La gaviota

Chapter 10

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Celebróse la boda en el pueblo, en la casa de la tía María, por ser demasiado pequeña la choza del pescador para contener tanta concurrencia. Stein, que había hecho algunos ahorros en el ejercicio de su profesión (aunque hacía de balde la mayor parte de las curas), quiso celebrar la fiesta en grande, y que hubiese diversión para todo el mundo; por consiguiente, se llegaron a reunir hasta tres guitarras, y hubo abundancia de vino, mistela, bizcochos y tortas. Los concurrentes cantaron, bailaron, bebieron, gritaron; y no faltaron los chistes y agudezas propias del país.

La tía María iba, venía, servía las bebidas, sostenía el papel de madrina de la boda, y no cesaba de repetir:

--Estoy tan contenta, como si fuera yo la novia.

A lo que fray Gabriel añadía indefectiblemente:

--Estoy tan contento, como si fuera yo el novio.

--Madre--le dijo Manuel, viéndola pasar a su lado--, muy alegre es el color de ese vestido para una viuda.

--Cállate, mala lengua--respondió su madre. Todo debe ser alegre en un día como hoy; además, que a caballo regalado no se le mira el diente. Hermano Gabriel, vaya esta copa de mistela, y esta torta. Eche usted un brindis a la salud de los novios, antes de volver al convento.

--Brindo a la salud de los novios antes de volver al convento--dijo fray Gabriel.

Y después de apurada la copa, se escurrió, sin que nadie, excepto la tía María, hubiese echado de ver su presencia ni notado su ausencia.

La reunión se animaba por grados.

--¡Bomba!--gritó el sacristán, que era bajito, encogido y cojo.

Calló todo el mundo al anuncio del brindis de aquel personaje.

--¡Brindo--dijo--a la salud de los recién casados, a la de toda la honrada compañía y por el descanso de las ánimas benditas!

--¡Bravo!, bebamos, y viva la Mancha, que da vino en lugar de agua.

--A ti te toca, Ramón Pérez; echa una copla, y no guardes tu voz para mejor ocasión.

Ramón cantó:

Para bien a la novia le rindo y traigo. Pero al novio no puedo, sino envidiarlo.

--¡Bien, salero!--gritaron todos--. Ahora el fandango, y a bailar.

Al oír el preludio del baile eminentemente nacional, un hombre y una mujer se pusieron simultáneamente en pie, colocándose uno enfrente de otro. Sus graciosos movimientos se ejecutaban casi sin mudar de sitio, con un elegante balanceo de cuerpo, y marcando el compás con el alegre repiqueteo de las castañuelas. Al cabo de un rato, los dos bailarines cedían sus puestos a otros dos, que se les ponían delante, retirándose los dos primeros. Esta operación se repetía muchas veces, según la costumbre del país.

Entre tanto, el guitarrista cantaba:

Por el sí que dio la niña a la entrada de la iglesia, por el sí que dio la niña, entró libre, y salió presa.

--¡Bomba!--gritó de pronto uno de los que la echaban de graciosos--. Brindo por ese _cúralo-todo_ que Dios nos ha enviado a esta tierra, para que todos vivamos más años que Matusalén; con condición de que, cuando llegue el caso, no trate de prolongar la vida de mi mujer, y mi purgatorio.

Esta ocurrencia ocasionó una explosión de vivas y palmadas.

--¿Y qué dices tú a todo esto, Manuel?--le gritaron todos.

--Lo que yo digo--repuso Manuel--es que no digo nada.

--Esa no pasa. Si has de estar callado, vete a la iglesia. Echa un brindis y espabílate.

Manuel tomó un vaso de mistela, y dijo:

--Brindo por los novios, por los amigos, por nuestro comandante y por la resurrección de San Cristóbal.

--¡Viva el comandante, viva el comandante!--gritó todo el concurso--; y tú, Manuel, que lo sabes hacer, echa una copla.

Manuel cantó la siguiente:

Mira, hombre, lo que haces casándote con bonita; hasta que llegues a viejo, el susto no te se quita.

Después que se hubieron cantado algunas otras coplas, dijo el que la echaba de gracioso:

--Manuel, cantan esos unos despilfarros que no llevan idea ni consonante; tú, que sabes decir las cosas en buen versaje, y más cuando estás _calamocano_, echa una décima en regla a los novios, y toma este vaso de vino para que te se ponga la lengua _espeíta_.

Manuel tomó el vaso de vino, y dijo:

Ven acá, quita--pesares, alivio de mi congoja; criado entre verde hoja, y pisado en los lagares; te pido de que me aclares esta garganta y galillo para brindar a los novios empinando este vasillo.

--Ahora te toca a ti, Ramón del diablo, ¿te ha embotado el licor la garganta?; estás más soso que una ensalada de tomates.

Ramón tomó la guitarra y cantó:

Cuando la novia va a misa y yo la llego a encontrar, toda mi dicha es besar la dura tierra que pisa.

Habiendo sucedido a esta copla otra que verdeaba, la tía María se acercó a Stein y le dijo:

--Don Federico, el vino empieza a explicarse; son las doce de la noche, los chiquillos están solos en casa con Momo y fray Gabriel, y me temo que Manuel empine el codo más de lo regular; el tío Pedro se ha dormido en un rincón, y no creo que sería malo tocar la retirada. Los burros están aparejados. ¿Quiere usted que nos despidamos a la francesa?

Un momento después, las tres mujeres cabalgaban sobre sus burras hacia el convento. Los hombres las acompañaban a pie, entre tanto que Ramón, en un arrebato de celos y despecho, al ver partir a los novios, rasgueando la guitarra con unos bríos insólitos, berreaba más bien que cantaba la siguiente copla:

Tú me diste calabazas, me las comí con tomates; mas bien quiero calabazas que no entrar en tu linaje.

--¡Qué hermosa noche!--decía Stein a su mujer, alzando los ojos al cielo--. ¡Mira ese cielo estrellado, mira esa luna en todo su lleno, como yo estoy en el lleno de mi dicha! ¡Como mi corazón, nada le falta ni nada echa de menos!

--¡Y yo que me estaba divirtiendo tanto!--respondió María impaciente--; no sé por qué dejamos tan temprano la fiesta.

--Tía María--decía Pedro Santaló a la buena anciana--, ahora sí que podemos morir en paz.

--Es cierto--respondió esta--; pero también podemos vivir contentos, y esto es mejor.

--¿Es posible que no sepas contenerte, cuando tomas el vaso en la mano?--decía Dolores a su marido--. Cuando sueltas las velas, no hay cable que te sujete.

--¡Caramba!--replicó Manuel--. Si me he venido, ¿qué más quieres? Si hablas una palabra más, viro de bordo, y me vuelvo a la fiesta.

Distinguíanse aún los cantos de los bebedores.

--¡Viva la Mancha que da vino en lugar de agua!

Dolores calló, temerosa de que Manuel realizase su amenaza.

--José--dijo Manuel a su cuñado, que también era de la comitiva--, ¿está la luna llena?

--Por supuesto que sí--repuso el pastor--. ¿No le ves lo que le está saliendo del ojo?, ¿a que no sabes lo que es?

--Será una lágrima--dijo Manuel riendo.

--No es sino un hombre.

--¡Un hombre!--exclamó Dolores plenamente convencida de lo que decía su hermano--. ¿Y quién es ese hombre?

--No sé--respondió el pastor--; pero sé como se llama.

--¿Y cómo se llama?--preguntó Dolores.

--Se llama Venus--repuso José.

Manuel soltó la carcajada. Había bebido más de lo regular, y tenía el vino alegre, como suele decirse.

--Don Federico--dijo Manuel--, ¿quiere usted que le dé un consejo, como más antiguo en la cofradía?

--Calla, por Dios, Manuel--le dijo Dolores.

--¿Quieres dejarme en paz?, si no, vuelvo la grupa.

Oiga usted, don Federico. En primer lugar, a la mujer y al perro, el pan en una mano y el palo en la otra.

--Manuel--repitió Dolores.

--¿Me dejas en paz, o me vuelvo?--contestó Manuel; Dolores calló.

--Don Federico--prosiguió Manuel--, casamiento y señorío, ni quieren fuerza ni quieren brío.

--Hazme el favor de callar, Manuel--le interrumpió su madre.

--También es fuerte cosa--gruñó Manuel--. No parece sino que estamos asistiendo a un entierro.

--¿No sabes, Manuel--observó el pastor--, que a don Federico no le gustan esas chanzas?

