La gaviota

Chapter 14

Chapter 143,993 wordsPublic domain

Nada existía en el mundo para esta madre, sino su hijo, a cuya cabecera había pasado quince días sin comer, sin dormir, llorando y rezando. La dentición del niño no podía avanzar, por no poder romper las encías hinchadas y doloridas. Su vida peligraba. El duque aconsejó a la afligida madre que consultase a Stein; y, verificado así, el hábil alemán salvó al niño con una incisión en las encías. Desde aquel momento, Stein llegó a ser el amigo de la casa. La condesa le estrechó en sus brazos; y el conde le recompensó como podría haberlo hecho un príncipe. La marquesa decía que era un santo; el general confesó que podía haber buenos médicos fuera de España. Rita, con toda su aspereza, se dignó consultarle sobre sus jaquecas, y Rafael declaró que el día menos pensado iba a romperse los cascos, para tener el gusto de que le curase el GRAN FEDERICO.

Una mañana, la condesa estaba sentada, pálida y desmejorada a la cabecera de su hijo dormido. Su madre ocupaba una silla muy baja, y, como antídoto contra el calor, tenía el abanico en continuo movimiento. Rita se había establecido delante de un gran bastidor y estaba bordando un magnífico frontal de altar, obra que había emprendido en compañía de la condesa.

Entró Rafael.

--Buenos días, tía: buenos días, primas. ¿Cómo va el heredero de los Algares?

--Tan bien como puede desearse--respondió la marquesa.

--Entonces, mi querida Gracia--continuó su primo--, me parece que ya es tiempo de que salgas de tu encierro. Tu ausencia es un eclipse de sol visible, que trae consternada a la ciudad. Tus tertulianos lanzan unánimes suspiros, que van a dejar sin hojas los árboles de las Delicias. El barón de Maude añade a su colección de preguntas, las que le arranca tu invisibilidad. Ese exceso de amor materno le escandaliza. Dice que en Francia se permite a las señoras hacer muy bonitos versos sobre este asunto; pero no tolerarían que una madre joven expusiese su salud, marchitando la frescura de su tez, privándose de reposo y de alimento, y olvidando su bienestar individual al lado del chiquillo.

--¡Disparate!--exclamó la marquesa--¿Cómo podrá persuadírseme de que hay un país en el mundo en que una madre se aleje ni un solo instante de su hijo cuando está malo?

--Pues el mayor es peor todavía--continuó Rafael--; al saber lo que estás haciendo, logró agrandar sus ojos habitualmente espantados y dice que no creía tan bárbaros a los españoles, que no tuviesen en sus casas una _nursery_[22].

[Nota 22: _Nursery_ es en las casas inglesas el departamento destinado a los niños y a las personas que los cuidan, que está retirado y en otro piso.]

--¿Y qué es eso?--preguntó la marquesa.

--Según él se explica--prosiguió Rafael--, es la Siberia de los niños ingleses. Sir John apuesta a que te has puesto tan ligera y delgada, que podrás pasar por hija del Céfiro con más razón que las yeguas andaluzas, que gozan de esa reputación y que en la carrera se quedarían muy atrás de su yegua inglesa _Atlante_, sin necesidad de derramar una cuartilla de cebada en el camino para distraerla. Prima, el único que se ha consolado de los males de la ausencia ha sido Polo, dando a luz un tomo de poesías, y con este motivo casi nos hemos reñido.

--Cuéntanos eso, Rafael--dijo Rita--. Hubiera querido presenciar vuestra disputa y no me habría divertido poco.

--Ya saben ustedes--dijo Rafael--que todas nuestras modernas _ilustraciones_ aspiran por todos los medios posibles al título de _notabilidades_.

--Sobrino--exclamó la marquesa--, déjate por Dios de esas palabras extranjeradas, que me degüellan.

--Perdonad, tía--siguió Rafael--; pero son necesarias para mi historia y participan de su esencia. Como estos señores, y, sobre todo, los que han bebido en manantiales franceses, han visto que en Francia la partícula _de_ es signo de nobleza, han querido también adoptarla; y como en España no significa absolutamente nada, pueden lisonjear sus oídos con la sonoridad del monosílabo inocente, así como con una cáfila de apellidos, cada uno hijo de su padre y de su madre. Esto puede deslumbrar a los extranjeros, que ignoran que en España el _de_, y la muchedumbre de apellidos, son prácticas arbitrarias y pueden usarse _ad libitum_.

