La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 30

Chapter 304,003 wordsPublic domain

«Mariquilla, al fin tu dichoso marido nos deja verte... ¡Secuestrador, bandido, _lazzaroni_!... Yo estaba en la cuadra divirtiéndome con una lucha entre dos perros y catorce ratas feroces, cuando me dijeron que se te podía ver. Subí corriendo... Ahí fuera está tu marido que parece una estatua, una figura más del grupo de Himeneo... Hermanita, ya estás bien, ¿no es verdad? Te levantarás pronto y saldrás de aquí.»

Milagros se rompió el codo contra el cuerpo de su hijo sin conseguir poner dique al torrente de indiscreción.

«No sé qué horrible miedo leo en vuestras caras--dijo la enferma, mirando uno por uno á todos los individuos de su familia.--Parece que al mismo tiempo se me quiere decir y se me quiere ocultar algo muy malo.

--Hija de mi alma, estás aún bastante delicada--indicó el Marqués, pasándole la mano por la frente.--Cuando te restablezcas, cuando podamos llevarte con nosotros...

--La pobre se figura lo que no es--dijo Milagros con emoción.--Mejor es que se salgan todos y nos dejen solitas á las dos.

--¡Me engañáis, me engañáis todos!» exclamó María con arrebato.

Y tomando el Crucifijo que bajo la almohada tenía, lo presentó á su familia diciendo:

«Atreveos á engañarme delante de éste.»

Todos callaron. Sólo Gustavo extendió su mano forense y deuteronómica hacia la sagrada imagen, y dijo con voz oratoria:

«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser inconveniente ni peligrosa la verdad.»

Milagros le empujó como para echarle fuera. Pero él se acercó más á su hermana, le pasó la mano por las mejillas, y mirándola muy de cerca, prosiguió:

«Veo que te afanas demasiado por lo que poco vale. Tu santidad y tu virtud te ponen en una situación eminente, altísima, desde la cual podrás abrumar con tu desprecio á cuantos te ofendan. Estás mejor, y pronto te llevaremos á casa, á nuestra casa, donde te cuidaremos como nadie, te apreciaremos en lo mucho que vales, y te adoraremos como mereces tú que te adoren... Lejos de afligirte, alégrate y bendice tu libertad... ¡Pobre mártir!»

Tampoco Gustavo era perverso, pero tenía el fanatismo de lo que llamaremos _virtud pública_.

«¡Pobre mártir!»--repitió lúgubremente María, clavando sus ojos en un lugar vacío de la atmósfera, en un punto donde no había objeto ni forma alguna, sino la vaga, indeterminable proyección de un pensamiento. Después de un momento de silencio, su voz, más débil á cada sílaba, murmuró éstas:

«Yo lo soñaba. Soñaba la verdad, y el error me engañaba despierta...»

Saltando bruscamente de su lecho, gritó:

«¿Dónde está mi marido?

--Ahora vendrá, paloma--repuso la madre besándola cariñosamente.--Sosiégate; mira que puedes recaer.

--¿No fuiste tú quien me llenó el corazón de celos?--preguntó la mártir dirigiendo á su madre una mirada de ira.--¿Pues por qué quieres calmarme ahora?... Que venga mi marido, que venga el Padre Paoletti... Que se vayan los demás. Quiero estar sola con los dos.»

Lanzó un grito agudo, llevándose la mano á la frente.

«¿Qué tienes, cielo?

--Me duele la cabeza...--murmuró cerrando los ojos.--Es un dolor que punza, quema y entra hasta el pensamiento... Esa mujer, ¿no la ves, mamá?... esa mujer me ha agujerado la cabeza con un clavo ardiendo.»

Todos se quedaron mudos y espantados.

«¡Socorro!--gritó la Egipciaca ya en completo estado de delirio.--¿No la veis que vuelve hacia mí? ¿No habrá una mano caritativa que la detenga, que la ahogue? Jesús mío, Redentor mío, defiéndeme!»

A estas palabras siguió un silencio de miedo y pena. Sólo el Marqués, imposibilitado de mandar en su garganta, lo turbó con ahogadas toses. Milagros lloraba. Besando á su hija la llamó con tiernas palabras. Pero su hija no respondía. Con los ojos fuertemente cerrados, su torvo silencio parecía el grave callar de la muerte.

Ya iban á llamar al médico, cuando éste vino. Al punto declaró muy crítico el estado de la enferma, se puso furioso, dijo que declinaba toda responsabilidad porque no se habían cumplido sus prescripciones, y amostazado y lleno de aspereza mandó despejar la alcoba. El momento de los remedios heróicos había llegado. La batalla que poco antes parecía ganada, se perdía ya si Dios no lo remediaba. Urgía desplegar toda la fuerza contra aquella traición súbita de la naturaleza, la cual, pasándose al campo de la enfermedad, dejaba á la ciencia sola, inerme y desesperada.

* * * * *

Concluída la disputa con Gustavo, León estuvo solo un mediano rato. Después sintió la necesidad de andar mucho, porque hay situaciones de espíritu que piden marcha rápida, como si un hilo de dolor estuviera devanado en nosotros y necesitáramos irlo soltando en un largo camino. Paseó por el parque durante una hora. Al volver, y cuando entraba en la sala de Himeneo, vió sobre una silla un sombrero negro de teja. Sentadito en el diván que rodeaba el grupo marmóreo, y empequeñecido por su postura de ovillo, estaba el cuerpo minúsculo del Padre Paoletti. De aquel montoncillo negro vió León salir la cara agraciada y los dos ojos que parecían doscientos, como sale el caracol de su concha estirando las antenas. ¡Cosa extraña! En el estado de ánimo de León, la presencia del buen clérigo le pareció consoladora.

«Me han dicho al entrar--manifestó Paoletti muy afligido,--que la señora Doña María se ha agravado repentinamente. Vea usted la inutilidad de nuestras piadosas mentiras. ¿Habrá llegado la hora de la verdad?

--Es posible,» dijo León, indicando al Padre la puerta para que entrara primero.

Ambos llegaron cuando Moreno empezaba á aplicar los remedios heróicos. Paoletti se retiró después á rezar en la capilla, cuyos altares se llenaron de luces. En la alcoba, el médico y el marido asistieron solos, con zozobra y compasión, al desarrollo de aquel drama, cuyos elementos, idea ó fluido, vida orgánica ó esencia misteriosa, se arremolinaban en el cerebro y en los centros nerviosos, precipitando con su tenebroso combate el desenlace que se llama muerte. Se hizo cuanto en lo humano cabía para conjurar el peligro inminente, solicitando el mal desde las extremidades para apartarlo de los centros. Pero ningún agente terapéutico lograba despertar las energías orgánicas que expulsan el mal. Este seguía su marcha invasora, como el atrevido conquistador que ha quemado sus naves. Se apeló á todos los medios, y cada uno de ellos aumentaba la desesperación.

La paciente estuvo todo el día fluctuando entre la postración y el delirio. Los entreactos de sus crisis espasmódicas anunciaban un aplanamiento más peligroso que las crisis mismas. El médico anunció con sepulcral entereza la próxima conclusión de la lucha.

«Lo que resta--dijo,--corresponde al médico del alma.»

Por la tarde, María Egipciaca pareció que despertaba, y sus facultades se mostraron claras. Estaba en posesión de sí misma, en aquel breve período de lucidez que la Naturaleza concede casi siempre á las criaturas, antes de pasar á otro mundo, para que puedan echar la última ojeada sobre el que abandonan.

«Pido...--murmuró María,--que me dejen sola con mi Padre espiritual.»

El marido y el médico salieron. Ni ciencia ni afectos de la tierra hacían falta ya.

XIII

La batalla.

María fijó los ojos en Paoletti con expresión dulce. La ocasión era tan solemne, que el bendito clérigo enano, á pesar de estar muy hecho á emociones y á espectáculos tristes, se enterneció. Dominándose, se acercó al lecho, tomó la mano ardiente y blanca que se le extendía, y dijo así:

«Ya estamos solos, mi querida hija, hermana y amiga á quien profeso dulcísimo afecto; ya estamos solos con nuestras ideas espirituales y nuestro fervor. No reine aquí el miedo; reine la alegría. ¡Conciencia purísima, levántate, no temas, muestra tu esplendor, recréate en tí misma, y así, en vez de temer la hora de tu libertad, la desearás con ansia! ¡Oh triunfo, no te disimules vistiéndote de vencimiento!»

Menos ganosa que otras veces de saborear la miel regalada de aquel panal de misticismo, María Egipciaca pensaba en otra cosa. Con amarga melancolía, murmuró:

«He sido engañada.

--Engañada con piedad--replicó al punto el clérigo.--El estado penosísimo del organismo de usted exigía que se le encubriera la verdad fea. Perdóneme si también yo me presté á esa farsa, que, lo repito, era una farsa caritativa. Comprendí la necesidad de ayudar los planes benéficos de su esposo de usted...

--¡Que me ha tenido y me tiene en la casa de esa mujer!...--exclamó la enferma ahogándose.

--Esto no ha sido culpa suya. No había lugar más á propósito para prestar á usted los auxilios de la ciencia y ponerla en buenas condiciones de higiene. En esto apruebo plenamente su traslación aquí. Una vida en inmediato peligro no podía ser tratada como un saco que se lleva y se trae. Lo de menos para usted es estar aquí.

--Yo lo soñaba, y despierta lo desmentía.»

La laringe de la dama no pudo seguir sin tomar descanso. No es fácil dar idea de la inmensa tristeza de su acento débil, apagado, quejumbroso. Más que acento de mujer amante, parecía el llanto de un niño abandonado, cuando ya se cansa de llamar y pedir.

«Y mi marido y esa mujer--añadió,--se verán á todas horas en cualquier sala de este palacio, para contar entre abrazos y besos... (La laringe se resistió de nuevo. También Paoletti sentía un nudo en su garganta.)... entre abrazos y besos los instantes que me quedan de vida... como yo cuento los Padrenuestros con mi rosario.»

Siguió una pausa. El confesor se esforzaba en desatar su nudo.

«Mi buena amiga en el Señor, esa última idea es una cavilación absurda. Oiga usted de mi boca la pura verdad, la verdad que proclamo como sacerdote de Dios. Al grande espíritu de usted no puede ser nociva la verdad. Esa conciencia fuerte no se turbará por la revelación de las miserias humanas, que en nada la afectan, como no afecta el polvo de la tierra á la blancura y limpieza esplendorosísima de las nubes del cielo. Sépalo usted todo, sin quitar nada á la verdad, pero también sin añadirle nada. El Sr. D. León ama, en efecto, á esa señora; él mismo me lo ha dicho, y como no me lo ha dicho en confesión, puedo y debo declararlo á usted. Pero al mismo tiempo, debo afirmar que esa señora no vive ahora en Suertebella, porque su mismo esposo de usted le mandó salir de aquí. Así lo exigía el decoro, que es en el mundo la fórmula ceremoniosa del pudor. Su desventurado marido de usted es incapaz de toda idea moral; pero tiene, gracias á su cultura, la religión de las apariencias, y sabe ponerse á tiempo esa ropa pintada de virtud que el mundo llama caballerosidad.»

María no contestó nada. Su blanca mano, que no había tenido tiempo de adelgazarse con el mal y conservaba su pastosa finura, jugaba con el fleco de la colcha, entretejiéndolo con sus dedos gordezuelos. No lejos de aquella mano estaba la cabeza minúscula y redonda del italiano, el cual si abatía los ojos dejaba en lóbrega obscuridad su cara; pero si los volvía hacia arriba, llenábala de luces, como un torreón de fuegos artificiales.

«No puedo creer--dijo el Padre alzando la vista y envolviendo á María en fascinadora proyección de ella,--que un espíritu fortalecido por el amor divino, como el de usted, se turbe por la verdad que acaba de oir. Yo no puedo imaginarme ahora á mi espiritual amiga empeñada en inquietudes menudas, como una mujer cualquiera, ó apartando el pensamiento de las grandes esferas ideales para pasearlo, como holgazán que mata el tiempo, por las callejuelas de la cavilación mundana. ¿Acierto, mi querida hija? ¿Me equivoco al pensar que esos ojos, hechos á la suavísima luz de arriba, no se dignarán mirar á los faroles de abajo?

--Tengo celos--declaró María con el mismo tono sin duda con que Cristo dijo en la Cruz: «Tengo sed.»

El enano hizo lo mismo que el sayón del Calvario. Cogió una esponja mojada en hiel y vinagre, la puso en una caña y la aplicó á los secos labios, diciendo:

«¡Celos!... ¡Celos quien ha sabido encender su alma en el amor que jamás es mal pagado! O yo no penetré bien en el espíritu de mi ilustre penitente, ó el espíritu de mi ilustre penitente tenía toda la fortaleza, toda la gracia, toda la influencia de amor divino para no incurrir en tales flaquezas. ¿Celos de qué? ¡De otra mujer y por un hombre; celos por quien nada es y de quien nada es ni nada vale!... Encuentro una turbación radicalísima en el espíritu de mi amada hija y penitente. ¿Quién ha traído esa turbación?

--Los celos,» murmuró María desde la hondura de su angustia.

Lentamente, descansando á cada instante, pudo la dama referir todo lo ocurrido desde que la de San Salomó le reveló la infidelidad de León, hasta que perdió el conocimiento. En lenguaje conciso lo dijo todo, sin omitir nada substancioso, ni perder detalle de importancia.

«Fuera de los arrebatos de ira, del coquetismo mundano y de la precipitación, no hallo nada reprensible en el acto,» dijo Paoletti después que, apoyada la cabeza en la mano y los ojos echados al suelo, como un arma que por el momento no se necesita, recogió en su mente la confesión toda, sílaba á sílaba, gota á gota, cual licor destilado en el alambique.

María dió un gran suspiro, diciendo:

«Yo me creía llena de pecado.

--Pecado hubo por lo que he dicho, pero no es grave. En la visita veo el movimiento natural de la esposa para impedir la ruptura del lazo sagrado. Ya he dicho no una, sino mil veces, que el prurito en usted de cultivar la vida espiritual, en él de menospreciar la fe, no eximen al uno ni al otro del cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Mientras ambos vivan, atados se hallan por el Sacramento, y si uno de los dos forcejea por romper el lazo, es natural y meritorio que el otro corra á evitarlo, apretando más el lazo si puede ser. ¡Oh, mi nobilísima hija! ¡Cuánto hemos hablado de esto!»

María decía que sí con su cabeza y alzaba los ojos al techo.

«Cuanto era necesario para metodizar la vida preciosísima de usted, lo dije en sazón oportuna--añadió Paoletti, sin recoger del suelo la mirada, antes bien, paseándola por la alfombra como no sabiendo qué hacer de ella.--Bastantes veces la tranquilicé á usted sobre este punto, cuando me manifestaba escrúpulos. «No, no, decía yo: Dios no puede exigir á la mujer casada que haga una exclusión total de las consideraciones, digámoslo así, que debe á su esposo.» Este adquirió un derecho que no prescribe ni aun por apartarse radicalmente en ideas y principios de los principios y las ideas de la esposa. Bueno que le niegue usted su dulcísimo espíritu; que viendo la contumaz incredulidad de él, no le confíe ni un átomo (y digo átomo porque necesito valerme de una idea material), ni un átomo de ese mismo espíritu, de esas galas divinas reclamadas por quien las creó; bueno que no tenga usted con él comercio alguno de ideas, que no le permita esperar que sus halagos desvíen á la esposa de la senda de perfección por donde camina; pero entiéndase que le pertenece todo lo que no es del espíritu, lo que es propio y peculiar manjar del mundo. Usted me refería sus más íntimos y escondidos secretos, misterios delicadísimos de su alma; referíame también hechos y palabras reservadas de su esposo, las cuales apreciaba yo en su justo valor, y fundado en palabras y en hechos, yo trazaba á usted ese régimen de vida, al cual hase ajustado perfectamente hasta ahora en que la veo aturdida y un tanto descarriada. Recuerde usted lo que hemos hablado sobre esto, la argumentación para poner cada cosa en su lugar, y no confundir nunca lo espiritual con lo humano, lo que es de Dios con lo que es de la carne.»

María empezó á decir algo y se detuvo asustada.

«Hable usted, mi tiernísima oveja...

--Mi marido me decía muchas cosas...--murmuró la dama.

--Sí, y bien sabe usted que en nuestros gratísimos coloquios, yo rebatía con firme dialéctica todos los argumentos de ese sofista... y usted me daba la razón; usted quedaba convencida.

--Porque no tenía celos, que son en mí... ahora lo veo claro como la idea de Dios... que son en mí la manera de amar.

--Sí: usted amaba--dijo el Padre lleno de confusiones recogiendo su mirada y dejándola de nuevo,--porque usted se interesaba por él y no quería que le pasase ninguna desgracia, en cuyas ideas la sostenía yo, sí, la sostenía...

--Pero él me decía muchas cosas--repitió María con el mismo lastimoso tono de niño que llora.--Me decía que usted...

--Que yo...

--Que usted, cercenando poco á poco los afectos para devolvérselos á Dios, cercenando las ideas para que no las manchara el ateísmo, quitándome todo lo del corazón y no dejándome más que un deber, había hecho de mí la concubina de mi marido.

--¡Oh! mujer, mujer--exclamó Paoletti con viveza de tono,--¡cuántas, cuántas veces rebatí ese argumento de apariencia terrible, dejándola á usted tranquila!

--Pues rebata usted este otro.

--¿Cuál?

--Que estoy celosa, envidiosa, y ahora quisiera para mí lo que ya no es mío.»

El buen Paoletti, alzando del suelo su mirada, irguió la cabeza. No satisfecho con esto y deseando poner sus ojos lo más alto posible, como se pone la luz en una torre para alumbrar á los navegantes extraviados, se levantó. Quería mirar á su amiga de arriba á bajo. Indudablemente el ilustre enano estaba inquieto, desasosegado, y dígase la verdad, poco satisfecho de sí.

«Mi querida amiga--añadió el hombre chico esgrimiendo su mirada como un ángel celeste esgrimiría su espada,--veréme obligado á hablar á usted con una energía que no cuadra bien con la amistad suavísima, ¿qué digo amistad? con el respeto, con la veneración que ha sabido inspirarme, pues últimamente la grandeza de sus perfecciones me ha cautivado de tal modo, que no he podido mirar á usted como penitente, ni aun como amiga espiritual, sino como una santa, como criatura purísima y gloriosísima superior á mí por todos conceptos. ¡Y ahora!...»

Nueva pausa. María Egipciaca, afectada por aquel lenguaje, cruzó las blancas manos y con acento fervoroso exclamó:

«Señor, hermano mío, venid ambos en mi ayuda!

--Llámeles usted con el corazón limpio de afectos menudos, que son, permítaseme decirlo, como el moho del sentimiento--dijo Paoletti, sintiendo que la elocuencia venía en torrentes á su boca;--llámeles usted así y vendrán. Un movimiento espiritual, íntimo, mi dulcísima amiga--añadió llevándose la mano al corazón y apretándola sobre él como una garra;--un impulso hondo, de aquí; un impulso que en una sola energía comprenda dos deseos, el deseo de expulsar esa lepra y el de volver arriba, á esas regiones serenas, iluminadas, radiantes, de donde jamás debió descender... Animo, alma predilecta, en cuyas alas se ven ya cambiantes y reflejos de la luz inextinguible del Paraíso... ánimo y no abatir las alas... te falta muy poco, esto, tanto así--fió á sus dedos la expresión material de la idea;--no mires abajo, que te dará vértigo: mira hacia arriba, y verás las magnificencias que te aguardan, hermosura y dicha superiores á cuanto imagine tu fantasía en los deliquios más placenteros; oirás regaladas músicas y te sentirás penetrada de ese bien infinito, que te envolverá toda, te suspenderá manteniéndote en un vuelo de arrobo infinito, de contemplación angélica. No vuelvas atrás, alma bendita, te lo ruego, te lo pido por tí, por todos nosotros que esperamos tu ejemplo, por el Dios que te creó tan hermosa como obra maestra destinada á su propio recreo y grandeza; te lo pido de rodillas, yo, humildísimo clérigo que nada valgo, que nada soy; pero que he tenido la dicha de encaminarte á tu celestial destino, ¡oh, alma preclarísima! conquistando así un mérito que muy poco vale al lado de los tuyos.»

Pausa. Paoletti se puso de rodillas cruzando las manos.

«De rodillas... usted--murmuró María con voz balbuciente:--no, eso no... Haré lo que usted me manda... pero ¿qué se hace para dejar de sentir lo que se siente?

--Sentir otra cosa--dijo el italiano levantándose.--¡Oh! bien lo sabe usted... que ha educado su corazón y su mente con arte maravillosísimo igual al de los santos. ¿Siente usted, por ventura, enflaquecimiento ó tibieza en su amor á Dios, en su piedad?»

Silencio. María respondió negativamente con un movimiento de su mano. Después, acercando más su cabeza al Padre para que éste la oyera mejor, habló así:

«¿Eso que usted quiere echar de mí impedirá mi salvación si no lo echo?

--¡Oh! ángel de bondad, ni por un momento he puesto en duda su salvación... Eso no. Pues qué, ¿un alma tan llena de merecimientos podría perderse? Sin que usted me lo declare conozco que esos afectos que han venido á conturbarla no van acompañados de rencor, ni excluirán el perdón de los que hayan á usted ofendido. ¿Me equivoco?»

María volvió á negar con la cabeza.

«Entonces la salvación es segura. Si me empeño en arrancar esa hierbecilla, es porque no me contento con que esta alma sea buena; quiero que sea perfecta. No me satisface la victoria, y deseo un triunfo gloriosísimo, para que además de la corona de la virtud lleve usted la de la santidad. Quiero--añadió con énfasis,--que usted suba al cielo bañada en luz esplendentísima, entre las aclamaciones de los ángeles, y que desde el eterno umbral recamado con estrellas de zafir no vuelva la mirada á la tierra ni aun para obsequiarla con su desprecio. Quiero en usted la pureza absoluta, el amor en su esencia divina.

--Todo eso tendré sin arrancarme el afán de la tierra. Si me puedo salvar con él, que Dios me reciba en su seno tal cual soy.»

Paoletti meditaba. De pronto dijo:

«Mi querida amiga, ¿perdona usted de corazón á todos los que la han ofendido?»

Pausa. «Sí--dijo María, cuando ya el Padre había perdido la esperanza de recibir contestación.--Perdono á mi infiel marido, que me ha matado.»

Al decir esto, dos lágrimas corrían por sus mejillas.

«Y á ella, á esa mujer que ha robado á usted el amor de su marido, ¿la perdona usted?» Paoletti esperaba con los ojos fijos en la enferma. María bajó los párpados de los suyos y se sumergió en abstracción profunda. El clérigo creyóla presa de un desmayo; alarmado, acercó su rostro, observó, esperó. Al fin pudo oir un sollozo que decía:

«También la perdono.

--Pues si mi nobilísima hija perdona, que es la manera de arrojar esa levadura maléfica, entrará triunfante en la morada celestial,» dijo el Padre en tono patético, cual si tuviera en su mano la llave de aquella morada.

Súbitamente poseída de entusiasmo místico por efecto del influjo sobrehumano que sobre ella tenía el Padre, María recobró sus fuerzas, y singularmente las de la emisión de la voz. Hasta en sus mejillas pálidas viéronse señales de la reacción vital, que principalmente se mostraba en la movilidad, gracia seductora y resplandor de sus ojos.

«Parece que esas palabras me han infundido una vida nueva--dijo con fácil acento.--No sé qué telas había delante de mis ojos, que ya han desaparecido, y veo claro, tan claro, que me pasmo de los beneficios que el Señor me ha hecho dando esta luz á mi alma, y no sé cómo agradecérselo. Él me ha enseñado el camino para ir á Él; me ha llamado con voces de cariño. No me aparto: voy, voy, Dios, Padre y Redentor mío; voy abrazada á tu cruz.

--Así, así, así quiero á mi amadísima penitente y amiga--exclamó el poeta de los superlativos dejando correr las lágrimas que venían á sus ojos.--Pronto vivirá usted en espíritu en la región del consuelo eterno. ¡Qué gran privilegio, amiga mía, no asustarse de la muerte, sino, por el contrario, ver con gozo ese momento en que la última chispa de la vida asquerosa se confunde con la primer centella del vivir limpio, infinito! ¡Alma hermosísima, purificada por la oración, por la piedad constante, por el heróico trabajo de la vida interior, por la perenne inmersión del pensamiento en la idea divina, extiende tus alas, más blancas que las nubes; no temas, remóntate, mira tu puesto arriba, oye las deleitosas músicas que te reciben, aspira esa fragancia inconcebible del Paraíso, atrévete á afrontar la mirada paternal del que hizo el sol y las estrellas, y que sonriendo con la sonrisa de que salió la luz, te recibe como á mártir, como á santa!