La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 24

Chapter 243,912 wordsPublic domain

Se comprenderá fácilmente el asombro de Pepa cuando en su casa vió entrar aquel cuerpo yerto... ¡Cielos divinos! ¡María Sudre! ¡Y en qué estado! Se explicaba el desmayo; pero no se explicaba fácilmente el vestido roto el pelo en desorden... La entraron en la primera habitación que se encontró á propósito, y la pusieron sobre la cama.

«Han olvidado lo principal--dijo Pepa:--aflojarle el corsé.

--Es verdad: ¡qué idiotas somos!»

Diciendo esto, D. Pedro cortó con una navaja las cuerdas del corsé. El médico entró, y cuando todos se retiraron, menos León y los Fúcares, habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se despachó al punto un propio á Madrid llamando á uno de los primeros facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo hubiera sido un síncope!... pero algo más había, porque la infeliz dama, al volver en sí, deliraba, no se hacía cargo de lugares ni personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía á nadie, ni aun á su esposo.

Después cayó en profundo sopor. Era indispensable el reposo, un reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.

«Ahora--dijo,--dejarla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.»

El médico salió. Pepa, llevándose el dedo índice á la boca, ordenó silencio. León y el Marqués de Fúcar callaban, contemplando á la enferma. Pasó media hora, y Pepa dijo así:

«Sigue durmiendo, al parecer tranquila. Cuando despierte, yo me encargo de cuidarla: yo me encargo de todo.

--No--le dijo León prontamente:--te ruego que no aparezcas en este cuarto.»

Pepa inclinó la frente y salió con su padre, andando los dos de puntillas. León se sentó juntó al lecho. Aún le duraba el aturdimiento y estupor doloroso del primer instante; aún no se había hecho cargo claramente del sitio donde su mujer y él estaban. La penitente reposaba con apariencias de sosegado sueño. El desdichado esposo miró á todos lados, observó la estancia, dió un suspiro, tuvo miedo. De pronto vió que Pepa entraba con paso muy quedo por una puerta disimulada en la tapicería. León la miró con enojo.

Pero ella avanzaba, revelando en sus ojos tanto terror como curiosidad. Más pálida que la enferma, su semblante era cadavérico. Sus pasos no se sentían sobre la alfombra: eran los pasos de un fantasma. El gesto con que León la mandaba salir fuera no podía detenerla, y adelantaba hasta clavar sus ojos en el cuerpo y rostro de María, observándola como se observa la cosa más interesante y al propio tiempo más tremenda del Universo.

Tras ella entró Monina, deslizándose paso á paso como un gatito que entra y sale sin que nadie lo sienta, y juntándose á su madre y asiéndose de su falda con ademán de miedo, señalaba á la cama y decía: «_Moña meta._»

_Moña meta_, que quiere decir _muñeca muerta_.

TERCERA PARTE

I

Vuelve en sí.

Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho. Fijos los ojos en su mujer, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera ser síntoma del mal, anuncio de mejoría ó señal de recrudescencia. A ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo, mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los dos círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas parecióle que un reir burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo y casamiento. Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en los días correspondientes al principio de esta verídica historia, recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola á la tiranía de la idea. Pero los hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la fuerza de lo que podríamos llamar el _hado social_, un poder enorme y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las durísimas terquedades colectivas ó personales, de los errores, de la virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres, con cuya arrogante estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender una lucha á brazo partido. León se compadecía y á ratos se reía de sí mismo, diciendo: «Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento á la honda.»

Pensando éstas y otras cosas no cesaba de atender solícito á la enfermedad de su mujer. María Egipciaca había vuelto de su estado comático varias veces durante el día; pero su mente seguía turbada; á nadie conocía, ni acertaba á formular una frase con sentido. Quejándose de un dolor inmenso sin poder determinar en qué sitio ó entraña de su cuerpo sentía, quiso lanzarse del lecho. Fué preciso emplear bastante fuerza para impedirlo. Por la noche su inquietud cesó, aunque no la fiebre. En su sueño decía no pocas palabras claras y precisas, indicando cierta coherencia en las visiones, y, por último, oprimió las manos contra su pecho y dijo en un grito: «¡No, á ese no, á ese no: es mío!»