--Por cierto--dijo la marquesa--, es cosa rara que uno ha de ser de sangre noble, sólo por tener dos letras delante del apellido. Las mujeres casadas añaden al suyo el de sus maridos, con su _de_ corriente, y así, tu madre firmaba Rafaela Santa María de Arias. Hay muchos apellidos nobles que no lo tienen. En Sevilla, el marqués de C... es J. P. El conde del A..., F. E. El marqués de M..., A. S. Mi hermano se llama León Santa María, y el duque de Rivas pone en el frontispicio de sus obras Ángel Saavedra. Volviendo a nuestro Polo--prosiguió Rafael--, no satisfecho con tener un nombre tan adaptado al título de una colección de poesías, se le ocurrió la idea de poner también el de su madre, o el de su abuela, según lo más o menos armonioso de las sílabas, y tuvo la satisfacción de estampar con letras góticas en el frontispicio de su obra: _Por A. Polo de Mármol_; y quedó tan contento al ver en papel vitela su nombre prosaico prolongado, ennoblecido, sonoro, distinguido y soberbio, a manera de un paladín antiguo que sale de la tumba con su armadura mohosa, que se creyó otro hombre distinto del que era antes; se admiró y se respetó, como aquel oficial portugués que viéndose en el espejo, armado de pies a cabeza, se echó a temblar, teniendo miedo de sí mismo. Su entusiasmo subió a tal punto que mandó grabar sus tarjetas con la recién descubierta fórmula, añadiendo un escudo de armas imaginarias, en que se ve un castillo...

--De naipes--dijo la marquesa, impaciente.

--Un león--continuó Rafael--, un águila, un leopardo, un zorro, un oso, un dragón; en fin, el arca de Noé de la Heráldica; y encima, una corona imperial. Por desgracia, el grabador, que no era un Estévez ni un Carmona, no pudo poner cuerdas en una lira, que formaba parte de las armas de Polo; pero es un pequeño contratiempo, de que nadie hace eso. Dábale yo la enhorabuena por su nuevo nombre, asegurándole que el nombre de Mármol venía de perlas después del de A. Polo, porque un APolo de mármol valía más que un APolo de yeso; tomándolo él a sátira, se puso tan furioso que me amenazó con escribir una sátira contra los humos de los nobles. Le pregunté si la sátira a los nobles se extendería a las _ídem._ Entonces se acordó de ti, mi querida prima; lanzó un suspiro y se le cayó de las manos la formidable pluma; peinó, alisó y cubrió de pomada la cabellera serpentina de su Némesis, y yo me he escapado de una buena, gracias a los hermosos ojos de mi prima. Pero--añadió Rafael viendo entrar a Stein--, aquí viene la más preciada de las _piedras_ preciosas[23]; piedra melodiosa como _Memnon_. Don Federico, ya que sois observador fisiologista, admirad cómo en todas las situaciones de la vida son inalterables en España la igualdad de humor, la benevolencia y aun la alegría. Aquí no tenemos el _schwermuth_ de los alemanes, el _spleen_ de los ingleses, ni el _ennui_ de nuestros vecinos. ¿Y sabéis por qué? Porque no exigimos demasiado de la vida; porque no suspiramos en pos de una felicidad alambicada.

[Nota 23: Stein significa en alemán piedra.]

--Es--opinó la marquesa--porque solemos tener todas las aficiones propias de nuestra edad.

--Es--dijo Rita--porque cada uno hace lo que le da la gana.

--Es--observó la condesa--porque nuestro hermoso cielo derrama el bienestar en nuestro ánimo.

--Yo creo--dijo Stein--que es por todo eso y además por el carácter nacional. El español pobre, que se contenta con un pedazo de pan, una naranja y un rayo de sol, está en armonía con el patricio que se contenta casi siempre con su destino y se convierte en noble Procusto moral de sí mismo, nivelando sus aspiraciones y su bienestar con su situación.

--Decís, don Federico--observó la marquesa--, que en España cada cual está satisfecho con lo que le ha tocado en suerte. ¡Ah doctor! ¡Cuánto siento decir que ya no somos en esa parte lo que éramos! Mi hermano dice que en la jerigonza del día hay una palabra inventada por el genio del mal y del orgullo, especie de palanca a que no resisten los cimientos de la sociedad y que ha ocasionado más desventuras a la especie humana que todo el despotismo del mundo.

--¿Y cuál es esa palabra--preguntó Rafael--, para que yo le corte las orejas?

--Esa palabra--dijo la marquesa suspirando--es la _noble ambición._

--Señora--dijo Rafael--, es que a la ambición le ha entrado la manía general de nobleza.

--Tía--exclamó Rita--, si nos metemos en la política, y os ponéis a repetir las sentencias de mi tío, os advierto que don Federico va a caer en esa _quisicosa_ alemana, Rafael en el _spleen_ inglés y Gracia y yo en el _ennui_ francés.

--¡Desvergonzada!--dijo su tía.

--Para evitar tamaña desgracia--dijo Rafael--hago la moción de que compongamos entre todos una novela.

--¡Apoyado, apoyado!--gritó la condesa.

--¡Tal destino!--dijo su madre--. ¿Queréis escribir algún primor, como esos que suele mi hija leerme en los folletines que escriben los franceses?

--¿Y por qué no?--preguntó Rafael.

--Porque nadie la leerá--respondió la marquesa--, a menos de anunciarla como francesa.

--¿Qué nos importa?--continuó Rafael--. Escribiremos como cantan los pájaros, por el gusto de cantar, y no por el gusto de que nos oigan.

--Hacedme el favor, a lo menos--prosiguió la marquesa--, de no sacar a la colada seducciones ni adulterios. Pues ¡es bueno hacer a las mujeres interesantes por sus culpas! Nada es menos interesante a los ojos de las personas sensatas que una muchacha ligera de cascos, que se deja seducir, o una mujer liviana que falta a sus deberes. No vayáis tampoco, según el uso escandaloso de los novelistas de nuevo cuño, a profanar los textos sagrados de la Escritura. ¿Hay cosa más escandalosa que ver en un papelito bruñido y debajo de una estampita deshonesta las palabras mismas de nuestro Señor, tales como: «mucho le será perdonado, porque amó mucho», o aquellas otras: «el que se crea sin culpa, tírele la primera piedra?» ¡Y todo ello para justificar los vicios! ¡Eso es una profanación! ¿No saben esos escritores boquirrubios que aquellas santas palabras de misericordia recaían sobre las ansias del arrepentimiento y los merecimientos de la penitencia?

--¡Cáspita!--dijo Rafael--, ¡qué trozo de elocuencia! Tía está inspirada, iluminada; votaré por su candidatura a diputado a Cortes.

--Tampoco vayáis--continuó la marquesa--a introducir el espantoso suicidio, que no se ha conocido por acá, hasta ahora, que han logrado entibiar, sino desterrar la religión. Nada de esas cosas nos pegan a nosotros.

--Tiene usted razón--dijo la condesa--; no hemos de pintar a los españoles como extranjeros; nos retrataremos como somos.

--Pero con las restricciones que exige mi señora marquesa--dijo Stein--, ¿qué desenlace _romancesco_ puede tener una novela que estribe, como generalmente sucede, en una pasión desgraciada?

--El tiempo--contestó la marquesa--; el tiempo, que da fin de todo, por más que digan los novelistas, que sueñan en lugar de observar.

--Tía--dijo Rafael--, lo que estáis diciendo es tan prosaico como el gazpacho.

--¿Te matarás si me caso con Luis?--le preguntó Rita.

--¡Yo verdugo, y de mi propia, interesante e inocente persona!, ¡yo mi propio Herodes! ¡Dios me libre, bella ingrata!--contestó Rafael--. Viviré para ver y gozar de tu arrepentimiento y para reemplazar a tu Luis Triunfos, si se le antoja ir a jugar al _monte_ con su compadre Lucifer, en su reino.

--No hagáis ostentación en vuestra novela--prosiguió la marquesa--de frases y palabras extranjeras de que no tenemos necesidad. Si no sabéis vuestra lengua, ahí está el diccionario.

--Bien dicho--repitió Rafael--; no daremos cuartel a las _esbeltas_, a las _notabilidades_ ni a los _dandys_; perversos intrusos, parásitos venenosos y peligrosos emisarios de la revolución.

--Más verdad dices de la que piensas--repuso la marquesa.

--Pero madre--dijo la condesa--; a fuerza de restricciones, nos pondréis en el caso de hacer una insulsez.

--Me fío de tu buen gusto--respondió la marquesa--, y en lo que es capaz de discurrir e inventar Rafael, para que así no sea. Otra advertencia. Si nombráis a Dios, llamadle por su nombre, y no con los que están hoy de moda, _Ser Supremo, Suprema Inteligencia, Moderador del Universo_ y otros de este jaez.

--¡Cómo, señora tía!--exclamó Rafael--, ¿negáis a Dios sus poderes y sus prerrogativas?

--No por cierto--respondió la marquesa--; pero en el nombre Dios se encierra todo. Buscar otros más altisonantes es lo mismo que platear el oro. Lo mismo me parece eso, que lo que aquí se hace de tejas abajo, quitando al poder el título de rey para llamarlo presidente, primer cónsul o protector. Estoy cierta de que antes de haber consumado del todo su rebeldía, Lucifer nombraba a Dios el Ser Supremo.

--Pero tía, no podréis negar--observó Rafael--que es más respetuoso y aun más sumiso.

--Anda a paseo, Rafael--contestó con impaciencia la marquesa. Siempre me contradices, no por convicción, sino por hacerme rabiar. Dale a Dios el nombre que se dio él mismo; que nadie ha de ponerle otro mejor.

--Tenéis razón, madre--dijo la condesa--. Dejémonos de flaquezas, de lágrimas y de crímenes, y de términos retumbantes. Hagamos algo bueno, elegante y alegre.

--Pero Gracia--dijo Rafael--, es menester confesar que no hay nada tan insípido en una novela como la virtud aislada. Por ejemplo, supongamos que me pongo a escribir la biografía de mi tía. Diré que fue una joven excelente; que se casó a gusto de sus padres, con un hombre que le convenía y que fue modelo de esposas y de madres, sin otra flaqueza que estar un poco templada a la antigua y tener demasiada afición al tresillo. Todo esto es muy bueno para un epitafio; pero es menester convenir que es muy sosito para una novela.

--¿Y de dónde has sacado--preguntó la marquesa--que yo aspiro a ser modelo de heroína de novela? ¡Tal dislate!

--Entonces--dijo Stein--, escribid una novela fantástica.

--De ningún modo--dijo Rafael--; eso es bueno para vosotros, los alemanes; no para nosotros. Una novela fantástica española sería una afectación insoportable.

--Pues bien--continuó Stein--: una novela heroica o lúgubre.

--¡Dios nos libre y nos defienda!--exclamó Rafael--. Eso es bueno para Polo.

--Una novela sentimental.

--Sólo de oírlo--prosiguió Rafael--me horripilo. No hay género que menos convenga a la índole española que el llorón. El sentimentalismo es tan opuesto a nuestro carácter, como la jerga sentimental al habla de Castilla.

--Pues entonces--dijo la condesa--, ¿qué es lo que vamos a hacer?

--Hay dos géneros que, a mi corto entender, nos convienen: la novela histórica, que dejaremos a los escritores sabios, y la novela de costumbres, que es justamente la que nos peta a los medias cucharas como nosotros.

--Sea, pues; una novela de costumbres--repuso la condesa.

--Es la novela por excelencia--continuó Rafael--, útil y agradable. Cada nación debería escribirse las suyas. Escritas con exactitud y con verdadero espíritu de observación, ayudarían mucho para el estudio de la humanidad, de la Historia, de la moral práctica, para el conocimiento de las localidades y de las épocas. Si yo fuera la reina, mandaría escribir una novela de costumbres en cada provincia, sin dejar nada por referir y analizar.

--Sería, por cierto, una nueva especie de geografía--dijo Stein riéndose--. ¿Y los escritores?

--No faltarían si se buscaran--respondió Rafael--, como nunca faltan hombres para toda empresa, cuando hay bastante tacto para escogerlos. La prueba es que aquí estoy yo, y ahora mismo vais a oír una novela compuesta por mí, que participará de ambos géneros.

--Así saldrá ella--dijo la marquesa--. Don Federico, ya veréis algo parecido a Bertoldo.

--Puesto que mi prima quiere algo bueno y sencillo; mi tía algo moral, sin pasiones, flaquezas, crímenes ni textos de la Escritura, y mi prima Rita algo festivo, voy a tomar por asunto la vida honrada y moral de mi tío el general Santa María.

--No faltaba más--dijo la marquesa--sino que fueras a hacer burla de mi hermano. No me parece que da margen a ello. ¡Vaya!

--No por cierto--replicó Rafael--; respeto y aprecio a mi tío más que nadie en este mundo y sé que sus virtudes militares, que a veces pasan de raya, le han merecido el dictado del Don Quijote del Ejército. Pero nada de esto impide que también tenga su historia, porque si madame Staël ha dicho que la vida de una mujer es siempre una novela, creo que con igual derecho puede decirse que la vida de un hombre es siempre una historia. Escuchad, pues, incomparable doctor, la historia de mi tío en compendio. Santiago León Santa María nació predestinado para la noble carrera de las armas, porque vio la luz del día, o por mejor decir, las sombras de la noche, en el momento mismo en que la retreta pasaba por delante de los balcones de la casa, de modo que hizo su entrada en el mundo a son de caja.

--Eso es cierto--dijo la marquesa, sonriéndose.

--Yo no miento jamás... cuando digo la verdad--continuó gravemente Rafael--. Como señal de aquella predestinación, nació con una espada color de sangre en el pecho, dibujada por mano de la naturaleza con la mayor propiedad; de modo que todas las comadres del barrio acudieron a saludar al general _in partibus_ de los ejércitos de S. M. Católica.

--No hay tal cosa--dijo la marquesa--; tiene una señal en el pecho, es verdad; pero es en figura de rábano, un antojo que había tenido nuestra madre.

--Observad, doctor--continuó Rafael--, que mi tía desprestigia y _despoetiza_ la historia de su querido hermano. ¡Un rábano en el pecho de un valiente, en lugar de una orden militar! Vaya, tía, ¿hay cosa más ridícula?

--¿Qué tiene de ridículo--dijo la marquesa--nacer con una señal en el pecho?

--Prosigue, Rafael--dijo Rita--. Yo no sabía ninguna de esas particularidades. Prosigue sin tantos paréntesis.

--Nadie nos corre, querida Rita--dijo Rafael--; ¿qué prisa tenemos? Una de las ventajas que llevamos a otras naciones, es no vivir a galope, como corredores intrusos. Conque apenas León Santa María cumplió los doce años, entró de cadete en un Regimiento y se puso desde entonces derecho como un huso, serio como un sermón y grave como un entierro. Haciendo el ejercicio, y peleando como valiente muchacho en el Rosellón, fue pasando el tiempo y llegó mi tío a la edad en que el corazón canta y suspira.

--Rafael, Rafael--dijo su tía--, cuenta con lo que se habla.

--No tengáis cuidado, tía; no hablaré más que de amores platónicos.

--¿Amores qué?... ¿Hay acaso varias clases de amores?

--El amor platónico--contestó Rafael--es el que se encierra en una mirada, en un suspiro o en una carta.

--Es decir--repuso la marquesa--, la vanguardia; pero ya sabes que el cuerpo del ejército viene detrás; con que doblemos la hoja sobre ese capítulo.

--Señora marquesa--repuso Rafael--, no os apuréis. Mi historia será tal, que después de haberla oído cualquiera podrá retratar a mi tío con la espada en una mano y la palma en la otra.

«Sus primeros amores fueron con una guapa moza de Osuna, donde estaba acuartelado su Regimiento. El día menos pensado llegó la orden de marchar. Mi tío dijo que volvería, y ella se puso a cantar _Mambrú se fue a la guerra_; y lo estaría todavía cantando si un labrador grueso no la hubiera ofrecido su gruesa mano y su gruesa hacienda. Sin embargo, al principio estuvo inconsolable. Lloraba como las nubes de otoño y no paraba de exclamar día y noche: ¡Santa María, Santa María!, tanto que una criada que dormía cerca, creyendo que su ama estaba rezando las letanías, no dejaba de responder devotamente: _Ora pro nobis._

»Mi tío--siguió Rafael--recibió orden de pasar a América; volvió para tomar parte en la guerra de la Independencia, y no tuvo tiempo para pensar en amoríos. De donde resultó que, no tratando con más bellezas que las que podía hacer marchar a tambor batiente, adquirió tal acritud de temple, que se le quedó el nombre del general _Agraz_.

