La familia de León Roch, Tomos 1 y 2
Part 25
Por el techo corrían ángeles honestos que antes fueron gentílicas ninfas en el taller del escultor, y en las pinturas de los tímpanos había virtudes teologales que habían sido musas pizpiretas. Todo tenía el deslumbrante lustre que la albañilería moderna da á nuestras alcobas, y que en éstas cuadra á maravilla. Ningún atributo ni alegoría cristiana se les quedó en la paleta, ó en el molde de escayola, á los artistas encargados de decorar aquella gran pieza. Más adelante conoceremos á un chusco que, al decir de la gente, se entretuvo cierto día en dar una explicación humorística y á todas luces irreverente de las figuras que hermoseaban la capilla. Tal matrona de vendados ojos, con un cáliz en la mano, era España, á quien los hacendistas habían puesto de aquella manera para que apurase sin protesta la amargura de su ruína; aquella otra que tenía un ancla y volvía los desconsolados ojos al Cielo, representaba el abatido Comercio, y la que hacía caricias á unos niños era la Beneficencia, símbolo hermoso del interés que á los Fúcares merecen la propiedad y la industria, y de la tierna solicitud con que las conducen por el fácil camino de los hospicios. Los doctores, en número de cuatro y representados en actitud de escribir gravemente con el _aquilífero pincel_, que dice Fray Gerundio, eran la Prensa, siempre dispuesta á elogiar á los grandes empresarios, que antes de hacer de las suyas, se amparan de las volubles plumas. Aquel barquichuelo que naufragaba en las aguas de Tiberiades era la nave del Estado, donde los oradores y articulistas hacen tantas travesías; los multiplicados panes eran copia gráfica de la entrega y recepción de algunos artículos de contrata; y por último, las atónitas sibilas que no hacían nada, como quien está en Babia, eran la Administración pública. El intérprete de estos símbolos y pinturas bíblicas daba versiones muy atroces de los letreros que corrían por frisos y arquitrabes, y leía: _Yo soy Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi casa. Dadme á mí lo que es del César y lo que es de Dios._ Por este estilo profano lo explicaba y traducía todo.
La capilla, admitido con indulgencia el gusto moderno en construcciones religiosas, era bonita. Su suelo estaba al nivel de la planta baja y tenía puerta al jardín, por donde entraba el pueblo; su techumbre sobresalía del tejado del palacio, ostentando su poco de torre con campanas. Habíanla dedicado á San Luis Gonzaga, cuya imagen, bien esculpida, ocupaba el altar mayor bajo la gran escena del Calvario. Hízose la piadosa ceremonia tal y como Don Pedro la había dispuesto. No bien despuntara el día, fueron encendidas sobre el altar grande, así como sobre los pequeños, cantidad de finísimas velas; y mil y mil flores olorosas, aprisionadas en elegantes búcaros, tributaban á la idea religiosa la doble ofrenda de su belleza y de su fragancia. Luces y aromas disponían al fervor, hiriendo los sentidos con fuerte estímulo, y llevando el alma á una región de dulce embeleso, donde le era fácil orar y sentir. La servidumbre toda asistía, desde el administrador hasta el último marmitón de las cocinas.
Decía la misa el cura de Polvoranca, humildísimo varón protegido de la casa, viejo, un poco ridículo en apariencia por reunir á la fealdad más acrisolada ciertas excentricidades y manías que, á más de perjudicarle mucho en su carrera eclesiástica, le dieron cierta celebridad. Gozaba en Suertebella de una mezquina renta que D. Pedro le señaló para celebrar el divino oficio los domingos, y para confesar una vez al año á todos los criados, costumbre piadosa que el prócer millonario mantenía en su casa, atento á evitar de este modo muchas trapisondas y latrocinios.
En la tribuna que los señores de Suertebella tenían en su capilla al nivel de las habitaciones del palacio, oyó la misa de rogativa Pepa Fúcar, juntamente con sus doncellas, el aya y Monina, quien no comprendiendo la razón de tanto recogimiento y mutismo, estuvo á punto de alzar la voz y dar un grito en lo más solemne del oficio santo. Sabe Dios las cosas que se habrían oído si el aya no la contuviera, ya tapándole la boca, ya amenazándola con que el Señor le iba á quitar la lengua. Esto hizo efecto, y Monina tuvo paciencia hasta el fin.
