Chapter 11
En cuanto a don Modesto, también había acudido, pero con la consternación pintada en el rostro. Sus cejas formaban dos arcos de una elevación prodigiosa. La diminuta mecha de sus cabellos se inclinaba desfallecida hacia un lado. De su pecho se exhalaban hondos suspiros.
--¿Qué tiene usted, mi comandante?--le preguntó la tía María.
--Tía María--le respondió--, hoy somos 15 de _junio_, día de mi santo, día tristemente memorable en los fastos de mi vida. ¡Oh San Modesto! ¿Es posible que me trates así el mismo día en que la Iglesia te reza?
--Pero ¿qué novedad hay?--volvió a preguntar la tía María, con inquietud.
--Vea usted--dijo el veterano, levantando el brazo y descubriendo un gran desgarrón en su uniforme, por el cual se divisaba el forro blanco, que parecía la dentadura que se asoma por detrás de una risa burlona. Don Modesto estaba identificado con su uniforme; con él habría perdido el último vestigio de su profesión.
--¡Qué desgracia!--exclamó tristemente la tía María.
--Una jaqueca le cuesta a Rosita--prosiguió don Modesto.
--Su excelencia suplica al señor comandante que se sirva pasar a su habitación--dijo entonces un criado.
Don Modesto se puso muy erguido; tomó en su mano un pliego cuidadosamente doblado y sellado, apretó lo más que pudo al cuerpo el brazo, bajo el cual se hallaba la desventurada rotura, y presentándose ante el magnate, le saludó respetuosamente, colocándose en la estricta posición de ordenanza.
--Deseo a vuestra excelencia--dijo--un felicísimo viaje, y que encuentre a mi señora la duquesa y a toda su familia en la más cumplida salud; y me tomo la libertad de suplicar a vuestra excelencia se sirva poner en manos del señor ministro de Guerra esta representación relativa al fuerte que tengo la honra de mandar. Vuestra excelencia ha podido convencerse por sí mismo de cuán urgentes son los reparos que el castillo de San Cristóbal necesita, especialmente hablándose de guerra con el emperador de Marruecos.
--Mi querido don Modesto--contestó el duque--, no me atrevo a responder del éxito de esa solicitud, más bien le aconsejaría que pusiera una cruz en las almenas del fuerte, como se pone sobre una sepultura. Pero en cambio, prometo a usted conseguir que se le faciliten algunas pagas atrasadas.
Esta agradable promesa no fue parte a borrar la triste impresión que había hecho en el comandante la especie de sentencia de muerte pronunciada por el duque sobre su fuerte.
--Entre tanto--continuó el duque--, suplico a usted que acepte como recuerdo de un amigo...
Y diciendo esto, indicó una silla inmediata.
¿Cuál no sería la sorpresa de aquel excelente hombre al ver expuesto sobre una silla un uniforme completo, nuevo, brillante, con unas charreteras dignas de adornar los hombros del primer capitán del siglo? Don Modesto, como era natural, quedó confuso, atónito, deslumbrado al ver tanto esplendor y tanta magnificencia.
--Espero--dijo el duque--, señor comandante, que viva usted bastantes años, para que le dure ese uniforme otro tanto, cuando menos, como su predecesor.
--¡Ah! señor excelentísimo--contestó don Modesto, recobrando poco a poco el uso de la palabra--; ¡esto es demasiado para mí!
--Nada de eso, nada de eso--respondió el duque--. ¡Cuántos hay que usan uniformes más lujosos que ese sin merecerlo tanto! Sé, además--continuó--, que tiene usted una amiga, una excelente patrona, y que no le pesaría llevarle un recuerdo. Hágame el favor de poner en sus manos esta fineza.
Era un rosario de filigrana de oro y coral.
