La familia de León Roch, Tomos 1 y 2
Part 22
María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza inmediata; dejóse caer en la silla. El espejo estaba cubierto con un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad, la imagen hechicera de María Sudre. Fué como un lindo ejemplo de la creación del mundo.
«¡Dios mío, San Antonio bendito!--exclamó cruzando las manos,--¡qué flaca estoy!
--Un poco delgada; pero más hermosa, mucho más hermosa,--afirmó la madre con orgullo.
--¡Monísima, _charmante_!.., Juana, improvisa aquí un buen peinado--dijo Pilar á su doncella, habilísima peinadora.--Una cosa sencilla, un bosquejo nada más, para ver el efecto del sombrero. A ver si te luces.»
Con gran presteza empezó Juana su obra desenredando los cabellos de María. Esta, después de mirarse un rato, había bajado los ojos y parecía que oraba en silencio. Se había visto los marmóreos hombros, parte del blanco seno, y á la vista de aquellas joyas tembló de pavor, sintiendo alarmada otra vez su conciencia religiosa. Quizás habría llegado demasiado lejos la reacción, si un flechazo partido del bien templado arco de su madre no la contuviera.
«Al verte, hija mía, nos parece increíble que ese mamarracho de Pepilla Fúcar...»
Como el abatido corcel salta, herido por la espuela, así saltaron los celos de María. Sus ojos verdes brillaron con apasionado fulgor, y se contemplaron absortos y embelesados de sí mismos, como diciendo: «¡Qué bonitos nos ha hecho Dios!» Después María puso la cabeza en las dos actitudes contrarias de medio perfil, torciendo los ojos para poderse ver. ¡Qué hermosa visión! ¡Cuánto la realzaba su palidez! Se habría podido ver en ella un ángel convaleciente de mal de amores celestiales.
En un santiamén armó Juana airoso peinado, tan conforme con el rostro y la cabeza de María, que el más inspirado artista capilar no lo habría hecho mejor. Exclamación de sorpresa acogió obra tan magistral, y la misma María se contempló con admiración, pero sin sonreir. En seguida, pasando á la habitación donde estaba el espejo grande, se procedió á ponerle el gran traje princesa, operación no fácil, pero que al cabo fué terminada con general aplauso. El vestido resultó que ni pintado, el corte perfecto, el efecto sorprendente.
«¡Oh, qué bien está esta pícara!--dijo la de San Salomó con cierta envidia.--Veamos la manteleta. Escogeremos ésta de cachemir de la India con riquísimo _agremán_ y flecos. La cortó un discípulo de Worth.»
María, en pie, las obedecía ciegamente y se dejaba vestir, se devoraba con sus propias miradas, dando al cuerpo el contorno particular y gracioso que es necesario para ver los costados. La criada alzaba la luz alumbrando la esbelta figura.
«Ahora el sombrero.»
Era la gran pincelada, el supremo toque que al sublime cuadro faltaba. Pilar no quiso confiar á nadie aquella obra delicada, que era como la coronación de una reina. Ella misma levantó en alto el sombrero y se lo puso á su amiga. ¡Efecto grandioso, sin igual! ¡Inmensa victoria de la estética! María Egipciaca estaba elegantísima, hechicera; era la elegancia misma, el figurín vivo. Encarnaba en su persona el ideal del vestir bien, ese infinito del traje, que unido al infinito de la belleza, produce las maravillosas estatuas de carne y trapo ante las cuales sucumben á veces la prudencia y la dignidad, á veces la salud y el dinero de los hombres. ¡Pobre Adán, cómo te acordarás de aquel tiempo en que para ataviarse bien bastaba alargar la mano á una higuera!
«Vaya--dijo Pilar,--ya se ve el efecto. Pero mañana volveré para vestirte definitivamente. Ahí te dejo lo demás: zapatos, medias... ¡mira qué bonitas! Escoge el color azul. ¿Te vendrá mi calzado? Creo que sí. Ahí tienes botas húngaras y zapatos... Te he traído hasta guantes, porque si no me engaño, ni aun guantes tienes... Con que hasta mañana.»