Pepa Fúcar estaba de rodillas en su reclinatorio junto al antepecho de la tribuna. ¿Quién podrá saber lo que pensaba durante aquella hora patética, ni lo que á Dios pedía su alma afligida? La misa de rogativa llegó á su fin. Salieron todos, y Pepa se quedó en su puesto observando la actitud recogida que había tomado desde el principio. Apoyada la frente sobre el reclinatorio, medio oculta la cara entre las cruzadas manos, no se le había sentido voz ni suspiro. Cuando alzó el rostro para levantarse, miró al altar un rato sin expresar sentimiento alguno que pueda definirse. Quedaba el reclinatorio como si en él se hubiera derramado un vaso de agua.
La señora dejó la capilla para dirigirse á sus habitaciones. Iba taciturna, los ojos enrojecidos, la boca ligeramente entreabierta, como la de quien necesita respirar mucho y fuerte para no ahogarse. En la puerta de su cuarto encontró á su padre, quien si no había asistido _corpóreamente_ á la misa, había dejado ver su cara por cierto ventanucho que se abría en la _Galería de la Risa_ y daba á la capilla, en la pared lateral de ésta y en el sitio mismo donde estaba pintado San Lucas, el _evangélico toro_, según reza el de Campazas. Desde allí observó Fúcar la puntual asistencia de sus criados, sin que faltase ninguno, y admiró la magnificencia de la _cathedrale pour rire_ (según el chusco mencionado), y según el dueño, _monísima basílica_, toda llena de _carácter_, pues no podía negarse esta cualidad artística á las decoraciones cristianas que había pintado el gran escenógrafo de los teatros de Madrid. Pero hay motivos para pensar que el espíritu del buen Marqués pasó de este orden de consideraciones á otro más elevado. Hallábase apenadísimo aquel día, y sin duda cuando asomó su imponente rostro por el ventanillo, de tal modo que bien pudo confundirse con el de un Evangelista ó Doctor, tuvo en su mente ideas de oración y pidió algo al Autor de todas las cosas. Pero éstas son hipótesis que no tienen valor real, y que sólo se exponen aquí para llenar el vacío que deja la falta absoluta de datos. Lo que sí no tiene duda, es que al encontrar á su hija la detuvo, diciéndole:
«Ya sé que han asistido todos.
--¿Y cómo está hoy?... ¿Se sabe algo?--preguntó Pepa con voz muy débil.
--Hay esperanza, hija mía. Esa desgraciada pasó bien la noche y está mejor, según ha dicho Moreno.
--¿De modo que vivirá?...
--Es muy posible--dijo D. Pedro, demostrando con la indiferencia de la frase que pensaba en otro asunto.--Ciertamente, hija, parece que Dios quiere echar sobre nosotros todas las calamidades.»
Diciendo esto, el pobre señor no pudo dominar su emoción. Abrió los brazos para recibir á su hija, que se arrojaba en ellos, y con voz ahogada exclamó:
«Hija de mi corazón, perla mía, ¡qué desgraciada eres!»
Pepa derramó sobre el pecho de su padre las lágrimas que le sobraron de la misa. Después, D. Pedro, reponiéndose de su emoción, dijo:
«Pero no exageremos... Todavía no hay nada seguro... Mañana...»
Pepa entró en su habitación y el Marqués se fué á la suya, donde examinó por vigésima vez diversas cartas y telegramas que el día anterior hicieron hondísima impresión en su ánimo, casi siempre sereno y claro como el sol y el ambiente de primavera.
III
León Roch hace una visita que le parece mentira.
Consecuente con su natural generoso y deseando cumplir cuanto antes la promesa que á su mujer había hecho, León fué á Madrid y al mismo San Prudencio en busca del Padre Paoletti. Cosa inverosímil en verdad era que él pusiese su planta en aquellos lugares, y así cuando el fámulo le rogó que esperase en la desnuda y pobre sala destinada á locutorio, tuvo tiempo de echar sobre ésta y sobre sí mismo incrédula mirada, sacando en consecuencia que una de las dos cosas, ó él ó la sala, eran pura ilusión de la fantasía.
Muy simple ó muy soberbio es el hombre que se hace juramento de no traspasar jamás el umbral de ésta ó la otra puerta, sin prever que el rápido giro de la vida trae las puertas á nosotros, las abre y nos mete por ellas, sin que nos ocupemos de evitarlo. León no pudo entregarse por mucho tiempo á estas reflexiones, porque apareció ante él un clérigo pequeño, pequeñísimo, de mediana edad, blanco y un sí es no es pueril de rostro, de ojos grandes, vivos y tan investigadores, que no parecía sino que su cara toda era ojos. Con lo exiguo de su cuerpo contrastaba la gravedad de su paso, largo y cadencioso, golpeando duro sobre el suelo, como resultaría del constante uso de zapatos de plomo. Saludó Paoletti á su visitante con exquisita urbanidad, y León, que no estaba para fórmulas, expuso en breves palabras el objeto de su presencia en aquella casa. Paoletti, sentado con cierta tiesura de creyente humilde frente al fatigado ateo, le oía con benevolencia confesional, bajos los ojos, enlazados los dedos de ambas manos y volteando los pulgares uno sobre otro. Debe advertirse que las manos del Padre eran finísimas y pulcras como las de una señorita.
«Vamos allá--dijo alzando los ojos y parando el molinete de los dedos pulgares.--Yo tenía noticia de su viaje á Carabanchel, de su desazón; pero no sabía ni que estuviese grave, ni que la hubieran llevado á Suertebella... ¿al mismo palacio de Suertebella?
--Al mismo,--dijo León sombríamente.
--Supongo--indicó el curita refinadamente,--que la hija del señor Marqués de Fúcar se habrá trasladado á Madrid con su preciosa niña.
--Lo hará hoy.
--¿Y usted...?
--No pienso separarme de María mientras continúe enferma.
--Me parece muy bien, caballero--dijo el italiano agraciando á León con un golpecito en la mano.--Sin embargo, la situación de usted frente á esa bendita mártir, es muy singular y poco agradable para entrambos.
--Esa situación es tal--dijo León,--que he creído necesario venir yo mismo, con objeto de hacer á usted algunas revelaciones que sólo á mí corresponden, y rogarle que me ayude...
--¿Yo?
--Sí... que usted me ayude á conllevar la situación, y aun á salir de ella lo mejor posible.»
Paoletti frunció el ceño. Se había levantado para partir; mas volvió á sentarse, tornando á voltear los pulgares uno sobre otro.
«Ante todo--dijo en tono de quien acostumbra simplificar las cosas,--revéleme usted los pensamientos que le han traído aquí. Es singularísimo que venga usted á confesarse conmigo, ¿no es verdad?»
Sonreía con expresión de triunfo humorístico que hacía más daño á León Roch que una burla declarada.
«A confesar con usted... es cierto.
--¡Oh! no, señor mío--dijo Paoletti con cierta dulzura relamida que á la legua revelaba la casta italiana.--No confesará usted, ¡ojalá lo hiciera! no me revelará usted su conciencia ni renegará de sus errores... no hará otra cosa que contarme lo que ya sé, lo que sabe todo el mundo... Y todo para que le ayude...»
Paoletti repitió las versiones de la tertulia de San Salomó.
«En eso hay algo de verdad y mucho de calumnia--dijo León.--Es falso que Monina sea mi hija; es falso que yo tenga relaciones criminales con Pepa Fúcar; pero es cierto que la amo; es cierto que en mi corazón se ha extinguido todo el cariño hacia mi pobre mujer, y en él no queda sino una estimación fría, un respeto ceremonioso á las virtudes que reconozco en ella.
--¡Estimación, respeto!--dijo Paoletti,--¡reconocimiento de virtudes!... Eso es algo, caballero. La grande y purísima alma de María Egipciaca merece más, mucho más; pero si pudiéramos contar con que esa estimación y ese respeto crecían y se purificaban...»
Paoletti volvió á acariciar con su mano de frío marfil el puño de León, y le dijo:
«¿No podríamos intentar una reconciliación?
--Es imposible, de todo punto imposible. Hace algún tiempo hubiera sido fácil... ¡Cuántos esfuerzos hice para llegar á esa deseada reconciliación!... Usted debe saberlo.»
Mirando al suelo, el hombre diminuto hizo signos afirmativos con la cabeza.
«Usted lo sabe todo...--añadió León con sarcasmo.--El dueño de la conciencia de mi mujer, el gobernador de mi casa, el árbitro de mi matrimonio, el que ha tenido en su mano un vínculo sagrado para atarlo y desatarlo á su antojo; este hombre, á quien hoy veo por primera vez después de aquellos días en que iba á visitar al pobre Luis Gonzaga, muerto en mi casa; este hombre, que, á pesar de no tener conmigo trato alguno, ha dispuesto secretamente de mi corazón y de mi vida, como puede disponer un señor del esclavo comprado, no puede ignorar nada.
--Ese lenguaje mundano y soberbiamente filosófico me es conocido también, caballero--dijo Paoletti, tomando un tono de reprensión evangélica.--Si quiere usted que entre en ese terreno y le dé contestación cumplida, lo haré.
--No... No he venido aquí á disputar. La tenebrosa batalla en que he sido vencido después de luchar con honor, con delicadeza, con habilidad y aun con furia, ha concluído ya. Mis juicios están formados hace tiempo, y no pueden variar... La ocasión no es propia para cuestionar. Nos hallamos en presencia de un hecho terrible...
--Que María se muere.»
Refirió León á Paoletti la visita de María Egipciaca á su esposo y la escena que precedió al desmayo y enfermedad de la santa mujer. Después de una pausa, el Padre dijo severamente:
«Todo me indica que María le ama á usted, y que aquí el verdadero traidor al matrimonio, el culpable de hoy, es el mismo que lo fué ayer, el culpable de siempre; en una palabra, usted. No apruebo, sin conocerlo bien, el paso dado por mi ilustre penitente; pero ese paso, ese traspié, dado que lo sea, anuncia que aún conserva en su corazón y en su voluntad dulcísimos favores para quien no es digno de ellos.
--Usted que todo lo sabe, debe saber que mi mujer no me tiene amor. Si los que no entienden de sentimientos nobles y puros se empeñan en dar aquel nombre á lo que no lo merece, yo me apresuro á constituirme en juez de los afectos de mi pobre mujer y á declarar que no me satisfacen, que los rechazo y los pongo fuera de juego en el problema de nuestra separación ó de nuestras paces.»
Paoletti meditaba profundamente.
«Entre los dos--añadió León,--no existe ya ningún lazo moral. María y yo, estas dos personas, ella y yo, se me pintan en la imaginación como un discorde grupo representando la idea del divorcio.
--Un grupo, una obra de arte--dijo Paoletti, deslizando en medio de la nube negra de su severidad un relampaguillo de malicia.
--Una obra de arte, sí... que, como tal, no se ha creado por sí sola, sino que tiene autor. Mi mujer no me ama; creo que habría podido amarme, como yo deseaba, si las grandes imperfecciones de su carácter, en vez de disminuir sometidas á mi autoridad y á mi cariño, no hubieran aumentado, sometidas á otras corrientes y á otra autoridad. No me ama, ni yo la amo á ella tampoco. Por consiguiente, la reconciliación es imposible.
--No dirá usted--manifestó Paoletti con severidad mezclada de tolerancia,--que no le escucho con paciencia.
--¡Paciencia! Más he tenido yo.
--Aunque uno no quiera, siempre tiene en sí algo de cristiano, caballero. Para concluir, Sr. de Roch, usted no ama á su mujer, ni ella le ama á usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿á qué ha venido usted aquí?
--María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme á esto, lo hago con gusto.
--Pues vamos,--dijo Paoletti levantándose.
--Falta lo principal--dijo León, tocando la sotana del reverendo.--Fácilmente comprenderá usted en su claro talento, que para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para decir á usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo que el estado moral es verdaderamente grave en la dolencia de María.
--Sí.
--Debo declarar que deseo su restablecimiento--dijo León con calmosa voz.--Pongo á Dios por testigo de esta afirmación: quiero absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva.
--Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa, para lo cual conviene que no la turbe ningún pensamiento de los que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que se escapa...»
León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias.
«Pues bien--dijo Paoletti con energía,--yo haré en este particular todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano el estado espiritual de mi querida hija en Dios.
--María está en Suertebella.
--Sí.
--Y es necesario que no comprenda que está allí.
--Bueno... pase--dijo Paoletti mirando al suelo y soltando las palabras por un ángulo de la boca.--Es un engaño que puede disculparse.
--María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente ahora por mí.
--Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este cariño no está bien juzgado por usted.
--María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril, la idea de que amo á otra mujer.
--Alto ahí--dijo el clérigo extendiendo su blanca mano, como una pantalla de marfil.--Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe, no cabe. Lo que usted propone es una impostura.
--Es caridad.
--La verdad lo prohibe.
--Lo manda la salud.
--Una exigencia física á la que no podemos dar valor excesivo. Mi ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas pasiones del mundo.
--Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte.
--Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y á esa pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido, cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada de su esposo! Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la casa escenas licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la inmediata. Pero aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla; pero si me pregunta... y preguntará, preguntará...
--¡Sí!--exclamó de súbito León, impresionado por tan graves palabras.--Esa comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta puede ser la vida... No irá usted conmigo á Suertebella. Llevaré un clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa.»
Se marchaba ya, y Paoletti le llamó con un _cecé_ de reconciliación.
«Al claro talento de usted--dijo devolviendo un piropo recibido poco antes,--no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote no agradará á la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen grado á consolar á esa desgraciada. Hay más--añadió con un arranque sentimental,--no puedo ocultar á usted que lo ansío ardientemente. ¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, sino que la respeto, la venero como á un sér superior.
--¿Y qué le dirá usted?
--Lo que deba decirle--contestó Paoletti clavando en León sus dos ojos que parecían doscientos.--Es por demás extraño que quien declara haber roto moralmente el lazo matrimonial, se inquiete tanto por la conciencia de su esposa.
--No me inquieto por su conciencia, sino por su salud,--dijo León sintiéndose muy abatido.
--¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella?
--Sí.
--Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer á un hombre; su purísima conciencia, no.
--Es verdad--dijo León apurando el cáliz.--Su conciencia, yo la entrego á quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad.
--Perdono la expresión--replicó Paoletti bajando los ojos.--Para concluir, señor mío, ¿voy ó no voy?
--¿La matará usted?
--¡Yo...!»
Y después de exhalar un suave suspiro, añadió:
«Le preguntaremos quién es su asesino.»
León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después golpeó el suelo con el pie. A veces de un pisotón sale una idea, como una chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea.
«Vamos--dijo con resolución.--A la conciencia de usted dejo este delicado asunto.
--Y en prueba de esa confianza--manifestó el otro, no ocultando su gozo por ir,--prometo conciliar en lo posible la veracidad con la prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará mucho consuelo.
--Vamos.
--Soy con usted al instante,--dijo el clérigo pequeñísimo corriendo, con el paso duro de sus pies de plomo, á buscar capa y sombrero. Deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés, añadió:
--Es muy temprano. No se ha desayunado usted. ¿Quiere tomar chocolate?
--Gracias--repuso León inclinándose,--gracias.»
Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de Suertebella.
IV
Despedida.
Ya había concluído la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala en sala, buscaba á la hija del Marqués de Fúcar. Al fin la halló en la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante. Creeríase que Pepa barruntaba la enunciación de la importante cosa, porque estaba en pie con la anhelante mirada fija en la puerta, atendiendo á los pasos del que se acercaba, y así que le vió entrar retiróse á un ángulo de la pieza, indicando á su amigo con el lenguaje singular de cuatro ó cinco pasos (pues también los pasos hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina corrió al encuentro de León y se abrazó á sus piernas, echando la cabeza hacia atrás. El la tomó en brazos, y al verse arriba la nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de colgárselo de una oreja.
«Estate quieta, Mona; no seas pesada--dijo Pepa.--Ya, ya me figuro á qué has venido y lo que vas á decirme... Hija, estate quieta... Ven aquí.»
Arrancó á la chiquilla de los brazos de León para tomarla en los suyos.
«No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo adivino--prosiguió.--Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida aunque tuviera que irme sin verte.
--Agradezco tu delicadeza--dijo León.--Márchate á tu casa de Madrid, y por ahora... no te acuerdes de que existo.
--Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques--dijo Pepa, en cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo.--Ponte en el suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos á ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en contestarme.»
León bajó los ojos en silencio. No conocía palabra tierna, ni frase amistosa, ni concepto de esperanza que al pasar de su mente á sus labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar parecióle más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse, temeroso cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro espejo de su propio pensamiento.
«No me preguntes nada, no me digas nada--manifestó al cabo León.--Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza.»