La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 31

Chapter 313,994 wordsPublic domain

--Sí--dijo María cruzando blandamente las manos sobre el seno:--yo me siento subir, y no encuentro palabras para expresar mi júbilo. Parece que se me olvida ya el lenguaje de la tierra, que no sé hablar. Mi última palabra sea para repetir que perdono de todo corazón á los que me han ofendido.»

Pausa. El italiano murmuraba una oración.

«Padre--dijo María Egipciaca dando un golpecillo en la cama para despertarle de aquel sopor místico en que había caído,--me ocurre que debo manifestar de palabra mi perdón á mi marido.

--No es absolutamente necesario, pero puede usted hacerlo.

--Quién sabe si unas cuantas palabras dichas en momentos tan solemnes harán efecto provechoso en su alma perdida.

--¡Oh, sí!... Esa idea es propia de una inteligencia sublime... Se lo _diremos_.

--En este trance--añadió María agitada otra vez por los afectos que Paoletti llamaba menudos,--él no puede contestarme. ¡Ay! tiene tan prontas las respuestas cuando yo le acuso, que á veces me aturde. Una vez...»

María reflexionó un instante antes de seguir.

«... Vino á mí lleno de tristeza y desaliento. Era una noche que llovía mucho... El pobrecito... por ceder su coche á un amigo enfermo, se había mojado hasta los huesos. Además, aquel día se le había muerto otro amigo que amaba mucho, un célebre ateo, ya sabe usted, compañero de estudios y de herejías de mi pobre León. ¡Oh! ¡qué triste estaba! Le ví entrar y me dió lástima; pero yo estaba rezando y no podía suspender mi rezo. Se mudó de ropa; pero con la ropa seca tiritaba lo mismo que con la húmeda... tenía fiebre. Yo mandé que le hicieran abajo una bebida calmante y seguí rezando, pidiendo á Dios fervorosamente que le convirtiera, ¡y él no me lo agradecía!... De pronto se llegó á mí, y sentándose en una banqueta baja, puesto casi á mis pies, me tomó una mano, imprimiendo en ella unos besos que quemaban. Díjome así: «Yo necesito amar y que me amen... esto es vivir como los cardos que crecen solos y tristes en el campo...» Gran esfuerzo el mío para no hacerle caso. Obligada á dejar el libro de rezo, rezaba mentalmente, apartando de él los ojos, trayendo á mi mente cosas de piedad, para que otras cosas y pensamientos no pudieran entrar. Aquel día habíamos hablado usted y yo largamente de las estratagemas de que se vale el espíritu ateo para cautivar al espíritu con fe. Yo me fortalecí con el recuerdo de aquellas palabras, y dejé pasar, dejé pasar la corriente de cariño que de él hacia mí venía. Yo era una estatua; comprendí que debía enojarme, y me enojé, echándole en cara su ateísmo. El tiritaba y me decía: «Puesto que mi hogar está vacío para mí, me voy á meter en un hospicio...» ¡Qué cosas dijo! El «yo quiero amar, yo quiero que me amen» no se apartaba de su boca... Me galanteaba á veces como un estudiante, riendo; á veces me hablaba de nuestra casa, de los hijos que no habíamos tenido... Yo firme, yo revestida de frialdad, porque si le mostrara cariño, ¡cuál no sería su engreimiento y mi humillación! Habría yo creído que conmigo se humillaban la Fe cristiana y la santa Iglesia. No, no: mi plan de conducta estaba trazado, ¡y qué bien trazado! Yo me levanté, y le dije sin mostrar emoción: «Conviértete y hablaremos;» y me retiré, dejándole solo. ¡No se me ha olvidado aquella noche! Me acuerdo de que al entrar en mi alcoba me dió lástima de verle con tanto frío, y tomando una manta se la tiré desde la puerta. Yo me había puesto á rezar de nuevo en la alcoba, cuando le oí decir: «¡Maldito sea quien te ha hecho así!»

--¡Oh, mi querida amiga!--dijo Paoletti;--se agita usted demasiado con esos recuerdos.