Y dándole un ruidoso beso, le dijo al oído:
«Mañana es día de prueba para tí. Voy á mandar encender el Santísimo en San Prudencio... El Señor te favorecerá, ¡pobre santa y mártir!... Entre paréntesis, querida, la función de hoy en San Lucas, como cuantas hace la Rosafría, no se libró de aquel aspecto, de aquel barniz general de _cursilería_ que llevan consigo todas las cosas de Antonia. ¡Si vieras qué cortinajes, qué pabellones!... Parecía una fiesta cívico-progresista.... En fin, si llegan á tocar el himno de Riego no me hubiera sorprendido... ¡Y qué sermón, hija! Habías de oir aquella voz de falsete... ¡Luego una pobreza de alumbrado...! En fin, no quiero entretenerme más, que es tarde... Adiós; ahora se me ocurre una cosa: debo mandar que te enciendan también la Virgen de los Dolores.
--Sí--dijo María enérgicamente,--la Virgen de los Dolores.
--Adiós, Milagros: esta noche me toca el Real. Veré si alcanzo dos actos de _Hugonotes_... Con que mañana al mediodía...
--Al mediodía. Adiós, Pilar... Y que venga también Juana. Yo traeré algo de tocador, porque ni siquiera polvos de arroz hay en esta casa.
--Adiós... adiós.»
XV
¿Cortesana?
La Marquesa rogó á su hija que se acostara, á lo cual ésta accedió de buen grado, porque se sentía muy fatigada. Quitóse con lentitud los ricos atavíos que resucitaban en ella bruscamente la elegante mujer de otros tiempos, y se retiró á su alcoba. Tiritaba de frío y había caído en gran tristeza. Después de un rato de silencio, durante el cual mirábala su madre con alarma y desasosiego, volvió la vista á las imágenes, láminas, estampas y reliquias que hacían de su alcoba un museo de devoción, y dijo así:
«Señor Crucificado, Virgen de los Desamparados, santos queridos, amparadme en este trance.»
La de Tellería, que también en las ocasiones solemnes sabía dar muestras de acendrada piedad, besó los pies de un crucifijo.
«Alcánzame mi rosario, mamá,» dijo María.
Milagros tomó el rosario que estaba colgado á los pies del crucifijo y lo dió á su hija.
«Ahora--añadió ésta,--puedes retirarte... siento sueño. Después que rece un poco me dormiré.»
La Marquesa señaló la hora fija para la expedición del día siguiente. Convinieron en ir las dos, quedándose la madre en el coche mientras la hija entraba á hablar á su marido.
«El corazón me dice que alcanzaremos algo bueno; quizás alguna reconciliación--dijo la mamá besando á la penitente.--Ahora procura dormir y no pienses mucho en santurronerías. Ya ves el resultado de tu terquedad. Francamente, niña mía, yo me pongo en el caso de un marido, de cualquier marido... No es que yo condene la devoción, la verdadera devoción. ¿Por ventura no soy yo piadosa, no soy buena católica, aunque indigna? ¿No cumplo todos los preceptos?... Eso de la santidad hay que pensarlo antes de casarse, antes de contraer ciertos deberes.
--Una cosa me ocurre--dijo María prontamente, demostrando que no pensaba en santurronerías.--Si debo llevar mañana alguna alhaja, alfiler, pulsera, pendientes, puedes traerme lo que gustes de las joyas mías que te llevaste para guardármelas.
--Bueno--replicó la madre algo contrariada.--Pero casi todas tus alhajas necesitaban compostura y las mandé al taller de Ansorena... De todos modos...
--Rafaela me ha dicho que ayer te llevaste toda la plata.
--Sí, sí: toda. Hija de mi alma, me aflige mucho que vivas sola en este caserón. Tiemblo por tí, por tu seguridad. Andan ahora ladrones...
--La plata no me hace falta... Dí, ¿no te llevaste también las cortinas de seda, mis encajes, mi escritorio de ébano y marfil, el tarjetero, los vasos de Zuloaga, las dos jarras de Sèvres, el abanico pintado por Zamacois, la acuarela de Fortuny y no sé qué más?
--¡Oh! Tienes más memoria de lo que parece...--dijo la Tellería disimulando su turbación.--Todo me lo llevé. Esas preciosidades no debían estar expuestas á un golpe de mano. ¿Sabes tú cómo está Madrid de rateros?...
