Chapter 12
--Lo que decís--repuso el general--son doctrinas del odioso justo--medio, que es el que más nos ha perdido con sus opiniones vergonzantes y sus terminachos curruscantes, como dice el pueblo, que habla con mejor sentido que los ilustrados secuaces del modernismo; hipocritones con buena corteza y mala pulpa; adoradores del _Ser Supremo_, que no creen en Jesucristo.
--Mi tío--dijo Rafael--odia tanto a los _moderados_, que pierde toda _moderación_ para combatirlos.
--Calla, Rafael--respondió la condesa--; tú combates y te burlas de todas las opiniones, y no tienes ninguna, por tal de no tomarte el trabajo de defenderla.
--Prima--exclamó Rafael--, soy liberal; dígalo mi bolsa vacía.
--¡Qué habías tú de ser liberal!--dijo con voz estridente el general.
--¿Y por qué no había de serlo, señor? El duque también lo es.
--¡Qué habías de ser liberal!--tornó a decir el veterano en tono fuerte y recalcado, como un redoble de tambor.
--Vamos--murmuró Rafael--; mi tío, por lo visto, no consiente en que sean liberales sino las artes que llevan esa denominación. Señor--añadió dirigiéndose a su tío, al que hallaba su sobrino un sabroso placer en hacer rabiar--. ¿Por qué no puede ser el duque liberal? ¿Quién se lo puede estorbar si se le antoja ser liberal? ¿Se pondrá más feo por ser liberal? ¿Por qué no podemos ser liberales, señor, por qué?
--Porque el militar--contestó el general--no es ni debe ser otra cosa que el sostén del trono, el mantenedor del orden y el defensor de su Patria. ¿Estás, sobrino?
--Pero tío...
--Rafael--le interrumpió la condesa--, no te metas en honduras y prosigue tu relación.
--Obedezco; ¡ah prima!, en el ejército que estuviese a tus órdenes, no se vería jamás una falta de subordinación. Otro extranjero tenemos en Sevilla, un tal sir John Burnwood. Es un joven de cincuenta años; hermosote, sonrosado, con grandes melenas, como león _genuino_ del Atlas; lente inamovible, sonrisa ídem, apretones de manos a diestro y siniestro; gran parlanchín, bulle--bulle, turbulento para echarla de vivo; como aquel alemán, que con el mismo objeto se tiró por la ventana; gran amigo de apuestas; célebre _sportman_; poseedor de vastas minas de carbón de piedra, que le producen veinte mil libras de renta.
--¿Supongo--dijo el general--que serán veinte mil libras de carbón de piedra?
--Mi tío--dijo Rafael--es como los bolsistas, que suben y bajan las rentas a su albedrío. Sir John apostó que subiría a la Giralda a caballo, y ese es el gran objeto que le trae a Sevilla. Es verdad que uno de nuestros antiguos reyes lo hizo; pero el pobre caballo en que subió, no pudo bajar y se quedó, como el sepulcro de Mahoma, suspenso entre el cielo y la tierra; fue preciso matarlo en su elevado puesto. Sir John está desesperado porque no le permiten gozar de este monárquico pasatiempo. Ahora quiere, a ejemplo de lord Elguin y del barón Taylor, comprar el Alcázar y llevárselo a su hacienda señorial, piedra por piedra, sin omitir las que, según dicen, están manchadas para siempre con la sangre de don Fadrique, a quien mandó dar muerte su hermano el rey don Pedro, hace quinientos años.
--No hay cosa--dijo el general--de que no sean capaces esos _sires_, ni idea, por descabellada que sea, que no se les ocurra.
--Hay más--continuó Rafael--. El otro día me preguntó si podría yo obtener del Cabildo de la Catedral que vendiese las llaves doradas que el rey moro presentó en una fuente de plata a San Fernando cuando conquistó a Sevilla, y la copa de ágata en que solía beber el gran rey.
El general dio tal porrazo sobre la mesa, que uno de los candeleros vino al suelo.
--Mi general--dijo el duque--, ¿no echáis de ver que Rafael está recargando los colores de sus cuadros y que son puras extravagancias todo lo que está diciendo?
--No hay extravagancia--repuso el general--que sea improbable en los ingleses.
