minerva. Hubo, con este motivo, un gran debate matrimonial. La señora quería que el dulce fruto de su amor se llamase Pancracio, nombre que, desde la batalla de las Navas de Tolosa, había sido el de los primogénitos de la familia. Mi tío se empestilló en que el futuro representante de los venerables Santa María no llevase otro nombre que el de su padre, nombre sonoro y militar. Mi tía los puso de acuerdo, proponiendo que se bautizase la criatura con los nombres de León Pancracio, de lo que ha resultado que su padre lo ha llamado siempre León y su madre siempre Pancracio.
De repente interrumpió esta narración el general, entrando en la sala, pálido como un muerto, con los labios apretados y lanzando rayos por los ojos.
--¡Santo Dios!--dijo Rafael a Rita en voz baja--, quisiera estar ahora siete estados debajo de tierra, con las estatuas romanas que sirvieron a los moros para hacer los cimientos de la Giralda.
--Estoy furioso--dijo el general.
--¿Qué tenéis, tío?--le preguntó la condesa, colorada como un tomate.
Rita bajaba la cabeza sobre su bordado, mordiéndose los labios para sofocar la risa.
La marquesa tenía la cara más larga que la de Don Quijote.
--Esto es peor que burlarse de la gente--continuó el general con voz temblona--: ¡es un insulto!
--Tío--dijo la condesa suavizando la voz lo más posible--, cuando no hay mala intención, cuando no hay más que ligereza, atolondramiento, gana de reír...
--¡Gana de reír!--interrumpió el general--: ¡reírse de mí!, ¡reírse de mi mujer! Por vida mía, que se le ha de pasar la gana. Ahora mismo voy a presentar mi queja a la policía.
--¡A la policía! ¿Estás en tu juicio, hermano?--exclamó la marquesa.
--Si salgo con bien de esta--dijo Rafael a Rita--, hago voto a San Juan el Silenciario de imitarle durante un año y un día.
--Mi querido León--prosiguió la marquesa--, por Dios te ruego que no des tanta importancia a una niñería. Cálmate. Yo sé que te ama y te respeta. ¿Quieres dar un escándalo? Las quejas de familia no deben salir al público. Vamos, León, hermano, quédese eso entre nosotros.
--¿Qué estás hablando de quejas de familia?--replicó el general volviéndose hacia su hermana--. ¿Qué tiene que ver la familia con las insolencias inauditas de ese desaforado inglés, que viene a insultar a la gente del país?
Al oír estas palabras, la hermana y los sobrinos del general respiraron con holgura, como si se les hubiera quitado una piedra de sobre el corazón. Su temor de que nuestro cronista hubiese sido oído por el inflexible veterano, carecía de fundamento, y Rafael preguntó con los tonos más sonoros de su voz:
--¿Pues qué ha hecho ese gran anfibio?
--¿Lo que ha hecho?--contestó el general--. Voy a decírtelo. Sabéis que, por desgracia mía, ese hombre vive enfrente de mi casa. Pues bien: a la una de la noche, cuando todo el mundo está en lo mejor de su sueño, el míster abre la ventana y se pone... ¡a tocar la trompa!
--Ya sé que es furiosamente aficionado a ese instrumento--dijo Rafael.
--Además de eso--continuó el general--, lo hace malísimamente y el soplo de su vasto pecho saca del instrumento sonidos capaces de despertar a los muertos de veinte leguas a la redonda; de modo que se ponen a aullar todos los perros de la vecindad. Con esto tendréis una idea de las noches que nos hace pasar.
Todos los esfuerzos que habían hecho hasta allí los oyentes para contener la risa, fueron infructuosos. La carcajada fue tan simultánea y tan estrepitosa, que el general calló de repente y les echó una mirada indignada.
--¡No faltaba más, sobrinos!, no faltaba más sino que os parezca asunto de risa tan descarada insolencia, tal desprecio de las gentes. ¡Reíos, reíos!, ya veremos si se reirá también tu recomendado.