--Mira, mamá--prosiguió María, dando una vuelta en su lecho:--tráeme también mi reloj, porque es preciso saber la hora, la hora fija.
--Bueno... pero ¡calla! Ahora recuerdo que tu reloj no andaba: lo tiene el relojero.
--Pues entonces iré sin reloj... Vaya, buenas noches, mamá. Vete á dormir.
--Mañana á las diez estoy aquí para empezar la _toilette_.
--A las diez.
--Abur, paloma.
--Adiós, mamita. Pide á Dios por mí.»
María no durmió nada. Por primera vez vió realizado en parte un antiguo antojillo de beata que pensaba realizar. Había proyectado acostarse en un lecho de zarzas piconas, con lo que, desgarrándose todo el cuerpo muy á gusto del espíritu, se parecería á los penitentes cuyas vidas había leído llena de admiración. Aquella noche su lecho fué primero de espinas, después de brasas. Se quemaba en él, como San Lorenzo en sus parrillas ó San Juan en la cazuela de la Puerta Latina... No pocas veces se había quedado dormida rezando, ó recitando entre dientes letrillas de novenas y décimas josefinas. Aquella noche las oraciones, las letrillas, las décimas y los pentacrósticos revoloteaban entre sus labios como las abejas en la puerta de la colmena, y entre tanto su cerebro ardía como un condenado á quien dan tizonazos los ministros de Satán en cualquier aposento del Infierno. No pudiendo resistir aquel freir continuo, chisporroteante y doloroso que bajo su cráneo y detrás de sus ojos la atormentaba, saltó del lecho, encendió luz. «Ahora mismo,» murmuraron sus labios, mientras se vestía.
Sin calzarse corrió hacia el reloj de su gabinete. ¡Cuánto se descorazonó al ver que marcaba la una! ¡Era tan temprano! Mentalmente se hizo cargo del sitio donde estaría el sol á tal hora y del tiempo que tardaría en salir. Después se encerró en su tocador. ¡Quién puede saber lo que hacía! En el silencio de la noche y en las piezas donde no hay nadie, los relojes, con su _tic-tac_ semejante á una respiración, simulan personas. Desde las chimeneas, esos entes de bronce parece que fijan en todo su carátula de doce ojos, y que oyen y entienden con aquel mismo órgano interno que produce su palpitar rítmico, incesante. El reloj del gabinete de la Egipciaca era el único que podía enterarse de lo que hacía su ama. Ni aun el retrato de León podía saberlo, porque estaba vuelto contra la pared.
Oyó el reloj que su hermosa dueña abría y cerraba cajones, oyó el ruido placentero del agua saltando en la porcelana, después en el mármol, y resbalando sobre las ebúrneas partes de una estatua humana, para caer luego en chorros sobre sí misma, bullendo y saltando como en las fuentes mitológicas, donde tritones, ninfas y caracoles de alabastro, surtidores, jirones, encajes y polvo de agua, forman conjunto bellísimo á la vista. El pícaro, que desde mucho tiempo antes tal cosa no presenciaba, reía y reía dando unos contra otros sus doscientos ó trescientos dientes. Percibió después olor suavísimo y delicado de perfumes de tocador... porque los relojes tienen olfato, sí, huelen por aquellos dos agujeros por donde se les da cuerda... También eran desusados los ricos olores.
Volvió al gabinete María trayendo ella misma la luz con que se alumbraba. Su primera mirada fué para la numerada esfera, y junto á ésta dejó la bujía. ¡Las dos y cuarto! ¡Qué cargante es un reloj en el cual siempre es temprano! La dama estaba en ropas blanquísimas, arrebujada en ancho mantón que la preservaba del fresco y ayudaba la reacción producida por el agua fría. Algo amoratado su rostro, no por eso era menos bonito, y sus manecitas blancas se crispaban agarrando el mantón para abrigarse, como la paloma que esconde el cuello entre sus pardas alas.
