La familia de León Roch, Tomos 1 y 2
Part 7
«Tu primer deber es evitar el escándalo y no dar al mundo el espectáculo de una unión descompuesta y perturbada por la disensión religiosa. Ya que tienes la desgracia de no creer, debiste ocultar á tu esposa esa llaga de la conciencia; debiste abstenerte de publicar ciertos escritos científicos. De todos modos es malo el ateísmo; pero cuando carece de pudor, cuando no se disimula á sí propio, es más repugnante. Toda deformidad debe ser velada, y las de la conciencia más, para no ofender á la moral pública... No esperes que sea indulgente contigo en esta cuestión; ya conoces mi carácter, ya sabes que no puedo ocultar lo que siento. Yo te estimo, reconozco tus buenas cualidades, tu bondad relativa, tu moralidad pasiva, pues no merecen otro nombre las perfecciones y méritos de los que viven fuera de la verdad revelada; confieso que eres mejor que algunos que se tienen por creyentes; que posees las virtudes frías y correctas de la filosofía pagana, y que cumples ciertos preceptos por la razón sencilla de que es _cómodo ser bueno_, y porque el cumplimiento de los deberes externos siempre trae ventajas al individuo; sé que obedeces á tu helada moral filosófica como obedece el buen contribuyente y ciudadano los reglamentos de policía y de higiene; te declaro de los mejores en esta baraúnda de hombres corrompidos; te tengo aprecio y aun cariño; te admiro por tu talento; pero á pesar de todo, óyelo bien: si yo... si yo, León (al decir esto se levantó alzando el brazo en actitud harto apostólica), hubiera tenido en mi mano la mano de María, no te la habría dado jamás, ¿lo entiendes? ¡no te la habría dado jamás!»
Habló entonces León con más calor, y Gustavo le dijo:
«¡Oh! Yo detesto también la hipocresía. No admito más que dos caminos: ó ser católico ó no serlo. En nuestra fe sacratísima no caben distingos ni acomodos. Yo soy católico, y como tal procedo en toda mi vida; yo no tengo el dogma en mi boca y el ateísmo en mis actos; yo, despreciando los juicios de la frivolidad, oigo misa, confieso, comulgo, practico el ayuno. Me glorío de recibir los ultrajes de la canalla desvergonzada que aparenta dirigir la opinión, y á su cinismo opongo yo mi valor, y á su chismografía volteriana los principios santos y la autoridad de la Iglesia. Estas ideas, este rigor de mi vida llena de dignidad, yo los llevaré á la vida pública cuando entre en ella... porque entraré impulsado por una secreta vocación de soldado y de mártir, y por la mano de Dios que no quiere quedar sin defensa en esta arena sangrienta de las pasiones humanas. Si hay hombres perversos que han desenjaulado á las fieras del descreimiento y del racionalismo, Dios arrojará á sus domadores en medio de ellas. Al hombre que te manifiesta estas ideas con tanto tesón, no le pidas indulgencia para las disensiones de tu casa, ni le exijas que participe del criterio acomodaticio, según el cual mi hermana y tú tendríais igual culpa de vuestra desgracia. No, mil veces no. Ella no tiene culpa ninguna, ¡tú la tienes toda, tú toda! La verdad no puede transigir con el error. En este caso, tú has de sucumbir y ella ha de permanecer siempre levantada y triunfante.»
A esto, León le hubiera contestado algo; pero deseando poner á un lado aquel desagradable tema, llevó el curso de la conversación á otro que era de mucho gusto para el joven. Este abandonó el tono apocalíptico para hablar así:
«Es verdad: los votos de tus arrendatarios de Cullera me han salvado. Ya tengo por seguro el triunfo... Aquí, en confianza, yo he deseado mucho ir á las Cortes... comprendo que es mi camino, mi carrera. Cuando se tienen principios fijos y el inquebrantable propósito de sostenerlos á todo trance, la vida pública es honrosa. El tiempo en que vivimos convida á la lucha, ¿no es verdad?... porque cuando los caracteres han desaparecido anegados en una riada de corrupción, ¿no es ventajoso y lucido mostrar carácter y que se diga: «ese es un hombre?» Cuando la lógica humana y la verdad ultrajada piden que haya azotes, ¿no es hermoso y brillante tomar el látigo? La civilización cristiana es como un hermoso bosque. La religión lo ha formado en siglos; la filosofía aspira á destruirlo en días. Es preciso cortarle las manos á esa brutal leñadora. La civilización cristiana no puede perecer en manos de unos cuantos ideólogos auxiliados por una gavilla de perdidos que, por no tomarse el trabajo de tener conciencia, han suprimido á Dios.»