Dijo, y se salió de la pieza tan denodadamente como en ella había entrado, con dirección a la policía.
Rita se desternillaba de risa.
--¡Válgame Dios, Rita!--dijo la marquesa, que no estaba para fiestas--. Más propio sería que te indignases de tamaña falta de seso, que no reírse de ella.
--Tía--contestó la joven--, bien sé lo que el caso merece; pero aunque estuviese en el ataúd, me había de reír. Os prometo que, para vengar a mi tío, cuando el mayor moscón venga a chapurrearme piropos, no me contentaré con volverle la espalda, sino que he de decirle: guardad vuestro resuello para tocar la trompa.
--Mejor harías--dijo Rafael--en imitar a las señoritas extranjeras, que se ponen coloradas para dar los buenos días y pálidas para dar las buenas noches.
--Eso sería mejor--contestó Rita--; pero yo prefiero hacer lo peor.
--A todo esto--dijo Stein con su perseverancia alemana--, me habíais prometido, señor de Arias, contarme un rasgo de valor de José María.
--Será para otro día--respondió Rafael--. He aquí a mi general en jefe--añadió sacando el reloj--: son las tres menos cuarto y a las tres estoy convidado a comer en casa del capitán general. Doctor, si yo fuera vos, iría a suministrar los socorros del arte a mi tía Cabeza de Vaca en el estado crítico en que la ha puesto la trompa del mayor.
Capítulo XX
Completamente restablecido ya el niño de la condesa, había llegado la noche que esta señora había fijado para recibir a María. Algunos tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entró precipitadamente.
--Prima--dijo--, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a derechura a echarme de cabeza... en mi cama, bajo pretexto de una jaqueca monstruo.
--¡Jesús!--replicó la condesa--. ¿De qué modo puedo yo evitar tamaña desgracia?
--Vas a saberlo--continuó Rafael--. Ayer he tenido carta de uno de mis camaradas de embajada: el vizconde de Saint Léger.
--Quítale el Saint y el vizconde, y deja Léger pelado--repuso el general.
--Bien--dijo Rafael--; mi amigo, que según el tío no es ni vizconde ni santo, me recomienda a un príncipe italiano.
--¡Un príncipe!, ¡pues ya!--dijo con sorna el general--. ¿Por qué no han de llamarse las cosas por sus nombres? Lo que será es un carbonario, un propagandista, una verdadera plaga. ¿Y de dónde es ese príncipe?
--No lo sé--repuso Rafael--; lo que sé es que la carta dice lo siguiente: «Os agradeceré que hagáis conocer a mi recomendado las mujeres más bellas y amables, las reuniones más escogidas y las antigüedades más notables de la hermosa Sevilla, ese jardín de las Hespérides.»
--Jardín del Alcázar querrá decir--observó la marquesa.
--Es probable--prosiguió Rafael--. Cuando me vi encargado de esta tarea, sin saber a qué santo encomendarme, se me ocurrió la luminosa idea de acudir a mi prima y pedirle licencia para traer al príncipe a su tertulia, porque de este modo podrá conocer las mujeres más bellas y amables, la sociedad más escogida y--añadió en voz baja y señalando con el dedo la mesa del tresillo--las antigüedades más notables de Sevilla.
--Mira que mi madre está ahí--murmuró la condesa echándose a reír a pesar suyo--; eres un insolente.--Y añadió en voz alta--: Tendré mucho gusto en recibirle.
--¡Bien, muy bien!--exclamó el general, barajando violentamente los naipes--¡Mimarlos, abrirles las puertas de par en par, ponerles andadores!; se divertirán a vuestra costa y después se burlarán de vosotros.
--Creed, tío--contestó Rafael--, que tomamos la revancha. Es cierto que se prestan a ello admirablemente. Algunos vienen con el único designio de buscar aventuras, muy persuadidos de que España es la tierra clásica de estos lances. El año pasado tuve uno a cuestas, con esta monomanía. Era un irlandés, pariente de lord W.
