La familia de León Roch, Tomos 1 y 2
Part 2
«Es increíble--dijo sonriendo,--la calaverada de ese pobre León... Cuidado que yo le quiero... es mi amigo... ¿Pero quién se atreve á contradecirle? Váyase usted á argumentar con estas cabezas de piedra que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio con sentido común?
--Ninguno, ninguno--exclamó el Marqués de Fúcar riendo á borbotones, que era su especial manera de reir.--¿Y es cierto lo que me han dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa ver á un librepensador de mares altos pescado con anzuelito de Padrenuestros y Avemarías.
--No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita--afirmó Cimarra paladeando.--Pase lo de santurrona por lo que tiene de _barbiana_... Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que anda enamorada no piensa en santidades... La que me parece en camino de ser verdadera beata es la Marquesa, que no podrá eludir la ley por la cual una juventud divertida viene á parar en vejez devota. ¡Qué desmejorada está la Marquesa! La ví la semana pasada en Ugoibea y me pareció una ruína, una completa ruína. En cambio, María está hecha una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡qué aire y qué _trapío_!»
En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre á la fraseología usual de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna.
«Eso sí--dijo el Marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de sátira.--María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura superior, fantasía, tendencia al romanticismo, un carácter escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta.
--¡Caramba!--exclamó el hombre de Administración dándose una palmada en la propia rodilla.--Todo menos hablar mal de María Sudre. La conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia.
--Hombre--dijo el Marqués de Fúcar descuadernando su cara en una risa homérica.--La familia es la familia de tontos más completa que conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio.
--¡Ah! no: la chica vale, vale--afirmó Onésimo.--No diré lo mismo de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la entienda; mucha teoría obscura y palabrejas ridículas; mucho aire de despreciarnos á todos los españoles como á un atajo de ignorantes; mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más me carga. Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías contrarias al catolicismo: yo soy católico, católico.»
Se dió dos palmadas en el pecho.
«Hombre, sea usted todo lo católico que quiera--dijo Fúcar riendo con menos estrépito, ó si se quiere con cierta tendencia á la seriedad.--Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh! la exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos á un lado las creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Yo veo en León un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que ha salido de la Escuela de Minas desde que ésta existe. Su colosal talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia natural le son familiares y es un astrónomo de primera fuerza.
--¡Oh! León Roch--exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia á la sabiduría,--vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que en el colegio no se distinguía; pero después...
--No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar...--dijo Onésimo como quien se niega á tomar una pócima amarga.
--Mire usted, amigo Onésimo--indicó el Marqués en tono solemne,--no hay que exagerar... La exageración es el principal defecto de este país... Eso de que porque seamos católicos condenemos á todos los hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de pecho, y se desvían... yo concedo que se desvían un poco, mucho quizás, de los senderos católicos... Pero ¿qué me importa? El mundo va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal de Leoncillo... yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se criaron juntos en Valencia... pues su gran falta es comprometer su juventud, su riqueza, su porvenir en ese enlace con una familia desordenada y decadente que le devorará sin remedio.
--¿Es rico León?
--¡Oh! ¡mucho!--exclamó Fúcar con grandes encarecimientos.--Conocí á su padre en Valencia, el pobre D. Pepe, que murió hace tres meses, después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas. La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del Sr. Pepe era muy estimado. Me acuerdo de ver entonces á León tamaño así, con la cara sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había detrás del mostrador. En Navidad vendía D. Pepe mazapanes... ¡Pero si los ha vendido hasta hace quince años... y no hace treinta que trasladó su industria á Madrid...! Después que tuvo capital, entróle el afán de aumentarlo considerablemente. ¡Oh! es incalculable el dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste, de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo comemos... El Sr. Pepe trabajó mucho, primero á brazo, después con aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado (el Marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo): que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el 54 construyó una casa en Madrid; que se calzó los mejores bienes nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se dejará ahorcar por ocho ó nueve millones.
--Lo mejor de la biografía--dijo Cimarra sentándose junto á sus dos amigos,--se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la vanidad del difunto D. Pepe. Lo general es que estos industriales enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días viviendo sin comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más. Su _chifladura_ consistía en que le hiciesen Marqués.
--Diré á ustedes--manifestó gravemente el de Fúcar, cortando con un gesto de hombre superior esta tendencia á las burlas.--D. José Roch era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social. Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el mundo más que un sér, su hijo León: le quería con delirio. Tenía por enemigo declarado al que no le diese á entender que León era el más guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaban en ser autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... pero él no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me dijo: «Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un título de Castilla. Es lo único que le falta.» Yo me eché á reir. ¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Sr. D. José, si usted me dijera «quiero ser bonito, quiero ser joven...» pero ¿qué desea usted, ser Marqués?... A las coronas les pasará lo que á las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no tenerlas. Pronto llegaremos á un tiempo en que, cuando recibamos el diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero que nos lo traiga... porque también él será Marqués...»
Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba ésta por un hipo chillón y terminaba en un plegado general de la piel de sus facciones, y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver á su color primero y á su normal aspecto de seriedad majestuosa.
«Señores--dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de la Administración, enojo que podría atribuirse á sus proyectos marquesiles,--por mucho que se hayan prodigado los títulos de nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros. Pues no faltaba más...
--Amigo Onésimo--objetó el Marqués con flemática ironía,--yo creo que están para el que quiera tomarlos. Si D. Pepe no tomó el título de Marqués de Casa-Roch, fué porque su hijo se opuso resueltamente á caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios.
--¡Oh! sí--exclamó el hombre administrativo, en quien las instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo.--Por lo común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo gobiernan el país cuando éste ha tenido la desgracia de caer en sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada, señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado.
--Aquí no salimos de paradojas.
--Es la verdad pura.
--Vivimos en el país de los viceversas.
--No exageremos, no exageremos, señores--dijo el Marqués removiéndose y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta favorita, que era la protesta contra la exageración.--Aquí abusamos de las palabras, y calificamos á los hombres con mucha ligereza. La envidia por un lado, la ignorancia... ¿Qué, qué hay?»
Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de miedo á un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente.
«La señorita llama á Vuecencia. Está mala otra vez.
--Vamos, mi hija está hoy de vena--dijo el Marqués de mal humor, levantándose.--Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy á verla.»
Sus dos amigos callaban mirándole partir. El Marqués de Fúcar andaba lentamente á causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha majestuosa de un navío ó galeón antiguo, cargado del pingüe esquilmo de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la sociedad contemplaba pasmada y temerosa.
IV
Siguen los panegíricos dando á conocer en cierto modo el carácter nacional.
Frente á la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos de corregir el _oidium_ de su naturaleza, había una glorieta. Eran las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo Don Joaquín Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una silla, caballero en ella y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus balanceos.
«¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar?
--Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma.»
Después de decir esto, León miró atentamente al suelo.
«Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el Marqués--añadió Onésimo.--Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días en Arcachón. Las hijas del Conde de la Reole le regalaron tres piezas de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de sus porcelanas. Las guardaba y las sacaba sesenta y dos veces al día. Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió á la habitación más alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se hicieron treinta mil pedazos.»
Federico miró á León Roch, que sólo dijo: «Sí, ya lo oí contar.
--Ayer tarde--continuó Onésimo,--cuando volvíamos de la gruta (que, entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos; al fin la distinguí junto á una piedra: me abalancé á cogerla, como era natural; pero más ligera que yo, púsole el pie encima... y la aplastó diciendo: «¿para qué sirve esto?» Además, cuentan que ha hecho un picadillo de encajes. ¿Pero no la vieron ustedes anoche en el salón? Yo juraría que está loca.»
León no dijo nada, ni Cimarra tampoco.
«¿Saben ustedes--añadió el fanal de la Administración,--que va á estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores, pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la moneda, no le ha enseñado á distinguir un billete de mil pesetas de una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y pobre padre!... Si al menos fuera bonita... pero ni eso. Ya le dará disgustos á D. Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado á la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce ignorancia, sus aficiones á la vida reservada y doméstica, su horror al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna. Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que si no se ataja obligará á los gobiernos á dar una ley de novios y una ley de casamientos, estableciendo un presidio de solteros.
--¡Graciosísimo!--exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre el hombro de León.--Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá hablarnos éste, que la conoce desde que ambos eran niños.»
León dijo fríamente: «Si la enfermedad y las rarezas de Pepa consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El Marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más rico.
--Sobre este tema--indicó el fénix burocrático,--sobre la colosal riqueza del señor Marqués, la frase más característica la debemos al amigo Cimarra, que es el hombre de las frases.
--Yo no he dicho nada, nada, de D. Pedro Fúcar,--replicó Federico con aspavientos de honradez.
--¡Lengua de escorpión! ¿No fué usted el que en casa de Aldearrubia... yo mismo lo oí... á propósito de la escandalosa fortuna de Fúcar, soltó esta frase: «Es preciso escribir un nuevo aforismo económico que diga: La bancarrota nacional es una fuente de riqueza?»
--Eso se puede decir de tantos...--murmuró León.
--De muchos, de muchísimos--dijo Cimarra prontamente.--Como Fúcar ha labrado su rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público... ¿qué tal la figura?... pues digo que habiendo centuplicado su fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único á quien se podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional...»
El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió:
«Yo he oído hacer á usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de los millones del Marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos: ya sé que ahora es usted muy amigo de su víctima, de aquél á quien supo pintar diciendo: «Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo líquido y con lo gaseoso, ó lo que es lo mismo, con los adoquines, con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los presidiarios las llamaban _píldoras reventonas del boticario Fúcar_.»
--Hablar por hablar--replicó Cimarra.--Sin embargo de esto, yo aprecio mucho al Marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado algún alfilerazo al prójimo.
--Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste. Somos así los españoles. Desollamos vivo á un hombre, y en seguida le apretamos la mano. No critico á nadie: reconozco que todos somos lo mismo.»
El Marqués de Fúcar apareció en la glorieta. «¿Y Pepa?--le preguntó León.
--Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza á la alegría con una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento á su madre... qué sé yo... no la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país. ¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas á primeras, y cuando nos hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir á Iturburúa. Y no hubo remedio... á Iturburúa, á Iturburúa, papá... ¿Qué había yo de hacer?... Al fin ya me había acostumbrado á esta vida ramplona, y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí: aguas como éstas no creo que las haya en todo el mundo... ¿Y á dónde vamos ahora? Ni hay para qué pensarlo, porque las genialidades y los arrebatos de mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano á más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae encima la fonda, y también el cielo se le viene abajo, y le son muy antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga...»
Mientras D. Pedro expresaba así con desorden su paterno afán, los tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de aquéllas y otras no comprendidas rarezas que á la más bella porción del género humano afligen. El Marqués tomó del brazo á Federico Cimarra, diciéndole:
«Querido, hágame usted el favor de entretener un rato á Pepa. Ahora está contenta; pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me dijo: «Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...» Bien comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está sola... Adiós, señores: me llevo á este bergante, que hace más falta en otra parte que aquí.»
Quedáronse solos D. Joaquín Onésimo y León Roch.
«¿Qué piensa usted de Pepita?--preguntó el primero.
--Que ha recibido una educación perversa.
--Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es cierto que se casa usted?
--Sí, señor... Llegó mi hora,--dijo León sonriendo.
--¿Con María Sudre?...
--Con María Sudre.
--¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente, amigo, es más de lo que merece un hereje.»
Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo.
V
Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del carácter nacional.
Avanzado había la noche, y el modesto sarao de los bañistas principiaba á desanimarse. Los últimos giros de las graciosas parejas se extinguieron en los costados del salón, como los últimos círculos del agua agitada mueren en las paredes del estanque; se deshicieron aquellos abrazos convencionales que no ruborizan á las doncellas, y al fin tuvo la condescendencia de callarse el piano homicida que dirigía con su martillante música el baile. No faltó una beldad que quisiera prolongar aún la velada sacando de las cuerdas del instrumento un soporífero _Nocturno_, que es la más insulsa y calamitosa música entre todas las malas; pero este alarde de ruido elegiaco duró felizmente poco, porque las madres se impacientaron y alegres tribus de señoritas empezaron á desfilar sobre el piso de madera lustrosa. Resbalaban con agrio chirrido las patas de las sillas; al pío pío de la charla juvenil se unía un sordo trompeteo de toses. Las bufandas se arrollaban como culebras en la garganta carcomida de los hombres graves, oradores, abogados y políticos, que eran la flor y el principal lustre del establecimiento.
En la pieza inmediata, las fichas abandonadas y revueltas del tresillo y del ajedrez hacían un ruido como de falsos dientes que riñen unos contra otros fuera de la encía. Las toses y carraspera arreciaban con la salida de los últimos, que eran los más viejos, y después aquel murmullo compuesto de chácharas juveniles y del lúgubre quejido de la decrepitud prematura, que á lo más florido de la actual generación aqueja, se fué perdiendo en el largo pasillo, luego atronó la escalera y se extinguió poco á poco, distribuyéndose en las habitaciones del edificio celular. Podía existir la ilusión de considerar á éste como un gran órgano, en el cual, después de la gran sinfonía tocada por el viento, volvía cada nota, aguda ó grave, á su correspondiente tubo.
En la sala del tresillo leía periódicos el Marqués de Fúcar. Su postura natural para este patriótico ejercicio era altamente tiesa, manteniendo el papel á bastante distancia y ayudando su vista con los lentes, que colocaba casi en la punta de la nariz y le oprimían las ventanillas. Si tenía que mirar á alguien, miraba por encima y por los lados de los vidrios. Frecuentemente reía en voz alta durante la lectura; sin dejar de leer, porque era muy sensible al aguijón punzante del epigrama, sobre todo si, como es frecuente en nuestra prensa, el aguijón estaba envenenado.
A su lado leían otros dos. En el salón grande, cuatro ó cinco hombres charlaban, reclinados perezosamente en los divanes. Federico Cimarra, después de pasear un rato con las manos metidas en los bolsillos, entró en la sala de tresillo á punto que el Marqués de Fúcar apartaba de sí el último periódico y arrancaba de su nariz los lentes para doblarlos y meterlos en el bolsillo del chaleco.
«¡Qué país, qué país!--exclamó el ilustre negociante, conservando en su fresco rostro la sonrisa producida por el último chiste leído.--¿Sabe usted, Cimarra, lo que me ocurre? Aquí todo el mundo habla mal de los políticos, de los gobiernos, de los empleados, de Madrid... pues voy creyendo que Madrid, los empleados, los gobiernos y la gavilla de políticos, como dicen, son lo mejor de la nación. Malos son los elegidos; pero creo que son más malos los electores.
--Donde todo es malo--dijo Federico con frialdad filosófica, que podría pasar por el sarcasmo de un corazón muerto y de una inteligencia atrofiada, metidos ambos dentro de un cuerpo enfermo;--donde todo es malo no es posible escoger.
--Y la causa de todos los males es la holgazanería.
--¡La holgazanería! es decir, la idiosincrasia nacional; mejor dicho, el genio nacional. Yo digo: holgazanería, tu nombre es España. Poseemos grande agudeza, según dicen; yo no la veo por ninguna parte. Somos todos unos genios; yo creo que lo disimulamos...
--¡Oh! Si hubiera gobiernos que impulsaran el trabajo...»
Cimarra puso una cara muy seria: era su modo especial de burlarse del prójimo.