La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

Part 8

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El duque de Requena había formado por iniciativa y consejo de Llera, hacía cuatro años, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este producto había subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con un depósito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al Gobierno. Esto, realizado en la época misma del pago del empréstito de cien millones de pesetas que el Gobierno había hecho hacía diez años a una casa extranjera, le empujaría a pensar en la venta de la mina de Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos millones, subvencionando periódicos y personajes, podía darse por seguro el éxito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, venía desenvolviéndose con regularidad y tocaba a su término.

--Allá veremos--manifestó el opulento banquero quedándose unos instantes pensativo--. Cuando salga a subasta--dijo al cabo--, será necesario formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso.

--¡Claro que se formará!

--El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio más de ocho millones de pesetas.

--Eso ya es otra cosa--manifestó Llera poniéndose serio--. Apoderarse de un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La gerencia irá a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto por ciento mayor o menor.... ¡es decir, a nada!

--Verdad, verdad--masculló Salabert quedándose otra vez profundamente pensativo. Llera también permaneció silencioso y meditabundo.

--Ya le he indicado a usted el único medio que hay para conseguir la dirección....

Este medio consistía en tomar una cantidad bastante crecida de acciones en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las que se pudiesen; luego comenzar a venderlas más baratas, hasta llegar a producir el pánico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo durante algún tiempo éste era el medio que proponía Llera para conseguir la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad más una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo veía tan claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz, minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los negocios, aunque otra cosa pensasen los que le veían acometer empresas de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudiéramos llamar idea madre de un negocio, casi nunca nacía en su cerebro; le venía de afuera. Pero en él germinaba y se desarrollaba quizá como en ningún otro de España. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor, penetraba hasta las últimas fibras, lo contemplaba en sus múltiples aspectos, y una vez convencido de que le reportaría ventajas, se lanzaba sobre él con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus dotes de especulador había producido el engaño del públíco. Estaba bien convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier vacilación resultaba perjudicial. Tal audacia no procedía, pues, directamente de su temperamento, sino de la reflexión. Era una muestra de su astucia incomparable.

Por lo demás, su fondo era tímido. Este defecto, en vez de corregirse con la felicidad casi nunca interrumpida de sus éxitos, se aumentaba cada día. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez más avaro. Además, con los años, el pesimismo va penetrando en el espíritu del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones, nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no percibía pingües ganancias. Si por acaso no obtenía ninguna o había leve pérdida, creía el caso digno de ser lamentado largamente. Así que, sin el concurso de Llera, sin su carácter osado y su imaginación fecunda en invenciones, el duque de Requena haría ya tiempo que no se aventuraría en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que había perdido de inventiva y audacia habíalo reemplazado por un tacto y habilidad verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que sólo la edad y una atención constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que Llera y él se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este conocimiento del corazón humano llegaban en Salabert a pecar de excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los hombres, mirándoles siempre del lado de los intereses materiales, había llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y le expuso a serios percances. Quizá lo que veía en los otros no era más que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos. Para él no había hombre ni mujer incorruptibles. Un poco más caras o un poco más baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los últimos años el soborno llegó a ser en él una manía. Si tropezaba con personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacían de buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofrecía. Era una de las tareas más pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los proyectos de soborno cuando recaían en hombres que sin duda habían de rechazarlos con indignación. Si tenía un pleito, lo primero que pensaba era cuánto dinero iban a costarle los magistrados que habían de fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba _in mente_ la cantidad que debía destinar al ministro o al subsecretario o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lápiz negro que tenía siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones.

El duque de Requena ni tenía sentido moral ni nunca lo había conocido. Su vida de granuja anónimo en Valencia, estaba señalada por una serie de travesuras y mañas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas para sacar al prójimo su dinero, que lo hicieron digno émulo del _Lazarillo de Tormes, El pícaro Guzmán de Alfarache_ y otros héroes famosos de la novela española. Por cierto que antes de ir adelante conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo había puesto a Salabert el sobrenombre de _El pícaro Guzmán_ con que le conocían. Pero este apodo no salió del círculo de amigos. Mejor éxito tuvo una frase del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del duque. Decía que a estas iniciales A.S. debía ponérseles signo de admiración para que dijeran: _¡A Ese!_

Contábase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde había ido a buscar fortuna, compró un tabernucho en los arrabales de la Habana, con todo su mobiliario, incluyendo en él una negra destinada a su servicio. Esta negra, durante los años que tuvo aquel comercio, fué su criada, su ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a España, liquidó sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la negra.... ¡y los hijos!

Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la subasta de carreteras, cediéndolas unas veces con primas, otras construyéndolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los empréstitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos desplegó nuestro negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "órgano de la adquisividad" tan poderoso, que con razón le hicieron célebre entre los personajes de la banca.

No era antipático su trato. Al revés de casi todos los que aspiran a las riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las palabras. Era más bien brusco que cortés; pero sabía admirablemente distinguir de personas y se suavizaba cuando hacía falta. Esta misma tosquedad nativa servíale para disfrazar lo astuto y sutil de su pensamiento. Parecía que aquel exterior burdo, rústico, aquellos modales exageradamente libres y campechanos no podían menos de guardar un corazón franco y leal. Era (por fuera nada más) el tipo acabado del castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o mucho según le convenía, se expresaba con dificultad real o fingida (que esto nunca llegó a averiguarse), tenía de vez en cuando salidas chistosas, aunque siempre tocadas de grosería, y solía decir en la cara algunas cosas desagradables que le hacían temible en los salones. La preponderancia adquirida por sus riquezas había hecho crecer este último defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, solía hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergüenza; signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando tropezaba con un personaje político de los que a él le convenía tener propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se transformaba en adulación y casi casi en servilismo. Mas esta farsa, aunque admirablemente desempeñada, no engañaba a nadie. El duque de Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro creía ya alguno en sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachón. Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo confianza y alegría. Como sucede a todos los que han conseguido elevarse, los defectos que universalmente se le reconocían, mejor dicho, la mala fama que tenía, no era obstáculo para que se le respetase, para que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de él. Los hombres muchas veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conocía esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y abusaba de ella. Muchos que vivían con independencia, no sólo le toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algún amigo de la infancia, sino que apetecían y buscaban su trato.

--Veremos, veremos--repitió de nuevo cuando Llera le recordó el medio de apoderarse de la gerencia--. Tú eres muy fantástico; tienes la cabeza demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aquí lo que con las alhóndigas.

Por consejo de Llera, el negociante había construído alhóndigas en algunas capitales de España, las cuales no habían tenido el éxito que esperaban. Como después de todo el negocio no era de gran entidad, las pérdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las había llorado como si lo fuesen y no había escaseado a su secretario frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto. Servíale de arma para despreciar sus planes, aunque después los utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su hacienda. Teníale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto a cualquier trabajo por enojoso que fuera.

Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insistió en afirmar que el negocio de ahora era de éxito infalible si se le conducía por los caminos que él señalaba. Salabert cortó bruscamente la discusión pasando a otros asuntos. Informóse rápidamente de los del día. La pérdida de una fianza que había hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de sí, bufó y pateó como un toro cuando le clavan las banderillas, se llamó animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera, que su bondadoso corazón concluiría por arruinarle. La pérdida, en total, representaba unas veintidós mil pesetas. Las fianzas que el duque hacía por sus más íntimos amigos o parientes eran del tenor siguiente: Las hacía generalmente en papel, exigía al afianzado un seis por ciento del capital depositado, y se encargaba además de cortar y cobrar los cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos los tenedores de valores del Estado, le producía un seis por ciento más. Así eran los negocios que el duque hacía, no tanto por interés como por impulso irresistible de su corazón.