Después abrió los ojos, y revolviéndolos, miró á las paredes, al techo, á la cama, á los muebles, cual si á todas aquellas partes pidiese noticias del lugar donde se encontraba. Su hermosa mirada sin extravío revelaba ya un pensamiento sereno, que volvía, no sin cansancio, al carril de la cordura. Vió á un hombre junto al lecho, solo con ella, atento, vigilante, y al conocerle, los ojos de la enferma expresaron un sentimiento dulce.

«¿Tú?» murmuró sonriendo.

León se acercó, inclinándose hacia ella. Cuando metía su mano entre las sábanas para buscar la de ella y tomarle el pulso, María se apoderó del brazo de su marido, y estrujándolo sobre su seno, dijo con un gemido:

«¡Ay! ¡qué gusto saber que era sueño lo que ví! Te habían pinchado en unos... así como grandes tenedores, y te iban á meter en un horno lleno de fuego. Yo me moría de pena... sentí una opresión... grité...»

El espíritu de la infeliz esposa, después de agitarse en horrendos desvaríos sin determinación y de ser arrastrado en torbellino de visiones, que por tener todos los colores y las formas todas, casi no tenían ni forma ni color, cayó en unas profundidades pavorosas, donde no había nada, á no ser la idea pura de lo cóncavo, de lo obscuro, y el asombro de tanta hondura y obscuridad. Pero al sentirse en el término de aquel bajar rápido y creciente como el de la piedra lanzada al abismo, vió con claridad pasmosa. Aquello era el Infierno. Bien se comprenderá que la mística dama vería la _cità dolente_ y sus horribles habitantes tales y como los había imaginado en la vida real, guiándose por descripciones escritas y por minuciosas estampas. Pero como quiera que nuestras apreciaciones de lo sobrenatural se apoyan siempre en ideas corrientes y revisten forma semejante á las que vemos aquí con nuestros propios ojos carnales, á María Egipciaca se le representaban las zahurdas infernales como inmensos túneles de ferrocarril, ó bien como el recinto de una fábrica de gas, llena de humo y pestilencia, ó también cual negro taller de fundición y forja, donde mil máquinas gruñían entre resoplido de fuelles, machaquería de martillos y polvareda de ascuas y carbón. Los demonios, sin perder su histórica traza de hombrezuelos con pezuña y rabillo de innobles bestias, tenían no poca semejanza con maquinistas de ferrocarril ó poceros de alcantarilla, con los infelices jornaleros de minas hulleras, con los cíclopes de Sheffield ó Birmingham y aun con otros industriales de menor importancia, aunque no de mayor limpieza. Todos estaban empapados en pringoso sudor, semejante á la infecta grasa de las máquinas.

Era una gran cavidad formada del cruzamiento de infinitos túneles, galerías de hierro, y por todo ello corría un hálito sofocante de hulla, azufre, gas de alumbrado y tufo de petróleo, que eran los olores más aborrecidos de nuestra simpática heroína. En aquel centro había un barullo, un estrépito, un vértigo del cual la dama no habría podido dar adecuada definición sino diciendo que era como si mil trenes á gran velocidad convergieran en un punto y en él chocaran, haciéndose pedazos y desparramándose después coches y máquinas en todas direcciones para volver á reunirse. Las locomotoras eran en la mente de la delirante lo principal de la maquinaria del Infierno. Las veía pasar y correr volando con patas y alas de hierro untado de aceite hediondo, dando gruñidos y resoplidos, revolviendo sus rojas pupilas, expeliendo humo negro y aliento de vapor y chispas. Siendo del mismo tamaño de las que se ven en el mundo, allí parecían como un enjambre infinito de inmensas moscas, que zumbaban en un recinto infinitamente ancho y vaporoso.

En los primeros meses de su matrimonio, María había hecho con León un viaje por Alemania. Entre otras cosas notables visitaron la ya célebre fábrica metalúrgica de Krupp en Essen. Esta visita, que impresionó mucho á la dama, no se borró jamás de su memoria, y en aquella hora de alucinación la imagen del colosal establecimiento tenía gran parte en la construcción fantástica del horrible presidio eterno á donde es llevado el hombre por sus culpas. Otros talleres que había visto en Barcelona y en Francia prestaban algún elemento para rematar el horrible cuadro. Veía que algunos precitos eran puestos en el torno mecánico y torneados como cañones, ó bien pasados por laminadores, de donde salían como tiras de papel. Llevados luego á los hornos de luz blanca, tornaban á su forma primera. Los propagadores de ciertas ideas muy bellacas eran sujetos entre cadenas, y puesta la cabeza sobre un yunque, el martillo-pilón de cincuenta toneladas les machacaba los sesos. Era de ver cómo los diablillos menores, ó sea la granujería del Infierno, se entretenían en abrir agujeros con un berbiquí en el cráneo de algunos infelices, para introducirles con embudillo y cuchara metal derretido, producto de un gran guisote de libros puestos al fuego en barrigudo perol, lleno de ideas heréticas. A otros, que habían hablado mal de cosas sagradas, les estiraban la lengua unas diablas muy feas, y juntándolas todas, es decir, centenares ó millares de lenguas, las ponían al torno para torcerlas y hacer una soga, que luego colgaban de la bóveda, de tal suerte que los discursistas parecían manojos de chorizos puestos al humo. En otros se ejercía un peregrino tormento que casi parecía incomprensible en nuestro mundo terrenal, á pesar de que está lleno de telares, y es que tejían unos con otros á los condenados, enlazando piernas con brazos y brazos con cabezas, para formar una cuerda ó ristra, la cual se entretejía con otra hasta formar una gran tela de dolor y lamentos. Sometían esta tela á una especie de torno, donde la estiraban hasta que su tamaño crecía desde kilómetros á leguas, y crujían los huesos, como si por sobre un infinito montón de nueces corriesen infinitos caballos, y se desgarraban las carnes entre alaridos. Arrojado después todo al fuego, volvían los individuos á su forma primera, y de su forma prístina á la repetición del mismo entretenido tormento.

Todo esto lo vió María con indecible espanto. Estaba allí y no estaba; no podía gritar, ni tampoco respiraba. Pero llegó un momento en que el dolor se sobrepuso al pánico. Entre los muchos condenados por imperdonables picardías, vió á uno que parecía tener grandes merecimientos pecaminosos, según lo mucho que le atendían los incansables y feísimos diablos y aun las asquerosas diablesas. Era León. María vió cómo se apoderaban de él, cómo le estrujaban entre las horribles manos pringosas, cómo le revolvían en cazuelas hirvientes, sacándole con espumadera y metiéndole con cuchara. Por último, le pincharon con un tridente y le acercaron á la boca de un horno cuyo fuego era tal, que el fuego de nuestro mundo parecería hielo al lado suyo. Entonces María sacó de su pecho un grito, alargó el brazo, la mano... brazo y mano que tenían una lengua... sus dedos se quemaban cercanos al horno....

«¡No, no; á ese no... es mío!»

Aquí tuvo fin la visión. Desapareció como los renglones del libro que se cierra de un golpe. Pero la idea quedaba.

II

¿Se morirá?

María se vió en una habitación grande y desnuda. Su esposo estaba allí delante de ella, entero y vivito. Desconociendo el lugar, la enferma se sentía bien acompañada.

«¿Qué casa es ésta?--preguntó.

--La mía... Tranquilízate... estoy aquí: ¿no me ves?»

María seguía recorriendo con sus ojos las paredes y el elevado techo.

«¡Qué cuarto tan triste!--murmuró dando un suspiro.--Y yo... ¿he venido aquí?»

Se calló, reconcentrada en sí, escudriñando en sus turbios recuerdos. Aquella mañana, después del suceso que bien puede llamarse catástrofe, León había tratado con el Marqués de Fúcar y con Moreno Rubio del mejor modo de llevarse á su mujer á Madrid. D. Pedro encontró peligrosa la idea, y el médico se opuso resueltamente, diciendo que en el estado de la enferma, la traslación, aun con todas las precauciones posibles, podría ser causa de un funesto desenlace. Muy contrariado estaba León con esto, y casi se hubiera atrevido á poner en ejecución su plan de mudanza si Moreno Rubio no le amenazara con retirarse, declinando toda responsabilidad. No pudiendo sacar del palacio de Suertebella á quien por ningún motivo debía estar en él, juzgó que convenía desfigurar el aposento, y con permiso del generoso dueño quitó los cuadros, objetos de arte, porcelanas y baratijas que en él había. De este modo la habitación, que era de las menos lujosas y no tenía tapicerías, sino papel del más común, parecía modesta.

«Sí: viniste aquí--le dijo el marido, tocándole la frente.--Te has puesto un poco mala; pero eso pasará: no es nada.

--¡Ah!--dijo María, herida de súbito por un recuerdo doloroso.--Me trajeron mis celos, tu infidelidad... ¿Pero es ésta aquella casa...?

--Es mi alcoba.

--Estas paredes, este techo tan alto... ¿Por qué no me has llevado al instante á nuestra casa?

--Iremos cuando te repongas.

--¿Qué me ha pasado?

--Una desazón que no traerá consecuencias.

--¡Ah! sí, ya recuerdo... te has portado infamemente conmigo... ¿Qué te dije yo? ¿Te dije que te perdonaba? Si no te lo dije, ¿es que lo he soñado yo?

--Sí: me perdonaste,--le dijo León por tranquilizarla.

--Tú me prometiste no querer á otra, me juraste quererme, y para que lo creyera me diste pruebas de ello. ¿Esto es verdad ó lo he soñado yo?

--Es verdad.

--Y también me dijiste que estás resuelto á abjurar de tus errores y á creer lo que creo yo. ¿Es también sueño esto?

--No: es realidad. Haz por serenarte.

--Y luego nos reconciliamos... ¿no ha pasado así?

--En efecto.

--Y volvimos á querernos como en los primeros días de casados.

--También.

--Y me probaste que era mentira lo de tus relaciones con...»

María se detuvo, mirando fijamente á su esposo.

«No vuelvas sobre lo pasado--le dijo éste con bondad.--Es preciso que hagamos un esfuerzo para devolverte la salud. Tú, María, debes ayudarnos.

--Ayudaros, ¿á qué?

--A salvarte.

--¿Pues qué, no he de salvarme yo?... ¡Dios mío, he pecado!...»

Y demostró un dolor muy hondo.

«Me refiero á tu vida, á tu salud corporal que está amenazada.

--¡Oh!... No estimo yo la salud del cuerpo, sino la del alma, que veo en peligro... Hace poco, no sé cuándo, creí que me había muerto. Ahora viva estoy; pero sospecho que he de morir pronto... ¡estoy en pecado mortal!

--Lo has soñado, hija, lo has soñado. No temas nada; tranquilízate.

--¡Estoy en pecado mortal!--repitió María, llevándose las manos á la cabeza.--Dime, ¿es también sueño lo que me dijiste...?

--¿Yo?

--¿Que no me querías?

--¿Pues qué podía ser sino sueño?»

María le echó los brazos al cuello y atrajo suavemente hacia su rostro el de su marido.

«Dímelo otra vez para que se me quite el amargor que me dejó aquel mal sueño.»

Los esposos hablaron un instante en voz baja.