--Don Federico--dijo Manuel, despidiéndose de los novios, que seguían hacia la choza--, cuando usted se arrepienta de lo que acaba de hacer, nos juntaremos y cantaremos a dos voces la misma letra.

Y siguió hacia el convento, oyéndose en el silencio de la noche su clara y buena voz, que cantaba:

Mi mujer y mi caballo, se me murieron a un tiempo. ¡Qué mujer ni qué demonio! Mi caballo es lo que siento.

--Vete a acostar, Manuel, y _liberal_--le dijo su madre cuando llegaron.

--De eso cuidará mi mujer--respondió este--. ¿No es verdad, morena?

--Lo que yo quisiera es que estuvieses dormido ya--contestó Dolores.

--¡Mentira! ¡Cómo habías tú de querer guardarte en el buche el sermón sin paño, que me tengo que zampar yo, entre duerme y vela, si he de dormir en cama! ¡Fácil era!

--¿Y no sabes tú taparle la boca?--le dijo riendo su cuñado.

--Oye, José--contestó Manuel--, ¿has hallado tú entre las breñas o cuevas del campo lo que a una mujer pueda tapar la boca? Mira que si lo has hallado no faltará quien te lo compre a peso de oro; por esos mundos no lo he encontrado ni conocido en la vida de Dios. Y se puso a cantar:

Más fácil es apagarle sus rayos al sol que abrasa, que atajarle la sin hueso a una mujer enojada. No sirve el halago, ni tampoco el palo, ni sirve ser bueno, ni sirve ser malo.

Capítulo XV

Tres años habían transcurrido. Stein, que era de los pocos hombres que no exigen mucho de la vida, se creía feliz. Amaba a su mujer con ternura; se había apegado cada día más a su suegro, y a la excelente familia que le había acogido moribundo, y cuyo buen afecto no se había desmentido jamás. Su vida uniforme y campestre estaba en armonía con los gustos modestos y el temple suave y pacífico de su alma. Por otra parte, la monotonía no carece de atractivos. Una existencia siempre igual es como el hombre que duerme apaciblemente y sin soñar; como las melodías compuestas de pocas notas, que nos arrullan tan blandamente. Quizá no hay nada que deje tan gratos recuerdos, como lo monótono, ese encadenamiento sucesivo de días, ninguno de los cuales se distingue del que le sigue ni del que le precede.

¡Cuál no sería, pues, la sorpresa de los habitantes de la cabaña, cuando vieron venir una mañana a Momo, corriendo, azorado, y gritando a Stein que fuese, sin perder un instante, al convento!

--¿Ha caído enfermo alguno de la familia?--preguntó Stein asustado.

--No--respondió Momo--; es Usía que le dicen su _Esencia_, que estaba cazando en el coto jabalíes y venados, con sus amigos, y, al saltar un barranco, resbaló el caballo y los dos cayeron en él. El caballo reventó y la _Esencia_ se ha quebrado cuantos huesos tiene su cuerpo. Le han llevado allá en unas parihuelas, y aquello se ha vuelto una Babilonia. Parece el día del juicio. Todos andan desatentados, como rebaño en que entra el lobo. El único que está _cariparejo_ es el que dio el batacazo. Y un real mozo que es, por más señas. Allí andaban todos aturrullados sin saber qué hacer. Madre abuela les dijo que había aquí un cirujano de los pocos; mas ellos no lo querían creer. Pero como para traer uno de Cádiz, se necesitan dos días, y para traer uno de Sevilla, se necesitan otros tantos, dijo su _Esencia_ que lo que quería era que fuese allá el recomendado de mi abuela; y para eso he tenido que venir yo, pues no me parece sino que ni en el mundo ni en la vida de Dios hay de quién echar mano sino de mí. Ahora le digo a usted mi verdad: si yo fuera que usted, ya que me habían despreciado, no iba ni a dos tirones.

--Aunque yo fuese capaz--respondió Stein--de infringir mi obligación de cristiano, y de profesor, necesitaría tener un corazón de bronce para ver padecer a uno de mis semejantes sin aliviar sus males pudiendo hacerlo. Además, que esos caballeros no pueden tener confianza en mí, sin conocerme; y esto no es ofensa, ni aun lo sería, si no la tuviesen, conociéndome.

Con esto llegaron al convento.