Salió furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y aprendiendo allí que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de cuenta corriente, él mismo recogió el _talón_ después de firmarlo. Debía pasar por allá a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningún trabajo le costaba hacerlo efectivo. Salió a pie como era su costumbre por las mañanas. En las hermosas coníferas que bordaban los caminos del jardín-parque cantaban alegremente los pájaros. Se comprendía que no habían puesto fianza alguna y la habían perdido. El señor duque maldita la gana que tenía de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Pasó de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los jardineros y del portero, mordiendo con más ensañamiento que nunca su enorme cigarro. En la calle no tardó en colorearse un poco su rostro. Tuvo un encuentro agradable y útil. El presidente del Consejo de Estado, a quien le gustaba también madrugar, le saludó en el paseo de Recoletos. Hablaron algunos momentos y los aprovechó para recomendarle, con la brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas marismas en que estaba interesado. Después, a paso lento, mirando con sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, deteniéndolos particularmente en las frescas domésticas que regresaban a sus casas con la cesta de la compra llena y las mejillas más coloradas por el esfuerzo, se dirigió al Banco de España. Era mucha la gente que le quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenía un instante, daba un apretón de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro palabras en tono familiar y desenfadado, seguía su camino.

Era temprano aún. Antes de llegar al Banco se le ocurrió subir a casa de su amigo y compariente Calderón. Tenía éste su almacén y su escritorio en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo había dejado, esto es, pobrísimo de apariencia y hasta lóbrego y sucio. En aquel local, donde la luz se filtraba con trabajo al través de unos cristales polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor de las pieles curtidas llegaba a producir náuseas, el viejo Calderón había ido amontonando con mecánica regularidad duro sobre duro, onza sobre onza, hasta formar algunas pilas de millón. Su hijo Julián nada había cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros más ricos de Madrid, no había querido prescindir del almacén de pieles, y eso que este comercio, comparado con el de letras y efectos públicos que la casa llevaba a cabo, poco le representaba. Calderón era un tipo de banquero distinto de Salabert. Tenía un temperamento esencialmente conservador, medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la ganancia pequeña a la grande cuando ésta se logra con riesgo. De inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda empresa nueva le parecía una locura. Cuando veía fracasar a un compañero en alguna, sonreía maliciosamente y se daba a sí mismo el parabién por el gran talento de que estaba dotado. Si rendía ganancias, sacudía la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir será el reir". Económico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su casa. Si la tenía puesta con relativo lujo había sido a fuerza de súplicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque había llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio exteriormente si había de competir con los muchos e inteligentes banqueros establecidos en la corte. Los tiempos habían cambiado mucho desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la plaza. Pero después de comprados cuidaba con tal esmero de la conservación de los muebles, exigía tal refinamiento de vigilancia a los criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada vez que el cochero le decía que un caballo estaba desherrado, era un disgusto. Tenía un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las mimaba tanto o más que a sus hijos. Sacábalas a paseo por las tardes; pero no le conducían al teatro por miedo a una pulmonía. Prefería que su mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la pérdida de una de ellas. No hay que decir, si alguna se ponía enferma, lo que pasaba por nuestro banquero. La preocupación, el abatimiento se pintaban en su semblante. Visitábala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no había buen humor en la casa.

Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razón. La apatía de su mujer era tan grande, que si él no se encargase de tomar la cuenta a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe cómo andaría la casa. Mariana no disponía ni ejecutaba nada. Su papel era el de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera se creería humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para los menesteres más insignificantes de la vida doméstica. Ella juzgábalo natural, y sobre todo muy cómodo cuando la sórdida economía de Calderón no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra esta exclusiva centralización de las atribuciones administrativas era su madre, aquella señora delgadísima, de ojos hundidos, de quien hicimos mención en el primer capítulo. Tales protestas no eran, sin embargo, frecuentes ni duraderas. En el fondo había un acuerdo perfecto entre la suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a quien había ayudado a labrar su capital, era más amante aún del orden y la economía, mejor dicho, era todavía más tacaña que él. Por esto no había podido vivir jamás con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Calderón, su papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual desempeñaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella. Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento, la guardaba más consideraciones que a ésta.

Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calderón y casi tan tímido, pero mucho más inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena dosis de fanfarronería: su avaricia por un conocimiento profundo de los hombres. Sabía bien que el aparato, la ostentación de las riquezas, influye notablemente hasta en el ánimo de los más despreocupados; contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer empresas importantes. De aquí el lujo con que vivía, su palacio, sus trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad madrileña. El carácter de Calderón le inspiraba un desprecio profundo: al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequeñez de su amigo se crecía, contemplábase más grande de lo que en realidad era y experimentaba viva satisfacción. No se juzgaba solamente más hábil, más astuto (únicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y liberal, casi un pródigo.