--Pues aún falta lo mejor--continuó Rafael fijando sus miradas en una linda joven, que estaba al lado de la marquesa, viéndola jugar--. Sir John está enamorado perdido de mi prima Rita y la ha pedido. Rita, que no sabe absolutamente cómo se pronuncia el monosílabo sí, le ha dado un _no_, pelado y recio como un cañonazo.
--¿Es posible, Ritita--dijo el duque--, que hayáis rehusado veinte mil libras de renta?
--No he rehusado la renta--contestó la joven con soltura, sin dejar de mirar el juego--; lo que he rehusado ha sido al que la posee.
--Ha hecho bien--dijo el general--: cada cual debe casarse en su país. Este es el modo de no exponerse a tomar gato por liebre.
--Bien hecho--añadió la marquesa--. ¡Un protestante! Dios nos libre.
--¿Y qué decís vos, condesa?--preguntó el duque.
--Digo lo que mi madre--respondió esta--. No es cosa de chanza que el jefe de una familia sea de distinta religión que la de esta; creo como mi tío, que cada cual debe casarse en su país; y digo lo que Rita: que no me casaría jamás con un hombre sólo porque tuviese veinte mil libras de renta.
--Además--dijo Rita--, está muy enamorado de la bolera Lucía del Salto; y así, aunque el señor fuera de mi gusto, le habría dado la misma respuesta. No estoy por las competencias; y mucho menos con gente de entre bastidores.
Rita era sobrina de la marquesa y del general. Huérfana desde su niñez, había sido criada por un hermano suyo, que la amaba con ternura, y por su nodriza, que adoraba en ella y la mimaba; sin que por esto dejase de haberse hecho una joven buena y piadosa. El aislamiento y la independencia en que había pasado los primeros años de su vida, habían impreso en su carácter el doble sello de la timidez y de la decisión. Era de esas personas que algunos llaman oscuras, por enemigas del ruido y del brillo; altiva al mismo tiempo que bondadosa; caprichosa y sencilla; burlona y reservada. A este carácter picante se agregaba el exterior más seductor y más lindo. Su estatura era medianamente alta, su talle, que jamás se había sometido a la presión del corsé, poseía toda la soltura, toda la flexibilidad que los novelistas franceses atribuyen falsamente a sus heroínas, embutidas en apretados estuches de ballena. A esa graciosa soltura de cuerpo y de movimientos, unida a la franqueza y naturalidad en el trato, tan encantadora cuando la acompañan la gracia y la benevolencia, deben las españolas su tan celebrado atractivo. Rita tenía el blanco mate limpio y uniforme de las estatuas de mármol; su hermoso cabello era negro; sus ojos, notablemente grandes, de un color pardo oscuro, guarnecidos de grandes pestañas negras y coronados de cejas que parecían trazadas por la mano de Murillo. Su fresca boca, generalmente seria, se entreabría de cuando en cuando para lanzar por entre su blanquísima dentadura una pronta y alegre carcajada, que su encogimiento habitual comprimía inmediatamente; porque nada le era más repugnante que llamar la atención, y cuando esto le sucedía, se ponía de mal humor.
Había hecho voto a la Virgen de los Dolores de llevar hábito; y así vestía siempre de negro, con cinturón de cuero barnizado y un pequeño corazón de oro atravesado por una espada, en la parte superior de la manga.
Rita era la única mujer que su primo Rafael Arias había amado seriamente: no con una pasión lacrimosa y elegiaca, cosa que no estaba en su carácter, el más antisentimental que entre otros muchos resecó el Levante indígena, sino con un afecto vivo, sincero y constante. Rafael, que era un excelente joven, leal, juicioso y noble en su porte y por su cuna, y que gozaba de un buen patrimonio, era el marido que la familia de Rita le deseaba. Pero ella, a pesar de la vigilancia de su hermano, había entregado su corazón sin saberlo aquel. El objeto de su preferencia era un joven de ilustre cuna; arrogante mozo, pero jugador; y esto bastaba para que el hermano de Rita se opusiese de tal modo a sus amores, que le había prohibido rigurosamente verle y hablarle. Rita, con su firmeza de temple y su perseverancia de española (que debiera emplear mejor que lo hacía en esto), aguardaba tranquilamente, sin quejas, suspiros ni lágrimas, que llegase el día de cumplir veintiún años, para casarse sin escándalo, a pesar de la oposición de su hermano. Entre tanto, su amante le paseaba la calle, vestido y montado a lo majo, en soberbios caballos y se carteaban diariamente.
Aquella noche Rita había entrado, como siempre, en la tertulia, sin hacer ruido, y se había sentado en el sitio acostumbrado, cerca de su tía, para verla jugar. Esta no había observado la proximidad de su sobrina, sino cuando preguntada por el duque acerca del enlace que había rehusado, se había visto obligada a responder.
--¡Jesús! Rita--dijo la marquesa--. ¡Qué susto me has dado! ¿Cómo has llegado hasta aquí sin que nadie te haya sentido?
--¿Queríais--respondió--que entrase con tambor y trompeta como un regimiento?
--Pero al menos--repuso la marquesa--, bien hubieras podido saludar a las gentes.
--Se distraen los jugadores--dijo Rita--; y si no, ved vuestros naipes. Oros van jugados y ya ibais a hacer un renuncio por echarme una _peluca_.
Durante este diálogo, Rafael se había sentado detrás de su prima y le decía al oído:
--Rita, ¿cuándo pido la _dispensa_?
--Cuando yo te avise--contestó sin volverle la cara.
--¿Y qué he de hacer para merecer que llegue ese venturoso instante?
--Encomendarte a mi santa, que es abogada de imposibles.
--Cruel, algún día te arrepentirás de haber rechazado mi blanca mano. Pierdes el mejor y el más agradecido de los maridos.
--Y tú la peor y la más ingrata de las mujeres.
--Escucha, Rita--continuó Arias--; ¿tiene nuestro tío, que está enfrente de nosotros, alguna custodia en la cabeza, que te impide volver la cara a quien te habla?
--Tengo una torcedura en el pescuezo.
--Esa torcedura se llama Luis de Haro. ¿Todavía estás encaprichada con ese consumidor de barajas?
--Más que nunca.
--¿Y qué dice a eso tu hermano?
--Si te interesa, pregúntaselo.
--¿Y me dejarás morir?
--Sin pestañear.
--Hago voto al diablo que está a los pies del San Miguel de la parroquia, de que le he de dorar los cuernos, si carga de una vez con tu Luis de Haro.
--Deséale mal, que los malos deseos de los envidiosos engordan.
--Paréceme que te fastidio--dijo Rafael, después de algunos minutos de silencio, viendo bostezar a su prima.
--¿Hasta ahora no lo habías echado de ver?--respondió Rita.
--Esto es que deseas que me vaya. Ya se ve, ¡como Luis _Barajas_ es tan celoso!
--¡Celoso de ti!--respondió su prima, lanzando una de sus carcajadas repentinas--: tan celoso está de ti como del inglés gordo.
--Gracias por la comparación, amable primita; y ¡adiós para siempre!
--¡La del humo!--respondió Rita sin volver la cara.
Rafael se levantó furioso.
--¿Qué tenéis, Rafael?--le preguntó en tono lánguido una joven, al pasar delante de ella.
Esta nueva interlocutora acababa de llegar de Madrid, adonde un pleito de consideración había exigido la presencia de su padre. Volvía de esta expedición completamente modernizada; tan rabiosamente inoculada en lo que se ha dado en llamar buen tono extranjero, que se había hecho insoportablemente ridícula. Su ocupación incesante era leer; pero novelas casi todas francesas. Profesaba hacia la moda una especie de culto; adoraba la música y despreciaba todo lo que era español.
Al oír Rafael la pregunta que se le dirigía, procuró serenarse y respondió:
--Eloisita, tengo un día más que ayer y uno menos de vida.
--Ya sé lo que tenéis, Arias; y conozco cuanto sufrís.
--Eloisita, me vais a meter aprensión como a don Basilio--y se puso a cantar--. ¡Qué mala cara!
--En vano disimuláis; hay lágrimas en vuestra risa, Arias.
--Pero decidme por Dios, Eloisita, lo que tengo, pues es una obra de misericordia enseñar al que no sabe.
--Lo que tenéis, Arias, harto lo sabéis.
--¿El qué?
--Una _decepción_--murmuró Eloísa.
--¿Una qué?--preguntó Rafael, que no la entendió.
--Una decepción--repitió Eloísa.