La reacción del agua fría es tan rápida como fuerte. La penitente soltó el mantón, y fijando sus miradas en el lienzo vuelto contra la pared, alzó los brazos para bajarlo... ¡Estaba muy alto! Cuando se subió sobre una silla, el reloj, único testigo de aquella escena, admiró á la hermosísima mujer en la casta diafanidad de aquel atavío, y sus doce ojos se abrieron más. Cada hora era un lucero, y siguiendo en su _tic-tac_, guiñaba su aguja hacia las tres.
Descolgó la señora el cuadro, y volviéndolo del derecho, lo puso sobre una silla. Entonces apareció en la sala el busto, la enérgica cabeza, la mirada profunda y leal de León Roch. Fué como la entrada súbita de alguien en la estancia solitaria. María se quedó perpleja, y toda su sangre se le corrió al corazón, agolpándose en él y dejándole heladas y casi vacías las venas; le miraba sin respirar, sin pestañear, como cuando se presencia la aparición milagrosa de quien se ha muerto, ó la encarnación estupenda de lo que se ha soñado. Y él no la miraba ceñudo, sino con expresión serena, que ponía en sus ojos la índole de su alma recta y franca... Alargó el cuello María, acercando su cara al lienzo... retrocedió después para dar tiempo á que su mano quitase un poco de polvo; y luego que esto hizo, besó la imagen de su marido, una, dos, tres veces, en distintas partes de la cara. Oyóse entonces una carcajada indistinta, un reir sofocante y zumbón. Era el reloj que respiraba más fuerte echando de sí ese murmullo que precede al toque de las horas.
¡Las tres! El reloj principiaba á ser complaciente y juicioso, y se iba curando de aquella inaguantable manía de ser temprano. Como el hotel de Roch estaba casi en las afueras, oíase el canto de los gallos anunciando el fin de aquella noche perezosa, pesada, eterna...
«Pronto amanecerá--pensó María.--En cuanto amanezca, me voy.»
Empezó á vestirse. Los trajes, los sombreros, los zapatos y demás prendas que había traído Pilar, estaban arrojados sobre las sillas. Si no presidieran en la estancia tres cuadros distintos del patriarca San José, creyérase que aquél era el gabinete de una mujer de mundo, después de una noche de festín. Examinó la penitente los colores de las finas medias de seda, y por último, segura del buen efecto, vistió sus piernas estatuarias con las azules y las sujetó con ligas del mismo color. El calzarse no era obra tan fácil. Probó zapatos, botas... ¡Oh! felizmente el pie de Pilar parecía hermano del suyo... Pero María vacilaba en la elección de forma. ¿Bota ó zapato? He aquí un problema que por su gravedad podía equipararse á éste: ¿gloria ó infierno?
El coturno fué desechado al fin después de una acaloradísima discusión interna. Venció el zapato alto, de cuero bronceado, de tacón Luis XV y hebilla de acero: una verdadera joya. Después de mirarlos mucho, María se calzó. Sus pies eran bonitos de cualquier modo, y desnudos más. Admitido el calzado como una necesidad social que no era ley en tiempo de Venus, María vió con admiración sus pies artificiales, con los cuales Dafne no hubiera podido correr, pero que no por eso eran menos lindos.
Sentó con arrogancia la planta en el suelo, examinó todo desde la rodilla, giró un poco sobre el tacón, movió la delgada punta, semejante á un dedal. El pie tiene su expresión como la cara. María lo encontró admirable, y pensó en otra cosa. ¡Corsé, peinado! dos cosas graves que no pueden hacerse á un tiempo. A veces la primera es del dominio de la fuerza; la segunda de los augustos dominios del arte. Acudió la señora á lo más urgente, y no necesitó caballos de vapor para aprisionar su hermoso seno y talle, plegando y aplastando sobre uno y otro, como fino papel de embalaje, las blancas telas de delicado lino. El peinado era cosa más difícil. Fué al tocador, sentóse, meditó un rato con los brazos alzados, como un sacerdote que reza antes de poner sus manos sobre los objetos rituales, y al fin... haciendo y deshaciendo, con la sencillez que permitía la falta absoluta de ciertos artículos de tocador, María logró remedar medianamente lo que las hábiles manos de Juana habían hecho la noche anterior. Estaba bien, sobre todo sencillo, airoso, elegante, que era lo principal. Nada de cargazón ni catafalcos...
Lo demás verificóse como en el ensayo de la noche precedente. El vestido _princesa_ de gro negro con combinaciones de terciopelo y faya pajiza clara; el sombrero, que parecía haber salido de manos de las hadas... todo era bonito, todo lindísimo, seductor. María se contempló con asombro; se creía otra. No: no era posible que ella fuese tan guapa; allí había sortilegio; ¿cómo sortilegio? No: una católica no podía pensar esto. Lo que allí había era favor de Dios, determinación de la Providencia para ponerla en condiciones de realizar una buena obra. De Dios tenía que provenir no sólo aquella superior hermosura, sino aquel hechicero atavío. Esta superstición se pegó á su mente como un molusco á la roca, y allí se quedó adherida por succión.
«Dios permite, Dios consiente, Dios manda...» pensó, formulando con vigor aquella idea.
Y á mirarse volvía. De costado, de frente, de todos modos estaba bien. ¡Qué ágil y flexible su talle, qué gallardo su busto, qué contornos, qué aire de cabeza! ¡Qué graciosa neblina la del ligero velo de su sombrero, obscureciendo el rostro pálido, como la sombra de un ave que pasaba, y se ha detenido revoloteando para admirar tanta hermosura! ¡Qué misterioso simbolismo de pasión en aquel negro del terciopelo con golpes de seda de un pajizo lívido, y qué dulce armonía la de su rostro coronando aquella noche de tinieblas, manchada de relámpagos sulfúreos! ¡Qué ojos tan verdes, tan melancólicos, y al mismo tiempo, cómo escondían bajo la tristeza la amenaza, la venganza bajo el dolor, bajo la caricia el puñal! ¡Cómo aquellos hechizos anunciaban otros, y cómo se completaba todo allí, el color y la expresión, la vista y la ilusión, la belleza y el alma, lo humano y lo divino!... ¡Ah!... ¡Guantes! Gran contrariedad fuera que Pilar no hubiera traído guantes. María los buscó, y habiéndolos hallado, probóselos muy satisfecha.
«No llevo joyas--dijo para sí,--pero no importa.»
Y luego añadió con orgullo:
«Llevo la principal: mi virtud.»
Después de otro rato de contemplación en el espejo, añadió:
«¡Qué guapísima voy!... Si yo supiera hablar bien y decir lo que pienso... Si encontrara las frases más propias...»
Tirando de la campanilla, alborotó toda la casa. Los criados tardaron en levantarse; pero se levantaron al fin. La doncella, que entró aturdida y soñolienta en el gabinete, se quedó pasmada al ver á su ama vestida; ¡y qué bien vestida! María mandó que al punto llamaran al señor Pomares. Este digno hombre, que había vuelto á ser admitido después de la separación, se presentó con cara hinchada y dormilona, temblando y tropezando.
«Haga usted que me pongan inmediatamente el coche,» le dijo María sin mirarle.
Pomares se quedó tan estupefacto como si lo mandaran tocar á misa á las seis de la tarde.
«Pero la señora ha olvidado que ya no tiene coche.
--¡Ah! ¡es verdad! No me acordaba. Bien: tráigame usted un coche de alquiler, un landó.
--¿A esta hora?
--¿Pues no es ya de día?
--Todavía no ha amanecido.
--¿Y qué importa?... Veo que es usted muy dificultoso... No sirve usted para nada.»
Pomares se quedó como quien ve visiones. Aquel lenguaje áspero, colérico... Sin duda la señora estaba loca.
«¡No se mueve usted, hombre de Dios!--añadió María.--¿Por qué me mira usted así? Pronto, un coche, cueste lo que cueste.
--Bien, señora: iré á ver si...
--Pronto. Quiero salir en cuanto amanezca.»
Por mucho que trabajó el buen Pomares, paseando su respetabilidad de cochera en cochera, no pudo traer el landó hasta muy entrado el día. Ardiendo en impaciencia, María esperaba en su gabinete, después de tomar café puro, paseando y rezando á veces, á ratos sentada y sumida en profundas meditaciones. Cuando le anunciaron que el coche entraba en el jardín del hotel, levantóse, fué derecha á un hermoso armario que en su alcoba tenía, abriólo y sacó una gran botella de agua no muy clara. Los labios de la dama se movían, articulando sin duda oraciones piadosas, mientras su mano derramaba parte del contenido de la botella en un vaso de plata. Alzándose cuidadosamente el velo del sombrero, bebió. Era agua de Lourdes.
XVI
El deshielo.
No había andado el coche medio kilómetro cuando á María le asaltó la idea de una dificultad terrible, y era de tal naturaleza, que casi casi estuvo á punto de dar al traste con sus proyectos. Era que siendo aquel traje, como elegido para salir á la una de la tarde, impropio para una excursión tan de mañana, la señora estaba ridícula y hasta _cursi_. ¿Cómo no había caído en ello mientras se vestía? ¿cómo no eligió ropas más sencillas, más conformes, en fin, con lo que las pragmáticas del vestir ordenan para la primera hora? Gran descuido y aturdimiento fué el suyo; pero ya no tenía remedio y aunque le amargaba mucho no ser en aquel día un modelo de buen gusto, se conformó, considerando que la hermosura superior hace las leyes de la moda y nunca es esclava de ella.
Solicitada su mente por cosas más graves, pronto olvidó María lo del vestido. Lo que la inquietaba era un continuo inventar de frases y discursos. Ya sabía ella todo lo que le había de decir su marido y todo lo que debía contestarle la esposa ultrajada. Los discursos sucedían á los discursos y las frases se perfeccionaban en su cerebro, como si éste fuera el crisol heráldico de la Academia. Ya un adjetivo le parecía tibio y ponía otro más quemador; ya cambiaba una oración afirmativa por otra condicional, y así iba anticipando la expresión de su ira, poseyéndose tanto en aquel ensayo, que hablaba sola.
No se fijó en ningún accidente del camino ni en nada de lo que veía. Para ella el coche rodaba por una región vacía y obscura. No obstante, como acontece cuando en el pensamiento se embuten ideas de un orden determinado y exclusivo, María, que no observaba las cosas grandes y dignas de ser notadas, se hizo cargo de algunas insignificantes ó pequeñísimas. Así es que vió un pájaro muerto en el camino y un letrero de taberna al que faltaba una _a_; no vió pasar el coche del tranvía, y vió que el cochero de él era tuerto. Esto, que parece absurdo, era la cosa más natural del mundo.
Por fin entró en aquél para ella aborrecido poblachón, que ni es ciudad ni campo, sino un conjunto irregular de palacios y muladares. No sabiendo fijamente á dónde dirigirse, preguntó á unas mujeres, que la informaron con amabilidad. El coche siguió adelante. Ya llegaba, ya estaba cerca. El corazón de la pobre esposa se saltaba del pecho, llevándose consigo los discursos y las frases tan trabajosamente compuestas.
Al fin dejó el coche... apenas podía andar y se sentía sin fuerzas. Vió un portalón ancho que daba á un gran patio. En aquel patio había muebles, colchones liados, gran cama de hierro empaquetada. Todo anunciaba mudanza. También vió á una mujer que hablaba con alguien. María entró, acercóse á ella, y entonces advirtió llena de asombro que la mujer no hablaba con nadie. ¿Estaba loca?... María le hizo la pregunta que era indispensable para poder entrar.
--¿D. León?--dijo Facunda con semblante amable y esperando un poco á que se le pasara el asombro.--Arriba está.»
Y señalaba una puerta por donde se veía una escalera. Subió María rápidamente hasta la mitad; después tuvo que detenerse porque no tenía respiración. Arriba ya, entró en una grande y clara pieza. No había nadie.
María vió libros conocidos, muebles amigos, algún desorden, como cuando se está embalando para un viaje; pero ni un alma... ¡Ah! de repente, como pájaro que al ruido salta y aparece saliendo de una mata, apareció una niña, saliendo de detrás de la mesa. Tenía una muñeca medio rota en la mano, mucho abrigo sobre el cuerpo y una toquilla de lana blanca, puesta poco más ó menos como se la ponen las monjas. Se comía un pedazo de pan. Su cara era como la de un ángel, suponiendo que á los ángeles se les pongan húmedas las naricillas á causa del fresco de la mañana.