--Me parece que le estoy viendo...--añadió María con no sé qué expresión de éxtasis en sus ojos.--Estaba pálido aquella noche, y tenía en sus hermosos ojos una melancolía, un desconsuelo...! Parecía un niño hambriento que extiende los brazos hacia el seno de su madre y se encuentra con que el seno de su madre es de cartón. Paréceme que siento el picor de su barba fuerte aquí sobre la piel de mi mano, y me pesa, me pesa aún sobre las rodillas su cabeza fatigada. Yo no la dejaba reposar allí, pero la miraba preguntándome por qué Dios permite que las ideas materialistas y el no creer estén dentro de una cabeza tan hermosa. ¡Y aquella cosa inexplicable y encantadora que hay en sus ojos negros... y aquella energía de su mano varonil, y aquel conjunto de seriedad, de brío, de fuerza, sin perjuicio de la esbeltez!...

--Amiga de mi alma--dijo Paoletti interrumpiendo,--creo que si se ocupa usted tan prolijamente de perfecciones físicas, es para asombrarse de que Dios, en su alto juicio, las haya unido á un espíritu ciego y muerto.

--Eso es, eso es... pero estos recuerdos vienen á mí y no los sé desechar. Pueden más que yo... Un día, después de muchos días de destemplanza entre los dos, le ví entrar furioso. Era la primera vez que le veía colérico: me dió mucho miedo. Me habló violentamente, y tomándome por la mano, sacudióme como si quisiera arrastrarme. Caí de rodillas delante de él. Me parece que aún siento su mano como una argolla, y si la sintiera de veras ahora, creo que el gusto me haría vivir... Díjome cosas muy duras; pero su misma ira, con ser tan fuerte, no le impedía la delicadeza... Aquel arrebato de cólera me regocijaba en el fondo del alma, porque me demostraba su amor; pero como yo estaba segura de su fidelidad, no quise manifestarle nada de mi afecto. Bien sabía yo que no me había de hacer daño, y por lo mismo le dije: «No me importa que me mates, pero aguarda un poco. Estoy repartiendo mi ropa á los pobres.» Así era: más de cien infelices aguardaban á la puerta. Yo estaba tan orgullosa de mi caridad, que supe despreciar á mi tirano. Él me dijo: «¡Es horrible que se sienta uno herido en el alma y ni aun pueda devolver golpe por golpe, y no pueda vengarse, ni matar á nadie, ni aun castigar!...» ¡Oh, qué simpático estaba en su enojo!

--Basta, basta--dijo prontamente y con desasosiego el Padre.--No permito ni una palabra más de esa revista de memorias nocivas al alma. La que luchó entonces por limpiar su espíritu no puede sucumbir ahora.

--No, no sucumbiré--afirmó María, revelando en su rostro lívido el esfuerzo que hacía su alma para romper las misteriosas cadenas que la aprisionaban en la hora tremenda.--Bastante me he mortificado, bastantes batallas he dado en mi mente para despojarle de aquellas perfecciones y dejar desnudo el horrible esqueleto. Este procedimiento de no ver en el sér hermoso más que un esqueleto, me fué recomendado por usted... y ha sido mi salvación... Porque indudablemente mi alma se habría perdido, ¿no es verdad, Padre?... el fin de conquistarme espiritualmente y hacerme suya extraviando mi corazón, ¿no es verdad, Padre?»

A cada pregunta, señal en ella de dudas ó refriega interior, el Padre contestaba afirmativamente con fuerte cabeceo.

«Yo le decía: «Tuya soy en aquello que nada vale; pero mi espíritu no lo tendrás jamás.» A veces me imponía la obligación de estar semanas enteras sin hablarle. ¿No es verdad que hacía bien?

--Mi infelicísima amiga--dijo el italiano suspirando,--está usted refiriéndome lo que mil veces me ha referido. Volvamos esa página sombría, sobre la cual todo lo hemos dicho ya, y hablemos de Dios, del perdón...

--¡Del perdón!...--exclamó la dama alzando su cabeza sin mover su cuerpo.--¿De qué perdón?...»

En sus ojos se pintó un vago mareo, como el que precede al delirio. Incorporóse súbitamente en el lecho con dura sacudida, y oprimiéndose las sienes, gritó:

«No les perdono, no les perdono, no les puedo perdonar... ¡Marido, á tí solo te perdono, si vuelves á mí! A ella...»