--Sí, ¡como yo del Gran Turco!--dijo el general aplicando su muletilla.
--El espíritu del héroe de la Mancha--continuó Rafael--se había apoderado de mi irlandés, a quien llamaré _Verde Erín_[24] por habérseme olvidado su verdadero nombre. Una tarde nos paseábamos en la plaza del Duque. El cielo se oscureció y estalló de repente una tormenta; yo traté de buscar abrigo, pero él siguió paseando porque tenía gana de experimentar una tormenta española. A las justas observaciones que le hice, de que iba a calarse hasta los huesos, contestó que todo lo que tenía encima era _water-proof_[25] el sombrero, el gabán, los pantalones, los guantes, las botas, todo. Le abandoné a su suerte.
[Nota 24: Nombre poético de Irlanda.]
[Nota 25: _A prueba de agua_.]
--¿Es eso creíble, Rafael?--dijo la condesa.
--Es más; es probable--dijo el general--; ningún inglés se va nunca a la cama sin haber hecho una extravagancia.
--Sigue, Rafael, sigue, hijo--suplicó la marquesa--, porque ya preveo que ese temerario va a saber por experiencia propia que no se debe tentar a Dios.
--Pues mi Erín--siguió Rafael--estaba recibiendo el agua como el arca de Noé, cuando cayó un rayo en el árbol bajo el cual se había sentado.
--Vaya, vaya--gritaron todos--, eso es cuento; ¡cosas de Rafael!
--Como soy, que es la verdad--exclamó éste colorado--; informaos, si queréis, de más de cien personas que presenciaron el lance. Aseguro que una acacia entera y verdadera se desplomó sobre mi pobre Erín. Por fortuna estaba colocado de tal manera, que evitó el choque del tronco, pero quedó preso entre las ramas, como un pájaro en la jaula. En vano gritaba, en vano prodigaba el juramento nacional y las ofertas de billetes de banco a los que viniesen a socorrerle. Tuvo que aguantarse en su prisión vegetal casi todo el chubasco. Al fin pasó la tormenta y volvió a salir la gente a la calle. Acudieron en su ayuda; pero la cosa no era tan fácil: hubo que traer sierras y hachas y cortar las ramas más gruesas. A medida que caían las paredes de su calabozo, se iba descubriendo parte por parte la triste figura del hijo de Irlanda. Todos los _water-proof_ habían _fato fiasco_. Sus brazos y sus cabellos, y las alas del sombrero, pendían tiesos y perpendiculares hacia la tierra. Parecía un navío empavesado en calma chicha. Imaginaos los chistes, las bromas que descargaría sobre el pobre Erín nuestra gente sevillana, tan chusca de suyo y tan burlona. El buen hombre tuvo que pasar no sólo por el susto y el aguacero, sino por una risa homérica, de la que en su tierra no había tenido ni aún idea. Confieso con vergüenza que habiendo vuelto con intención de reunirme a él, no tuve valor y eché a correr.
--¿Y no tuvo más consecuencias ese lance?--preguntó la marquesa--. ¿No le indujo a meditar?
--Ninguna consecuencia tuvo este accidente, ni en el orden físico ni en el moral. Los ingleses tienen siete vidas como los gatos. Lo único que resultó fue destruir su fe en los _water-proof_. Pero no fue esa la más trágica de las aventuras de mi héroe. Le había traído a España una afición decidida a ladrones: quería verlos a toda costa. El gusto de ser robado era su idea, su capricho, el objeto de su viaje; habría dado diez mil sacos de patatas por ver de cerca a José María en su hermoso traje andaluz y con su botonadura de doblones de a cuatro. Traía _ex profeso_ para él un puñal con mango de oro y un par de pistolas de Mantón.
--¡Armar a nuestros enemigos!--exclamó el general--. Ese es su prurito. ¡Siempre los mismos!
