La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 21

Chapter 213,947 wordsPublic domain

Durante la época en que León se iba apartando lentamente de ella, María gozaba en mortificarle, gozaba en verle entrar todas las noches, porque es cosa que halaga al verdugo la puntualidad de la víctima en ponerse bajo su azote. A veces, por la fuerza de la costumbre y por el afecto verdadero que el largo trato había hecho nacer en ella, sentía mucho gusto de verle; pero disimulaba esta alegría y aquel afecto. ¡San Antonio! No convenía dar á conocer que el ateo era bien recibido. Secretamente solía interesarse por todo lo que á él atañía: dirigía mil preguntas á los criados, y si estaba enfermo, prontamente le hacía llevar medicinas, guardándose bien de mandarle el agua de Lourdes y las mantecas del _perolito_, por no ser estos ingredientes eficaces sino para el que cree en ellos.

Cuando hablaban tenía que hacer grandes esfuerzos para no contemplar con agrado la simpática y para ella seductora figura de su esposo, y luego, al encontrarse sola, se arrepentía de ello, se castigaba mentalmente, se llamaba perversa, lasciva, y pedía auxilio á la memoria de su hermano y á la virtud de veneradas reliquias, «¡Si no fuera ateo...!» decía y á veces al decirlo lloraba.

Cuando León se retiró definitivamente, la esposa, que le había expulsado diciéndole: «mi Dios me manda que no te ame,» sintió un descorazonamiento, un vacío, un inexplicable terror... ¿De qué? No lo sabía fijamente. Durante una noche entera, la noche aquélla que mencionamos, no pudo poner en su mente una idea devota. Sentíase aturdida, y en su cerebro retumbaba un rumor de malos pensamientos, como pisadas de fantásticos corceles que vienen de lejos dando resoplidos. Necesitó largas lecturas y consultas y amonestaciones de clérigos para poder echar alguna tierra sobre el hermoso cadáver del bien perdido; rezó de lo lindo, se mortificó, puso en gran trabajo la imaginación por su método favorito, que era representarse feo lo que era hermoso, amargo lo dulce, asqueroso lo recreativo y placentero. Este horrible trabajo de limpiar el alma por medio de la fantasía, afeando y cubriendo de inmundicia las nobles galas del amor, las bellezas de la vida, no era nuevo en ella. Los ermitaños y cenobitas la han hecho, completándolo con las mortificaciones exteriores. María Egipciaca trabajó horrendamente en las tinieblas de su atormentado cerebro por representarse como nefandos y teñidos de lúgubres colores, los alegres días de su luna de miel y las más pacíficas y dulces horas de su vida de casada. ¡Espantoso desorden, horrible anarquía del alma!

Como se ha dicho, María, al verle ausente para siempre, sintió un vacío, una desazón, una inquietud, una soledad... ¿A dónde había ido? Sin dar á conocer su turbación, hizo varias preguntas. En sus rezos meditaba la santa sobre esta profanidad... ¡San Antonio! Indudablemente aquel hombre era suyo. Indudablemente lo suyo, lo verdaderamente suyo, no debía ser para los demás. ¡Cómo fulgura á veces la lógica en los entendimientos más turbados! Lo extraño era que, á pesar de lo que María llamaba ateísmo de León, siempre había visto en él un fondo de honradez que le inspiraba confianza. Jamás pensó, ¡tan limitada era su inteligencia! en el problema de compaginar aquel ateísmo con esta honradez. ¿Por qué creía ella en la honradez de un ateo? No podía decirlo; pero indudablemente la confianza existía. Ahora, con la partida de su esposo, de su compañero, de su hombre, desaparecía la confianza. Atormentada fué durante no pocos días por una sensación muy singular. Enorme y fea víbora se acercaba á ella, la miraba, la rozaba, se escurría resbaladiza y glacial por entre los pliegues de su ropa, ponía el expresivo hocico de ojos negros en su seno, oprimía un poco, entraba primero la cabeza, después el largo cuerpo hasta el postrer cabo de la cola delgada y flexible. Entrando, entrando, la horrible alimaña se aposentaba en el pecho, se enroscaba despidiendo un calor extraordinario, y se estaba quieta como muerta en la abrigada concavidad de su nido.

XIV

La revolución.

Una dama hablaba con María. Era la Marquesa de San Salomó.

«Queridísima--le dijo,--no quiero ser de las últimas en venir á llorar contigo.

--¿A rezar?

--A rezar y á llorar. Dios nos aflige con sus castigos. No te ví hoy en San Prudencio. El Padre Paoletti me dijo que te habías retirado temprano, y lo sentí. Quería yo consolarte como puede consolar una buena amiga.

--¡Consolarme!...--dijo María con aturdimiento.--¡Ah! sí, de mi abandono, de mi desaire... Hace tiempo que padezco en silencio, y el Señor, la verdad, no me ha negado dulcísimos consuelos. ¿Para qué estamos en el mundo sino para padecer? Hay que penetrarse bien de esta idea, para que cuando venga el dolor nos encuentre prevenidos.

--¡Oh!--exclamó Pilar con sincera admiración, dando un beso á su amiga.--¡Qué buena eres! ¡qué santa! ¡qué excepción tan admirable eres tú en nuestra sociedad, María! Debiera venir la gente aquí á darte culto, á rezarte como si estuvieras canonizada.

--¡Qué error, Pilar, qué error tan grande! ¿Y si yo te dijera que soy muy pecadora?

--¿Tú pecadora?... ¿tú?--observó la de San Salomó haciendo aspavientos cual si oyera una blasfemia.--Pues si tú eres pecadora, ¿qué soy yo? ¿quieres decírmelo? ¿Qué soy yo?»

Y se contestó á sí misma, no con palabras, sino con un grande y entrecortado suspiro, queja angustiosa de su conciencia, incapaz ya de poder resistir más peso.

«No me maravillo yo de que hubiera santos cuando las ocasiones de pecar eran escasas, cuando la mitad del género humano vivía dentro de conventos ó en feos páramos, y se veían á cada instante ejemplos que imitar; lo admiro ahora, cuando la libertad ha multiplicado los vicios, cuando todo el mundo hace lo que quiere, y encontramos rara vez casos ejemplares dignos de imitación. Por eso digo que tú debieras ser canonizada, porque dentro de Madrid, que es sin duda lo más perdido del universo, y en este siglo, que es, como dice Paoletti, _la vergüenza del tiempo_, has sabido despreciar el mundo tentador y has igualado á los santos penitentes, á los confesores... y también á los mártires.»

Pronunció el _también á los mártires_ con entonación fuertemente intencionada.

«¡Oh! no me hables así--dijo la Egipciaca, que aunque gustaba de los elogios, tenía costumbre de disimular aquel gusto.

--Yo te admiro mucho, muchísimo--añadió Pilar con arranque cariñoso,--porque estoy muy lejos de tí, porque disto mucho de parecerme á tí. ¡Ay, querida mía! si Dios me concediera el andar un pasito solo de ese camino de perfección en cuyo fin estás tú y que yo ni aun he podido principiar... ¿Sabes lo que pienso? Que voy á intimar más contigo, á acompañarte en tus rezos si lo permites, á leer lo que tú leas, y mirar lo que tú mires, y pensar en lo que tú pienses, por ver si de ese modo se me pega algo. Por de pronto, deseo y te pido que me des algo tuyo, un objeto cualquiera, un pañuelo, por ejemplo, para tenerlo siempre aquí sobre mi pecho, como se tiene una reliquia. Yo quiero que me toque constantemente algo que te haya tocado á tí... Aunque no fuera sino porque al ver tu pañuelo me acordaría de tí y de la virtud, y podría atajar un mal pensamiento ó una mala acción... ¿Te asombras? Pues no debes asombrarte, queridísima. _Ma petite_, tú no te estimas en lo que vales. Mira, cuando te mueras la gente ha de andar á mojicones por conseguir pedacitos de tu ropa.

--Pilar, que estás ofendiendo á Dios con tus lisonjas.

--Eres tan buena que te escandalizas de oirlo decir. Así era tu hermano Luis, que en la gloria está. Pero tú vales más que él.

--¡Pilar, por amor de Dios!--exclamó María verdaderamente escandalizada.

--Más que él; yo sé lo que digo.

--¡San Antonio!

--Más que él... Él fué santo; tú además de santa eres mártir. Has llegado al sumo grado de la perfección cristiana. Yo no conozco criatura más alta que tú, y no sé si sentir por tí más lástima que admiración, ó más admiración que lástima.»

María no entendía bien.

«Así es que el nombre de santa me parece poco... Y dime tú: ¿qué nombre deberíamos dar al que teniendo en su casa este tesoro de virtud y de bondad, huye de ella y desprecia el tesoro y se cubre de baldón desdeñando el oro por el estaño, y poniendo en lugar del ángel que Dios le dió por mujer, á una...?

--Pilar... ¡por Dios! ¿te refieres á mi esposo?

--¡Oh! amiga de mi alma--dijo la de San Salomó, que había enrojecido dando muestras de gran agitación.--Perdóname si me pongo furiosa al hablar de esto. No puedo remediarlo.

--Pero León... Pilar, tú no sabes lo que dices. Mi marido es un hombre formal.»

Si de María se ha dicho que era limitada de inteligencia, algo basta de sensibilidad, pues su corazón de fibras gruesas y sin finura carecía de aptitud para los afectos entrañables y delicados, con la misma lealtad se ha de manifestar lo que en ella había de bueno, y era un fondo de honradez, un cimiento de esa rectitud innata que engendra siempre cierta confianza candorosa en la rectitud de los demás. La dama penitente se sublevó contra las reticencias de su amiga.

«Veo--dijo ésta,--que estoy cometiendo una gran indiscreción. Sin duda no sabes nada.

--¡Que no sé nada!... ¿de qué?

--¡Oh! no: debo callarme. Yo creí que tu mamá...

--Háblame con claridad... has nombrado á mi marido.

--Y ya me pesa.

--Mi marido es... así... de cierto modo... No cree en nada... se condenará de seguro... es ateo, rebelde... pero se porta bien, se porta bien.»

Bruscamente Pilar rompió á reir. Su risa sonora, importuna, que duraba más de lo regular, llevó al alma de María grandísima turbación.

«Si llamas portarse bien estar separado de su mujer, que es una santa, y tener relaciones con otra...» declaró la amiga con una entonación despiadada, agria, que tenía algo del cuchillo que corta ó de la lima que raspa.

María se quedó como una difunta, pálida, los ojos fijos, la boca entreabierta.

«¡Con otra!»

Esto no era nuevo en ella como idea: éralo como hecho. Habían precedido á la noticia presunciones vagas, temores; pero con todo, la triste verdad abruma aun cuando haya sido precedida por el sueño asustadizo.

«¿Has dicho que con otra?

--Con otra, sí. Lo sabe todo Madrid, menos tú.

--Has dicho... con otra...--repitió María, que estaba con el conocimiento á medio perder, alelada, padeciendo una especie de parálisis, cual si cada una de aquellas dos terribles palabras fuera enorme piedra que había caído sobre su cráneo.

--¡Sí!... ¡con otra!--afirmó Pilar rompiendo á reir por segunda vez, lo que no indicaba un gran respeto á la mujer canonizable.

--¿Y quién es?--preguntó con fulgurante viveza la penitente, que pasó del idiotismo á una especie de excitación epiléptica.--¿Quién es, quién es?

--Yo creí que ya lo sabías... ¡Pobre mártir! Es Pepa Fúcar, la hija del Marqués de Fúcar, ese que los periódicos llamaban antes el _tratante en blancos_, y ahora le llaman _egregio_ porque se ha enriquecido adoquinando calles, haciendo ferrocarriles de muñecas, envenenando á España con su tabaco, que dicen es la hoja seca de los paseos, y, por último, prestando dinero al Tesoro durante la guerra, al doscientos por ciento; un buen apunte, un gran señor de ahora, un dije del siglo, un noble haitiano, un engendro del parlamentarismo y del _contratismo_, que no me puede ver ni en pintura porque una noche, en casa de Rioponce, empezó á galantearme y le volví la espalda, y porque siempre que le vea en alguna tertulia al alcance de mi voz, me pongo á hablar del tabaco podrido, de la multiplicación de los adoquines, del gas que apesta, y del calzado con suelas de papel que dió á la tropa.»

Y Pilar soltó la tercera carcajada. María no oyó ni podía oir aquel gráfico y cruel bosquejo del Marqués de Fúcar. Escuchaba un tumulto extraño que repercutía en su interior, el estruendo de una revolución, de una sublevación, así como el despertar súbito y fiero de un pueblo dormido. La sierpe que ya se enroscaba en su pecho incubó de improviso innumerables hijuelos, y éstos salieron ágiles, culebreando en todas direcciones, vomitando fuego y mordiendo. Eran los celos, ejército invisible y mortificante, cuyo conjunto se representaba la penitente como una irradiación continua de mordidas y quemaduras, por su prurito de dar á los sentimientos como á las ideas forma de sensaciones físicas, de tal modo, que este afecto era para ella como caricia y arrullo, aquel otro como bofetada, ó como pellizco, ó como aguijonazo.

Nunca había sentido la pobre santa y mártir cosa semejante, ni explicarlo sabía. Su dolor se confundía con el pasmo, con una sorpresa terrible. El sacudimiento era tan vivo, que no se le ocurría, como pareciera natural, pensar en Dios, ni llamar en su auxilio á la paciencia ó á la resignación. ¿Qué era aquello? Lo real destruyendo el artificio. El alma y el corazón de mujer recobrando su imperio por medio de un motín sedicioso de los sentimientos primarios. Era la revolución fundamental del espíritu de la mujer reivindicando sus derechos, y atropellando lo falso y artificial para alzar la bandera victoriosa de la naturaleza y de la realidad, aquello que emana de su índole castiza y por lo cual es amante, es esposa, es madre, es mujer mala ó buena, pero mujer verdadera, la eterna, la inmutable esposa de Adán, siempre igual á sí misma, ya fiel, ya traidora. Esta revolución la hace algunas veces el amor; pero no es seguro, porque el amor, en su sencillez inocente, se deja vencer por la caricia falaz de su hermano el misticismo; quien la hace siempre con éxito es el _mayor monstruo_, la terrible ira calderoniana, los celos, pasión de doble índole, perversa y seráfica, como alimaña híbrida engendrada por el amor, que es ángel, en las entrañas de la envidia, hija de todos los demonios.

Ya veremos que la súbita pasión que había estallado en el alma de María tenía más de la índole aviesa de su madre, la envidia, que del generoso natural de su padre, el amor. Por eso era un tormento horrible, sin mezcla de alivio alguno, un traqueteo sin descanso, un fuego que crecía á cada instante. Como alcázar minado que revienta y cae en pedazos, así cayó por el pronto, resquebrajándose, su mojigatería. Verificóse en ella un eclipse total de Dios. Dando un doloroso grito, se llevó las manos á la cabeza, y dijo:

«Infame... me las pagarás!»

En aquel momento entró la Marquesa de Tellería, y comprendiendo que María estaba enterada de todo, se arrojó en sus brazos. La penitente no lloraba: tenía los ojos secos y fulgurantes. La madre se decoró el rostro con una lágrima que traía preparada, como se preparan los suspirillos al entrar en una visita de duelo.

«No te sofoques, hija de mi alma. Veo que ya sabes todas esas infamias. Yo no había querido decírtelo por no turbar tu corazón angelical... Cálmate. ¿Pilar te ha contado...? Es horroroso, pero quizás remediable... Hace días que he perdido el sosiego... Vamos, un poco de resignación.»

La de San Salomó creyó oportuno tomar la palabra.

«La gravedad del delito--afirmó,--consiste en la calidad de la víctima, María. Falta grande es hacer traición á una mujer cualquiera; pero hacer traición á una santa... No sé á dónde irá á parar esta sociedad que nada respeta, y que aboliendo, aboliendo, ya se atreve á la abolición del alma. _¡Oh! c’est degoutant._ ¡Y luego extrañan los perversos que haya un puñado de hombres de bien decididos á impedir la jubilación de Dios! ¡Y se espantan de que esos hombres levanten una bandera salvadora y se lancen á pelear por la sagrada causa de la Religión, madre de todos los deberes! Si son vencidos por la perfidia, que hoy es dueña de todo, no importa; ellos volverán, ellos volverán y volverán, hasta que al fin...»

Dicho esto se levantó, y dirigiéndose á un armario de luna que en el contrario testero estaba, durante un rato se recreó en su interesantísima persona, volviendo el cuerpo á uno y otro costado para ver si caía bien su elegante manteleta, si el efecto de su sombrero era bueno. Con sus preciosas manos enguantadas tocó aquí y allí delicadamente para pulsar un pliegue, ó retirar un mechón de cabellos que avanzaba mucho. Después se volvió á sentar.

«¿Sabes ya que vive con ella?--dijo la de Tellería á su hija, confundiendo las palabras con un beso.

--¡Con ella!--gritó horrorizada María, apartando de sí la cara harto pintoresca de su madre--. ¿En dónde?

--En Carabanchel... León ha tenido la desvergüenza de alquilar una casa junto á Suertebella... Se comunican por el parque.

--Voy allá,--dijo María levantándose y tirando con mano convulsa del cordón de la campanilla.

--Sosiégate... No, no hay que tomarlo así.»

A la doncella que entró dijo María:

«Mi vestido negro.

--Sí, sí: bonita vas á ir--dijo la Marquesa sonriendo,--con tu vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.

--¡Oh!--exclamó la penitente con expresión de inmenso dolor.--No tengo ropa: he dado todos mis vestidos de lujo.

--¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es: preséntate á tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La apariencia, la forma casi, ó sin casi, gobiernan el mundo.

--Antes discutamos si debe ir,--insinuó la de San Salomó.

--Sí: quiero ir allá... quiero,--gritó María cruzando las manos y poniendo ojos de espanto.

--Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...

--Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones á un desaire mayor, si te encuentras de manos á boca con Pepa ó con su niña... suponiendo que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su papá?...

--¿De su papá?--dijo María.--¿Pues no ha muerto Federico?

--No, tonta--manifestó la de San Salomó, poniendo la cara que es de rigor cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de parte á parte el pecho de un pobre bicho destinado á las colecciones de Historia Natural.--No, tonta: el papá es tu marido.

--¡León!... ¡Mi marido!... ¡padre de Monina!--exclamó la de Roch, quedándose otra vez como idiota.

--La gente lo dice por ahí--indicó Milagros intentando atenuar la crueldad de la noticia.

--Y tú ¿qué crees? ¿qué crees tú, mamá? ¿será cierto?» dijo María, preguntando á las dos con febril ansiedad.

Pilar, lo mismo que la de Tellería, no eran mujeres perversas; su lamentable estado psicológico, semejante á lo que los médicos llaman caquexia ó empobrecimiento, provenía, de la depauperación moral, dolencia ocasionada por la vida que ambas traían, por el contagio constante y la inmersión en un venenoso ambiente de farsa y escándalo. Pero algo había en ellas que pugnaba contra la depravación llevada á tal extremo, y asustadas de la enormidad del cáliz que habían puesto en los labios de María, trataron de atenuar su amargura.

«No: yo creo que eso es fábula...

--No: yo creo...»

La de San Salomó, que era un poquillo más mala que su amiga, no acabó la frase. Después dijo: «La gente se funda en cierto parecido...

--¿De Monina?

--Con León... Yo verdaderamente no sé qué pensar. Sospecho que esas relaciones son muy antiguas.»

María rebotó de su asiento. No hay otras palabras para expresar aquel salto brusco de corza herida en sueños, y aquel abalanzarse á su vestido negro para ponérselo y correr á Suertebella.

«No te precipites, no seas tonta--dijo su madre deteniéndola.--Ya no es hora de ir allá. ¿No ves que anochece?

--¿Qué importa?

--No, de ninguna manera.»

La tarde caía y la estancia se llenaba de sombras. Las tres damas apenas se veían.

«Luz, luz--gritó María.--Me muero en esta obscuridad.

--Yo creo que debes ir--afirmó Milagros;--pero no esta noche, sino mañana.

--Marquesa, ¿ha meditado usted bien ese paso?--dijo la de San Salomó.--¿No será eso una humillación? ¿No será mejor el desprecio?

--¡Oh!--exclamó la solícita y amorosa madre.--Yo confío... hasta en la reconciliación.»

Su confianza no era grande; pero la suplía el deseo.

«¡Reconciliación! ¡qué loca esperanza! ¿Crees tú en la reconciliación?

--No sé, no sé--repuso María mostrando su incapacidad para responder á esta pregunta como á otra cualquiera.--Yo no quiero reconciliación, sino castigo.

--¡Oh! no estamos para melodramas--dijo la de Tellería extendiendo las manos, con esa afectación de los sacerdotes que salen en las óperas vestidos siempre con una sábana blanca.--Paz, paz... María, es preciso que vayas, y que vayas vestida como la gente. ¡Uf! ese olor de la lana teñida no se puede resistir.»

Las dos Marquesas prorrumpieron en risas, mientras Pilar arrojaba lejos el traje de su amiga. María dirigió á su hábito de merino negro una mirada de indignación que quería decir: «¿Por qué no eres de seda y de corte elegante y á la moda?» Por primera vez desde que renunciara al mundo le pareció fea la sencilla hopa de su santidad, que un día antes no habría trocado por el manto de un rey.

«La cuestión de vestido es fácil de arreglar--dijo la de San Salomó.--Tú y yo tenemos el mismo cuerpo. Te traeré vestidos míos para que escojas.

--Y manteleta.

--Y sombrero.

--También sombrero; ¿á qué hora vas á ir?

--Yo iría ahora mismo.

--No: mañana al mediodía. Es preciso no olvidar las conveniencias, las horas convenientes, las ocasiones convenientes,--indicó la de Tellería.

--Voy á comer... vuelvo en seguida--dijo Pilar.--Te traeré lo mejor que tengo para que escojas. Te pondremos guapísima. Pues no faltaba más sino que Pepa Fúcar se fuera á reir de tu facha estrambótica. Dentro de hora y media estaré aquí. Hoy no tengo convidados, y mi marido come fuera con Higadillos, un par de chulos y dos diputados... Adiós, querida... Milagros, _addio_.»

Besándolas á entrambas, se retiró. En el tiempo que estuvo fuera, la Marquesa comió un poco, María nada; pero no era el Almanaque quien le había impuesto el ayuno. Pilar volvió trayendo su coche atestado de preciosidades indumentarias, vestidos riquísimos, manteletas, abrigos, y para que nada faltase, trajo también sombreros, botas de última moda y hasta medias de alta novedad. La pícara propagandista clerical se cubría con aquella estameña. Los criados y la doncella fueron subiendo todo y poniéndolo en sillas y sofás. María contemplaba con mirada atenta y turbada los diversos colores, las formas peregrinas y caprichosas ideadas por el genio francés. Parecía que miraba y no veía.

«¿Qué te parece? A ver, ¿qué vestido escoges?

--Este es bonito--dijo María fijándose con indiferencia en uno.--¿Quién te lo hizo?»

Y después estuvo contemplándolo con asombro un mediano rato. Parecía un viajero que vuelve de largo viaje y se pasma de ver las modas cambiadas.

«¡Qué cuerpo tan estrecho!--dijo.

--Este color perla te sentará bien.

--No: prefiero el negro.

--El gro negro... con combinación de faya pajizo claro. ¡Oh! admirable. Has tenido buen gusto.

--Aunque la estación no es avanzada, hace calor.

--¿Qué sombrero llevas?»

María miró los tres que había traído Pilar. Después de un detenido examen, señaló uno diciendo:

«Este de color negro y... ¿cómo se llama este otro color?... ¿crema? El colibrí también es bonito y las rosas pálidas.

--¡Ah!--exclamó Pilar con asombro,--parece que no has abandonado el mundo un solo día, y que no has dejado de vestirte... ¡Qué bien eliges!... Bueno, pues hagamos una prueba. Es preciso ver si te está bien el vestido, para si no alargar ó encoger un poco. He traído á mi doncella, y entre todas...»

María no había dado aún su consentimiento, cuando su criada, su madre, Pilar y la doncella de ésta empezaron á desnudarla de aquella horrible bata parda que parecía la sotana de un seminarista pobre. En aquel momento sintió la dama mística una ligera reacción del espíritu religioso, y dijo afligidamente:

«Dios mío, ¿qué voy á hacer?

--Tonta, mil veces tonta--manifestó la Marquesa,--déjate de escrúpulos... ¿Ni aun en este conflicto reconoces el error de tu exagerada devoción?»