La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 19

Chapter 193,869 wordsPublic domain

--No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fué tuya. Yo no tenía más cualidad buena que la de quererte; yo hacía locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes á mí, después de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!»

Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un gesto de pavura, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó sordamente:

«¡Tu mujer vive!»

No encontró León palabras para comentar ni para atenuar la terrible elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.

«¡La hermosa, la santa, la perfecta!...--añadió Pepa con júbilo.--¿Pero no es así más grande mi triunfo? Has venido á mí, la abandonas.

--No, no...--dijo León vivamente.--Yo he sido abandonado. Yo he querido á mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta ahora, hasta ahora que lo he roto.

--Bien roto está--afirmó la de Fúcar briosa.--¿Por qué temes el fallo de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?

--Pepa, amiga querida, tu despreocupación me causa miedo.

--Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral: lo perdí, me lo quitaste tú con la última ilusión. Perder toda ilusión ¿no equivale á ser mala? Yo fuí mala desde aquella noche horrenda en que la última esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma dejándome yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado á un río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice. Si al menos hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era un salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios. ¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El despecho me inclinaba á entregar al menos digno lo que yo reservaba para el más digno. ¿No había podido obtener el primero? Pues me entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar? Pues lo mismo quería hacer conmigo. ¿De qué servía mi pobre ser despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien! eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer al más cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero! Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, á la joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad, se le abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil, y seré libre.» ¡Pero no pensé en mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía abofeteada por tu honradez, y que á veces mi alma se encariñaba con la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluído. Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo que nunca había yo conocido, tranquilidad. Cuando á mi lado crecía Monina, yo adquirí por don milagroso cultura de espíritu, sensatez, amor al orden, sentido común. Fuí otra, fuí lo que hubiera sido desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado á la paz y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan buena como debería serlo: hay en mí un poco, quizás mucho, de falta de temor de Dios; no me hallo dispuesta á sacrificar mis sentimientos á las leyes que tanto me han martirizado, y así te digo: libre soy, libre eres...

--Yo...

--Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has sido abandonado?

--Sí.»

Vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.

«¡Oh, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre yo!--exclamó Pepa con desesperación.--Bien, bien.

--Abandonada no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.»

Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma á lo que iba á decir.

«Soy casado. No amo á mi mujer ni soy amado por ella; somos incompatibles; entre los dos existe un abismo; nos separa una antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado á ser extraña para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino la religión. ¿De qué acuso á mi mujer? De que es fanática creyente en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A veces viene á mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo á llamar demencia á la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el límite entre la piedad y el fanatismo.»

Al expresarse así en frases entrecortadas y preguntas y respuestas, la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.

«Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio como lo es la fidelidad--añadió;--pero no ha escarnecido ni llenado de befa mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me declare libre?

--Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el matrimonio.

--Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro á mi conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella?» Así como ella tiene creencias que la impelen á aborrecerme, ¿no tengo yo también otras que me la hacen aborrecible? ¿Por ventura no seré también fanático?

--¡Tú no: ella, ella!--afirmó Pepa con encono.

--En el extremo á que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es más culpable? María es incapaz de toda acción verdaderamente deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero su fidelidad no puede ponerse en duda. A mí no me ama; pero tampoco á otro. ¿Por ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?»

Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar salida á aquel dédalo terrible.

«Y en caso de que pueda declararme libre--dijo al fin,--no puedo unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no hay ley divina ni humana; no puedo ser como esos que usan una moral en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima... hijos deshonrados y sin nombre... No creas tú que al hablarte así y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco á las hablillas de Madrid, ni que me fundo, para tratar de ilegitimidad, en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta cuestión tremebunda: obedezco y atiendo á mi conciencia, que tiene el don castizo de hacerme oir siempre su voz por cima de todas las otras voces de mi alma. Interroga tú también á tu conciencia...»

Pepa se inclinó suavemente como si fuera á caer desfallecida, y sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:

«Mi conciencia es amar.»

Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa en los labios de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se veía condenada á la reserva, y á desarrollar sus afectos en la vida calenturienta y tenebrosa de la imaginación.

XI

Esperar.

«Represéntate--le dijo León,--todo lo que hay de odioso y de disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos sin nombre... la imagen siempre presente de la que...