--Queriendo irse a Madrid--continuó Rafael--, y sabiendo que la diligencia tenía el mal gusto de llevar escolta, se decidió a irse en el carro del correo. Todos mis argumentos para disuadirle fueron inútiles. Partió en efecto, y más allá de Córdoba, sus ardientes deseos se realizaron. Encontró ladrones; pero no ladrones de buen tono, no ladrones _fashionables_ como José María, que parecía una ascua de oro, montado en su brioso alazán. Eran ladrones de poco más o menos: pedestres, comunes y vulgares. Ya sabéis lo que es ser _vulgar_ en Inglaterra. No hay apestado, no hay leproso que inspire a un inglés tanto horror como lo que es vulgar. ¡Vulgar! A esta palabra, Albión se cubre de su más espesa neblina; los _dandys_ caen en el _spleen_ más negro; las _ladys_ se llenan de _diablos azules_[26] las _mises_ sienten bascas, y las modistas se tocan de los nervios. No es extraño, pues, que Erín se creyese degradado, dejándose robar por ladrones vulgares; y así es que se defendió como un león. No defendía, sin embargo, su tesoro, pues me lo había confiado hasta su vuelta, y lo que de él tenía en más estima, consistía en una rama del sauce que cubría el sepulcro de Napoleón, un zapato de raso de una bolera, tamaño como una nuez, y una colección de caricaturas de lord W..., su tío.
[Nota 26: _To have the blue devils_, tener los diablos azules; expresión familiar inglesa que corresponde a _estar de mal humor_.]
--Eso pinta al hombre--dijo el general.
--Pero yo no hago más que charlar--dijo Rafael--. Adiós, prima. Me voy y me quedo.
--¿Y qué? ¿Te vas, dejando al pobre Erín en manos de los ladrones? Es preciso que acabes tu relación--dijo la condesa.
--Pues bien--continuó Rafael--, os diré en dos palabras que los ladrones exasperados le maltrataron y dejaron sin conocimiento, atado a un árbol, donde le halló una pobre vieja, quien hizo le llevasen a su choza y allí le cuidó como una madre durante una enfermedad que le resultó del lance. Yo estuve algún tiempo sin tener noticias suyas; y como se dice vulgarmente que la esperanza era verde y se la comió un borrico, ya iba creyendo que la misma desgracia había acontecido a mi verde Erín, cuando me escribió contándome lo ocurrido. Me encargaba que diese diez mil reales a la mujer que le había salvado y cuidado, sin tener la menor idea de quién podría ser, porque su traje, cuando lo descubrieron, era el mismo con que su madre lo parió. La recompensa era, como veis, decente; porque es menester ser justos; nadie puede negar que los ingleses son generosos. Pero aquí viene Polo con una elegía en los ojos. El príncipe me aguarda. Me voy corriendo, aunque me caiga.
Con esto desapareció.
--¡Jesús!--dijo la marquesa--. Rafael me marea; parece hecho de rabos de lagartijas. Se mueve tanto, gesticula tanto, charla tan sin cesar y tan deprisa, que me quedo en ayunas de la mitad de las cosas que dice.
--Poco pierdes--dijo el general.
--Pues yo--añadió la condesa--querría a Rafael, por lo mucho que me divierte, si no le quisiera ya tanto por lo mucho que vale.
--Aquí tienes, querida Gracia--dijo Eloísa entrando y abrazando a la condesa--, el _Viaje de Dumas por el sur de Francia_.
La condesa tomó los libros. Polo y Eloísa hicieron una disertación sobre las obras del escritor; disertación de cuya lectura dispensamos al lector, que nos dará gracias por ello.
--¡Pobre Dumas!--dijo la condesa al coronel.
--¡Pobre!--exclamó el coronel--. ¿Pobre llamáis al que es rico y personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden? ¿O será porque algunas veces le critican?
--¿Porque le critican?--respondió la condesa--; no por cierto; yo me tomo algunas veces la libertad de hacerlo. Todo el que se presenta al público, le da ese derecho. No digo _pobre_ al oírle criticar; lo digo al oír algunos elogios que de él hacen.
--¿Y por qué, condesa?, el elogio siempre es lisonjero.