En seguida, sin dar tiempo a don Modesto para volver en sí de su asombro, el duque se dirigió a la familia, a quien había mandado convocar, con el objeto de acreditarle su gratitud, y dejarles una memoria. El duque no hacía el bien con la indiferencia y dadivosidad desdeñosa, y tal vez ofensiva, con que lo hacen generalmente los ricos, sino que lo verificaba como lo practican los que no lo son, es decir, estudiando las necesidades y gustos de cada cual. Así es que todos los habitantes del convento recibieron lo que más falta les hacía o lo que más podía agradarles. Manuel, una capa y un buen reloj; Momo, un vestido completo, una faja de seda amarilla y una escopeta; las mujeres y los niños, telas para trajes y juguetes; _Anís_, un _barrilete_, o cometa de tan vastas dimensiones, que cubierto con él desaparecía su diminuta persona, como un ratón detrás del escudo de Aquiles. A la tía María, a la infatigable enfermera del ilustre huésped, a la diestra fabricante de caldos sustanciosos, señaló el duque una pensión vitalicia.
En cuanto al pobre fray Gabriel, se quedó sin nada. Hacía tan poco ruido en el mundo, y se había ocultado tanto a los ojos del duque, que este no le había echado de ver.
La tía María, sin que nadie la observase, cortó algunas varas de una de las piezas de crea, que el duque le había regalado, y dos pañuelos de algodón, y fue a buscar a su protegido.
--Aquí tiene usted, fray Gabriel--le dijo--, un regalito que le hace el señor duque. Yo me encargo de hacerle la camisa.
El pobrecillo se quedó todavía más aturdido que el comandante. Fray Gabriel era más que modesto: ¡era humilde!
Estando todo dispuesto para el viaje, el duque se presentó en el patio.
--Adiós, _Romo_, honra de Villamar--le dijo _Marisalada_--; si te vide, no me acuerdo.
--Adiós, _Gaviota_--respondió este--; si todos sintieran tu ida como el hijo de mi madre, se habían de echar las campanas al vuelo.
El tío Pedro se mantenía sentado en los escalones de mármol. La tía María estaba a su lado, llorando a lágrima viva.
--No parece--dijo _Marisalada_--sino que me voy a la China, y que ya no nos hemos de ver más en la vida. Cuando les digo a ustedes que he de volver. ¡Vaya, que esto parece un duelo de gitanos! ¡Si se han empeñado ustedes en aguarme el gusto de ir a la ciudad!
--Madre--decía Manuel, conmovido al presenciar el llanto de la buena mujer--, si llora usted ahora a _jarrillas_, ¿qué haría si me muriera yo?
--No lloraría, hijo de mi corazón--respondió la madre, sonriendo en medio de su llanto--. No tendría tiempo para llorar tu muerte.
Vinieron las caballerías. Stein se arrojó en los brazos de la tía María.
--No nos eche usted en olvido, don Federico--dijo sollozando la buena anciana--. ¡Vuelva usted!
--Si no vuelvo--respondió este--, será porque habré muerto.
El duque había dispuesto que _Marisalada_ montase apresuradamente en la mula que se le había destinado, a fin de sustraerla a tan penosa despedida. El animal rompió al trote; siguiéronla los otros, y toda la comitiva desapareció muy en breve detrás del ángulo del convento.
El pobre padre tenía los brazos extendidos hacia su hija.
--¡No la veré más!--gritó sofocado, dejando caer el rostro en las gradas de la cruz.
Los viajeros proseguían apresurando el trote. Stein, al llegar al Calvario, desahogó la aflicción que le oprimía, dirigiendo una ferviente oración al Señor del Socorro, cuyo benigno influjo se esparcía en toda aquella comarca como la luz en torno del astro que la dispensa.
_Rosa Mística_ estaba en su ventana cuando los viajeros atravesaron la plaza del pueblo.
--¡Dios me perdone!--exclamó al ver a _Marisalada_ cabalgando al lado del duque--; ni siquiera me saluda, ni siquiera me mira. ¡Vaya si ha soplado ya en su corazón el demonio del orgullo! Apuesto--añadió, asomando la cabeza a la reja--que tampoco saluda al señor cura, que está en los porches de la iglesia. Sí, pero es porque ya le da ejemplo el duque. ¡Hola!, y se detiene para hablarle..., y le pone una bolsa en las manos, ¡que será para los pobres!... Es un señor muy bueno y muy dadivoso. Ha hecho mucho bien. ¡Dios se lo remunere!
_Rosa Mística_ no sabía todavía la doble sorpresa que le aguardaba.
Al pasar Stein, la saludó tristemente con la mano.
