La familia de León Roch, Tomos 1 y 2
Part 14
--¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y dureza? ¿Qué ofreces tú sino una paz parecida á la de los sepulcros, la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? ¡Si en tí no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye el amor verdadero...! No hables de paz tú, que te has revuelto contra mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un fanatismo feroz... porque me haces el efecto de una arpía que en vez de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente diabólica me has emponzoñado.
--¡Oh!--gritó María dándose apariencia de mártir;--insúltame á mi todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes.
--Yo no blasfemo; yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro matrimonio un grillete de presidiarios. ¡Tú, María, tú! Parece que no es nada, y sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos, tú creías á tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías... Es tan grande mi respeto á la conciencia ajena, que no traté de arrancarte tu fe; te dí libertad completa; jamás me opuse á tus devociones, ni aun cuando empezaron á ser exageradas y á enturbiar la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos, hace siete meses, aquí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer; no sólo me martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; á veces hasta llegué á someterme un poco á tu ardiente capricho; pero tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio fanatismo, y ya sabes que me fué imposible. He luchado tenazmente contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está deplorablemente sometido á una atracción poderosa, irresistible, y vive sujeto á influencias obscuras que yo no puedo vencer. Hay en la sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atan, y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste, muy triste: no hay esperanza.»
María estaba tan impaciente de hablar, que antes que él concluyera dijo:
«También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo fuí criada en la religión divina y me enseñaron á practicar mi fe sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte. Pronto empecé á comprender que al enamorarme de tí había cedido á un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus sabidurías eran muy sospechosas; que á tu lado y dejándome influir por tí y tus pestilentes ideas, podría llegar á ser muy desgraciada y á perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah! no puedes negarme que en la libertad que me dabas había cierto desprecio. ¡Sonreías de un modo cuando yo te hablaba de mis devociones...! Pero, en fin, así íbamos pasando. Un día me dije: «Soy una tonta si no le convierto. ¿Por qué no he de encender luz en esa alma apagada?» ¡Oh! entonces me diste á entender que yo era una loca, me diste á entender que éramos locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los dogmas sagrados. Tú me decías: «Deja las cosas como están, mujer, que cada cual se salvará como pueda.» Esto me enojaba y me hacía llorar, porque no hay, no hay, repito mil veces que no hay más que una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo que yo llamo Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía de aquel serafín, á quien Dios permitió que viniese á mi lado por unos días para dirigirme por el camino del cielo... Veo que te irrita este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos días, cuando la presencia sola de mi hermano era para tí un motivo constante de remordimientos.»
León no contestó á su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su cariño.
--Yo también sentí entonces remordimientos, ó mejor dicho, dolor muy vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme á aquel ángel, en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada á un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi alma en un fuego celestial, puro, muy distinto por cierto de estos nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del cielo oí, qué cosas imaginé, qué apariciones ví, qué ansiedades sufrí, qué afanes de ser miserable en la tierra para ser dichosa en el Cielo! ¡Qué ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel gozo santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano Luis! Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me parecía, no sé si en sueños ó despierta, resplandeciente de dicha y hermosura; llamábame á su lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida... Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque estás ligado á la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo. ¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la Naturaleza que nada le importan á nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre! ¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien pidiese á Dios misericordia para él, para él, que no la merece!
--Gracias,» dijo León secamente; y como su mujer se le acercara, apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo.
El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios.
«Tu ironía--declaró la esposa,--no me hará retroceder ni vacilar. Sé que tu rebeldía concluirá: me lo dice una voz secreta de mi corazón; me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi abogado, mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo; me lo dice todo lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo... Señor--añadió elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no tenían la refinada pulcritud de otros tiempos,--sálvale, sácale de la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo á tu gloria, hazle aborrecer sus condenadas doctrinas.»
Siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras:
«Has de venir á pedirme perdón; te arrojarás á mis pies; me has de rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe á rezar; te arrastrarás como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que se te ensucien las manos; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo, con la penitencia... Sí, tú has de salvarte; mis santos patronos no podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te perdonará, te llamará á sí por mi conducto... ¡Oh! qué triunfo tan grande, qué victoria!»
Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida, exclamó:
«¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!»
Mirándola salir, León callaba. El largo padecer iba haciéndole estóico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que éste parecía convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el piso. Parecía decir: «Ya no más, ya no más».
IV
El mayor monstruo, el crup.
Por la mañana muy temprano, León se dirigió en su coche á Carabanchel. Era el aire fresco á causa de la lluvia que no había cesado de caer en toda la noche, y el fango del suelo, como un espejo turbio, reproducía suciamente todos los objetos. Trabajadores de varias clases y carreteros que blasfemaban como señoritos (valga la inversión de los términos de este símil), transitaban por el puente y el camino, cruzándose con arrieros de Fuenlabrada y hortelanos de Leganés ó Moraleja. Por allí arrojaba también Madrid, en aquel amanecer triste, algunos de sus muertos pobres, que eran llevados en hombros hacia San Justo ó Santa María.
Pasado el primer Carabanchel, León traspasó la verja de una magnífica finca, situada en el segundo Carabanchel ó Alto. La posesión de Suertebella es una de éstas que el capital abundante y la paciencia han hecho en las proximidades de Madrid, y sostiene digna rivalidad con las célebres Vista-Alegre, Montijo, Alameda de Osuna, Bedmar en Canillejas. Tenía extenso y frondoso arbolado de olmos, acacias, gleditchias, soforas, con su gran planicie de costoso césped, donde se veían gallardas sequoias, nísperos del Japón, magnolias y otras especies exóticas; magníficas estufas llenas de fucsias y gomeros, helechos arborescentes, cactus y araucarias; corrales poblados de castas diferentes de gallináceas; cuadras donde los caballos vivían como caballeros; establos y pajarera, sin que faltase un poco de ría para pasear en barquichuelo, un tiro de pichón, gruta, estanquillo de piscicultura, hasta algo de ruínas con su imprescindible pincelada de hiedra y musgo.
El palacio, aunque construído de prisa con ladrillo y revoco, era suntuoso y elegante, sobre todo en su parte interior, donde una mano pródiga y muy ducha en elegir reunió cuanto de rico, raro y bonito producen las artes suntuarias de nuestros días. Era de planta baja, constituído por larga serie de grandes salones en fila, decorados primorosamente. Quien haya visto las viviendas de la aristocracia bancaria, comprenderá que no faltaba el salón árabe, obra delicada de Contreras, ni el japonés, ni el gótico-sajón, ni menos el obligado Luis XV. El Marqués de Fúcar se pirraba por todo lo que fuera _carácter_, y la cosa más bella del mundo no era de su devoción si no estaba absolutamente impregnada por todos los cuatro costados de aquella calidad, que hacía decir: «¡Oh! vean ustedes qué _carácter_.»
León atravesó uno tras otro aquellos salones anchos, solitarios, vacíos de gente, lúgubres, vestidos de seda como príncipes amortajados, y en su grandiosa capacidad parecía que alguna enorme boca bostezaba. Las alfombras, cuya blandura habrían envidiado los colchones de algunas casas, apagaban sus pasos; los ricos bronces cincelados, que todavía olían á embalaje, y el barniz de los cuadros de almoneda, reflejaban fugitivos rayos de luz, y algún reloj decía su monólogo impertinente, turbando el silencio de aquellos antros cubiertos de joyas. Vió retratos históricos que fruncían el ceño; figuras _poussinescas_ de risueños colores que bailaban en los tapices con pastoril juego; Cristos de extremada amarillez cadavérica en brazos de la Madre Dolorosa; centenares de torerillos, mujerzuelas y chulos de los que crea la moderna escuela menuda de España, y que tanto gustan á los aficionados de hoy; barros graciosísimos y acuarelas representando escenas un tanto libres; gordinflonas ninfas de Rubens y flacos corceles de _turf_ retratados con tanto esmero como se retrataría á Cavour ó á Lord Byron; preciosos gatitos de porcelana, que hacían mimos en el borde de un jarro, y jardineras sostenidas por horrendos hipopótamos, grifos ó cosa semejante.
