La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 6

Chapter 63,838 wordsPublic domain

«Ya sabes que soy consejero de Administración del _Banco de Agricultores_. Es una empresa grande, patriótica. Hemos de _levantar el crédito territorial del abismo en que yace_.»

Esta y otras frases de suelto financiero andaban por la boca del Marqués de Tellería como Pedro por su casa. Dijo después varias cosas jamás oídas, á saber: que España es _esencialmente agrícola_; que la riqueza agrícola no puede desarrollarse por falta de capitales; que los capitales existen... ¿pues no han de existir?... pero que es preciso reunirlos, encauzarlos, distribuirlos convenientemente para que fertilicen... para que beneficien... para que fecunden... El Marqués no pudo acabar la frase, que por ser de su invención y no del repertorio, se le atascó. El _Banco de Agricultores_ estaba íntimamente ligado á la gran compañía inglesa _Spanish Phosphate Limited_, destinada á hacer una transformación en nuestro país... Era una idea estupenda. ¡Capitales, abonos! He aquí los dos _polos del eje sobre que ha de girar la regeneración agrícola del país_. (Esta también era frase de prospecto.) El Marqués concluyó la arenga diciendo con aparente indiferencia:

«¿Qué te parece? ¿Colocarás parte de tus capitales en nuestras acciones?

--Necesito mi capital para vivir,--dijo León con fingida inocencia.

--¡Hombre!...»

León le dijo algo tan crudo sobre ciertas sociedades, que el Marqués perdió de súbito aquel colorete enfermizo que teñía sus mejillas y parte de su nariz, un no sé qué purpúreo como zumo de moras, que eclipsándose ó apareciendo en su cara, expresaba los distintos afectos de su alma. Después de una pausa, durante la cual empeñóse en dar á las guías de su bigote blanquinegro el aspecto terrorífico de las astas de un toro, se levantó y se puso á observar los objetos de Historia Natural. «Bien: no hay más que hablar de este asunto,» murmuró.

Siguió observando, revolviendo, tocando aquí y allí, cogiendo algunos objetos para acercarlos á sus ojos, y adaptando después uno de éstos al ocular del microscopio, para decir con el singular orgullo de sí misma que caracteriza á la ignorancia:

«Pues yo no veo nada... Yo no sirvo para esto... Gracias... que te aproveche tu microscopio. Dime, ¿y con esto ven ustedes el alma?... ¡Ya! como no la ven, sostienen que no existe.»

Y antes que su yerno le diese contestación, fuese á él, parósele delante, le miró un buen rato, y moviendo la cabeza, le dijo:

«Estoy pensando que á mi pobre hija no le falta razón para quejarse... No es esto decir que no seas un bendito, León; pero vamos á cuentas. Ella tiene sus creencias; tú tienes las tuyas; mejor dicho, no tienes ninguna. Tu falta de religiosidad y tu desdén por las _venerandas creencias del pueblo español_ la ofenden, la lastiman, la afligen sobremanera. Querido--añadió poniéndole la mano en la frente con apariencias de cariño,--recuerda que el pueblo español es eminentemente religioso. Pues qué, León, ¿estamos aquí en Alemania, país de las locas _utopias_?»

León dijo algo.

«No, no, no basta que la dejes en libertad--replicóle Tellería con viveza.--Es preciso que tú hagas algo. Tienes una fama de ateo que espanta. Yo... te soy franco: más querría perder mi posición y mi nombre en el mundo, que tener esa fama de ateísmo que tú mismo te has ganado. Comprendo las angustias de María: ella es religiosa; parece que, nacidos de un mismo vientre su hermano y ella, nacieron para ser santos... ¡Y concluirá por tenerte horror, y te aborrecerá, y no querrá vivir contigo...! Y si así sucede, tuya será la culpa por haberte significado demasiado en tus obras. Hombre, el que más y el que menos todos tenemos nuestra levadurilla de herejía... es decir, yo no tengo nada, yo soy ortodoxo hasta la médula; á mí no me vengan con filosofismos... Lo que hay es que todos, aun siendo creyentes, cumplimos mal, nos descuidamos; pero somos prudentes, tenemos tacto, guardamos las apariencias... consideramos que vivimos en un pueblo _eminentemente religioso_... recordamos que las clases populares necesitan de nuestro ejemplo para no extraviarse. Aquí no estamos en Alemania. ¡Oh! te juro que aborrezco las _utopias_. El pueblo español tendrá muchos defectos, pero jamás ultrajará lo que ha sido causa de su gloria y del respeto que infundió _á propios y extraños_. Por encima de nuestras miserias descollará siempre la _hidalguía castellana_, para...»