Enarboló la mano flexible y pesada, blandiéndola como la palmeta de un maestro de escuela, y en pie, dispuesto á partir, dijo:
«Amigo, casi hermano, te profeso sincero cariño; pero en tocando al punto negro, cuidado, mucho cuidado. Si la llaga de tu casa se agrava, ponte en guardia... Me verás al lado de la víctima, al lado de mi pobre hermana... Adiós.»
Se fué. Viéndole salir, León sintió que un secreto pavor llenaba su alma, dejándole por algún tiempo imposibilitado de pensar nada claro.
XIII
El último retrato.
El hombre á quien hemos visto en la soledad de su gabinete, turbada rara vez en el espacio de algunos meses por las escenas descritas, no consagraba todo su tiempo al estudio. Engranado en la máquina social por las afecciones, por el matrimonio, por la ciencia misma, no podía ser uno de esos sabios telarañosos que los poemas nos presentan pegados á los libros y á las retortas, y tan ignorantes del mundo real como de los misterios científicos. León Roch se presentaba en todas partes, vestía bien, y aun se confundía á los ojos de muchos con las medianías del vulgo bien vestido y correcto que constituye una de las porciones más grandes, aunque menos pintorescas, de la familia social. No se eximía de la insulsez metódica que informa la vida de los ricos en esta capital, y así se le veía con su mujer en el paseo de carruajes, cuyo encanto consiste en reunirse todos á hora fija y dar unas cuantas vueltas en orden de parada, coche tras coche, paso á paso, en perezosa y militar fila, de modo que las señoras reclinadas en el asiento posterior del landó, sienten en su cara el resuello de los caballos del coche que va detrás, y aun ha habido solípedo que intentara comerse, creyéndolas vivas, las flores del sombrero de la dama que va en el carruaje delantero. También iba al teatro con su mujer, observando la deliciosa disciplina de los abonos á turno, que tiene la ventaja de administrar el aburrimiento ó el regocijo á plazos marcados, sin contar para nada con el estado del espíritu. Daba de comer á pocas personas en un solo día de la semana, habiendo disputado y ganado á su mujer la elección de comensales, que eran de lo mejor entre lo poquito bueno que tenemos en discreción y formalidad. Para elegir no se acordó de categorías de escuela, y sólo obedeció á las simpatías personales. De modo que su yantar semanal (horrible frase) y sus _noches_, como pudiéramos decir, reunían hombres listos, católicos remachados, políticos de la más pura doctrina epicúrea, aristócratas de la edición incunable, otros de las flamantes, y hombres de escasa importancia social, pero que la aparentaban por su cualidad de crónicas vivas ó por la seducción de su trato, en gran manera distinguido. También iban jóvenes de la pléyade universitaria, brillantes en el profesorado y en las ardientes disputas cuyo estruendo se oye por todas partes. Reinaba en estas reuniones armonía completa, pues nada reconcilia tanto como el buen comer, la presencia de elegantes damas, y la obligación de no olvidar un momento las leyes de la cortesía. Aunque algunos quizás se despreciaban cordialmente, había en la casa cierta atmósfera de estima general; y una conversación discreta, tolerante, instructiva y amena, producto feliz de aquel conjunto de opiniones diversas, engañaba las horas. Se hablaba de artes, de letras, de costumbres, de política; se murmuraba también un poco; en algún pequeño grupo, hacían crónica personal algo escandalosa; y en otro se hablaba de las cuestiones más hondas, de religión, por ejemplo, que es un tema planteado en todas partes donde quiera que hay tres ó cuatro hombres, y que tiene el don de interesar más que otra cosa alguna. Este tema, constantemente tratado en las familias, en los corrillos de estudiantes, en las más altas cátedras, en los confesonarios, en los palacios, en las cabañas, entre amigos, entre enemigos, con la palabra casi siempre, con el cañón algunas veces, en todos los idiomas humanos, en los duelos de los partidos, con el lenguaje de la frivolidad, con el de la razón, á escondidas y á las claras, con tinta, con saliva, y también con sangre, es como un hondo murmullo que llena los aires de región á región y que jamás tiene pausa ni silencio. Basta tener un poco de oído para percibir este incesante y angustioso soliloquio del siglo.