--¡Vaya usted con Dios!--dijo Rosa, meneando un pañuelo--. ¡Más buen hombre! Ayer al despedirse de mí lloraba como un niño. ¡Qué lástima que no se quede en el lugar! Y se quedaría, si no fuera por esa loca de _Gaviota_, como le dice muy bien Momo.
La comitiva había llegado a una colina, y empezó a bajarla. Las casas de Villamar desaparecieron muy en breve a los ojos de Stein, quien no podía arrancarse de un sitio en que había vivido tan tranquilo y feliz.
El duque, entre tanto, se tomaba el inútil trabajo de consolar a María, pintándole lisonjeros proyectos para el porvenir. ¡Stein no tenía ojos sino para contemplar las escenas de que se alejaba!
La cruz del Calvario y la capilla del Señor del Socorro desaparecieron a su vez. Después, la gran masa del convento pareció poco a poco hundirse en la tierra. Al fin, de todo aquel tranquilo rincón del mundo, no percibió más que las ruinas del fuerte, dibujando sus masas sombrías en el fondo azul del firmamento, y la torre, que, según la expresión de un poeta, como un dedo, señalaba el cielo con muda elocuencia.
Por último, toda aquella perspectiva se desvaneció. Stein ocultó sus lágrimas, cubriéndose con las manos el rostro.
Capítulo XVI
En España, cuyo carácter nacional es enemigo de la afectación, ni se exige ni se reconoce lo que en otras partes se llama _buen tono_. El buen tono es aquí la naturalidad, porque todo lo que en España es natural, es por sí mismo elegante.
_El Autor_.
El mes de julio había sido sumamente caluroso en Sevilla. Las tertulias se reunían en aquellos patios deliciosos, en que las hermosas fuentes de mármol, con sus juguetones saltaderos, desaparecían detrás de una gran masa de tiestos de flores. Pendían del techo de los corredores, que guarnecían el patio, grandes faroles, o bombas de cristal, que esparcían en torno torrentes de luz. Las flores perfumaban el ambiente y contribuían a realzar la gracia y el esplendor de esta escena de ricos muebles que la adornaban, y sobre todo las lindas sevillanas, cuyos animados y alegres diálogos competían con el blando susurro de las fuentes.
En una noche, hacia fines del mes, había gran concurrencia en casa de la joven, linda y elegante condesa de Algar. Teníase a gran dicha ser introducido en aquella casa; y por cierto, no había cosa más fácil, porque la dueña era tan amable y tan accesible que recibía a todo el mundo con la misma sonrisa y la misma cordialidad. La facilidad con que admitía a todos los presentados no era muy del gusto de su tío el general Santa María, militar de la época de Napoleón, belicoso por excelencia y (como solían ser los militares de aquellos tiempos) algo brusco, un poco exclusivo, un tanto cuanto absoluto y desdeñoso; en fin, un hijo clásico de Marte, plenamente convencido de que todas las relaciones entre los hombres consisten en mandar u obedecer y de que el objeto y principal utilidad de la sociedad es clasificar a todos y a cada uno de sus miembros. En lo demás, español como Pelayo y bizarro como el Cid.
El general, su hermana la marquesa de Guadalcanal, madre de la condesa, y otras personas estaban jugando al tresillo. Algunos hablaban de política, paseándose por los corredores; la juventud de ambos sexos, sentada junto a las flores, charlaba y reía, como si la tierra sólo produjese flores, y el aire sólo resonase con alegres risas.
La condesa, medio recostada en un sofá, se quejaba de una fuerte jaqueca, que, sin embargo, no le impedía estar alegre y risueña. Era pequeña, delgada y blanca como el alabastro. Su espesa y rubia cabellera ondeaba en tirabuzones a la inglesa. Sus ojos pardos y grandes, su nariz, sus dientes, su boca, el óvalo de su rostro, eran modelos de perfección; su gracia, incomparable. Querida en extremo por su madre, adorada por su marido, que, no gustando de la sociedad, le daba, sin embargo, una libertad sin límites, porque ella era virtuosa y él confiado, era la condesa en realidad una niña mimada. Pero, gracias a su excelente carácter, no abusaba de los privilegios de tal. Sin grandes facultades intelectuales, tenía el talento del corazón; sentía bien y con delicadeza. Toda su ambición se reducía a divertirse y agradar sin exceso, como el ave que vuela sin saberlo y canta sin esfuerzo. Aquella noche, había vuelto de paseo, cansada y algo indispuesta: se había quitado el vestido y puéstose una sencilla blusa de muselina blanca. Sus brazos blancos y redondos asomaban por los encajes de sus mangas perdidas: se había olvidado de quitarse un brazalete y las sortijas. Cerca de ella estaba sentado un coronel joven, recién venido de Madrid, después de haberse distinguido en la guerra de Navarra. La condesa, que no era hipócrita, tenía fijada en él toda su atención.
El general Santa María los miraba de cuando en cuando, mordiéndose los labios de impaciencia.
--¡Fruta nueva!--decía--; dejaría ella de ser hija de Eva si no le _petase_ la novedad. ¡Un mequetrefe! ¡Veinticuatro años y ya con tres galones! ¿Cuándo se ha visto tal prodigalidad de grados? ¡Hace cinco o seis años que iba a la escuela y ya manda un Regimiento! Sin duda vendrán a decirnos que ganó sus grados con acciones brillantes. Pues yo digo que el valor no da experiencia, y que sin experiencia nadie sabe mandar. ¡Coronel del Ejército con veinticuatro años de edad! Yo lo fui a los cuarenta, después de haber estado en el Rosellón, en América, en Portugal; y no gané la faja de general sino de vuelta del Norte con la Romana y de haber peleado en la guerra de la Independencia. Señores, la verdad es que todos nos hemos vuelto locos en España; los unos por lo que hacen y los otros por lo que dejan de hacer.
En este momento se oyeron algunas exclamaciones ruidosas. La condesa misma salió de su languidez y se levantó de un salto.
--Por fin, ¡ya apareció el perdido!--exclamó--. Mil veces bien venido, desventurado cazador y malparado jinete. ¡Buen susto nos hemos llevado! Pero ¿qué es esto? Estáis como si nada os hubiese acaecido. ¿Es cierto lo que se dice de un maravilloso médico alemán, salido de entre las ruinas de un fuerte y las de un convento, como una de esas creaciones fantásticas? Contadnos, duque, todas esas cosas extraordinarias.
El duque, después de haber recibido las enhorabuenas de todos los concurrentes por su regreso y curación, tomó asiento enfrente de la condesa y entró en la narración de todo lo que el lector sabe. En fin, después de hablar mucho de Stein y de María, concluyó diciendo que había conseguido de él que viniese con su mujer a establecerse en Sevilla, para utilizar y dar a conocer, él su ciencia y ella los dotes extraordinarios con que la naturaleza la había favorecido.
--Mal hecho--falló en tono resuelto el general.
La condesa se volvió hacia su tío con prontitud.
--¿Y por qué es mal hecho, señor?--preguntó.
--Porque esas gentes--respondió el general--vivían contentos y sin ambición, y desde ahora en adelante, no podrán decir otro tanto; y según el título de una comedia española, que es una sentencia, _Ninguno debe dejar lo cierto por lo dudoso._
--¿Creéis, tío--repuso la condesa--, que esa mujer, con una voz privilegiada, echará de menos la roca a que estaba pegada como una ostra, sin ventajas y sin gloria para ella, para la sociedad ni para las artes?
--Vamos, sobrina, ¿querrás hacernos creer con toda formalidad que la sociedad humana adelantará mucho con que una mujer suba a las tablas y se ponga a cantar _di tanti palpiti_?
--Vaya--dijo la condesa--; bien se conoce que no sois filarmónico.
--Y doy muchas gracias a Dios de no serlo--contestó el general--. ¿Quieres que pierda el juicio, como tantos lo pierden, con ese furor melomaníaco, con esa inundación de notas que por toda Europa se ha derramado como un alud, o una avalancha, como malamente dicen ahora? ¿Quieres que vaya a engrandecer con mi imbécil entusiasmo el portentoso orgullo de los reyes y reinas del gorgorito? ¿Quieres que vayan mis pesetas a sumirse en sus colosales ingresos, mientras se están muriendo de hambre tantos buenos oficiales cubiertos de cicatrices, mientras que tantas mujeres de sólido mérito y de virtudes cristianas, pasan la vida llorando, sin un pedazo de pan que llevar a la boca? ¡Esto sí que clama al cielo, y es un verdadero _sarcasmo_, como también dicen ahora, en una época en que no se les cae de la boca a esos hipocritones vocingleros la palabra _humanidad_! ¡Pues ya iría yo a echar ramos de flores a una _prima donna_, cuyas recomendables prendas se reducen al do, re, mi, fa, sol!
--Mi tío--dijo la condesa--es la mismísima personificación del _statu quo_. Todo lo nuevo le disgusta. Voy a envejecer lo más pronto posible, para agradarle.
--No harás tal, sobrina--repuso el general--; y así no exijas tampoco que yo me rejuvenezca para adular a la generación presente.
--¿Sobre qué está disputando mi hermano?--preguntó la marquesa, que, distraída hasta entonces por el juego, no había tomado parte en la conversación.
--Mi tío--dijo un oficial joven que había entrado calmadito y sentándose cerca del duque--, mi tío está predicando una cruzada contra la música. Ha declarado la guerra a los _andantes_, proscribe los _moderatos_ y no da cuartel ni a los _allegros_.
--¡Querido Rafael!--exclamó el duque abrazando al oficial, que era pariente suyo, y a quien tenía mucho afecto. Era este pequeño, pero de persona fina, bien formada y airosa; su cara, de las que se dice que son demasiado bonitas para hombres.
--¡Y yo!--respondió el oficial, apretando en sus manos las del duque--; ¡yo que me habría dejado cortar las dos piernas por evitaros los malos ratos que habéis pasado! Pero estamos hablando de la ópera, y no quiero cantar en tono de melodrama.
--Bien pensado--dijo el duque--; y más valdrá que me cuentes lo que ha pasado aquí durante mi ausencia. ¿Qué se dice?
--Que mi prima la condesa de Algar--dijo Rafael--es la perla de las sevillanas.
--Pregunto lo que hay de nuevo--repuso el duque--y no lo sabido.
--Señor duque--continuó Rafael--, Salomón ha dicho, y muchos sabios (y yo entre ellos) han repetido, que nada hay nuevo debajo de la capa azul del cielo.
--¡Ojalá fuera cierto!--dijo el general suspirando--; pero mi sobrino Rafael Arias es una contradicción viva de su axioma. Siempre nos trae caras nuevas a la tertulia, y eso es insoportable.
--Ya está mi tío--dijo Rafael--esgrimiendo la espada contra los extranjeros. El extranjero es el _bu_ del general Santa María. Señor duque, si no me hubierais nombrado ayudante vuestro, cuando erais ministro de Guerra, no habría contraído tantas relaciones con los diplomáticos extranjeros de Madrid y no me estarían quemando la sangre con cartas de recomendación. ¿Creéis, tío, que me divierte mucho el servir de cicerone, como lo estoy haciendo desde que vine a Sevilla, con todo viandante?
--¿Y quién nos obliga--repuso el general--a abrir las puertas de par en par a todo el que llega y a ponernos a sus órdenes? No lo hacen así en París, y mucho menos en Londres.
--Cada nación tiene su carácter--dijo la condesa--y cada sociedad sus usos. Los extranjeros son más reservados que nosotros: lo son igualmente entre sí. Es preciso ser justos.
--¿Han venido algunos recientemente?--preguntó el duque--. Lo digo porque estoy guardando a lord G., que es uno de los hombres más distinguidos que conozco. ¿Si estará ya en Sevilla?
--No ha llegado aún--contestó Rafael--. Por ahora tenemos aquí, en primer lugar, al mayor Fly, a quien llamamos _la Mosca_, que es lo que su nombre significa. Sirve en los guardias de la reina y es sobrino del duque de W., uno de los más altos personajes de Inglaterra.
--¡Sí! ¡Sobrino del duque de W.--dijo el general como yo lo soy del Gran Turco!