El noble señor no pudo concluir su frase, porque León le interrumpió hablándole con viveza y energía. Oyóse durante largo rato la voz de uno y otro, y allá en la pieza lejana donde cantaban los pájaros, María y su hermano Leopoldo suspendieron su conversación para prestar oído al rumor parlamentario que del despacho venía.

«Estos malditos pájaros no dejan oir una palabra--dijo el mancebo.--¿Oyes, María? Papá y tu _señor_ disputan. ¡Qué ganas de perder el tiempo!»

María puso atención después de decir á los pájaros con acento de enojo: «Callad, tontos.»

Poco después un brusco movimiento de la cortina dió paso á los bigotes corniformes del Marqués, á su cara, en la cual la gravedad se hermanaba con el humorismo, como si en ella quisiera poner Naturaleza un ejemplo vivo del eterno y capital dualismo del arte.

«Ya lo sabes--dijo con voz agridulce, entre serio y festivo.--Yo soy un hipócrita, un vividor... Tu caro esposo me lo ha dicho con buenas palabras... Un vividor, un hipócrita... sí, eso ha querido decir.»

Y dió un beso á su hija.

«Positivamente--añadió,--la cabeza de León está un tanto perturbada... ¡Lástima grande, porque es un guapo chico!... Estos malditos pájaros no dejan hablar.

--Callad, tontos.»

¡Con cuánto ardor toman ellos parte en las disputas de los hombres! Entre los conceptos de la conversación acalorada ó apacible, arrojan sus notas para ahogar las disputas humanas en una lluvia de alegría.

Mucho se habló después; pero las avecillas no dejaban oir. El lector tendrá paciencia para esperar á que callen los pájaros.

XI

Leopoldo.

Una mañana trabajaba León Roch en su despacho, cuando fué bruscamente interrumpido. Alzó del papel los ojos, y fijándolos en el gran espejo que delante de él estaba sobre la chimenea, vió una figura enjuta y macilenta, una mueca de calavera, en la cual la descomposición subterránea perdonara un poco de piel; dos ojos saltones con cierta viveza morbosa como la de los delirantes; un cuello delgado y violáceo, cuya piel, llena de costurones, parecía recientemente remendada; una nariz picuda y violácea también, de fina estampa; pero que por su agudeza iba tomando aspecto de pico y daba al rostro cierta fisonomía completamente ornitológica; una rala sembradura de pelos azafranados que rodeaban el largo óvalo de la cara en angosta faja, semejando el pañuelo que se pone á algunos muertos para que no se les caiga la mandíbula inferior; una frente estrecha y granulosa, en la cual había trazado el sombrero amoratada raya, semejante á un surco de sangre; una cabeza chata, en la cual los cabellos bermejos se partían en dos graciosas alas; una cara, en fin, que era, si así es permitido decirlo, la descomposición ó la transfiguración de una cara hermosa, ó mejor dicho, la caricatura de una raza entera; y también vió dos manos metidas en bolsillos, y dos pies de mujer, cuyas puntas apenas asomaban bajo las enaguas que en forma de pantalones cubrían sus delgadas piernas; un cuerpo sin curvas, sin formas, sin donaire, como armadura hecha para la ropa; un traje de mañana rayado de arriba abajo; una corbata graciosamente anudada; un bastón que salía vertical de uno de los bolsillos, y una pomposa flor clavada sobre el pecho como el mango de un puñal cuando se acaba de consumar el asesinato. Y cuando esto vió, León dijo bondadosamente: «¡Ah! Polito, siéntate. ¿Qué traes por aquí?»