--¿Cómo te atreves?...--exclamó la tía.

--Tía--contestó Rafael--, yo no me atrevo a nada; lo que hago es repetir lo que otros han dicho. _Pian_ _pianino_ llegaron los sesenta años, trayendo en pos la comitiva ordinaria de reumatismos y catarros, con todas las trazas de convertirse en crónicos. Mi tía y todos los amigos le aconsejaban que se retirase y se casase para vivir tranquilo. Fijad las mientes, doctor, en el remedio: ¡casarse para vivir tranquilo! Ya ve usted que mi tía se siente inclinada a la homeopatía.

--¿Ese sistema nuevo--preguntó la marquesa--que receta estimulantes para refrescar? No lo creáis, doctor, ni vayáis a dar esa clase de remedios al niño.

--Pues como iba diciendo--continuó Rafael--, había aquí una soltera de edad madura, que no había querido casarse a gusto de su padre, ni su padre la había querido dejar casar a su gusto; este tenía muchos humos, en vista de que su hija se llamaba doña Pancracia Cabeza de Vaca. Ahora bien, esta noble parte del animal...

La marquesa le interrumpió:

--Ríete cuanto quieras, como te ríes de todo; este es un privilegio que la naturaleza te ha dado, como al sol el de brillar. Pero sabed, don Federico, que ese nombre, tan ridículo a los ojos de mi sobrino, es uno de los más ilustres y más antiguos de España. Debe su origen a la batalla de las Navas de Tolosa...

--La cual--añadió Rafael--se dio por los años de 1212, y la ganó el rey don Alfonso IX, llamado el Noble, padre de la reina de Francia Blanca, madre de San Luis; y con aquella hazaña libertó a Castilla del yugo de los sarracenos.

--Así es--repuso la marquesa--; todo eso se lo he oído contar a mi cuñada. El Miramamolín, según ella cuenta, se había retirado a una altura donde se atrincheró con sus tesoros en una especie de recinto formado con cadenas de hierro. Un río separaba esta altura del ejército cristiano. El rey, que no podía pasarlo, estaba desesperado. Entonces se le presentó un pastor viejo, con su hopalanda y su capucha, y le descubrió un sitio por donde podría vadear el río sin dificultad: «Seguid la orilla--le dijo--, aguas abajo, y donde veáis la cabeza de una vaca, que han devorado los lobos, allí está el vado.» De resultas de este aviso se ganó aquella memorable batalla. El rey, agradecido, ennobleció al que le había hecho un servicio tan señalado y le dio a él y a sus descendientes el nombre de Cabeza de Vaca. Mi cuñada dice que aún se conservan en la catedral de Toledo la estatua del pastor patriota y las cadenas del campo del Miramamolín.

--Seiscientos años de nobleza--dijo Rafael--son un moco de pavo en comparación de la nuestra, porque ha de saber usted, doctor, que el nombre de Santa María eclipsa a todas las Cabezas de Vaca, aun cuando arranque su árbol genealógico de los cuernos de la que Noé llevó a su arca. Para que usted lo sepa, somos parientes de la Santa Virgen, nada menos; y en prueba de ello, una de mis abuelas, cuando rezaba el rosario con sus criadas, según la buena costumbre española...

--Costumbre que se va perdiendo--interrumpió suspirando la marquesa.

--Decía--prosiguió Rafael--: «Dios te salve MARÍA, prima y señora mía», y los criados respondían: «Santa MARÍA, prima y señora de usía.»

--No digas esas cosas delante de extranjeros, Rafael--dijo la condesa--, porque o están bastante preocupados contra nosotros para creerlas, o sin creerlas tienen bastante mala fe para repetirlas. Lo que acabas de contar es una cosa que todo el mundo sabe; un chiste inventado para burlarse de las exageradas pretensiones de antigüedad que nuestra familia tiene.

--A propósito de lo que dicen los extranjeros, ¿sabes, prima, que lord Londonderry ha escrito su _Viaje a España_, en el que dice que no hay más que una mujer bonita en Sevilla, y es la marquesa de A..., desfigurando, por supuesto, su nombre del modo más extraño?

--Tiene razón--dijo la condesa--; Adela es lindísima.