--Es joven--prosiguió Rafael--, elegante y buen mozo, pero un coloso de estatura; de modo que es preciso colocarse a cierta distancia, para poder hacerse cargo del conjunto. De cerca parece tan grande, tan robusto, tan anguloso, tan tosco, que pierde un ciento por ciento. Cuando no está sentado a la mesa, siempre le tengo al lado, dentro o fuera de casa; cuando mi criado le dice que he salido, responde que me aguardará; y al entrar él por la puerta, salgo yo por la ventana. Tiene la costumbre de tirar al florete con su bastón, y aunque sus botonazos sean inocentes y no hiera más que el aire, como tiene el brazo fuerte y tan largo, y mi cuarto es pequeño, me agujerea las paredes y ha roto varios cristales de la ventana. En las sillas se sienta, se mece, se contonea y repanchiga de tal modo, que ya van cuatro rotas. Mi patrona, al verlo, se pone hecha una furia. Algunas veces toma un libro, y es lo mejor que puede hacer, porque entonces se queda dormido. Pero su fuerte son las conquistas; este es su caballo de batalla, su idea fija y toda su esperanza, aunque todavía en verde. Tiene con respecto al bello sexo, la misma ilusión que con respecto a los pesos duros el gallego que fue a México, creyendo que no tendría más que bajarse para recogerlos. He tratado de desengañarle; pero ha sido predicar en desierto. Cuando le hablo en razón, se sonríe con cierto aire de incredulidad, acariciando sus enormes bigotes. Está apalabrado con una heredera millonaria, y lo curioso es que este Ayax de treinta años, que devora cuatro libras de carne en _beef-steake_ y se bebe tres botellas de jerez de una sentada, hace creer a la novia que viaja por necesitarlo su salud. El otro _maulo_ como dice mi tío, es un francés: el barón de Maude.
--¡Barón!--dijo el general con socarronería--. ¡Sí!, ¡barón como Gran Turco!
--Pero por Dios, tío--dijo la condesa--, ¿qué razón hay para que no sea barón?
--La razón es, sobrina--dijo el general--, que los verdaderos barones (no los de Napoleón ni los constitucionales, sino los de antaño) no viajaban ni escribían por dinero, ni eran tan mal criados, tan curiosos y tan cansadamente preguntones.
--Pero tío, por Dios; bien se puede ser barón y ser preguntón. Por preguntar no se pierde la nobleza. A su regreso a su país va a casarse con la hija de un par de Francia.
--Así se casará él con ella--replicó el general--, como yo con el Gran Turco.
--Mi tío--dijo Arias--es como Santo Tomás: ver y creer. Pero volviendo a nuestro barón, es preciso confesar que es hombre de muy buena presencia, aunque como yo, acabó de crecer antes de tiempo. Tiene un carácter amable; pero la da de sabio y de literato; y lo mismo habla de política que de artes; lo mismo de Historia que de música, de estadística, de filosofía, de hacienda y de modas. Ahora está escribiendo un libro serio, como él dice, el cual debe servirle de escalón para subir a la Cámara de Diputados. Se intitula: _Viaje científico, filosófico, fisiológico, artístico y geológico por España (a) Iberia, con observaciones críticas sobre su gobierno, sus cocineros, su literatura, sus caminos y canales, su agricultura, sus boleros y su sistema tributario_. Afectadamente descuidado en su traje, grave, circunspecto, económico en demasía, viene a ser una fruta imperfecta de ese invernáculo de hombres públicos, que cría productos prematuros, sin primavera, sin brisas animadoras y sin aire libre; frutos sin sabor ni perfume. Esos hombres se precipitan en el porvenir, en vapor a toda máquina, a caza de lo que ellos llaman una _posición_, y a esto sacrifican todo lo demás: ¡tristes existencias atormentadas, para las que el día de la vida no tiene aurora!
--Rafael, eso es filosofar--dijo el duque sonriéndose--. ¿Sabes que si Sócrates hubiera vivido en nuestros tiempos, serías su discípulo más bien que mi ayudante?
--No cambio la ayudantía por el apostolado, mi general--respondió Arias--. Pero la verdad es que si no hubiera tanto discípulo necio, no habría tanto perverso maestro.
--¡Bien dicho, sobrino!--exclamó el anciano general--; ¡tanto nuevo maestro! y cada cual enseña una cosa y predica una doctrina a cual más nueva y más peregrina. ¡El progreso!, ¡el magnífico y nunca bien ponderado progreso!
--General--contestó el duque--, para sostener el equilibrio en este nuestro globo, es preciso que haya gas y haya lastre; ambas fuerzas deberían mirarse recíprocamente como necesarias, en lugar de querer aniquilarse con tanto encarnizamiento.