Rasgos físicos de León Roch eran lo moreno del color, lo expresivo de la mirada, la negrura de la barba y cabello; su rasgo moral era la rectitud y el propósito firme de no mentir jamás. La mayor parte de las personas hallaban encanto indefinible en su modo de mirar; pero de su rectitud no podía juzgarse tan fácilmente, porque la conciencia no se ve. El ponerle ó no en el número de los buenos, dependía del criterio con que se le mirase. Teníanle algunos por persona excelente; otros por un mal sujeto. Si á la vista era su cuerpo airoso y seductora su presencia, alguien dijo de él: «Por fuera es buen mozo, pero por dentro es un jorobado.»
No tenía la gazmoñería racionalista (pues también hay gazmoñería racionalista), que consiste en escandalizarse con exceso de la credulidad de algunas personas y en ridiculizar su fervor: por el contrario, León miraba con respeto á algunos creyentes, y á otros casi con envidia. No tenía tampoco el afán de la conquista, ni quería convertir á nadie; y si el estudio le había dado grandes regocijos, también le producía horas de amargura y desaliento. No creía su estado perfecto, sino, por el contrario, harto imperfecto; por lo cual no gustaba de embarcar gente en las islas frondosas de la fe para llevarlas á las solitarias estepas de la duda.
Dióse primero á las ciencias naturales, hallando en su investigación los más puros goces. Después, la filosofía le trajo un mareo insoportable, y al fin volvió á los estudios experimentales, que era donde se encontraba con pie firme y en país conocido. La historia le divertía tan sólo; la fisiología le encantaba. También cultivó la astronomía, favorecido por su dominio de las matemáticas. Solía decir: «La historia nos hace enanos, la fisiología nos pone en nuestro tamaño natural, y la astronomía nos engrandece.»
Había en su alma cierta aridez, ocasionada por el escaso empleo de la imaginación en su niñez y en sus estudios. Se había criado en una trastienda, y allí corrió desabrida su edad primera al lado de su madre, mujer tosca y sin delicadeza, que sentía poco y carecía de luces. Trabajaba mucho, pero no sabía leer; tenía la vanidad de que su hijo era muy precoz, y la creencia de que llegaría á ser obispo, general ó ministro. Muerta su madre, pasó una temporada en Valencia en la casa de un tío paterno, plebeyo enriquecido con la cerámica, y que decía: «Todo el saber es aire. Más útil es á la humanidad el hombre que hace un ladrillo que el que escribiera todos los libros que se conocen.» Después vino para León una juventud sin calaveradas, sin aventuras, sin conatos de poeta dramático, sin proyectos de raptos y duelos, sin lágrimas, sin melancolías, sin vacilaciones en la elección de carrera, con pocos ensueños. Le metieron en un laberinto de matemáticas, diciéndole: «Sal si puedes.» Es verdad que salió; pero luego le arrojaron en un mar de guijarros, donde había que luchar con esos oleajes petrificados, testimonio palpable de las agitaciones plutónicas y neptunianas que han esculpido nuestro globo; le metieron de cabeza en las entrañas del planeta, abiertas por la inducción ó representadas en los museos por las colecciones, y le dijeron: «Toda esta grava, que parece arrancada del arrecife de un camino, es un libro maravilloso: cada chinita es una letra. Es preciso que lo leas todo.» Vió las aguas haciendo ruido antes de que hubiera orejas, y arco iris antes de que hubiera ojos; vió la heráldica del mundo expresada en las figuras de bivalvos, de crustáceos y de ofidios que dejaron su forma impresa como el sello auténtico de las dinastías que desean hacer constar su reinado; vió plantas nacidas antes de que hubiera dientes y muelas que mascaron antes de que hubiera hombres, y al hombre mismo, huésped tardío de la creación, llegando cuando los bosques se habían resignado á ser almacenes de carbón, y cuando no había mares definitivos, y los ríos estaban nivelando hermosas llanadas, y cuando aún bufaban mil volcanes ingentes, arquitectos infatigables que daban el último golpe de cincel á la crestería de nuestras bellas montañas. Vió esto y otras muchas cosas que vienen detrás.
