La familia de León Roch, Tomos 1 y 2

Part 12

Chapter 123,870 wordsPublic domain

León había caído en la somnolencia dolorosa á que llega después de los primeros paroxismos una pena profundísima que, no pudiendo salir á la superficie, corre muy honda por los cauces del alma. Alguien más estaba allí. ¿Quiénes eran los que sentados en derredor formaban como un cónclave terrible? Eran Arcturus, Aldebarán, Vega, la Cabra, Orión, la coqueta Antares y el soberano Sirio. En su delirio vió León que él mismo se levantaba arrebatado de coraje y violencia; que corría derecho hacia el delgado maniquí negro; que sin intimación lo asía en sus brazos, gritando: «¡Insecto, has venido á robarme mi última esperanza! ¡Muere, pues!...»

Y el insecto acogotado le dirigía una mirada de indefinible dolor gimiendo entre los duros brazos, y su débil armazón se quebraba, crujiendo como una cáscara de nuez que se rompe. «¿Quién te ha llamado á gobernar el hogar ajeno?--le decía León ciego de ira y haciéndolo astillas.--¿Quién te autoriza á quitarme lo que me pertenece?... ¿Quién eres tú?... ¿De dónde has venido con tu horrible orgullo disfrazado de virtud?... ¿De qué te vale el desollarte vivo si no tienes verdadero espíritu de caridad?...» Y el pobre insecto espiraba con contracciones dolorosas, cerraba los ojos para siempre, y parecía que sus ajados labios decían: «muero.» León, poseído de una cólera delirante, le apretaba más, y la víctima menguaba entre sus brazos: ya no era más que un negro manojo de zancas secas, de manos estrujadas y un caparazón roto como el juguete de papel en manos de un niño... Pero de pronto las estrellas prorrumpen en espantosa risa, y huyen buscando cada cual su sitio en el Cielo, el desbaratado cuerpecillo se deshace de los brazos asesinos, se transfigura, se engrandece, se torna de humilde en poderoso, de mezquino en fuerte; vésele alzarse y elevar la frente rodeada de luz, extender de su cuerpo negro alas esplendorosas, alzar del suelo los pies blancos y desnudos sin un grano de polvo de la tierra, y levantar el brazo formidable y musculoso, cuya mano empuña una espada de fuego.

León echa mano al cinto. También él tiene su espada de fuego, y la saca blandiéndola en el aire con amenazadora presteza.

«¿Menguado, crees que te temo?

--¡Atrás, impío!»

Y entre los dos, iluminado su bello rostro por el resplandor de las espadas, apareció María, mundanamente bella, mal veladas sus gracias voluptuosas, los ojos encendidos de amor, la boca fruncida por un mohín de mojigatería.

«¡Colegial, déjamela! ¿no ves que es mía, no ves que la amo?

--¡Atrás, impío!»

* * * * *

«¡Oh! ¡qué necia estupidez!» exclamó León pasándose la mano por su frente cubierta de sudor frío y desechando la obsesión terrible.

Claramente oyó entonces la voz de su mujer que le llamaba. Aquel _León, León_, sonaba en su cerebro como una campana tocando á rebato. Levantóse, y lentamente, sin precipitación, con una parsimonia cruel y en cierto modo vengativa, se dirigió al jardín.

XXII

Vencido por el ángel.

«No, no es nada--murmuró Luis Gonzaga, cuando vió cerca al marido de su hermana--Una congoja algo más fuerte que las demás. Mañana...»

León le miró sin tocarle, á dos pasos de distancia, mudo, sombrío, y acordándose de su pasada obsesión, tuvo miedo de sus sentimientos.

«No--dijo para sí:--no es más que antipatía, que se ahogará en lástima, porque este desgraciado se muere.»