Vió también criados en cuyo semblante se pintaba la consternación, y criadas que tenían los ojos encendidos de llorar. Algunas palabras rápidas y angustiosas le pusieron al corriente de la situación. Vió después que delante de muchos santos ardían velas primorosas, tan bonitas que parecían hechas por manos de ángeles, y oyó rezos y llantos. Por último, llegó á donde estaba el centro de tanta tristeza, una cámara silenciosa, fúnebre, medio á obscuras. Se acercó, cual si en ella estuviera pasando el hecho más transcendental de la historia humana. Lo que allí pasaba era un dramita, la muerte de un sér pequeño, una catástrofe menuda de esas que no tienen ningún eco en el mundo, porque no le arrebatan ni hombre grande ni mujer útil, pero que llenan de congoja y turbación á las familias. En pos de aquella muerte no vendría orfandad, ni viudez, ni ruínas, ni herencias, ni trastornos, ni siquiera luto; no habría sino un episodio más de la eterna hecatombe de chiquillos con que la Providencia, matándoles en la puerta de la vida, llena de aflicción á las madres. Creyérase que necesita recortar todos los días á la raza humana, codiciosa de crecer demasiado.
Pepa, vestida aún con el traje que llevó á los toros, habíase arrojado en una silla, las manos cruzadas, la mirada atónita. Su desesperación silenciosa causaba vivísima pena á cuantos estaban allí, y los que no podían contenerla se salían fuera á llorar. Junto á ella estaba el lecho, tan bonito, que las hadas no lo fabricaran mejor con sus dedos maravillosos. Era como una canastilla de cañas de oro destinada á ostentar las flores más delicadas: sus cortinas blancas con lacitos de rosa y encajes eran de tanta gracia y belleza, que no las desdeñarían los ángeles para jugar al escondite entre sus pliegues. León se acercó hasta ver la cabeza de la moribunda, que hundía suavemente con su peso la almohadita llena de rizos dorados y de lágrimas.
León sintió escalofríos de pavor y como un puñal partiéndole el corazón al ver á Monina con la cara lívida y descompuesta, los labios violados, los ojos muy abiertos, pestañeantes y lagrimosos, el cuello entumecido, tirante, hinchado por el infarto de los ganglios, y padeció más al oir aquel gemido estertoroso, que no era tos ni habla, sino algo semejante á voz de ventrílocuo, una nota aguda, desgarradora, agria como chirrido de un pito en boca de un demonio y parecida á la inflexión del canto de un gallo, de donde viene, según algunos, el nombre de _crup_ (crow). La vió contraerse sofocada, llevándose los dedos al cuello para clavárselos, con ansia de agujerearse para dar paso al aire que faltaba á su garganta obstruída. ¡Espectáculo horrible! La muerte de un niño por estrangulación, sin que nadie lo pueda evitar, sin que la ciencia ni el cariño materno puedan distender la invisible garra que aprieta el cuello inocente antes blanco como lirio y ahora cárdeno como un pedazo de carne muerta; aquella vida pura, inofensiva, amorosa, angelical, que se extingue de manera trágica, con las convulsiones del criminal ahorcado y el espanto de la asfixia, es uno de los más crueles ejemplos del dolor inexorable que acompaña, como prueba ó castigo, á la vida humana.
En aquella agonía sin igual, Monina volvía sus ojos acá y allá y miraba á su madre y á los criados, como pidiéndoles que le quitasen aquella cosa apretadora, aquella _pupa_ más terrible y dolorosa que todas las _pupas_ posibles. ¡Bárbaro drama de la Naturaleza!
Inmensa era la desolación. Los corazones manaban sangre. Ya de tanto padecer, ni siquiera se lloraba. Por la mente de todos pasaba como relámpago infernal una idea sacrílega: la idea de que no hay, de que no puede haber Dios. León no sabía qué decir, y por un instante sus ojos, aturdidos como los de un insensato, vagaron de la hija á la madre y se fijaron en cosas insignificantes, en el velador lleno de medicinas, en los juguetes sembrados por el suelo, muñecas sucias y sin vestir, caballos sin patas y gatos sin cola. Todos parecían tener en sus caras de pasta tanta expresión de desconsuelo como los seres vivos.
El examen de Monina y el del semblante de Moreno Rubio, que no se apartaba de allí, indicaron á León un desenlace funesto. Pepa le miró llenos de lágrimas los ojos, y con dolor profundo, sin bulla, sin declamación, pudo tartamudear estas palabras:
«¡Se me muere!»
León, por decir algo, afirmó que no había motivo para tanto. Pepa añadió:
«No hay esperanza... Moreno Rubio ha dicho que no hay ya esperanza... que ya...»
No concluyó la frase, porque acometida de una congoja, derramó lágrimas sin fin.
La pena que sentía León era para él desconocida, pena grande y nueva que había estallado y caído sobre él como rayo del cielo. Había conocido á Monina algunos meses antes y encontrado en su angelical travesura placeres inefables. Esto solo no bastaba quizás á explicar que le hirieran tan en lo vivo el padecer físico de una niña que no era su hija, y el dolor de una madre que no era su mujer.
Para que el _crup_ sea más cruel, tiene sus traidores descansos, precursores siempre de una crisis mayor. El infame afloja su dogal para que la víctima respire y vea cuán bueno es el aire, cuán dulce la vida. Después vuelve á apretar hasta que concluye todo. Cuando pasa un violento acceso de tos, suelen venir lo que los médicos llaman falsas mejoras. Bajo la acción del tártaro entibiado, Monina logró expulsar algo de las falsas membranas que se le habían formado en las amígdalas, en la epiglotis y en la laringe. Aliviada un tanto, respiró con holgura y movió con viveza y animación sus ojos. Movimiento general de esperanza y alegría. Pepa acudió á cubrirla y á arreglar su ropa, porque con la violencia de la tos se había desabrigado. Cuando Monina vió á León, gimió con ese lloro displicente y mimoso que emplean los chicos enfermos si ven alguna persona al lado de su madre ó de la enfermera que los cuida.
Es esto en ellos el lenguaje de la envidia, uno de los primeros sentimientos de la criatura en la tierra.
«Alma mía... es León... ¿no le quieres? Pues que se vaya. Vete de aquí, bribón.»
Se oyó un débil gemido que decía:
«_Bibón._
--Vete, vete... Voy á castigarle. Hija mía, escupe.»
Pepa le puso la mano en la boca, y Monina, cerrados los ojos, movió los labios para escupir en la mano. Después parecía delirar y decía: «Más, más, más.»
Es la palabra que nunca sueltan de la boca los chicos cuando les están enseñando un libro de estampas, ó pintando muñecos, ó haciéndoles algo que les entretiene. Como nunca se satisfacen, no cesan de pedir más y más. Después, siguiendo en el delirio, hizo un movimiento cuya vista produjo en todos agudísimo dolor. Fué que extendió una mano fuera de las almohadas, cerrando y abriendo el puño como cuando se amasa algo. Así saludan ellos cuando se despiden. Era un ademán de gracia que en aquel momento era un gesto trágico. Transcurrido un minuto, reapareció con más fuerza la tos seca y metálica, la estrangulación, la desesperación convulsiva de la pobre niña y el alarido agudo, semejante el canto de un gallo. El que oye aquel son, cree que una aguja candente le traspasa el cerebro. La niña se ahogaba, se moría. Pepa dió un grito y cayó al suelo sin sentido.
La llevaron á su habitación. León se quedó junto á la niña. ¡Cuántas cosas pensó en un minuto, en un solo minuto! Él mismo se maravillaba de que la pena que sentía fuera bastante grande para llenar por entero su alma, como si la pobre Monina representara todo la que el mundo contiene de risueño é interesante. Después de la muerte de su padre no había notado él que su espíritu se aferrase tan fuertemente á un sér querido en el momento último. Ningún parentesco tenía con la madre ni con el padre de Monina, y sin embargo, sentía lo mismo que si aquel morir doloroso le arrebatara algo que era suyo, muy suyo, íntimamente suyo. Sin duda la madre y la hija se confundían en aquel sentimiento de compasión inmensa, entrañable, que ocupaba su alma, no dejándole hueco para ningún otro sentimiento.
Pocos meses antes del ataque de _crup_ había intimado con Monina, entablando con ella esas amistades que jamás son desinteresadas por la parte menuda, pues exigen frecuentes visitas á la Mahonesa y á casa de Schropp[A]. Muchas veces le aconteció abandonar quehaceres graves sólo por ir al palacio de Fúcar á jugar con la chiquilla. ¡Era tan linda, tan alegre, tan vivaracha, tan sabedora; era tan elocuente y expresiva su media lengua sin gramática!... hacía observaciones tan agudas y mostraba tanto despejo y gracia, junto con tanta amabilidad y dulzura... De poco tiempo databa su amistad; pero en este corto período León había jugado con Monina en todos los juegos de que es capaz un hombre con barbas; habíala paseado en sus brazos; había intentado enseñarla á bien decir, á hacer limosnas, á perdonar las ofensas, á compadecer á los pobres, á no castigar á los animales, á obedecer á su mamá, á responder derechamente á las preguntas, á no llorar sin motivo. Por su parte, él se había acostumbrado á verla sonreir, y difícilmente podía pasarse ya sin aquella sonrisa. ¿Y cómo no adorar tan hermoso lucero, si él estaba rodeado de lobregueces? Monina tenía dos años y un mes; su nombre derecho era Ramona, por su abuela materna la difunta Marquesa de Fúcar. Poco á su madre se parecía porque era muy linda, rubia, con ojos y mirar de querubín, toda seducciones la boca parlera, de cuerpo esbelto y desarrollado, inquieta y saltona como un pájaro. Aquel picoteo suyo haciendo regulares todos los verbos (con lo cual reconstruyen los chicos el lenguaje), seducía. Y si le entraba la comezón de no estar quieta en ninguna parte, circulando como mariposilla y zumbando como abeja, los ojos mareados no podían apartarse de ella. El juego encendía auroras en sus mejillas; la vida parecía rebosar en ella de tal modo, que hablando reía, y andando volaba, y pidiendo castigaba, y enredando decía alguna frase pasmosa, de esas frases absolutamente lógicas con que los niños asustan á los sabios.
[A] Bazar de juguetes que ya no existe.
¡Qué espantosa transformación! El término de un día había bastado para hacer de aquel conjunto hechicero de inocencia y hermosura un miserable cuerpo enfermo. Bien pronto, de la pobre Monina no quedaría en la tierra más que un objeto marchito un envoltorio ajado y desagradable del que se apartarían los ojos con pena... Esta idea atormentaba á León de tal modo, que no podía resignarse á ella. No, Monina no debía morir: á él le hacía falta aquella preciosa vida. ¿Por qué? No sabía por qué; sólo sabía que en lo más íntimo de su sér había una fibra, un nervio, un hilo doloroso, fijo, clavado, del cual tiraba Ramona al quererse partir para el cielo. Días antes, el tal sentimiento le había parecido superficial, ligero y sin consecuencias; aquel día lo encontraba adherido con fuertes raíces, que si se rompían, ¡ay! arrancarían un pedazo muy grande de su alma.
Pasados unos minutos de meditación, habló con el médico. La invasión de la _difteritis traqueal_ era tan violenta, que no había esperanzas de vida. La niña, según Moreno Rubio, no vería la luz del día siguiente. No había señales de que el tártaro determinase la acción sudorífica y detersiva; que si las hubiera, podría esperarse algo. Atento á cumplir con su deber, Moreno Rubio dispuso aplicar la disolución cáustica sobre la mucosa enferma. Un rato después se vió que el resultado era nulo.
«¿No hay otra cosa?--dijo León, que parecía un muerto.
--El mercurio en fricciones.»