Más tarde, cuando terminada su carrera se vió rico, es decir, cuando comprendió que no sería esclavo de la ciencia, sino por el contrario, dueño de ella, cultivó un poco la imaginación. Bien conocía que jamás sería artista; pero tomó en su mano el fino estilete con que es representada una de las musas. Sus manos, que tan bien sopesaban la palanca de Arquímedes, eran toscas para instrumento tan delicado. «Está visto--decía,--que siempre seré un bruto.»
Había logrado escribir medianamente, con más claridad que elegancia; hablaba en público muy mal, atrozmente mal; pero en la conversación privada solía expresarse con elocuencia, siempre que el tema fuese alto. Había adquirido la costumbre de emplear gallardas figuras por la inclinación de la ciencia moderna á lisonjear en vez de espantar el sentido de la muchedumbre, y porque las formas parabólicas han sido siempre muy del gusto de los entendimientos superiores. Es el eterno homenaje tributado por la ciencia al arte, y al que éste debe corresponder alumbrándose en su glorioso camino con la inextinguible luz de la verdad.
Aquel hombre tan preocupado de si esta piedra era más ó menos siluriana que aquélla, y de si otra cristalizaba en romboedros ó en prismas, se encariñó desde su temprana juventud con un ideal para la vida, y era éste una existencia sosegada, virtuosa, formada del amor y del estudio, las dos alas del espíritu, como en su jerga figurada decía. Pasada la época de los afanes escolásticos, soñaba con buscar y encontrar aquel ideal en un matrimonio bien realizado, del cual nacería una familia. Esta familia soñada, la gran familia ideal, la placentera reunión de todos los suyos, ocupaba su pensamiento. ¡Cosa extraordinariamente bella y consoladora! Unirse con una mujer adorada, amante y sumisa, de clara inteligencia y corazón donde nunca se agotaran las bondades; ver después unos seres pequeñitos que irían saliendo, y haciendo gracias pedirían piando el pan de la educación; desarrollar en ellos con derechura el sér moral y el físico; vivir por ellos y atender á las necesidades de aquel grupo encantador, en cuyo centro la esposa y la madre parecería la imagen de la Providencia derramando sus dones, ora fecunda, ora maestra, ya cubriendo al desnudo, ya dando alimento al desfallecido, guiando el primer paso del vacilante, conteniendo el ardor del intrépido... ¡Oh! para esto valía la pena de vivir; para lo que esto no fuera, no. Luego venían á su imaginación los encantos de la vida del rico ilustrado, que puede gustar los placeres del trabajo sin ser esclavo de él... una vida deliciosa, consagrada por mitad al estudio, por mitad á los cuidados de la familia, dividiéndola asimismo entre la ciudad y el campo, pues de este modo es más grata la Naturaleza y más grata la sociedad; vida ni muy apartada ni muy pública, en un dulce retiro sin esquivez, lejos del bullicio, mas no inaccesible á los amigos discretos... Sí: era preciso realizar esto, y realizarlo pronto, antes que se pasase la vida en un rodar incesante y vertiginoso; era menester hallar pronto la que había de ser base de aquella felicidad soñada, pero posible. La elección no era fácil: debía ser prudente, seria, estudiada; pero ¿acaso no estaba él en las mejores condiciones para hacerla bien?... Sí: la haría bien, porque era un sabio, tenía mucho talento, mucha serenidad, espíritu de crítica, grandes hábitos de análisis... Y sin embargo...