Luis tomó la mano de su hermana, y con voz débil, incorrecta, desigual, entre solemne y festiva á causa del súbito calenturón fulminante que le devoraba, le dijo:

«El mayor peligro á que estarás expuesta, será que te propondrán transacciones, acomodamientos... Prevente contra este lazo de la impiedad, que es una trampa cubierta de rosas, hija mía. No: entre el creer y el no creer no hay arreglo posible. ¿Concibes tú reconciliación entre el salvarse y el perderse para siempre? No hay término medio entre lo temporal y lo eterno. Huye de los arreglos, no cedas ni un ápice de tu firme y glorioso terreno. No se puede ser religioso á medias. El que deja de serlo por completo, ya no lo es. Nuestro Señor ha querido que esta obra admirable sea tal, que el que de ella quitase la más mínima parte, al punto queda fuera de ella... Cuida de evitar la pérfida trampa... Es el tema predilecto del siglo, y ha lanzado más almas al infierno que la misma impiedad... Acuérdate de mí, piensa en mí, tenme presente, no olvides que he venido á salvarte, á llamarte al camino de la verdad y á morir en tus brazos para que mi memoria sea más duradera. Dios nos envió juntos al mundo, y juntos nos quiere ver alabándole al pie de su trono de gloria. María, María...

--Sosiégate, hermano, sosiégate,» dijo María aterrada y llena de angustia.

Luis abrió los ojos con viveza, y mirando á León dijo con desvarío:

«Me parece que aquí hay alguien. María, ¿no es un hombre lo que veo?

--Es León, es mi marido... Llamemos al instante al médico... ¿no te parece, León?... Los criados, ¿dónde están?...»

María corrió á llamar; pero su hermano la detuvo, asiéndole fuertemente el brazo.

«No me dejes solo...--murmuró.--Has dicho que tu marido... Dios mío, Dios mío, ¿qué idea es ésta que me turba?... ¿Es escrúpulo pueril, como tantos que me han mortificado, ó movimiento de la conciencia? Dime tú, ¿qué es?... ¿Está aquí León?»

Marido y mujer callaron.

«¡Qué idea!... ¿Le habré ofendido? No: he dado á mi hermana los consejos que me dictaba mi piedad. Dios ha hablado dentro de mí. Dios, Dios... Es escrúpulo; pero aun los escrúpulos deben atenderse. ¡Ah! ¿está aquí el buen Paoletti?»

Sus ojos extraviados se fijaban en aquel momento en León.

«Padre Paoletti, ¿habré ofendido á mi cuñado?»

Después, como si hubiera oído una respuesta, añadió:

«Es verdad, no puedo haberle ofendido; y por si le ofendí, mañana le llamaré á mi lecho de muerte y le pediré perdón. Al mismo tiempo repetiré á María las advertencias.

--Llevémosle adentro,--dijo León.

--Llamemos á los criados,» murmuró María balbuciente.

El enfermo apartó los brazos de su hermana cuando se dirigían á acariciarle, y con voz muy torpe dijo:

«Dejadme aquí... Siéntate á mi lado.»

María se sentó. Sus cabezas casi se tocaban.

«Mañana, mañana, cuando haya recibido al Señor en mi humilde morada, le entregaré mi alma... ¡Pero qué frío hace! Está nevando, ¿no es verdad?»

Revolvió una mirada atónita por todo el espacio.

«No brillan las estrellas--murmuró con un ronquido.--¡Obscura noche, precursora del día claro y grande! Mañana, hermana, mañana pediré á todos perdón y me dormiré en el seno del Señor... Si vieras qué bien me encuentro ahora... qué dulce reposo siento... Pero me da pena... temo que esta mejoría alargue mi vida... Yo no quiero salud, yo no quiero estar mejor, yo no quiero sino dolores, ansiedad, ahogarme, estremecerme y morir... Este bienestar que ahora... siento...»

Su cabeza se fué inclinando lentamente del lado de su hermana, hasta que cayó sobre el hombro de ésta, como si le rompieran las vértebras del cuello. Cerró los ojos, de sus labios salió leve suspiro, y se murió como un pájaro que se duerme.

«Se fué,» dijo León examinándole.

María abrazó á su hermano y sostuvo el cuerpo que pesadamente se inclinaba hacia la tierra, y cuando los criados, acudiendo á las dolorosas voces del ama, trasladaron al muerto á su lecho, María le besó ardientemente inclinando su cabeza sobre el cuerpo rígido. León, no convencido aún del fallecimiento, acudió á tocarle las sienes, el pulso, á intentar la prueba del espejo. Incorporóse María enérgicamente, y rechazando á su marido con el nervioso gesto, con los ojos llenos de terror y de lágrimas, con la voz apasionada y furibunda, exclamó:

«¡Malvado! ¡No le toques, no le toques!»

Madrid, Mayo-Junio 1878.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

I

Si el tiempo lo permite.

El cielo estaba en revolución, ni limpio ni obscuro, por un lado azul y risueño, por otro ceniciento y torvo. Creeríase que en él iban á dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y disputándose palmo á palmo el campo azul. El sol, neutral en esta disputa, alumbraba á ratos la tierra, y á ratos se escondía dejándola en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde como la mayor parte de las de Marzo y Abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y no haciendo nada, antes que á remojar botas atendiendo á levantar faldas y á arrebatar sombreros.

La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella era sombra. Más triste que nunca era entonces la alta armazón de hierro pintado de color de plomo, arquitectura industrial que no se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público el aspecto de una congregación de personas sensatas reunidas en patriótico _meeting_, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira, deleite, frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra ó drama está en el redondel.

Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo, algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la gran mancha obscura del público, y los abanicos animaban con su constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos de sombra, y especialmente el célebre número 2, centro de muchachos alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso, con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más claros los de sol, daban cabida á los inquietos grupos de la gente jornalera, á los paletos, á un centenar de gandules cuyas maneras y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del torero, á infelices artesanos que van á buscar en aquella orgía de impresiones fuertes un descanso á la insulsez metódica del trabajo. La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnicerías, de las fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes de la Cebada, hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo, unido al cascado son de un cencerro, daba la impresión de andar por allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la fritanga de sangre que está puesta á la lumbre y bulle y apesta, así salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca imprecación la lucha, que insolente y procaz se abría paso entre el gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla; y el zafio ganapán á quien Naturaleza dió el empleo de lavar tripas de cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba con el vaho del aguardiente un chorretazo de injurias á la Presidencia, donde sin duda estaba algún edil de la capital de España, el Gobernador ó quizás el Presidente del Consejo.

La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente provocativa, ocupaban buena porción de la vasta hilera, codeándose aquí y allí con otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada. Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante, bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para los Asilos de Beneficencia, comandante de infantería, magistrado cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de Clases pasivas, notario, profesor de piano, en fin, lo que se quiera hacer de él), y acababa con el más pequeño de los niños, alumno en San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con cierta hinchazón de matrona romana unida á la desenvoltura de la maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos que aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo á un lado y otro miradas altivas; queriendo dar á entender que es muy señora, que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, ó su carnicería ó su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional, y que mientras ella viva no pasará necesidades éste ó el otro de aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón ardiendo en heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y á veces cínica, mayormente si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada estampa de Vitelio, Otón ó Heliogábalo; sólo que suelen perder el color al oir el _morituri te salutant_.

Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta, dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas, personas sencillas, feas, bonitas ó insignificantes llenaban la grada en la región de sombra. En los palcos de arriba había también mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas como mariposas, labios rosados, un mirar voluble como el cabeceo de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo, charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que en los balcones de las calles, cuando hay procesión ó parada, cuando entra un Rey ó sale á relucir una Constitución nueva. Veíanse caras ajadas que á la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo; otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del modo especial de ser bonita ó de no serlo, y que se extendía á todos los objetos, compañeros ó accesorios de semejante gente, desde la flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía temblar sobre la sien, hasta el medallón atento á las palpitaciones del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de las manecitas.

En los palcos abundaban los grupos de hombres solos, todos de negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado; nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos agudos y los _voquibles_ que tienen el picor de la cantárida y la sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos atisbando arriba y abajo, á la corrida y á las damas, coincidían comentarios brutales sobre algunas de éstas. Virtud y volapiés se confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las mismas palabras descabellaba á una familia.

Allí había hombres que en los días feriados se ocupan en hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero, ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la juventud adinerada campaba en las localidades de barrera, sitio predilecto del _dilettantismo_, donde tiene su asiento un ilustre senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia patria, de jóvenes á quienes no falta cultura ni aun talento, de periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro para escribir una especie de prosa, impregnada, como la atmósfera del tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y aguardiente.

Estaba en el circo _Sacristán_, arrogante bestia de Aleas, berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al caballo, unióse bien pronto un susurro de descontento, y todas las miradas ¡cosa inaudita! se apartaron del redondel, por cuya arena ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin, cuando Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano, brindaba delante de la Presidencia, vióse un movimiento general, una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso, dispersión general! Horrible trueno retumbó en los aires, y al mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes suspendidas sobre la Plaza, empezó á caer agua, ¡pero qué agua!... una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba con tremendos latigazos.

Espantoso fué el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos, el más fuerte se abría paso á codazos, y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros, enganchándose con sus uñas de murciélago.

En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal, acobardado y huído, no estaba de humor de bromas. El agua quería lavar y no dejar huella de la sangre. Los caballos moribundos aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era imposible seguir la corrida: llovían banderillas de agua; apenas se veía de un lado á otro de la Plaza. Sonó de pronto el cencerro de los pacíficos cabestros, y _Sacristán_, siguiéndoles, se fué al corral.

El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró en los pasillos, que no podían contenerlo, á pesar del gran desahogo del monumental circo. Las escaleras estaban obstruídas. Como nadie se atrevía á salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres maldecían á las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando agua, qué de estornudos y escalofríos!

Algunos jóvenes abonados á barrera trataban de abrirse calle á codazo limpio para ganar la escalera y subir á los palcos.

«Vamos arriba--decía uno de ellos.--Creo que está León. Nos cederá su coche, y que se vaya con el Ministro.

--Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero, señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás?

--¡Cascarones! aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué _plancha_! ¡qué corrida!»

A duras penas, molestando á muchos y oyendo quejas, lograron subir á los palcos. También arriba era grande el jaleo, porque como la dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la Plaza, la gente de éstos buscaba abrigo en el corredor.

«Allí está León. ¡Eh! ¡León!--dijo Polito acercándose á un grupo donde había diputados y algún ministro.--¿Nos cedes tu coche?

--Sí... tomadlo... no me hace falta.

--¡Bravísimo! _¡chúpate esa!_ ya tenemos coche... abur.»

Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar á sus carretelas. Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque semejante público, si asiste con gozo á las corridas, no se enoja por una suspensión que tanto contraría á los de abajo. Lo imprevisto les seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los cambios bruscos y las situaciones raras. Además, la lluvia no es cosa insoportable para quien tiene coche.

«¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos!--dijo una dama que en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco.--Tienen razón al pedir que se les devuelva el dinero. Han pagado asiento para ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de Beneficencia...»

Detuviéronse luego las dos damas para contestar á los saludos de tanta y tanta gente conocida.

«¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se va? ¿Pues qué, se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de miedo!... Parece que ya afloja... Pero la Plaza está inundada... Yo me voy...»

La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho diputado, algún ministro.

«¿Vienes á comer?

--Iré--replicó León.--¿Pero ya?... He quemado mis naves... me he quedado sin coche.

--Ven con nosotras--dijo la dama tomando el brazo que le ofrecía León.--Yo no tengo paciencia para esperar más.

--Llueve mucho... Será preciso esperar á la puerta, y el turno de los coches será largo.

--No importa. Vámonos.»

La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo.

«Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la semana que entra...

--He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas en la casa.

--Cuando te ví en el palco pensé ir á saludarte y á preguntarte si has tenido noticias de Federico.

--¿Yo?--dijo la dama con sorpresa y disgusto.--A mí no me escribe ni puede escribirme. Por sus primos sé que pensaba salir de Cuba para ir... qué sé yo á dónde... ¡Oh! no irá á buena parte.

--Y tu niña, ¿cómo está?

--No he querido traerla... la he dejado allá... ¡alma mía! no anda bien, hace días que está delicadilla... ¿Cuándo vas á verla? ¡Cuánto deseo volverme allá! No puedo estar separada de ella... No estaría yo aquí hoy si papá no me hubiera hecho este encargo fastidioso. Vamos á tener en casa una especie de asamblea de banqueros... Ya sabes tú... es para eso del empréstito nacional. D. Joaquín Onésimo te lo explicará... pero más vale que no le digas nada (aquí bajó la voz para que no la oyese el galán viejo que dando el brazo á la otra dama, les seguía de cerca), más vale que no le digas nada, porque nos mareará hablando de la Deuda pública, de la materia imponible y de la amortización de bonos. Ese hombre es un Diluvio administrativo. Papá me ha encargado que le obsequie mucho. Esta noche comeremos los cuatro solos... casi en familia. No quiero ruido. Acostumbrada á vivir en Suertebella con mi hija, la sociedad me fastidia y me pone mala.»

Con gran trabajo abriéronse camino las dos parejas. La multitud mojada que espera la conclusión del llover, no gusta de abrir paso á los afortunados que van en busca de su coche.

«Permitan, señores... ¿Hace usted el favor?...»