La familia de León Roch, Tomos 1 y 2
Part 20
La Marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuída de miembros, aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo cuando tenían mucha melaza mística y palabreo largo de _cándidas tórtolas_, _palmeras de Sión_, etc.; furiosa enemiga de _toda la cursilería materialista y liberalesca_, y delirante por los discursos contra _esa basura de la civilización moderna_. Elegante y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas á sus fervorosos tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba á los patriarcas, á los poetas, á los San Agustines y á los San Ambrosios. El Marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar en parrillas antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si tenía doctrinas! era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho al teatro, al casino ó á otros pasatiempos obscurísimos. De día recibía en su despacho á toreros, caballistas, cazadores de reclamo, derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía asignada á su mujercita, á más de la partida de alfileres, otra no floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el Marqués tenía abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.
Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado, caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir para probarnos que el ejército es una institución esencialmente inofensiva.
«No intente usted consolarme, General. Estoy abrumada de pena... Usted ha dicho en versos preciosos que el corazón de una madre es tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los bordes, el mío no puede resistir más, rebosa.
--¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida?--dijo aquel Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines á quienes pintan sólo con cabeza y alas.--El Señor enviará á usted consuelos inesperados. ¿Y María, está resignada?
--¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán; y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más virtuosos y más santos se vean sujetos á mayores pruebas. Como á mi adorado Luis, á María la quiere Dios para sí; á aquél dió padecimientos físicos, á ésta se los da morales.
--Cada día--dijo el General haciendo un movimiento de horror que daba cómica ferocidad á su cara de arcángel con bigotes blancos,--vemos que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto á las leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue usted, querida Milagros, á dónde llegará una sociedad que cada día, cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese á tal! aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted, abandonada cruelmente por su marido, á causa de su misma virtud, y precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud, repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, una enseña, una bandera de combate.»
Era ciertamente bandera de guerra. En el salón había varios grupos, y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del cielo, esto clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón, el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los extravíos de los hombres exigen expiación, es la de las moscas de Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja á la cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones láicas con que la gente de ciertos principios azota á la humanidad prevaricadora.
«Si la separación hubiera sido por otros móviles...--decía un poeta á un periodista,--podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que León...»
Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia, más grata para ellas que el aroma de rosas y jazmines.
«Hace tiempo que yo lo sospechaba--dijo la de San Salomó á un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro ultramontano.--Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre parejas con el modo de querer.
--Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas,--dijo el diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de la Marquesa.
--Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía--indicó Pilar saludando con una mirada de reconvención á Gustavo, que á la sazón entraba,--puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.»
Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que á pesar de estar resuelto á no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo y perplejidad.
«¡Hija de León!» murmuró.
No lejos de allí, el de Tellería expresaba una idea nueva, enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él (el Marqués) iba perdiendo la fe en _la tradicional y proverbial caballerosidad del pueblo español_...
«Se ve palpablemente la ruína y acabamiento de la sociedad--declaró el General;--y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho inconcuso...»
Todos miraron al General, esperando la declaración de aquel hecho que podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con que el ilustre caballero lo anunciaba.
«Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio á la moral cristiana, y á quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza imprudente, _alzar la fronte e minacciar le stelle_.»
Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal y un periodista trabóse ligera disputa sobre si León Roch era un criminal de ligereza ó criminal de perversión.
«Desengáñese usted--dijo el diputado:--la corrupción es general; pero si los que tienen fe están en situación de enmienda probable, y, por consiguiente, en la posibilidad de salvarse, los racionalistas caminan á su completa ruína. Ellos han derribado el templo como Sansón, y como Sansón perecerán entre los escombros.»
La San Salomó y Gustavo hablaban en voz baja donde los demás no podían oirles.
«Es preciso, es indispensable--afirmaba ella,--decirle la verdad á María.
--¿La verdad?... No nos fiemos de apariencias. Yo no he formado aún juicio sobre la conducta de León. Mientras yo no le vea y le hable, nada diré á mi hermana.
--Pues se le dirá.
--Pues no se le dirá.»
Mostraba Pilar un empeño maligno, una impaciencia de mujer quisquillosa, de esas que creen carecer del aire respirable todo el tiempo que tardan en clavar su aguijón en el pecho de la amiga.
«Aseguro que se le dirá,--añadió mostrando las ventanillas de la nariz muy dilatadas, la mirada viva, demudado el color.
«En asuntos de mi familia, mi familia decidirá.
--¡Oh! también he decidido yo en asuntos de tu familia,--dijo Pilar dando al _tu familia_ una entonación impertinente.
--No ha sido con mi aprobación,» repuso Gustavo, que contenía en su pecho la ira.
Palideció: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.
«Me anuncia este padre de la patria--dijo Pilar alzando la voz,--que no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo veintidós.»
Sonó un rumor de descontento.
«El presidente le cambiará el turno.
--¡Y yo que tengo las papeletas en casa!
--¿Cuándo será?
--Este triste asunto de su hermana--dijo la de San Salomó mirando á Gustavo con expresión de afectada pena,--le ha trastornado el cerebro.»
Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.
«Serénate, hijo--le dijo ésta con acento cariñoso.--Todos padecemos tanto como tú; pero no nos falta paciencia.
--Pues á mí me falta.»
Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber afirmado el Marqués su creencia firmísima de que todos somos lo mismo. Después clareóse considerablemente el grupo: Pilar atrajo mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo y su madre pasaron al gabinete inmediato.
«¿Es cierto que papá ha estado hoy á ver á León?
--Es cierto.
--Me temo que su viaje á Carabanchel llevaría otro objeto. Será una nueva ignominia...
--¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto, quijote?
--Sí--dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira:--me temo que papá haya ido á postrarse á los pies de nuestro enemigo para pedirle...
--¡Qué absurdo, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...
--No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado á ver cosas muy horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo visitaré á León, yo le hablaré. ¡Quién sabe si no es tan culpable como le suponen!... Si realmente ha abandonado á mi hermana para vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle á la cara...!
--¡Por Dios, no te pongas así!... Vas á llamar la atención--dijo la Marquesa alarmada de la altivez de su hijo.--Estás ridículo.
--¡Ridículo!--exclamó Gustavo con acento de amargura.--No me importa. Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en que vivimos.
--¡Gustavo!
--Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía, ha llegado también á causarme horror. El susurro constante de la moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oir el grito de la verdad, que tanto menos se dice cuanto más se siente. No estoy nada satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro voluntario que me ponga á distancia de todos los que llamo míos.
--¿Quieres añadir nuevos disgustos á los que ya sufre tu pobre madre?--dijo ella con visibles muestras de enternecimiento.--¡Emigrar tú, renunciar á tu porvenir...! ¡No esperar siquiera á ser ministro...! Ya sabes... otros...
--¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi ambición y mi vergüenza son una misma cosa, y estoy pegado á ellas como el caracol á su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado á mi familia, á mi partido, á mi clase, á mi moral.»
Dió á este último vocablo amargo acento de ironía.
«Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah! tengo que anunciar á usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, á consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes, botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...
--¿Pero han hecho daño á mi hijo?--exclamó la de Tellería con maternales ansias.
--No: una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay!--añadió dando un gran suspiro.--Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por de pronto, censuro que papá haya visitado á León con las miras que sospecho.
--Sospechas necedades.
--¡Oh, no!... Milagro será que me equivoque. Sabré la verdad, porque pienso ver á León.
--¿Tú?
--Sí, yo; deseo saber por él mismo su culpa. Le tengo por un extraviado, mas no por un perverso. Yo le hablaré el lenguaje de la franqueza para que él me conteste del mismo modo. Si es un miserable, él mismo me lo ha de decir... Entre tanto, que no sepa María las hablillas que corren.
--¡Oh, no! Es preciso decírselo. ¡Pobre hija de mi alma! No quiero yo que ignore las lindezas de su cara mitad. Figúrate que una persona indiscreta se lo cuenta, exagerándolo ó desfigurándolo.
--No se dirá nada á mi hermana.
--No te empeñes en eso. Esta noche misma... No, no me enseñarás mis deberes de madre amante y solícita: sé lo que debo hacer. Es preciso que María se entere. ¿Quién te dice que no podremos llegar hasta la reconciliación?»
Iba á contestar Gustavo cuando entró en el gabinete un poeta que no era, al decir de la gente, saco de paja para Milagros, hombre de aspecto vulgar, casi chabacano y más viejo de lo que parecía. No revelaba en la figura ni en el rostro aquel delicado estro suyo que hablarle hacía en variedad de metros de _perennales fuentes de dulzura_, de _los cabritillos de Galaab_, del _místico dulcísimo amor de las almas_, ni aquella indignación evangélica con que apostrofaba á los materialistas, pidiendo á Dios que los aplastase con las ruedas de su carro y que los mandase al _Báratro_. Era incomprensible tanta grandeza dentro de tan menguada efigie.
«Es delicioso--dijo al entrar,--y no tiene contestación.
--¿Qué?
--El artículo de Luis Veuillot contra la sociedad moderna, contra esta sociedad materializada y corrompida que, para abolir sus remordimientos, aspira á la abolición de Dios. ¿Necesita usted, Gustavo, los números de _L’Univers_?
--Puede usted llevárselos, con tal que me los devuelva mañana. Tengo que hacer un artículo sobre el mismo asunto.»
La Marquesa de Tellería pasó al salón.
«Está acordado que se lo cantaremos mañana,--dijo á la de San Salomó.
--Sí, mañana sin falta.»
Formóse otro grupo de mujeres, del cual salía un zumbido como el de un enjambre. «Mañana, mañana...»
Sintióse roce de sederías, bullicio de saludos, movimiento de sillas. La tertulia se disolvía. Salieron muchos en graciosas parejas, sonriendo unos, bromeando otros. Partieron los de Tellería, el General y el Diputado con ínfulas de láico arzobispo. Con éste habló un poco de política religiosa Gustavo sin dejar su expresión melancólica y sombría.
«Adiós, Pilar; nos veremos mañana en San Prudencio.
--Abur, Casilda; haré tu recomendación al Padre Paoletti.
--Adiós, adiós.»
Cuando todos se fueron, la Marquesa de San Salomó se retiró á rezar y á dormir.
XIII
Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya.
La señora de Roch fué muy temprano á San Prudencio. Tiempo hacía que madrugaba para cumplir sus deberes piadosos, tornando á casa á las nueve, con lo que evitaba hallarse entre el tumulto de fieles y de damas amigas que iban á las horas cómodas. Aquel día, que era domingo, madrugó mucho y salió muy temprano de la iglesia, cumplido el precepto que más halagaba su espíritu. Como de costumbre, pasó parte de la mañana en lecturas religiosas; pero ha de advertirse que no había buscado sus textos en nuestra rica literatura mística, fundida en el crisol del espiritualismo más puro y que arrebata el alma creyente, ya encendiendo en ella divinos fuegos, ya embelesándola con un discurrir metafísico y quintesenciado. María apacentaba su piedad, triste es decirlo, con lo peor de esta literatura religiosa contemporánea, que es en su mayor parte producto de explotaciones simoniacas, literatura de forma abigarrada y de fondo verdaderamente irreligioso tirando á sensual, que combinada con el periodismo y con las congregaciones, es uno de los negocios editoriales más extensos de la librería moderna. Mucho de esto nos viene aquí traducido del francés y tiene un sello de mercantilismo que convida á la profanación. No falta al exterior la consabida elegancia material que la industria contemporánea imprime á todas sus obras, y por dentro el verso y la prosa alternan en la expresión del pensamiento; pero ¡qué verso, qué prosa! Hay ideas que reclaman la sencillez, vestidura propia y genuína, sin la cual no pueden existir; hay sentimientos que exigen la seriedad y la majestad como su natural vehículo, y sin él degeneran en afectada declamación. Incapaz María de comprender esto, hallaba elocuente y sublime un escrito en el cual, para celebrar la presencia de Cristo en la Hostia, se hablaba de _armonía y silencio_, de _fuentes selladas_, de _manantial de amores_, de _celestial sonrisa_, de _flores de José_, de _oro puro_, de _la mirra del arrepentimiento_, del _incienso de la oración_, de _seráficos incendios_, de _horno que á un tiempo refresca y reanima_, de _brisas suaves_, de _perfumes_, de _virginales y solitarios espíritus_, de _banquete fraternal_, de _perla única y celeste rocío del nuevo Edén_. Este lenguaje, que habla tan sólo á los sentidos, cautivaba á la señora más que cualquier otro lenguaje. Dotada de imaginación y de una facultad sensoria muy afinada, su espíritu daba fácil acceso á todo lo que viniera por aquella vía y llegase á él en el vehículo de lo bien oliente, de lo tangible, de lo bonito y de lo apetitoso.
Admiraba á Santa Teresa porque le habían enseñado á admirarla; pero no comprendía sus ingeniosas metafísicas. Aquellos amores seráficos eran para ella un juego de lenguaje ó no eran nada. No se recalentaba el cerebro pensando en las maneras más sutiles de amar al Señor, ni poseía tampoco un gran corazón que le permitiera prescindir de maneras sutiles. Su sér burdo y sensual, en el sentido recto, iba ciegamente al entusiasmo religioso por otros caminos. Para ella, por ejemplo, la misericordia de Dios era una idea incuestionable y firme; pero no se encariñaba profundamente con ella sino después de asociarla á una reliquia. Las perfecciones absolutas del Autor de todas las cosas, tampoco reinaban con fuerte imperio en su ánimo si no llegaban á éste por el conducto, digámoslo así, de las perfecciones estéticas de una imagen. La Virgen María, ideal consolador que más fácilmente que otro alguno seduce el espíritu de la mujer y parece que lo informa y compenetra, subyugaba á la insigne dama; mas para que aquel ideal divino tuviera en ella una fuerza incontrastable y la hiciera gemir y llorar, érale preciso (valga la expresión) remojarlo y desleirlo en agua de Lourdes.
Basta con lo dicho para que se vea que la religiosidad de María Sudre era la religiosidad de la turbamulta, del pueblo bajo, entendiéndose aquí por bajeza la triste condición de no saber pensar, de no saber sentir, de vivir con esa vida puramente mecánica, nerviosa, circulatoria y digestiva que es el verdadero, el único materialismo de todas las edades. La verdadera plebe no es una clase: es un elemento, un componente, un terreno, digámoslo así, de la geología social; y si se hiciera un mapa de la vida, se vería marcado con tinta negra este detritus en todas las latitudes de la región humana.
Así como ciertos seres privilegiados personifican en sí la aristocracia del pensar y del sentir, la mujer de León personificaba el vulgo crédulo. En otra época y en otras condiciones sociales, María, sin dejar de llamarse piadosa y de rezar seis horas y de confesar á menudo, hubiera echado las cartas para saber el porvenir, hubiera usado rosarios benditos para conjurar maleficios de brujas, hubiera incurrido en la repugnante manía de asociar á la religión las artes gitanescas.
Pero los tiempos no son ya para esto; aunque bien mirado, maleficios hay y artes de gitanos, si bien de otra suerte que en lo antiguo. Gustaba María de pertenecer á todas las asociaciones piadosas, fueran ó no de índole caritativa. Era, con preferencia á todo, lo que en la jerga mojigata se llama _josefina_, ó sea individuo de la asociación de San José, cuyo objeto es rogar por el Papa, y que cuenta en su seno con personas muy respetables, dicho sea esto para que no se entienda como mofa ni mucho menos la mención hecha. A otras juntas y á muchas cofradías pertenecía también. Casi todas estas sociedades tienen hoy sus periódicos, creados con el fin de establecer sólida alianza entre los socios ó cofrades y ofrecer una lectura altamente recreativa, á veces enormemente cómica, dicho sea también con el respeto debido. Para María no la había más sabrosa ni edificante, y se recreaba largas horas con las anécdotas (¡lástima grande no poder copiar algunas!), con las oraciones, y, por último, con la parte que podría llamarse místico-farmacéutica, que es una lista mensual de las innumerables curaciones hechas con las obleas y las mantecas pasadas por el famoso _perolito_ de Sevilla, prodigios que se dejan muy atrás los milagros de Holloway y de ciertos específicos. María guardaba siempre en su poder porción cumplida de obleas y mantecas pasadas por el _perolito_ para atender á las dolencias de sus deudos y amigos, segura del éxito siempre que éstos tomasen la medicina con fe. La especulación del _perolito_ no podría existir en ningún país donde hubiera sentido común y policía.
Estaba exenta María de aquel idealismo febril de su hermano Luis, y aunque ella se proponía imitarle en todo, era en sus ideas y en sus prácticas muy distinta. Su enfermiza devoción parecía un delirio nacido de la cortedad de inteligencia, limitado por los sentidos y exacerbado por la contumacia de su carácter asaz soberbio. Respecto de su consorte, las ideas y sentimientos de la señora eran muy extraños. Ya sabemos qué clase de amor le tenía, el único en ella posible. ¡Cuánto había trabajado en sus soledades de penitente para dominar aquel amor! ¡Cómo torturó su imaginación! ¡Qué de monstruosidades inventó para representarse feo al que era hermoso, desabrido al que era galán y seductor, repugnante al pulcro y lleno de atractivos! María Egipciaca pensaba que mientras conservase en su mente la ilusión de aquel compañero de sus días y noches, no habría en ella verdadera santidad. Si tenía ó no razón, ¿quién lo sabe? Sólo Dios, que con su vista infinita conocía la calidad de aquella ilusión.
«¡Si León no fuese ateo!» pensaba á cada instante. Y aquí entraba lo irreconciliable, aquí la idea de no tener jamás trato moral ni doméstico con semejante hombre. Había la dama consultado con el pensamiento la voluntad de su hermano, que, como sombra cariñosa, venía en las noches solitarias á vagar sobre su lecho santo, y la voluntad de Luis Gonzaga era que no debía existir entre ella y el ateo relación de ninguna clase; que estaba manumitida de la esclavitud matrimonial, relevada de su carga de deberes, libre para no pertenecer más que á Dios.
A las veces despertaba con zozobra y agonía, bañada la frente de sudor, trémula y acongojada. «¿Y si quiere á otra?» murmuraba. Aquí tomaban sus ideas un giro nuevo. Podía su extraviado espíritu conformarse con la idea de que muriera León, aun con la idea de no ser amada por él; ¡pero que su marido viviese y amase, viviendo y amando á otra...! ¡que fuera para otra lo que había sido suyo...! En esto consistía el martirio de aquella mujer, su mortificación constante, y al llegar á tan delicado punto, todo su sér saltaba con un impulso, no de pura pasión, sino de apasionado egoísmo.