XIV
Marido y mujer.
«Y sin embargo... me equivoqué.»
Esto decía para sí una noche en presencia de su mujer, solo con ella, en el silencio de la casa tranquila, abandonada ya por los tertulios, tibia aún por el calor de la reunión, en aquella hora en que el pensamiento cae en vagas meditaciones precursoras del sueño, después de representarse los hechos del día que hace poco eran escenas y figuras reales, y que pronto serían pesadillas.
Frente á él, dispuesta ya á acostarse, estaba la incomparable figura de la Minerva ateniense, cuyos ojos verdes, por aberración artística inconcebible, se fijaban en uno de esos vulgares libros de rezo, llenos de lugares comunes, oraciones enrevesadas y gongorinas, sutilezas hueras, páginas donde no hay piedad, ni estilo, ni espiritualismo, ni sencillez evangélica, sino un repique general de palabras. ¿Pero qué importa? Dejando que su mente se perdiera con somnolencia en semejante fárrago, María estaba soberanamente hermosa.
León había dejado caer de sus manos el periódico de la noche, otro repique general de timbres rotos, de cascabeles chillones y de ásperos cencerros, y contemplaba á su mujer, cavilando en la espantosa burla que había hecho él de su destino. Él, que había pasado su juventud conteniendo la imaginación, habíale soltado un día las riendas sin darse cuenta de ello, y se dejó arrastrar por una ilusión impropia de hombre tan serio. ¿Cómo pudo dejar de prever que entre su esposa y él no existiría jamás comunidad de ideas, ni ese dulce parentesco del espíritu que descubren hasta los tontos? ¿Cómo se dejó llevar de la fascinación ejercida por una hermosura sorprendente? ¿Cómo no vió la pared de hielo, enorme, dura, altísima, que se levantaría eternamente entre los dos? ¿Cómo no penetró aquel entendimiento rebelde, aquel criterio inflexible, aquella estrechez de juicio, aquella falta de sentimiento expansivo, generoso, mal compensada por una exaltación áspera ó mimosa? ¿Cómo no adivinó aquella sequedad y desabrimiento de su hogar, vacío de tantas cosas dulces y cariñosas, y en particular de la más cariñosa y dulce de todas, la confianza?
En un momento de profunda tristeza y desaliento, llevó su mano del corazón á la frente y asentó sobre ésta la palma crispada, como echando una maldición á su sabiduría. María no advirtió aquel movimiento y siguió con los ojos fijos en el libro.
«Me enamoré como un estúpido--pensó él volviendo á mirarla.--¿Y cómo no, si es tan hermosa?...»
Recordó después sus infructuosas tentativas para formar el carácter de María. En la primera época del matrimonio, María amaba á su marido con más ardor que ternura. Bien pronto, sin dejar de amarle del mismo modo, empezó á ver en él un sér extraviado y vitando en el orden intelectual. León le había dado libertad para practicar el culto; y ella la usó con moderación al principio. Pero á medida que León trataba de influir en el carácter de ella, no para arrancarle su fe, como algunos mal intencionados dijeron entonces, sino por el deseo de establecer entre ambos la mayor armonía posible, abusaba ella de la libertad concedida á sus devociones, y éstas llegaron á ser tantas que ocuparon pronto la mitad de su tiempo y casi todo su espíritu. No se crea por esto que renunció á las vanidades del mundo, pues gozaba de ellas, aunque sobria y moderadamente. Iba al teatro, con excepción del tiempo de Cuaresma, vestía muy bien, frecuentaba los paseos de moda, y dedicaba parte del verano á los esparcimientos y expediciones propias de la estación. De su persona cuidaba muchísimo, porque gustaba de agradar á su marido; de su casa poco, de su esposo nada, y el resto del tiempo lo consagraba al trabajo intelectual y práctico que le exigían varias congregaciones piadosas y las juntas benéficas á cuyo seno había sido llevada por sus amigas ó por su madre. Militaba en la encantadora cuadrilla de la devoción elegante.