--¡Ah!, ¡ya!, había entendido deserción, y mi honor militar se había horripilado. En cuanto a decepción, tengo un ciento, como cada hijo de vecino, amiga mía; y no es poca el inspiraros lástima en lugar de agrado, que es lo que más deseo.
--Pero una hay entre todas que descolora vuestra vida y hace que sea para vos la felicidad un sarcasmo que os llevará a mirar la tumba como un descanso y la muerte como una sonriente amiga.
--¡Ah, Eloisita!--contestó Rafael--; un dedo de la mano habría dado por haber tenido en la acción de Mendigorría tales pensamientos; no que cuando me llevaron al hospital con un balazo en el costado, maldito si me sonreían ni la muerte ni la tumba.
--¡Qué prosaico sois!--exclamó indignada Eloísa.
--¿Es esto un anatema, Eloisita?
--No, señor--repuso con ironía la interrogada--; es un magnífico cumplido.
--Lo que es una verdad de a folio--dijo Rafael--es el que estáis lindísima con ese peinado, y que ese vestido es del mejor gusto.
--¿Os agrada?--exclamó la elegante joven, dejando de repente el tono sentimental--. Son estas telas las últimas _nouveautés, es gró Ledru-Rollin._
--No es extraño--dijo Rafael--que se muera por España y por las españolas aquel inglés que veis allí enfrente y cuya cabeza descuella sobre todas las plantas del macetero.
--¡Qué mal gusto!--contestó Eloísa con un gesto de desdén.
--Dice--continuó Rafael--que no hay cosa más bonita en el mundo que una española con su mantilla, que es el traje que más favor les hace.
--¡Qué injusticia!--exclamó la joven--. ¿Creen acaso que el sombrero es demasiado elegante para nosotras?
--Dice--prosiguió Rafael--que manejáis el abanico con una gracia incomparable.
--¡Qué calumnia!--dijo Eloísa--. Ya no lo usamos las _elegantas_.
--Dice que esos piececitos tan monos, tan breves, tan lindos, están pidiendo a gritos medias y zapatos de seda, en lugar de esas horrendas botas, borceguíes, _brodequines_ o llámense comoquiera.
--Eso es insultamos--exclamó Eloísa--; es querer que retrogrademos medio siglo, como dice muy bien la ilustrada prensa madrileña.
--Que los ojos negros de las españolas son los más hermosos del mundo.
--¡Qué vulgaridad! Esos son ojos de las gentes del pueblo, de cocineras y cigarreras.
--Que el modo de andar de las españolas tan ligero, tan gracioso, tan sandunguero, es lo más encantador que pueda imaginarse.
--Pero ¿no conoce ese señor que nos mira como parias--dijo Eloísa--, y que estamos haciendo todo lo posible para enmendarnos y andar como se debe?
--Lo mejor será que le convirtáis--dijo Rafael.--Voy a presentárosle.
Arias echó a correr pensando: «Eloísa tiene blando el corazón y la echa de romántica: es pintiparada para el mayor, que anda a caza de estos avechuchos.»
Entre tanto, la condesa preguntaba al duque si era bonita la Filomena de Villamar.
--No es ni bonita ni fea--respondió--. Es morena, y sus facciones no pasan de correctas. Tiene buenos ojos; es en fin, uno de esos conjuntos que se ven por dondequiera en nuestro país.
--Una vez que su voz es tan extraordinaria--dijo la condesa, por honor de Sevilla--, es preciso que hagamos de ella una eminente _prima donna_. ¿No podremos oírla?
--Cuando queráis--respondió el duque--. La traeré aquí una noche de estas, con su marido, que es un excelente músico y ha sido su maestro.
En esto llegó la hora de retirarse.
Cuando el duque se acercó a la condesa para despedirse, esta levantó el dedo con aire de amenaza.
--¿Qué significa eso?--preguntó el duque.
--Nada, nada--contestó ella--; esto significa ¡cuidado!
--¿Cuidado? ¿De qué?
--¿Fingís que no me entendéis? No hay peor sordo que el que no quiere oír.
--Me ponéis en ascuas, condesa.
--Tanto mejor.
--¿Queréis, por Dios, explicaros?
--Lo haré, ya que me obligáis. Cuando he dicho _cuidado_, he querido decir ¡cuidado con echarse una cadena encima!