No pudo acabar la frase. Retorciéndose los brazos cayó en la cama como un cuerpo muerto. Paoletti miró aterrado los ojos de la enferma clavados en él con expresión bravía. El clérigo sintió en su frente sudor glacial, y el corazón agitado se le salía del pecho. La dama, después de mirarle así, cerró los ojos. La crisis se resolvía en distensión de músculos, y en sollozos y suspiros. Paoletti dijo con voz que se esforzó en hacer cavernosa:

«¡Alma que creí victoriosa y que ahora sucumbes vencida: si no perdonas, Dios no te perdonará!»

Después se arrodilló, y tomando el Crucifijo se puso á rezar contemplándolo. Afligido y lloroso, como pastor á quien roban su más querida oveja, permaneció un rato. La pobre dama no se movía ni hablaba. Al fin, tras doloroso gemido, pronunció estas tristes palabras:

«Soy pecadora y no me salvaré.»

Alma infeliz y llena de congoja, luchaba como el náufrago de los aires, alargando una mano al Cielo y otra á la tierra.

«Estoy transido de dolor--dijo Paoletti, mostrando á María su blanco rostro pueril inundado de lágrimas sinceras,--porque el alma que creí haber ganado para un esplendorosísimo puesto del Cielo, cae de improviso en los abismos...

--¡En los abismos!...--murmuró la Egipciaca con un sollozo de angustia.

--Sí, y pido á mi Dios que la salve, que salve á esta alma queridísima, que no la condene, que tenga piedad de ella... ¡Oh! ¡Señor misericordiosísimo, haberla visto tuya y ahora verla de Satanás!... ¿No es tu perla escogida? ¿Cómo permites que caiga en el lugar del tormento eterno?... ¿No la perfeccionaste, no la purificaste como á joya que había de pertenecerte eternamente?... Alma, oye mi último ruego, si no quieres ver trocada la túnica purísima de la bienaventuranza por vestidura de llamas horribles... Torna en tí, vuelve á tu sér suavísimo y al peregrino estado, donde hallabas deleite superior al que podrían dar á tus sentidos los más delicados aromas, los manjares más exquisitos y las visiones más bellas. Sálvate, no ya del mundo, sino del Infierno.»

Siguió hablando el reverendo poeta con aquella oratoria sentida, patética, un poco teatral, que era propia suya, haciendo gasto considerable de retórica descriptiva, y no perdonando _resplandores celestes_, ni _coros angélicos_, ni _amor esencial_, ni _candideces del alma_. Cuando concluyó, María, besando el Crucifijo que su amigo espiritual le puso en las manos, derramaba lágrimas y decía:

«Bien: todo lo cedo ante tí, Redentor mío; no queda nada en mí de esta levadura de los afectos menudos. Me lo arranco todo con la vida y lo echo al fuego. Aún queda algo; pero usted, Padre, que tanto puede, me arrancará esta última espina que tengo en el corazón.

--¿Cuál?

--Pruébeme usted que la niña de Pepa no es hija de mi marido.

--¿Cómo he de probar eso, criatura?--replicó asustado el buen Paoletti.--¿Conozco acaso los secretos recónditos de la naturaleza? Podrá ser hija, podrá no serlo.»

Después aquel hombre de buena fe, pero que sólo conocía la superficie, no las honduras del humano corazón, dijo estas palabras:

«La niña es bonita.»

Esto era ser Longinos, tomar la lanza y herir el divino costado para abreviar la agonía. La dama parecía saltar en su lecho.

«Alma escogida--exclamó el valiente Paoletti puesto en pie, fulgurantes los ojos, alta la mano,--desecha esa última turbación, arroja las últimas heces y ten limpio el vaso en que ha de entrar el agua purísima de la eternidad gloriosa.

--Quiero salvarme,--murmuró María, que más parecía un muerto que habla, que un vivo moribundo.

--Pues desecha, límpiate por completo, perdona, ¡oh alma preciosa!

--Desecho, me limpio, perdono,--se oyó en la estancia, como el silabear misterioso de una vida que se escapa por los labios y fenece en ellos.

--Perdona, y tu salvación es segura.»

El enano se agigantaba con la expansión de su entusiasmo místico. Al entusiasmo de María mezclábase un pavor supersticioso que erizaba sus cabellos sobre la sudorosa piel de la frente. Caía desmelenada su cabeza como la hierbecilla inclinada y rota ante la voladora pesadez del tren que pasa.

«Abrazada á esta imagen bendita--dijo el clérigo,--olvide usted todo lo del mundo, todo, absolutamente todo.

--Olvido,--murmuró María en el fondo de aquella sima obscura de abnegación en que había caído.

--Todo, todo... Olvide que existe un hombre, que existe una mujer.

--Olvido,--dijo la voz más quedamente, como si siguiera bajando.

--Hágase usted cargo de que es igual que su cuerpo esté en Suertebella ó en su propia casa. Humille su amor propio hasta llegar á que no le importe nada la victoria terrestre de los malvados. No tenga usted horror al palacio en que está y en el cual hay una capilla consagrada á San Luis Gonzaga, cuya imagen parece el retrato de nuestro amadísimo Luis.»

A este recuerdo María pareció subir.

«Me reconcilio con el palacio. Tu nombre, hermano querido, me alegra. Que tu alma triunfante venga en auxilio de la mía.

--Así, así.

--Cuanto tengo, si es que tengo algo--dijo con voz clara besando el Crucifijo,--deseo que se reparta á los pobres. Mi marido y usted se pondrán de acuerdo. Deseo ser enterrada junto á mi hermano y que se me digan misas de cuerpo presente en el altar donde esté la imagen del santo que más quiero y admiro, San Luis Gonzaga.

--Sí, mi dulcísima amiga; y no se le importe nada á esta alma nobilísima que el altar esté en Suertebella.

--Nada me importa. Perdono de todo corazón, me reconcilio con mi Dios Salvador, y espero.»

Con las manos extendidas, los ojos medio cerrados, Paoletti pronunció grave, despaciosa, solemnemente la absolución cristiana.

«Reconciliada con Dios--dijo luego con voz conmovida,--va usted á recibir la santa comunión.»

XIV

Vulnerant omnes, ultima necat.

La ceremonia anunciada se efectúa después de anochecer con pompa y fervor. El palacio de Suertebella préstase maravillosamente á la ostentación de mil y mil hermosuras, homenaje tributado por las gracias materiales al rito católico. Flores preciosísimas, luces sin cuento son la ofrenda más propia para festejar al Señor de los Señores. Entre tanto brillo, parece que las mismas obras del arte humano se hacen más bellas y se perfeccionan, como si también les tocara á ellas algo del bien que la divina visita trae á la casa. El rumor de llanto que por doquiera se siente, ya en un ángulo de la sala japonesa, ya tras de la estatua griega de perfil majestuoso, completa la profunda gravedad triste del espectáculo. El fervor y el miedo, originados aquél de la idea del más allá y éste de la proximidad de una muerte, se juntan en un solo sentimiento.

El cura de Polvoranca trae la Sagrada Forma de la parroquia cercana, en lujoso coche al que otros muchos siguen con alineación melancólica. Parece que los propios caballos comprenden que no debe hacerse ruido, y pisan quedo. El hermoso pórtico se llena de personas, cuyas caras enrojecen con el fulgor del hacha que tienen en la mano, y confundidas libreas con gabanes, señores y criados están de rodillas. La campana en cuyo son se mezclan el pavor y el consuelo, va clamando por las anchas galerías, despertando de su sueño ideal á las figuras de mármol. El arte serio y el cómico se transforman, tomando no sé qué expresión de temor cristiano. El charolado suelo refleja las luces. Por el techo y las altas paredes corren reflejos rojos y sombras de cabezas. Flores y tapices se inclinan con silencioso acatamiento. Los pasos resuenan con bullicio sobre la madera. Creyérase oir redoble lejano de fúnebres tambores. Después se apagan sobre las alfombras, produciendo efectos acústicos semejantes á los de una trepidación subterránea. Al fin para el ruido y se detienen los pasos. El silencio es sepulcral. La procesión ha llegado á su término. Durante aquel rato solemne todo el palacio está desierto: cuantos en él respiran se hallan en las inmediaciones de la escena. Los que no pueden presenciar el acto, entran con la imaginación en la alcoba llena de luces y suspiros, y gozan ó gimen imaginándose lo que no pueden ver. Desde fuera se adivina la escena y el corazón tiembla. En el pórtico y en las galerías solitarias é iluminadas, la atmósfera muda parece un inmenso aliento suspendido por la expectación del respeto. Todo calla: sólo puede oirse quizás, en el rincón más obscuro, el roce de un vestido que pasa, se desliza, corre y desaparece.

Pasa un rato. Siéntese primero un murmullo, después los pasos nuevamente, reaparece la fila de lacayos con hachas, crece el rumor, se aumenta la claridad, sombras de vivos corren por sobre las figuras pintadas, vuelven á crujir las charoladas tablas; siguen libreas, mucho color, mucho traje, hombres y mujeres de todas clases, rostros indiferentes, otros que revelan pena ó lástima; óyense las sílabas quejumbrosas del rezo del cura y sus acólitos. La procesión, que unos ven con inefable sentimiento y otros con frío pavor, avanza al son de la esquila que agita un niño, el mismo á quien Monina llamaba _Guru_, y sale por el pórtico, donde unos la despiden de rodillas, otros la acompañan con la cabeza descubierta. Dentro, la fragancia de las flores parece misteriosa huella del pie invisible que ha entrado en el palacio.

_Ego sum via, vita, veritas._

* * * * *

Toda la familia asistió al acto, la Marquesa agobiada por el dolor y sin fuerzas para tenerse de rodillas (tan vivamente la afectaba aquel trance temido), el Marqués y sus dos hijos manifestando sinceramente su pena. Concluída la ceremonia se retiraron todos apremiados por los amigos más íntimos. Milagros perdió el conocimiento y fué preciso llevarla á un rincón de la sala japonesa, donde amigas solícitas la rodearon para consolarla. El Marqués, que había perdido la memoria de sus excursiones artísticas por el palacio, huía de los consuelos de importunos amigos y quería estar solo. Allá en un ángulo de la sala de tapices halló lugar propicio á su recogimiento y dolor, y oculto tras de un sátiro de mármol meditaba sobre la vanidad de las grandezas humanas. Gustavo, atendiendo á su madre, se dejaba consolar por el poeta de los _arrebatos píos_ y de las _almas cándidas_. Leopoldo echaba de su cuerpo suspiros, y temblaba nerviosamente sintiendo aquella glacial caricia de la muerte tan cerca de su persona.

Mucha gente salía, y en el parque los cocheros se llamaban unos á otros dándose los nombres históricos de sus amos: «_Garellano_, ahora tú; _Cerinola_, entra; _Lepanto_, echa un poco atrás.» La noche estaba hermosa, limpia, serena, inundada de la claridad azul de la luna, y el horizonte ofrecía á lo lejos la falsa apariencia de un mar tranquilo. Palidecían las estrellas pequeñas; pero las grandes lograban brillar, retemblando con visible esfuerzo. ¡Naturaleza espléndida, por donde parecía cruzar dulce respiración de calma y amor! Más bien convidaba á nacer que á morir. ¡Cuánto abruma al hombre observar la majestuosa indiferencia de los cielos visibles ante los dolores de la tierra! El más horrendo cataclismo moral, no podía formar la más ligera nubecilla. Todas las lágrimas de la humanidad no llevarían á esos espacios insensibles una sola gota de agua.

León salió de la triste alcoba para decir dos palabras de gratitud al Marqués de Fúcar.

«Querido--le dijo éste estrechándole con cariño las manos,--recibe el pésame de un afligido. Aquí donde me ves, gimo bajo el peso de un disgusto.

--¿Hay algún enfermo en casa?...

--No... ya hablaremos... ahora no es ocasión... No tienes que agradecerme nada... era mi deber. Ya ves que he mandado adornar el palacio como corresponde á ceremonia tan augusta y á la firmeza de mis ideas religiosas. Se trajeron todas las camelias de la estufa, los rododendros y los naranjos que están en pesados cajones de madera. Pero no importa: hay ocasiones en que me parece conveniente llegar hasta la exageración... Volveré á saber... A su debido tiempo hablaremos.»

Poco después salió á tomar su coche para irse á Madrid, pensando en esta desdichada, en esta mal dirigida nación, que al día siguiente de hacer un empréstito ya necesitaba hacer otro... León volvió á la alcoba. La terminación parecía próxima. Rafael, Paoletti, Moreno y él, rodeaban á la pobre María que, desde las últimas palabras de su espiritual confesión, se había ido postrando y perdiendo rápidamente el aspecto de persona viva. Su hermosa cabeza y cara en que estaba representado, por vanagloria de la Naturaleza, el ideal de la belleza humana, parecían más perfectas en aquel momento cercano á la extinción de la vida orgánica, y su inmovilidad, su blancura, la fijeza de aquel blando reposo sobre la almohada, la calma escultural de las facciones y de los músculos faciales, no contraídos por dolor alguno, la asemejaban á una representación marmórea de la muerte tranquila, noble, aristocrática, si es permitido decirlo así, puesta en figura yacente sobre el sepulcro de una gran señora. Nada se movía en ella. Lograba el privilegio de entrar en el reino sombrío con sosegada parsimonia, sin dolor físico, como se pasa de una visión á otra en el entretenido viajar de un sueño.

Sus ojos, medio velados por las negras pestañas, se fijaban en el rostro sombrío y atónito del hombre de la barba negra. León esperaba junto al lecho observando con dolor aquella hermosura sublimada por la muerte, y pensaba en el sentido profundamente filosófico de la aparente transformación de su mujer en estatua. La solemnidad del caso doloroso; el silencio del lugar, sólo turbado por un aliento apenas ronco, más difícil á cada minuto; la mirada triste de aquellos ojos moribundos, fijos en él como una raíz misteriosa que no quiere dejarse arrancar, lleváronle á pensar cosas divinas, referentes á él mismo, á ella, dos seres que se decían esposos y sólo estaban unidos ya por el hilo de una mirada. Sondeó su corazón deseando hallar en él un resto de amor para ofrecerlo, como la última florecilla de la galantería conyugal, á la que espiraba en la soledad fría de su misticismo, y por más que buscó y rebuscó no pudo encontrar nada. Todo lo que su corazón contenía en caudales de amistad y ternura, había sido retirado sigilosamente del hogar legítimo para ser depositado y como escondido en otra parte.

Pero si amor no, la hermosa estatua que había sido embeleso de su juventud le inspiraba una compasión tan viva y tan honda, que con el amor mismo se confundiera en tan supremo instante. Al despedir aquella vida, que habría podido ser encanto y ennoblecimiento de la suya, y que sin embargo no lo había sido, León sintió que las lágrimas subían á sus ojos y que el corazón se le oprimía. «¡Infeliz!--dijo para sí,--Dios te perdonará todo el mal que me has hecho; te lloro como si te amase, y te compadezco, no sólo por tu muerte prematura, sino por el desengaño que vas á tener cuando sepas, y lo sabrás pronto, que el amor de Dios no es más que la sublimación del amor de las criaturas.»

Se acercó á ella, atraído por los ojos que se abrían un poco más. Vió de cerca el vello finísimo, casi imperceptible, que sombreaba su labio superior; vió el punto luminoso de su pupila irradiada de oro; sintió su aliento, que casi no se sentía ya. ¡Desconsolada! No hay voces para expresar aquel desconsuelo, que por sí no se expresaba tampoco con palabras, sino con el último destello de una mirada que lloraba apagándose. Bajo la tranquilidad exterior de su cuerpo y la calmosa fijeza de su mirar de desconsuelo, se revolvían quizás tormentosas ansias y los ardientes afanes humanos, despertados sordamente en lo más íntimo del sér moribundo, cuando ya no existía el poder físico para darles forma. Pero la superficie no decía nada, así como la costra helada del río no permite oir la bulliciosa y veloz corrida de las aguas profundas.

Así lo comprendió León. Vió una gota brillante temblar en cada uno de los ojos de María. Eran la última y la única forma posible de expresar la energía postrera de sentimiento humano en su alma, solicitada ya del abismo insondable, y atada aún al mundo por la tenue raíz de un deseo. Dos lágrimas asomadas, que no llegaron á correr, fueron lo único que de aquel oleaje recóndito salpicó fuera.

León acercó sus labios al rostro frío y oprimió firme. Oyó entonces el fuerte suspiro de una gran ansiedad satisfecha. Estremecido con sacudimiento el cuerpo exánime, oyóse una voz que dijo:

«¡Oh!... ¡gracias!...»

_Transit._