«¿Pero no soy yo el rebelde?--decía León con desaliento.--¿De qué la acuso? ¿De que tiene fe? Si yo la tuviera, seríamos felices. ¿Por qué no la tengo?»
Hubo un tercer período, durante el cual el amor de María permanecía inalterable, siempre más vehemente que tierno, y tan poco espiritual como al principio. En dicho período, revolviéndose María contra su esposo con arrebatos de querer humano y de piedad mística, sentimientos que, lejos de excluirse, parece que se complementaban en ella, quiso atraerle al camino de la devoción elegante, perfumado con inciensos, alumbrado con cirios, embellecido con flores, amenizado con bonitos sermones y acompañado de hermosas damas. La aspiración de María era ser piadosa sin perder al hombre que tan vivamente había realizado la ilusión de su fantasía. Llevarle á la iglesia era su afanoso empeño.
«Déjame solo--le decía León agobiado de pena.--Vete y ruega á Dios por mí.
--Sin tí me falta la mitad de mi vida, y parece que no soy nada buena, como deseo serlo.»
Luego se abalanzaba hacia él, le estrechaba en sus brazos, y reclinando su frente sobre el pecho del hombre aburrido, decía con gemido perezoso: «¡Te quiero tanto!...»
La resistencia de León á tomar parte en las prácticas piadosas estableció al fin aquella desavenencia, ó mejor dicho, completo divorcio moral en que les hallamos á los dos años de su matrimonio. Ni se comunicaban un pensamiento, ni se consultaban una idea ó plan, ni partían entre los dos una alegría ó un pesar, que es el comercio natural de las almas, ni se entristecían juntamente, ni mutuamente se alegraban, ni siquiera reñían. Eran como esas estrellas que á la vista están juntas y en realidad á muchos millones de leguas una de otra. Fácil era á los amigos conocer que León sufría en silencio un gran dolor.
«Se empeña--decían,--en que su mujer sea racionalista, y esto es tan ridículo como un hombre beato.
--Eso digo yo--añadía otro.--El creer ó no es cuestión de sexo.
--Es que está enamorado de su mujer.»
Esto último era exacto en el sentido de que León vivía fascinado aún por la hermosura cada día más sorprendente de María Egipciaca, hermosura que ella, sin dar tregua á la devoción, sabía realzar con el lujo, con la elegancia del vestir y el delicadísimo cuidado de su persona.
De María podía decirse lo mismo que de León, en lo relativo al enamoramiento: ella también no cambiara por cosa alguna el hombre que le habían dado la sociedad y la Iglesia. En cuanto á él, llenaba el vacío de su alma con aquella pasión temporal encendida por una pasmosa belleza. No le era indiferente, antes bien le vanagloriaba el _beati possidentes_ con que la multitud obsequia al dueño de una mujer fiel y hermosa; y la idea de que María pudiese pertenecer á otro hombre, siquiera en intención ó pensamiento, le enfurecía. En resumen: eran dos seres divorciados por la idea en la esfera de los sentimientos puros y unidos por la hermosura en el campo turbulento de la fisiología. Sobre esto reflexionaba León en aquella hora de la noche. Ultimamente hizo esta observación amarguísima:
«El mundo está gobernado por palabras, no por ideas. Véase aquí como el matrimonio puede también llegar á ser un concubinato.»
«¿Has concluído?--dijo á su esposa, viéndola que dejaba el libro para rezar un momento en silencio y con los ojos cerrados.
--¿Has acabado tú el periódico?... Déjamelo, quiero ver una cosa. La Duquesa de Ojos del Guadiana no quiso costear sola la función de mañana... A ver si se anuncia en la sección de cultos.»
León leyó en voz alta toda la sección de cultos.