--No la nombres... te repito que no la nombres--dijo Pepa, procurando que su enojo no pareciera muy violento.--Su fanatismo loco la excluye, la excluye.

--¿Y si también yo soy fanático?

--No importa.

--Bien: contra la turbación que á tu mente y á la mía pueda traer esa idea, hay un remedio.

--¿Cuál?

--Esperar.

--Esperar--murmuró la de Fúcar moviendo la cabeza, en cuyo centro la palabra esperar retumbaba con eco lúgubre.--¡Esperar, ese es mi destino! Hay alguien para quien la esperanza no es una dulzura, sino un tormento.

--¿Ves ese ángel?--le dijo León señalando á Monina, que dormía muy ajena á la tempestad que arrullaba su sueño de pureza.--Pues ahí tienes tu verdadera conciencia. Cuando las agitaciones pasadas y tu despecho, aún no extinguido, te empujen por una senda extraviada, pon en el pensamiento á tu hija. ¡Verás qué prodigioso amuleto! Lo que cien sermones y toda la lógica del mundo no podrían enseñarte, te lo enseñará una sonrisa de esta criatura, que por su pura inocencia parece que no es aún de este mundo, y en cuyos ojos verás siempre un reflejo de la verdad absoluta.

--¡Es verdad, es verdad!--exclamó Pepa rompiendo en llanto.

--Esos ojos y ese rostro divino son un espejo, en el cual, si sabes mirarlo, verás algo del porvenir. Considera á tu hija ya crecida, considérala mujer. Dentro de quince años, ¿te gustará que una voz malévola susurre en su oído palabras deshonrosas acerca de la conducta de su desgraciada madre? Figúrate el trastorno de su conciencia pura cuando le digan: «tu madre no esperó á que pasaran dos meses de viudez para tomar por amante á un hombre casado, al esposo de una mujer honrada.»

--¡Oh! no, no--gritó Pepa con súbita indignación.--No le dirán eso.

--Se lo dirán, ¿por qué no? Se dice lo que es mentira, ¿cómo no habrá de decirse lo que sería verdad? ¿Has reflexionado en la influencia decisiva, lógica, que tienen sobre la conducta de los hijos las acciones de los padres?... Hay en las familias una moral retrospectiva que evita muchas caídas y deshonras.

--Por favor, no me hables de que mi hija deje de ser la misma virtud,» dijo Pepa con brío, anegada en lágrimas.

Callaron ambos, y sentados junto al lecho de Ramona, enlazados los brazos, casi juntas las caras, envueltos en una atmósfera de ternura que de ambos emanaba con el aire tibio de la respiración, estuvieron largo rato contemplando íntimamente su dicha. En el fondo, muy en el fondo del alma de Pepa, había una idea que hablaba así: «Hija de mi vida, soy feliz haciéndome la ilusión de que eres toda mía y de que puedo darte á quien me agrade. Naciste de mis entrañas y de mi pensamiento.»

Después se apartaron de la cama donde dormía la pequeñuela. Pepa se sentó en un ángulo de la sala.

«Ya es hora de que me retire,--indicó León.

--¿Ya?» murmuró la dama con sorpresa y temor, acariciándole con su mirada.

León iba á decir algo; pero calló de improviso, porque había sentido pasos. El Marqués de Fúcar entró en la habitación. Tenía costumbre de despedirse de su hija y de su nieta antes de recogerse. Al ver á León manifestó sorpresa, aunque la hora no era impropia ni desusada la visita.

«Pues qué, ¿está mala la chiquilla?

--No, papá. Está buena.

--¡Ah!... Me figuré...»

El Marqués besó á su nieta.

«Gracias á Dios que se te ve por aquí,--dijo cariñosamente á León.

--He venido á despedirme de Pepa... y de usted.

--¿Viajas? Hombre, es lo mejor que puede hacer un cónyuge aburrido. ¿Hacia dónde vas?

--No lo sé todavía.

--¿Y sales?...

--Mañana.

--Si vas á París te daré un encargo. ¿No habrá tiempo mañana?... Pasaré por tu casa temprano... Yo me voy á mi cuarto: tengo jaqueca.»

León comprendió que debía retirarse al momento. «Adiós, adiós,» dijo estrechando las manos de la hija del Marqués.

La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida. Después León miró un momento á Monina y salió con apariencia serena. Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía extraño en ellas; pero la hermosa estancia de donde acababa de salir le parecía tan suya, que casi estuvo á punto de volver para respirar un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del amor de una mujer y del sueño de un niño.

Al retirarse á su cuarto, D. Pedro le dijo:

«Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de Federico.»

Sin responder nada, León salió del palacio al jardín. Tanto le llamaban de atrás sus afectos, que á cada seis pasos se detenía. Había entrado en la alameda, cuando se sintió llamado por una voz, por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la respiración. Su mano hizo presa con fuerza en la mano del matemático.

«No he podido resignarme á que te despidas así--le dijo.--Eso no está bien.

--Así debió ser...--replicó León muy turbado.--¿Y qué importa? Hubiera vuelto mañana un momento.

--¡Un momento!--exclamó la dama con elocuente dolor.--¡Qué triste es haber dado años como siglos, y verse pagada con momentos!»

León le tomó las dos manos diciéndole:

«Querida mía: es preciso que uno de los dos se someta al otro. He comprendido que si me dejara arrastrar por tí, nuestra perdición sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos salvaremos.

--Pues dí... Ya sé lo que vas á decirme... ¡Esperar! Cada loco con su estribillo.»

Puso una cara que demostraba profunda lástima de sí misma; y como la compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama de un modo que haría llorar á las piedras, y dijo:

«¡Esperar! ¿Y si me muero antes?

--No, no te morirás,--murmuró León cogiendo entre sus dos manos la cabeza de ella, como se cogería la de un niño, y besándola.

--Está visto que soy más tonta...--balbució Pepa, que apenas podía hablar.--Harás de mí lo que quieras, bárbaro.

--¿Me obedecerás?

--Eso no se pregunta á quien durante tanto tiempo te ha obedecido con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías á mí cuando ni siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas faltar á todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de mi alma te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo, ¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás de tí al crimen, no puede negarse á seguirte si la llevas al bien.

--¿A donde quiera que yo te lleve?--murmuró León, pasándose la mano por la frente.--Dime: ¿y si yo te dijera...?

--¿Qué?--preguntó ella sin aguardar á que concluyera, mejor dicho, cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el aire antes de que caiga.

--La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?

--¡Oh! por mi imaginación han pasado todas las ideas.

--De modo que si yo te dijera...

--«Vamos,» partiría sin vacilar.

--¿Ahora?

--Ahora mismo. Tomaría en brazos á mi hija...»

Encendida en amante impaciencia, Pepa miraba á su casa y á su amigo. Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior. Después hirió el suelo con el pie, como los brujos antiguos cuando llamaban al genio tutelar.

«Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes,» dijo al fin con resolución que tenía algo de heroísmo.

Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.

«Te lo mando así, porque te quiero con el corazón; te lo mando así, porque mi egoísmo no quiere destruir un hermoso sueño.

--Me someto,» dijo Pepa envolviendo su palabra en un gemido.

Sollozó sobre el pecho de su amigo. Después añadió:

«Pero fija un término, un término... Si me muero antes...»

La idea de un morir prematuro brillaba en su mente como una luz siniestra que de ningún modo quiere apagarse.

«Fijaré un término. Te lo juro.

--Y pasado ese término... Pasado ese término...--repitió León, cuyo pecho respiraba difícilmente entre el nudo de aquella soga ferozmente apretado por los demonios.

--Supón que Dios no quiera allanarnos el camino...

--Verás como lo allanará.

--¿Y si no lo allana?

--Verás como sí lo allana.

--Pero... ¿y si no?

--Verás como sí.

--Diciéndomelo tú de ese modo, no sé por qué lo creo--afirmó Pepa, acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de su amigo, como la acomodamos en la almohada cuando empezamos á dormir.--Ahora, si quieres que me vaya contenta á mi casa, dime que me quieres mucho.»

Su pasión tomaba un tono pueril.

«¿No lo sabes?

--Que me querías hace tiempo.

--Que debí quererte desde que jugábamos cuando éramos niños, cuando nos pintábamos la cara con moras silvestres...--añadió León estrujando la cabeza de oro.

--¡Qué tiempos!--dijo Pepa sonriendo como un bienaventurado en la gloria.--¡Si pudiéramos hablar largamente de eso y recordarlo pasando los recuerdos de memoria á memoria y las palabras de boca á boca...! ¡Si nuestra vida fuese ahora verdadera vida, y no estos momentos pasajeros, estos saltos horribles!... ¡Si pudiéramos hablar, reir, recordar, pensar cosas, decir disparates, reñir de broma, adivinarnos las ideas y los deseos!...

--Si pudiéramos eso...

--Pero no: hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida, y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú á ese caserón; yo á mi palacio.

--Espérame con tu hija.

--¡Oh! qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho, Monina no te va á conocer cuando vuelvas, ¡alma mía!... te tendrá miedo.

--Se acostumbrará pronto.

--Pero ¿no vuelves mañana á casa?

--¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.

--Mandaré á la niña á tu casa mañana.

--Si, mándala.»

León tosió secamente.

«¡Hombre, por Dios!--exclamó Pepa con amante solicitud, alzándole el cuello de la levita.--Que te constipas... hace frío... déjate cuidar... así.

--Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.

--Pero qué, ¿nos separamos ya?

--Sí. Ahora ó nunca.»

La dama tuvo ya en sus labios las palabras _Pues nunca_; pero no se atrevió á pronunciarlas.

«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?

--Todas las semanas.

--¿Cartas largas?

--Largas y difusas como el pensamiento del que espera.

--¿A dónde te escribo?

--Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola. Nos separaremos allí.

--Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí entraré.»

Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la mano izquierda le estrechaba ambas manos.

«Está obscura la noche,--dijo ella obedeciendo á esas inexplicables desviaciones del pensamiento que ocurren cuando éste actúa más fijamente en un orden de ideas determinado...

--¿Estás contenta?--le preguntó León queriendo dar al diálogo un tono ligero.

--¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo tiempo. Yo digo: «¡qué dicha tan inmensa!» y digo también: «¡si me muero antes!...»

--En mí sucede lo propio,» replicó León sombríamente.

Llegaron á la puertecilla del museo.

«Adiós...--murmuró ella devorándole con sus ojos.--Adiós... ¡Todo mío!

--Hasta luego--dijo León con voz imperceptible, dándole dos besos.--Este para Monina; éste para su mamá.»

La puerta del museo abierta mostraba una escalera obscura. León empujó suavemente á Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...

Poco después entraba en su casa, y medio muerto de dolor se revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente, no sabiendo si buscar en el llanto ó en la desesperación honda el lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad contenía pasiones ó ideas mil del género más turbulento, estallase atropellando todo lo que hallara delante de sí.

XII

Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de todo lo que hay de más venerando, y de otras cosillas.

La crisis por que pasaba la casa de Tellería continuaba sin resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar en ponerle remedio y sólo quedaba el recurso de disimularlo hasta donde fuera posible. Antes de llegar á una bochornosa declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en sus soliloquios domésticos decían: «vivimos sin criados; no hay tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la vanidad que se llama coche,» públicamente era preciso hacer creer que todos estaban enfermos... El Marqués, ¡ah! sufría horriblemente de su reúma. La Marquesa, ¡oh! ¡pobrecita! se hallaba en un estado espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de una gran tribulación. No se recibía ni á los íntimos, no se daba de comer ni á los hambrientos, no se paseaba, no se iba ya ni á los estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir á escuchar la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los que la veían entrar y salir dando con su compunción ejemplo á los más tibios, tributaban á su pena el debido homenaje diciendo: «¡Infeliz señora, cuánto ha padecido con sus hijos!»

La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era una reunión recogida, de poco bullicio, á donde iban algunos poetas, guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía _L’Univers_ y se recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba á todo el género humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de Gustavo Sudre para que se preparase á aplaudir la _alabarda_ (no hay mejor vocablo) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran, cuál un San Agustín, cuál un San Ambrosio, bien un Tertuliano ó un Orígenes, por lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de _club_, que es un fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones políticas han subido la escalera y rugen entre el plácido aliento de las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia de que hablamos era, pues, un _club_ de cierta clase, así como hay tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo son de la democracia.