Dejóse caer el joven en una butaca y estiró las piernas con muestras de cansancio. Habló. Su voz, que se esperaba fuese aguda y adamada, era ronca y carraspeante, una al modo de tos ó gargarismo hablado, como esas voces que en la más baja escala social se forman en el pregón público y se endurecen con el frío de la mañana y el aguardiente de la noche. Después de hablar un momento, calló para echarse en la boca un objeto medicinal.

«No puedo abandonar la brea ni un instante...--dijo gruñendo.--Desde que la abandono, me ahogo... ¿Qué te haces, León? Siempre leyendo. Envidio tu vida tranquila... No, gracias: hoy no puedo fumar. Me lo ha prohibido el médico... es preciso ver si combato los ataques epilépticos... Ahora me encuentro bien. ¿Sabes que voy á Sevilla? Los muchachos se han animado, y no puedo quedarme aquí. Vamos cuatro amigos: Manolo Grandezas, el Conde-Duque, Higadillos y yo. Higadillos tiene que torear los tres días de feria... ¿Por qué no te animas? A María le gustará mucho ver la feria.

--Si ella quiere ir, estoy dispuesto á llevarla.

--Ella no quiere ir, ese es el caso--añadió el de la ronca voz.--Y á propósito, _mio caro Leone_, por ahí dice la gente que sois muy desgraciados, que no congeniáis ni poco ni mucho, que tu descreimiento es un martirio para mi pobre hermana. Yo me río, León; me río de esas cosas... «Pero si es el hombre mejor del mundo, si es un caballero como hay pocos,» les digo... Aquí de mis elogios. ¡Cascarones! ya sabes que yo no digo sino lo que pienso... Anoche dijeron las de Rosafría que no comprendían, ¡mira tú qué sandez!... que no comprendían cómo mi hermana se casó contigo. «Pero señores, sean ustedes razonables, consideren ustedes...» Nada, nada... que eres de los de cáscara amarga, pero muy amarga. A una señora que tú conoces, y yo y todos... no te digo quién es... le oí decir estas mismas palabras: «Antes quisiera ver muerta á mi hija que casada con un hombre así...» No faltó quien te defendiera, aun en el bello sexo... «¡Ah! es hombre de grandísimo mérito...» La señora decía que no con su boca, con su mano, con su abanico... «Hay cosas que no pueden ser, decía, que no pueden ser...» Por último, querido León, yo no me atreví á defenderte... Lo que te aconsejo ¡cascarones! es que no pongas los pies en ciertas casas: te expondrías quizás á recibir un gran desaire por todo lo alto, ó á que te planten un par de _palitos cuarteando_. La de Borellano te llama la _bestia negra_... Sin embargo, dice que eres simpático. Pepe Fontán dijo una cosa muy chusca á propósito de la inquina que te tiene la de Borellano. «Nada: todo eso es despecho, porque de todos los hombres que conoce, León es el único que no le hace el amor.» Ya sabes que ha tenido un amante por año... Por eso dice Cimarra que no puede ocultar su edad... ¡Pobre Federico! Cuentan que ha reñido con su mujer y con su suegro... Parece que falsificó unas letras... Nada, que me le mandan á la Habana... ¿Pero qué hora es? ¡Las once! ¡Y tu mujer no viene de misa! Te concedo que son demasiadas misas. ¡Ah! ya sé: ella y mamá estarán de tertulia con el padre Paoletti, un italiano _berrendo en negro, retinto_... ¡Casca!... Si yo fuera casado... pero no: yo no seré cornúpeto, _passez moi le mot_... ¡Oh! si lo fuera, mi mujer haría mi gusto y nada más. María es buena; pero cuando se la pone una cosa en el testuz... No creas, yo también le he dicho mis verdades por su impertinencia... Compañero, es horrible eso de tener una mujer que constantemente nos esté cantando el estribillo: hombre, confiesa; hombre, comulga; hombre, ve á misa... ¡Cascarones! Es para pegarse un tiro... Puesto que le das libertad, ella debiera ser prudente. Por tu parte haces mal en tomar tan á pechos lo que vale tan poco... Mira tú, yo dejaría á mi mujer que oyese cuatrocientas veintisiete misas al día, y que tomara varas con todos los confesores. Poniéndole tasa en eso de gastarme mi dinero en Manifiestos, le llevaría el genio. ¡Bah! siempre que ella me hablara de cosas santas, yo le diría: «Sí, hija mía, todo lo que quieras. Eso, y lo otro, y lo de más allá.» En fin, que no reñiríamos nunca por un dogma más ó menos; y al mismo tiempo, querido León, yo me divertiría todo lo posible. _Comparito_, eso de irse al infierno sin pasar antes buena vida, es lo más tonto del mundo. Aburrirse aquí entre libros, y luego condenarse allá... porque tú te condenarás y yo también, León... allá iremos todos.»

Y soltó una risa tan estrepitosa como su aliento asmático se lo permitía. Después se levantó, y poniendo ambas manos sobre la mesa, cual si su cuerpo no pudiese mantenerse derecho sin ayuda de puntales, habló así:

«¿Sabes, querido, que me vas á prestar otros cuatro mil reales?»

León abrió una gaveta. Sonreía no sabemos por qué; pero consta que de todos los individuos de su familia política, aquél era, por lo inofensivo, el que le inspiraba más lástima, siendo esto tal vez la causa de que á veces le abriese su bolsa con paciencia y hasta con gusto, por no contrariar á un sér excesivamente miserable y desvalido. O quizás plagiaba León el sistema benéfico del vicario de Wakefield, que siempre que quería sacudirse á algún pariente importuno, le prestaba dinero, ropa, ó un caballo de poco valor, «y jamás, dice, se dió el caso de que volviera á mi casa para devolvérmelo.»

«Gracias, querido _beau frère_--dijo el mancebo, no ocultando la alegría que en la raza humana acompaña siempre á la adquisición de dinero.--Te lo devolveré el mes que entra con lo demás... No de una vez; te advierto que no podré dártelo junto... á plazos sí... ¡Es horrible! Si hubiera tres Semanas Santas en el año, todos los españoles tendríamos que pedir limosna... ¡Casca, casca!... ¡Vaya con los petitorios! La otra noche las de Rosafría me comprometieron á dar mil reales para el Papa... Ya ves... Si el mundo estuviera arreglado, el Papa debía darnos á nosotros... ¡Eh! ¡So tunante! _¡Lady Bull!_... ¡Eh, venga usted aquí!»

Estas palabras iban dirigidas á una alimaña rastrera y obscura que había entrado en el despacho con el joven; pero que hasta entonces se había mantenido en una actitud de circunspección respetuosa. Era una perrita de la horrible raza _King Charles_, que tenía el color de ratón, la redondez del puerco-espín, un hocico de mono entre abigarradas lanas, y una panza de sapo mal sostenida por cuatro patas pequeñas. Al fin de la conversación, su cascabelillo, hasta entonces mudo, empezó á sonar, indicando grandes travesuras, y Polito la descubrió entre unos libros arrinconados en el suelo.

«¡Venga usted aquí, aquí pronto!»

La tomó en brazos. Entonces se sintió ruido de coches y el acompasado pisoteo de uno de estos caballos españoles que parecen corceles de estatua ecuestre, trotando eternamente sin salir de su pedestal.

«¡Ah! Ya están aquí--dijo Leopoldo.--Higadillos á caballo y el Conde-Duque en su _break_... Les dije que pasaran por aquí á recogerme. Vamos á ver el apartado... Allá voy.»

Desde su asiento vió León el coche detenido junto á la reja, y el torero á caballo, un grosero mocetón de piernas ceñidas y cintura fajada, de cuerpo culebreante no falto de belleza escultórica, rematado por zafia cabeza española de color de tabaco y el sombrero ancho. El caballo piafaba, y el Conde-Duque contenía los de su _break_, fogosos animales mestizos de sangre bearnesa y andaluza.

Poco tardó Polito en subir al coche con _Lady Bull_, y la festiva comparsa se puso en marcha calle abajo, presidida por Higadillos y alegrada por los cascabeles del tiro á la calesera. León miró con curiosidad aquel fragmento pequeño, pero expresivo, de la iconografía contemporánea de España.

XII

Gustavo.

Le miró, y una sonrisa afable, señal inequívoca de complacencia por la visita, iluminó su semblante triste. Después, las miradas de uno y otro (pues se hallaban próximos á la ventana) se recrearon en la frescura aromática del jardín, sobre cuyo verdor pasaba el chorro de la manga de riego como un plumero de agua que limpia el polvo, ahuyentando los pájaros, deteniendo á las mariposillas, ahogando á los insectos, acariciando á las plantas. Hábilmente dirigida por el jardinero, penetraba en la espesura de los setos de evónimus, se desmenuzaba para formar polvaredas líquidas en las cuales jugaba fugaz arco iris. El jardín era nuevo, de esos que se traen de casa del horticultor como los muebles de casa del tapicero, formando un todo completo, y se plantan con método, con su selva en miniatura, sus praderas, sus vergeles, sus peñascos bordados por la hiedra, sus canastillos llenos de minutisa y de convulvuláceas. Cada conífera estaba en su sitio, y había corrillos simétricos en los cuales algunas filas de petunias aparentan estar de rodillas adorando la majestad de una _araucaria imbricata_, ó la altiva insolencia de un drago que todo es púas. Diríase que todo acababa de ser desembalado, cual si más bien fuese hechura de la industria que de la Naturaleza; pero era bonito, fresco, alegre, y no se podía concebir cosa más apropiada para separar la calle, que es de todos, de la casa, que es de uno solo.

Después que contemplaron un rato el jardín, sentáronse á tomar café.

--Antes que se me olvide--dijo Gustavo,--quiero reprenderte una virtud que por lo mal practicada es dañosa: me refiero á tus liberalidades, que indudablemente perjudican á tí que las haces y á mi hermano que las disfruta. Sé que otra vez has dado dinero á Polito, y esto me disgusta, porque mi hermano es un vicioso de la peor casta que existe... Aquí en el seno de la confianza, puedo decir todo lo que siento y juzgar con rectitud á los individuos de mi familia. Si su conducta me produce vergüenza, prefiero que me abrase el rostro á que me queme la sangre.»

El que así hablaba era un joven formal y un poco severo, parecido á sus hermanos y á su padre, pero menos hermoso que María y muy distante de la extenuación irrisoria de Leopoldo. Su rostro, quizás demasiado duro, indicaba un carácter entero, rara cosa en tal familia, convicciones arraigadas y una digna estimación de sí mismo. Era grave en el discurso, cortés en el trato, huyendo al parecer tanto de la arrogancia como de la llaneza, y manteniéndose en un medio de frialdad cultísima que algunos tenían por estudiada. Honrado y puntualísimo caballero en las relaciones comunes de la vida, poseía de añadidura instrucción no escasa y brillante talento. Ni alto ni bajo, ni grueso ni delgado, vestido de obscuro, la mirada serena detrás de sus lentes, exento de vicios incluso el de fumar, parco en sus gastos, implacable con el desorden, Gustavo, hijo primogénito del Marqués de Tellería, era, según el común sentir, lo mejor de la casa, la honra de la clase en que naciera y una esperanza para la patria. Inútil es decir que era abogado. Su hermano Leopoldo lo era también, como casi todos los jóvenes españoles; pero si éste no sabía ya qué forma tiene un libro, Gustavo estudiaba más cada día y aun defendía pleitos al amor del bufete de uno de los primeros jurisconsultos de Madrid. Había seguido la carrera genuinamente nacional y aventurera por excelencia, y saliendo de la Universidad sin ser nada, hallábase en camino de serlo todo. Debe añadirse que era orador elocuentísimo.

«A tí, querido León--añadió,--puedo confesarte que tengo horas de amarga tristeza por la conducta de alguna persona de mi familia, de todas ellas, mejor dicho, exceptuando á ese ángel que es tu mujer y al otro ángel quizás más perfecto que vive lejos de nosotros. ¿No es horrible ver á mi hermano corroído por el vicio, encenagado en la frivolidad corruptora que envilece á tantos individuos, no diré de nuestra clase porque no es exclusiva de ella esta ignominia, sino de todas las clases? Empeñándose en hacer un papel superior á nuestros medios de fortuna, el ejemplo de otros le arrastra á una disipación absurda. Pero esos otros son ricos, y mi hermano no. Yo me indigno al ver á Leopoldo guiando coches y montando caballos que cuestan más de lo que él puede poseer en un año... Además, si su ignorancia me aflige, su holgazanería me desespera. ¡Oh! tienes razón en lo que me has dicho alguna vez. Es muy exacta tu observación de que así como la plebe tiene su aristocracia, la nobleza tiene su populacho... Pero, en fin, no hablemos más de esto que me entristece. Queda demostrado que no debes alentar el libertinaje de Polito.»

León dijo algo, y Gustavo le contestó así:

«Sí: creo que mis padres tienen la culpa. Nuestra educación ha sido muy descuidada. Es tontería disimular que mi madre... gran trabajo me cuesta esta confesión... no ha sabido apartarse y apartarnos á tiempo del torbellino de la sociedad sedienta de goces; ha vivido más fuera de su casa que dentro. Hoy mismo... ¿por qué he de ocultarte lo que sabes tan bien como yo? hoy mismo, cuando nuestra fortuna ha mermado tanto, y según creo, lo poco que resta será bien pronto de los acreedores, ¿no es monstruoso que mi madre sostenga su casa en un pie de lujo que no nos corresponde?... ¡Infame vanidad!... Cuando veo los saraos dispendiosos de mi casa, lo que en vanas apariencias se gasta allí donde escasean tantas cosas, tantas... que son necesarias; cuando veo la escandalosa variación de vestidos de mi madre, su asistencia casi diaria á los teatros, su afán de competir con quien tiene mucho más dinero que nosotros; cuando veo esto, León, siento impulsos de renunciar al porvenir que he soñado en mi patria, y correr á buscar un pedazo de pan en país extranjero.»

León le interrumpió para hacer una observación, á lo que Gustavo contestó así:

«Yo de buena gana me iría; pero... qué quieres... no se puede abandonar el porvenir que ya está á medio conquistar; no se decide uno á abandonar el terreno ganado á fuerza de estudio. Además, por lo mismo que preveo grandes desastres en mi familia, creo que debo estar presente en el momento del naufragio... Conformémonos con esta vida odiosa y triste... Tú no conoces ciertas interioridades vergonzosas, León; tú no sabes lo que es vivir en una casa donde todo se debe, desde las alfombras hasta el pan de cada día, ni conoces los escalofríos producidos por la campanilla del terror, anunciando perpetuamente á los industriales afligidos ó furibundos que van á reclamar su dinero; ni tienes idea de las farsas que se ven obligadas á representar cada día personas cuyo nombre solo parece debiera ser emblema de respeto y formalidad; ni conocerás nunca esa agonía profunda en que se ven personas decentísimas por carecer en un momento crítico de cantidades que no quitarían el sueño á un jornalero.

»Tú que tienes fortuna y modestia, la cual es como segunda fortuna que beneficia á la primera, no conoces las ansias de este vivir en plena comedia entre el humo de la vanidad y sobre las ascuas de la escasez. Tranquilo y dichoso, sin otra pasión que la del estudio, libre de los aguijonazos de la ambición que quitan el sueño, y de los tropiezos y reveses que amargan la vida, pareces el niño mimado de la Providencia; aquí, en esta casa no sitiada por acreedores, ni asaltada por las visitas, en la dulce compañía de tu mujer querida, que es un ángel... ¡Pobre María!»

Después de una pausa, durante la cual el sesudo joven parecía leer alguna cosa en la frente de su cuñado, dijo con amargura:

«¡Y sin embargo, León, no has sabido hacerla feliz!»

Palabras vivas, una observación seca y tonante como un disparo, y, por último, una afirmación categórica, provocaron la siguiente respuesta: