La familia de León Roch, Tomos 1 y 2
Part 27
--¿Qué?--preguntó la dama con gran curiosidad.
--Ya hablaremos de eso... no quiero incomodar.
--Dígamelo usted,--insistió María con el tono mimoso que emplean los niños cuando piden una cosa que no quieren darles.
--Pues he descubierto--prosiguió el italiano, bajando más la voz y fingiendo que no quería ser oído de León Roch,--pues he descubierto que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto le dijeron á usted... ya sé que fueron allá con mil cuentos la de San Salomó y Doña Milagros... es un puro error, equivocación... Me consta, ¿lo oye usted? me consta que no hay tales infidelidades...»
En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo. Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro abismo á la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque más tarde debía venir la reflexión á aquilatar el valor de tales afirmaciones, por de pronto las palabras del clérigo hicieron rápido efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar su gozo, miraba al Padre y al esposo, y las manos de ambos estrechaba.
«Sí, mi querida amiga--añadió Paoletti,--no hay motivo para pensar en tales infidelidades, y este hombre...»
Volvióse á oir el canto del gallo, y el clérigo suspendió su frase cual si le faltara la voz. Recobróla al variar de asunto, y dijo:
«Con que, amiguita, á ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá le enseñaremos las estampas que hemos recibido... Tenemos agua de Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos á nuestra Doña María! ¡Ah! se me olvidaba: ya nos comimos el chocolate... Se le dan gracias cordialísimas á nuestra protectora en nombre de todos los de la casa.
--Si no vale nada... ¡Por Dios!
--Doña Perfecta se ha enojado con nosotros porque no quisimos admitir su donativo... Angelical señora es Doña Perfecta. ¡Qué alma tan pura! ¿Pues y la pobre Doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta nos llamó déspotas porque hemos prohibido á la mujer del portero que le haga el café á ella y á las demás devotas madrugadoras que van á comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente, la portería parece algunos domingos un _restaurant_.»
A esta sazón entró el médico, diciendo:
«Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir como un maestro de escuela con una caña en la mano á mandar callar.
--Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta--indicó el confesor,--y me voy á dar una vuelta por ahí.»
Llevando á León al hueco de la ventana, le dijo: «¿Qué tal?
--Bien,» replicó León, admirando la habilidad histriónica del Padre.
Oyóse otra vez el canto del gallo.
«He negado á mi Dios, he faltado á la verdad--dijo Paoletti con sonrisa que parecía reprensión.--Si ese gallo sigue avisándome con su voz que parece venir del cielo, no tendré fuerzas para hacer traición á mi Maestro.
--Es caridad. Los gallos no entienden de esto.
--Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad, me cree como al Evangelio.»
León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él añejos dolores.
El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad.
«¿Oye usted lo que afirma el facultativo?--dijo el confesor hablando aparte con el marido.--Albricias, querido caballero: ya se puede asegurar que _nos_ vive Doña María.»
Aquel plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica de los consuelos del Padre en la desgraciada María; pero aquella familiaridad del clérigo con su penitente, aunque encerrada dentro de la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en extremo. Fué aquél un momento de los más tristes para su espíritu, porque vió cara á cara la fuerza abrumadora con que había querido luchar durante los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía y se avergonzaba. ¡Ay! El divorcio moral de que repetidas veces habló y que, según él, estaba ya consumado, no fué completo y radical hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba el respeto; pero ya estos tenues hilos parecían, si no rotos, tan tirantes que pronto, muy pronto, se romperían también.
Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó á su mujer y le dijo:
«El Sr. Paoletti y yo vamos á tomar alguna cosa... Rafaela te acompañará mientras volvemos.
--¡Oh! Sí... almorzad, almorzad...--replicó María alegremente y dulcificando su mirada.--Pero no tardes: quiero verte... quiero hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos á propósito, verás qué reprimendas y qué sobas te vamos á dar el Padre Paoletti y yo. Te veo ya acobardado y humillado... ¡pobre hombre!... ¡desgraciado ateo! Pero no tardes: quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá aquí, junto á mi cama, para que duermas á mi lado... Así dormiré yo mejor, y si sueño algún disparate, con alargar la mano y tocarte me tranquilizaré.
--Bien: haré todo lo que deseas,--dijo el esposo con la vacilación en la mente y el hielo en el corazón.
--¡Ah!--prosiguió María, reteniéndole por la manga;--dispón que me traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias.
--Rafaela irá esta tarde á Madrid y te traerá todo.
--¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo!--observó la enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos.--No hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos indique que somos cristianos... Pero ve á almorzar, ve á almorzar. El buen Padre estará en ayunas... ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya, ¿entiendes? lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate, hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás á apreciarme mejor.»
Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió á cantar el gallo.
VII
Fuegos parabólicos.
Luego que Fúcar entendió que pisaba los pavimentos de Suertebella la venerable planta del Padre Paoletti, se apresuró á ofrecerle palacio, mesa, servidumbre, coches, capilla, obras de arte. Creeríase que D. Pedro era poseedor de toda la creación, según la facundia y liberalidad con que todo lo brindaba para goce y dicha de la humanidad menesterosa. Y arqueándose cuanto lo consentía su crasa majestad, manifestaba con reverencias y cortesías cuán inferiores son las riquezas y esplendores del mundo á la humildad de un simple religioso, sin otra gala que su sotana, ni más palacio que su celda.
Paoletti, que era entendidísimo en artes bellas y aun en las suntuarias, elogió mucho la riqueza de Suertebella, dando así propicia coyuntura al Marqués para que gustara su satisfacción predilecta, que era enseñar el palacio, sala tras sala, sirviendo él de _cicerone_... Largo rato duró la excursión, que á marear bastaría la más sólida cabeza, por la heterogénea reunión de cosas bonitas que contenían aquellos pintorreados muros. Paoletti lo admiraba todo con comedimiento, demostrando ser hombre muy conocedor de museos y colecciones. El Marqués de Fúcar, que parecía la gacetilla de un periódico, según prodigaba sus elogios á las obras medianas ó malas, solía apuntar el precio de algunos objetos, bien cuadritos tomados á Goupil, bien porcelanas adquiridas en el martillo de la calle _Drouot_, y que eran hábiles imitaciones.
«Y aquí me tiene usted aburrido, completamente aburrido entre tantas obras de mérito--decía encarándose con Paoletti y cruzando las manos en actitud ascética.--Soy esclavo del bienestar, mi querido Padre. Parece que no, y ésta es la esclavitud más odiosa. ¡Cuánto envidio á los que viven tranquilos, con esa libertad, con esa independencia que da la pobreza, sin los afanes del trabajo, sin conocer otro banquete que el que cabe dentro de una escudilla, ni más palacio que cualquier celda, choza ó agujero...
--¡Oh! querido señor mío--manifestó el italiano riendo y llevándose la mano á la boca para ocultar urbanamente un bostezo,--pues no hay nada más fácil que realizar ese deseo... ¡Ser pobre! Cuando oigo á los mendigos expresar deseos de ser millonarios, me río y suspiro; pero cuando oigo á los ricos hablar de la cabañita y de un palmo de tierra en que descansar los huesos, les digo lo que me permito decir á usted en este momento: ¿por qué no se va el señor Marqués á las ermitas de Córdoba? ¿por qué no cambia á Suertebella por una celda de cartujo?...»
Y concluyó la observación como la había empezado, con francas risas. Otra vez bostezó, haciendo pantalla de su blanca mano para cubrir la boca.
«Eso... dicho así--repuso Fúcar riendo también,--parece fácil; pero... ¿y las cadenas sociales... y el yugo de la patria, que no quiere desprenderse de sus hijos más útiles?... Ahora caigo... ¡qué descuido el mío! Es muy tarde y usted no ha almorzado.
--¡Oh! no importa... deje usted.
--¿Cómo que no importa? Puede ser que aún esté ese bendito cuerpo...
--Con el triste chocolate nada más. Pero es un cuerpo de misionero y sabe resistir.
--León, León--dijo D. Pedro llamando á su amigo, que en aquel momento pasaba por la pieza inmediata.--Voy á mandar que os sirvan el almuerzo en la sala de Himeneo. No querrás alejarte mucho de tu mujer... Y usted, Sr. Paoletti, no gustará del bullicio del comedor. Ahora están almorzando todos los que han venido últimamente... ¡Bautista, _Philidor_!»
Dando voces á los criados españoles y al maestresala francés, el Marqués hacía correr á sus fieles servidores de un aposento á otro. La multiplicidad y premura de los servicios eran causa de que se sintieran crujir los finos pisos de madera, y de que se oyera por todas partes el tin-tilín de botellas y copas transportadas en enormes bandejas, y el claqueteo de los platos, rumor tan grato al cortesano hambriento. Olores de guisotes y frituras recorrían los largos pasillos y las grandiosas salas, como corre el incienso por los templos de capilla en capilla.
La sala de Himeneo, llamada así porque en el centro de ella había un grupo representando la idea del matrimonio en un abrazo de mármol, estaba próxima á la habitación que llamaremos de María Egipciaca; pero no junto á ella. Una mesa fué traída al punto. León y el Padre Paoletti almorzaban.
«_Consommé_--dijo León, sirviendo á su comensal una buena porción de rico caldo.--Esto le conviene á usted.
--Estoy pensando, querido señor--dijo Paoletti, después que con las primeras cucharadas puso remedio á la gran debilidad que sentía,--que en toda mi vida, que no es corta ni carece de lances extraños, he visto un cuadro como el que en este momento presenciamos los dos.
--¿Cuál es el cuadro?
--Nosotros... usted y yo comiendo juntos. Ningún suceso es obra del acaso. Sabe Dios á qué plan divino obedecerá esta peregrinísima reunión nuestra. ¿Qué grandes mudanzas en los órdenes más altos no trae á veces el encuentro, al parecer fortuito, de dos personas? Reflexione usted, querido señor: á veces una meditación breve, una observación pasajera, dan al alma claridad vivísima, y entonces... No, no, gracias: no me dé usted cosas picantes ni nada de estas fruslerías de la cocina moderna... ¿Ha meditado usted?
--¿Quiere usted vino?--dijo León, poco inclinado á seguir al Padre por el campo de sus observaciones.
--No lo pruebo jamás. Deme usted agua pura, y Dios le pague su amabilidad... Cualquier tonto que juntos nos viera me criticaría á mí ó le criticaría á usted... «Miren el Padrazo haciéndose mieles con el liberal,» dirían, ó «Miren al incrédulo partiendo un confite con el clerizonte...» sin comprender que, aunque coman juntos un poco de pan y carne, la verdad no transige nunca con el error, ni el error perdona jamás á su enemiga la verdad... ¿Fresa? jamás la pruebo... porque la vergüenza del error es la verdad, por lo cual huye de ella, se esconde y se ciega con imaginaciones suyas, ó bien se tapa los oídos con el bulliciosísimo estruendo del mundo... ¿Pero no come usted?
--No tengo apetito.»
Paoletti almorzaba poco. León casi nada. Clavando en éste sus ojos llenos de expresión, el italiano le dijo con patético acento:
«Sr. D. León, la persona que conozco en todo el mundo más digna de lástima es usted... Nuestra pobre Doña María no es digna de lástima, no, sino de admiración. Muerta, entrará en la región de los bienaventurados, ornada de diversas coronas, entre ellas la del martirio; viva, será ejemplo de mujeres superiores. Es un delicado lirio que en sí reúne la hermosura, la pureza y el aroma.
--Era, sí, un delicado lirio--dijo León pálido y con nervioso temblor en su lengua, en sus ojos, en sus facciones todas,--un lirio que convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, á los honestos goces de la vida...
--Pero juntóse al cardo...
--No... Vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta.»
Los ojos del Padre se multiplicaron.
«Es un tesoro de las más altas prendas.
--Era un tesoro de las más altas prendas--afirmó León haciendo un nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente,--mezcladas con pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y sensual.
--Vino la mano depuradora y apartó la escoria...
--Vino la helada mano, y arrojando fuera los diamantes, no dejó más que la pedrería falsa.
--¿Por qué se descuidó el joyero?
--Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo. Era una fuente cristalina; secaron el manantial, se estancó el agua, y cuando fuí á beber no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo, corriendo siempre, aquella agua, que amargaba un poco, se habría dulcificado; pero no la dejaron correr, la encerraron en un charco...
--Dulce y por extremo rica era y es aquella agua, querido señor--dijo Paoletti con expresión seráfica;--agua mística, agua suavísima, regaladísima, que es la esencia del alma misma, el amor divino. Cuando esta agua corre en el mundo, justo es que Dios se la beba y arroje el vaso.
--Es lo que me han dejado, el vaso.
--El vaso de oro, que es lo que apetece la concupiscencia del joyero sin fe. El desgraciado esclavo de la materia para nada necesita del agua riquísima. Su sed no se aplaca con amores del agua: su sed no es más que una forma de avaricia, y se sacia con la posesión del oro del vaso, con la hermosura corporal.
--Para el que no conoce el amor sino por el pecado, para el que no siente el amor, sino que solamente lo oye, recibiendo aquí (y señaló la oreja) los secretos de los que aman, la vida del corazón es un misterio incomprensible. El no ve más que deberes cumplidos ó faltas cometidas. Esto es mucho, pero no es todo. El que no ha bebido jamás, sólo concibe el gusto insípido del misticismo ó el amargor del pecado.
--El que no ha bebido jamás, y sin embargo no está sediento, puede por la preciosa facultad de asimilación, que es uno de los más hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo lo sabe, todo lo siente... ¡Oh! usted que así nos vitupera, habría podido tener amigos en los que cree enemigos, y leales pacificadores de su matrimonio en los que cree perturbadores de él.
--Rechazo, detesto esa colaboración.
--¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia, quita á ciertos hombres el derecho á quejarse de los inconvenientes de un lazo que es por sí religioso. «Yo no quiero religión, dicen, yo la abomino, yo la echo de mí; no permito á la Fe que se defienda de mis ataques, ni que reclame lo suyo.»
--Lo que no quiero que reclame es lo mío, lo humano.
--Lo humano es una cómoda puertecilla para que mi hombre se escape á la infidelidad, al adulterio, dejando á la pobre mártir sola y sin amparo.
--Lo divino pone á la pobre mártir bajo el amparo de los bebedores de agua espiritual.
--¡Qué sería de ella si así no fuese!... ¡Pobre alma destinada á pudrirse al contacto de un alma corrompida!
--No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión, con el cariño casi siempre, á veces con la autoridad, hasta con la tiranía...
--¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo!
--Este no llegó á donde podría haber llegado en manos comunes. Algunos apalean, yo solamente prohibí... Mis prohibiciones eran á cada instante violadas... Imposible persistir en ellas sin llegar á un extremo horrible.
--Y la paloma se escapaba de las garras del cernícalo,--dijo prontamente y con cierta ironía meliflua Paoletti.
--Sí: para caer en las del vampiro que me chupaba la savia de mi vida... Yo enseñaba á mi tesoro á creer en mí, y fuera le enseñaban á aborrecerme... Nunca combatí sus creencias ni me opuse á que tuviera un confesor discreto; pero sus amistades espirituales me repugnaban. Mi enemigo no era un hombre, sino un ejército que, llamándose celestial, se hacía formidable, teniendo por colaboradores á los santos y á los tísicos que se creían santos. Yo traté de luchar en las tinieblas; pero en las tinieblas me despedazaban. Un acto hipócrita como el que á muchos débiles ha salvado, me habría salvado tal vez á mí. Ella, la pobre ilusa vendida al misticismo por la promesa de goces celestiales, me traía condiciones de paz. ¡Cosa fácil, según ella! «Humilla tu incredulidad loca; ven á nuestro campo,» me decía. ¡Eso quisieran! No compraré la paz de mi casa con la impostura, ni encadenaré con fe mentirosa un corazón que se me escapa. No añadiré con mi persona una figura al escuadrón de hipócritas que forma la parte más visible de la sociedad contemporánea... Pasa el tiempo, sigue la lucha. Mi entereza exaspera á los maestros espirituales de mi mujer, ministros de la intrusión y del abuso religioso. Pero ¿qué me importa? Prefiero ser infame á sus ojos á serlo á los míos.
--El que teme miradas que no son las de Dios, no debe hablar de estas cosas.
--Si no se le permite hablar, ¿qué se le permite? Es un desgraciado á quien se le viene encima una montaña. ¿Ni siquiera se le consiente gemir cuando es aplastado?
--Alce las manos si puede y contenga el peñasco.
--No puede, no puede; pesa como los siglos y está formado de los huesos de cien generaciones.
--¡Pobre insecto!... Aseguro á usted que nada me inspira tanta lástima como un filósofo... Por mi parte quisiera que me expresase usted con toda franqueza los sentimientos que le inspiro...
--¿Con toda franqueza?
--Con toda franqueza, sin omitir palabra dura.
--Cuando viene el turbión y me azota y me derriba, ¿qué he de pensar de aquella fuerza enorme? ¿Puedo detenerla, puedo castigarla, puedo ni siquiera injuriarla? ¿Qué decir contra ella, ni cómo defenderme, si con ser tan formidable, no es más que aire?
--Querido señor--dijo Paoletti cruzándose las manos compungidamente sobre el pecho,--este humilde clérigo ultrajado le compadece á usted y le perdona.»
En seguida oyéronse los pasos largos y duros del clérigo, que golpeando el suelo con sus pies de plomo, dirigíase á la estancia de la enferma.
VIII
Sorbete, jamón, cigarros, pajarete.
La noticia de la mejoría, volando de aposento en aposento y llegando hasta el picadero, donde estaba Polito; hasta la estufa, donde los Marqueses de Tellería y de Onésimo examinaban las piñas exóticas, haciendo discretísimas apreciaciones sobre los progresos de la aclimatación (de lo cual debía resultar con el tiempo, según D. Joaquín, un gran aumento en la materia imponible); llegando también hasta la pajarera, donde estaba Milagros encantada con el piar de las aves pequeñas, que era un recreo muy de su gusto, esparció el júbilo por todas partes. Además de los Tellerías, mucha y diversa gente acudió á enterarse, y algunos aceptaban los aparatosos obsequios de Fúcar. Los más cumplían dejando tarjeta; las amigas íntimas quedábanse un rato para consolar á Milagros, que después de dar una vuelta por el jardín, había entrado bastante tarde y daba descanso á su fatigada persona en un sofá de la sala japonesa. Entre ídolos y jarros de color de chocolate, exhalaba sus quejas y suspiros.
«Ahora no se opondrá ese troglodita á que yo vea á mi hija... Pst.»
Un lacayo que pasaba con servicio de copas y licores, se detuvo al llamamiento.
«Tráigame usted un helado.
--¿De qué lo quiere la señora?
--De piña, si hay; si no, de plátano... Pilar ¿no tomas nada?
--¡Si acabo de tomar dulce de coco, _plum pund-ding_, Jerez y no sé qué más! Ese bendito Marqués de los adoquines quiere vengarse de mis burlas matándome de empacho. Se empeña en que me quede á comer aquí, en que pasee en sus caballos y en sus coches, en que me lleve todas las rosas... Si ya sabemos, señor tratante en blancos, que tiene usted buen cocinero, buenos caballos, un gran jardinero, y muchos muñecos del baratillo. El cocinero vale poco. Es un marmitoncillo que estaba en París en los _Trois frères provenceaux_... Francamente, me carga lo que no es decible este palacio de similor, tan semejante á una prendería... Parece una gran librea recargada de galones... Pero, querida Milagros, ¿sabe usted que estamos aquí haciendo un papel lucido? ¿Entramos en la alcoba de María? ¿Habrá reconciliación por ahora?»
Los ojos de la Marquesa se iluminaron como la luz de los faros giratorios cuando les llega el momento de crecer. Después se apagaron los ojos mientras los labios decían:
«¡Reconciliación! ¡Oh! ¡Desgraciadamente no la habrá!
--¿Y Pepa, dónde está?
--En Madrid.
--Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no me explico por qué está aquí María.
--Mi pobre hija fué acometida de un violento ataque. Hallábase en un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El Marqués de Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!... Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme: voy á decirle cuatro verdades... ¡Ah! el sorbete.»
Habíase levantado la dama con ciertos ademanes de femenil fiereza; pero se sosegó volviendo á su primer asiento entre ídolos y jarrones para embaular el sorbetillo en las profundidades inconsolables de su sér afligido. Polito había vuelto al billar, donde jugaba á carambolas con su amigo Perico Nules.
«¡Eh!... _Philidor_...--gritó de improviso, mascullando el tarugo de aspirar brea.--Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco de jamón en dulce y una copa...
--¿De Jerez?»
Vaciló, rascándose la barba rala.
«No... que me irrita... De _Chateau-Iquem_. Si yo pudiera dejar la maldita brea; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh! un momento, _mon cher Philidor_... A éste tráigale usted también jamón en dulce ó lengua escarlata y pajarete.»
Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos á la boca, y dijo á su amigo: «_¿Smoking?_...
--¿Fumar? Pues fumemos,--dijo el otro sacando su petaca.
--Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la tenemos en casa.»
Bastoneando con los tacos, fueron derechos á una caja de tabacos que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los vegueros que entre sus tablas de cedro tenía.
«¡Buenos cigarros, buenos!
--Mira, chico, aquí viene bien aquello de «lo que es de España...» Hagamos provisiones.
--Hombre, es demasiado,--dijo Perico Nules, algo escandalizado de aquella incautación.
--No seamos _panolis_... Digamos como Raoul: _chascun per se_...»