Penetró resoplando en el tenebroso almacén de la calle de San Felipe Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los dependientes, para los cuales el duque de Requena no era sólo el primer hombre de España, sino un ser sobrenatural. Producíales su vista la misma impresión de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoración que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundían su frente en el polvo como aquéllos, por lo menos se ponían colorados hasta las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el papel ni prestaban atención a lo que el parroquiano les decía. Mirábanse con señales de pavor y decíanse en voz baja lo que de sobra sabían todos: "¡El duque!" "¡El duque!" "¡El duque!"

El duque pasó, como solía cuando por casualidad iba por allí, sin dignarse arrojarles una mirada, y se fué derecho al pequeño departamento donde Calderón solía estar. Mucho antes de llegar a él comenzó a decir en voz alta:

-¡Caramba, Julián! ¿cuándo saldrás de esta cueva? Esto no es una casa de banca; es una cuadra. No tiene vergüenza el que viene a visitarte. ¡Puf! ¿Pero desolláis aquí también las reses, o qué? Hay un hedor insufrible.

Calderón ocupaba, al final del almacén, un rincón separado del resto por un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar, pues, todas las palabras de su amigo antes que éste empujase la mampara.

--¡Qué quieres, hombre!--dijo algo amoscado por haberse enterado los dependientes de la filípica--; no todos somos duques ni se nos enredan los millones en los pies.

--¡Qué millones! ¿Se necesitan millones para tener un despacho limpio y confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julián; eres un pobre y toda la vida lo serás. Yo con mil reales seré más rico siempre que tú con mil duros; porque sé gastarlos.

Calderón gruñó algunas protestas y siguió trabajando. El duque, sin quitarse el sombrero, dejóse caer en la única butaca que allí había forrada de badana blanca, o que debió de ser blanca. Ahora presentaba un color indefinible entre amarillo de ámbar, ceniza y verde botella, con fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos. Había además tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en idéntico estado, una estantería de pino llena de legajos, una caja pequeña de valores, una mesa de escribir antiquísima de nogal y forrada de hule negro, y detrás de ella un sillón tosco y grasiento donde se hallaba sentado el jefe de la casa. Aquel pequeño departamento estaba esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no pudiesen registrarlo había visillos que, a más de ser de lo más ordinario y barato en el género, ofrecían la curiosa circunstancia de ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo.

--Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de pieles, que no es digno de un hombre de tu representación y tu fortuna.

--Fortuna ... fortuna--masculló Calderón sin dejar de mirar el papel en que escribía--. Ya sé que se habla de mi fortuna.... ¡Si fuésemos a liquidar, quién sabe lo que resultaría!

Calderón no confesaba jamás su dinero: gozaba en echarse por tierra. Cualquier alusión a su riqueza le molestaba en extremo. Por el contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y representar el _nabab_; por supuesto, a la menor costa posible.

--Además--siguió diciendo con mal humor--, todo el mundo se fija en lo que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene son cada vez mayores. ¿A que no sabes lo que llevo gastado este año, vamos a ver?

--Poca cosa--respondió el duque con sonrisa despreciativa.

--¿Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aún estamos en Noviembre.

--¿Qué dices?--manifestó el duque con viva sorpresa--. No puede ser.

--Lo que oyes.

--Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julián.... A no ser que en esos setenta y cinco mil duros estén incluidos los gastos de la casa que estás fabricando en el Horno de la Mata.

--Pues naturalmente.

Al duque le acometió al oir esto tal golpe de risa, que por poco se ahoga. Cayósele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompañando a la risa, fué tan vivo, que parecía que iba a desplomarse presa de la congestión.

--¡Hombre, tiene gracia! ¡tiene muchísima gracia eso!--dijo al cabo entre los flujos de la risa y de la tos--. No se me había ocurrido hasta ahora.... De aquí en adelante incluiré en los gastos de mi casa todas las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer con más gasto que un rey.

La risa tan franca y ruidosa del duque molestó y corrió extraordinariamente a Calderón.

--No sé a qué viene esa risa.... Si sale de la caja, en el capítulo de gastos está.... De todas maneras, Antonio, más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena.