La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 15

Chapter 153,878 wordsPublic domain

Allí no se descansaba un segundo. El médico inventaba, León disponía con febril actividad, y todos, el aya, las doncellas, los criados, ejecutaban con presteza. Vuelta en sí del accidente que la privara de sentido, Pepa acudió al lado de su hija. No podía estar dignamente en otra parte, sino allí, junto al gran peligro, vigilando las últimas palpitaciones de aquella vida preciosa, y previniendo la sed, el desabrigo, la convulsión, y prodigando cuidados, cariños, agua, besos, auscultaciones, miradas. Se conocía en su semblante el heróico esfuerzo que necesitaba desarrollar para que su dolor de madre no entorpeciera su acción de enfermera. Atenta, cuidadosa, sin distraerse un momento, sin ocuparse de sí misma ni de cosa alguna, toda su alma estaba en el bracito que se descubría, en el golpe de tos, en el sofoco laríngeo, en el grito desgarrador, indefinible, más trágico que todos los gritos trágicos del mundo antiguo y moderno, que á veces se aguzaba como chirrido de metales rozándose sin aceite, á veces se apagaba como un murmullo de tenues notas, como una música, como un lenguaje, como un soliloquio en sueños.

Transcurrieron horas, ¡qué horas! El día pasó como pasa un instante. Llegó la noche. Nadie tenía allí noción del tiempo. Hubo un momento en que no se oía sino un sollozar apretado y suspiros contenidos. Los corazones mujían estrujados bajo una prensa horrible. La angustia habitaba el palacio llenándolo todo. Llenábalo también el olor de la cera ardiendo delante de los santos y de la Virgen. La nena de la casa se moría. Ya ni siquiera se llevaba las manos á la garganta para arrancarse _aquello_. Iba quedando fatigada, inerte, vencida en la desesperante lucha; su cabeza hacía un triste hoyo en la almohada, cual si fuese una piedra de enorme peso, y sus manecitas no empuñaban la sábana para hacerla trizas. ¡Si al menos el infame verdugo la dejara morir tranquila...! Pero no: aún aflojó la soga para concederle un instante de alivio. En su estado comático, Monina murmuró: «Más.

--Sueña que le estás dibujando muñecos,»--dijo Pepa, que oprimiendo el pañuelo contra su boca como quien se aplica una mordaza, dejaba sus lágrimas correr á chorros por entre los dedos.

Monina llamó á _Tachana_, una niña con quien jugaba diariamente. Después nombró á _Guru_, hijo, como _Tachana_, del administrador de Suertebella.

Vino un nuevo ataque diftérico, que parecía ser el último por su violencia. Pepa lanzó un grito desgarrador.

«¡Se muere, se muere!»

Y se arrojó sobre el cuerpo de la niña, rodeándolo con sus brazos. Presa de un delirio insensato, la madre se llevó las manos á su propia garganta y se apretó como si quisiera estrangularse. Era el movimiento natural, primario, instintivo de la abnegación, queriendo apropiarse el mal del sér amado. Quisieron retirarla de allí; pero no fué posible arrancarla de la cabecera del lecho.

Acercóse León al médico, y le dijo al oído:

«¿Por qué no intenta usted la operación de la traqueotomía?»

Moreno Rubio repuso con voz sepulcral:

«En esta edad es casi un asesinato.

--Conviene intentarlo todo, hasta el asesinato.»

Parecían dos espectros secreteando al borde de sus tumbas.

«¿Usted lo quiere?

--Lo quiero.

--Consultemos á la madre.

--No es preciso: yo lo mando.»

Moreno Rubio alzó los hombros. Después se retiró detrás de las cortinas del lecho, donde había una mesa.

«¡Hija de mi corazón!--exclamó Pepa.--¿Por qué te mueres?... ¿por qué me dejas sola, tan sola como estoy?... ¡Oh! Dios mío, Virgen de los Dolores, ¿por qué me quitáis á mi niña, lo único que tengo?... ¡Monina, Mona!...»

Diciendo esto, la madre no sospechaba lo que trataban León y el médico; no vió que tras de las cortinas brillaba un acero, una herramienta lúgubre, más siniestra que el hacha del verdugo.

«¡Monina, angelito mío, serafín mío!... ¡abre los ojitos, mírame!»

Su pena rayaba ya en fiereza, y el ascua siniestra de su mirada delirante, sus labios secos, pálidos y temblorosos, el nervioso arqueo de sus brazos, todo parecía indicar esa suprema crisis del dolor que da á la madre las convulsiones de la euménide.

«¡Monina, paloma, niña mía!--prosiguió.--Yo me muero contigo; yo no quiero que te separes de mí.»

Y al besarla parecía que quería devorarla.

«Pepa--le dijo León,--vamos á intentar lo último... no te asustes...

--¡Mi hija está muerta, muerta!»

Como si quisiera responderle, Monina dió un violento salto, y en un acceso de horrible tos expulsó un pedazo de falsas membranas. Después quedó otra vez inmóvil y reapareció el gemido estertoroso.

«¡Si se enfría, si está helada el alma mía...!--gritó Pepa.--Doctor, doctor.»

Moreno acudió prontamente.

«Helada no--dijo León tocando á la niña.--Al contrario, parece que suda.

--¡Suda!» murmuró Moreno después de una larga pausa.

Sus manos tentaban á la moribunda, y su mirada perspicaz, acostumbrada á leer las oscilaciones de la vida, se clavaba en aquélla, que después de oscilar se detenía, sin duda para extinguirse en calma.

«Suda,--volvió á decir León.

--Suda,» repitió Pepa con un rugido.

Los tres callaron. Parecía que un débil rayo de esperanza había estallado en medio de aquel grupo, hiriendo al mismo tiempo los tres corazones. Pero no era posible, no.

«Abrigarla bien,» dijo Moreno brusca, imperiosamente, con voz de piloto que manda una maniobra salvadora; y sin poderse contener, soltó un terno terrible.

Seis manos arreglaron la cama de Monina con febril presteza.

León y Pepa miraban á Moreno; pero no se atrevían á preguntarle nada. Más valía dudar, que es algo parecido á esperar. El semblante del médico no indicaba nada claramente, á no ser un vago dudar también.

«¿Sigue sudando?

--¡Oh! Sí.

--¡Sí!

--¡Sigue!

--¡Ahora más!»

Se observaba la ligera humedad de aquella fina piel como si de ella dependiera la continuación ó la ruína del universo existente.

«¿Pero esto no es un síntoma favorable?--dijo al fin León.

--Favorable es; pero aún...

--Ayudemos á la Naturaleza,--dijo Pepa.

--Ella no necesita de nuestra ayuda en el caso presente...

--Pero...

--¿Será posible que...?

--¿Doctor...?

--Todavía nada, nada.

--¡Suda más!

--¡Más!

--¡Hija de mi alma!... ¡Oh! Si vivieras...»

Detrás de la silla en que estaba Pepa, había una imagen de la Virgen Dolorosa con dos velas encendidas. Pepa dió un salto, se arrodilló, se postró, besó el suelo. Durante un rato se oyeron sus gemidos sofocados contra la alfombra. Seguro de que la madre no podía oírle, Moreno acercó sus labios al oído de León y le dijo:

«Si la acción detersiva sigue y llega á tomar importancia, es posible que se salve... Pero sólo hay cuatro probabilidades favorables contra noventa y seis adversas... No digamos nada á Pepa.

--¡Cuatro probabilidades!...--pensó Roch.--Ya es algo... El corazón me dice...»

Y todo su interior se sacudía con un palpitar loco, frenético. Toda la vida humana estaba allí delante de sus ojos, pendiente de un hilo, de un soplo.

Pasó un rato. Pepa volvió junto al lecho. Saltaba de una parte á otra como leona herida. No necesitaba preguntar: bastábale ver las miradas, las actitudes. Había allí algo de extraordinario y novísimo, un como giro total en los inmensos círculos del Universo. Los dos hombres estaban ansiosos, no abatidos.

«¿Qué hay?--dijo la madre.

--Esperanza,--replicó León sin poderse contener.

--Poca,» balbució Moreno.

Pepa cruzó las manos, elevando al cielo una mirada de ferviente gratitud.

«No, señora, no tenga usted grandes esperanzas--dijo el médico.--Esta reacción no es todavía suficiente ni mucho menos. Puede ser una falsa mejoría como antes... Retírese usted á descansar un momento.

--¡Yo descansar!... descansar... ¡cuando mi hija se salva!

--Todavía...

--Suda más,--murmuró Pepa con los ojos tan abiertos, que más parecía aterrada que alegre.

--Sí: suda, y mucho.

--¡Muchísimo!--exclamó la madre, cuya imaginación sobrexcitada agrandaba el fenómeno sudorífico de tal modo, que la humedad de la piel de Monina le parecía un río.--¡Si Dios quisiera, si Dios quisiera conservarme mi tesoro!...

Y se arrodilló junto á la cama. Extendía sobre la niña sus manos sin atreverse á tocarla. Apenas respiraba, temiendo que su aliento turbase aquella bendita reacción. Monina reposaba tranquila, y su respiración empezaba á suavizarse.

«¿Será posible?... Doctor...

--Nada, nada--declaró el inflexible Moreno.--La esperanza es muy exigua todavía. Veremos si sigue...

--¡Oh!... ¡Si la Virgen Santísima se apiadara de esta pobre madre sola! León, ¿qué opinas tú?

--¡Yo!... no sé--replicó León con ansia.--No sé... parece que me dice el corazón... Pero no me atrevo, no me atrevo. Tengo una corazonada... Quién sabe... quién sabe... es posible...»

Pepa se comprimió la boca para no gritar de alegría.

«¡Oh! ¡qué turbación!... ¿Vivirá?... Y si nos engañáramos... y si nos equivocáramos... ¡Dios mío, Virgen mía! ¿por qué me dais esperanza, si luego me habréis de dejar sin mi único tesoro, sin lo mejor de mi vida, de mi casa, de mi alma?»

Dió varias vueltas como persona inquieta, desasosegada, demente, que no sabe qué hacer.

«Recemos, recemos--dijo al fin.--La Virgen me ha oído... Le rogaré más, más y más, hasta que me quede sin sentido. Recemos, León; ¿por qué no rezas tú también?

--También rezo,--replicó León inclinando la frente.

--¿También tú, tú?... Todo el que llama con fervor y humildad será oído. ¿De qué modo rezas tú?»

Y tomándole el brazo le impulsó con energía hacia la imagen iluminada. En aquellos momentos de frenesí, la fuerza muscular de Pepa era prodigiosa.

«Como tú quieras,» dijo León, que no era dueño de sí mismo.

Él no se dió cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla en tierra, de cómo alzó los ojos exclamando con voz conmovida: «Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo!»

¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae de rodillas y reza á su modo!... Voy creyendo que es tontería contar estas cosas que nada tienen de particular.

V

La madre.

¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin embargo, transcurrían llenas de interés, como los años de la historia preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de Pepa era tan grande, que parecía tocada de locura; llorando reía, y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes, anunciaban el extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; á veces iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace.

Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas, seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, y en sus mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte. Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la infancia, que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una inspiración del cielo. Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia Pepa y le habló así:

«Ya es hora de poder decir algo positivo.

--¿Sí?

--Mi hija...

--Pues la niña--añadió el médico estrechando la mano de Pepa,--está fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la traqueotomía... La disolución cáustica, obrando sobre la mucosa, nos ha devuelto la joya que creíamos perdida.»

Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas.

«No he sido yo, señora: ha sido la Naturaleza, y el tártaro y la disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, ó mejor dicho, Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco.»

Después de dar breves instrucciones, se retiró. Pepa se había quedado muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso á rezar, estuvo en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y vió á Pepa junto á él.

«¡Qué día y qué noche has pasado!--le dijo ésta.--Horas de ansiedad, de muerte, y después de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras, ¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la tuya...

--Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no puedo explicarme. Paréceme una aberración, una locura.

--¡Locura!... eso no. Yo quiero que ames á mi hija. Mira, León: si vivo mil años no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidaré será aquel momento, que fué el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con fuego.

--No sé qué dices.

--Ni yo tampoco--replicó la de Fúcar inclinándose hacia León.--Creo que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué aberración ó desquiciamiento... ¿Pero es verdad que tengo á mi hija?... ¿es verdad que conservo á este ángel para que me acompañe en mi soledad?»

Miró á la niña, y acercándose despacio la besó en la frente con mucho cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el amigo, éste pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa.

«Estás muy excitada--le dijo.--Debes acostarte y dormir un poco. ¡Pobre madre! Has padecido mucho desde anteanoche.

--Mucho--repitió Pepa.--He padecido mucho; pero no ha sido sólo ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer.

--Cálmate... tienes calentura.

--Pues como te decía--indicó la dama pasando bruscamente de una indecisión sombría á una claridad sonriente,--no olvidaré jamás aquellas palabras... «Señor, que no se muera Monina. Es lo que más amo en el mundo.» ¡Lo que más amas en el mundo!»

León bajó los ojos.

«Yo agradezco mucho que quieras á mi hija de ese modo--dijo Pepa pronta á llorar.--Al fin no soy yo sola quien la quiere... Eres un buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un secreto que no cabe en mí, y decirte que...»

Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó con abundantes lágrimas. El no decía nada. Sentía el peso de aquella cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas, y callaba torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama lloraba sobre una piedra.

Un sentimiento de dignidad ó de pudor estalló súbito en el alma de Pepa. Incorporándose ruborizada, lanzó una exclamación que parecía significar: «¿Qué estoy haciendo?... ¡Esto es un escándalo!»

«Pepa--dijo León estrechándole cariñosamente una mano.--Tu niña se ha salvado. Yo me retiro.»

En aquel momento sorprendióles una voz fresca, argentina, angelical, una voz del cielo que gritaba: «_Mama, mama..._»

Pepa se la comió á besos. Monina resucitaba, pedía _chicha_ (carne), _melutita_ (merluza), _bichichi_ (roast-beef), _cayamelo_ (caramelos), _panimiteca_ (pan y manteca), todo junto, todo á un tiempo, todo en gran cantidad, y después de esto, no sabiendo más nombres, pedía _cosas_. Con esta palabra compendian los niños su insaciable deseo de posesión. Es el vocablo sintético de su codicia y de su gula.

VI

El Marqués de Fúcar recibe nuevos favores del Cielo.

Desde entonces la enfermedad de Ramona no ofreció cuidado, y conocido en Madrid el buen término de ella, llenóse el palacio de amigos que corrían á felicitar como antes habían ido á compadecer. Hay gentes que viven así, felicitando y compadeciendo todo el año, y que se morirían de tedio si no hubiera muertes y bautizos, carruajes y tarjetas.

León partió á Madrid cuando los blasonados coches empezaban á entrar en el parque de Suertebella. A medio camino volvió para advertir que no olvidara de dar á la convaleciente una medicina que ordenó el médico. Esto le inquietaba tanto, que en todo el día no cesaba de decir para sí: «¡Si la levantarán antes de tiempo... si no la abrigarán... si echarán demasiado cloral en el jarabe... si le darán golosinas...» Aquella tarde despachó en su casa varios asuntos, hizo luego algunas visitas indispensables, y por la noche se retiró temprano. No vió á su mujer, ni su mujer hizo por verle á él. A la mañana siguiente tomó el camino de Suertebella, donde una grata sorpresa le esperaba. El Marqués de Fúcar acababa de llegar, acompañado de un ilustre extranjero, el Barón de Soligny, el gran _Fúcar_ de la nación vecina; hombre que andaba olfateando las naciones en busca de esos negocios enormes, fáciles, que nacen más espontánea y frondosamente en el seno de los pueblos desgraciados. Del mismo modo crecen ciertos árboles en los terrenos muy cargados de basura. No tardaría en venir de Madrid el Sr. D. Joaquín Onésimo, ya Marqués de Onésimo, llamado á toda prisa por Fúcar para conferenciar sobre el proyectado empréstito nacional.

León encontró al Marqués muy pensativo y un si es no es preocupado, vacilando entre la tristeza y la alegría, cosa difícil de explicar, porque los negocios más arduos no alteraban jamás la pasta dulce y blanda de aquel carácter enteramente mundano. Al hablarle de la enfermedad de Monina y de su milagrosa curación, D. Pedro, que amaba entrañablemente á su nieta, se mostró muy gozoso; después miró al suelo, frunciendo ligeramente el ceño, se sonrió un poco, volvió á ponerse grave, y tomando á León del brazo y llevándole á otro aposento, le dijo:

«Hay que preparar á Pepilla para una mala noticia.

--¿Mala noticia?

--Sí; y digo mala por... qué sé yo por qué. Realmente, la noticia de una muerte, quienquiera que el difunto sea, es una noticia deplorable.»

Y el Marqués revolvió sus bolsillos llenos de papeles, sobres de cartas, tarjetas, todo cubierto de números trazados rápidamente con lápiz en el vagón, en el hotel, en el coche.

--Aquí está el parte... Es un acontecimiento terrible: el naufragio de un vapor americano entre Puerto Cabello y Savanilla... Los periódicos de aquí no han dicho nada todavía; pero mi corresponsal de la Habana... ¿Ves el telegrama?... vapor _City of Tampico_.»

León palideció al leer.

«De modo que Pepa...

--Pst... silencio... Puede oir, y no está preparada. Efectivamente, mi hija se ha quedado viuda.»

León Roch estaba perplejo.

«Aquí, en confianza de amigos--dijo Don Pedro acercando sus labios al oído del joven para hablarle secretamente,--aparte de lo lamentable de la catástrofe, es una suerte, para mi hija y para mí. Si Federico vuelve á Europa, acaba con ella y conmigo. Parece que Dios ha querido resolver de un modo trágico y brusco la situación comprometida en que mi querida hija se puso y me puso á mí casándose con ese perdido, jugador, falsario. Aquí tienes un capricho de la niña que á todos nos salió muy caro. Mira, León, hazme el favor de cerrar esa puerta para que podamos hablar con libertad: me carga el secreteo.»

León cerró la puerta.

«Usted--dijo éste,--es el más á propósito para darle la noticia.

--No habrá más remedio... Entre paréntesis, no creo que el dolor de Pepa sea muy grande, ni aun creo que sea un dolor pequeño... será más bien una sorpresa dolorosa... menos tal vez. Aquí entre los dos (y diciendo esto bajó mucho la voz, á pesar de estar la puerta cerrada), yo creo que Pepa quiere á su marido lo menos que se puede querer á un marido: ¿me entiendes tú? Puede ser que sus sentimientos hacia ese chalán de alto vuelo corran parejas con los míos, y yo no oculto á nadie que le aborrezco, que le aborrecía con todo mi corazón... Pepitinilla no derramará muchas lágrimas... ¡qué demonio! es muy posible que no derrame ninguna...»

El Marqués se frotó las manos una contra otra, como hacía siempre que remataba un gran negocio. ¡Ah! la Hacienda pública temblaba en lo profundo de sus arcas hueras cuando sentía aquel fregoteo de manos.

«Ha sido una suerte, una verdadera suerte para ella y para mí--repitió cual si hablara consigo mismo.--La Providencia nos ha salvado... ¡Ah! ¡vampiro! No te contentaste con saquearme en Madrid, sino que levantaste todos los fondos de mi corresponsal de la Habana. No te contentaste con falsificar aquellas letras para sacarme los treinta mil duros que tenía en Londres en casa de _Fergusson Brothers_, sino que cuando te enviamos á Cuba aún abusaste de mi nombre... ¡Maldito, execrable juego! Pero Dios castiga... Dios no consiente que los pillos...»

Con un puño cerrado machacaba en la otra mano abierta. Después, como si volviera en sí, recordando el deber que imponían la dignidad humana y la caridad, dijo:

«Pero ha llegado el momento de perdonar. Yo perdono de todo corazón. Su castigo ha sido terrible. ¡Qué espantosos son los incendios de esos buques americanos! Después que los hacen de madera, tienen la poca aprensión de cargarlos de petróleo... Ya se ve... En el incendio y naufragio del _City of Tampico_ no se salvaron más que dos grumetes y un cuákero loco. Federico se había embarcado en él para ir á Colón con objeto de pasar á California, tierra propicia á los aventureros; había sacado de la Habana todos los fondos que tengo allí... ¡Qué sabiamente atajó la Providencia sus criminales pasos! Luego diréis los librepensadores que Dios es demasiado grande para mezclarse en nuestras miserias. Yo digo que se mezcla, yo digo que se mezcla, ea... Conviene no exagerar: no sostendré yo que Dios esté siempre atento á tanta cosilla como se le pide. Ya ves, mi hija llenó de velas de cera la casa cuando Moninilla estaba enferma... Se expidieron memoriales á todos los santos. Ya tendrían faena los de arriba si hicieran caso de las madres siempre que un chico tose ó tiene calentura. Pero los grandes crímenes, las grandes estafas... ¡oh!...»

León no quiso decir nada sobre aquella donosa interpretación de los trabajos de la Providencia.

«En fin--añadió Fúcar,--bastante ha deshonrado mi nombre, bastante ha mortificado á la tontuela de mi hija... Séale la tierra ligera, séale el agua ligera... Hay una cosa que nunca he podido comprender, que siempre, siempre, siempre será un misterio para mí.

--Lo adivino--indicó León prontamente.--El por qué se casó Pepa con Cimarra. Ella es bondadosa, tiene ingenio, sensibilidad. Federico fué siempre un perdido sin corazón, y bastaba hablar con él media hora para comprender la podredumbre y el vacío horrible de su alma.

--Exactamente... ¡Ah! Yo reconozco que eduqué mal á mi hija. Pepa ha variado mucho: lo que yo no supe hacer, lo ha hecho la desgracia. Pero hace cuatro años era tan caprichosa... en fin, tú bien la recuerdas... Verdaderamente, sin su buen corazón, sin aquel corazón de oro, mi hija hubiera sido una calamidad, lo reconozco... ¡Pero qué alma la suya, qué sentimientos tan elevados, qué manantial de ternura bajo las apariencias de versatilidad y mimitos que no eran más que las burbujas, las burbujas, no encuentro otra palabra, de su espíritu rico en dones morales! Te digo una cosa que es para mí como el Evangelio. Mi hija casada con un hombre de bien, discreto, agradable, á quien ella hubiera amado de veras, habría sido la mujer por excelencia, habría sido modelo de esposas, de madres...

--Lo creo,--dijo León poniéndose sombrío.

--Y al considerar esto--añadió Fúcar cruzando los brazos sobre el pecho,--me explico menos su preferencia por Cimarra, y digo preferencia, porque no encuentro otra palabra; ni se justifica su casamiento por el efecto que hace siempre en las mujeres una buena figura; y aunque Cimarra era lo que se llama un hombre hermoso...

--Seguramente.