La tía María, que aguardaba a Stein con impaciencia, le llevó a donde estaba el desconocido. Habíanle puesto en la celda prioral, donde apresuradamente, y lo mejor que se pudo, se le había armado una cama. La tía María y Stein atravesaron la turbamulta de criados y cazadores que rodeaban al enfermo. Era este un joven de alta estatura. En torno de su hermoso rostro, pálido pero tranquilo caían los rizos de su negra cabellera. Apenas le hubo mirado Stein, lanzó un grito, y se arrojó hacia él temeroso de tocarle, se detuvo de pronto y, cruzando sus manos trémulas, exclamó:

--¡Dios mío, señor duque!

--¿Me conoce usted?--preguntó el duque; porque en efecto, la persona que Stein había reconocido era el duque de Almansa--. ¿Me conoce usted?--repitió alzando la cabeza, y fijando en Stein sus grandes ojos negros, sin poder caer en quién era el que le dirigía la palabra.

--¡No se acuerda de mí!--murmuró Stein, mientras que dos gruesas lágrimas corrían por sus mejillas--. No es extraño: las almas generosas olvidan el bien que hacen, como las agradecidas conservan eternamente en la memoria el que reciben.

--¡Mal principio!--dijo uno de los concurrentes--. Un cirujano que llora; ¡estamos bien!

--¡Qué desgraciada casualidad!--añadió otro.

--Señor doctor--dijo el duque a Stein--, en vuestras manos me pongo. Confío en Dios, en vos y en mi buena estrella. Manos a la obra, y no perdamos tiempo.

Al oír estas palabras, Stein levantó la cabeza; su rostro quedó perfectamente sereno, y con un ademán modesto, pero imperativo y firme, alejó a los circunstantes. En seguida examinó al paciente con mano hábil y práctica en este género de operaciones; todo con tanta seguridad y destreza, que todos callaron, y sólo se oía en la pieza el ruido de la agitada respiración del paciente.

--El señor duque--dijo el cirujano, después de haber concluido su examen--tiene el tobillo dislocado y la pierna rota, sin duda por haber cargado en ella todo el peso del caballo. Sin embargo, creo que puedo responder de la completa curación.

--¿Quedaré cojo?--preguntó el duque.

--Me parece que puedo asegurar que no.

--Hacedlo así--continuó el duque--, y diré que sois el primer cirujano del mundo.

Stein, sin alterarse, mandó llamar a Manuel, cuya fuerza y docilidad le eran conocidas, y de quien podía disponer con toda seguridad. Con su auxilio, empezó la cura, que fue ciertamente terrible; pero Stein parecía no hacer caso del dolor que padecía el enfermo, y que casi le embargaba el sentido. Al cabo de media hora, reposaba el duque, dolorido, pero sosegado. En lugar de muestras de desconfianza y recelo, Stein recibía de los amigos del personaje enhorabuenas cumplidas y pruebas de aprecio y admiración; y él, volviendo a su natural modesto y tímido, respondía a todos con cortesías. Pero quien se estaba bañando en agua rosada era la tía María.

--¿No lo decía yo?--repetía sin cesar a cada uno de los presentes--, ¿no lo decía yo?

Los amigos del duque, tranquilizados ya, a ruegos de este, se pusieron en camino de vuelta. El paciente había exigido que le dejasen solo, bajo la tutela de su hábil doctor, su antiguo amigo, como le llamaba, y aun despidió a casi todos sus criados.

Así él y su médico pudieron renovar conocimiento a sus anchas. El primero era uno de aquellos hombres elevados y poco materiales, en quienes no hacen mella el hábito ni la afición al bienestar físico; uno de los seres privilegiados, que se levantan sobre el nivel de las circunstancias, no en ímpetus repentinos y eventuales, sino constantemente, por energía característica, y en virtud de la inatacable coraza de hierro, que se simboliza en el _¿qué importa?_; uno de aquellos corazones que palpitaban bajo las armaduras del siglo XV, y cuyos restos sólo se encuentran hoy en España.

Stein refirió al duque sus campañas, sus desventuras, su llegada al convento, sus amores y su casamiento. El duque lo oyó con mucho interés, y la narración le inspiró deseo de conocer a _Marisalada_, al pescador y la cabaña que Stein estimaba en más que un espléndido palacio. Así es que en la primera salida que hizo, en compañía de su médico, se dirigió a la orilla del mar. Empezaba el verano; y la fresca brisa, puro soplo del inmenso elemento, les proporcionó un goce suave en su romería. El fuerte de San Cristóbal parecía recién adornado con su verde corona, en honra del alto personaje, a cuyos ojos se ofrecía por primera vez. Las florecillas que cubrían el techo de la cabaña, en imitación de los jardines de Semíramis, se acercaban unas a otras, mecidas por las auras, a guisa de doncellas tímidas que se confían al oído sus amores. La mar impulsaba blanda y pausadamente sus olas hacia los pies del duque, como para darle la bienvenida. Oíase el canto de la alondra, tan elevada que los ojos no alcanzaban a verla. El duque, algo fatigado, se sentó en una peña. Era poeta, y gozaba en silencio de aquella hermosa escena. De repente sonó una voz que cantaba una melodía sencilla y melancólica. Sorprendido el duque, miró a Stein, y este sonrió. La voz continuaba.

--Stein--dijo el duque--, ¿hay sirenas en estas olas, o ángeles en esta atmósfera?

En lugar de responder a esta pregunta, Stein sacó su flauta y repitió la misma melodía.

Entonces el duque vio que se les acercaba medio corriendo, medio saltando, una joven morena, la cual se detuvo de pronto al verle.

--Esta es mi mujer--dijo Stein--; mi María.

--Que tiene--dijo el duque entusiasmado--la voz más maravillosa del mundo. Señora, yo he asistido a todos los teatros de Europa, pero jamás han llegado a mis oídos acentos que más hayan excitado mi admiración.

Si el cutis moreno, inalterable y terso de María, hubiera podido revestirse de otro colorido, la púrpura del orgullo y de la satisfacción se habría hecho patente en sus mejillas, al escuchar estos exaltados elogios en boca de tan eminente personaje y competente juez. El duque prosiguió:

--Entre los dos poseéis cuanto es necesario para hacerse camino en el mundo. ¿Y queréis permanecer enterrados en la oscuridad y el olvido? No puede ser; el no hacer participar a la sociedad de vuestras ventajas, repito que no puede ser ni será.

--¡Somos aquí tan felices, señor duque!--respondió Stein--, que cualquier mudanza que hiciera en mi situación me parecería una ingratitud a la suerte.

--Stein--exclamó el duque--, ¿dónde está el firme y tranquilo denuedo que admiraba yo en vos, cuando navegábamos juntos a bordo del _Royal Sovereign_? ¿Qué se ha hecho de aquel amor a la ciencia, de aquel deseo de consagrarse a la humanidad afligida? ¿Os habéis dejado enervar por la felicidad? ¿Será cierto que la felicidad hace a los hombres egoístas?

Stein bajó la cabeza.

--Señora--continuó el duque--, a vuestra edad, y con esas dotes, ¿podéis decidiros a quedaros para siempre apegada a vuestra roca, como esas ruinas?

María, cuyo corazón palpitaba impulsado por intensa alegría y por seductoras esperanzas, respondió, sin embargo, con aparente frialdad:

--¿Qué más da?

--¿Y tu padre?--le preguntó su marido en tono de reconvención.

--Está pescando--respondió ella, fingiendo no entender el verdadero sentido de la pregunta.

El duque entró en seguida en una larga explicación de todas las ventajas a que podría conducir aquella admirable habilidad, que le labraría un trono y un caudal.

María lo escuchaba con avidez, mientras el duque admiraba el juego de aquella fisonomía sucesivamente fría y entusiasmada, helada y enérgica.

Cuando el duque se despidió, María habló al oído a Stein y le dijo con la mayor precipitación:

--Nos iremos; nos iremos. ¡Y qué! ¿La suerte me llama y me brinda coronas, y yo me haría sorda? ¡No, no!

Stein siguió tristemente al duque.

Cuando entraron en el convento, la tía María preguntó a este, que trataba con mucha bondad a su enfermera, ¿qué tal le había parecido su querida María?

--¿No es verdad--preguntó--que _Marisalada_ es una linda criatura?

--Ciertamente--respondió el duque--. Sus ojos son de aquellos que sólo puede mirar frente a frente un águila, según la expresión de un poeta.

--¿Y su gracia?--prosiguió la buena anciana--, ¿y su voz?

--En cuanto a su voz--dijo el duque--, es demasiado buena para perderse en estas soledades. Bastante tenéis vosotros con vuestros ruiseñores y jilgueros. Es preciso que marido y mujer se vengan conmigo.

Un rayo que hubiese caído a los pies de la tía María no la habría aterrado, como lo hicieron aquellas palabras.

--¿Y quieren ellos?--exclamó asustada.

--Es preciso que quieran--respondió el duque, entrando en su departamento.

La tía María quedó consternada y confusa por algunos momentos. En seguida fue a buscar al hermano Gabriel.

--¡Se van!--le dijo bañada en lágrimas.

--¡Gracias a Dios!--repuso el hermano--. Bastante han echado a perder las losas de mármol de la celda prioral. ¿Qué dirá su reverencia cuando vuelva?

--No me ha entendido usted--dijo la tía María, interrumpiéndole--. Quienes se van son don Federico y su mujer.

--¿Que se van?--dijo fray Gabriel--; ¡no puede ser!

--¿Será verdad?--preguntó la tía María a Stein, que venía buscándola.

--¡Ella lo quiere!--respondió él con semblante abatido.

--Eso es lo que dice siempre su padre--continuó la tía María--; y con esa respuesta, la habría dejado morir si no hubiera sido por nosotros. ¡Ah don Federico!, ¡está usted tan bien aquí! ¿Va usted a ser como el español que, estando bueno, quiso estar mejor?

--No espero ni creo hallarme mejor en ninguna parte del mundo, mi buena tía María--dijo Stein.

--Algún día--repuso ella--se ha de arrepentir usted.

¡Y el pobre tío Pedro! ¡Dios mío! ¿Por qué ha llegado acá el barullo del mundo?

Don Modesto entró en aquel instante. Hacía algún tiempo que había escaseado sus visitas, no porque el duque no le hubiese recibido perfectamente, ni porque dejase de ejercer sobre el veterano la misma irresistible atracción que ejercía en todos los que se le acercaban. Pero como era regular, don Modesto se había impuesto la regla de no presentarse ante el duque, general y ex ministro de la Guerra, sino de rigurosa ceremonia. _Rosa Mística_, empero, le había dicho que su uniforme no se hallaba capaz de un servicio activo, y esta era la causa de escasear sus visitas. Cuando la tía María le notificó que el duque pensaba emprender la marcha dentro de dos días, don Modesto se retiró inmediatamente. Había formado un proyecto, y necesitaba tiempo para realizarlo.

Cuando _Marisalada_ comunicó a su padre la resolución que había tomado de seguir el consejo que le diera el duque, el dolor del pobre anciano habría partido un corazón de piedra. Este dolor era, sin embargo, silencioso. Oyó los magníficos proyectos de su hija, sin censurarlos ni aplaudirlos, y sus promesas de volver a la choza, sin exigirlas ni rechazarlas. Consideraba a su hija como el ave a su polluelo, cuando se esfuerza a salir del nido, al cual no ha de volver jamás. El buen padre lloraba hacia dentro, si es lícito decirlo así.

Al día siguiente, llegaron los caballos, los criados y las acémilas que el duque había mandado venir para su partida. Los gritos, los votos y los preparativos del viaje resonaban en todos los ángulos del convento. El hermano Gabriel tuvo que irse a trabajar en sus espuertas bajo la yedra, a cuya sombra estaban en otro tiempo las norias.

_Morrongo_ se subió al tejado más alto, y se recostó al sol, echando una mirada de desprecio al tumulto que había en el patio; _Palomo_ ladró, gruñó y protestó tan enérgicamente contra la invasión extranjera, que Manuel mandó a Momo que le encerrase.

--No hay duda--decía Momo--que mi abuela, que es la más _aferrada_ curandera que hay debajo de la capa del cielo, tiene imán para atraer enfermos a esta casa. Ya va de tres con este, ¡sobre que en el cielo se ha de poner su mercé a curar a San Lázaro!

Llegó el día de la partida. El duque estaba ya preparado en su aposento. Habían llegado Stein y María, seguidos del pobre pescador, el cual no alzaba los ojos del suelo, doblado el cuerpo con el peso del dolor. Este dolor le había envejecido más que los años y todas las borrascas del mar. Al llegar, se sentó en los escalones de la cruz de mármol.