«Dame una prueba de tu cariño--le dijo María.--Pues estamos lejos de Madrid, pues no debo salir de tu casa en algunos días, hazme el favor de avisar al Padre Paoletti. Con él quiero hablar.

--Yo mismo le traeré.

--¿Tú mismo?

--¿Por qué no? Nada que te agrade puede serme molesto.»

A la sazón entró el médico. León había creído prudente confiarle algunos de sus secretos, pues siendo la dolencia de María motivada por causas morales, convenía suministrar á la ciencia datos de aquel orden delicado. Moreno Rubio y León Roch hallábanse unidos por una amistad sincera, fundada en la bondad del carácter de ambos, y principalmente en la concordancia de sus opiniones científicas. Aquella mañana, cuando León hizo á su amigo las revelaciones indispensables para un acertado diagnóstico, sostuvieron un diálogo interesante, del cual mencionaremos lo más substancial.

«De modo que usted no quiere á su mujer ni poco ni mucho,--dijo Moreno Rubio, que tenía el don de expresar los temas con grandísima claridad.

--La mentira me ha sido siempre muy odiosa--replicó León.--Por tanto, declaro que María no me inspira ninguna clase de cariño. Dos sentimientos guarda aún mi alma hacia ella, y son: una lástima profunda y un poco de respeto.

--Perfectamente. Esos dos sentimientos no bastan á hacer un buen marido; pero hay en su alma otros que pueden hacer de usted, y lo harán de seguro, un hombre benéfico... Respuesta al canto: ¿usted desea que viva su mujer?

--Me ofende usted preguntándomelo. La misma zozobra en que se halla mi conciencia me impele á desear que María no muera.

--Bien, muy bien. Pues si usted quiere que María no muera--dijo Moreno, poniéndole la mano en el hombro,--es necesario calmar en ella la irritación producida por los celos, harto fundados por desgracia; es preciso que su espíritu, terriblemente desconcertado, vuelva á su normal asiento. Cada vida tiene su ritmo, con el cual marcha ordenada, pacíficamente. Un trastorno brusco y radical de ese ritmo puede ocasionar males muy graves y la pérdida de la misma vida. El ejemplo le tenemos bien cerca. Apresurémonos, pues, á devolver á ese organismo el compás que ha perdido, y triunfaremos de la espantosa revolución del sistema nervioso que afecta y destroza la región cerebral. Es urgente que desaparezcan los celos en la medida posible, para que, entrando los sentimientos de la enferma en un período de calma, recobre toda la máquina su marcha saludable. Es preciso que las escenas que originaron su mal se borren de su mente. Si vive, tiempo hay de que sepa la verdad. Es necesario que no se reproduzca ni la cólera ni el despecho, haciéndole creer que no ha pasado nada; y sobre todo, amigo mío, es urgentísimo tratarla como á los niños enfermos, dándole todo lo que pida y satisfaciendo sus caprichos, siempre que éstos pertenezcan al orden de los entretenimientos. Su mujer de usted, bien lo conozco, pedirá amor y devoción: en ninguno de estos apetitos hay que ponerle tasa.»

Después de este substancioso discurso, indicó otra vez León la necesidad apremiante de sacarla de Suertebella, á lo que se opuso decididamente Moreno. Desechado el plan de traslación por _homicida_ (ésta era la expresión del médico), ambos determinaron desfigurar la estancia, traer de Madrid los criados que rodeaban constantemente á María, y otras cosas secundarias y menudas, pero indispensables para el buen propósito de León Roch. Antes de separarse, éste dijo á su amigo:

«Hábleme usted con franqueza. ¿Se morirá mi mujer?

--Aún no puedo decir nada. Es muy posible que así suceda. Déjeme usted que determine bien la especie de fiebre con que tenemos que luchar.»

Aquella noche, cuando María volvió á su natural sér, después de pasearse con la fantasía por los infiernos, llenos de horribles máquinas y diablos fabricantes, entró Moreno á verla, como se ha referido.

«¡Hola, hola!--dijo riendo, al observar que marido y mujer se miraban muy de cerca.--¿Estamos como tórtolos? ¿Qué tal, mi querida amiga?... El pulso no va mal... Debemos procurar un reposo completo del cuerpo y del alma.»

María frunció el ceño mirando á su marido.

«No, no ponga usted mala cara á este hombre, que está enamorado de su mujer como un novio de primavera. Me consta... Dentro de unos días saldrán ustedes por ahí á coger lilas y á mirar las mariposas... Una mujer discreta no debe hacer caso de hablillas malignas. Cabeza llena de dicharachos de la envidia ¿qué hará sino desvariar? Ahora, querida amiga, vamos á entrar en un período razonable, vamos á celebrar unas paces duraderas, vamos á querernos mucho... lo digo por ustedes... en fin... veamos esa lengua...»

Después preparó por sí mismo algunas medicinas. León y Rafaela le ayudaban.

* * * * *

Mientras esto ocurría junto á la enferma, el Marqués de Fúcar, dando de la mano por un momento al grandioso asunto del empréstito, ya casi ultimado, se llegaba á su querida hija y muy seriamente le decía:

«Los pronósticos de Moreno son muy tristes. Pero no hay que desesperar. La ciencia puede hacer mucho todavía, y Dios más aún. A nosotros nos corresponde auxiliar á la ciencia en la medida de nuestro escaso poder é implorar el auxilio de la Providencia.»

Alzando del suelo sus ojos llenos de turbación, Pepa mostró al Marqués su rostro que parecía de cera. Como quien se aprieta la herida para que arroje más sangre, echó de sí esta pregunta:

«¿Se morirá?

--De eso te hablaba y no me has oído--dijo D. Pedro, que también tenía en aquel día su herida sangrienta.--Nuestro deber es demostrar á esos infelices huéspedes la parte que tomamos en su desgracia. Conduzcámonos como corresponde á nuestro nombre y á esta casa. ¿Conviene que manifestemos con un acto religioso nuestro sincero anhelo de ver fuera de peligro á María Egipciaca? Pues hagámoslo con esplendor y magnificencia. Tenemos aquí una capilla que me ha costado al pie de ochenta mil duros, y que hubiera costado menos cuando los artistas valían más y no tenían tantas pretensiones. Pues bien: es preciso celebrar mañana una misa solemne de rogativa á que asista toda la servidumbre de Suertebella, presidida por tí. Te autorizo para que me gastes en cera lo que se te antoje. Que venga mañana á decir la misa ese bendito cura de Polvoranca, y si quieres traer más curas, vengan todos los que se puedan haber á mano.»

Dijo, y retiróse dando un gran suspiro. Él, que también guardaba un pesar hondo en su alma, ¿quería implorar del cielo favor y misericordia para sí? No sabemos aún cuáles eran las cuitas que tan de improviso habían cambiado la jovial sonrisa del Marqués de Fúcar en mohín displicente. El empréstito, lejos de navegar mal, arribaría pronto al puerto de la realización, después de surcar con buen viento el piélago turbio de nuestra Hacienda, y era seguro que entre Fúcar, Soligny y otros pájaros gordos de Francfort, Amsterdam y la City se tragarían un puñado de millones por intereses, corretaje y comisión. ¿Entonces qué...?

Era la capilla de Suertebella un hermoso monumento construído en un ángulo del palacio, alto de cimbra, grueso de paredes, brillante cual si le hubieran dado charol, con mucho yeso imitando mármoles y pórfidos de diferentes colores, oro de purpurina y panes, que hacía el efecto de una pródiga distribución de botones y entorchados de librea por las impostas, entablamentos y pechinas de aquella arquitectura greco-chino-romana, con muecas góticas y visajes del estilo neoclásico de Munich que nuestros arquitectos emplean en los portales de las casas y en los panteones de los cementerios. El imitado jaspe, el oro, los colorines, parecían moverse circulando en el agua de su redoma.