--¡Ah!, condesa--repuso el duque con calor--, por Dios, que no venga una injusta y falsa sospecha a oscurecer la fama de esa mujer, aun antes de que nadie la conozca. Esa mujer, condesa, es un ángel.
--Eso por supuesto--dijo la condesa--. Nadie se enamora de diablos.
--Y sin embargo, tenéis mil adoradores--repuso sonriendo el duque.
--Pues no soy diablo--dijo la condesa--; pero soy zahorí.
--El tirador no acierta cuando el tiro salva el blanco.
--Os aplazo para dentro de aquí a seis meses, invulnerable Aquiles--repuso la condesa.
--Callad por Dios, condesa--exclamó el duque--; lo que en vuestra bella boca es una chanza ligera, en las bocas de víboras que pululan en la sociedad, sería una mortal ponzoña.
--No tengáis cuidado: no seré yo quien tire la primera piedra. Soy indulgente como una santa, o como una gran pecadora; sin ser ni lo uno ni lo otro.
Nada satisfecho salía el duque de esta conversación, cuando a la puerta le detuvo el general Santa María.
--Duque--le dijo--, ¿habéis visto cosa semejante?
--¿Qué cosa?--preguntó escamado el duque.
--¡Qué cosa, preguntáis!
--Sí, lo pregunto y deseo respuesta.
--¡Un coronel de veintitrés años!
--En efecto, es algo prematuro--contestó el duque sonriéndose.
--Es un bofetón al Ejército.
--No hay duda.
--Es dar un solemne mentís al sentido común.
--¡Por supuesto!
--¡Pobre España!--exclamó el general, dando la mano al duque y levantando los ojos al cielo.
Capítulo XVII
El duque había proporcionado a Stein y a su mujer una casa de pupilos, a cargo de una familia pobre, pero honrada y decente. Stein había encontrado en una cómoda, cuya llave le entregaron al tomar posesión de su aposento, una suma de dinero, bastante a sobrepujar las más exageradas pretensiones. Adjunto se hallaba un billete, que contenía las siguientes líneas: _«He aquí un justo tributo a la ciencia del cirujano. Los esmeros y las vigilias del amigo no pueden ser recompensadas sino con una gratitud y una amistad sincera.»_
Stein quedó confundido.
--¡Ah, María!--exclamó, enseñando el papel a su mujer--. Este hombre es grande en todo: lo es por su clase, lo es por su corazón y por sus virtudes. Imita a Dios, levantando a su altura a los pequeños y los humildes. ¡Me llama amigo, a mí, que soy un pobre cirujano; y habla de gratitud, cuando me colma de beneficios!
--¿Y qué es para él todo ese oro?--respondió María--; un hombre que tiene millones, según me ha dicho la patrona, y cuyas haciendas son tamañas como provincias. Además, que si no hubiera sido por ti, se habría quedado cojo para toda la vida.
En este momento entró el duque y, cortando el hilo a los desahogos de agradecimiento en que Stein se deshacía, le dijo a su mujer:
--Vengo a pediros un favor: ¿me lo negaréis, María?
--¿Qué es lo que podremos negaros?--se apresuró a contestar Stein.
--Pues bien, María--continuó el duque--, he prometido a una íntima amiga mía que iríais a cantar a su casa.
María no respondió.
--Sin duda que irá--dijo Stein. María no ha recibido del cielo un don tan precioso como su voz, sin contraer la obligación de hacer participar a otros de esa gracia.
--Estamos, pues, convenidos--prosiguió el duque. Y ya que Stein es tan diestro en el piano como en la flauta, tendréis uno a vuestra disposición esta tarde, así como una colección de las mejores piezas de ópera modernas. Así podréis escoger las que más os agraden y repasarlas; porque es preciso que María triunfe y se cubra de gloria. De eso depende su fama de cantatriz.
Al oír estas últimas palabras, los ojos de María se animaron.
--¿Cantaréis, María?--le preguntó el duque.
--¿Y por qué no?--respondió esta.
--Ya sé--dijo el duque--que habéis visto muchas de las buenas cosas que encierra Sevilla. Stein vive de entusiasmo y ya sabe de memoria a _Ceán, Ponz y Zúñiga_. Pero lo que no habéis visto es una corrida de toros. Aquí quedan billetes para la de esta tarde. Estaréis cerca de mí, porque quiero ver la impresión que os causa este espectáculo.
Poco después el duque se retiró.
Cuando por la tarde Stein y María llegaron a la plaza, ya estaba llena de gente. Un ruido sostenido y animado servía de preludio a la función, como las olas del mar se agitan y mugen antes de la tempestad. Aquella reunión inmensa, a la que acude toda la población de la ciudad y la de sus cercanías; aquella agitación, semejante a la de la sangre cuando se agolpa al corazón en los parasismos de una pasión violenta; aquella atmósfera ardiente, embriagadora, como la que circunda a una bacante; aquella reunión de innumerables simpatías en una sola; aquella expectación calenturienta; aquella exaltación frenética, reprimida, sin embargo, en los límites del orden; aquellas vociferaciones estrepitosas, pero sin grosería; aquella impaciencia, a que sirve de tónico la inquietud; aquella ansiedad, que comunica estremecimientos al placer, forman una especie de galvanismo moral, al cual es preciso ceder o huir.
Stein, aturdido y con el corazón apretado, habría de buena gana preferido la fuga. Su timidez le detuvo. Veía que todos cuantos le rodeaban estaban contentos, alegres y animados, y no se atrevió a singularizarse.
La plaza estaba llena; doce mil personas formaban vastos círculos concéntricos en su circuito. La gente rica estaba a la sombra; el pueblo lucía a los rayos del sol el variado colorido del traje andaluz.
En los grandes teatros donde brillan la Grisi, Lablache, la Rachel y Macready, la _sala_ no se llena sino cuando le toca salir al artista favorito; pero la función bárbara que se ejecuta en este inmenso circo, no ha pasado jamás por semejante humillación.
Salió el _despejo_, y la plaza quedó limpia. Entonces se presentaron los picadores montados en sus infelices caballos, que con sus cabezas bajas y sus ojos tristes parecían (y eran en realidad) víctimas que se encaminaban al sacrificio[20].
[Nota 20: Damos un sincero parabién al _Clamor Público_, por haber tomado la iniciativa en la prensa española, en contra de la inaudita crueldad con que aquí se trata a los pobres animales, y haber pedido se diese fin a la agonía de los miserables caballos por medio de la puntilla. Como para nada de lo bueno (para que podría servir) sirve la libertad de imprenta, tan justa y caritativa advertencia no ha sido atendida.]
Sólo con ver a estos pobres animales, cuya suerte preveía, la especie de desazón que ya sentía Stein se convirtió en compasión penosa. En las provincias de la Península que había recorrido hasta entonces, desoladas por la guerra civil, no había tenido ocasión de asistir a estas grandiosas fiestas nacionales y populares, en que se combinan los restos de la brillante y ligera estrategia morisca con la feroz intrepidez de la raza goda. Pero había oído hablar de ellos y sabía que el mérito de una corrida se calcula generalmente por el número de caballos que en ella mueren. Su compasión, pues, se fijaba principalmente en aquellos infelices animales, que, después de haber hecho grandes servicios a sus amos, contribuido a su lucimiento y quizá salvándoles la vida, hallaban por toda recompensa, cuando la mucha edad y el exceso del trabajo habían agotado sus fuerzas, una muerte atroz, que por un refinamiento de crueldad les obligan a ir a buscar por sí mismo: muerte que su instinto les anuncia, y a la cual resisten algunos, mientras otros, más resignados, o más abatidos, van a su encuentro dócilmente, para abreviar su agonía. Los tormentos de estos seres desventurados destrozarían el corazón más empedernido; pero los aficionados no tienen ojos, ni atención, ni sentimientos, sino para el toro. Están sometidos a una verdadera fascinación; y esta se comunica a muchos de los extranjeros más preocupados contra España y en particular contra esta feroz diversión. Además, es preciso confesarlo y lo confesaremos con dolor. En España, la compasión en favor de los animales es, particularmente en los hombres, por punto general, un sentimiento más bien teórico que práctico. En las clases ínfimas no existe. ¡Ah, míster Martín! ¡Cuánto más acreedor sois al reconocimiento de la humanidad, que muchos filántropos de nuestra época, que hacen tanto daño a los hombres, sin aumentar ni en un ápice su bienestar![21]